Ficha de personaje
Gwyllion
Jugador: arantxa

- Personaje
- Gwyllion
- Clan
- Tercano Nuruva
- Raza
- Maia mortal
- Otros nombres
- Gwenniel, Faiglindra
- Ingreso en el Clan
- 08-09-2004
- Armas y/o poderes
- Manejaba una espada de metal noble y fina artesanía, aunque ese no era su orgullo, puesto que una arma, por grandiosa que fuese, rompía la barrera de la sapiencia, tornándola violencia.
Descripción del personaje
Conocer lo que pensaba era sin duda ciencia abstrusa y no porque deseara ocultarlo deliberadamente, sino por el sinfín de reacciones que había esgrimido a lo largo de su existencia, oscilando desde el dolor abismal del rechazo a la sonrisa impoluta de la satisafacción. Por otro lado no contaba con muchas lunas a su favor, y la estulta juventud aún le era propia. El entrecejo fruncido y aquella mirada inquisidora, proyectaban indudable convicción y una poderosa razón para no dejarse llevar por lo irracional, ilógico e imprudente. Llevaba las riendas de su ser, impulsado por el severo flagelo de la razón. De no haber sido destinada a dar lo mejor de si por la libertad de los pueblos; cualquiera la hubiera imaginado cruel y despiadada opresora, porque una firmeza ejemplar desposaba sus ideales inconclusos y los cimentaba, sepultando, deseo, majestad y gloria, donde nunca una mirada tentadora podría reposar, turbando su tranquilidad. Sabía reír sinceramente y tomarle cariño a la gente, mostrando la sabiduría innata de una juventud sin resentimientos. A pesar de esto no era de muchos amigos, porque tempranamente la había alcanzado la desepción, lo cual no la hacía paranóicamente desconfiada, pero si, cautelosa, buscando entre líneas poder desmembrar las conspicuas máscaras de la gente.
Gwyllion era blanca como el alabastro y triste como las siempre moribundas flores de aquellas primaveras ansiosas de calor.
Su mirada era profunda, vasta y hermosa, pero lánguida, mezclada con un dolor sin medida que era la fuente principal de su belleza.
Historia del personaje
Desde antes que los días, siquiera comenzasen a contarse Fanuiras fue un Espíritu de Agua, y como tal una sierva de Ulmo. Era de la misma esencia que la Maia Uinen, aunque de menor poder. Sus cabellos oscuros, su gentil y melodiosa voz, su espíritu libre y su grácil figura la envolvían con un aura de bella inocencia. Las flores adornaron sus ligeros e insinuantes vestidos, ocultando su fuerza interior y las únicas pistas de su poder y origen fueron siempre muy sutiles o poco evidentes: la forma de correr como el viento, de bailar sobre el agua o cuando dormía en cuevas bajo los fríos estanques eran parte de sus costumbres, cuando bajó a Arda, en pos de la tarea Creadora.
Conoció a los Eldar, desde el principio de sus días, vio como algunos se exiliaban y otros en cambio eran files, presenció la caída de innumerables reinos bajo la sutil forma de un río, o convertida en el agua de alguna fuente en los palacios reales, fue testigo de sus matanzas y crueldad y de sus bellas echuras, mas nunca sintió cariño por ellos.
Una noche, mientras dormía bajo un frío estanque, sintió que lejos de ahí una criatura distinta a cualquier otra que hubiera visto antes, revolvía las tranquilas aguas de la superficie. La curiosidad le ganó rapidamente y emergió en forma de pez, pues no quería asustarla.
Así fue la primera en contemplar la luz mortal de los Atani, pues aquella era una joven mujer que lavaba sus cabellos bajo la pálida lumbre estelar.
Fanuiras quedó fascinada, y adoptó una forma muy similar a la de la joven, para acercarse, pues no cabía en su encanto.
No eran como los Eldar, arrogantes y convencidos de su sabiduría, sino más simples y aun así hermosos, pues aquellos primeros Atani, no conocían la Mácula de Arda, y aún no habían probado su amargo don de la muerte.
Fue ella quien les mostó el agua como algo benevolente, y les enseñó a nadar.
Sin embargo, pasado muy poco tiempo, Fanuiras comprobó cuan cortas eran sus vidas, y se dolió profundamente por su destino.
Acompañó a la casa de Balan, luego llamado Bëor el Viejo, hasta los lindes de los bosques de Beleriand Oriental, y ahí les dejó, poco antes de su encuentro con Finrod.
Marchó sola nuevamente, aunque con una idea fija en su mente, pues se había enamorado de los Atani, y quería compartir su destino, única entre los Maiar.
Solamente después de la Guerra de la Ira, que cambió el panorama de la Tierra Media, desgarrando montañas y hundiendo a la bella Beleriand, se decidió por seguir el dictámen de su alma.
Se presentó ante Ulmo, a quien debía lealtad, y rogó librarla de sus servicios, pues ya no disfrutaba de las tardes junto a los arroyos o de sentarse ociosa a cantarle al Mar. Quería adentrse en la escencia de los Hijos mortales de Ilúvatar y compartir ese mismo dolor que agobiaba su existencia.
Había probado al filo de la mirada que cualquier maia posee la escencia de los Atani, y estaba perdidamente enamorada de su frágil existencia, su pronta fatiga por el mundo y sin embargo de su tan terrenal dolor.
Era un pedido inaudito, pero le fue concedido, y pudo elegir en quien encarnar su ser.
Y seguía siendo imprevisible, pues no quiso vivir como númenóreana por ejemplo, hija de reyes de alguna noble estirpe, sino escogió a una jóven que nacería dentro de poco, sin padre, y dentro de los confines de la Tierra Media.
Pero aquello tenía su precio. No podría dejar descendencia en este mundo y con su muerte quedaría extinta la llama de los Ainu que le era propia.
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Tendría veinticinco años; vestía larga túnica de pieles negras. Este joven, en el Mediodía hubiera pasado por feo, o cuando menos por raro, no carecía de cierta belleza “local”. Era pequeño de talla, un poco grueso, o por mejor decir, muy recio y fornido; moreno de cara, o más bien pardo, tirando a rojo, pero con cabellos rubios como el oro, y ojos de un azul tan claro como el cielo del Norte en despejado día de enero.
En frente a él, e iluminada dulcemente por los resplandores del hogar rezaba en silencio una mujer, que más bien parecía una niña blanca como le alabastro; rubia también, con ojos celestes, semejantes a dos turquesas, y hermosa y triste.
Envolvía todo su cuerpo una anchísima bata de dobles pieles de armiño, cuya blancura deslumbraba, y cubría su cabeza gracioso capuchón de blondas. Con aquel traje parecía la joven una rosa flotando en golfos de nacarada espuma, un elegante cisne de albo plumaje, la luz matutina reflejada en nieve intacta.
Era la esposa del joven Magno.
Mucho tiempo hacía que los cónyuges estaban en aquella actitud. El haciendo que dormía, y ella haciendo como que rezaba a los Vala por que la beatitud de aquella isla fuera eterna.
Estaban en Númenor, y si bien el descendía de la casta real, siendo pariente próximo de Aldarion, era más parecido a aquellos que ya entonces comenzaban a gestar el descontento, y más allá de buscar el bienestar, habían maldito mil y una veces a los Señores de Occidente, engendrando la semilla que mucho tiempo después acabaría con el más bello de los hogares de los hombres en Arda entera.
Isfin, en cuyo rostro se veían las huellas de un dolor sin consuelo, clavaba los ojos en las juguetonas llamas del hogar...pues si por si acaso los tornase un momento hacia la sombría figura del marido, un leve temblor la agitaba y volvía rápidamente a clavarlos en la lumbre prosiguiendo con más fervor sus oraciones.
Una vez, abrió el joven los ojos, y sorprendió la tímida mirada que le dirigió su esposa.
-¿Dormíais? – murmuró esta con voz dulce y apagada.
-Yo no duermo nunca – respondió con voz dura - ¿Por qué me mirabais de aquella manera? – sentenció aún más hosco.
Isfin, tembló de nuevo. Aquello no era buen augurio de lo que luego le esperaba, así es que cruzó las manos.
-¡Porque os amo mucho!
Y se enjuagó las lágrimas y volvió a orar porque Eru no le deparase más pesares, pero sus dedos no atinaban desplegar los dobleces del blanco traje.
Y ya no hablaron más, pues habían hablado más que de costumbre.
Tres años de matrimonio contaban Isfin y Hyarménnarmo.
Un día pidió este un arpa y cantó el siguiente romance a su aterrada esposa:
De rodillas en la tumba,
en la tumba de mi padre,
amor eterno
tu me juraste...
si al juramento algún día
faltas, cobarde...
te lo ruego, amor mío,
¡no pases por la tumba de mi padre!
Y luego le preguntó amargamente.
-¿Qué hacéis Isfin?
-¡Rezo por la tumba de vuestro padre! – contestó ella cerrando los ojos para no ver la sonrisa de su marido.
Hyarménnarmo volvió a coger el arpa para proseguir su canto.
Luz de los cielos,
flor de los valles,
aquí nacerán mis hijos,
aquí murieron mis padres.
si por tu desdicha
mis hijos no nacen;
si es tu seno la tumba de mis hijos,
¡no pases por la tumba de mi padre!
La cofia de ámbar que Isfin tenía en las manos resbaló y cayó al fuego, y al tiempo fue otra de las tantas ascuas.
Un delicioso aroma inundó la habitación.
-¿Cómo os encontraís, señora? – preguntó el hombre como si no hubiera visto nada.
-¡Bien! – contestó ella que tampoco había reparado en aquel incidente de tan mal agüero.
-¿Teneis todavía dudas acerca de vuestro estado?
-No, señor...
-¡Vais a ser madre!...¡Oh ventura! ¡Ver cumplidos mis votos de tres años!
-Sí – murmuró mansamente la joven.
-Sí – repitió el esposo con voz terrible. – ¿Conocisteis a vuestros abuelos?- levantando a su esposa con el rugido de una fiera.
-¡Ah! Señor...-. ¡Matadme de un solo golpe!¡No prolonguéis mi agonía!
-¿De qué color tenían los ojos?¡Responded!
-Ya lo sabéis de sobra...Los tenían azules...
-Y a mis abuelos, ¿los conocisteis?
-No señor...
-¡Vais a conocerlos! – cogiendo el brazo de la esposa y arrastrándola a una galería próxima.
Había en ella una larga hilera de retratos alumbrados por lámparas colocadas de trecho en trecho.
-Estos son mis antepasados! – exclamó. – ¡Vedlos, señora!¡Todos tienen los ojos azules, como vos y como yo, como nuestros padres y abuelos!¡Comprenderéis, en consecuencia que nuestro hijo también ha de tener los ojos azules!¡Ay de vos si los tiene negros! Dijo y se alejó riendo convulsivamente mientras la joven caía de rodillas y sin aliento.
Así permaneció largas horas y cuando las velas del aposento, del de al lado, y de todos los contiguos se consumieron, dijo con voz honda y sepulcral:
- Hijo mío, ¿por qué quieres ser el verdugo de tu madre?
Pero Isfin, escapó. Aquella misma noche, se embarcó en uno de los navíos de Aldarion, escondida, y marchó rumbo a la Tierra Media, huyendo de aquella isla, que lejos de ser su hogar se había convertido en la pesadilla ignota de la noche, porque era un descendiente de la Casa de Bëor, quien había sembrado la vida en su vientre, y si bien no sabía como se había enterado su esposo de aquella cosa, no dudaba en la razón de este para pedir que como prueba que su hijo poseyera ojos igual de azules que el o ella, que venían de la antigua Casa de Hador, y no los oscuros bucles de los primeros.
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Nació el día más frío del invierno, en las cercanías de Tarn Aeluin, el oscuro lago, bajo el sutil nombre de Faiglindra, nombre el cual desechó tan pronto como tuvo razón, llamándose a si misma Gwyllion.
Su línea de descendencia fue algo irrelevante en su íntegra instrucción, y ni ella bien sabía que sangre corría por sus venas, ni de donde provenía la línea paterna.
Era Atani, es cierto, pero una luz más antigua que su pueblo brillaba fría en su rostro iluminado, que cada vez que podía, buscaba anhelante a Anarrína, en el mar de astros.
No quería ayuda, mas no la desdeñaba, pues tenía la entereza suficiente como para abrir los ojos a la suma urgencia, antes que se marcara en su ser convertida en cicatriz.
Ahora bien, su infancia no fue espectacular en sucesos, pues vivió sola con su madre, en la antigua tierra del Sur.
Corría sola entre las ruinas con la innata curiosidad infantil, aunque con una prudencia superior a la de su edad.
Creció a razón de su gente, alta y fina como una flor tachonada en majestad y gloria; sin deseo ni esperanza.
Su madre era del todo extraña. Un día hablaba con alegría y toques melancólicos del pasado, mas al siguiente intentaba olvidarlo todo y vociferaba deseando la muerte, abrumando a la joven Gwyllion que no acababa de comprenderla.
Un día sin embargo, despertó a Gwyllion muy temprano, casi clareando el alba cálida de un día veraniego que sonreía ante los primeros vientos del otoño que perfilaba su inminencia.
La llevó a la orilla arenosa del Tarn Aeluin y se sentaron a charlar.
Gwyllion nunca había reído tanto en su vida, que a penas contaba diecisiete años del Sol.
Conoció así a aquella mujer y sus pesares, como nadie lo hizo nunca, y en una tarde pudo satisfacer cualquier carencia afectiva.
Mas sin embargo, antes del crepúsculo, su madre le contó como y quien era su progenitor y como había llegado a conocerlo. Le habló también de si misma, pues Isfin, remontándose muy atrás en la línea, podía hallar parentela tan ilustre como los hijos de Hurin o Huor.
Su padre en cambio fue un númenóreano, de aquellos navegantes de Aldarion, pues era su pariente indirecto, descendiendo de Silmarien, hija de Elros. Claro está que Isfin de limitó a este detalle, y jamás pensó en develarle que ella había engañado a su marido en algún momento, dejándola a ella por fruto.
Por tanto su sangre era en realidad una mezcla bastante casta, mayoritariamente Atani, pero muy, muy atrás, ligada a los mismos elfos e incluso de los Hijos de Pensamiento de Eru Ilúvatar. Es por eso que Gwyllion conservaba aún, una aire particular impropio de cualquier pueblos, pero si de todos parecido.
Aquella noche se acostó en el lecho de su madre, y a su lado durmió como nunca antes, en el regocijo y sociego de la protección materna.
Soñó, o leyó con vaticinio certero que aquella dolorida mujer hallaría la paz eterna, porque feär y höar en ella ya no se concedían perdón alguno.
Antes de cerrarle los ojos al mundo, Isfin dijo a su hija, que miraba el techo en plena oscuridad meditando sobre lo que había visto:
- La muerte está hoy en mis ojos como cuando un enfermo sana, como cuando camina después de la enfermedad. La muerte está hoy en mis ojos como el aroma de flor; como cuando baja la vela del barco un día de viento.
Si las visiones llegan a ti, no puedes detenerlas, es la palabra de Mandos, el Destino que Habla. Porque ahora, aunque Arda misma muera, hija mía, puedo ver a la juventud regresar a mí como un bálsamo que me devuelve la fe y me lleva al lugar de la sagrada esperanza.
Gwyllion guradó silencio como buscando las palabras correctas.
- Custodia de la noche, señora de plata, iluminas mi solitaria existencia con tu luz. - dijo y se sentó al borde de la cama de espaldas para que no la viera derramar una lágrima que escapaba de su control. - ¡No me dejes madre! - concluyó con voz de niña que teme perder lo que quiere.
- Olvida la violencia en la que naciste, vence a los demonios que atormentan tus sueños, aniquila tus temores ocultos, pero sobre todo, no ames en demasía hija, y prevalecerás. - sentenció apoyando la cabeza en el hombro de Gwyllion. - Porque naciste bajo una sagrada estrella, hermosa señora y preveo que no tienes miedo a hombre alguno, y verás como grande señores derraman tiernas lágrimas de dolor por ti, pero amada niña, ¡no cedas ante nada!
- Madre, la belleza puede surgir del seno de la violencia, es cierto, pero no cederé ante manos oscuras de propia voluntad, y si he de hacerlo, mi cuerpo yacerá en el abismo hasta que el mundo cambie. Valor no me falta.
- Al final de mis días abro las puertas a los tuyos, no desvíes tu cometido ni mires hacia atrás, porque la luz y beatitud de todos quienes te antecedieron se aloja en tu rostro, y si embargo, aún haciendo el bien, ¡No te doblegues ante mano ajena!- repitió una vez más.
Y ya no hablaron.
Murió así el único ser a quien Gwyllion debió gratitud alguna vez, o quien logró sacar a relucir una de sus perladas lágrimas, mas al ver el cuerpo pálido e inerte, no pudo llorar, ni sentir dolor, a pesar de desearlo. Evadió el tormento y se marchó, con escazas pertenencias pero firmeza desbordante.
Hasta entonces había manejado la espada en contadas ocaciones, y era de técnica sumamente precaria, pero aprendería rápidamente, pues el camino que se perfilaba por delante no sería carente de obstáculos en los que la palabra no podría mediar.
Gozaba ahora de una libertad insospechada en otros tiempos, y a la cual empezaba a acostumbrase. Con todo y eso, su alma, Atani incorregible, no lograba hallar la paz ni reposar tranquila mucho tiempo, pues el deseo de hacer cosas que ganaran renombre comenzaba a dorar con sus llamas el antes impoluto deseo del corazón.
Pero por muy mortal que aparentase ser, Gwyllion era algo más que una Atani, y más aún que un primer nacido, porque aun ignorándolo, alojaba a un Espíritu Mayor en el cuerpo.
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Durante su asentamiento en Tercano Nuruva, y adaptando su nombre a la lengua de estos, pasó a llamarse Gwenniel.
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...to be continued...xDDDDD algún día...
Firma
\"Sé de una ventana en una torre del Oeste, que se abre a los mares celestiales, y el viento que ha soplado en torno a las estrellas, viene a refugiarse en sus ondulantes cortinajes\"
