La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia de Harad-Draugliante

LOS ORIGENES DE UN REINO

Encaramados a las rocosas y empinadas paredes de las Colinas de Hierro, se erguían tres prósperos reinos. Dos de ellos eran de los Señores Elfos, y tan sólo uno pertenecía al de los Hombres. Este último era regentado por Gäebo “el Galán”, al que las malas lenguas (o quizás no tan malas) le atribuían más descendientes que su única hija legitima, Illurë. Rumores que le atribuían inclusive a las únicas hijas de los reyes elfos de las mediaciones, dadas las buenas relaciones de Gäebo con ambas reinas y la extraña similitud de las hijas de éstas con él. Y es que los rumores, no siempre extienden engaños, pues cuando Gäebo cayó muerto en la batalla de Las Cinco Puntas, ambas reinas murieron de pena, pena que no sólo mató a éstas si no al profundo enamorado de Sercedim, padre de Annethiel.

El panorama político fue entonces agitado con aires de cambios. Annethiel, hija única, fue proclamada reina de su pueblo; Aeglos, padre de Medëa, menos afectado por la pérdida de su esposa tomó por esposa a la segunda hija de Tumbotir, regente del valle próximo a las Colinas de Hierro; Illurë por su lado se encontró sumida en una guerra de sucesión entre los que la aclamaban a ella como reina legítima y los que aclamaban a Orummo, hermano menor de Gäebo, como rey legítimo según establecía la ley de sucesión (por la cual sólo los varones podían acceder al trono, aunque dicha ley había sido revocada y reimplantada sucesivamente a lo largo de las décadas, hasta acabar siendo considerada más una directriz que una ley propiamente dicha). Orummo cansado de la situación resolvió el conflicto desposando a Illurë, de tan sólo quince años de edad. Pero la unión de estos duró poco, pues tras la ceremonia y el ascenso al trono, Orummo fue trágicamente muerto en la noche de bodas convirtiendo a Illurë en reina con poderes en su ausencia.

Los años fueron posándose sobre los tres reinos, hasta que los acontecimientos volvieron a zarandear su paz. Y es que Aeglos se negaba a considerar siquiera que una reina bastarda pudiera llegar a ocupar el trono, su trono, por lo que desvió la línea sucesoria hacia Halatir, hijo de su segundo matrimonio. Medëa consternada ante tal hecho, se enfrentó a su padre que determinó encerrarla en las mazmorras acusándola de alta traición. Illurë y Annethiel enteradas de tales hechos llevaron a cabo una maniobra de acoso y derribo sobre Aeglos, provocando tras dos años de larga disputa la caída del reinado de éste, su expulsión de aquellas tierras junto a su mujer e hijo, y el ascenso al trono de Medëa.

Pero la larga estancia en cautiverio de Medëa había causado grandes daños en su estado mental y lo que comenzó como un reinado de los tres reinos por un régimen matriarcal, llevado a cabo por las tres reinas, fue decayendo progresivamente en un reinado anegado por las sombras. La inicial lucha contra los hombres del sur y el este que invadían sus tierras, arrasándolas y quemándolas, había terminado en una persecución de los mismos, en un sometimiento de sus pueblos así como el de sus vecinos, inocentes de los actos vandálicos de los que se le acusaba. El aumento de tierras y riquezas, así como el aumento de los sirvientes (esclavos más bien), llenaba de codicia los corazones de los nobles del reino hambrientos de poder. El concepto de purificación y culturización de los pueblos bárbaros cada vez más extendido repugnaba a Annethiel. Pero antes de que la reina elfa supusiera un obstáculo en el transcurso de los acontecimientos, Medëa aprovechó uno de sus frecuentes paseos a lo largo de las lindes del reino con sus hermanastras para quitarse a su hermanastra del medio.

Tanto Medëa como Annethiel eran poseedoras de gran sabiduría, mientras que la última dedicaba su talento a la curación y a las hierbas, la primera lo dedicaba a la ciencia. Y sirviéndose de sus conocimientos de venenos y de la naturaleza, adormeció a Annethiel y la llevó hasta unas cavernas cercanas con ayuda de Illurë (de acuerdo con las ideas de Medëa). Allí, en una de las inmensas galerías, Medëa había llevado a cabo una serie de preparativos. Medëa había dispuesto en un extenso estanque, no especialmente profundo, las entrañas y sangre de grandes arañas descendientes de Ungoliant. Según sus creencias así como Ungoliant había logrado absorber la luz de las gemas de Feänor, aquel líquido de un celeste brillante debería poder absorber la luz que Annethiel guardaba en su interior, extrayendo así la fuerza vital que la elfa guardaba. Sumergió pues a Annethiel en las turbias aguas y llenó su copa una vez hubo considerado que las aguas habían hecho efecto. Tomó un sorbo de la copa y notó como una sensación de completa viveza se extendía hasta sus entrañas. Queriendo compartir con su hermanastra su gran logro, llenó de nuevo por completo la copa y se la tendió a Illurë que bebió agradecida. La copa volvió a Medëa aún inacabada, y ésta la terminó por vaciar compartiendo así el trago con su hermana. Pero el júbilo pronto desapareció del rostro de Medëa, pues víctima del mismo veneno que el de Annethiel, se desplomó sobre el estanque acompañando a su hermana en el eterno sueño.

Así fue como los tres reinos se fundieron en uno solo, como lo hicieron el poder de las tres matriarcas. Así fue como Illurë se convirtió en una reina de los hombres de singular inmortalidad, una singularidad que le otorgó sobre los suyos aspectos de casi divinidad, y que con los años, por sus costumbres y acciones, le otorgaron el sobrenombre de la Reina Araña.

APENDICE I : DE LOS RANQUENDI Y LA SOMBRA DE LA ARAÑA

Fue entonces, una vez los trabajos de Varda hubieron concluido y en los techos del cielo nuevas estrellas comenzaron a brillar, cuando a orillas de Cuiviénen los Primeros Nacidos despertaron al fin. Pero de este hecho el primero de los Ainur que se enteró fue Melkor, quien envidioso por la grandeza de los Primeros Nacidos los acoso y atemorizó, y trazó oscuros planes para destruirles y arruinarles. Por ello cuando Oromë encontró a los Primeros Nacidos muchos de ellos huyeron y se extraviaron en la oscuridad, como muchos otros lo habían hecho antes por obra de Melkor, y nunca más se supo.

Los Ranquendi, los extraviados, fueron a parar todos a las oscuras redes de Melkor, quien los confinó en Angband y los sometió bajo sus artes. Melkor corrompió sus mentes y sus cuerpos, haciendo de ellos nada más que una sombra de lo que alguna vez habían sido, mofándose así de la creación de Iluvatar, no solo por la ruina de su gran obra perceptible a simple vista, sino por convertir la luz interior de estos en un foco de miedo y oscuridad que los inclinaban por añadidura a servirle hasta el fin, acatando sus planes de exterminio y destrucción. De estos lamentables actos nacieron los Orcos, pero también otro pueblo minoritario, escasamente conocido y mucho menos nombrado, a los que el pueblo de los hombres llamó los Raúmhin, de cuyo resultado Melkor más se regocijaba.

Se cree que en un principio Melkor deparó para sus presas un destino similar del que le depararía años después a Huor, mostrando ante ellos los acontecimientos que transcurrían en Arda, eficazmente distorsionados, así como una serie de horrores que ahondaban en sus mentes y las abatía hasta hacerlas añicos. Este destino doblegó con rapidez a la mayoría de ellos, convirtiéndoles en seres exentos ya de toda luz propia, vestigio de un pasado. De entre ellos se contaban aquellos que habían huido de Oromë, quienes ya habían albergado en sus corazones el miedo, y ellos junto a al resto de elfos de mentes y espíritus más quebradizos fueron sometidos a otras múltiples artes y torturas, degenerándolos hasta convertirlos en los primeros orcos. Pero aquellos de más fuerte espíritu soportaron por largo tiempo las visiones con las que Melkor los atormentaba, calándoles hasta en lo más profundo de sus almas la crueldad y oscuridad de éste. Se dice que por el contemplar de aquellas visiones sus cabellos se tornaron blancos y que la crueldad que los invadía pervirtió su luz y en vez de agotarla como a la de los primeros la convirtió en oscuridad transformando sus pálidas teces en cenicientas y casi negras.

Pero el oscurecimiento llevado acabo por Melkor sobre sus subordinados anegó de incertidumbre sus planes cuando tras la muerte de los dos árboles Anar e Isil fueron elevados y conducidos de un confín a otro de Arda, pues los siervos de Melkor temían la luz e incapaces eran de soportarla. Por ello Melkor inundó sus tierras de humo, oscureciendo así la luz de ambos barco; pero la solución no fue para todos de profundo agrado, y raúmhin junto a trolls se aislaron en las profundidades de las cavernas, abandonándolas, solo, bajo mandato.

Y bajo la influencia de Melkor los raúmhim le permanecieron fieles hasta la hora de su destierro y la caída de Angband, siempre como un grupo minoritario en sus filas, ya fuera por su inferioridad numérica inicial como por causas de un escabroso comportamiento social sobre el cual se sostenían las bases de su comunidad. Pero una vez su amado señor hubo caído y arrojado al vacío el futuro del pueblo de los raúmhim fue trucando.

Desprovistos de su mentor el pueblo emprendió un viaje desde las ruinas de Angband hasta más allá de las Colinas de Hierro bajo el liderazgo de Ilithra Yansharree, alternando la oscuridad de la noche con la protección de las cavernas contra el cruento sol. En aquellas tierras, las cuales más tarde se llamarían las de la Aurora, Arador, se establecieron los Draichii, pues así se llamaron en su propia lengua, Raúhim para los hombres, Ranquendis para los elfos.

[…]

Pasaron los años, y el pueblo de Ilithra creció y se apoderó de las cavernas subterráneas que recorrían las Montañas de la Brisa. Lejos ya de la persecución de los Señores de la Luz, los el pueblo de los draichii tuvo tiempo para prosperar en calma y en paz, ajenos al mundo exterior, para el cual ellos eran simplemente invisibles.

Pero no hay veta en la tierra que las manos enanas puedan dejar pasar, y las Montañas de la Brisa fueron ahondadas hasta su más profundo corazón. Cegados por la codicia los enanos no se detuvieron cuando sus picos alcanzaron los límites del pueblo de Ilithra, ni aceptaron la negativa de éstos de explotar sus tierras a cambio de una irrisoria recompensa. Cegados, los enanos acometieron contra el pueblo de Ilithra, lucharon durante meses enteros, hasta que la mayoría de ellos perecieron.

Heridos en su orgullo, el pueblo enano se sirvió de la amistad de la cual gozaban con el pueblo elfo de Orniath, y los convenció para expulsar de aquellas montañas a tan viles criaturas.

Los enfrentamientos se prologaron durante años, hasta que los draichii tras la caída de Ilithra en batalla decidieron sellar innumerables túneles y asentamientos para poner cientos de metro de piedra entre sus atacantes y sus hogares. Comenzó así su nueva era de aislamiento, y el reinado del hijo primogenito de Ilithra, Aden.

Asesorado por su hermano, Aden expandió los túneles hacia el oeste, construyendo asentamientos en la el inmenso sistema montañoso de Sorontarma, evitando siempre acercase demasiado a pueblos extranjeros. Pero fue que la casualidad los hizo tropezar con las tropas de Medëa, acampadas en Taur Haldafernë, bajo el refugio de las paredes de las montañas. Y también fue la casualidad la que hizo que entonces tanto Aden como Medea estuvieran junto a sus hombres presentes. Pues en caso contrario las tropas de Medea sorprendidas en su descanso y las de Aden, aterrorizadas al ser descubiertas por Señores de la Luz, se habrían enzarzado en batalla y otros acontecimientos se habrían trazado sobre las tierras de Arda.

Fue pues que ambos líderes permanecieron absortos contemplándose el uno al otro, hasta que el fragor previo de la batalla los despertó y frenaron el derramamiento de sangre a tiempo. Dejando ambos bandos las armas, no sin reticencia, dejaron que sus líderes se aproximaran y parlamentaran a solas. Poco sino nada, se sabe de lo que en aquel momento ambos dijeron, tan solo que tras la marcha de Medea y sus hombres, la elfa regresó en varias ocasiones a las montañas de Sorontarma a solas, y que en todas ellas encontró en Aden una más que ansiada compañía.

Pero no fue hasta llegada la primavera siguiente cuando se dio lugar a la ceremonia de compromiso, antesala de la ceremonia nupcial que se celebraría con la primera caída de las hojas.

Para dicha ceremonia se habían convocado a gran número de representantes de ambas partes en los jardines de Odarä, el bastión draichii construido más al oeste del reino y que lindaba con el bosque de Taurë Haldafernë, en donde se había llevado a cabo el primer encuentro entre ambos, y por lo que parecía iba a ser el lugar escogido para el enlace de la pareja. Dicho evento había causado una úlcera al hermano de Aden, Rael, quien había esperado heredar la corona de su hermano, una vez que alguno de los extranjeros que engrosaban las filas enemigas hubiera tenido la suficiente destreza y puntería para arrancarle la vida, y su honroso hermano, amado guerrero (inconsciente), hubiera sido bien enterrado (a mil metros si podía). Tampoco era un enlace propicio para Illurë, que no ajena a los entresijos que se llevaba Medeä, no deseaba más complicaciones para cuando la traicionara Medeä, una cosa sería enfrentarse a ella (sobre todo cuando Medeä creía su perjura oculta a los ojos de sus hermanas) y otra muy distinta enfrentarse a todo un reino encolerizado. Y fue en la misma ceremonia donde Medea preparó junto a Aden el plan que la haría única dama y señora de su reino, y que culminaría con la unión de éste con el de Aden, donde se preparó una misma unión que culminaría con la muerte de ambos, y que era llevado por la hermana y el hermano de éstos.

Fue así que cuando Medeä fracasó en su intento de hacerse con el poder del Matriarcado, Aden encolerizado al conocer la trama convocó a sus más leales hombres y marchó contra las Colinas de Hierro, en donde se encontraba la capital del Matriarcado de la Reina Illurë Telpaglar.

Pero Aden jamás llegó a tales colinas, ni tampoco lo hicieron sus más leales hombres, pues ambos encontraron la muerte gracias a un envenenamiento en sus provisiones que había hecho su buen hermano, ahora rey, el príncipe Rael. Y así, tanto Illurë como Rael, obtuvieron lo el poder que tanto habían ansiado.

Pero las buenas nuevas pronto se hicieron amargas para éste último. Su reinado no complacía a nadie, y todos lloraban y anhelaban a su difunto hermano, incluso entre los suyos corrían rumores sobre que fue el propio Rael quien mato a Aden para robarle todo su poder. Las habladurías poca mella hicieron al principio al nuevo rey, pero a medida que el tiempo transcurría, estas fueron poco a poco siendo cada vez más insoportable. Más de una vez Rael intento acallar dichas palabrerías, al inicio mediante acciones blandas, pero pasando cada vez a medidas más duras, hasta llegar a unas insoportables y desmesuradas.

Fue entonces cuando su propio pueblo se rebeló hacia él y la reina Illurë, a quien acusaban de cómplice en la muerte de Aden, y una guerra civil removió los aires en las Montañas de la Brisa. Fue en aquellos días cuando los seguidores del difunto rey Aden instauraron su defensa en el Bosque del Gran Olmo y allí sepultaron el cuerpo inerte de Aden, el cual habían recuperado. Escudos y estandartes con olmos negros sobre fondo rojo recorrieron entonces el bosque colindante a Liantari Dimbar, amenazando con derrocar y asesinar al usurpador del trono, Rael el Cruel.

Alarmada, Illurë se vio con la necesidad de intervenir en tal tempestad y mando a uno de sus hombres de mayor confianza, un sombrío elfo llamado Orodril. Éste tenía la orden de permitir la huída del monarca bajo un acto de fraudulenta captura y condena. Así pues se presentó en mitad del entuerto y en nombre de la reina arrestó a un Rael inicialmente sorprendido y enfurecido por el giro de acontecimientos. Aquel arrestó que en cualquier ocasión hubiera llevado al elfo extranjero a la muerte fue acogido con grandes deseos entonces, más cuando éste instauró en el trono a Dyshira, prima de Aden y única representante de la familia real viva (ya que la condena impuesta a Rael lo daba ya por muerto).

Libres del tirano, los draichii reanudaron sus lazos con la reina Illurë, la cual se había ganado al final también el aprecio del príncipe Rael, llamado Curumaruth en su condición de exiliado, que comprendió y aprobó el punto de vista de la reina, y quien se ganó el prestigioso cargo (temido para los demás) de Auditorio Real. Pero a pesar de ello Rael siempre guardo un eterno resquemor hacia Orodril, quien lo había abochornado en exceso durante su arresto y quien para librarse de su ira había engatusado a su prima, y casado con ella, convirtiéndose en rey junto a ésta, y quien para colmo con anexiones tan importantes como la de Orniâth se convertía cada vez más en una figura cada vez amada para su pueblo y para su reina. Pero estos hechos forman ya parte de otra historia.