La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Ficha de personaje

Ealido

Jugador: Ancalime

Avatar de Ealido
Personaje
Ealido
Clan
Concilio de Nan-Tasarion
Raza
Mujer de las tierras del sur
Otros nombres
Lastarz, \"la esclava\".
Ingreso en el Clan
09-09-2004
Armas y/o poderes
Tiene una buena capacidad para moverse sigilosamente y camuflarse, algo así como lo que hacen los hobbits. No ha recibido entrenamiento con las armas, pero tiene destreza y ha aprendido a utilizar la daga y la honda para defenderse.

Descripción del personaje

Es una mujer menuda que oculta una gran fuerza en sus fibrosos miembros, donde conserva tatuajes y marcas de su pasado como esclava. Su cara, de rasgos duros y atezada por el sol, tiene algo exótico; lleva los cabellos cortos y alborotados. No le gusta vestir como lo hacen las mujeres y elfas procedentes de la Tierra Media, viaja con sus ropas de cuero gastado también poco convencionales.

Historia del personaje

Ella había tenido otra vida. Aún la recordaba. Recordaba los amplios pastizales, cuando era casi una niña y su padre la enseñaba a guardar el ganado. Veía a su madre ante el fuego, cantando a sus hermanos pequeños. Se recordaba en la plaza de la aldea, exhibiendo su altura y su peinado en abundantes y delgadas trenzas ante las otras muchachas cuando iban a ver a Muammar, el anciano, para que les cantara las historias que más les gustaban. Recordaba el nombre que le habían puesto sus padres: Ealido, la brisa, en su idioma. Le gustaba ese nombre.

El nombre de Ealido había desaparecido una tarde, junto con el mundo que con él existía. Lo borraron a sangre y fuego aquel grupo de hombres de ojos diminutos, sonrisa maligna y cicatrices en el rostro. A partir de entonces ella no tuvo nombre, como no tienen nombre las mantas, los cuencos ni las tiendas: ella era una esclava, una cosa como ellas; al menos los caballos y los perros tienen nombre, había pensado cuando aún tenía fuerzas para ello. Su amo, aquel hombre mezquino de nariz torcida, la llamaba \'Lastarz\', pero ella sabía que no era un nombre, y a pesar de que aprendió la lengua se negó a saber qué era lo que aquella palabra significaba. La doblegaron en cuerpo y alma, con métodos que no quería recordar. Eran los métodos que usaban aquellos hombres, que viajaban buscando pueblos a los que destruir y riquezas que rapiñar, y cuyas canciones no hablaban de la naturaleza ni de las tradiciones como las del viejo Muammar, sino de la sangre, el botín y la victoria. Llegaron a eliminar a Ealido: pero en el fondo de la mujer sin nombre, como en el fondo de todo esclavo, sólo existe un deseo: escapar.

Una noche lo consiguió, tras un festín de victoria tras el que los amos caían ebrios de bebida y triunfo. La espada del hombre era demasiado pesada para ella, a pesar de que tenía más fuerza de lo que aparentaba su cuerpo menudo, pero el afilado cuchillo con el que todos aquellos años le había preparado la comida estaba perfectamente adaptado a su mano. Derramó la sangre del hombre como se derrama la sangre de los corderos para preparar un festín, y escapó sigilosamente con las cosas que había ido preparando durante meses y escondido en el forro de su jergón. Cuando se vio en el medio de la nada, tras correr y correr durante toda la noche, ante el sol naciente, se dio cuenta de que era libre.

Era libre, pero no pertenecer a nadie significa no saber a dónde ir. Se refugió en los bosques, donde los caballos no entran. Recordó cómo de joven aquella muchacha llamada Ealido ponía trampas a los conejos y recogía bayas para poder comer, y así vivió muchos meses.

Durante ese tiempo la mujer sin nombre vivió sola en el bosque: evitaba los caminos y los claros, y los peligros del bosque la evitaban, pues no era una buena presa. Sin embargo, un día, vio entre los árboles a un ser que la intrigó: su forma era humana, pero era completamente distinto a los hombres que había conocido; le rodeaba una atmósfera de luz que ella desconocía, aunque sus ropas estuvieran tan sucias y desgarradas como las suyas propias. En varios días se lo encontró: recordó en uno de ellos a aquellas criaturas de las que sus captores hablaban con burla y temor mal disimulado, pues los consideraban hechiceros y portadores de mala suerte. Le asaltó un temor supersticioso, pero logró sobreponerse con un convencimiento: si era enemigo de sus antiguos amos, estaba de su lado. Si no era así, enfrentándose con el no podía pasarle nada peor de lo que había sufrido.

Por eso, un día se decidió a acercarse al ser: decidió que lo mejor era hacerle un regalo, y escogió un hermoso conejo. Tomando aire, se internó finalmente en el claro donde el ser descansaba, ante los ojos asombrados de él, y tras depositar el conejo en el suelo, se intentó presentar. La lengua de los hombres con los que había vivido no le pareció adecuada, y decidió utilizar la que aún recordaba como en un sueño. Con disgusto, vio que el ser no parecía entenderla, así que hizo un último intento: se señaló a sí misma, y pronunció un nombre que rondaba por su cabeza hacía mucho tiempo, el nombre de quien quería volver a ser: \'Ealido\'. Satisfecha con esto, se sentó en la esquina opuesta del claro.

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Thinedhel sabía que desde hacía un tiempo alguien le estaba observando, pero se mantuvo a la espera de que el otro ser actuase primero. Le sorprendió aquel día la entrada de aquella extraña mujer, descalza, con el pelo revuelto y la ropa desgastada, y le intrigó cómo era capaz de caminar con tal sigilo que otros sentidos menos aguzados que los suyos no la hubieran percibido. Tras la estrambótica presentación, o eso le pareció a él, el medio elfo decidió no ser maleducado: se señaló a sí mismo y pronunció su nombre, y acto seguido se dedicó a preparar un asado de conejo para dos.

Firma

Dos cosas aprendí en mi cautiverio: me quisieron doblegar y aprendí a ser de acero; me quisieron encadenar y aspiré a la libertad

Vida

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