Ficha de personaje
Aranel Élvanwa
Jugador: Aranelita

- Personaje
- Aranel Élvanwa
- Clan
- Señores de Nurn
- Raza
- Elfa Noldor
- Otros nombres
- Élvanwa, Estrella muerta.
- Ingreso en el Clan
- 28-09-2004
- Armas y/o poderes
- Una espada, último recuerdo de Rúnyar, que maneja con gran destreza y un arco élfico.
Descripción del personaje
Aranel Élvanwa se trata de una Elfa Noldor, cuyos padres pertenecen a la estirpe de Gondolin. De mediana estatura, es alta y esbelta y de complexión fuerte. Tiene la piel pálida y suave y los rasgos faciales hermosos. Su sedosa cabellera, rizada y roja como si de sangre se tratara, cae hasta la altura de sus senos. Tiene los ojos rasgados y dorados y la mirada intensa y profunda.
De carácter cerrada e independiente: suele ser callada y no tiene trato con muchos de los de su especie. De cólera rápida, vive buscando la venganza y le fascina sentir la sangre caliente derraandose sobre sus manos.
Tiene una loba, llamada Hísië, que es su mejor y más fiel amiga, de pelaje azabache y mirada roja.
Historia del personaje
ARANEL ÉLVANWA
1.De la maldición y su nacimiento.
Corrían tiempos oscuros. Gondolin, aquella ciudad de inigualable belleza, había sido arrasada por los fuegos de Morgoth, convirtiendo la fortaleza inexpugnable en una ratonera sin salida, de donde solo unos pocos afortunados lograron escapar con vida. Del hado de Doriath, solo Elwing y unos pocos de su linaje se libraron, huyendo de la masacre acaecida por culpa de la codicia que el brillo de los Silmarils despertaban en los corazones de quienes contemplaban la joya. Estos dos pueblos, cuyas ciudades habían corrido la misma suerte, se establecieron en las Desembocaduras del Sirion, y solo la boda entre el resplandeciente Eärendil, hijo de Idril de Gondolin y Tuor, y Elwing la Blanca aportó un débil rayo de esperanza a los Eldar.
En las Desembocaduras del Sirion, vivía un familia de Elfos. Se trataba de Rána y Randir, exiliados de Gondolin que tuvieron que huir de su ciudad cuando esta era devastada por las llamas. Randir pertenecía al antiguo ejercito de Gondolin y Rána, su esposa, era una bella doncella de cabellos dorados y melancólicos ojos grises que gozaba de buena salud. Acaeció por aquel entonces, que una noche Rána despertó, sintiendo como la vida crecía en su interior, pues se había quedado en estado. Comunicó las nuevas a su esposo, quien se alegró, pues empezaba a temer que Rána nunca le diera el hijo que tanto deseaba. Y rezó para que se tratara de un varón, pues deseaba enseñarle el arte del esgrima y convertirle en un gran arquero, para que luchara por su pueblo siguiendo así los pasos de su padre.
Durante aquella época, el juramento volvió a obrar entre los hijos de Fëanor y enviaron a los Puertos severos mensajes exigiendo que les fuera devuelta la joya por la que Dior el Hermoso había muerto y que Beren había arrancado con Angrist de la mismísima corona de Morgoth en las tinieblas de Angband. Entonces Elwing se negó a entregárselo, y la ira de los descendientes de Fëanor descendió sobre el pueblo del Sirion, produciéndose una carnicería; y éste fue el tercero de los grandes males causados por el Juramento.
Parte de los exiliados de Gondolin y Doriath salieron en defensa de Elwing, a la que ya consideraban su señora, y entre sus acérrimos defensores estaba Randir. Éste guerrero mató a Amrod, atravesándole el estómago de una estocada con el filo de su espada. Entonces Amras, que se hallaba cerca de su hermano cuando éste pereció, miró a su alrededor. Contempló la desolación y el largo alcance que tenía el Juramento de Fëanor y vio que el campo de batalla estaba plagado de cadáveres de ambos bandos. Preso del dolor causado por los largos años atado a los Silmarils, alzó su espada contra el asesino de su hermano y profirió una maldición, contra Randir y su familia. Profetizó locura y grandes tormentos, para él y su esposa, y anunció su comparecencia ante Námo. Maldijo su descendencia, anunciando que renegaría de su familia y que tarde o temprano su corazón se inclinaría hacia el mar.
Entonces Maedhros, que había escuchado las fatídicas palabras de Amras, espoleó su caballo y se lanzó raudo hacia el lugar donde permanecía Randir junto al cuerpo de Amrod. Asestó un rápido golpe en la cabeza de Randir, destrozándole el cráneo y hundiendo su acero en su cerebro. Pero de poco sirvió la muerte que se sembró aquel día en las Desembocaduras del Sirion, pues Elwing logró escapar y se arrojó al Mar portando el Silmaril en el pecho. Y Amras fue muerto durante la acometida, y de los descendientes de Fëanor, solo Maedhros y Maglor quedaron con vida.
Así fue como la muerte alcanzó al caballero Randir, y su esposa Rána observó todos los hechos desde lo alto de un acantilado. Atormentada, ya no quiso quedarse a presenciar el final de la batalla y se alejó caminando doliéndose con amargura. Quienes la vieron pasar decían que una sombra de locura la acompañaba y se alejaban aterrados, tal era la congoja del corazón de Rána.
Se alejó del lugar y vagó sin rumbo fijo al borde de los acantilados, con los pies magullados por culpa de las largas caminatas. Al cabo de unas semanas de la muerte de su esposo, dio a luz completamente sola a un bebe mientras las olas rompían furiosamente contra la costa y la blanca espuma se elevaba entre las rocas. Resultó ser hembra, en contra de los deseos del difunto Randir si siguiera con vida; y ese fue el primer mal causado por la profecía lanzada por Amras, ya que Rána aborreció que se tratara de una niña.
Se trataba de una criatura extraña. Tenía la tez clara y mejillas sonrosadas; pero sus ojos eran rasgados y de un inusual color oro, que le otorgaba cierto aspecto sobrenatural. Tenía la cabeza recubierta por cabello pelirrojo, y no emitió ningún sonido cuando nació. Ni el llanto típico de los recién nacidos, ni una sonrisa, ni una mueca de dolor. Nada. Se limitó a clavar sus enigmáticos ojos dorados en los de su madre. Rána miró su cabello del color de la sangre, sus negras pupilas y su aspecto mágico...sintió que un escalofrío recorría su espina dorsal...y a su vez recordó las palabras de Amras y el cuerpo mutilado de Rendir, su cráneo destrozado...
¡Tírala! Resonó una voz dentro de ella. ¡Lánzala por el acantilado! ¡Es una niña no deseada! ¡Esta maldita! ¡Degolladla!
-¿Matarla?- se preguntó a si misma Rána en voz alta, y sintió que las piernas le flaqueaban y las fuerzas le faltaban. En su rostro se dibujó una mueca de horror. Volvió a mirar a la criatura, que seguía clavando su mirada en ella, como si fuera capaz de leer en sus pensamientos...La bebe esbozó una sonrisa maligna....¿Y si la mato qué? se dijo a si misma. ¡Sí, sí, hazlo! Sintió que le gritaba la voz de su interior. ¡Solo te traerá desgracias!
-Renegará de su familia y su corazón se inclinará hacia el lado del mal....-repitió para si misma las fatídicas palabras de Amras...
Entonces sacó de debajo de su túnica una pequeña daga plateada y depositó a la bebe en una roca plana, dispuesta a degollarla. Pues Rána había enfermado de locura, turbándose su mente e impidiéndole ver con claridad. Alzó el arma, mientras las lágrimas surcaban su rostro, disponiéndose para asestar el golpe mortal. Pero le llegó a los oídos un sonido interrumpió sus acciones.
A través de las colinas le llegó el eco del aullido de unos lobos. Decenas de lobos emergieron de detrás de los árboles, con las fauces abiertas, sedientos de sangre, acudiendo a una extraña llamada. Rána los observó con la daga a pocos centímetros del cuello de la recién nacida, sin saber que debía hacer. ¿De dónde habían salido todos aquellos lobos...? La bebe río, como si el aullido de los animales le resultara agradable. Entonces, por culpa de su locura que la embargaba y de los tormentos que había sufrido en las últimas semanas, tuvo el convencimiento de que su hija era la causante de todos aquellos males y que su simple presencia había sido capaz de atraer a las bestias de Morgoth. Sintiendo que su muerte se hallaba cerca, cogió en brazos a la niña y se dispuso a saltar por el acantilado, convencida de que si ella debía morir, se llevaría la vida de la bebe. Pero uno de los lobos se abalanzó sobre ella, hundiendo sus largos colmillos en su brazo. Rána atormentada por el dolor y con su brazo mutilado, lanzó un grito y se vio obligada a soltar a su hija. Dio un paso atrás, intentando alejarse del feroz animal, pero la fortuna quiso que resbalara y se precipitara por el acantilado, golpeándose la cabeza numerosas veces contra las rocas. Finalmente, su cuerpo sin vida fue a parar a las frías aguas del Gran Mar Occidental y su alma corrió a reunirse con Randir en las Estancias de Mandos.
Los lobos rodearon a la elfa, observando con curiosidad sus pequeñas orejas picudas y sus rasgos infantiles y tiernos. La bebe rió feliz ante la presencia de estos animales, alzando sus delgados brazos e intentó acariciar el suave pelaje de los animales. Entonces un lobo de gran tamaño y piel negra azabache, con toda seguridad el cabecilla de la manada, se acercó y observó los extraños ojos profundos y dorados de la niña. Agarró por el cuello a la bebe, llevándosela consigo, y ninguno se los otros animales tuvo la osadía de contradecir sus ordenes.
2. De su infancia entre los lobos.
Así fue como la pequeña Eldar fue adoptada en la manada. La alimentaron con leche de loba y aprendió a comprender el lenguaje de los lobos y reconocer sus singulares aullidos. Creció salvaje y feliz, y durante esa etapa de su vida la maldición de Amras no actuó en ella. Pero al unirse a los lobos, se alejó completamente de la civilización y su destino quedó sellado.
Con el paso de los años se transformó en una Elfa ágil y de complexión fuerte. Tenía la piel pálida y suave, las mejillas sonrosadas y los rasgos hermosos. Su sedosa cabellera, rizada y roja como la sangre, se derramaba sobre sus hombros desnudos hasta la altura de los senos y los tirabuzones pelirrojos enmarcaban las facciones de su cara. Pero seguía conservando sus profundos ojos dorados, y pocos fueron capaces de aguantar su intensa mirada.
Nunca tuvo trato con los de su especie. Habitaba en los bosques y se desplazaba de lugar constantemente. Ella misma se encargaba de proveerse de alimentos, y aprendió a colocar trampas para los animales y ser autosuficiente e independiente.
Cuando encontraba un campamento de viajeros, acechaba detrás de los árboles y esperaba a que anocheciera. Entonces, al amparo de la oscuridad, se deslizaba hasta donde los inofensivos viajeros dormían y los degollaba. En algunas ocasiones sus víctimas oponían resistencia, pues establecían turnos de vigilancia. Entonces empuñaban pesadas espadas, mas luchaban contra una Elfa joven y ágil, que esquivaba con facilidad los lentos golpes que le asestaban sus contrincantes.
Después de esto, hurgaba en sus posesiones en busca de objetos que en el futuro le resultaran útiles. En una ocasión encontró un arco y flechas, y pronto aprendió a manejarlo, convirtiéndose en un gran arquero. Lo utilizaba para cazar animales; después los despellejaba gracias a cuchillos que tenía que robar y utilizaba su piel para fabricar sus atuendos.
Creció sin aprender como debía tratar a los seres humanos, pues se encontraba alejada de la civilización, pero tenía una mente y una inteligencia asombrosas, y aprendió el quenya y el sindarin, pues escuchaba a sus víctimas hablar entre ellas mientras esperaba al momento propicio para atacar. Pronto cundió el pánico y la gente evitaba viajar, a no ser que fuera en grandes grupos, pues se generalizó el rumor de que una bruja habitaba en los bosques y que todos los que se aventuraban por aquellos caminos no lograban salir con vida.
Por culpa de la fama que adquirió tuvo que emigrar junto a su manada e instalarse en los bosques del norte de la Tierra Media. Además, corría el rumor de que pronto llegaría a sus costas un gran ejército provinente de la tierra de los Valar y que el mismísimo Morgoth sería derrotado. Al cabo de un tiempo, los rumores se hicieron realidad, y el Señor Oscuro fue lanzado al Vacío y los prisioneros de Angband liberados ante la atónita mirada de los habitantes de la Tierra Media.
3. De su encuentro con Rúnya.
Una de otras tantas noches, la hija de Rána se dispuso para volver a dormir en soledad en el bosque. Encendió una pequeña hoguera con los leños que se hallaban a su alrededor y se calentó las manos en su fuego, observando el lento crepitar de las llamas y el humo que se elevaba en volutas hacia el cielo estrellado. La luna resplandecía en algún lugar alejado, y sus extraños destellos plateados se filtraban a través de las hojas de los árboles.
Fue entonces cuando lo escuchó; el sonido de las ramas secas al partirse, unos pasos sigilosos y una respiración contenida. La Elfa se puso en pie y miró a su alrededor. A la luz de la hoguera, se trataba de un blanco fácil. Rápidamente cogió un cuchillo que tenía guardado en su cinto y entrecerró los ojos, fijando sus ojos élficos en el lugar de donde provenía el sonido. Se tomó unos breves segundos para apuntar y acto seguido lanzó el cuchillo hacia los árboles. Se oyó un hombre soltar una exclamación de sorpresa y una maldición, y la Elfa echó a correr. Antes de que el hombre tuviera tiempo de reaccionar, cayó inconsciente sobre la hierba: la Elfa le acababa de asestar un rápido golpe en la cabeza.
Cogiéndole por los pies, lo arrastró hacia la hoguera. Allí le ató con fuertes nudos brazos y piernas, y le arrojó un jarro de agua fría sobre la cara. La Elfa se sentó a su lado con las piernas cruzadas esperando a que despertaba. Mientras tanto, observó al espía: se trataba un hombre, un mortal cuyo extraño e incomprensible don era la muerte. Tenía el cabello negro y liso y la piel pálida. Parecía ser de complexión fuerte, pero en esos momentos estaba delgado y demacrado, como si llevara varios días sin probar bocado. La Elfa se alegró de haberse percatado de su presencia a tiempo: iba armado con una espada.
Poco a poco, fue abriendo los ojos y parpadeó lentamente, confundido y con un dolor palpitante en la cabeza. Miró a su alrededor, y sus ojos se encontraron con los de la Elfa. Por algún extraño capricho de la genética, tenía el ojo derecho verde oscuro y el izquierdo de un azul celeste. La Elfa sostuvo su mirada durante unos minutos. Debería interrogarle para averiguar si había más hombres armados como el por los alrededores. Después apartó la vista para desenvainar la espada de su prisionero y observó la hoja centelleante a la luz de la hoguera. Tuvo la certeza de que aquel hombre seguía con la mirada clavada en ella. Chasqueó la lengua, algo molesta, y acarició con el pulgar el filo del arma. Después la sostuvo con los brazos alzados: era muy ligera. Se apartó un mechón rebelde de su cara y volvió la vista hacia el mortal, comprobando que estaba en lo cierto. Entonces el hombre, para sorpresa de la Elfa, esbozó una sonrisa.
-Tenéis manos fuertes y vigorosas. Seríais una excelente espadachín –dijo el hombre-. Y sin embargo, por la manera en que sostenéis el arma, puedo adivinar que nunca habéis manejado ninguna.
La Elfa le miró desconcertada: era lo último que se esperaba que le hubiera dicho un prisionero, atado de pies a cabeza y amenazado con una espada. Divagó perdida en sus pensamientos durante unos minutos. Con toda certeza, aquel hombre no poseía nada que le resultara de valor...justamente estaba pensando aquello cuando volvió a hablar.
-Mi nombre es Rúnya. ¿Vos como os llamáis?
La Elfa miró largamente al hombre, como si le hubiera ofendido con sus palabras...¿su nombre?
-Yo no tengo nombre-respondió bruscamente-. Y yo de ti dejaría de preguntar y me empezaría a preocupar por otras cosas. Por ejemplo, si yo estuviera en tu lugar me preocuparía por como salir de la situación con vida.-añadió cínicamente.
Para su mayor sorpresa, el hombre lanzó una carcajada. La Elfa le dedicó una mirada encolerizada, y se la devolvió con ciertos aires de superioridad. “Debe estar completamente loco...” pensó la Elfa. ¿Cómo puede comportarse así estando atado de pies a cabeza y amenazado por un arma?
-No os toméis mal, ni mis palabras ni mis actos-comenzó el humano-. No te tengo miedo-añadió, pasando a tutearla-. Se quién eres y lo que haces: en mi aldea corren horribles rumores sobre una bruja de ojos dorados, amiga de los lobos, que vive en el corazón del bosque y no conoce la piedad. Pero, aun sabiendo todo esto, no te temo. Vine aquí por mi propio pie, pues soy un proscrito y no tengo otro remedio que malvivir en los bosques. Además, quería conocer a la misteriosa doncella y comprobar con mis propios ojos si es tan peligrosa como la describen –dijo, con una leve sonrisa sarcástica en sus labios.
-Pues dime, ¿porqué te convertiste en un proscrito?- preguntó ella. ¿Por qué no lo mato ya? Se dijo a si misma. Simplemente estoy postergando el momento de su muerte...Pero en el fondo, sabía la respuesta: jamás en su vida había conocido a nadie que no la temiera y sabía que, mientras siguiera al amparo de los bosques, no encontraría a nadie igual. Desde luego, este mortal debe ser muy valiente....o alocado. Pero para disgusto de la Elfa, le gustaba que fuera tan arrojado.
-Mis padres no pertenecían a ninguna de las tres grandes Casas de los Edain. Se unieron a Morgoth durante la cumbre de su poderío y se convirtieron en sus sirvientes. Una vez fue derrotado el Señor Oscuro me dejaron en libertad, pues solo era un niño y no me juzgaban culpable de lo que hicieran en vida mis difuntos padres. Fui acogido en mi aldea natal, pero no me tuvieron en estima sus habitantes. Tampoco les gustaban mis ojos bicolores: son cobardes y supersticiosos, y afirman que soy la reencarnación del diablo. Y la verdad es que no estaban muy equivocados –dijo lanzando una risotada-. Los ancianos del poblado me odiaban y nunca quise acatar las normas. Al final fue expulsado, acusado de un crimen que no cometí. Si algún día llegaran a encontrar mi escondite, acabaría sin cabeza.
-¿Y en verdad no has hecho nada para merecerlo?
-No-dijo rotundamente-. Nunca me interesó servir a un Señor Oscuro, como hicieron los necios de mis padres, al igual que nunca quise adorar a ningún estúpidos Valar, de esos que se hacen llamar Señores de Arda. Soy lo suficientemente independiente para bastarme por mi mismo; no necesito gente a quién servir que dicte mi vida.
-Mas, por muy independiente que seas, acabarás muriéndote de hambre, pues adivino que llevas varios días sin comer. Si no sabes sobrevivir en un bosque, de nada te sirve tu autosuficiencia y tu libertad.
-Desde luego, pero ahora decirme una cosa, ¿aun quieres matarme? –dijo fijando su mirada en sus profundos ojos.
La Elfa le devolvió la mirada, y se volvió a preguntar a si misma por que no le mataba de una vez. Desde luego, no era piedad lo que sentía por aquel humano; simplemente, había crecido en soledad y por primera vez en la vida encontraba a alguien lo bastante independiente e inteligente para gustarle. Sintió una extraña sensación recorriéndole el cuerpo. Luchó por apartar de su cabeza esos pensamientos y mostrarse lo más severa posible.
-Vete-dijo fríamente, mientras cortaba sus ataduras.
-No-replicó el Rúnya con osadía. La Elfa estaba exasperada. ¿Qué quería aquel mortal con su atrevimiento?-. No he venido aquí para soltar un emotivo discursito sobre mi vida, despertar tu piedad y que luego me dejes marchar sin mas.-dijo con frialdad, y por primera vez pudo advertir la maldad que habitaba en él-. Pienso quedarme a vivir contigo. Nos necesitamos mutuamente: yo te necesito para sobrevivir, y tú no puedes vivir eternamente entre lobos. Ni siquiera sabes tratar decentemente con una persona. Así que me quedó aquí.
Dicho esto, arrancó su espada de las manos de la Elfa, y con una sonrisa superior se tumbó en el suelo, con los brazos cruzados sobre la espada. La Elfa le miró atónita, como reaccionar. Apoyó la espalda contra el tronco de un árbol, decidida a pasar la noche despierta. Lo que más rabia me da, se dijo, es que tiene razón. No puedo pasar la eternidad viviendo en soledad...A aquellas alturas de su vida, la manada de lobos entre los que se había criado se había dispersado, y solo permanecía junto a ella su fiel Hísië...recordó su suave pelaje blanco como la nieve y sus ojos claros...y con este último pensamiento, cerró lentamente los ojos, mientras al fin el sueño la vencía...
Despertó al sentir el suave roce de la piel contra sus labios. Al abrir sus ojos rasgados, se encontró con la mirada bicolor de Rúnya, que le dedicaba una sonrisa arrebatadora. No pudo hacer nada más que responderle a su sonrisa. Meditó durante unos instantes si en realidad Rúnya le había besado o se había tratado de un simple sueño.
-¿Sabes?-dijo Rúnya con voz suave-. Debemos buscarte un nombre.
-¿Un nombre?-preguntó la Elfa y movió la cabeza con terquedad-. ¿Para que necesito yo un nombre?
-Todas las personas tienen uno que eligen sus padres. ¿Qué sabes de ellos?
La Elfa se quedó muda ante la mención de sus padres. Los odiaba. Lo único que sabía de ellos, era lo poco que le habían explicado los lobos: que su madre intentaba matarla cuando nació. Explicó todo esto a Rúnya, y él asintió pensativo.
-Me lo imaginaba. Durante la noche estuve pensando un nombre para ti...¿qué te parece Aranel Élvanwe? Suena bien.
Ella se limitó a encogerse de hombros. Desde entonces Rúnya se acostumbró a llamarla por ese nombre, y a Aranel no l e reprendió.
Hacia el atardecer, Rúnya prometió enseñarle a Aranel el arte del esgrima, del que Rúnya se jactaba de ser un gran maestro. Se dirigieron al borde claro de un bosque, donde enseñó a Élvanwe como coger la espada y los movimientos básicos.
Entonces, Rúnya rodeó desde atrás su cintura con su brazo izquierdo, mientras con el derecho agarraba la mano con la que Aranel blandía la espada. La Elfa sintió como un escalofrío le recorría la espina dorsal. Apartó sus mechones rojizos de su oreja derecha, mordisqueando la punta de sus picudas orejas. Aranel le dejo hacer, mientras soltaba la espada y desordenaba suavemente su cabello con la mano. Después, dio la vuelta lentamente, yendo al encuentro de sus ojos. En ellos leyó el deseo que había en él. Rúnya agarró la cabeza de Aranel entre sus manos, y lenta pero firmemente la atrajo hacia si. Después la besó suavemente en la boca. Bajo sus labios por su cuello hacia sus senos, y cerró su boca en torno de su pecho derecho. La respiración de los dos se hizo más pesada. Élvanwe comenzó a desabrocharse el vestido con una sola mano y se tumbó sobre la hierba.
Amanecía. El limbo rojo del sol comenzaba a elevarse en el este y lanzaba sus destellos dorados sobre la piel del humano y la elfa. Aranel se despertó al sentir las frías gotas del amanecer bañar su piel. La cabeza de Rúnya descansaba sobre su vientre desnudo. Revolvió suavemente su cabello con su mano derecha y después se incorporó y le beso en la frente. Se envolvió con una capa y se alejó del lugar, dispuesta a dar su acostumbrado paseo matinal por el bosque.
Se acercó a un arroyo que corría entre las rocas y hundió sus pies en las aguas cristalinas. Reflexionó durante unos minutos sobre lo acaecido la noche interior, sintiendo como un sentimiento hasta entonces desconocido crecía en su interior. Al cabo de una hora, se dirigió al lugar donde había dejado a Rúnya, temiendo que éste se despertara y echara en falta su compañía. Nunca imaginó lo que le esperaba.
Al llegar al claro del bosque donde había dejado al hombre, vio su cuerpo manchado de sangre. Desesperada, corrió hacia él. Le habían cortado la cabeza.
Las piernas le flaquearon y cayó sobre la hierba, temblando de horror. No se lo podía creer. Estaba muerto. Recordó las palabras que le había dicho hacia dos días, aunque parecía que hubiera pasado una eternidad desde entonces: Si algún día llegaran a encontrar mi escondite, acabaría sin cabeza. Entonces comprendió quién había sido. Maldición.
Comenzó a arrancar la hierba a puñales del suelo, mientras las lágrimas acudían a sus ojos y gemía de dolor. Detrás de ella, oyó unos pasos, y vio a Hísië, su fiel amiga. La loba se acercó hacia ella y le lamió la cara, en actitud de consuelo. Aranel se abrazó a su cuerpo, y lloró durante lo que parecieron horas con la cabeza apoyada en su suave pelaje.
Al fin, se puso en pie, presa de la ira y su corazón se ennegreció del todo. Se vengaría. Se vengaría de todo ser vivo que opusiera a ella, se vengaría de quienes le hicieron aquello...durante toda su vida las personas le habían causado dolor; mas ahora le tocaba a ella tomar venganza. ¿Pero cómo? Necesitaría encontrar aliados...
Cogió la espada de Rúnyar y la guardó para si misma. Después se vistió y cavó un hoyo donde enterró al mortal. Hísië permanecía a su lado, dispuesta a seguirla a donde hiciera falta. Cuando acabó de cubrir con arena el cuerpo de Rúnyar, partió del lugar, intentando no volver la vista atrás. Al fin, las palabras que en su día profetizó Amras se cumplieron. Aranel Élvanwe tenía el corazón corrompido, y desde entonces quedó tan dolorida que sus actos se inclinaron irremediablemente hacia el mal y hacia tomar venganza.
