La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Historia de Orden de Telpe

Cuentan las crónicas que tras el cenit de la Primera Edad de Arda la sombra de Morgoth ya hería profundamente las entrañas de la tierra y enfermaba lentamente el corazón de todo aquello con vida.

Los orcos y otras bestias proliferaban en número mientras los pueblos de la Tierra Media sentían crecer el temor y la llegada del frío aliento del miedo golpeaba contra los cristales de sus ventanas.

Y fue entonces cuando Thingol, rey de los Elfos Grises, pidió a los Enanos de las Montañas Azules que le ayudasen a crear una fortaleza con la que guarecer a su pueblo. Y ellos, amantes de su trabajo y de las bellas creaciones, construyeron para él las Menegroth, las Mil Cavernas, cuya hermosura aun no ha sido alcanzada por estancia alguna sobre la tierra. Pero el mal era un ente vivo que crecía rápidamente, y pronto las noticias de la extensión de la sombra llegaron con más frecuencia, como heraldos de la destrucción que se aproximaba, y los Enanos de Nogrod, los más diestros en el temple del acero, forjaron armas para el rey de Doriath.

Entre los herreros de Nogrod, el de mayor destreza fue sin duda Telchar, maestro indiscutible en este viejo arte, a cuyo cargo estaba Oll, uno de sus más aventajados discípulos, pero también el de mayor ambición, y que recibía sus clases además de las de otros afamados herreros de Belegost.

Por esos días los espías de Morgoth se mezclaban entre los pueblos libres. Como manzanas podridas entre frutos frescos, extendían la inquietud y buscaban noticias con las que nutrir a su señor. Así fue como la fama de Telchar llegó a su conocimiento y poco a poco una nueva idea fue tomando forma en su perversidad infinita.

Cuando habían pasado 20 años desde la derrota de Glaurung en Ard-galen, un hombre de tez enjuta se acercó a la ciudad de Nogrod pidiendo ver al renombrado maestro. Dijo venir de parte de un importante Señor, de quien hacía llegar un delicado encargo: deseaba una armadura completa y armas dignas de un gran guerrero, fabricadas con un metal brillante como la plata y azul como los fuegos fatuos. El extraño mostró parte de las riquezas con las que premiaría la tarea y por último un trozo del metal. Los ojos de Telchar, aun acostumbrados a objetos maravillosos, se abrieron de asombro ante tales grandezas, sin embargo se sentía perturbado por el desconocido y rechazó el trabajo. Mas Oll, que había escuchado toda la conversación, quedó prendado de la recompensa que ofrecía, y saliendo al paso del extraño se presentó como discípulo del arte de Telchar y aceptó crear la armadura en su lugar. A los pocos días del encuentro llegaron más hombres transportando el metal necesario para la obra. Junto a ellos viajaba el extraño con el que cerrara el trato y le dio como plazo 5 meses para realizar la tarea; al cabo de ese tiempo volverían a buscarla y con palabras que encerraban una peligrosa amenaza, le advirtió que no perdonarían retraso alguno. Entonces el hombre le rogó que le dejara unos minutos solo en el taller, y Oll, extrañado por tal petición abandonó la habitación, mas la curiosidad era grande así que tornó la puerta sin cerrarla, y por el resquicio observó al extraño y lo que vio allí no lo olvidaría jamás, pues descubrió que aquel personaje era más de lo que parecía ser ya que, despojándose de sus ropas y entonando un cántico que espeluznó a Oll hasta el resto de sus días, se acercó al misterioso metal hasta fundirse con él. El joven Enano no daba crédito a sus ojos, pero cuando entró al taller comprobó que nadie más había allí.

A partir de entonces Oll se encerró en su pequeño estudio y apenas se dejaba ver, horrorizado como estaba con los últimos acontecimientos y espoleado por la amenaza y el miedo, lo único que deseaba era terminar el trabajo cuanto antes. Abandonó las enseñanzas de su maestro y descuidó a sus amigos, ya solo vivía para la armadura. Y al final de cada jornada sentía una sombra nacer en su interior que no era temor, ni aprensión, pero le oprimía en el pecho como una garra de acero. Así que cada día destinaba más y más horas de esfuerzo, y el amor hacia su creación se ensanchaba, pues en su ambición ansió que fuera más hermosa que las de Telchar, grandiosa y poderosa como ninguna otra, ligera y resistente para la guerra, y radiante como la luna. Y cuanto más crecía su fascinación hacia las nuevas formas que tomaba la plata bajo el mazo de su martillo, más negro se le volvía el corazón y más grande su codicia. Hasta que finalmente la armadura quedó terminada y Oll admiró las numerosas líneas que surgían desde la parte frontal del yelmo, como rayos de luz destinados a adornar el rostro de su portador, alabó la superficie de la coraza perfectamente pulida, y veneró el poderoso escudo donde los rayos ahora se entrelazaban componiendo figuras geométricas, y la fina forma de los guardabrazos y guanteletes, semejante a las grebas, con piedras incrustadas que retornaban centelleos azules. En aquel momento Oll olvidó las riquezas que le habían prometido, y decidió no ceder su grandiosa armadura, pues le era ya más preciada que cualquier otra cosa. El orgullo había superado al miedo. Así pues, cuando faltaban unos días para el vencimiento del plazo, reunió unas pocas pertenencias, entre las que se encontraba el Guerrero de Plata, como llamó a su armadura, y abandonó Nogrod. Nunca más se supo de él.

Algunos dicen que las moradas de los Enanos en las laderas orientales de las Ered Luin, quedaron sepultadas en el mar tras la cruenta Guerra de la Ira y que ningún vestigio quedó de las ciudades salvo los que aparecen en las crónicas, pero algunas viejas historias hablan de una armadura que espera enterrada bajo los restos de las Montañas Azules a que alguien la encuentre, pues dicen que el portador del Guerrero de Plata sembrará el pánico entre sus enemigos. Porque el nombre del extraño que llegó a Nogrod era Maegdel, que en la Lengua Común significa Horror Penetrante, enviado por Morgoth para conferir a la que iba a ser su armadura el espíritu de la consternación.

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Salieron con prisas de aquel lugar. Habían presentido algo extraño que las seguía. Y en vez de afrontarlo, decidieron salir de aquel bosque.

Corrían. Las dos mujeres, agarradas de la mano instintivamente, por una reacción ante el miedo. Pero, ¿miedo a qué? Apartaban como podían, con las otras manos, las ramas que se interponían entre ellas y la salida al claro. Corrían y corrían. Sus respiraciones eran cada vez más fuertes, más agitadas. Sentían que aquello se acercaba muy rápido, sin detenerse, como si las quisiera arrancar con sus enormes zarpas de aquella vegetación, para dejarlas desprovistas de algún tipo de protección. Tenía que alcanzarlas antes de que llegaran al claro. Donde habían llegado los demás, habiendo escapado de él.

Se extendía como un manto oscuro. Un manto que alcanzaba casi todos los puntos cardinales de aquel bosque frondoso, viejo, e interminable. Tenía algo a favor. Pero también tenía algo en contra. El claro estaba cerca, y las mujeres eran muy rápidas. Ágiles, escurridizas, y un poder grandioso que creaban juntas, como una fuerza imperiosa que le impedía si quiera rozarlas. Pero tenía que lograrlo. Un paso más y…

Estaban fuera. Aquello había retrocedido repentinamente al percibir la Luz del Sol. Las mujeres se soltaron la mano y una de ellas, quizás por nervios o como mecanismo de defensa, se convirtió en una Serpiente Negra. La otra mujer, instintivamente, cogió su espada, empuñándola firmemente. Había reparado en los que estaban también en aquel claro. Hlóke Morna no se había dado cuenta.

Todos tenían la mirada perdida, menos Täreisha. Quizás porque la mujer ya había experimentado varias situaciones límites, y ésta no la intimidaba. Se mostraba firme y segura. Miró uno a uno a los que estaban en el claro. Y luego, buscó a la Serpiente Negra. Se había tranquilizado, y había recuperado su cuerpo de mujer. Fue entonces cuando Hlóke se cercioró de que no estaban solas.

Comenzaron a hablar. Los demás, que se sentían perdidos, empezaban a hacer preguntas. Preguntas que no hallarían respuesta si no se las proporcionaban ellos mismos. Eso quería decir que tenían que moverse, que actuar. Pero los nervios, el miedo y la ignorancia con respecto a lo que había en el Bosque les paralizaba en el lugar. Hlóke fue la única que se dio cuenta de que aquel claro no era en verdad un lugar que los dejara a salvo de aquello. Sino que era un simple círculo, un amplio círculo de tierra desprovisto de árboles, en el cual tan sólo había la Luz del Sol que antes, había hecho retroceder a aquello. Era meramente una pausa.

Alguien tendría que liderar aquel grupo de personas si querían salir de aquella trampa. Pronto el Sol desaparecería, y la Luna se alzaría en la noche, triunfante una vez más. Quizás eso daba mayor campo de acción a lo que había en el bosque, para atraparlos y hacer con ellos lo que quisiera hacer, encontrando lo que buscaba. Unas víctimas a las que arrancar la piel, desnudar el alma, y comer el corazón. Porque eso era lo que él quería.

- Falta poco para que la Noche llegue, y la Luz del Sol no bañe este claro. ¿Quién sabe lo que puede hacer esa cosa sin el Enemigo que ha supuesto nuestra salvación? – dijo Hlóke Morna, buscando la atención de los demás, para al menos, centrar sus pensamientos en cómo salir de ahí. Por algún lado debían de empezar.

- Tienes razón -añadió Täreisha- no podemos esperar aquí eternamente. Siempre he encarado los peligros y esta no va a ser una excepción. –Y arrancando varias ramas de los árboles colindantes provocó un fuego, y con él encendió otras ramas a las que había envuelto en jirones de su capa y rociado con el líquido que llevaba consigo. A modo de antorchas las repartió entre los demás.

Las miraron. Se sintieron algo intimidados por aquellas dos mujeres que pretendían llevar la iniciativa de aquella complicada y extraña situación. Un elfo de gran envergadura emergió de entre el grupo y se apresuro a hablar.

- Estáis en lo cierto. No podemos quedarnos aquí mucho tiempo. No le sacamos mucha ventaja y la luz ya casi ha desaparecido. Propongo que vayamos a través del bosque. Cuanto más obstáculos haya entre él y nosotros mejor, ¿que os parece?

- Estoy de acuerdo – dijo una voz femenina, que señaló el camino de vuelta al bosque, con una de las antorchas que Täreisha le había dado.

Entonces el elfo volvió a hablar.

- Yo cerraré la marcha, ¿pero quien será el que nos guíe?

- Por mí no hay problema en que cierre él la marcha -dijo la voz femenina que había hablado anteriormente. Pero al igual que el elfo, tenía la curiosidad por saber quién sería quien liderara la marcha.

Hlóke Morna les miraba con interés, mientras Täreisha, que seguía empuñando su espada, ni siquiera se había dado la vuelta a la vez que las voces de los extraños se alzaban levemente en aquel claro. Buscaba la mejor opción. El mejor camino para atravesar aquel frondoso bosque. Pero la Luz del Sol cada vez era más débil, y los ojos de la mujer no podían deshacerse del impedimento que le suponía la Oscuridad Venidera. Se acercó a Hlóke.

- Tendríamos que acercarnos al bosque, con las antorchas y ver cuál es el mejor camino…

- Un momento... ¿Qué es esa cosa? – dijo una mujer, señalando a Hlóke. - ¿Qué es lo que ha hecho?

- Soy una mujer cambiapieles, no una cosa. Y lo que has visto es mi otra forma. – Hlóke miró a la mujer fijamente, como si quisiera descubrir qué escondía su mirada. Pero sabía que el tiempo apremiaba y que alguien debía llevar la voz cantante. – Täreisha tiene razón. No vamos a ganar nada quedándonos aquí parados. Tenemos que volver ahí, e intentar salir del Bosque como sea. Iremos con las antorchas. Quizás nos sirvan de ayuda.

- ¿Por qué deberíamos seguirte? – preguntó la mujer que se había referido anteriormente a Hlóke.

- Está bien. ¿Prefieres seguir a una humana? ¿A una mujer que no cambia de forma? ¿Te sentirás más segura? ¿Tendrás más motivos para salir de este bosque? – dijo Hlóke, igualmente serena que antes. Miró a Täreisha y asintió. – Pues que nos dirija ella, si es que lo prefieres así. Alguien de tu misma condición.

- Bien señoritas, ¿por qué no dejáis de discutir o lo posponéis para otro momento y nos vamos? – dijo el elfo. Sacó una de sus espadas, miró a todos uno por uno. No le importaba la vida de aquellas personas lo más mínimo, pero sin ellos ¿qué podría hacer contra aquella cosa? Salió de sus pensamientos y observó el cielo. Atrás el sol ya había desaparecido y la luz del claro con él.- ¡Vamos! El sol ya se ha escondido, ¡deprisa!

De repente todos se volvieron para mirar como el cabello de una dama elfa, que hasta entonces había sido oscuro, se tornaba plateado. Miró sobresaltada su pelo y con premura añadió –Ya está aquí la Luna.

- Hlóke nos guiará -, sentenció Täreisha, y nadie osó llevarle la contraria.- Yo iré detrás tuya. - asintió mirándola.

Y sin más las dos mujeres se adentraron en la oscuridad del bosque. Los demás las imitaron. Las siguieron, alzando sus antorchas, intentando iluminar la tierra que pisaban. Avanzaban ligeros entre las sombras sintiendo el hálito de aquel ser muy cerca, a sus espaldas.

Se oyó un grito cruel y el chocar de metales. Todos se volvieron. La mujer morena sostenía ahora una daga de empuñadura negra en la que destellaban piedras rojas, y parecía furiosa.

-Esa cosa me ha agarrado - explicó. Y mientras decía esto en otra parte del grupo se oyó un quejido y el murmullo de hojas. Reanudaron la marcha con más presteza sin importar quién era el que les dejaba en ausencia.

El poder crecía por momentos. Se había extendido una vez más por el bosque, abarcándolo todo. Incluso los que escapaban de él, sentían cómo se les echaba a las espaldas, cómo les rozaba los cabellos. Algunos, los más despistados e inseguros, sentían escalofríos, y emitían leves chillidos de angustia. Hwesta Delwen, la mujer que había asentido fervientemente a las palabras del elfo, se volvió hacia atrás, tan sólo un momento, y vio caer a uno de los que había salido del claro junto a ellos. Vio cómo se le rompía el cuello, y la cabeza le caía hacia atrás. Su cuerpo, inerte y sin vida, cayó al suelo con un ruido sordo. Sus brazos se desplomaron. Y tan sólo las hojas aplastadas por su cuerpo, y los ojos de la semiespectra humana fueron testigos de aquella muerte.

“Cada vez seremos menos”, susurró una voz. Nadie se volvió. Hlóke y Täreisha, que iban a la cabeza del grupo, miraban en todas direcciones, intentando descubrir qué era exactamente lo que les perseguía, mientras los demás procuraban defender su propia vida, agarrando fuertemente sus armas.

Un sonido cruel se hizo con todo el bosque. El grito desgarrador de una mujer, atravesada por una enorme zarpa de dragón, hizo que todos los que seguían la marcha se volvieran. Apareció clavada en uno de los árboles más grandes de aquel lugar. La sangre que emanaba de la herida ya había manchado el tronco. Su rostro, contraído en una mueca de dolor, había sido herido, repleto de cortes, como si cientos de cuchillos hubieran pasado cerca de la mujer, teniendo como único objetivo dañar esa belleza exótica.

-¿¡¡QUIÉN SERÁ EL PRÓXIMO!!? –gritó una mujer. La misma que había desconfiado de Hlóke. – Estamos huyendo de algo invisible y, ¿para qué?

Un hombre, de cabellos rubios y ojos negros, temblaba. Y sin saber por qué, comenzó a chillar. A patalear. Una histeria repentina se adueñó de él. Sin intentar perder la calma, los demás continuaron apresuradamente su paso, pero aquel hombre, atemorizado y nervioso como estaba, lo único que hacía era molestar. Sus gritos incesantes, sus empujones y las caídas que iba provocando a los demás tan sólo perjudicaban a los que en verdad querían salvarse. Varios fueron los que le agredieron y le ordenaron que callara, pero el hombre estaba perdido. Su mente era una desquiciada máquina que había dejado de trabajar. Sus pasos interrumpían la marcha de otros, sus gritos atraían a aquel poder. Sus nervios pasarían a ser la histeria no sólo de él, sino de todo el grupo.

-¡¡Maldito seas!! ¡¡Estate quieto!! –dijo la mujer. La luz de sus ojos violetas se hizo más intensa. - ¿Por qué diablos se está comportando así? No quiero pesos muertos aquí. Tengo prisa en salir de este maldito bosque.

Pero el hombre no se daba por aludido. Y mientras los demás continuaban su marcha, Akhesa, la mujer de los ojos violetas, sacó su arma y apuñaló al hombre seis o siete veces, hasta darle muerte.

-Debemos presentar batalla -susurró Täreisha al oído de Hlóke-, con esta formación somos vulnerables. Nunca conseguiremos ponernos a salvo.

Hlóke hizo un gesto negativo -Teme a la luz. Aguantaremos hasta el amanecer y entonces, veremos qué hacer.

-¿Y los heridos? ¿Por qué no los dejamos atrás? No es lícito sacrificar a todo el grupo por unos pocos.

Una espectra, que seguía de cerca a las dos mujeres, miró a Hlóke y Täreisha con despreocupación y habló.- No tenemos por qué dejarlos atrás. Los llevaremos con nosotros. Nos servirán de escudo.

Täreisha se acercó rápidamente al final del grupo y arrimando la antorcha a los que habían sido lastimados los observó. Volvió a la cabecera del grupo. -Hay heridos graves. No tardarán en morir.

El elfo desvió la vista de los árboles y opinó - Dejémosles aquí -. Paseó su mirada por todos con indiferencia y añadió- si alguien está en desacuerdo puede quedarse con ellos, pero yo quiero salir de este bosque y cuanto antes.

-Abandonemos a los más débiles, y continuemos con los que no frenen la marcha. No podemos hacer otra cosa. – Volvió la vista atrás, mirando a los heridos. Seleccionó a simple vista a los más perjudicados, aquellos que les frenaban la huída. En su rostro estaba esa máscara, esa expresión que siempre se adueñaba de ella cuando debía acometer algo cuestionable. Se acercó a ellos. Se paró en seco. Vislumbró el leve destello que desprendía su espada desenvainada, ansiosa de sangre que derramar.

Aquellos que necesitaban ayuda para poder seguir la marcha fueron los escogidos por Täreisha. Les fue señalando uno a uno con la espada. Los que servían de apoyo a los heridos se retiraron, temiendo la ira de aquella mujer.

Los heridos caerían pronto al suelo. Täreisha fue rápida en pasarlos a todos por el filo de su arma. Ya no serían más un estorbo.

-¡No! ¿Qué haces? Aún puedo seguir, puedo hacerlo, ¡aléjate de mi! –suplicó un hombre que yacía tumbado. Intentaba levantarse pero a cada movimiento su vientre expulsaba sangre a borbotones y la tez se le volvía más pálida. Lloraba, de rabia, de dolor, de impotencia.

-Shhhhhhh! –Täreisha se puso de cuclillas a su lado y le acarició el rostro tratando de serenarlo. El hombre la observaba como un niño amedrentado por las pesadillas del sueño venidero.— Shhhh! –su voz sonaba adormecedora, su expresión segura infundía sosiego- Tranquilo, shhhh... –y con un rápido gesto devanó la cabeza del hombre, que apenas sintió la fría hoja. Volvió a ocupar su puesto.

Nadie se atrevió a replicar y se pusieron en marcha. El paso era decidido, pues se habían desecho del lastre, y tenían ganas de salir de aquel bosque infernal.

Y así pasaron lo que restaba de noche, huyendo entre el laberinto de ramas y hojas buscando un lugar seguro.

Aquel ser no daba tregua en la persecución pero a medida que pasaban las horas y se acercaba el alba, notaron su presencia más lejana. Hasta que por fin vieron los primeros rayos naranjas manchar el cielo. Y con aquellos tintes que les brindaba el Sol, algunos muy cansados, sedientos, pidieron una parada. Allá donde el bosque era más holgado entre árbol y árbol, se detuvieron para reponer algo de fuerzas.

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Juntaron las antorchas que aún quedaban encendidas y consiguieron unas hogueras más o menos alentadoras.

Hwesta se sentó en una gran raíz de un árbol viejo, pensativa, con las piernas cruzadas y los codos apoyados en ellas, posaba su rostro sobre las manos dándole un aire infantil.

El elfo corpulento se acercó al mismo árbol y dejó descansar la espalda sobre su tronco. Clavó en el suelo dos espadas y se despojó de la armadura que cayó estrepitosamente a su lado. Liberado de su peso se deslizó en el tronco hasta quedar colocado al lado de Hwesta, observando las copas de los árboles.

La mujer que se había encarado el día anterior con Hlóke le imitó, colocándose junto a el con la mirada perdida en el cielo. El cansancio se hacia notar a través de sus ojos, que habían perdido cierta intensidad.

Los demás reposaban frente a ellos. No muy lejos estaba Täreisha. Con las piernas cruzadas, la espalda erguida y los brazos en cruz sobre su pecho, parecía dormitar pues tenía los ojos cerrados y respiraba suavemente.

-¿Qué diantre puede ser esa cosa? –preguntó una joven de mirada grisácea que había sido atacada. –De una cosa estoy segura, mi daga no encontró carne cuando se defendió. Esa cosa es de metal.

-No es de metal –dijo Hlóke- pero está cubierto de él. Lleva una armadura y posee garras o algo similar. Observad las heridas que ha causado.

-Percibo su poder desde dentro, como un presentimiento que cobra fuerza. Me desconcierta. No sé qué puede ser- dijo Hwesta.

-¿Un espectro, quizá? – sugirió un hombre de tez negra.

-No, no lo es –apuntó la espectra-. Nosotras lo sabríamos. –Hwesta asintió, y tras estas palabras hubo un gran silencio.

-Me desespera no saber a qué nos enfrentamos. ¿Por qué nos ataca y cuál será su próximo paso? -. Dijo el hombre que había hablado antes. Parecía abatido.- ¿Qué haremos ahora nosotros? Estamos en medio de este bosque que nadie conoce, perdidos en la inmensidad a merced de esa cosa – señalaba tembloroso la espesura que les rodeaba,- agotados, malheridos y muertos de frío. –Se quedó mirando hacia las que habían sido sus antorchas durante el camino y ahora se agolpaban tratando de mantener las llamas.- La esperanza se me apaga como este fuego débil que hemos prendido.

Entonces el elfo hizo un gesto con la mano y las llamas que surgían sin fuerza de las hogueras encendidas se convirtieron en un fuego grueso y potente que les abrigó con su intensidad y su calor. Täreisha abrió los ojos de súbito y miró malhumorada al elfo. Si hubiese encendido él las antorchas desde un principio, aún conservaría una capa con la cual abrigarse.

-Sí sabemos una cosa –dijo Hlóke.- Sabemos que teme la luz del sol, y mientras el Carro de Fuego esté sobre nuestras cabezas estamos a salvo. – Miró a todos, uno por uno, directamente a los ojos.- Es hora de ir a por él. Vayamos en su búsqueda y acabemos con su vida.

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No esperaron más pues el tiempo era valioso.

Las huellas se marcaban contundentes en el suelo de manera que les fue sencillo rastrear a su enemigo. Sin duda sus pasos eran fuertes y pesados. Descubrieron también que eran más cortos de lo que habían supuesto, y calcularon que aquel ser no debía de tener una gran estatura.

Continuaron el camino de pisadas hasta la entrada de una cueva abierta en lo q parecía la ladera de unas grandes montañas. Todos se miraron entonces. “¿Y ahora qué?” parecían decirse.

-¿Acaso queríais vivir para siempre? –dijo la elfa de cabellos oscuros que se habían tornado de plata a la luz de la luna. Esbozó una enigmática sonrisa y sin más se adentró en la cavidad. Su figura restalló unos minutos entre las sombras densas de la cueva, pero en seguida desapareció.

Täreisha la siguió, pero un segundo antes de atravesar el umbral oscuro paró en seco y se volvió a mirar a todo el grupo. -¡Adelante! –dijo- Devolvámosle lo que es suyo. Este temor no me pertenece -. Rió levemente y entonces traspasó la entrada. Al igual que con Ríanna, la primera en entrar, su contorno dejó de verse de pronto.

Uno a uno, los demás fueron accediendo a la misteriosa morada.

Al entrar en la cueva, el elfo hizo otro ademán con la mano y encendió otras ramas para tener un fuego y las repartió entre los presentes. -Necesitaremos luz –dijo-. Si lleva una armadura ésta lucirá. La mía es negra y las llamas se reflejan en ella ¿por que no en la de él?

Lo poco que podían distinguir algunos del grupo, era un gran corredor esculpido en la fría y dura piedra, el fuego de las antorchas golpeaba en los muros como si de su mayor enemigo se tratara. El techo era alto al principio de manera que todos podían caminar erguidos y en fila, pues el espacio no daba para más. A pocos pasos de la entrada el pasadizo giraba bruscamente a la izquierda y luego otra vez a la derecha. La pendiente descendía suavemente de manera que se sumergían más y más en la montaña sin apenas darse cuenta de ello. En ocasiones el camino giraba otra vez, y volvía a girar... pronto perdieron la orientación.

La roca era de un color oscuro, no negro, pequeños brillos se dejaban ver como vetas de granito, cada paso que daban emitía un ruido que parecía ir en aumento.

-Esta maldita roca me está poniendo de los nervios- lo que había sido el susurro de la mujer de ojos violetas se alzó entre las paredes con un enorme estruendo.

Entonces comenzaron los problemas. El pasaje se redujo y la techumbre resultó de pronto más baja que al principio obligando a muchos a continuar a gatas o en una posición incómoda. El aire comenzó a faltar también y el ambiente era cada vez más asfixiante. La situación se hacía insoportable por momentos pero era ya demasiado tarde para volver y encontrar otra forma de sorprender a su enemigo. Cuando la agonía parecía extenderse por siempre, el túnel se ensanchó y dieron a parar a una gran sala circular fascinante en la que notaban varias corrientes de aire.

Las luces que portaban multiplicaban los reflejos de las paredes, azules y blancos cristalinos que surgían aquí y allá fortuitamente. Ocho enormes columnas de roca se alzaban por toda la circunferencia. En sus pilares, tallados finamente, se representaba lo que parecía ser una ciudad magnífica que ninguno de los del grupo supo identificar. Abundaban, sobre todo, las escenas de trabajos manuales. Entre las columnas se abrían pequeños orificios por donde, inexplicablemente, llegaba un aire limpio que todos agradecieron. Una puerta descomunal se erguía entre dos pilares. Estaba cubierta de plata y runas talladas, era rectangular y en el medio se descubría la línea fina y divisoria por la cual se debía abrir, mas ningún asidero había por el cual tirar de ella. Un hombre se acercó y pasó sus dedos sobre los símbolos. –Es el lenguaje de los naukos -dijo-. Es una advertencia. “La muerte de plata espera al otro lado del umbral. Para el incauto, el desconcierto y el frío infinito; para la Muerte, una nueva vida”.

¿Qué significaba tan extraño aviso? Nadie supo responder. Una amenaza ignota planeaba sobre esa entrada.

-Yo no daré la vuelta –determinó una joven. Ocultaba su ojo derecho tras un parche. El otro le brillaba maliciosamente, como un destello más del habitáculo.- Hagamos lo que hemos venido a hacer y larguémonos de este agobiante lugar.

-Sí, hagámoslo. -un medio elfo de expresión altiva y reacia la apoyó con estas palabras. El resto parecía estar de acuerdo, decididos a llegar hasta el final y devolver el ataque pertrechado. Ningún obstáculo sería suficiente para detener la resolución tomada por aquella gente.

La mujer del parche extrajo su hacha e insertándola en la línea de abertura de las puertas hizo palanca con toda su fuerza. El crujido resonó por todo el recinto y escapó por los pequeños respiraderos hacia el centro de la montaña. Los demás se apresuraron a hacer lo propio con el arma que mejor les pareció. Pronto la abertura se hizo más grande y eso avivó la fuerza de todos los brazos que se unían con el mismo propósito. Entonces la puerta cedió y se encontraron ante una sala, aún más grande y cautivadora que la anterior, que les recibió con un olor nauseabundo.

Miles de fuegos brincaban en los pebeteros que se distribuían uniformemente por toda la habitación. A un lado, amontonadas, yacían varias piezas de metal con hermosos acabados: armas, utensilios, joyas, herramientas... todo creado de manera exquisita, se trataba del trabajo de un gran artista. Cerca del montón había una cama hecha con hojas. La parte central se encontraba hundida revelando el peso reciente de un cuerpo tumbado. Muy cerca se hallaba una tinaja con agua y un trapo roído. Al otro lado del tesoro se encontraba un yunque y una piedra enorme que servía de mesa. Varias herramientas de herrero estaban dispuestas de forma ordenada a la derecha de un hueco practicado en la roca en el que descansaban restos de un árbol, ceniza y hojas. El hogar aún estaba humeante.

En otra parte de la sala se acumulaban inmundicias y restos de animales y otros seres. Se distinguían huesos humanos, carne rasgada, vísceras y demás despojos de las infelices víctimas. Cerca de allí había otra mesa robusta con figuras geométricas talladas. Estaba preparada para servir a un comensal con cubiertos de plata y bellas copas de cristal impoluto.

Al fondo de la estancia se levantaba un sitial negro forrado de huesos que parecían humanos. Los elementos de la osamenta no estaban dispuestos de manera aleatoria, sino que formaban un dibujo que poseía cierta belleza inquietante. Próximo a él yacía una urna de cristal pero se hallaba vacía y con las puertas abiertas. Parecía que alguien había extraído su contenido de manera apresurada.

Era la representación del caos de una persona ordenada.

Entonces lo volvieron a sentir. Un temor creciente, un miedo que parecía expandirse desde el corazón hasta el resto del cuerpo. Un deseo imperioso de salir de allí como fuese.

Y un estruendo seguido de un grito surgió de entre la expectación. Se dieron la vuelta y allí estaba, frente a ellos, resplandeciente, y devorando el corazón de su nueva presa. La sangre le caía sobre la armadura, inmaculada plata, hermosa plata, bello metal protector que dejó atónitos a todos.

Los miró, sonrió, y entonces supieron que se preparaba para un nuevo ataque.

Involuntariamente los músculos se tensaron, los puños se cerraron sobre las espadas, los arcos estuvieron dispuestos, el frenesí del combate se apoderó de ellos. De forma instintiva, fueron formando un círculo entorno al guerrero y pronto estuvo rodeado. Y por fin, se inició la tan esperada lucha.

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Las crónicas siguen contando, de cómo el Guerrero de Plata fue vencido en su escondite. Muchos perecieron en el combate, mas grande fue la gloria obtenida al acabar con aquel ser. Fue el final del enigma, y el inicio de una nueva leyenda.

Oll, el joven enano, había sobrevivido en las Montañas Azules muchos años después de la Guerra de la Ira, protegiendo su obra y alimentándose de lo que podía.

El espíritu de la armadura lo consumía lentamente, su ferocidad y hostilidad aumentaron con el tiempo hasta convertirse en algo muy lejano a lo que un día fue. Evitaba la luz del día y todo ser que descubría o se acercaba a su guarida no se libraba de su ataque. Pero su fortaleza no residía en su interior, sino en la armadura, y así Oll fue vencido por otros más poderosos que él.

Pocos fueron los que vivieron para recordar tales hazañas, entre ellos se repartieron los tesoros de la sala; todos aquellos objetos a los que Oll dedicara su arte y su tiempo. La armadura fue extraída también. Tan hermosa era, tan inquietante, todos quisieron tener una parte del Guerrero de Plata.

Con el cansancio recorriéndoles el cuerpo y la mente agotada pero exaltada por la victoria, celebraron un concilio en el recinto del que casi les quitara la vida. Ahí en esa sala decidieron crear con todas sus artes una urna destinada a proteger la armadura del Guerrero de Plata y en ella se grabaron en todas las lenguas: El Guerrero de Plata, para los Hermanos de Plata.

Una poderosa Orden había surgido de la experiencia.