La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Ficha de personaje

Mornaew

Jugador: Yureawen

Avatar de Mornaew
Personaje
Mornaew
Clan
Orden de Telpe
Raza
Númenóreana
Otros nombres
Néhilin
Ingreso en el Clan
08-09-2004
Armas y/o poderes
Posee una espada, Gampsaen, de galvorn y hierro, y un par de dagas del mismo material; las hojas son de color gris oscuro y las empuñaduras negras con rubíes incrustados. También lleva consigo un arco para cuando la situación lo requiere.

Descripción del personaje

De alta estatura, fuerte y esbelta; Mornaew luce una larga melena negra como el carbón a menudo recogida u ondeando a merced del viento. Sus ojos son grises, como el cielo cuando se acerca una terrible tormenta, y en su fría mirada se refleja un odio temible y despiadado. Su piel ligeramente tostada, la cubre normalmente con un vestido largo o bien pantalones de cuero. En la batalla acostumbra a cubrirse con una bella cota de mallas. Luce en la mano derecha un brazalete de plata y en el índice de la mano izquierda un anillo de plata con un rubí engastado.

Historia del personaje

Hija de Sailayen y Artemir, la menor de tres hermanos cuyos nombres eran Eilan y Seurm. Nació en una pequeña aldea cercana al puerto Núménoreano de Vinyalondë, donde pasó gran parte de su niñez. El alma de Néhilin no albergaba ninguna maldad aparente y crecía en un entorno apacible a la vez que iba forjando sus habilidades en batalla. No creía que realmente fuera a necesitarlas, pero era para ella una mera distracción el ir aprendiendo de sus dos hermanos. Y es que pocos años después de que ella llegara al mundo su padre, que estaba al mando de aquella región, junto con una decena de hombres, cayeron en una emboscada por los alrededores de les Ered Nimrais. Se trataba de un numeroso grupo de hombres corrompidos por la maldad del Señor Oscuro. En ese enfrentamiento Artemir fue herido de gravedad en la pierna izquierda y, aunque atendida por las manos más hábiles en cuanto a curación se refiere, nunca volvió a recuperarse y sufría de cojera; ésta le impidió continuar haciendose cargo de capitanear a aquellas gentes y fueron sus hijos quienes más tarde le reemplazaron en tal cometido. Así pues, a excepción de raras ocasiones en que Artemir participaba, Néhilin era instruida por sus hermanos, en especial Eilan, en el manejo de la espada y el arco. También aprendió a dominar otras armas de menor calibre como cuchillos o dagas, y a montar a caballo. En verdad adquirió una gran destreza y agilidad en sus movimientos; sin embargo aún era muy joven e inexperta para poder defenderse por sí misma.

Y ocurrió que cuando Néhilin tenía ocho años su hermano mayor, Seurm, se desposó con una joven dama que vivía en Pelargir y su familia se trasladó a la zona para celebrar las nupcias; finalmente decidieron quedarse y habitaron allí, rozando las aguas del Anduin en su último tramo cuando éstas ya se disponen a abandonar la Tierra Media para unirse a las inquietas aguas del Gran Mar. La belleza de Néhilin aumentaba con los años y allí a orillas del mar sintió más felicidad de la que nunca había tenido. Su negra cabellera bailaba con la brisa marina mientras sus manos sujetaban fuertemente la espada con la que disfrutaba practicando con Eilan.

Pocos meses habían pasado desde que se instalaran en su nueva casa y era un día de verano, temprano, cuando la pequeña doncella despertó envuelta en blancas sábanas en el interior de su cuarto. El Sol comenzaba a alumbrar en el horizonte y Néhilin se puso en pie y se asomó a la ventana. A lo lejos le pareció vislumbrar dos siluetas; una conocida, la otra no. Se trataba de su hermano Eilan que hablaba con otro hombre. Pero al cabo de unos instantes aquella conversación pareció desembocar en una discusión por los gestos que Néhilin era capaz de ver desde su ventana. Era extraño ver a Eilan discutiendo, y más con un desconocido. Pero la muchacha optó por no hacer comentarios al respecto, ya que sabía que no debía estar espiando lo que hacían los demás; tal vez aquello no era de su incumbencia. Pero pasado aquel día, durante la cena su hermano comentó la posibilidad de ir a visitar a Seurm que vivía en varias millas al sur de su morada con su esposa que estaba embarazada, pero nada dijo respecto a lo sucedido por la mañana. Tres días después Artemir y Sailayen junto con los dos hermanos se dispusieron a emprender el viaje. A la hora del almuerzo se encontraban muy próximos al estuario del Gran Río e iban a comer de las provisiones que Sailayen había cocinado para el viaje. Allí cercanos al mar reposaban y comían bajo el sol veraniego hasta que fueron interrumpidos por una sombra que se acercaba surcando las aguas. La proa de un oscuro navío se hacía cada vez más visible; aquello no auguraba nada bueno y Artamir dio instrucciones para partir cuanto antes. Eilan parecía no tener mucha prisa en recoger y marchar del lugar. Demasiado tarde para escapar. Un puñado de hombres de tez oscura y cabellos negros, armados y bien protegidos, abandonaron el barco y se dirigían hacia ellos. Néhilin sintió como alguien la agarraba fuertemente por la cintura y la levantaba del suelo. Pataleó con todas sus fuerzas intentando desprenderse pero era inútil, tan sólo consiguió golpear a aquel hombre en el costado lo cual lo enfureció y solamente provocó que éste la sujetara con más fuerza. Se la llevaban. Sólo podía confiar en que su familia pudiera rescatarla de aquellos sucios asaltantes. Y por encima de los hombros de su secuestrador vio una figura a bordo del navío que ya había visto con anterioridad. Sin duda se trataba del hombre con quien su hermano había estado discutiendo aquella mañana cuatro días antes. Luego miró en la dirección opuesta y vio a su madre gritar desesperada corriendo hacia ella, hasta que una hoja afilada le rebanó la garganta. Su padre desenvainó la espada e intentó defenderse a él mismo y a los suyos, pero eran demasiados contra uno. Exactamente, uno solo porqué Eilan no parecía dispuesto a luchar, ni los atacantes mostraban ningún interés en hacerle daño. Néhilin no podía creer lo que veían sus ojos. Le dio la impresión de que se encontraba sumergida en una terrible pesadilla de la que era imposible despertar. Unos minutos más tarde ya la habían subido al barco corsario y atado de pies y manos. Su padre luchaba valientemente pero poco a poco sus fuerzas iban menguando, y el estado de su pierna no ayudaba. Una negra flecha lanzada desde el barco le atravesó el pecho y después de caer al suelo de rodillas, otro hombre le dio una patada y luego le quitó la poca vida que le quedaba apuñalándole con la espada. Gruesas lágrimas emergieron de los grises ojos de Néhilin después de lo sucedido y de hecho, aquellas serían las últimas que derramaría. Una mezcla de tristeza y odio fluía por sus venas, aunque el odio ganó terreno cuando dirigió la mirada hacia Eilan, su amado hermano que, aún no sabía por qué razón, la había traicionado entregándola a manos de aquellos hombres. Fuese como fuese, aquella había tenido que ser una sucia estrategia para salvar su vida, aún perdiendo a sus padres y a su hermana. Néhilin no lo podía comprender, pero deseó fervientemente poder escapar de aquel navío para acabar ella misma con la vida de su hermano. Sin embargo aquel deseo nunca podría verse cumplido, porque mientras su mirada se volvía fría y terrible aquél hombre que había visto hablar con Eilan se acercó a él en silencio y, para sorpresa de Néhilin y también de su hermano, sacó una daga que llevaba escondida bajo la manga y se la clavó en el pecho. Éste fue el fin de la familia de Néhilin, y a su otro hermano Seurm ya nunca jamás llegarían a visitarlo.

Tras aquellos terribles sucesos que marcaron sin duda el destino de Néhilin, los corsarios abandonaron tierra firme y una vez estuvieron todos a bordo zarparon rumbo sur bordeando la isla de Tolfalas y navegando a través de la bahía de Belfalas hasta que desembarcaron en el estuario del río Harnen. Habían recorrido muchas millas desde que abandonaran aquel lugar maldito donde se había derramado la sangre de la familia de Néhilin. Ahora ella estaba bajo la posesión de aquellos malhechores y quizás tendría que haberse sentido asustada por ello, pero únicamente sentía odio; un odio con el que aprendería a vivir, y que se iría modelando con los años.

Por el momento la doncella se mantuvo inmóvil, ni siquiera intentó desprenderse de sus ataduras y tampoco pronunció una palabra. Cuando alguien hacía un intento de ofrecerle algo de comida ella se negaba completamente y escupió a algunos en la cara, lo cual terminó por provocar que ninguno se le acercara salvo el que parecía ser el capitán, el hombre que había matado a su hermano. Los demás hombres lo llamaban Bhadoz y parecía que le mostraban un gran respeto. El capitán le susurró a Néhilin al oído que ella era propiedad suya y que debía obedecer sus órdenes. La muchacha siguió completamente callada y sentada sobre un pequeño banco de madera donde la habían dejado. Y allí permaneció hasta que un joven se acercó empuñando un cuchillo. Néhilin pensó que al fin habían decidido acabar con su vida y, de hecho, en aquellos momentos no le importaba lo más mínimo. Aquel chico se inclinó sobre ella y le pasó sus brazos por detrás de la espalda cortando sus ataduras con el cuchillo. Luego hizo lo mismo con las cuerdas que sujetaban sus extremidades inferiores y le ordenó que se levantara. La voz del joven no sonaba en absoluto autoritaria y, aunque estaba claro que seguía los mandatos de su capitán, no tenía más de 15 años y en su rostro se reflejaba una gran bondad. Reyan dijo que era su nombre y también preguntó a Néhilin por el suyo, pero no obtuvo respuesta alguna. Le mostró un pequeño cuarto donde podría dormir y lavarse un poco si lo deseaba. Y allí se quedo sola, se lavó la cara y se sentó sobre las sábanas. El cansancio se apoderó de su cuerpo y cayó en un sueño profundo. Al día siguiente le fueron asignadas sus tareas como ayudante en la cocina junto a Reyan. Durante las horas que tenían libres Reyan decidió enseñarle a luchar y quedó asombrado al ver que Néhilin era ya bastante hábil. Bhadoz permitió aquello, pues estaba convencido que la niña terminaría sirviéndole como los demás y no estaba de más tener una buena guerrera bajo su mando.

Y pasó mucho tiempo hasta que de los labios de Néhilin se doblaran para pronunciar una palabra. Pero sólo hablaba con Reyan y apenas uno o dos hombres de aquella tripulación llegaron a oírla conversar alguna vez hasta muchos años después. La llamaban Mornaew, el pájaro oscuro, y, aunque era la más joven de aquel lugar, su mirada les inspiraba un gran respeto y temor; muchos se apartaban cuando ella estaba cerca porqué se decía que portaba un gran mal. Y en realidad todo aquello era cierto, y el odio que había nacido en ella cuando tenía ocho años no la había abandonado ni nunca lo haría. Al llegar a la edad de 16 años Mornaew se unió a la gente de Bhadoz en sus ataques; de hecho obligada por las órdenes y amenazas de aquel hombre, pero en realidad a ella no le disgustaba en absoluto hundir el acero en los cuerpos de las personas que asaltaban, sino que solía sentir una gran satisfacción que le ayudaba a apagar el odio y la ira que la invadían. Lo que sí le molestaba enormemente era tener que hacer todo aquello bajo el mando de Bhadoz, sin libertad ni poder alguno.

Cuando tuvo veinte años, Reyan, que la había amado desde el primer momento en que puso los pies sobre la cubierta del barco, le confesó su amor. En el fondo ella también lo amaba pero le explicó que bajo ningún concepto pasaría el resto de su vida atada bajo las órdenes de un hombre al que odiaba, y recluida en aquél barco corsario que le quitaba la libertad de andar libremente por donde le apeteciera. En el silencio que la caracterizaba, Mornaew había urdido un plan para conseguir el dominio de aquel barco sin levantar sospechas. Durante las estadías que los asaltantes realizaban en las ciudades portuarias que se encontraban bordeando las tierras del sudeste de Arda, había conocido a un viejo hombre mientras compraba alimentos en un puerto al sur de las Montañas Grises, como le habían mandado. En un principio le ayudó con un ungüento que le habían encargado para curar una profunda herida de un hombre de la tripulación, pero su relación fue más allá. Nunca supo el nombre del anciano, y tampoco tuvo deseos de preguntárselo, pero de él adquirió muchos conocimientos sobre distintas lociones y brebajes preparados con plantas y jugos de frutas, y los efectos que éstos ejercían sobre aquellos que los tomaban u olían. El hombre tenía una oculta belleza bajo su rostro demacrado y Mornaew concluyó que era un elfo, o al menos lo había sido antes de adquirir aquella apariencia atormentada y sombría. Y nunca supo aquel hombre lo que ella se disponía a hacer exactamente, pero Mornaew temía que alguien pudiera descubrir su plan de modo que cuando hubo aprendido todo cuanto necesitaba quitó la vida al viejo cortándole el cuello. Además pensaba que, tan corta como había sido la vida de sus padres, no había justificación por la que un elfo pudiera vivir tanto tiempo. Y aunque en realidad ningún Eldar había interferido en ninguna ocasión en sus planes, ella sentía también odio por aquella raza inmortal.

Un día mientras cocinaba para la cena, Mornaew se dedicó a preparar otras cosas. Líquidos translúcidos que dispuso en dos frascos distintos y de uno de ellos que tenía una tonalidad violácea dijo a Reyan que lo extendiera por el interior de los vasos de unos determinados hombres; y aquellos eran los que más detestaba, entre los cuales se encontraba Bhadoz. Reyan obedeció igual que un animal domesticado y no hizo preguntas. A su vez Mornaew se guardó el otro frasco y no lo usó de momento. Unas horas antes del ocaso Mornaew buscó a Bhadoz, pues había llegado la hora de que le explicara los motivos por los cuales Eilan la había traicionado y vendido. Ya poco le importaban las razones, pero necesitaba saberlo.

—Dime Bhadoz, creo que tengo derecho a saber el porqué de mi situación. Por qué terminé en este negro barco bajo tus órdenes —dijo ella.

—En verdad no tengo ningún inconveniente en explicártelo y ésta es lo que sucedió… —le respondió el capitán. Y tras unos instantes de silencio le empezó a relatar los sucesos que habían tenido lugar doce años atrás.

Por lo visto el hermano de Néhilin, tras participar en una lucha contra un ataque de aquellos corsarios, terminó con el filo de una navaja en el cuello. Y para salvar su vida le ofreció un trato a Bhadoz; un trato que le obligaba a proporcionar armas y artilugios de batalla a aquellos hombres cada vez que precisaran de ello. Pero llegó un día en que se empezaron a levantar sospechas sobre las corrupciones en las que se había visto inmerso Eilan, y ya le fue imposible robar nada más sin ver peligrar su honor y reputación, tanto como su vida. Así que tuvo una disputa el día en que la pequeña Néhilin se asomó a la ventana, y debía ofrecer algo valioso para saldar las cuentas pendientes con Bhadoz y que éste le perdonara la vida. Y de aquel modo fue como entregó a los corsarios su más preciada posesión; su querida hermana a cambio de su vida. Pero los sucesos se complicaron, y aquellos hombres mataron a sus padres y, como en verdad el capitán pensó que era un acto cobarde y cruel el de Eilan, lo mató igualmente impidiéndole a Néhilin poder cumplir jamás su venganza.

Tras el relato de aquellos hechos, Mornaew ni siquiera pestañeó, ni un atisbo de tristeza en su rostro. Su mirada seguía gélida y distante. Pocos minutos después llegó la hora de la cena, y así sucedió que mientras los hombres comían y bebían despreocupados, uno a uno todos aquellos que habían sido elegidos por Mornaew cayeron como en un profundo sueño; sus cabezas golpearon la madera de la mesa. Pero no estaban dormidos, de ningún modo. Aquellos hombres estaban muertos, y los demás vieron que Bhadoz había caído también y se sintieron perdidos. Unos pocos empezaron a tener dudas respecto a lo que estaban comiendo, otros pensaban que era una maldición, pero todos coincidían en dirigir sus miradas a Mornaew. Ella lo tenía todo planeado, y disimuladamente de entre sus ropas abrió el frasco con la solución rojiza que había preparado y un olor afrutado llenó la estancia. El vidrio rodó por las manos de Mornaew hasta el suelo y se derramó esparciendo el aroma con más intensidad. Sus efectos fueron inmediatos y los hombres olvidaron toda sospecha que hubiera estado rondando por sus pensamientos y en adelante ella que había sido tratada como un Pajarillo Oscuro se irguió dueña y señora del barco, y todos la respetaban. Pero la siguieron llamando Mornaew y ella nunca les impidió que lo hicieran.

Como nuevo capitán de aquel barco Mornaew pudo obtener todo lo que deseó y que nunca en doce años le habían concedido. La abundante riqueza que Bhadoz había ido recaudando durante sus ataques le permitió encargar hermosas telas con hilos de oro y plata, y otras de fina y delicada seda. Con ellas le hicieron vestidos como nunca había podido lucirlos, y que sustituyeron a las ropas andrajosas que había tenido que soportar tanto tiempo. Mornaew lucía muy bella y terrible; todos la obedecían y luchaban por y para ella. En una ocasión visitó la casa donde había acabado con la vida del anciano elfo que la ayudó y de allí se hizo con una gran cantidad de materiales que usaba el hombre en sus brebajes y lociones, y muchos libros que le sirvieron para adquirir un mayor conocimiento de los orígenes de Arda, las guerras de antaño, la derrota de Morgoth, el hundimiento de Beleriand y demás acontecimientos que habían precedido a los tiempos que ahora vivía. Aprendió además todo cuanto se podía saber sobre los Primeros Nacidos, los Hombres mortales y los enanos que habitan bajo las montañas; también las criaturas que habitan la superfície del Mundo, y aquellas que moran en las profundidades.

Decidió incluir entre sus pertenencias otros objetos que le serían de gran utilidad; así que ordenó que encontraran los mejores artesanos que pudieran forjarle una magnífica espada, y también una cota de mallas que se adecuara a su talla y complexión. Y supieron que en la isla de Tolfalas habitaba un hombre llamado Orlach, el cual accedió a realizar lo que Mornaew deseaba. Y ella se paseaba por las cuevas en que el hombre trabajaba, supervisando el forjado de su espada. El filo fue hecho mediante una aleación de hierro y galvorn, además de una sustancia que la misma Mornaew trajo para ser incluída durante la fabricación. Y se trataba de un veneno, tan poderoso que nadie que fuera atravesado con aquella hoja vería jamas un nuevo amanecer y tan solo con una muy rápida atención y curación podría seguir con vida. Cuando la espada fue acabada todos pudieron contemplar su filo de color gris oscuro como los mismos ojos de su poseedora, y una empuñadura negra, toda de galvorn, con forma de garra, una hacia arriba y otra hacia abajo, en la que había engarzado un rubí como un vigilante ojo rojo. Y la llamó Gampsaen, la Garra Venenosa. Orlach forjó también dos dagas gemelas a corde con la espada, hechas con la misma aleación y con pequeños rubíes por toda la empuñadura. La cota de malla fue igualmente una magnífica creación, toda ella de resplandeciente plata muy fina pero resistente, con hilos de galvorn que salían desde los hombros creando formas indefinidas que se adaptaban al esbelto torso de Mornaew. Y en cada hombro donde empezaban los filamentos de galvorn, como sujetando el resto de la malla, había dos rubíes tan hermosos como el que adornaba la espada. Mornaew se sintió muy satisfecha con aquellas creaciones y pagó bien el trabajo de Orlach.

Durante cuatro años desde que se librara de Bhadoz, Mornaew navegó libremente por toda la costa de Arda obteniendo cuanto quiso para sí. Y a su lado estaba siempre Reyan, y existía una gran pasión entre los dos. El alma del hombre era bondadosa, Mornaew siempre lo había sabido, pero bajo su oscuridad se veía hechizado por completo y la amaba desmesuradamente hasta el punto de haber perdido parte de aquel buen corazón que siempre había mostrado. En una ocasión mientras luchaban contra una decena de hombres que pretendían robarles, sucedió que una flecha perdida de uno de los hombres de Mornaew surcó el aire entre la multitud e iba a impactar en el cuerpo de la mujer que no se había percatado mientras hundía el filo de Gampsaeb en uno de sus oponentes. Pero Reyan se dio cuenta y en su intentó por apartar a Mornaew del lugar recibió el impacto de la flecha, que atravesó su pecho perforándole el corazón como si se tratara de una simple manzana. Reyan se desplomó en en suelo a los pies de su amada. Ella mató con gran furia a los que quedaban vivos y luego se arrodilló cerca de él. No sobreviviría, era demasiado grave. Reyan tenía la respiración entrecortada y de su boca salía un hilo de roja sangre. Con el último aliento que le quedaba dijo —Te amo tanto… —y cerró los ojos. Mornaew no lloró, las lágrimas se le habían secado hacía tiempo, pero la ira que invadió todo su ser en aquel momento la sufrieron todos los que la rodeaban. Fugazmente lanzó sus dos dagas. Una de ellas acabó con la vida del arquero que había matado por error a Reyan y la otra se clavó en la cara de otro hombre a su lado. Los demás se quedaron petrificados y tal era su devoción por Mornaew que se sentían confundidos y no se atrevían a defenderse. Los atravesó a todos con el metal de su espada, y el veneno les secó las venas, y ninguno sobrevivió. Así fue como se quedo completamente sola en aquel lugar, junto al barco que poseía. Decidió al cabo de unas semanas de permanecer allí, sumida en sus pensamientos, que era hora de marchar, abandonar el mar y viajar más allá a donde el destino la guiara. Pero realizó un último viaje, de nuevo a Tolfalas. Orlach no hizo preguntas sobre la desaparición de sus hombres y se limitó a realizar lo que le pedía. Necesitaba una montura, pero allí no la encontraría. Aún así, el herrero aquel le fabricó una especie de armadura para un caballo, muy fina y que se adaptaría perfectamente al cuerpo de uno de esos animales. La hizo de plata y galvorn, igual que la cota de ella, y en la zona de la frente colocó otro rubí como años atrás lo había hecho para las armas de Mornaew. Ella dejó un cofre lleno de tesoros para aquel hombre al que quizás volvería a ver si lo necesitaba para otro trabajo y abandonó la isla en el oscuro navío hasta encontrarse en tierra, en el gran estuario del Anduin. Y allí desembarcó, llevando consigo sus armas, provisiones, un puñado de oro y gemas, y decidió coger un arco largo, y poco más. Vestía un sedoso traje blanco con brocados rojos entrelazados con hilos de plata y llevaba puesta la cota, y en el cinto iba envainada su espada y las dos dagas. Sus pasos la llevaron rumbo noreste siguiendo el curso del río en dirección opuesta al mar. Tardó varias horas en llegar a la zona de Pelargir, donde había vivido hacía muchísimos años. En su mente aún existía un pequeño lugar para el recuerdo, y, sin mucho empeño ni intención de encontrarlo, acabó delante del que hubiera sido su hogar. Empezaba a oscurecer y había una luz centelleante en el interior. Alguien había osado habitar en la casa de sus padres. Mornaew no podía soportar la idea que unos desconocidos hubieran ocupado su hogar y no permitiría que aquello siguiera adelante. El sol aún no se había puesto pero el ocaso ya estaba próximo y el cielo empezaba a palidecer, tomando tonalidades ocres y rojizas, preparándose para dar paso a la noche. Sería una noche sin luna, como la anterior. Mornaew esperó, oculta en las sombras. El anaranjado del cielo dio paso a un azul profundo con detalles rojizos hacia el oeste. Los últimos rayos de sol alumbraban las cumbres de las montañas, la noche ganaba ya al día y la mujer ya tan solo tenía que aguardar a que la luz del interior de la vivienda se apagara. Llegado el momento cogió unas cuantas flechas, colocó unos trozos de tela empapada con un líquido que llevaba consigo, y les prendió fuego. Mornaew disparó las flechas a las ventanas y en unos segundos las cortinas y todo cuanto era más vulnerable al fuego empezó a arder. Se oyeron gritos mientras ella permanecía de pie algo alejada disfrutando del espectáculo. Había atrancado las puertas con sigilo, y aquella gente no pudo salir. Estaban atrapados como un pájaro enjaulado. No muy lejos de la casa había un pequeño establo donde relinchaban un par de caballos nerviosos. Mornaew los soltó y se quedó con uno de ellos. Un caballo negro teñido de blanco en la zona inferior de las patas. Lo atavió con la sutil y oscura armadura, que se adaptó perfectamente a él, y le ató lo que había cargado durante todo el camino a sus espaldas. Colgó el arco y el carcaj, y las bolsas con las provisiones. El rubí resplandecía al reflejarse en él las llamas y tras observarlo unos instantes, Mornaew pensó en llamar al caballo Maechen, ojo perspicaz. Luego montó y salió cabalgando de aquel lugar siguiendo el curso del río.

<<Y de lo que sucedió tras el incendio, largo es el relato y en otra parte se cuenta; varios años que no serán narrados aquí.>>

[...]

Y bordeó las tierras de Mordor, y se adentró en el Bosque Negro. Allí algo sucedió que, aunque ella aún no lo sabía, marcaría por completo su destino. Algo se movía cerca. Maechen estaba nervioso y su dueña también se sentía inquieta. Pasó por su mente preguntar quién andaba cerca, pero mantuvo el silencio y permaneció alerta. Sus ojos no podían creerlo cuando en un fugaz pestañeo la figura de un hombre encapuchado, un anciano de rostro lúgubre y mortecino, apareció ante ella.

—¿Quién es usted y por qué anda en las sombras cercano a mis pasos?

—No te dejes engañar por lo que ven tus ojos y evita subestimarme. Pero la verdad es que no tienes nada que temer. Soy para tí ahora simplemente un hombre que quiere hacerte una propuesta.

—¿Temer dice? ¡Jajajajaja! Usted no me conoce lo más mínimo, así que evite subestimarme también. ¿Dígame por qué no debería seguir mi camino y retrasarme aquí con sus propuestas?

—Yo sé más de lo que tu crees Néhilin —Los ojos de la mujer reflejaban una total perplejidad—, Y me parece que tu supuesto camino puede esperar, ¿No es cierto?

Ella se quedó callada. En verdad no tenía ningún objetivo marcado por aquellos tiempos, y quizás era hora de volver a emprender algo. Su mirada volvió a la frialdad habitual, y con mucha desconfianza asintió levemente.

—En las Montañas Azules. Allí dícese que se esconde un gran tesoro, junto con un objeto que me es muy preciado. He hecho llamar a otros como tú —A Mornaew no le agradó en absoluto aquél último comentario—, Simplemente colabora en la recuperación de ese objeto para mí y podrás obtener tu parte del tesoro.

De hecho Mornaew no necesitaba riquezas, había conseguido todo cuanto había querido durante su pasada vida junto a los corsarios. Pero había algo inquietante en aquella propuesta. Decidió que no tenía nada que perder y podía profundizar en lo que aquel extraño le proponía. Así pues, aceptó colaborar en la misión de las Montañas Azules y, después de que el hombre le aclarara algunos puntos y le indicara las instrucciones para reunirse con los demás, partió en dirección noroeste cabalgando veloz sobre Maechen.

<<De la historia del Guerrero de Plata y la formación de la Orden de Telpe, se habla en otra parte>>

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Esa mujer se parecía a la palabra nunca,

desde la nuca le subía un encanto particular,

una especie de olvido donde guardar los ojos...

Vida

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