
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Historia de Lempë Ohtari
Rezaba la leyenda popular del Reino Oculto: "Yävetil, la majestuosa ciudad del Reino Oculto, alzada por antiguas magias y conjuros, permanecerá erigida mientras los caballeros elegidos estén unidos bajo el vínculo de sus almas en vida..."
1. De los Avari del este de Arador
Después de despertar, algunos elfos llegaron a los bosques vírgenes de Arador y decidieron instalarse allí y no viajar hacia el oeste. De esta manera existieron en el este de Árador dos importantes pueblos avari.
Uno de ellos se instaló en el bosque Taur-in-Felya. Su rey, Celebros, era un elfo sabio y justo que dirigió a todos los elfos del bosque. Desposó a Isilme y tuvieron dos hijos, Dorandil y Annuilas.
Ahora bien, en el bosque Taurëruin habitaron otro grupo de elfos emparentados con los avari del Taur-in-Felya y que estaban dirigidos por un maia al que llamaban Taureon, el señor del bosque.
Annuilas, hija de Celebros se enamoró de Curuliel, avari del Taurëruin. Fue así como se unieron ambos linajes de elfos y así empezó una buena relación entre Taureon y Celebros.
Ahora bien Morgoth estaba interesado en Árador y lanzó sus tropas contra el Taurëruin y contra Amaurenori, la ciudad élfica de Celebros. La congoja sembró los campos durante muchos años en los que las tropas de Melkor intentaban terminar con los pueblos avari de Árador. En un acto heroico por defender su pueblo, Taureon se sacrificó por ellos y fue dañado gravemente. El señor del bosque Taurëruin fue entonces conducido a Valinor.
Pero más desgracias estaban por llegar, pues Celebros caería décadas después aunque consiguió alejar durante un tiempo el mal de aquellas tierras. Su hijo Dorandil fue entonces nombrado Rey de Amaurenori, el cual debido a su buena relación con los enanos de las montañas empezó a llenar las arcas élficas de joyas y otras maravillas que los enanos le ofrecían. De esta manera, Dagnir, hijo y heredero de Dorandil creció en un ambiente de gran esplendor, derroche y bienestar.
Su ambición empezó a crecer y quiso entonces dominar los pueblos de los hombres que se habían asentado en los alrededores, esto produjo una guerra entre elfos y hombres en las tierras del este de Árador.
Durante el reinado de Dagnir los elfos que aún vivían en los bosques del Taur-in-Felya empezaron a emigrar a la ciudad atraídos por el gran esplendor de la misma. Sin embargo, Annuilas y su pueblo, que no estaban de acuerdo de la forma de proceder de sus compatriotas siguieron viviendo en el bosque Taurëruin.
Ahora bien, entonces empezaron las hostilidades con los enanos quizás originadas por la disputa por las extracciones de las montañas y porque entre los enanos se empezó a alimentar la idea de que como sus antepasados habían construido Amaurenori, ésta les pertenecía. De ahí que los enanos se organizaran para hacer caer la ciudad. Aunque posiblemente una mano oculta preparó concienzudamente esta invasión, el caso es que la ciudad cayó y con ella los múltiples secretos que atesoraba. El rey fue asesinado al tiempo que una horda de enanos ayudados por orcos y trolls arrasaron la ciudad.
2. De Yävetil y la leyenda de los Cinco Caballeros
Tras la caía de Dagnir y su reino, los avari supervivientes huyeron al norte, al Taurëruin y se mezclaron con el pueblo de Annuilas. Ella se había casado con Curuliel y ambos habían tenido dos hijos, Celeval y Tereval.
Tiempo después, Tereval fundó Yävetil en el bosque del Taurëruin, pero debido a la amenaza del enemigo del oeste (Morgoth), decidió recurrir a su hermano Celeval para mantener su reino oculto. Tereval reinó con absoluta justicia y nobleza y por eso acabo siendo conocido como Ohtar Námo, el guerrero juez, piadoso y noble. Consiguió reunir a elfos, hombres y enanos en un mismo reino, todos viviendo en perfecta armonía.
Ahora bien, la guerra llegó pronto al Reino Oculto de Yävetil. Poco a poco, las ciudades de este iban siendo tomadas por las fuerzas oscuras hasta que el Rey convocó a unos guerreros para que le ayudaran a proteger el reino.
Estos caballeros fueron conocidos como los Cinco Caballeros o Cinco Ohtari. Una leyenda se forjó el día de su nombramiento, un ritual de los elfos hizo que aquellos caballeros que habían de proteger el reino, además de ser fabulosos guerreros que, difícilmente encontraban a un adversario a su altura, acogieran cada uno de ellos una virtud, que los haría más poderosos si cabe...
Ohtar Námo, El Guerrero Juez, el Rey, cuya virtud, la Justicia, hacía de él un gobernante ejemplar tanto dentro como fuera del campo de batalla.
Ohtar Handasse, El Guerrero Audaz. La Astucia era su arma, y gracias a él muchas estrategias se convirtieron en una gran victoria.
Ohtar Huore, El Guerrero Valeroso. Su Coraje influía hasta en sus compañeros, y su valor lo impulsaba y lo guiaba en todas las batallas.
Ohtar Män, El Guerrero Bondadoso. La Bondad emergía de él. Sus impulsos de ayudar a los demás quedaban atrás en el campo de batalla.
Ohtar Fáila, La Guerrera Piadosa y Generosa. Nada mejor que el derecho a la vida o a la muerte apoyándose en la Piedad que merezca el enemigos según sus actos e intereses.
Juntos eran Los Cinco, y cabalgaron juntos una última vez en la última batalla de la guerra contra el Señor Oscuro, cuando, tras la pérdida de todas las ciudades, todos los supervivientes se refugiaron en Yävetil, el último bastión en el Bosque de la Llama Roja. Ohtar Námo convocó, como última esperanza, a un ejército para proteger a su pueblo, pero la batalla fue una hecatombe. Las espadas rechinaron en Taurërúin, y los árboles se tiñeron de sangre y llanto. Sí, frenaron el ataque, pero si eso era una victoria, ¿qué hubiera supuesto una derrota? Todo el mundo había muerto. El pueblo refugiado en Yävetil había perecido bajo las llamas. Sólo sobrevivieron Los Cinco, que, heridos de muerte, contemplaron la devastación de la ciudad. Sus almas empezaban a decaer, y con ellas, los muros de la ciudad... Si ellos morían, aunque el destino estaba ya asegurado, todo su esfuerzo en aquella civilización, y tantos años de dedicación, morirían con ellos.
Acordaron pues, traspasar su esencia, y con ella sus recuerdos y virtudes, además de todo su conocimiento, a cinco guerreros elegidos que levantarían de nuevo el reino.
Y dejando escapar aquella luz plateada, fueron enterrados junto con el resto del ejército en la gran colina escondida en Taurërúin, bajo la cual, los enanos construyeron una gran cámara mortuoria. Allí grabaron en un gran murete de la sala principal la historia de Los Cinco, así como sus hazañas. Y en la misma sala fueron enterrados.
Sobre cada uno de ellos, en al superficie de la colina, un gran olivo marcaba el lugar de su tumba...
3. Del resurgimiento del reino
Pasaron cien años, y la Guerra de la Cólera llegó a su fin con el término de la Primera Edad del Sol. Además, otras consecuencias como el destierro de Melkor de la Tierra Media y el hundimiento de Beleriand fueron decisivas a lo largo de los años. El hundimiento del continente y la muerte de tantos héroes a lo largo de las Guerras de Beleriand, provocaron que se realizara un éxodo masivo de la Tierra Media hacia el este.
Cien años después, entre el caos producido por el hundimiento de Beleriand y el éxodo masivo de sus supervivientes, las esencias de los cinco ohtari encontraron nuevos cuerpos para cumpliar su misión: Dos Maiar, Valandil Súleglîn y Yárfaila Veryawen; un semielfo de las estirpe de los Sindar, Âglaras; Erendel, un elfo gris; y Aikanáro Tîwele, un híbrido entre Oarni y Teleri.
Todos llegaron al mismo tiempo al bosque Taurërúin. El sol descendía haciendo que el bosque pareciera arder. Los caballeros se adentraron en la espesura de este y al entrar notaron como los árboles murmuraban y una dulce e atrayente canción empezaba a escucharse. Cuando el sol hubo desaparecido e Isil hubo ocupado su lugar, una dama ataviada de blanco se apareció a cada uno de los caballeros, que, aunque cada uno andaba en solitario, entraron casi simultáneamente en el bosque.
En realidad los guerreros no sabían qué hacían en aquel lugar, pero un deseo de avanzar siguiendo a aquella doncella los empujaba a seguir andando, y a menudo que avanzaban, nuevas imágenes surcaban sus mentes.
Las doncellas los iban guiando por el bosque poco a poco. El tiempo parecía ir cada vez más despacio mientras la luna empezaba a llegar a su máximo esplendor acariciando las hojas de los árboles. Los rayos de Isil entraban por entre las ramas haciendo incrementar, más si cabe, la magia del bosque.
Ante ellos el bosque abrió su denso manto de magia y pudo ver una colina, con una fina asta en su centro, donde estaban plantados cinco grandes olivos en círculo, y toda esta estaba tapizada con un manto de flores rojas que desprendían un suave aroma al ser acariciadas por la suave brisa que las agitaba. Fue cuando un rayo de Isil empezó a subir por la colina como si trazara un camino hasta que encontró un gran olivo. Éste surcó las cicatrices del árbol mientras que en una de ellas había algo que brillaba. Cada uno tomó un trozo de metal de cada uno de los olivos.
Tras intercambiar opiniones e imágenes, Aikanáro pidió que mostraran sus trozos de metal, y pronto comprendió que era un antiguo medallón, cogió los trozos y empezó a encajarlos y cuando la última pieza estuvo encajada la tierra empezó a temblar y de ésta broto una gran lápida roja. Al mirarla los presentes algo les sacudió, como si fuera un antiguo recuerdo, vieron a cinco caballeros ataviados con armaduras y algo en ellos reconocieron, mas esta imagen duró solo unos segundos. Justo después, Aikanáro se acerco a la lápida y empezó a leer:
"Aquí descansan Los Cinco, aquellos que después del largo sueño de la muerte transmitirán su legado. Cuando el día llegue y la misión de haya cumplido, los Ohtari llegarán bajo los olivos y las puertas se abrirán.
Aquellos elegidos por la mano de los Valar guardarán la Llama Rja, y sólo los Elegidos podrán entrar, mas quien no lo sea jamás volverá a ver la luz de un nuevo día."
Al terminar de pronunciar aquellas palabras, Aikanáro se fijó en un intrincado medallón esculpido, posó su mano en él y lo giró lentamente, fue cuando escucharon como si desde debajo de la losa se movieran las barras que la cerraban. No sabía por qué lo había hecho, pero algo lo impulsó a ello. Un ruido se escuchó, como si los pernos se movieran, la losa empezó a abrirse hacía fuera y una gran escalera se perdía en la densa oscuridad que reinaba dentro, mas el aire que salía de allí era un aire con un aroma de flores.
Todos observaron aquella entrada, confusos, y un miedo interno los hizo dudar pero finalmente entraron y vieron las 5 tumbas. En la pared del frente, una llama estaba engarzada con rubíes, y justo a ambos lados había escritas varias columnas de versos, que, nada más encenderse las antorchas, nuevas letras ocuparon, por arte de magia, los espacios que había en el murete.
Valandil se acercó a la llama, y posó suavemente la mano por las nuevas palabras que habían aparecido.
Así pues, después de leer la leyenda del muro, los elegidos entendieron por fin de que se trataba tanto misterio y cual era su situación.
Salieron de la tumba con los ánimos reconfortados. Se sentían bien, poderosos, dispuestos a levantar un reino. Al llegar a la colina observaron como el asta que estaba clavada en su centro ahora portaba un estandarte, la Llama Sagrada ondeaba al viento de nuevo.
Dejaron atrás el gran túmulo bajo la colina y tomaron rumbo a la ciudad, que ahora, sabiendo lo ocurrido, los recuerdos del camino de dejaban de fluirles.
De esta manera, llegaron a las ruinas en donde hace cien años se erigiera, poderosa, la ciudad Yävetil. Pero la magia antigua era poderosa y sabia reconocer las almas de aquellos que sirviesen tiempo ha, y justo cuando de nuevo Los Cinco se reuniesen bajo aquel arco que sostuviese al gran portón, la ciudad comenzaría, según la leyenda, a levantarse nuevamente ante la incredulidad de los allí presentes.
Los rumores de este hecho se expandieron por el antiguo reino llegando a todos habitantes que viven en pequeñas aldeas incomunicadas y a algunas ciudades y, pese a que no creyeron tales rumores, los aldeanos iniciaron un peregrinaje masivo a la derruida ciudad de Yävetil. Conforme fueron llegando mostraron una cara de absoluta sorpresa al ver de nuevo levantadas las poderosas murallas de Yävetil. Poco a poco las distintas ciudades que se fueron alzando durante esos cien años se unieron para restaurar de nuevo el reino bajo un estandarte que lo representaba, una espada envuelta en llamas.
Ahora bien, cuando el maia Valandil Súleglîn paseó por entre los árboles del Taurëruin, las lágrimas inundaron sus ojos al recordar un olvidado pasado. En ese momento se encontró con Celeval y le llamó con el nombre que recibiera en la primera edad en ese bosque: Taureon, el señor del bosque.
4. De la Guerra del Sexto Caballero y el fin de los Cinco Caballeros
Rumores de guerra llegaron nuevamente a aquellas tierras. Una bandada de negros cuervos, portadores de inmundicias y maldiciones, avisaron de que las batallas dominarían de nuevo en los campos como aquella vez.
Una anciana subió esa mañana a la colina sagrada donde se hallan los túmulos de los cinco ohtari y leyó en voz alta un pergamino:
"La misión ha de cumplirse y el reino debe alzarse. La guerra volverá de nuevo a estas tierras y los cinco deberán protegerlo para que sus almas puedan al fin ser libres. Esta vez no estarán solos en la adversidad. Ohtarhyando, El Guerrero de la Espada y Súrewen, la Señora del Viento acudirían a ayudar a los Cinco Caballeros. Más guerreros acudirán en esta sombría hora para llevar al reino a la gloria. "
Pronto se tomaron medidas en todo el reino, se intensificaron las guardias, se reforzaron las murallas, se impuso el toque de queda en las ciudades, y los capitanes contaron con dos nuevos guerreros para repartirse la defensa del reino: Darlak Lórindol, un semielfo descendiente de la Casa de Hador y de Thingol y Melian, y Annamel, hija del maia Enwë.
La guerra se extendió por todo el reino pero los capitanes consiguieron contener las fuerzas enemigas y ganar la guerra. El fulgor de la guerra hizo acto de presencia en las murallas de la antigua Yävetil. Las fuerzas defensivas lucharon con todas su energía.
La anciana se hallaba aquel día entre los muros de Yävetil, espectadora impasible del éxito de las fuerzas defensivas del reino. Sus palabras brotaron entonces como una premonición
"Poco a poco se van reuniendo en este lugar los mejores guerreros. El tiempo de los cinco se acaba pero habrán de dejar su legado a poderosos caballeros para que hagan de Lempë Ohtari una nación poderosa.
Ahora bien, la guerra había sido desembocada por un espiritu conocido como el sexto caballero. Según se cuenta en la leyenda, al principio no eran cinco sino seis los caballeros que habían de defender el reino. Pero traicionó al reino y fue ajusticiado en la ciudad de Yävetil. No obstante, Morgoth que ambicionó el control de las tierras de Árador preservó su alma para que algún día cumpliera su venganza contra los caballeros de Lempë Ohtari.
Y ese día llegó. El espiritu del sexto caballero tomó el cuerpo del maia Valandil Súleglîn para cumplir su venganza. Sin embargo, el alma de los cinco ohtari se unieron para poder proteger su tierra. Dos guerreros perecieron en las batallas que azotaban Lempë Ohtari, Âglaras y Erendel.
Finalmente, el peligro se fue y una nueva etapa amaneció en estas tierras. En una mañana soleada los caballeros que habían estado luchando por la defensa de aquellas tierras se reunieron en Yävetil para decidir el rumbo de aquellas tierras. El alma de los cinco guerreros se habían marchado a descansar en las estancias de Mandos sin embargo el destino estaba decidido. Nuevos ohtari seguirían su estela para poder guiar el pueblo y seguir manteniendo el reino, serían llamados los caballeros de la llama roja en honor al estandarte del reino.
Se creó entonces un Consejo de los Caballeros con sede en la ciudad de Yävetil, aunque los lazos de gobierno se extenderían hasta Mellon Vilya, la capital administrativa y hasta Ostova Lorë y Eru Andorya.