La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Ficha de personaje

Giseläi

Jugador: Alurien

Avatar de Giseläi
Personaje
Giseläi
Clan
Valle del Ingenio
Raza
Elfa
Otros nombres
Ingreso en el Clan
18-12-2005
Armas y/o poderes
Su espada, hecha por enanos, es azul y curva, y suele resultarle incómoda a las demás personas que intentan manejarla, pero para ella es como si la hubieran hecho especialmente para su mano.

También lleva una daga con la empuñadura de nácar.

Descripción del personaje

Giseläi es una elfa de aspecto extraño, que causa desconfianza entre los de su propia raza. Su pelo es rojo, no muy común entre los Eldar. Tiene los ojos verdes, que serían dulces si no tuvieran casi siempre una mirada que quiere decir \"no te acerques demasiado\". No es especialmente alta, ni baja.

Se crió en el Norte, y por eso siempre ha preferido los lugares fríos. Lleva muy a menudo una capa verde, con dibujos en tonos más oscuros, y botas de cuero flexible hasta las rodillas.

Está especialmente apegada a su caballo, Roquen, que cuida desde que era un potro; y a un arpa que le regaló y enseñó a tocar su padre adoptivo.

Historia del personaje

-Lo es –musitó la elfa-, realmente lo es.

No cabía duda, la Torre era una maravilla. Especialmente al atardecer, cuando sus facetas de cristal azulado parecían esforzarse por devolver con toda la belleza los últimos rayos de Anar. El lago brillaba como una continuación del edificio, y las montañas actuaban como el marco perfecto.

Giseläi tocó con los talones los flancos de Roquen, que siguió bajando la cuesta que conducía a la ciudad. Así entró por primera vez en la Ciudad del Dragon... y por el momento, planeaba quedarse.

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1697 de la Segunda Edad. Eriador

Las puertas de Moria se han cerrado. Eregion ha sido destruida por Sauron, y los Noldor se retiran hacia Imladris con Elrond. La amistad más grande entre razas ha acabado, y Celebrimbor, el artesano, está muerto.

En Eriador algunos humanos han pasado desapercibidos para el ejército de Sauron. Al norte de Moria, al pie de una estribación de las Montañas Nubladas, hay un pequeño pueblo que se ha librado de la destrucción. Y es ante las puertas de este pueblo donde una elfa moribunda cae de rodillas, exhausta. Un hombre del poblado la ve, y se acerca corriendo.

Se queda sin aliento, es la primera vez que tiene contacto con la Hermosa Gente. El cuerpo de ella está lleno de heridas. Heridas crueles. Y su rostro está cargado de dolor, pero en sus ojos aun brilla algo de esperanza. Lleva un bulto apretado contra el pecho. Él intenta sostenerla, pero ella, rechazando la ayuda, le coloca una mano sobre la cara y cierra los ojos. El humano tiene un torbellino de sensaciones antes de ser devuelto a la realidad por la voz de la elfa, que es casi un susurro. Parece que resonara dentro de su mente... ¿o resonaba dentro de su mente? Giseläi, dice.

Entonces Branduin se da cuenta de qe el bulto que llevaba la elfa está en sus brazos, y de que entre las mantas asoma la carita de un bebé dormido. No puede tener más de un mes. Cuando se vuelve para mirar a la elfa, esta ha caído al suelo, y Branduin se da cuenta al instante de que ha muerto. Pero tiene una sonrisa en los labios.

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1699 de la Segunda Edad. Eriador

Branduin cruzó el umbral y cerró la puerta. Odiaba tener que irse. Detestaba dejar el lugar donde siempre había vivido, la tumba de su mujer y la casa de sus padres. Le asqueaba retroceder ante los orcos, pero la gente del poblado tenía razón, no podían quedarse. Hoy hacía dos años desde que Giseläi llegara al poblado, y desde entonces las cosas habían ido de mal en peor. El poblado aun no había sido atacado, pero solo era cuestión de tiempo. Cada vez se veía a las patrullas orcas más cerca, e incluso habían muerto cazadores, o cualquiera que se alejaba demasiado y no era cuidadoso. No tenían posibilidad de defensa ante un ataque medianamente organizado, así que podían arriesgarse a salir o quedar encerrados en una ratonera.

También le asustaba la idea de un largo viaje con una niña tan pequeña. Pero la elfa había demostrado una fortaleza que no tenían los niños humanos, e inmunidad a las enfermedades que a ellos les afectaban.

Branduin aseguró las correas que ataban su arco a la silla del caballo. Las provisiones no durarían eternamente, y tendría que cazar. Acarició el gastado relieve de la vaina de su espada, con ese gesto antiguamente tan familiar. Levantó la vista, y sonrió al ver a la pequeña en cuclillas, examinando una mariquita con el ceño fruncido.

Cuando hubo apretado todas las correas y comprobado las hebillas, cogió a Giseläi y la sentó sobre la silla delante de él.

Iba a ser un viaje duro.

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1721 de la Segunda Edad. Colinas de Evendim

Luz... risas... el sonido del agua, allí estaban otra vez.¡¡ Irimë!! La oscuridad, oh no, de nuevo la oscuridad... Podía sentir cosas, y oír con más claridad que antes pero no veía nada. Frío, un frío repentino. Dentro de su mente, un grito que duraba siglos pero no conseguía salir, porque tenía la garganta contraída por el miedo. Alguien la buscaba, pero ella sabía que no debía encontrarla. ¿Dónde estás Irimë? La voz que llamaba empezaba a tornarse desesperada. Y la oscuridad, que la agobiaba, que aplastaba, y aquel grito, que continuaba y continuaba, y...

Giseläi despertó, una vez más sudando y con el corazón en la garganta. Ya sabía que no iba a volver a dormirse, así que se vistió y fue al establo. Montó en Roquen y salió del pueblo.

Llevaba unos veintidós años viviendo allí, pero no era su hogar. Se preguntó si hubiera sido diferente en el sitio donde Branduir le había contado que vivían antes, pero no tenía recuerdos del lugar.

Inconscientemente guió al caballo hacia su sitio favorito: la cima de una colina desde donde podía verse brillar el lago Evendim en la distancia. Cuando amaneció, se dirigió de vuelta al pueblo, y se alegró al ver que acababa de llegar un grupo de enanos que pasaba por allí de vez en cuando. Era su único contacto con razas diferentes.

Al llegar a casa, encontró a Branduin en el establo, arreglando algo de cuero.

-Muy madrugadora Gisel –dijo sonriendo.

-He vuelto a soñar –contestó ella sentándose a su lado.

-Vaya, Irimë vuelve a hacer de las suyas, ¿no es así? –dijo él jovialmente, pero con expresión preocupada.

-Sí, y cada vez grita más.

-Creo que deberíamos hacer algo al respecto. Mira Gisel, pienso que llevas aquí demasiado tiempo, lejos de todo...

-Pero ada, no estarás...

-Me duele tener que decirte esto, pero lo creo lo mejor. Lo llevo retrasando demasiado tiempo, porque tengo miedo. Soy mayor querida. Te he cuidado como si fueras mi hija, pero creo que tu destino está lejos de aquí. Es el momento.

-Papá, yo...

Pero Branduin fue hacia la puerta, y ella calló. Volvió con un paquete alargado y se lo tendió. Era una espada. Pesaba sorprendentemente poco, era ligeramente curva, y sin saber como, parecía hecha a propósito para su mano. El metal tenía un extraño tinte azulado, y la empuñadura tiras de cuero teñidas también en azul.

-Se la encargué a los enanos la última vez que vinieron.

El contacto frio de la espada parecía haberla despertado de golpe. Irse... Le temblaron las manos, dejó caer la espada y abrazó a Branduin.

-Tengo miedo

Branduin tragó saliva con dificultado. Sabía que tenía que llegar ese momento. En realidad lo sabía desde que tuvo en sus brazos a aquel bebé.

-No puedo escudriñar el futuro Gisel. Pero mi corazón me dice que estarás bien, que encontrarás lo que buscas.

Secó las lágrimas de la cara de la elfa y la miró. Al principio había pensado que la que la había dejado en sus manos era su madre. Pero Giseläi era totalmente distinta, y aunque no había visto a demasiados elfos, él pensaba que debía pertenecer a otra raza.

-Vamos, te ayudaré con el equipaje.

Firma

\"Hay lugares inciertos, donde la Luz y la Sombra se confunden\"

Vida

55%