
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 2
Haldanóri, Las Tierras Ocultas
Finalizada · 08-09-2004
Historia de Concilio de Nan-Tasarion
Comenzaba ya el segundo milenio de la Segunda Edad del Sol, Eärondûr Rangilion acababa de llegar a Eregion, reino de los herreros elfos.
Una fresca tarde de verano, mientras Eärondûr se encontraba descansando en las cercanías de las Montañas Nubladas, se le acercó una hermosa elfa de oscuros cabellos y piel clara llamada Iorethil Lindisse entonces sentándose en sus rodillas le preguntó:
-¿Eres tu el mensajero de Lindon? Me gustaría tanto ir otra vez allí; estuve al poco de que se fundó... viendo al gran Gil Galad, al Señor de los Puertos Grises.... ¡ay el mar! qué hermoso era... imagino que seguirá siéndolo, aunque el mundo se está oscureciendo. Aún puedo recordar el olor y esa sensación cuando el agua te moja los pies...
-Está bien, te llevaré conmigo a Lindon cuando regrese... ve a recoger tus cosas pues partiré en pocos días
Así sucedió, a los pocos días Eärondûr e Iorethil junto a una pequeña compañía de elfos partieron hacia Lindon. La elfa como invitada de honor asistió a una gran cena a la que asistió el hermano de Eärondûr, Elrond. Pese a que Eärondûr había vivido en Valinor y Elrond no, la luz de los Eldar y su majestuosidad parecían mayores en este último, cualidades que no pasaron desapercibidas en la invitada, la cual quedó prendada de aquel hijo de Eärendil.
Según pasaban las estaciones, mayor se hacía el amor entre los dos, pero el tiempo de los Humanos es diferente al de los Elfos y aún tuvieron que pasar varios años hasta que en una apasionada tarde del año 1693 decidieron que se unirían y se mantendrían así hasta que el mundo cambiase.
Pero a los pocos días llegó Eärondûr a Lindon con un mensaje urgente, la guerra había estallado en Eregion. Sauron, tras forjar el Anillo Único, reveló sus verdaderos deseos y atacó la tierra de los elfos. Elrond como Heraldo del Rey Gil Galad partió al sur dejando a Iorethil bajo la protección de Eärondûr al que le hizo prometer que si la guerra duraba demasiado tiempo llevaría a su amada a un lugar seguro.
Transcurrió más de medio año, Eärondûr e Iorethil se encontraban refugiados en los Puertos Grises, entonces Eärondûr le dijo a la elfa:
-Iorethil, la guerra se alarga y yo debería ir a combatir allá en el sur; mañana partiremos a Númenor, allí estarás segura pues ni el mismísimo Sauron se atreverá a atacar la isla.
-Antes debo confesarte una cosa, lo he intentado mantener en secreto... pero creo que Elrond debe saber que voy a tener un hijo, sé que aún no ha muerto en la guerra y que tú irás enseguida hacia allí... no quiero que vaya a Mandos sin conocer esta hermosa noticia en tiempos tan horribles.
Eärondûr no supo qué decir, entonces Iorethil se quitó la capa y entonces el elfo pudo ver que el embarazo estaba ya muy avanzado.
-Ésta es mayor razón para partir cuanto antes, no esperaremos a mañana, en cuanto se alce la luna y las mareas sean propicias nos iremos.
Pasaba la medianoche cuando un pequeño barco élfico partió de las costas de la Tierra Media con rumbo a Númenor, pero eran tiempos extraños y Eärondûr no pudo prever la tempestad que se desató al día siguiente, con tanto movimiento Iorethil comenzó a dar a luz a su hija; Eärondûr intentaba tranquilizarla:
-Tranquila Iorethil, durante milenios las elfas han traído al mundo a sus hijos.
-Sí, pero yo no sé de ninguna que lo haya hecho en una barca en medio del mar y bajo una tempestad que pareciera que Morgoth mismo viene hacia aquí.
-No creo que sea cosa de Morgoth, más bien parece obra de Sauron, pero ahora él debe estar ocupado allá en Lindon.
-¡Quieres dejar de desvariar y centrarte en el asunto que nos importa!!
Por suerte no hubo ninguna complicación y la niña llegó al mundo sin mayores problemas (excepto los que ya tenía su madre antes de dar a luz). Cuando parecía que lo peor ya había pasado, volvió a arreciar la tormenta esta vez con mayor intensidad; un rayo cayó sobre la vela del barco partiéndolo en dos, Eärondûr para evitar que cayese sobre la madre y su hija se lanzó a por él.
Al hacerlo, el elfo cayó al mar y fue arrastrado por la corriente mientras que la barca con las dos elfas se iba alejando de él.
Los fuertes vientos de la tormenta habían hecho viajar al barco más rápido de lo esperado y ya se encontraba muy cerca de Númenor, esa fue la razón por la que sin mayor problema se salvaron Iorethil y su hija Earel Artanis, la hija del mar.
Eärondûr también se salvó llegando a las costas de Númenor, pero no tuvo noticias de Iorethil pues él llegó a las costas orientales mientras que el barco lo hizo en las occidentales.
Enseguida corrieron por la isla las noticias del naufragio y salvación de un barco élfico con un bebé en él, pero Eärondûr ya se encontraba de vuelta a la guerra de Eregion.
Pasaron los años y la pequeña Earel se convirtió en una hermosa elfa adulta, más hermosa aún que las mujeres del linaje real pues por ella la sangre de Luthien corría más pura ya que era la hija de Elrond.
Mientras eso ocurría en Númenor, Eärondûr había luchado en Eregion y se había retirado por un tiempo a Imladris con su hermano y aunque se convirtió en un elfo errante nunca regresó a Númenor.
Las noticias que recibió Elrond no fueron del todo completas, pues aunque Eärondûr le contó que Iorethil había perecido en el viaje, omitió la parte de su hija, pues bastante dolor había sufrido ya Elrond con la pérdida de su amada y aún era un elfo joven que debía de vivir muchos siglos.
Mientras tanto en Númenor aumentaban los problemas e Iorethil se encontraba cada vez más enferma, hasta que un día habló con su hija:
-Querida Earel, aunque nada en este mundo me complace más que vivir aquí contigo, he de partir. Sé que para ti esta isla lo es todo, pues siempre viviste aquí y la Tierra Media te parece peligrosa y oscura, así que no te pediré que me acompañes, pero yo aquí no puedo estar por más tiempo me asfixia vivir en una isla... echo de menos las amplias llanuras, los espesos bosques, las imponentes montañas...
Partiré con los Fieles al Pelargir y allí residiré, si necesitas algo no dudes en pedírmelo.
Así fue como a mediados del siglo XXV, Iorethil regresó a la Tierra Media.
Muchas veces Earel le había preguntado a Iorethil quién era su padre y ésta se había resistido a darle una contestación, pero un día sin saber por qué le dijo simplemente él murió en la tormenta que nos trajo aquí, se hundió en el mar, de ahí tu nombre.
Al llegar al Pelargir, Iorethil se alegró de su decisión, pues consiguió enterarse de que Elrond no sabía nada de su hija y que la creía muerta, de Eärondûr en cambio no recibió noticia alguna y ella lo creyó muerto. Entonces decidió no ir a ver a Elrond y dejarle seguir con su vida, pues su reencuentro sólo supondría el abrir viejas heridas por no poder haber visto crecer a su hija.
Continuó pasando el tiempo, Eärondûr perdido en la Tierra Media, Iorethil en Pelargir y Earel en Númenor. Avanzado ya el siglo XXXII, Earel era ya una elfa adulta y entonces conoció a un apuesto Númenoreano, llamado Melca Erundil el cual se decía estaba emparentado lejanamente con Elros y por tanto perteneciente a los Fieles. Los dos se enamoraron y en una noche primaveral de luna llena del año 3125 nació Isiloth Elenmíre, flor de luna la llamó su padre y joya de las estrellas su madre.
La joven medio elfa creció feliz, pero entonces estalló la guerra civil en Númenor y sus padres murieron en una batalla.
Al enterarse de la mala noticia, Iorethil regresó a Númenor por un tiempo e invitó a Isiloth a irse con ella a Pelargir donde estarían más seguras, pero la joven no se sentía con fuerzas para irse de la isla y necesitaba estar sola por un tiempo así que se despidió de su abuela que regresaba al continente y ella se fue una temporada a vivir a la costa.
En unos de sus viajes, Eärondûr llegó a Umbar, la fortaleza Númenoreana en la Tierra Media, allí le contaron una extraña leyenda que contaba la historia de cómo hacía siglos una pequeña balsa blanca había sido depositada por el mismo Ulmo en las costas de Númenor, salvando así a una madre y una hija que venían desde unas tierras extrañas.
El elfo en esa historia creyó adivinar la salvación de Iorethil y su hija así que decidió ir él mismo a Númenor, para investigar esa historia en los anales de la isla.
En una agradable tarde de Marzo llegó el elfo a Númenor, corría ya el año 3250 y Eärondûr regresaba al puerto que fue su salvación cientos de años antes. Allí se encontró con una triste y joven mujer, al acercarse a ella y mirarle a los ojos sintió una punzada dentro de él, su rostro le era muy familiar.
-Buenas tardes hermosa joven, ¿no sabrás de algún buen lugar en donde pueda vivir unos días tranquilamente este viejo elfo?
-¿Viejo elfo? No pareces mucho mayor que yo, aunque también soy mayor de lo que parece...
-Se nota que no has visto muchos elfos en tu vida rió Eärondûr-. Pero dices que tú también eres mayor de lo que aparenta... creo adivinar que por tus venas corre sangre élfica ¿me equivoco?
-Pues no, mi madre era una elfa, pero mi padre era un Númenoreano, dicen que descendiente del mismo Elros, así que también tendría sangre élfica de Eärendil.
-Ah... interesante. ¿Sabes algo del linaje de tu madre?
-Pues... no, sólo sé que su padre murió en el mar; pero mi abuela aún vive en el Pelargir, seguro que ella sabe algo, se llama Iorethil y la llamaban Lindisse en su juventud ¿la conoces?
Por suerte Eärondûr estaba apoyado en una vara de roble, si no se habría caído en mitad de la playa, cuando se repuso carraspeó e hizo que intentaba recordar:
-Es posible que haya oído hablar de ella... en tres mil años se conoce a mucha gente... ¿te importaría que pasara estos días en tu casa?
-Por supuesto que no, así podrás contarme historias y leyendas de la Tierra Media...
Llegaron a casa de Isilioth y la entrada estaba presidida por un gran cuadro de Iorethil, nada más entrar Eärondûr se quedó petrificado ante él.
-Esa es mi abuela, el cuadro lo pintó mi madre hace muchos años. Pero a mí me gusta más otro que pintó mi abuela, pasa y toma algo mientras lo busco.
Eärondûr se sentó y empezó a comer unas avellanas cuando Isiloth entró con un retrato de Elrond, el pobre elfo casi muere asfixiado con un par de avellanas. Cuando al fin pudo hablar le preguntó:
-¿Quién es ese hombre?
-Se supone que es un elfo que conoció mi abuela cuando era joven, aunque en esta casa siempre hemos creído que es nuestro abuelo.
El rostro de Eärondûr se puso más tenso aún.
-Ahora que me fijo continuó Isiloth-, se parece bastante a ti... es como una versión más poderosa y majestuosa de ti... aunque es posible que no sea capaz de distinguir un elfo de otro.
-Sí... eso será... realmente yo no encuentro ningún parecido...
Tras pasar unos días en casa de Isiloth y viendo que la situación en la isla estaba empeorando por momentos, ella y Eärondûr decidieron ir al Pelargir. Guardaron todo lo de valor y en un par de días la mudanza estaba lista.
Montaron en un gran barco junto a más gente (entre ellos Sibila Raísa) y partieron al Pelargir.
Cuando llegaron a casa de Iorethil, Isiloth se disponía a presentar a Eärondûr a su abuela, cuando ésta en un violento arrebato salió corriendo hacia él y empujando a su nieta a un lado (más bien a la otra punta de la casa) comenzó a besar al elfo.
-Ay, por la Gracia de los Valar, creía que habías muerto ahogado. ¿Cómo no viniste a verme?
-Yo también creía que habías muerto hasta hace unos días respondió Eärondûr intentando respirar.
-Isiloth cariño, ¿por qué me miras tan raro?¿Es que no sabes quién es?
-Ehm..... ¿abuelo?
-Huy no, más quisiera él rió Iorethil-. Es Eärondûr. hermano de Elrond de Rivendel y de Elros de Númenor, ¡es familia nuestra!... bueno... tuya por parte de padre, ya sabes...
-Sí eso, familia pero muy lejana...
Durante varias noches, cuando Isiloth se acostaba, Iorethil y Eärondûr se quedaban hablando, ella solía espiarlos pero creía que los elfos lo sabían pues muchas veces dejaban de hablar con palabras. Aún así, la joven pudo escuchar conversaciones muy misteriosas.
-Así que tú también lo sentiste comentó Iorethil.
-Sí, por esa razón fui a Umbar, pero la noche anterior al viaje oí vuestra historia y cambié los planes.
-Menos mal que por una vez haces lo que debes. Parece que el Destino quería que nos encontrásemos, así que iré contigo al sur.
-No es prudente en los tiempos que corren dejar aquí sola a Isiloth, deberíamos llevarla también.
-Tampoco es prudente dejar aquí todos nuestros objetos de valor.
-Cierto... enviémoslos a Rivendel, allí estarán seguros.
-No podemos hacer eso.
-¿No podemos?
-No... ¿qué pondrías a Elrond en la etiqueta? De Iorethil Lindisse y su nieta (sí, su nieta de ella).
-Tienes razón. Hablaremos con elfos de la zona para que cuiden todo ésto hasta nuestro regreso.
Al cabo de unos meses ya tenían todo listo así que los tres partieron en un barco élfico capitaneado por Eärondûr (otra vez) con rumbo sur; pero entre sus enseres había un bulto de más.
Ese bulto se despertó cuando llevaban medio día de viaje, entonces sorprendida Iorethil le preguntó:
-Por las Palantir de Fëanor ¿quién eres tú?
-Eh... soy Sibila Raísa, una Telerin de Tol-Eressëa que partió a la aventura hace unos días...
-¿Y qué hacías en nuestro barco?
-Dormir como ya habéis visto.... ya que no tengo lugar a dónde ir ¿puedo quedarme?
El cuerpo de Hecil estaba completamente sumergido, tan solo su cabeza y sus brazos que se aferraban cada vez con menos fuerza a un trozo de mástil, impedían que el mar reclamara su cuerpo y su vida. Su estado era muy precario, en su cabeza no quedaba nada, tan solo el primitivo instinto de supervivencia que le impedía soltarse del mástil y acabar así con el sufrimiento. Cada cierto tiempo se desmayaba y se sumergía en un pesadilla aun peor, donde solo había muerte y desesperación, el fuego lo consumía todo, y sobre el sordo chisporroteo del fuego y el crujir de la madera, tan solo otro sonido mas aterrador se podía escuchar, los gritos de la gente que intentaban salvar sus vidas, y los aullidos de las bestias que disfrutaban con la matanza. Después perdido en toda aquella confusión sentía el frió contacto del acero al penetrar en su cuerpo por uno de sus costados, y detrás el aullido de placer de una de las criaturas, entonces se despertaba de aquel horror con un grito y por unos instantes volvía a cruda realidad.
Entonces en un momento de su travesía, escucho unos gritos a lo lejos, ya sin fuerzas pensó que los muertos le reclamaban, después un objeto pesado golpeo el agua. Sin que el lo supiera un barco lo había encontrado y un grupo de marineros se dispuso a rescatarlo, remando con fuerza se acercaron hasta el naufrago, para sorpresa de todos el hombre aun continuaba con vida, su estado era muy precario, habría permanecido unos cuatro o cinco días a la deriva.
Con rapidez fue subido a bordo, donde fue atendido por un grupo de elfas, que aunque pudieron sanar su cuerpo, nada pudieron hacer por su mente.
Así que tres días después de ser rescatado Hecil despertó, tenia el tórax, el brazo izquierdo y la cabeza vendada, no sabia como había llegado allí, tan solo una figura lo que parecía un elfo estaba frente el, llevaba algo en la mano, un broche circular de oro, con una pequeña gema de color verde esmeralda incrustada en el centro, se acerco le dijo.
-Bienvenido al mundo de los vivos, soy Eärondûr, le dijo en voz amable.
Hecil se llevo la mano a la cabeza intentando recordar alguna cosa, pero fue inútil no recordaba nada de su pasado.
-¿Sabes quién soy?. Preguntó con la voz entrecortada.
-No, te encontramos flotando, agarrado a un trozo de mástil, también llevabas este broche contigo, quizás te ayude a recordar. Respondió. Acto seguido le entregó el broche.
Hecil lo tomó y lo examinó cuidadosamente con sus manos, pero nada le vino a la mente. No tengo ni idea de quién soy, ni siquiera recuerdo haber tenido nunca este broche. Contestó Hecil.
-Bueno, tranquilo dentro de poco recuperarás la memoria, de momento te pondré un nombre provisional, hasta que recuerdes el tuyo propio te llamaré Hecil, que significa perdido, hasta que recuperes la memoria. Dijo el Elfo.
Fue entonces cuando le comunicaron al hombre que estaban viajando al sur por un extraño motivo:
-Iorethil y yo hemos tenido algunas extrañas visiones sobre una antigua ciudad allá en el sur, donde hay extrañas estrellas -explicó Eärondûr.
-Así es, en aquella ciudad tendrá lugar un extraño suceso sin el cual la Oscuridad se adueñará de esas tierras... y puede que después siga extendiendo su poder hasta que surja un nuevo Señor Oscuro sobre el trono de Arda... y ya no hay nadie como Eärendil para suplicar ayuda a los Poderes del Oeste.
-Nosotros vamos para evitar que algo interrumpa lo que debe ocurrir en aquella ciudad... aunque no sepamos cómo.
Así fueron pasando lentamente los días hasta que en un atardecer Iorethil habló con Eärondûr:
-Creo que se acerca una tormenta, deberíamos pasar la noche en tierra.
-Cierto, también Eärendil tiene un brillo extraño. Atraquemos entonces.
Los cinco acamparon en una pequeña playa alrededor de un fuego cuando escucharon unos extraños ruidos en el bosque cercano, Eärondûr se acercó para ver de qué se trataba. Al poco de entrar se tropezó con un bulto, bulto que a la velocidad que iba hizo trastabillar al elfo y casi lo tira al suelo.
-¿Pero qué es esto?¿Qué es lo que hace correr a esta velocidad a una hermosa elfa pelirroja?
-Pues... lo mismo que haría correr a un elfo moreno medianamente atractivo; mira ahí.
Eärondûr miró en la dirección que le señalaba la elfa y vio como una docena de trolls se acercaban a ellos.
-Tienes razón, excepto en lo de medianamente atractivo. Vámonos de aquí.
Mientras corrían de regreso iban dando gritos a Iorethil para que preparasen el barco, consiguieron salvarse y ya en el barco la elfa dijo llamarse Silme.
Ahora los seis seguían rumbo sur con Hecil capitaneando el barco, pues había demostrado una gran destreza.
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Durante largo tiempo el barco navegó al sur.
-¿A dónde nos dirigimos? preguntó Silme durante un atardecer.
-No lo sabemos exactamente... vamos al sur donde las estrellas son extrañas en busca de una señal respondió Isiloth.
-Pero ¿por qué razón?
-Pues... comenzó a decir Iorethil-, yo tuve un sueño en el que viajaba al sur y al mirar al cielo veía extrañas constelaciones... constelaciones que aún no he visto en el cielo nocturno...
-Yo estaba en ese viaje continuó Eärondûr-, pero en mi viaje íbamos al este siguiendo el rastro de una lejana y misteriosa luz.
-Típico de los Altos Elfos... ¿y vosotros dos? volvió a preguntar Silme refiriéndose a Hecil y Sibila.
-Yo partí de Tol-Eressea hace unos años y me asenté en Númenor... pero unos oscuros hechos me incitaron a seguir viajando así que embarqué con destino al Pelargir pero no tenía donde dormir y me acosté en este barco. El Destino debía querer que viajase con sus dueños, así que me quedé en él y ahora viajo con ellos.
-Mi historia es algo extraña... no recuerdo nada, ni quién soy ni qué hacía en estas aguas, pero ellos me encontraron flotando entre restos de un barco y cómo no sé cuál era mi misión acompaño a mis salvadores. ¿Qué hay de ti Silme?
-Yo vivía en los bosques al norte de las Montañas Grises y me metí en ciertos problemillas con unos trolls, durante un tiempo pude darles esquinazo pero como visteis ellos consiguieron encontrarme... nunca confíes en la estupidez de un troll o te encontrarás con el único troll inteligente de Arda...
La noche iba pasando y estaba a punto de clarear el cielo cuando Iorethil habló:
-Nos acercamos a nuestro destino, ya reconozco estas estrellas.
-Perfecto le respondió Eärondûr-. Las montañas empiezan a retirarse hacia el interior del continente y ya pronto terminará la cordillera. En unos días tomaremos tierra.
El amanecer fue gris al igual que la mañana, pero la tarde trajo una inesperada sorpresa, otra fuerte tormenta arreció contra la embarcación y los tripulantes perdieron el control así que terminaron estrellándose contra unas rocas cercanas a la orilla.
Por fortuna sólo sufrieron unas pequeñas heridas y rasguños; decidieron pasar la noche en la base de las montañas donde parecía haber unas pequeñas cuevas. A la mañana siguiente decidieron qué hacer, Iorethil y Eärondûr dieron unas hermosas capas élficas a Isiloth y Hecil para que pudieran camuflarse, por el momento viajarían de día en las cercanías de las montañas buscando algún paso para cruzar al otro lado, estaban en tierras extrañas y no sabían con qué podían encontrarse, pero a pie tardarían varias semanas en llegar al fin de la cordillera y luego tendrían que volver hacia atrás con la consiguiente pérdida de tiempo.
A las pocas millas, Silme y Eärondûr encontraron un lugar por el que creían podrían atravesar las montañas. El camino ascendía durante unas cuantas millas hasta llegar a un hermoso valle a una considerable altura, allí se encontraron con varias manadas de lobos y wargos que les atacaron durante toda la noche, con el amanecer consiguieron encontrar una pequeña cueva en la que esconderse.
-No creo que esas alimañas consigan atravesar la roca de la entrada dijo Iorethil-. Pero no podremos quedarnos aquí dentro mucho tiempo.
-Se acerca una tormenta, quizá podíamos utilizarla... comentó Silme.
-Es nuestra mejor opción, cuando haya comenzado la tormenta saldremos de aquí y comenzaremos a descender por el otro lado de las montañas.
Aunque la tormenta fue muy fuerte, eran cinco elfos y un hombre poderoso, así que la sortearon sin mayor dificultad y consiguieron atravesar la cordillera. Tras varios días de viaje llegaron en una neblinosa noche a las lindes de un bosque.
La niebla era muy cerrada alrededor del bosque, pero aún así consiguieron encontrar a un grupo de gente que también acampaba alrededor de los árboles. Tras el primer acercamiento todos los allí reunidos tomaron confianza y comenzaron a hablar.
Allí reunidos había un extraño hombre de guerra llamado Duque Arioch, junto a él estaban Encaitar Taronthion, el Señor del Hielo y Thórel Eladan, Señor de Caballos.
Algo más apartados estaban el elfo Thinedhel y Ealido, una mujer de aspecto salvaje y retraído.
Los once desconocidos pasaron juntos la noche alrededor del fuego.