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Trepar por aquel árbol le había recordado a los tiempos en que era una chiquilla-elfa y jugaba con su hermano a ver quien llegaba más alto. Escogió la rama que le pareció más apropiada y sacudió las que tenía más cerca para que cayera la nieve que empezaba a acumularse en esa época del año. Así tendría una mejor visión.
Sacó una flecha del carcaj que se había colgado a la espalda y ajustó una en la cuerda. La tensó con su brazo derecho mientras el izquierdo sostenía firmemente el arco. Apuntaba directamente al segundo huargo en movimiento.
El grito no solo había asustado a los wargos, la medio-elfa casi se cae de la rama. “¡Pero qué ruidosos son los humanos!, ¿para qué usar el sigilo?” pensaba irónica con el ceño fruncido. Por suerte estaba bien sujeta. Yaiwen estaba sentada sobre una rama bastante gruesa y tenía el pie izquierdo sujeto a otra más pequeña. Sin embargo, perdió la concentración y tuvo que volver a apuntar. Más valía perder un segundo en apuntar correctamente si no quería fallar el tiro. “Bien bicho gordo y peludo, ya eres mío”
Una primera flecha silbaba en el aire yendo a parar al costado del animal. Rápidamente sacó otra y volvió a hacer el mismo proceso. Esta segunda le dio en una pata trasera. El animal gruñía moribundo.
Desde la altura solo veía un enorme bulto un poco más lejos. Se ajustó el arco a la espalda y descendió del árbol tan rápido como pudo. Cuando quedaba un metro aproximadamente dio un saltito.
Volvió a sacar el arco, y apuntó mientras andaba hacia el bulto donde se encontraban el huargo y Battoin. El humano asomó la cabeza por un lado para poder respirar mejor.
Entre los dos quitaron al animal de encima echándolo hacia un lado. Battoin tenía la capa manchada de sangre. – Espero que sea del bicho porque no podemos demorarnos. Si hay alguno más por las cercanías, está claro que con tu grito les has llamado la atención, así que será mejor que nos pongamos en marcha en seguida –apremiaba la peredhil.
El humano le dijo que no se preocupara, que podía continuar, aunque ella sospechaba que algún arañazo se había llevado.
Yaiwen silbó –ven aquí Daûr, buen chico. – Su caballo, de buena estampa y negro como la noche se acercó hasta su dueña. Le dio unas palmaditas para tranquilizarlo.