Ficha de personaje
Mûrazor
Jugador: Rey_Brujo_

- Personaje
- Mûrazor
- Clan
- Orden de Telpe
- Raza
- Edain
- Otros nombres
- El Corrompido
- Ingreso en el Clan
- 27-08-2005
- Armas y/o poderes
- Una espada larga de nombre Gärgot, y un puñal pequeño, ligero y certero, del cual no se tiene conocimiento de su nombre.
Descripción del personaje
Un hombre de estatura media entre los suyos. Con cicatrices en su rostro, debido a las constantes batallas ganadas contra el enemigo.
Controla bastante bien el arte del cuerpo a cuerpo, ya que sus ancestros le enseñaron todos sus conocimientos antes de sus perdidas.
De caracter frio, puede ser simpatico con quien lo merece, aunque eso si, no siente piedad alguna en lo que al enemigo se refiere.
Historia del personaje
...”Llegué tarde y eso nunca me lo perdonaré. ¿Porqué el tiempo se volvió mi enemigo?, veloces, sigilosos, con una cautela propia de las gentes cuyas vidas dependen del silencio y de el camuflaje de sus rostros en la noche. Pero aunque mi corazón me pedía venganza, mi mente me pedía respuestas, explicaciones, si las había...
Llegaron antes que yo, el mensaje de sus gritos que el viento arrastró entre los árboles aquella noche se tardó. Crucé el bosque, entonces, a toda velocidad esquivando raíces que me impedían el paso, saltando los ríos que me separaban de la Aldea. Pero la luz de las estrellas fue velada por las nubes que anunciaban lluvias para la mañana siguiente. Entonces llegué, sin aliento y exhausto, a punto de caer sobre mis rodillas, si aquel grito agónico y el llanto de los niños no me lo hubiese impedido. ¡Que impotencia cayó sobre mi entonces!, cuando vi sus rostros cubiertos por la sangre que iba resbalando por sus mejillas rasgadas y se mezclaba con las lágrimas de dolor y sufrimiento. Sus rostros estampados con las marcas de la muerte, aquella que deja sus huellas a donde quiera que va.
-Oh Mûrazor, hijo mío- oí que mi madre me llamaba –Mûrazor, aquí estoy...
Me arrodillé junto a ella, mientras mis ojos se perdían en un mar de lágrimas y de ira descontrolada, tomé su cabeza empapada en sangre entre mis manos y le besé la frente sudorosa y fría, mientras ella pasaba al otro lado, mientras se iba...
-Madre!, ¿Quién te ha hecho esto?, ¿Quién fue el cobarde que osó llegar hasta aquí mientras yo no estaba?- las palabras me dolían.
-Los...los hombres del Sur...- gimió ella –Me voy...hijo mío...Mûrazor, ve...venganza- se apagó y el fulgor azul de sus ojos se extinguió.
Pero entonces encontré todo devastado, y mi mente me llevó a ellos, me hizo sentir sus risas, sus perversos rostros mientras acababan con toda mi familia. No podía aceptarlo, no podía quedarme en paz, pero aquel lugar me traía las imágenes de los niños, de Arveniël, de mi madre...
Me senté en el suelo de aquel lugar destrozado que un día había sido mi habitación, mientras las luces de el último fuego de la hoguera de la estufa se consumía. Puse mi cabeza entre las manos, y solo pensé... las imágenes se sucedieron rápidas, como flechas, yo en el desierto, el aviso, ese pánico que me invadió de pronto, y que me llevó a reaccionar cuando ya todo estaba perdido. Me vi correr en el bosque hasta llegar, y entonces... fui víctima del pasado y puesto a prueba por el presente.
Me levanté, enceguecido por el dolor y la rabia, ensordecido por el llanto y los gritos que me condujeron hasta allí. El brillo azul de mis ojos se endureció, la mirada plácida y aquella expresión tranquila que había tenido hasta ese momento se disipó por completo aquella noche, como el brillo del cielo estrellado. Tristeza, no era solo eso lo que me motivó a salir en su búsqueda, sino todo ese amor que se hizo pedazos como un espejo roto a golpes, nunca había imaginado un pesar tan hondo, que tocara tan profundo las raíces de mi corazón.
¿Qué podía hacer?, quizá debía vengarlos, como mi madre moribunda me había pedido en sus últimas palabras. Solo bastó ver aquello, prestar la más mínima atención a los cuerpos sin vida que yacían a mi alrededor para que todo el odio se fortaleciera en mi, se asentara en mi interior para siempre.
Salí de allí, desgarrado pero dispuesto a todo, quizá la locura fue mi compañera las primeras noches que erré a través de los campos desiertos en busca de huellas. <<Los sureños>> me repetía mi mente <<ellos fueron, debes llegar a ellos, busca, no te dejes intimidar por el paso lento del tiempo y por los fantasmas de tu miedo en noches sin luna. Los hallarás, y sabes donde se esconden...>>. Si, así era, lo sabía, siempre les había temido, en lo más recóndito de mi ser, siempre había tenido una chispa de miedo a aquellos hombres salvajes. Fui instruido desde pequeño en el uso de las armas. Hábil e ingenioso me volví, y no hubo otro en la Aldea que esgrimiera la espada mejor que yo. Incluso superé en destreza a mi padre, Maestro en el arte de la guerra. Y la vida me puso a prueba muchas veces. No iba a ser esta mi primera vez frente al enemigo. Pero había oído rumores extraños sobre las gentes del Sur... los hombres de rostros pintados.
Cabalgué, solo. El repiqueteo de los cascos de mi caballo se vieron acompañados del canto de miles de aves por las mañanas, y el paisaje que se hacía a mi alrededor fue cambiando. La vegetación comenzó a hacerse más espesa, más tupida. Los árboles altos fueron suplantados por arbustos espinosos, las tierra era más árida a medida que mis pasos me conducían hacia ellos.
Cayó la tarde del décimo día después de mi partida. Estaba sucio, me veía mal, y me sentía peor en aquel momento. Lo único que me impulsaba a seguir vivo era la venganza. Hubiese deseado morir allí, cuando contemplé aquella escena que se grabó para siempre en mi mente. Pero debí aceptar que no era mi hora, que ya me llegaría el turno, debía mantener la calma.
Así fue como los ubiqué. Un pequeño campamento, de no más de diez Sureños. Sus ropajes escarlatas, sus rostros pintados de rojo, infundían temor. Me quedé quito, pero comencé a respirar con dificultad, y podía oír el rugir de mi corazón. Los observé. Debía verlos en su medio, ver como se manejaban, para poder tener una mejor idea de cómo moverme a la hora del ataque. Tres de ellos, sentados en torno a una hoguera, afilaban sus espadas curvas, mientras el resto hablaba y bebía. No podía escuchar que se decía, pues una distancia considerable me separaba de ellos. Solo me quedé ahí, casi petrificado hasta que cayó la noche. Oscura fue esa noche, y las estrellas no quisieron presenciar como la sangre se derramaría otra vez.
Esperé entonces hasta que todos, excepto el guarida, se fueron a dormir en aquellas suntuosas tiendas, decoradas con serpientes y lobos negros.
Entonces avancé, lento, atento a cada movimiento por más mínimo que fuese, cuidando cada lugar que mis pies tocaban. Estuve tras el y mis manos lo tomaron por la boca, para que no pudiese gritar. Me acerqué a su oído...
-He sabido tener respeto a tus gentes, no así tu a las mías, pero el tiempo es el más fiel aliado del hombre. Ya no he de esperar, ya no puedo hacerlo- tomé mi cuchillo y le corté la garganta, y lo vi morir, con gusto.
Me adentré en una de las tiendas, mi figura se recortó contra la tela escarlata, como la sombra de la muerte. Ahí dormían tres de ellos. Acabé son sus vidas sin el más mínimo remordimiento, sino que cada vez que mi cuchillo rozaba sus gargantas, me sentía victorioso.
Nueve. Maté a nueve de la misma manera que ellos habían hacho con mi familia. Pero mi mente corrompida por el dolor me llevó a dejar solo a uno con vida. Aquel al que susurré al oído:
-Aquellos que mueren injustamente han de regresar. Los verás en las noches, caminando bajo el peso agobiador de la muerte, el peso eterno que tú pusiste sobre sus espaldas. No tendrás descanso jamás. Ni tu ni ellos, porque vuestras conciencias no están tranquilas, ni lo estarán...hasta que se aclame la Última Batalla.
Entonces me fui, satisfecho, sabiendo que aquel Cacique del Sur sería el encargado de esparcir el rumor que sembré en su sueño. Nunca sentí ni sentiré remordimiento por las acciones que mi vida me obligó a realizar. No volví a conocer el miedo, mi el llanto, ni la tristeza. A veces me pregunto que hubiese sido de mi, pero ya no importa, porque el tiempo todo lo cura, así como sanó las yagas abiertas por mis pérdidas. A partir de entonces no tuve morada fija, no quise establecerme en ningún sitio, solo esperé al destino, me dejé conducir por su sedero, sin vacilar.
Y se que habrá un amanecer que me depare algo diferente, algo de lo que todavía no estoy enterado, pero sabré aceptar cualquiera sea esa sorpresa...”
Firma
El valor de un hombre no se mide en las vidas que quite, si no en las que por el, no han sido arrebatadas.
