
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 2
Haldanóri, Las Tierras Ocultas
Finalizada · 08-09-2004
Historia de Tercano Nuruva
Dos historias completamente distintas, aisladas la una de la otra... unidas por la búsqueda de un nuevo futuro, un futuro cuyo final es aún muy incierto...
Gwyllion, ese es su nombre, con antepasados en la casa de Bëor declinada hace mucho tiempo atrás, formó un camino y un destino, convicción no le faltaba y fuerzas tampoco, despojada de todo cuanto creía, aprendió a confiar con cautela y a ver con los ojos del alma y no con los del rostro; sus ideales estaban claros como agua pura de manantial y estaba decidida a cumplirlos, víctima de una traición y dueña de la verdad, olvidó su pasado y fijó su mirada y pensamiento en aras de un porvenir más próspero.
Mucho tiempo atrás, cuando aún el sol no doraba sus pálidas mejillas, sufrió un dolor que llevaría por siempre en su alma.
Noche clara y a la vez oscura, que espía recelosa los despojos de tierra yerma levantada en medio de la tempestad, fue testigo aquella vez.
Traición, palabra digna de opinión esta vez ha tomado forma de la manera más vil posible; Dorthonion lugar de paz y buena gente, de convivencia justa y razonable, y principios
-Batalla- gritaban los aldeanos- alístense guerreros partirán dentro de una hora.
En los mismos tiempos en que Dorthonion se preparaba para la batalla, lejos de esas tierras, Morgoth viajaba por Thangororim con una gran tropa seguidos por los Valar...
-¡Vamos! - ordenó Morgoth a su tropa, para que aumentara el ritmo.
-Señor, no podemos, estamos cansados, llevamos mucho tiempo caminando, dadnos un momento de descanso- imploro Leword.
-¡No!, sabes muy bien que los Valar nos siguen, ¿pretendes que nos cojan...? Pues sigue caminando y no protestes- respondió duramente Morgoth.
-¡No se por qué tenemos que huir, estamos hartos... ¿No nos aseguraste que siguiéndote haríamos grandes cosas y daríamos la majestuosidad de Eä?- dijo Sincarion.
-No toleraré que nadie me cuestione, encima que sacrifico mi vida por daros el poderío que se os merece, ¿tenéis la osadía de retarme?- amenazó Melkor.
-Algunos de nosotros, la verdad, se cuestionan si hicimos bien al seguir tus pasos, pues la verdad es que hemos ido de mal en peor... ¿Cómo hubiésemos estado en Valinor junto con los demás?- Preguntó Leword y algunos de los que estaban allí le dieron la razón, aunque temerosamente.
-Si esta es tu camino....- Melkor se daba la vuelta para mirarle a la cara.
Al voltear, Morgoth con un rápido movimiento agarró a Leword por el cuello intentando estrangularlo. El Maia, mientras se retorcía e intentaba salvarse de esa muerte segura, miraba desafiante a la sonrisa malévola de Melkor. Leword, asustado y casi sin poder evitar el desastre, pudo contemplar antes de caer que una potente luz alcanzaba a Melkor y hacía caer el cuerpo de Leword en el suelo. Sincarion en un acto de imprudencia intentó salvar la vida de su amigo, pues todos sabían que tenía razón. Sincarion, desafiando las ordenes de Melkor, se dirigió a Leword, que yacía en el suelo, y contempló el cuerpo inmóvil en el suelo, intentó reanimarlo, mas sus esfuerzos eran en vano, pues ya había muerto.
Levantó la mirada, una mirada amenazante y desafiante, dio un paso dirigiéndose hacia Melkor, quien dio un paso atrás, pues el maia en esos momentos no parecía tener ningún temor a nada, y mucho menos a Melkor, aun sabiendo que él era más poderoso.
- Así que en verdad osas atacarme. Pues bien, verás el destino que aguarda a los traidores mal nacidos... - le dijo Morgoth al mago - Criaturas de la oscuridad - dijo haciendo tronar su voz - atacar a aquellos que osan marcharse de nuestro lado...sufrirán mi mano quemando muy dentro, mientras la Tierra sea Tierra.
Melkor miró a Sincarion y con una sonrisa en el rostro mandó a una gran tropa de orcos, balrog, y otras feroces criaturas, fruto de la mano del Vala para que atacaran a los desertores, dando paso así a una gran batalla. Muchos siguiendo las ordenes de Melkor, y otros enfrentándose a él siguiendo a Sincarion, quien sabía que pocas eran las posibilidades que tenían pues eran inferiores en cantidad, pero todos ellos habían preferido morir luchando que huyendo.
Mientras en Dorthonion se escuchó ese grito, un eco distante transmitido a viva voz llegó a los oídos de Gwyllion quién al oír estas palabras, agradeció a Eru Ilúvatar por esta oportunidad, había ideado este plan hace mucho tiempo y soñaba con esto desde que era pequeña, estaba deseosa por mostrar que podía, que no era solo una gran curandera, que la mano que cura era capaz de empuñar un arma, con tanta destreza como el más hábil guerrero, recordaba todas las tardes solitarias bajo los umbrosas colinas arboladas de Dorthonion, mientras la llamaban para salvar a los mismos que ella podría haber herido de igual manera y quizás peor.
En silencio se puso el yelmo, ciñó su espada al cinto y partió; confiaba en que nadie se daría cuenta de su partida, pero ese fue el error más grande de su vida, y el único que se supiera de ella. Sobre su caballo con su yelmo y armadura sin que nadie la reconociera parecía la más temible y también la más frágil de los soldados que hayan partido a batalla por la Tierra Media
Decidida a hacer el bien y a procurar la justicia y la verdad, su mano firme y sus ideales pulcros de juventud la guiarían en esta travesía, estaba dispuesta a morir si fuera necesario, pues a la muerte no temía y a veces hasta prefería. Se cubrió con un manto, ya que no le permitirían ir al combate siendo lo que era y odiaba; siendo doncella.
El campo de batalla estaba cerca, un grupo muy grande de corsarios de procedencia desconocida, aunque se sospechaba que podían ser de las costas sur orientales, quizás de Umbar o de la región lejana de Khând, todos al servicio de la mano negra de Sauron.
Batalla cruenta, lluvias de flechas caían sobre ellos, las espadas rebatían filas y filas de cadáveres, de trozos de humanos, elfos o alguna raza, que ya no era posible reconocer.
Gwyllion derrotó a muchos, era realmente hábil con la espada y Gálasila centelleaba dejando a su paso un sendero mortal
quizás sin apoyo de esta, el combate se hubiera perdido; su corazón y valentía la alentaban a más, y jamás imaginó esta sensación que experimentaba, a la cual no hallaba explicación razonable, teniendo como aproximación más certera, y aún así insuficiente, aquello de la libertad.
Salieron victoriosos, y se aprestaron a trasladar los cadáveres hacía el poblado, para poder darles digna sepultura.
Los heridos habían sido trasladados hace mucho tiempo entre los intervalos de la lucha, mientras Gwyllion aún combatía y no había caído en la cuenta de que quizás haría falta, aquí y allá.
Cuando arribaron al pueblo, Gwyllion se descubrió ante sus compatriotas y los que habían estado en la batalla que eran muy pocos, después de los muertos y heridos, y fue recibida con infames palabras, pues se reprochaba su ausencia en los burdos campamentos para atender a los heridos, pues, quizás si hubiese estado en su lugar, en las casas de curación, se hubiesen salvado muchas vidas; y se formó así una gran disputa, y Gwyllion se sentía desorientada sin saber como reaccionar, pero siempre conservando la calma siendo racional aun cuando en ocasiones parecía imposible para otros.
Decidió abandonar el pueblo, solo recordaría tristemente de este episodio de su vida, los sollozos de los niños, por sus padres y hermanos; sería una exiliada más, pero por voluntad propia, por orgullo y honor. Y no fue la única que abandonó el pueblo, otros guerreros que, a diferencia del resto de la gente del pueblo, pensaban que lo que había hecho Gwyllion era algo honorable, pues había ido al centro de la batalla para combatir al enemigo, bien sabían que ella hubiera sido de gran ayuda en el pueblo, sanando, pero si se hubiera quedado allí no hubieran servido de nada las vidas que hubiera salvado, pues hubieran perdido la batalla y tarde o temprano, hubieran arrasado con el asentamiento.
Así pues, Gwyllion viajaba sin rumbo, y sin saber que a tan solo un día de camino se encontraban un grupo de guerreros dispuestos a luchar y viajar junto a ella.
Largo tiempo duró la batalla de Thangorodrim, muchas fueron las pérdidas sufridas en esta batalla, Melkor perdió a una valiosa parte de su ejercito, pues no sólo orcos habían caído, sino que algunos de los maia que se habían aliado con Sincarion consiguieron dar muerte a varios balrog, que les igualaban en poder.
Pero si bien Morgoth había perdido a parte de sus mejores seguidores, en el bando contrario, todos habían caído bajo la fuerza de la oscuridad del Vala. Todos estaban en el suelo, con charcos de sangre bajo sus cuerpos y sin que nadie respirase el aire inmundo que allí reinaba. Aunque
¿Todos habían caído?
Cuando Arien pasó la segunda vez por ese lugar después de la batalla, Sincarion despertó. Se sentía dolorido y muy cansado, los músculos no le respondían como debían, y la cabeza le daba vueltas. Había intentado con todas sus fuerzas levantarse, y cuando consiguió ponerse de rodillas miró a su alrededor: montones de cuerpos de orcos y algunos balrog, apilados por todos los lados, y a espaldas suyas, los magos, mutilados en su mayoría, pues lucharon ferozmente hasta el último momento de su vida.
Se levantó con alguna dificultad y fue hacia ellos, se dirigió hacia todos los maia, uno a uno, percatándose de que estaban muertos. No recordaba como se había desmayado, pero pensó que quizá lo habían dado por muerto y eso le había salvado.
Fue así que vagó sin rumbo y mal herido. Se resguardó en un bosque pues sabía que allí podría encontrar plantas curativas lo que facilitaría ostenciblemente el poder recuperar todas sus fuerzas. Sanó de sus heridas con rapidez, mas el tiempo que pasó viajando sin rumbo se juró a si mismo muchas veces, que nunca se volvería a unir a Melkor ni a ninguno de sus secuaces, aunque tampoco quería irse con los de corazón puro, pues fueron muchas décadas de maldad los que habían quedado marcados a punta de espada en el corazón del Maia, pero, algo había en él que había cambiado... quizás ahora si se encontraba con algún ser a los que antes mataba sin pensarlo, no procedería de igual forma. No porque no le apeteciese, sino por el simple echo de no hacer lo que Morgoth quería que ocurriese. Y, por extraño que le pudiera parecer, durante ese tiempo se planteó a cuantas vidas habría quitado sin necesidad alguna, sólo por la dicha de su antiguo señor, y cómo sería juzgado cuando muriera, y esos pensamientos se convertían en pesadillas, unas pesadillas que transformaban una estrellada y cálida noche en la más oscura y fría.
Sincarion despertó sobrecogido, algún ruido en las cercanías lo despertó. Afinó los oídos y pudo distinguir cascos galopando a una considerable velocidad, y el choque de armaduras y cotas de mallas, y, de vez en cuando, algún grito de lo que sería algún cántico que él desconocía.
Con cautela, se asomó fuera de la cueva en la que se encontraba, y al nadie percatarse de que él estaba presente avanzó un poco más hasta que vio lo que ocurría: elfos y hombres luchaban contra numerosos orcos, mas en número les superaban y hombres y elfos iban retirándose, y por el este, una tropa de elfos y hombres unidos que según parecía iban detrás de ellos. Sincarion, muy extrañado por el panorama que allí se presentaba, reflexionó si debía de hacer algo o quedarse al margen. Se auto convenció de tomar la segunda opción pues no era asunto suyo, así que dio media vuelta y se dirigió a su cueva, mas no pudo aguantar el grand deseo de lucha que surgía límpido de su interior, y... tal vez fuera por venganza o por intentar saldar la matanza que había cometido tiempos atrás que ahora tanto perturbaba su sueño, pero se dio la vuelta a toda la velocidad que pudo y se fue al encuentro de aquellos elfos y hombres que poco a poco iban retirándose a causa de la gran multitud de orcos que les atacaban.
Cuando llegó, el ejército de engendros oscuros estaba muy próximo a los hombres y los elfos, y la tropa que llegaba por el Este estaba cada vez más cerca del lugar en el que se encontraban los orcos. Atani y Minnonar por igual se detuvieron al ver a Sincarion pues no era normal ver un Maia Oscuro salido de la nada.
Él estaba situado entre los orcos y los elfos y hombres que empezaban a retirarse, todos se detuvieron ante la presencia del Maia. Sincarion miraba desafiante a orcos, hombres y elfos, y en su mirada se veían las grandes ganas de luchar, su fiereza y su fuerza.
Nadie sabía que hacer, todos permanecían quietos como si el tiempo se hubiera detenido, todos pendientes de los movimientos del mago, movimientos que casi la totalidad de los presentes temía. Los orcos respiraban con cierta tranquilidad sabiendo que se trataba de un Maia Oscuro y dando por seguro que les ayudaría en esa batalla.
Muchos se asustaron cuando el mago, con gran rapidez fruto de su largo entrenamiento, cogió la cabeza a un orco que tenía cerca y le lanzó una descarga que hizo que entre grandes estertores aquella inmunda criatura cayese bajo sus pies.
Todos se quedaron quietos unos instantes, hasta que los orcos con gran superioridad de fuerza atacaron en contra del Maia y al grupo de hombres y elfos.
La batalla estuvo reñida en un principio, pero al fin la victoria fue para los dignos Hijos de Ilúvatar, gracias a la ayuda de Sincarion, pues con su fuerza y destreza permitió retener a los orcos hasta que el ejército que se acercaba por el Este les alcanzó para unirse a la batalla.
Cuando hubo terminado la batalla, los pocos hombres y elfos que allí habían quedado se juntaron mirando a Sincarion con cierto respeto. El tenebroso mago les preguntó la causa por la que esos orcos les habían atacado mas el silencio fue su respuesta.
Uno de ellos, algo desconcertado y viendo que nadie decía palabra alguna, se vio en necesidad de entablar un diálogo, por lo que cogió aliento y dijo:
-Mi nombre es Shânak, somos guerreros como tal vez te hayas dado cuenta, provinentes de tierras distintas y que escapamos de nuestros líderes pues la mayoría no estaba conforme con su forma de organizar las cosas. Poco a poco nos hemos ido conociendo y nos fuimos uniendo, pero desgraciadamente nuestros antiguos líderes nos han seguido el rastro y vienen tras nosotros. No sabemos por qué nos has ayudado, pero te damos las gracias, pues sin tu ayuda no hubiéramos vencido. Pero... ¿por qué nos ayudaste, si eres una de las criaturas aliadas de Morgoth?- Dijo, hablando cada vez con más soltura.
-¿Y por qué estás tan seguro de que te estoy ayudando?- Dijo irónicamente Sincarion
-Pues...no sé, supongo y más que nada espero que ese sea tu cometido, pues no quiero pensar que salimos de un ejército para encontrarnos con un Maia Oscuro con dejos de arrogancia.-Dijo Shânak, con aire dubitativo y aún así desafiante.
-No me preguntes más de lo necesario sobre las cuestiones por las que actúo, pero viendo que sois bastante desdichados, os aconsejo que ahora os tranquilicéis. Mi objetivo sólo a sido llevado por venganza, pues yo también me revelé contra mi Señor, Melkor.-Dijo Sincarion mostrando la pesadumbre de su interior pero sin dejar su mirada amenazante.
-Bueno, siendo así, podrías venirte con nosotros, tu tendrías compañía y unos compañeros que tienen tu mismo ideal y nosotros contaríamos con una gran fuerza a nuestro favor- dijo Nelindë, una dama que anteriormente estaba pálida y ahora recobraba el color natural de su piel.
-¿Porque debería aceptar vuestra proposición? ¿Acaso me podríais ofrecer algo que en verdad me resultase útil a mí? Vosotros sois hijos de Manwë, y yo no le aceptaré nunca a él, por mucho que odie a mi antiguo Señor. ¿Acaso vosotros os atreveréis a rechazar a vuestros Dioses?
-¡Noo!, esto es ilógico, no os dais cuenta, es uno de esos monstruos, nos matará en cuanto bajemos la guardia, o, o
. , a mi no me engañarás tan fácilmente, conozco a tipos como tú. - Dijo Hyara, una doncella.
- Pero él a salvado nuestras vidas, ¿no ves lógico que si nos hubiera querido matar ya lo habría hecho?- Dijo Nelindë.
- Creo que esta doncella dice lo correcto, igual os sigo para ver que tal vais, aunque no creo que me quede. Pero de todas maneras, no os aconsejo que confieis en mí. Podría ser una catástrofe JAJAJAJA - se rió el mago oscuro con una sonrisa que heló la sangre de cuantos la escucharon
- Bueno...haced lo que queráis- le cortó Hyara- pero yo sigo sin confiar en él. Si tanto queréis que venga con nosotros yo sola no lo podré impedir, mas mi confianza tendrá que ganársela, porque por el momento no la tiene. Y aunque admito que su gran fuerza nos iría bien, no es necesaria, pues es mejor no tener esa fuerza que tenerla y te pueda traicionar en cualquier momento.
-No esperaba menos, admiro vuestra actitud pues osáis hablarle así a un Maia ... mas presiento que también es grande la fuerza que vos tenéis y que aun no la habéis mostrado...- Dijo Sincarion en un tono cortante y con una sonrisa en el rostro. La doncella se dio la vuelta y fue a prepararse para emprender de nuevo el viaje.
Así fue como se conocieron y empezaron juntos aquel viaje. Fueron conociéndose y confiando cada vez más los unos con los otros y incluso aquella doncella, que no estaba de acuerdo con la presencia del Maia, ya no se mostraba tan reacia ante él, pues se habían tenido que retar con varias guardias avanzadas y la aportación de Sincarion fue de gran valor. Así pues, Sincarion fue sintiéndose complacido por ver como aquella gente luchaba cada vez mejor y que poco a poco, dejaban de pensar que la muerte era una crueldad, para darse cuenta de que simplemente era una forma de sobrevivir. Mientras tanto, el Maia contempló el motivo del porque la amistad estaba considerada en tan gran estima. Aquellas gentes confiaban a ciegas los unos en los otros, y eso hacía que en la guerra todos fueran como un mismo cuerpo, donde el se colocaba en la cabeza del ser.
Con el tiempo fue ganando confianza entre los elfos y los hombres que viajaban con él, y todos sabían bien que Sincarion poseía un gran poder.
Mas llegó el día en que tuvieron que elegir un nuevo líder, pues había muerto aquel que estaba a la cabeza y todos sabían bien quien debía ser el líder, pues él tenía dotes de mando y una gran fuerza.
En aquel creciente grupo le preguntaron si querría liderarlos como en tantas batallas anteriormente lo había echo, aunque sin el título.
En ese momento Sincarion hizo una única pregunta, la pregunta que decidiría su futuro y el de aquella gente:
-Está claro que los Dioses no os ayudan, igual que mi señor tampoco lo hizo conmigo.
Decidme ahora: ¿Juráis dejar de lado a Manwë y el resto de sus hermanos para seguir única y exclusivamente a nuestro grupo y sólo confiar en los que aquí están?
Algunos de los que se encontraban el aquel grupo, habían sido otrora también servidores de la oscuridad, por lo que se sabía que ellos ya habían echo esa promesa anteriormente, por lo que fue sencillo volverla a repetir.
Pero otros, algunos servidores de la luz anteriormente, al oír aquel pedido, se sintieron desconsolados, pues si bien las palabras del abandono de aquellos Valar era cierta, aún temían las represalias de esto tras el día de sus muertes. Así que algunos callaron y se alejaron. Pero la gran mayoría ofreció personalmente, uno por uno, su juramento a Sincarion, y así este se proclamó el líder de aquel, ya importante ejercito.
Continuaron su viaje bajo las ordenes de un nuevo líder, y él se había ganado la confianza de todos, y siendo aun más temible que antes Sincarion los lideró.
Pasados algunos meses llegaron a las tierras de Anfauglith. Los días allí parecían más soleados que en Thangorodrim y las noches eran más estrelladas y calurosas. Mas una noche llegó fría y húmeda, cubierta por una niebla espesa que les obligó a detenerse y pasar la noche en un lugar en el que apenas se veía nada. Al amanecer se despertaron sobresaltados por los cuernos orcos que cada vez estaban más cerca, pero ese no era lo único que les sobresaltó, pues se oía también unos cascos en la lejanía.... Sincarion y los guerreros que con él viajaban recogieron sus cosas y se prepararon para la batalla, mas algo que no esperaban les sorprendió. A poca distancia se encontraba un grupo de guerreros que, a causa de los cuernos orcos y los cascos de caballo, también se estaban preparando para la batalla.
- ¿Qué hacéis aquí? ¿Acaso nos estáis persiguiendo? Sois insensatos si pensáis que podéis vencernos- dijo Sincarion acercándose a ellos.
- No debéis menospreciar el poder de la luz, pues que seamos pocos no quiere decir que sea poca nuestra fuerza. Mas... por lo que puedo ver, tampoco vos gozáis de un gran ejercito.- Habló quien parecía ser el líder de ese grupo.
Sincarion los miró amenazante, haciéndoles sentir miedo, un miedo que muchos de ellos supieron controlar pues no se vio cambio alguno en sus rostros.
- ¿Como podéis tener el valor de hablar de tal forma?- Hyara que viajaba con Sincarion se adelantó- Veo que un gran ejercito viene detrás vuestro, quizá eso explica la fuerza que estáis teniendo ante nosotros. Pero, ¡No deberíais menospreciar nuestro poder! Decidnos, quien sois y que es lo que queréis.
- No queremos nada de vosotros. Mi nombre es Gwyllion, somos habitantes de Dorthonion que viajamos sin rumbo certero, pues estamos exiliados de nuestras tierras por motivos que no estoy dispuesta a relatar aquí y ahora. Uno que otro cansado de la paz, y deseoso de luchar contra todo aquello que supone un mal para estas tierras, de cual ser no me descuento. Hemos viajamos enfrentándonos a aquellos que se nos oponen, y a aquellos que fueron amigos y ahora nos persiguen por haber tomado el exilio como alternativa a la masacre.
Sincarion miró a Gwyllion, quien no mostraba debilidad alguna ante el Maia. Ella era quien dirigía a ese grupo de guerreros dispuestos a luchar cuando fuera necesario, sin miedo a nada ni a nadie. Entonces Sincarion sonrió a la dama y dijo:
- Por lo menos valor no os falta... Nunca pensé que un ser de la luz pudiera desear luchar, aunque esa lucha sea contra la oscuridad.
- No deberíais subestimar a la gente, además, no somos natos de la oscuridad ,como se puede comprobar, pero nuestra luz ya no es blanca como el sol- le interrumpió Gwyllion- ahora decidnos, quienes sois vosotros y que es lo que hacéis por aquí, pues no parecéis de estas tierras, sino más bien del norte.
- No creo que sea de vuestra incumbencia - dijo el maia severo- Mas... me hacéis gracia, tenéis mucho valor por hablarme así... Esta bien, he decidido que me presentaré. Mi nombre es Sincarion, y nosotros viajamos habiendo abandonado a nuestros líderes, pues no estamos de acuerdo con los ideales que ellos tienen. Huimos de nuestras tierras derrotando a todos aquellos que intentan detenernos y hacernos regresar. Somos guerreros que no creemos en la oscuridad, mas tampoco creemos en la luz.
- Pues bien sabréis que un gran ejercito de orcos os está siguiendo, sus cuernos se escuchan desde aquí.- dijo uno de los guerreros que acompañaba a Gwyllion.
- Estamos preparados para enfrentarnos a ellos, no les tememos por más que nos superen en número. Mas yo creo que vosotros deberíais temerles, pues aunque no vayan tras vosotros, no sois seres de la oscuridad, y siempre que se les presenta la oportunidad de luchar contra alguien como vosotros no la repudian.
- Podría deciros yo lo mismo sobre aquellos que van tras nosotros- añadió Gwyllion.
Sincarion la miró, y luego miró al horizonte donde pudo divisar a aquellos que perseguían a Gwyllion, cientos de humanos que gritaban al son de sus pasos sobre sangre y dolor, desaliento y fulminación, y por último miró a los que viajaban con ella. Luego se dio la vuelta y vio como detrás de él se encontraba el ejército de orcos.
Ya les habían alcanzado. Ninguno de ellos sabía lo que ocurriría, pues en ese lugar se habían encontrado seres de la oscuridad y seres que habían seguido los pasos de la luz unidos por simple casualidad. Y justo en medio se encontraban aquellos que se habían exiliado de sus tierras, aquellos que no querían seguir los ideales propios de su gente.
Así empezó una gran lucha, en la que luchaban el bien y él mal, ambos contra aquellos que habían decidido no formar parte de ninguno de los dos bandos.
En un principio la batalla fue desigual, pues el ejercito comandados por Sincarion y Gwyllion luchaban separadamente, así que ambos líderes se unieron viendo como se presentaba el panorama y decidieron hacer una débil alianza hasta que se pusiera el Sol.
El aire traía consigo el sonido de una batalla, el sonido de las espadas resonando se escuchaba en todas aquellas tierras, cada uno de los allí presentes se esforzaban por dar muerte al contrincante. El cielo oscurecido mostraba la sangre que allí se derramaría en ese día.
Larga fue la batalla que se libró en Anfauglith. Mas los gritos de dolor y muerte iban desapareciendo a medida que la batalla iba llegando a su fin.
Pocos quedaron en pie, todo alrededor que aquellos que se mantenían en pie eran cuerpos de multitud de razas que se habían reunido en aquel lugar con fines distintos, pero que el destino quiso que sus finales se unieran en una última batalla, una batalla que cambiaría las vidas de aquellos que sobrevivieron.
Estando allí de pie agotados con los cuerpos ensangrentados, fueron buscando a aquellos que podrían estar mal heridos y pudieran necesitar algún tipo de ayuda. Fue el destino el que hizo que aquellos que sobrevivieron fueran aquellos que antes de la batalla se encontraban en medio, huyendo de los que ofrecían leyes que no podían respetar. Algunos huían del norte, liderados por Sincarion, y otros marchaban al sur, liderados por Gwyllion. Pero en ambos grupos sufrieron grandes pérdidas, y los que tenían conocimientos de curación estaban ayudando a los heridos a recuperarse.
Las nubes iban pasando oscuras dejando entrever un rayo tenue de luz que daba en el rostro de los pocos supervivientes que se habían reunido pues según sus ideales debían luchar, pero en esos momentos se sentían confusos, pues ellos habían renunciado a su gente, y no seguían el código que ellos mismos habían dictado.
La luz se seguía filtrando en las tierras que acababan de ser testigos de una cruel batalla y que pronto atestiguarían del comienzo de una nueva era para los sobrevivientes, una vida que el destino les había preparado, una unión de seres de la luz y seres de la oscuridad, que ahora sólo se seguían por sus propias metas, fuesen las que fuesen. El cielo cedió a la claridad impoluta de Naira, el Sol, que unió a Sincarion y a Gwyllion tanto como a los que con ellos viajaban. Les unió con un mismo propósito de lucha un mal efímero y un bien incierto, no harían diferencia alguna si creían que debían portar las armas, siempre y cuando no fuera en vano, pues comprendía lo caro que resultaba una vida, y los infinito de la muerte.
Cada uno se ganó la confianza del bando contrario y al final consiguieron que todo fuese un mismo ente, el clan de \"Los que no Nacieron para Morir\", literalmente traducido al quenya como \"Tercano Nuruva\".
Pero sabían que aquel ya no era su lugar. Allí no querían hacer sus vidas, así que lanzándose hacia una nueva cruzada, caminaron durante largo tiempo hasta encontrar una tierra próspera en la que fundar un asentamiento, y así llegaron Haldanóri, las Tierras Ocultas. Y allí, siguiendo hacia el sur, vieron una cordillera, junto al mar y cerca del bosque, donde todos ellos tendrían cabida, y allí se quedaron.