La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

El Arbol De Oro

2004:11:14:11:36:11

Andir

I: NACIMIENTO

De no ser porque se suele decir, y es creencia generalizada entre los humanos, que los animales no poseen la facultad de pensar y razonar; bien podría decirse que la gaviota en cuestión era casquivana, cabezota y, hasta cierto punto, un poco estúpida.

Hacía horas que había abandonado la seguridad que le daba la zona costera donde vivía, y llevada por un extraño y repentino impulso, decidió internarse todo lo que pudiera en el interior del continente. Buscaba algo, no sabia exactamente el que, sería quizás que se dejó llevar por ese impulso repentino y extraño que hace que todos tengamos en algún momento ganas de volar lejos y sin rumbo fijo, o mas bien, sería que su carácter crédulo le había jugado una mala pasada, otra más, y estaba buscando La Cuna del Sol.

Así es como denominaban las otras gaviotas, la mayoría de ellas familiares más o menos directos de esta, a la costa este de aquel extenso continente. Era creencia común en los acantilados donde se había criado nuestra gaviota que allí, al otro lado del continente, donde ninguna gaviota que se conociera por aquellos lares había estado nunca, en el oriente de la tierra, existía una especie de paraíso para las gaviotas. Lugar de felicidad, en donde los peces eran abundantes y fáciles de conseguir, y no había depredadores por los que preocuparse. Sea como fuere la gaviota casquivana y estúpida se dejó llenar la cabeza de estas absurdas ideas, y en la mañana de aquel soleado día de verano, cuando la agradable brisa marina le rozaba la cara junto a la costa de su hogar, decidió que aquel lugar del que le habían hablado estaba hecho precisamente para ella. Y así, emprendió el vuelo y enfiló el interior del continente, y no se preocupó ni de echar una sola mirada hacia atrás. Convencida como estaba, de que lo que tenía delante era mucho mejor que lo que dejaba detrás.

También hay que decir que a los que dejaba detrás no les preocupó en demasía esto, y casi no echaron cuenta su ausencia. Tampoco era una gaviota muy apreciada en el acantilado.

Pasado un buen rato, muchas horas se diría en las cuentas de los humanos, la mañana moría dejando paso al mediodía y el sol de este joven verano comenzaba a estar en todo su apogeo. Calentaba la extensa meseta casi desértica que ahora sobrevolaba la gaviota, y hacia que esta pareciera una autentica estrella fugaz en medio de la luz del día al reflejar sus rayos

en el plumaje blanco del ave.

Había volado durante mucho tiempo hacia el interior del continente, una gaviota con un poco mas de sentido común, hubiera ido al otro extremo de la tierra bordeando la costa, pero nuestra gaviota no estaba demasiado sobrada de este tan poco común sentido. En las muchas horas de vuelo continuo que llevaba encima había atravesado fértiles campiñas y ríos

caudalosos, incluso había superado montañas, no muy altas, pero montañas al fin y al cabo, se dijo a si misma orgullosa y ufana.

Pero ahora se encontraba con que el paisaje había cambiado radicalmente

y hacía ya horas que solo volaba sobre un autentico desierto pedregoso. La sed comenzaba a dejarse sentir en su garganta, pero no era todavía nada preocupante para un animal tan poderoso como lo era ella, pensó, pues en tan alta estima se tenía a si misma.

El ave se dejó llevar durante un buen rato por las corrientes de aire y planeó sobre aquellas tierras desérticas. Su ánimo comenzaba a flaquearle ahora que estaban en todo su apogeo las

horas mas calurosas del día, y se preguntó que estarían haciendo ahora las jóvenes gaviotas, sus amigas de toda la vida del acantilado. Seguramente estarían dandose un auténtico festín de peces sobre las olas del mar, y la brisa marina les erizaría los pelos de la nuca. Aquél pensamiento le recordó

que no había probado bocado desde la mañana, ni siquiera había tomado un sorbo de agua. Y esta realidad le terminó de sacar de sus ensoñaciones. Ahora es cuando estaba siendo realmente consciente de su situación. Su imprudente entusiasmo le había llevado a penetrar demasiado tierra adentro, estaba completamente perdida y no conocía el desértico territorio que se extendía bajo sus alas.

Andir

Pensó que debía de estar muy lejos de su hogar en el acantilado, junto al mar, pues sus penetrantes ojos no alcanzaban siquiera a atisbar el océano donde se había criado. Es más, ni el mar ni nada que no fuera aquella enorme inmensidad pedregosa.

La gaviota comenzó a ponerse nerviosa, estaba irremediablemente perdida. Ahora comprendía porque ninguna otra gaviota que ella conociera, o de la que simplemente hubiera oído hablar, había estado nunca en La Cuna del Sol, y comenzó a pensar que este lugar no era más que un cuento y una invención. Y en estas diatribas estaba inmersa mientras el sol brillaba cada más fuerte y ella misma, sin saberlo, se alejaba cada vez más del mar.

Aún después de pensar en que no podría regresar con los suyos en aquel mismo día, decidió intentarlo. Podría haber descansado el resto de la jornada y buscar refugio donde pasar la noche, y por la mañana, mas despejada y descansada, intentar la vuelta a casa. Pero, como dijimos antes, era una gaviota un tanto cabezota y, por que no decirlo, algo estúpida. Así que dió media vuelta y comenzó a volar velozmente sobre la extensa y reseca llanura que tenia a sus pies. Aleteaba poderosamente bajo un sol imponente, no sabia muy bien hacia donde iba, pero le daba igual, el caso era salir pronto de aquel inhóspito lugar.

El esfuerzo hizo aflorar de nuevo en el ave la sensación de hambre y la sed, sobre todo la de la sed, que le arañaba la garganta. Y en esto estaba cuando, de pronto, divisó algo extraño alla abajo, sobre una

roca, junto a unos matorrales. Algo brillaba intensamente bajo el sol de del mediodía. La gaviota trazó círculos sobre aquel objeto sin identificar, y, a medida que se acercaba al mismo, este brillaba cada vez más. Había oído hablar de los espejismos, se contaban historias de gaviotas viajeras que los sufrieron y habían llegado a ver ¡ peces en el desierto!; pero lo suyo iba camino de convertirse en algo inaudito. Cuando se posó finalmente junto al extraño objeto, no pudo por menos que sorprenderse.

Allí, en medio de aquel desierto de rocas afiladas, nuestra gaviota se encontró frente a un jugoso fruto de color dorado, maduro y terso, el fruto perfecto, el culmen de todos los frutos en la historia del mundo, caído seguramente de uno de los escasos y escuálidos arboles cercanos. Arboles, que después de sufrir durante tanto tiempo los rigores del sol,

estaban mas muertos que vivos ya, incluso al ave le habían parecido desde las alturas simples matorrales en vez de arboles capaces de generar frutos como aquel. Porque este era el fruto perfecto. Parecía como si aquel moribundo árbol supiera que su fin estaba cerca y hubiese puesto toda la energía que aún le quedaba en aquel, esperanza de perpetuación de su especie. Aunque toda esta reflexión sobre aquel árbol seco a la gaviota ni se le pasó por la imaginación. Tan solo se quedó allí de pie, junto al fruto, mirando estúpidamente a un lado y otro, como si allí pudiera haber alguien que le disputara el jugoso trofeo.

El ave marina no pudo mas que alegrarse por su buena suerte. Sí, había sido una autentica buena suerte, y además en el momento justo, cuando mas apretaba el hambre y la sed. Este fruto calmaría

ambas hasta que pudiera llegar de nuevo a casa, pensó. Observó detenidamente el mismo y su curiosidad le llevó a preguntarse que clase de fruto era. Era totalmente desconocido para ella, jamás había visto nada

semejante. De ese tipo no existían en el lugar de donde ella venía y se le ocurrió que nadie más en el acantilado había visto jamás semejante maravilla, ni siquiera los mas viejos de allí. Se imaginó durante

unos instantes a todas las demás gaviotas arremolinadas en torno a ella, todas con cara de sorprendidas y maravilladas por la aventura que les iba a relatar. Si, tenían que ver su hermoso hallazgo, ya se lo comería en casa, delante de todos, con auténtica delectación, para darles mas envidia todavía. Muchos tendrían su merecido, después de tantos años de burlas y desprecios, pensó. Así que lo recogió con su pico y comenzó a remontar el vuelo, abandonando rápidamente aquella especie de simulacro de bosque en

medio del desierto.

Andir

Pero al poco de volver a remontar el vuelo volvió a sentir el cansancio acumulado en sus alas y la calor, el sol seguía castigando con dureza aquel desierto a pesar de que empezaba ya a descender a aquellas horas de la tarde. Aún así, todavía la calor se hacia insoportable para el ave, que comenzaba a desesperar ante la visión de aquellas soledades que tenía, mirara en la dirección que mirara solo veía piedras y arena.

Le costaba respirar. LLevar aquel extraño fruto dorado cogido en su pico le dificultaba poder aspirar el aire con normalidad y esto acrecentaba su cansancio y su desanimo.

Comenzó a pensar que jamás lograría salir de aquel desierto criminal y asesino, durante todo el día habia podido contemplar desde las alturas montones de huesos tirados entre la arena y las rocas de aquella meseta desertica. Brillantes como perlas al sol, pertenecían a multitud de seres y de animales que no habían podido cruzar el desierto y finalmente, habían sido derrotados por el sol, el calor y la sed. Se estremeció durante un momento ante este pensamiento y decidió acelerar su vuelo. Ella no sería otro montón de huesos que sirviera de trofeo a aquel maldito sol del interior del continente. No, ella no. Ella podría salir de allí. Si, sin duda alguna, antes de la noche se encontraría de nuevo entre verdes campiñas, pensó ilusionada aunque temerosa en el fondo de estar engañandose, puesto que grande era el desierto, y fuerte pegaba de plano allí el sol. Le aterraba la idea de morir.

Apurando casi sus últimas energías aleteó con fuerza en dirección a no sabia bien donde, pero se hallaba en medio de aquel hinospito lugar y cualquier dirección le parecía buena. Era más, ni siquiera sabía en que dirección se hallaba su hogar, pero eso ahora no le importaba, había que salir de aquel desierto cruel y asesino lo antes posible. Y la idea de posarse a descansar y pasar allí la noche ni se le pasó por la imaginación. De nuevo el menos comun de los sentidos brillo en ella por su ausencia.

Al rato sintió que la fatiga le ganaba, el astro rey continuaba castigando la faz de Arda, y aquel lugar parecía por momentos un trozo de los infiernos de Melkor puesto en el Mundo. Se sentía realmente agobiada por no poder respirar bien. Su respiración se hacía cada vez más intermitente y dificultosa por causa del fruto dorado que portaba en su pico. Podía notar su frescor en su boca, su tacto, duro y apetecible; incluso un olor fragrante y reconstituyente que emanaba de la piel del mismo. Pero llegó un momento en que tuvo que detener el batir de sus alas. Se sentía tremendamente cansada y aturdida por el esfuerzo realizado y se dejó llevar planeando durante unos minutos mientras reflexionaba.

Esto de reflexionar nunca habia sido su fuerte, es más, jamás se había tenido por una gran pensadora, y en esto, en verdad, era bastante acertada su opinión. Así que, casi derrotada por las circunstancias, se decidió en un solo segundo.

Sin pensarselo dos veces, incluso podría decirse que ninguna, decidió que su unica opción era intentar regresar aquel mismo dia a su querido acantilado junto al mar. Ni siquiera barajó otras soluciones, sino simplemente tendría que aligerar peso. Sería una pena, pero no había más opción, pensó.

Un instante más tarde un pequeño objeto dorado y destelleante cruzó aquel cielo azul celeste sin nubes y fué cayendo velozmente desde el pico de una gaviota hasta dar en el suelo, sobre un monticulo de tierra marrón.

El ave, después de haber dejado caer el fruto dorado, sintió como podía respirar con normalidad y eso le dió esperanzas de regresar de nuevo a su hogar.

Sobre si la gaviota cabezota y estupida llegó o no al acantilado, o si logró salir con vida de aquel desierto, nada más se cuenta aquí y, ciertamente, tampoco tiene mucha importancia en esta historia.

Andir

Completamente perdido, solo y agotado. Esa era la mejor descripción que podía hacerse en aquel momento de aquel hombre enjuto y de ojos oscuros. Su tez, quemada por el sol, aún reflejaba una pizca de la belleza y el porte que debía haber tenido en su juventud, ya lejana. Ahora, sumido casi en la ancianidad, su aspecto revelaba que los últimos años de su vida no habían sido nada fáciles, todo lo contrario, las penalidades sufridas en la larga marcha al Oeste habían hecho mella en aquel humano.

Caminaba con dificultad, agotado como estaba, más bien parecía que se arrastraba por aquella meseta desertica. En soledad, sin ninguna compañía, hacía ya días que se había rezagado de la marcha de su clan, y no eran tiempos en los cuales se detuviera la marcha por esperar a nadie, y menos a alguien ya mayor como era él. No tenía parientes directos, tuvo una esposa e hijos, pero estos habían perecido hacía ya mucho, tanto, que tenía dificultad para recordar en que lugar de aquel viaje sin fin se había quedado cada uno. Rememorar aquellos hechos le entristeció mucho en aquel momento, pues sabía que su fin estaba cerca. Hubiera llorado, pero nisiquera tenía lagrimas. Hacía días que no bebía agua ni probaba bocado alguno. En su cuerpo no quedaba ni una sola gota de liquido que desperdiciar en una lagrima.

Se dejó caer en el suelo polvoriento, no habia nada más que hacer, su suerte estaba echada, no habia ya esperanzas. Se habia despedido del grupo hacía unos días, la marcha continuaría sin él. Su enfermedad le había dejado muy débil y era una carga para los demás, si le esperaban, muchos otros morirían puesto que no tenían viveres ni bebida suficientes para demorarse mucho en aquella meseta desertica, y la decisión fué dura, aunque la única que podía tomarse.

Pero hacía días que aquel hombre había sanado de sus males y había decidido correr en busca de su pueblo. Su gente caminaba desde hacía años huyendo del Este maldito e hinospito, decían que la Luz del Mundo aún brillaba en el Oeste y hacía allí dirigían sus pasos muchos pueblos desde hacía centurias. En el Oeste escaparían al mal y la oscuridad que los asolaban en sus tierras. Atrás dejaron fertiles tierras y rios de aguas profundas, pero no les importó, el miedo a la Oscuridad que se apoderaba del Este les pudo más. Y siempre tuvieron, en aquellos largos años de marcha, la esperanza de que trás los desiertos y las montañas les esperaba una vida mejor.

Una sombra cruzó el cielo y el humano la vió reflejada en el suelo. Estaba cabizbajo y alzó rapidamente la vista, pero no pudo ver nada, el sol le enceguió y no pudo vislumbrar de que se trataba. Quizás se trataba de un buitre u otro ave carroñera que le perseguía para darse un macabro festín con sus restos cuando pereciera. Porque ahora si que estaba seguro de ello. Se sentó apoyandose contra una roca y se dejó morir lentamente, rememorando en su mente episodios de su vida, de su infancia y su juventud, algunos agradables y otros sombríos, pero ahora todos le reconfortaban. En momentos como ese, los hombres se aferran a los recuerdos todo lo que pueden, pues el miedo a lo que hay más allá del umbral de la muerte, el destino que Iluvatar les tenía reservado les provocaba pavor y miedo por desconocido para ellos.

Abrió una vez más los ojos, quería ver por ultima vez las tierras de Arda que pronto iba a abandonar, incluso le pareció bella la imagen de aquel desierto reseco y caluroso que iba a terminar con su vida. Pero no pudo abrirlos por mucho tiempo, un destello brillante a unos cientos de metros de donde se hallaba le hacía cerrarlos, pues sus reflejos eran tan intensos como si el propio sol se hubiera posado sobre la meseta.

Se incorporó todo lo rapidamente que pudo y avanzó con decisión hacía los destellos dorados. Sentía curiosidad por aquel objeto extraño, quería saber que sería, aunque también sintió la poderosa llamada que siempre hace la Esperanza en el interior de los corazones de los hombres cuando atisban una salida de la oscuridad.

Andir

Y allí estaba el extraño objeto, milagrosamente apenas dañado por la tremenda caida desde el cielo. Brillaba como una estrella en la noche y sus destellos dorados practicamente cegaban al humano, quien se acercó casi tanteando el aire a su alrededor, sin apenas ver nada.

Lo recogió en sus manos. Aquel fruto le pareció un auténtico espejismo o alguna de las maldades del Señor Oscuro a la que estaba acostumbrado, puesto allí para causar la desesperación en los viajeros perdidos cuando se desvaneciera en sus manos. Pero no. Nada de eso ocurrió. La piel fresca y perfecta del mismo refrescaba las manos del hombre, quien miraba a ambos lados estupefacto. Aquel acontecimiento era realmente sorprendente, era lo último que esperaba encontrar en aquella meseta pedregosa.

Y le pareció que había dos soles al mismo tiempo sobre la tierra. Uno en sus manos y otro a su espalda, declinando ya, pues era bien entrada la tarde. Era el fruto perfecto, redondo y dorado, extraño para él, quien en su largo viajar durante años jamás había visto ninguno como aquel. O al menos su vieja memoría no lo recordaba, pero no... aquello hubiera sido inolvidable.

Alzó la vista de la mano que lo portaba y miró al horizonte y entonces las vió. Vió montañas y le dió un vuelco al corazón; en la lejanía se podían vislumbrar, una linea de montañas coronadas de nieve se dibujada más adelante, a pocas jornadas de marcha, un par a lo sumo. Aún tenía esperanzas de alcanzar a su pueblo y entonces miró al cielo y cerró los ojos, y con el fruto dorado en su mano, dió las gracias a Eru por su hallazgo. Aquel fruto le salvaría la vida.

Descendió de aquella pequeña loma donde lo había hallado y y se sentó a la sombra con la espalda contra una enorme roca negra, aunque ya el sol descendia casi hasta la línea del horizonte y comenzaba a refrescar en aquella meseta. Ahora si tenía esperanzas, podría llegar a las montañas y allí habría agua en abundancia y rios y manantiales y comida. Y este pensamiento le hizo volver a su situación. Si, las montañas estaban cerca, pero él estaba agotado, hambriento y no había bebido nada en muchos dias. Eso le hizo reparar de nuevo en el fruto dorado y se alegró de su buena estrella. Aquella insignificante fruta le daría ambas cosas, le proporcionaría algo de alimento y de liquido para intentar llegar hasta las montañas y salvar su vida.

Devoró con fruicción aquel dorado manjar. Si perfecto era en su exterior, más lo era su sabor y su olor, dulce, fresco y reconstituyente. Todo un regalo de los dioses para alguien en tan extrema necesidad como lo era él en aquel día. Aunque poco alimento era en realidad, al hombre le pareció todo un festín, así son las cosas cuando la costumbre de comer y de beber se pierden por varios dias. Así, mientras la noche fué cayendo lentamente sobre aquel confín de Arda, el hombre enjuto de ojos negros fue quedandose dormido. Aquella sería una noche diferente a las anteriores, los demonios de la angustia no le atormentarían, sino imagenes esperanzadoras de reencuentro con amigos y parientes y unos ultimos años de vida en lugares agradables y fértiles las sustituirían. Pues así de frágil y cambiante es el ánimo de los hombres, que reaccionan de maneras extrañas ante pequeños acontecimientos como lo fué aquel día el hallazgo de aquel pequeño fruto dorado.

Andir

El frío de la mañana se dejó sentir en el cuerpo del hombre, quien despertó placidamente. El sol asomaba ya en el Este, a sus espaldas y sus primeros rayos lamían la tierra reseca, que se aprestaba a una nueva jornada de terrorifico dolor, un nuevo día de castigo, que hacía el mediodia la convertían en un autentico infierno de calor.

Abrió los ojos y se incorporó con decisión. La noche le había traido sueños de esperanza e imagenes de tiempos pasados. Volvía a tener motivos para luchar y pelear por su vida. Las montañas estaban cerca y tras ellas una nueva vida lejos de los peligros oscuros y de las Sombras, al menos eso era lo que todo su pueblo iba buscando. Pensaba en como sería el gozoso reencuentro con el mismo, en los abrazos y en las lagrimas que verterían muchos cuando lo vieran regresar junto a ellos. Había de darse prisa, el sol volvería a asolar fuertemente la meseta en escasas horas, tenía que aprovechar esos momentos de tregua que daba la mañana. Con resolución se aprestó a la marcha, recogió sus escasas pertenencias del suelo y miró por última vez hacia atrás, hacia el este, como si se despidiera para siempre de el; aunque en su interior, no sabía porque, intuía que aquello no era un adios, sino simplemente un hasta pronto.

Volvía a tener hambre y sed, pensó que era una lastima que no hubiera más frutos como el que encontró la tarde anterior. Recordó con deleite su sabor y su olor, aquella fruta dorada le había salvado la vida y volvió a dar gracias a los dioses por su buena fortuna, sin duda, había sido un autentico regalo de los mismos caido del cielo. Ahora lo sabía con certeza, su destino no era el morir en aquella meseta desertica y pedregosa. Se giró hacía el oeste y se dispuso a emprender la marcha y entonces vio la semilla del fruto dorado, tirada junto a la roca donde se había resguardado durante la noche. Se agachó y la recogió en una de sus manos. La miró pensativo durante unos instantes y a continuación hizo un rapido movimiento con su brazo hacía atrás para lanzarla lejos de allí, pero algo le detuvo. Se quedó quieto y no terminó de realizar el lanzamiento, lentamente volvió a situar su mano frente a su cara y observó de nuevo aquella semilla.

Rodeó la roca negra y se detuvo justo al otro lado y entonces se agachó. Escarvó un pequeño agujero y depositó allí la semilla cubriendola posteriormente con tierra. Puso a continuación sus manos sobre la misma y lanzó en silencio una plegaría a Eru, dandole las gracias por haberle salvado la vida en aquel yermo hinospito. Y rezó también pidiendole que aquel fruto consiguiera germinar en aquel lugar y cumplir su destino como árbol. No tenia muchas esperanzas en ello, pero era lo minimo que podía hacer en señal de agradecimiento.

Después comenzó a caminar resueltamente a buen ritmo en dirección oeste, hacía las montañas, hacía su salvación.

Poco más se cuenta en esta historia de momento sobre si aquel humano enjuto y de ojos negros consiguió llegar a las montañas, o sobre si sobrevivió y logró reunirse con su pueblo, o si sus últimos días sobre Arda estuvieron colmados de felicidad; y esto, ciertamente, poco importa en punto de la historia.

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La Tierra fue moviendose en torno al sol, días como aquel, monotonos e iguales entre sí iban pasando con lentitud en aquella meseta yerma y despoblada. El calor del verano fué dando paso al frío invierno, y el viento del norte campaba por aquellos lugares sin impedimento alguno. Las tempestades de agua y nieve se sucedían una tras otra cubriendo la tierra y las rocas de un manto blanco.

A pesar del frío cruel y asesino que azotaba aquel desierto, numerosas compañias de hombres se atrevían a cruzarlo aún en esa época del año. Huían de un peligro mucho mayor y arriesgaban sus vidas en aquella travesía incierta, pues así es el animo y el corazón de los hombres, que siempre se empeñan en intentar llegar a lugares desconocidos para ellos, poniendo en juego su bien más preciado, su vida. Pero este es un aspecto importante de su propia naturaleza y sin esa sed de cambio nunca podría entenderse a esa curiosa raza de seres de corta y desdichada vida.

Muchos cayeron durante el invierno, tanto hombres como bestias y el desierto se cobró nuevos trofeos durante la estación de la nieve, casi tantos como en la estación seca. No eran el sol y la calor las únicas armas con las que contaba aquella meseta muerta para arrancarle la vida a los demás.

Y de repente, como si alguien la hubiera llamado, la primavera comenzó a debilitar al invierno. El sol se hacía de nuevo poderoso en aquellos confines del Mundo y anunciaba como sería su esplendor durante el estio con dias de calor en medio del invierno, fundiendo el manto blanco de nieve y embarrando aquel yermo.

Las aves volvían al norte alineadas en inmensas columnas, huyendo de los rigores del Sur de Arda. En filas perfectamente ordenadas surcaban el cielo de aquel desierto buscando mejores tierras y lagos tranquilos en donde anidar. Espectaculo ciclico y natural, aunque no por ello menos bello e impresionante cuando bandadas enormes de pájaros nublaban durante unos instantes las tierras de la meseta, como nubes de otoño. La primavera volvió de nuevo a aquellas soledades y surgió esplendorosa aquel año. Aunque tan solo timidas y escualidas flores nacían aquí y alla, pero era todo lo que cabia esperar de aquel lugar dejado de la mano de Eru.

Ese año la primavera había traido a aquellos lugares algo más que los anteriores. La semilla del fruto dorado había germinado durante el invierno. Junto a una enorme roca negra, a su sombra, protegido de los rigores del viento o del sol, asomó de la tierra un pequeño brote verde y dorado que despertaba a la vida.

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II. JUVENTUD.

Poco a poco fué despertando a la vida. El joven Árbol Dorado miraba atónito y sorprendido a su alrededor, aunque realmente el paisaje era desolador y casi sin vida, pero a él cada cosa nueva que descubría le parecía algo maravilloso y envuelto de misterio. Aún no era más que un simple retoño de árbol, un pequeño brote surgido en mitad de una meseta desertica. Era débil y apenas podía mirar alrededor puesto que la roca negra que tenía a su lado le tapaba buena parte de su visión.

Cada piedrecita y cada guijarro de los alrededores le provocaban una gran fascinación, intentó hablarles, decirles algo, pero estas se mantenían inmoviles y silenciosas, seguramente se comportaran igual con todos, pensó tras no obtener respuesta de ellas. Cada soplo de aire dando en su pequeño tallo era nuevo para él. Cada rayo de sol que caía sobre el era recibido con la alegría con la que se recibe todo lo novedoso y desconocido, y aunque ese sol de primavera era aún tibio y beatifico, sintió por primera vez los rigores del calor en su joven piel. Poco a poco el disco solar fué bajando hasta alcanzar el ocaso y noche y dia se fundieron en un solo instante y entonces el joven Árbol Dorado comenzó a sentir frío. Frío y miedo, puesto que las sombras se iban apoderando de todo y ya no podía ver a sus amigas las piedras de alrededor, ocultas por el poderoso manto de la noche. Un temblor de miedo y de frío recorrió su joven tronco, pero pasó pronto puesto que se le aparecieron las maravillas de la noche, las perlas de las sombras: las estrellas.

Observó maravillado todas y cada una de las que iban apareciendo en el firmamento claro y limpio de Arda. Intentó hablarles, pero estas no contestaban, seguramente era porque estaban muy altas y su voz de joven arbol no llegaría hasta ellas, pensó tras no obtener respuesta de estas, maravillado aún por la contemplación de la boveda celeste en toda su plenitud. Las estrellas se fueron moviendo de lugar a medida que transcurría la noche y pronto comenzó a clarear por el oeste, de nuevo noche y día confundidos por unos minutos sobre la faz del Mundo, increible espectaculo para unos ojos ansiosos de novedades como los del joven Árbol Dorado, quien observaba todo con atención y sorpresa, todo era nuevo para él.

Días más tarde descubrió la lluvia. Miles de gotas de agua que tuvieron en él un efecto saludable y reparador, puesto que ya el sol comenzaba a parecerse al del verano y castigaba durante su pequeño tallo. Le pareció entonces que alguien tenía que tener mucha pena en el firmamento, puesto que lloraba tanto, intentó hablarle a las nubes negras que llenaban el cielo, y le parecieron adustas y serias, no se rebajarían a hablar con alguien tan insignificante como lo era ahora él, pensó tras no obtener respuesta de estas.

Y los pájaros. Maravilla entre las maravillas para el joven Árbol Dorado, puesto que aquellos seres eran libres para moverse donde les viniera en gana, y en cambio, él estaba sujeto a la tierra, inmóvil. Intentó hablarles a las aves, pero estas seguramente se mofarían de él y de su inertabilidad, pensó al no obtener respuesta de estas. Y así, en silencio, continuó observando las miles de aves que cruzaban el yermo a diario.

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Los largos días del estio fueron pasando rapidamente a ojos del jóven árbol, para quien cada uno de ellos era fuente inagotable de nuevas experiencias. Todavía le maravillaba cada descubrimiento nuevo, cada piedra, cada ave que surcaba los cielos. Al final del verano ya reconocía perfectamente cada especie. Aún se emocionaba con cada atardecer y con cada amanecer, y en las noches tranquilas de la meseta puso nombre a cada una de las estrellas que jalonaban el firmamento de aquella parte del Mundo.

Aunque también hubo días duros. Los más calurosos, que el joven brote de Árbol Dorado aguantó estoicamente y en muchas ocasiones creyó morir, puesto que en aquella epoca el yermo y el sol se le revelaron como muy crueles con cualquier ser vivo.

Continuó el trasiego de gentes por aquel despoblado hinospito. El joven Árbol Dorado se asustó cuando vió por primera vez en su vida a un hombre. Aquel ser le pareció altisimo y pasó muy cerca de donde él se encontraba, se movía libremente, como los pájaros, pensó. Pero no podía volar, y entonces comprendió que los seres movientes eran de muchas clases y tipos. El hombre se detuvo junto a la roca negra y descansó por un tiempo largo. Parecía cansado y su solitario, pero esperaba algo o a alguien. Pronto otros muchos seres de la misma raza, igual de flacos y macilentos llegaron hasta allí y hablaron con grandes voces ininteligibles para el joven arbol, quebrando el silencio y la quietud habitual de aquel lugar. A estos no intentó hablarles, puesto que sintió en aquellos momentos temor de aquella raza poderosa y alta, y permaneció callado junto a la roca, inmovil. Pero los hombres nisiquiera repararon en su presencia y después de un rato, continuaron su marcha hacía el oeste.

A este grupo le siguió otros muchos, el trasiego de gentes por la meseta no cejó en todo el verano, y cuando el otoño comenzó a hacer más cortos los días continuó casi de la misma manera.

Esta estación alivió los rigores de la vida en el yermo, el sol picaba cada vez menos y el joven brote pensó que aún podría sobrevivir, aunque hubo días durante el verano en que la calor se había hecho casi insoportable y temió por su propia existencia. La lluvía volvió a la meseta y fué recibida de nuevo con alborozo por el Árbol Dorado, que volvió a intentar hablar con las nubes negras, pero estas seguían sin querer responderle. Pasadas varias tormentas, no volvió a intentarlo jamás.

Y así llegó el invierno, que aquel año fué especialmente duro sobre la faz de Arda. Los días se hicieron más cortos y oscuros, y el joven brote de árbol descubrió el frío y la nieve.

Andir

Helado y casi completamente sepultado por la nieve que habia caido sin descanso desde hacía días. El invierno le estaba enseñando su cara más cruda al pequeño Árbol Dorado y este a duras penas podia respirar y vivir en medio de un ambiente tan gélido como lo era aquel. Tan solo el extremo más alto de su débil tallo permanecía fuera del hielo y la escarcha, tenía suerte al estar aquella gran roca negra a su lado y que le paraba los envites más fuertes del viento del norte, de no haber sido por ella seguramente habría perecido al poco de comenzar la estación fría. Intentó hablarle, darle las gracias, pero una roca tan grande como aquella nisiquiera habría reparado en su presencia. Realmente ya dudaba que las piedras y las rocas pudieran entenderle y hablarle, y poco a poco fué comprendiendo que no todo lo que veía estaba dotado de vida, que había seres que si tenían la capacidad de comunicarse entre ellos y otros no podían, estaban inertes como él. Aunque él si que tenía conciencia de si mismo, de su existencia. Era una especie de estado intermedio entre los seres movientes y los seres muertos, como la gran roca negra de su lado. No comprendía bien todo aquello, pero desde aquel día fué descubriendo poco a poco cual era su lugar en el mundo, y mucho reflexionó sobre aquello durante aquel frío y oscuro invierno, cuyos rigores amenazaron en muchas ocasiones la joven vida de aquel vastago de árbol.

Nadie habia pasado por las inmediaciones durante todo el invierno, pues nadie seguramente habría podido aguantar aquellas condiciones tan duras para la vida. Ni un solo hombre más, ni un animal corriendo por la meseta, ni un solo ave había podido vislumbrar entre las nubes del encapotado cielo. Se sintió entonces durante todo ese tiempo realmente solo y abandonado. El mundo parecía muerto y sin vida alguna, como si algún cataclismo lo hubiera sacudido y hubiera acabado con cualquier vestigio de vida. Mirara donde mirara siempre veía lo mismo, la extensa meseta cubierta de nieve y rocas negras que sobresalían de aquel manto blanco simulando entonces que toda la planicie se había convertido en un inmenso manto de armiño.

Pero descubrió que el invierno era muy traicionero y cruel, puesto que después de muchos días sin viento ni nieve, y cuando parecía que pronto acabaría dando paso a una nueva estación más benigna, se recrudeció de pronto y con más violencia y fuerza que nunca descargó una tremenda tormenta de agua y nieve. El hielo formado en el suelo junto a él amenazaba con cortar su debíl tronco, y el joven Árbol Dorado supo que su fin estaba cercano si no ocurría algo extraordinario pronto.

De repente algo quebró la quietud de aquel lugar. Voces y gritos, lejanos y distantes en principio, fueron acercandose rapidamente hasta donde se encontraba aquella roca negra. Esta impedía al joven árbol ver quien producia aquel alboroto en medio de la quietud del yermo. Los gritos se hacían cada vez más atroces y menos numerosos, eran cada vez menos las voces diferentes que podían apreciarse. Gritos de dolor y de angustía recorrían la desertica meseta hasta que casi callaron del todo. Se hizo el silencio, tan solo el correr sordo y pesado de alguien por la nieve quebraba el silencio reinante. Pasos acelerados cada vez más cercanos, una respiración jadeante y angustiada. Alguien apareció tras la roca.

Andir

Un humano alto y moreno cayó trompicandose justo unos metros más allá de la roca negra. El joven Árbol Dorado vio como resbalaba por la nieve y como rapidamente se revolvió en el suelo y miró con terror en dirección a sus propios pasos. Se apoyaba en sus codos y el miedo le impedía incorporarse de nuevo. Posó unos ojos nerviosos en dirección a la roca, pero no miraba esta, sino a algo que habia tras ella, fuera de la visión del pequeño árbol, quien pudo observar con claridad la mueca de terror que cubría la faz de aquel hombre. Nunca había visto en todos aquellos meses de trasiego de gentes de aquella raza semejante muestra de impotencia y de confusión en la cara de ninguno de ellos. En aquel momento tan solo la respiración fuerte y acelerada de aquel ser era lo único que podía oirse en todo el contorno.

El joven Árbol Dorado aguzó el oido y pudo sentir un ligero caminar de pies sobre la nieve tras la roca, quienquiera que fuese casi ni tocaba la misma. Sus pasos eran rapidos y seguros, casi imperceptibles. A medida que se acercaban se atenuaba más la expresión de terror en el rostro del humano caido sobre la nieve, quien permanecía inmóvil por el miedo.

Vió como el hombre intentó hablar, pero no pudo articular palabra, los pasos se detuvieron detrás de la roca y el joven árbol no pudo ver de quien provenían. El caido asintió con la cabeza y no habló. En su lugar una voz profunda, pero melodiosa, diferente a cualquiera que hubiera oido el Árbol Dorado jamás, rompió el silencio absoluto que se había apoderado de aquel lugar durante unos breves segundos de tensión. Era una voz a pesar de todo cruel y oscura, en tiempos hubo de ser diferente, pensó, aún podía apreciarse cierta calidez en la misma.

- Piensa antes de hablar que vas a decir, pues serán con total seguridad tus últimas palabras.... humano... .- dijo aquella voz cruel haciendo enfasis en la ultima de las palabras pronunciadas. El joven árbol se sobrecogió ante la oscuridad que rezumaban aquellas palabras.

El caído apenas logró balbucir alguna palabra inconexa y sin sentido, totalmente ininteligibles. Se oyó entonces reir al de detrás de la roca, su risa sarcastica y oscura retumbó en todo el contorno y el joven Árbol Dorado se estremeció de nuevo ante ella.

- Vaya, te despedirás de este mundo por lo que veo sin decir mucho más... aunque dudo que nunca hayas dicho nada inteligente en todos los días de tu corta vida.... humano...- volvió el enfasis en esa palabra.- Eres digno de los de tu raza, impotente y temeroso ante la muerte. Ve en busca de tu destino.

Algo parecido al tensar de un arco poderoso pudo oir el joven árbol.

Andir

El humano caido en la nieve hizo entonces un gesto desesperado con la mano y pudo balbucir algunas palabras.

- ... Alto... por Eru... detén tu arco... - dijo y trás un instante de silencio consiguió el aplomo suficiente para continuar hablando.- ¿ quien eres ser oscuro que nos persigues y das muerte?...¿ por qué has dado muerte a mis parientes y amigos, a lo que quedaba de mi pueblo?... ¿ que extraño hado o designio hemos quebrantado para que nos hayas perseguido y dado muerte?... .- y su expresión se mutó del miedo a algo parecido a la ira y la confusión.

El joven Árbol Dorado pudo oir como el de detrás de la roca relajaba la tensión de su arco. Pero nada dijo durante unos segundos. El viento del Norte seguía aullando alrededor y la nieve comenzó de nuevo a caer sobre el yermo.

- ¿ Preguntas haces..humano?, y esperas sin duda respuestas. De nada te valdrán, puesto que tu corta vida acabará hoy aquí. ¿ O es que acaso la raza de los hombres ha olvidado ya a Mormegil?. Echalé la culpa a él y a toda su infecta parentela, echalé la culpa a todos los de tu raza, a tu raza misma; puesto que sois los causantes de los males del mundo. Por vuestra venida a este mundo los mios han sufrido....aunque ya no me considero uno de ellos... esos tiempos quedan lejanos...- concluyó como en un susurro mientras las dudas asaltaban los ojos del hombre, quien jamás había oido aquel nombre, ni una sola noticia de la historia del Oeste de Arda habían llegado al Este de donde provenía su pueblo. Nada sabia de Mormegil, ni del Gran Gusano, ni del exilio de los noldor, y el nombre de Morgoth era solo un rumor lejano y tenebroso, un cuento para asustar a los niños en las frías noches de invierno al calor del hogar.

- ... Pero... no entiendo... - dijo el hombre.- ¿ quien eres y porque has matado a todos los míos?... ¿ que tiene que ver mi pueblo con antiguas querellas en tierras extrañas?... - preguntó y el joven árbol pudo ver como tras el silencio inicial el rostro del humano se desencajó aún más. El de la voz extraña callaba, pero la tensión se notaba en aquel lugar, a pesar del frío reinante un ambiente sofocante se apoderó de todo y entonces estalló una voz atronadora.

- ¿ Antigüas querrellas?.- bramó el de detrás de la roca.- ¡ Cuan efimeras son las vidas de los hombres que les parece viejo lo reciente para los de mi raza!. ¡Toda tu raza tiene que ver en esto!, ¿ acaso no comprendes que la llegada de los segundos nacidos fué el principio de la oscuridad del mundo y la causa de la misma?... ¡ Odio a los humanos al igual que desprecio a ese traidor de Morgoth!.... ¡ Yo libraré al mundo de todos los tuyos! ¡ No me hace falta ese traidor para acabar con la raza de los hombres!, muchas generaciones de hombres llevo haciendolo, y así pasen mil más, continuaré limpiando Arda de la escoria humana!.- su voz sonaba profunda y cruel y pareció adueñarse de toda la meseta, el yermo entero se oscureció con las mismas, y la noche parecía adelantarse a su hora de llegada, pues así de poderoso era aquel que hablaba.

\"¡ Yo, Andir Moredhel me llaman ahora, acabaré con toda tu inútil y débil raza!, ¡ No me hacen falta traidores como Morgoth para hacerlo!. Se acabaron las palabras, ve a tu destino y allí recuerda el nombre de Nargothrond y su caida provocada por Mormegil.

Un asustado joven Árbol Dorado vió como una tras otra varias flechas negras atravesaban al humano caido en el suelo. Este se retorció ante las primeras que se incrustaron en su cuerpo. Las últimas casi ni las sintió. Ya estaba muerto.

Andir

El jóven Árbol Dorado se sobrecogió ante todo aquello. Jamás había imaginado que un ser pudiera acabar de aquella manera tan cruel con la vida de otro. Y una desazón y un miedo interior inimaginables le ganó el animo ante el terrible espectaculo que ofrecía aquel hombre ensangrentado tirado en la nieve. Esta se fué volviendo roja alrededor de aquel cuerpo sin vida, y los ojos del cadaver aún mantenían la expresión de terror que tuvieran momentos antes de morir.

Pensó en cuanto podía haber de malvado en los seres movientes, tenían libertad para moverse....y para matar, pero jamás había visto ese comportamiento antes y no pudo evitar que un escalofrío recorriera su débil tronco, casi enterrado ya por la nieve que volvía a caer del cielo y el hielo que se formaba a su alrededor, cuyas aristas amenazaban con provocarle un corte mortal.

Y de pronto lo vio. Una figura ataviada de negro salió tras la roca en dirección al cadaver. En sus manos portaba un arco negro. Iba todo ataviado del mismo color, pero su cabellera era rubia y le caia, humeda por los hombros. Era la primera vez que el joven Árbol Dorado veía a un elfo y, dentro del miedo y el terror que le provocaba la conducta que aquel ser, se maravilló ante la majestad y el porte del mismo. Nunca habría imaginado que de un ser así pudiera salir tanta maldad como la que había visto instantes antes. Este arrancó con fuerza las flechas negras del cuerpo sin vida del hombre y después de limpiarlas de sangre con sus manos, las volvió a meter en el carcaj que colgaba de su espalda.

Pero a pesar de todo aquel elfo rezumaba oscuridad, y el arbol se preguntó por el origen de la misma. Sin duda se trataba de un ser poderoso y oscuro. Podía notar como las sombras acompañaban cada uno de sus movimientos. Y entonces los vio. Unos ojos verdes sin edad, propios de los de su raza, profundos como los abismos del tiempo; los mismos dirigieron una mirada feroz y cruel al cadaver que yacía a pocos metros. En aquel instante el joven Árbol Dorado quiso poder moverse y esconderse muy profundo dentro de la tierra como cuando era aún una semilla plantada en la tierra. Quería pasar desapercibido pués temio por su existencia. Ojala que no lo viera y aquel elfo oscuro se fuera pronto de allí, pensó. No quiso ni pensar en lo que podría hacerle a él, un pequeño brote, después de haber visto como había acabado con la vida de aquel hombre.

El elfo lanzó una mirada en derredor. Su mirada se había tranquilizado tras el frenesí asesino de minutos antes y su respiración se hizo más calma después de la concluida la persecución de aquel grupo de humanos. Aún así seguía siendo una mirada fría y glacial, más incluso que el viento del norte que azotaba inmisericorde la meseta.

De pronto, el joven arbol notó como esa mirada fría se posaba en él y sintió como aquellos ojos se sorprendían de verlo. Realmente era sorprendente ver algo de vegetación en aquel yermo y el verde y dorado tallo del jóven árbol había llamado su atención.

Muy asustado contempló como aquel elfo oscuro y cruel se acercaba resueltamente con grandes pasos hasta donde se encontraba. Su fin estaba cercano, se dijo a si mismo asustado.

Andir

Aquella figura vestida de negro era imponente a ojos del joven Árbol Dorado. Cada vez se acercaba más y pronto llegó justo a su lado. Sus ojos, profundos y frios, brillaban entre la bruma y la nieve y parecía que iluminaban un poco aquel lugar. El joven árbol sintió pavor cuando a su lado, a escasos centimetros aquellas grandes botas negras y temió ser borrado de la faz de la tierra de un pisotón.

Aquel ser rezumaba oscuridad y sombras y permaneció allí plantado, de pie entre la tormenta, observandolo atentamente. Le pareció muy alto, él solo era un pequeño brote de apenas más de un palmo de altura y aquel elfo era más alto incluso que la roca negra de su lado. Sintió como aquella mirada sin edad se posaba en él y lo miraba, pero sin odio ni maldad, más bien era curiosidad.

El elfo oscuro se agachó hincando sus rodillas en la tierra y observó más de cerca a aquel pequeño árbol. Y le pareció increible y una cosa por la que maravillarse que un retoño de un Árbol Dorado pudiera haber germinado y sobrevivido en aquella meseta sometida a tantos rigores climaticos tanto en verano como en invierno. Lo vió casi enterrado ya por la nieve, y el hielo que se había formado a su alrededor amenazaba con sesgar de un certero tajo su debíl tronco. Hacía mucho que no veía a uno de los de su especie. No abundaban los Arboles de Oro como se los llamaba entre los elfos, en aquellas tierras.

El pequeño Árbol Dorado creyó que su fin estaba proximo cuando vió como unas grandes manos se acercaban hasta él. Su suerte estaba echada. Alli terminaba su existencia, y se preparó para ser arrancado salvajemente por aquel ser oscuro y cruel, que odiaba toda vida menos la suya propia, pensó resignado. Nada podía hacer por evitarlo.

Pero erró en sus predicciones, puesto que nada malo le sucedió. El elfo se dedicó a desenterrarlo de la nieve. Con sus propias manos, que al joven arbol le parecieron autenticas palas, quitó la nieve que le cubría casi por completo y sobre todo quebró y retiró las placas de hielo cortante que amenazaban con cortarlo de raiz. Continuó durante un rato retirando la escarcha y la nieve en todo el cortorno alrededor del Árbol Dorado.

Cuando hubo acabado, el elfo observó que aquel joven retoño de arbol se encontraba en muy mal estado. La mayor parte de su tronco se había pasado todo el invierno enterrado en la nieve y el hielo, estaba muy enfermo. No sobreviviría solo al paso de aquel invierno tan largo. Puso entonces sus manos sobre el mismo, unas manos calientes que contrastaban con la frialdad de su corazón y lanzó unas palabras en un lenguaje extraño. Su voz no sonó tan sombría como minutos antes, sino que recuperó su tono calido, ese tono que intuyó el joven árbol que aún existía en el interior del mismo.

El confundido Árbol Dorado sintió como aquellas palabras le insuflaban energía y calor. Jamás pensó que los seres movientes pudieran tener caras tan diferentes, eran capaces de matar a otros como ellos y luego en pocos minutos, salvar la vida de otros seres. Estaba perplejo, aunque empezaba a comprender que estos seres y él mismo eran muy diferentes y que los ritmos vitales de unos y otros se movían de formas muy distintas. Así de complejos podían llegar a ser, pensó aún confundido.

El elfo vestido de negro se alejó entonces de él y fué arrastrando el cadaver del hombre hasta desaparecer detrás de la gran roca negra. Nada vió el árbol de lo que estaba haciendo durante un buen rato, y cuando reapareció ante él pudo vislumbrar en el cielo una enorme columna de humo de color acre que se elevaba desde algún punto de aquella meseta. No pudo reprimir que un escalofrío recorriera su delgado tronco al comprender de donde provenía ese humo. Aquel ser de las sombras había prendido fuego a la pila de cuerpos sin vida que había asesinado un rato antes. Este se encontraba junto al árbol, sus ojos volvían a tener una expresión sombría y dirigió una ultima mirada al Árbol Dorado antes de emprender la marcha.

Este lo vió desaparecer entre la niebla y la nieve de aquel día de invierno dando grandes pasos. Se preguntó que motivos habían impulsado a aquel elfo a acabar tan cruelmente con la vida de tantos humanos. Sin duda, había cosas que escapaban al entendimiento de un pequeño retoño de árbol como lo era él. Pensó hacía donde dirigiría sus pasos ahora aquel ser tan poderoso y extraño, sin duda, iría a la caza de mas hombres incautos. Se estremeció ante este pensamiento.

El jóven Árbol Dorado nada sabía entonces del destino de aquel, ni que le depararía su vida errante y solitaria, ni siquiera sabía con certeza si volvería a verlo jamás. No volvería a ver a aquel elfo hasta muchas estaciones más tarde, muchas vidas de hombres. Algunas edades del Mundo transcurrieron hasta que lo volviera a aquel lugar, en circunstancias muy diferentes. Pero eso es otra parte de esta historia que no debe ser contada ahora, sino en otro momento. Ahora, nada más se cuenta de Andir Moredhel en la misma.

Andir

La primavera, en contra de lo que había pronosticado el joven Arbol Dorado, volvió otro año más a aquella meseta. La Rueda de las Estaciones giraba de nuevo incesante sobre Arda y el sol dominaba de nuevo todos aquellos lugares, inundando de luz y de calor a su joven tronco e insuflandole energía y vida. Sintió como de nuevo la savia corría en abundancia por dentro suya y sintió alegría y gozo ante el cambio de tiempo. Ya llegaría el verano con sus penalidades y calores, ahora era tiempo de disfrute, de olvidar aquel cruel primer invierno en el cual estuvo a punto de perecer si no hubiera sido por la ayuda de aquel elfo oscuro y cruel.

Comprendió entonces el jóven árbol como gira el mundo. Como a una epoca de beatitud siempre sigue una de penalidades, y a esta una nueva etapa luminosa y asi sucesivamente, un ciclo interminable del cual todos los seres son solo meros espectadores y nada pueden hacer por cambiarlo.

Crecía cada vez más rapidamente y antes de que concluyera aquel verano y comenzase el otoño era casi tan alto como un hombre pequeño, como uno de los niños que había visto vagar por aquellos lugares. Aunque aquel año no habia tenido tanto trasiego y tanto ir y venir de gentes por el yermo. Concluido el otoño comenzó de nuevo el invierno y saludó de nuevo a la nieve, que aunque fría y mortal, su deshielo en primavera le proporcionaba agua para pasar más o menos bien todo el verano. El trasiego de aves si que había sido constante durante toda la estación seca, estas parecían ajenas a los grandes acontecimientos que sucedían en el mundo y continuaban haciendo sus viajes de migración de igual forma desde tiempos inmemoriales.

Las estaciones iban pasando cada vez con más rapidez y ya muy pocas cosas interesantes y nuevas traían al joven Árbol Dorado, que pensó entonces en lo poco emocionante que era la vida de los arboles y plantas en general, al menos los seres movientes tenían libertad para ir y venir y descubrir lugares mejores y más agradables donde vivir. Deseó con todas sus fuerzas poderse mover, lo intentó y confió en poder hacerlo tras otro de aquellos inviernos crudos y fríos de la meseta, más llegada la primavera, esta tan solo trajo de nuevo para él una nueva perspectiva del yermo.

Superaba ya en altura por escasos centimetros a la roca negra de su lado y pudo al fin ver qué hábia tras ella, aunque la decepción fué grande, puesto que nada importante se había perdido durante aquellos años de ocultamiento tras la gran piedra. Más tierra despoblada y yerma y más piedras y guijarros, diferentes si, pero iguales en definitiva a los que le rodeaban desde que brotó de la tierra.

Así transcurrieron sus días observando a las aves volar y las noches contando las estrellas del firmamento, hasta que, por fin, su sexta primavera trajo una nueva sorpresa. De su aún estrecho tronco brotaron dos pequeñas ramitas con una pequeña hoja del color del oro en cada una. Entonces deseó que aquel año pasara rapido y volviera de nuevo el invierno, pues trás el mismo siempre se le descubrían nuevas maravillas de su propia existencia. Desde entonces, ya sin dudas, amó a la primavera y ya nunca otra estación ocupó el lugar principal de su corazón. Esperó y esperó en medio de la niebla y la bruma invernales impaciente ante lo que iba a encontrarse meses más tarde, pues suele sucederle a todos los seres que quieren acelerar sus años cuando son jovenes, al igual que procuran ralentizarlos cuando llegan a una edad, y en esto, como en otras muchas cosas, nuestro jóven Árbol Dorado no iba a ser una excepción. Nuevas ramas y muchas más hojas trajo la estación seca, y un gozo y maravilla infinitos se apoderó desde entonces del árbol cada vez que las observaba.

Andir

La tonalidad verde de las primeras hojas fué tornandose dorada a medida que pasaban las estaciones y los años. El árbol fue creciendo en altura así como en el grosor de su tronco. Rebosaba vida y poco a poco se convirtió en el punto de referencia de toda aquella zona de la meseta, quitandole este puesto a la gran roca negra de su lado.

Fue ganando en frondosidad a medida que crecía y un día de primavera cuando observaba, como siempre hacia, el migrar de las aves por el cielo en dirección al norte notó una sensación extraña en algunas de sus extremidades y pudo observar como unas pequeñas flores de color blanco y oro nacían de algunas de ellas. Y le parecieron muy bellas y extraordinarias como lo eran las mañanas de esa estación y les fue poniendo nombres a todas y cada una de ellas, hasta que estas se hicieron tan numerosas que tuvo que comenzar a repetir nombres y entonces dejó de hacerlo, puesto que le pareció que nunca sería capaz de inventar tantos nombres. Los había gastado todos en nombrar a las estrellas del cielo por las noches.

Esas flores fueron creciendo y poco a poco se fueron convirtiendo a lo largo del verano en algo parecido a un pequeño fruto dorado. El jóven Árbol Dorado se emocionó al contemplar a los que serían sus primeros vastagos y entonces si que encontró nuevos nombres para cada uno de ellos, algunos los repitió, pero eran tantos y tan hermosos que no le importó y seguramente, a ellos tampoco, puesto que intentó hablarles pero estos parecían dormidos aún y ajenos al mundo que se extendía a su alrededor. Al Árbol Dorado le pareció normal todo esto, ya que él tampoco recordaba su brotamiento de las ramas del árbol que le dió la vida. Tan solo pudía recordar ahora sus primeros días fuera de la tierra, que le parecían ya lejanos, cuando su pequeño tallo salió de la misma y se abrió al mundo. Comprendió entonces cuan extraños eran los caminos que la naturaleza tenía para crear la vida y desde entonces no se preocupó de indagarlos, tan solo asumió como eran las cosas, como lo habían sido desde el principio de los tiempos en definitiva; y como de diferentes eran los distintos seres que lo poblaban. Se hacía mayor, ya no era un árbol jóven, por su porte y su altura había alcanzado la plena madurez.

El trasiego de gentes por aquellos lugares fué intenso aquel otoño. Se oían rumores de guerra en el Oeste. Grupos de seres extraños pasaban lejos de allí por la noche en aquella dirección, no eran hombres, ni siquiera eran como aquel elfo extraño y cruel que le había salvado de morir aquel lejano invierno. Eran diferentes. Feos y groseros le parecieron vistos en la lejanía y se alegró de que ninguno de ellos se acercara en demasía a él. Y además solo viajan por las noches, no les gustaba mucho la luz del sol. No sería aquella la última vez que los viera a lo largo de su vida. Pero es otra parte de la historia y debe ser contada en otra ocasión.

Una noche clara sucedió que una nueva estrella, más luminosa que ninguna otra antes vista, se alzó en los cielos de Arda y parecía moverse a su antojo, como un barco gobernado por un experto marino. Vigilaba algo se diría, y el Arbol Dorado no tuvo un buen presagio, ya que el ambiente del Mundo se volvió más gris y las sombras fueron cada vez más alargadas haciendo el mundo más oscuro de lo que había sido nunca.

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III.- MADUREZ.

Aquellos días, a pesar de las sombras que se cernían sobre Arda y la inquietud que se apoderaba de todo, fueron felices para el jóven Árbol Dorado. Felices y gozosos, puesto que las flores y las hojas fueron multiplicandose en sus ramas y se hacían ya incontables incluso para él mismo, y se sintió feliz y pleno de dicha.

Había guerra en el Oeste, podía percibirlo, más allá de aquellas montañas que se divisaban a lo lejos se notaba el ambiente bélico. El aire era sofocante y traía rumores de muerte y destrucción. Las Sombras se hacían cada vez más alargadas y amenazaban con cubrir el Mundo en su totalidad. Tan solo la nueva estrella surgido hacía poco brillaba con fuerza en medio de la oscuridad de la noche.

Grandes grupos de hombres armados y de extraños seres oscuros atravesaban la meseta durante las largas noches, pero afortunadamente ninguno pasó cerca del arbol, quien dió gracias por aquello, puesto que estos hombres no eran como los que habia visto antes, tenían un aspecto cruel y maligno e iban fuertemente armados y organizados en grandes filas.

Un nuevo invierno pasó, quizás el más frío de los que recordaba. Y le pareció que la primavera no llegaría nunca, aquel año trajo el invierno más largo en mucho tiempo. Pero antes de acabar la calma se apoderó de todo, los ejercitos dejaron de mancillar la tierra y nubes como nunca había visto se vieron en el cielo. Parecía que el Mundo se acababa aquel día. El silencio se habia apoderado de todo y a pesar de la nieve, un sofoco intenso de calor se podia notar en el ambiente.

Y entonces ocurrió todo. Un gran estruendo pudo oirse en toda Arda. Los grandes poderes del mundo echaban su pulso final. La Luz apareció por el Oeste y muchos tambores y trompetas de guerra se pudieron oir tras las montañas. La Estrella Errante bajó del cielo acompañada de miles de aves y se percibió el olor a sangre y a muerte en todo el mundo. Y hubo lucha en los cielos, los grandes Dragones salieron y la mayoría murieron. Grandes ejercitos regaron con su sangre la tierra. Lamentos y gritos quebraron el silencio. Había guerra en el Oeste. La Batalla Final de los grandes poderes del mundo habia comenzado.

El Árbol Dorado, en la lejanía podía percibir todo aquello. Los rumores de los hechos de la guerra le iban llegando, los pequeños pajaros huían de allí y muchas bestias corrían despavoridas por la meseta yerma y nevada. A cientos y a miles los vió pasar junto a él. Oyó como se quebraban unas torres altas y oscuras en el Norte. Un gran estruendo pudo oirse en todo el mundo, y luego vino el gran cataclismo.

El Día Final habia llegado, pensó el jóven Árbol Dorado, y creyó que el Mundo acababa en aquellos momentos.

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Y después del estruendo vino el cataclismo. El Mundo se retorció sobre si mismo preso del dolor ante tanto poder concentrado en el Norte. La lucha sobre Arda fué tan grande que provocó que esta cambiara. Un temblor como nunca se habia sentido agitó las tierras y provocó terremotos. Algunas montañas se hundieron y otras se irguieron nuevas en otros lugares; el Gran Mar anegó vastas tierras en el Oeste y se formaron nuevas islas; las costas retrocedieron muchas leguas tierra adentro; los ríos cambiaron sus cursos, algunos se secaron para siempre y otros aparecieron nuevos.

El Árbol Dorado sintió todos aquellos cambios, pues sus raices, hundidas en la tierra, podía percibir nitidamente los efectos del cataclismo. Tenía miedo, jamás imaginó que existiera bajo las estrellas poder suficiente para causar aquel estrago irreparable al Mundo. Las nubes negras se amontonaban en el cielo y las mayores tormentas que hubiera visto jamás descargaban con fuerza sobre la meseta, cubriendola entera de barro. Los truenos competían entre si por ser los más ruidosos y miles de rayos jalonaban el firmamento mientras la lluvía caía inmisericorde sobre la tierra.

Un nuevo temblor sacudió sus raices, podia notarlo, podía sentirlo, pero este estaba próximo; y de repente la vió.

Una inmensa grieta se iba abriendo camino por mitad del yermo desde unas jovenes montañas que acababan de surgir más al norte, a poca distancia de allí. Rasgaba la tierra a su paso abriendo una sima bastante profunda que al Arbol Dorado le pareció enorme. Con mucha rapidez fué serpenteando por la llanura pero la dirección principal era siempre la misma. Hacía el mismisimo arbol, que vió con auténtico pavor como se acercaba inexorable hacía él. Ya podía ver la tierra rompiendose a escasos metros de él, un ruido ensordecedor acompañaba a aquella grieta a su paso, podía sentirlo, podía notarlo, todas sus raices y sus ramas, hasta la ultima de sus flores se estremecieron de miedo. Entonces comprendió que irremisiblemente sería engullido por aquella sima que se abría en la tierra, y ya no quiso mirar más, esperó demudado el final.

Pero quiso el destino que aquel no fuese el último día del Árbol Dorado bajo los cielos de Arda y aquella grieta se separó unos metros de donde se encontraba el mismo. Pasó como una autentica exhalación a su lado haciendo un ruido terrible. Este miró con temor la sima abierta por el cataclismo y comprobó que no era tan ancha ni profunda como había imaginado, y observó como se perdía la misma en lontananza dividiendo aquel yermo en dos mitades.

Pronto comenzó una gran avenida de agua a circular por la misma, y a veces rebosaba lamiendo el todavía joven tronco del árbol, quien temió entonces ser ahogado por aquellas aguas. Pero no, pronto cesó aquel ruido insoportable y pareció que las nubes cejaban en su castigo lluvioso a la meseta.

Pasadas unas horas dejó de llover y las tormentas murieron. Las nubes fueron disipandose en medio de un silencio inquebrantable. Nada se oía, nada se movía en el Mundo. El sol volvió a brillar con fuerza. Los poderes del Oeste habían vencido a las Sombras. El Árbol Dorado sintió como la alegría y el regocijo volvían a la dolorida tierra donde se hundían sus raices.

Andir

De nuevo llegó la primavera y el sol aquel año pareció brillar más limpio que nunca, y el aire parecío más liviano y el ambiente menos sofocante. Traía el viento dulces fragancias mientras el mundo se recuperaba de todo aquel dolor que le fuera inflinjido aquel invierno y la propia tierra restañaba sus profundas heridas. De nuevo millares de flores poblaron las ramas del Árbol Dorado, brillando al sol como autenticas gemas cuando este se levantaba alto al mediodia.

Pero ni aún la inconmensurable belleza de todo aquello podía mitigar del todo la tristeza y la pena por el sufrimiento de la tierra que sufría el árbol, quien podía aún sentirla a traves de sus raices. Y entonces comprendió también que en el Mundo cabían todos los sentimientos posibles, y que lo triste y lo feliz se podían llegar a mezclar y convivir dentro de todos los seres igual que ahora mismo dividían sus sentimientos entre la congoja por el sufrimiento de Arda y la alegría que sentía por el nacimiento de sus primeros frutos.

Porque así era. El verano trajo nuevas maravillas para el Arbol Dorado y cientos de pequeños frutos amarillos y verdes salieron de aquellas flores de oro y refulgían como estrellas cuando el sol del estio se reflejaba en ellos. Aquella ya no fué una estación tan cruel. El río que había nacido en aquella sima profunda pasaba justo a unos metros de su lado y, una vez tranquilizado su curso trás semanas de un correr impetuoso y salvaje, se había tranquilizado y ahora refrescaba las horas mas calurosas del verano. Dentro del dolor de Arda, una vez más, se dijo, habían nacido cosas buenas y sorprendentes que mitigaban el mismo, como aquel joven rio. En sus margenes comenzaron a nacer pequeñas hierbas y flores y él mismo se sintió reconfortado por la fresquedad que daba a la tierra donde hundía sus raices. Nunca volvería a pasar aquellos interminables veranos de sed y agobio en los cuales había llegado a temer incluso por su vida.

Las aves volvieron a los cielos. Cruzaban sin descanso la meseta que comenzaba a adquirir tonos más verdosos desde el aire al irse cubriendo poco a poco de una vegetación débil y escasa, pero mayor de la nunca vista por el Árbol Dorado en aquellos lugares. Miles de pajaros de todas las especies volaron al norte al principio de la estación y después regresaron de nuevo al termino del estio, cuando ya los vientos frios del otoño y las nubes volvían a aparecer por aquellos lugares, y el árbol se deleitó de nuevo en la contemplación de las mismas, y de nuevo las observó absorto y envidió una vez más su capacidad para moverse libremente. Pero ya era mayor y hacía años que había comprendido que cada ser bajo los cielos de Arda tenía su función y su propia esencia, y la suya era la de permanecer asido a la tierra que le daba la vida. Y desde entonces jamás ansió de nuevo poder volar y moverse libremente.

Andir

Orgulloso y henchido de dicha transcurrieron aquellos días. Sus frutos fueron creciendo en tamaño y madurando en el transcurso del verano, y cuando llegó el otoño, eran tantos y tan pesados que tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para poder mantener erguidas algunas de sus ramas más debiles, las cuales se doblaban peligrosamente debido al peso de los mismos.

Y un día uno de aquellos frutos dorados cayó al suelo junto a la roca negra de su lado. Fué rodando lentamente hasta ir a parar contra la misma y el Árbol Dorado sintió una gran tristeza ante aquello, pues veía cuan efimeras eran las obras de todos los seres y que nada de las mismas perduraría para siempre en el tiempo. Y comprendió entonces cual sería el destino de todos aquellos hermosos frutos, nacidos pensaba, para el simple deleite de la vista en la contemplación de los mismos. Y le pareció que aquel que hubiera creado el Mundo y a todos los seres debía ser alguien extraño, pues extraños e incomprensible le parecían ahora las formas que tenía de crear y de quitar la vida. Y volvió de nuevo a sentir una enorme tristeza y un pesar infinito al saber que durante el resto de aquella estación tendría que ver con sus propios ojos como, uno a uno, caerían todos sus frutos y se marchitarían en mitad de la tierra rojiza de aquella meseta. Prefirió no pensar en ello y evitar en lo posible mirar hacía el lugar donde hubiera caido uno de aquellos frutos dorados, porque pensó que así se evitaría sufrir más con aquella perdida, que le pareció irreparable y cruel. Pero llegó un momento en el que no le fué posible hacer esto y todo el suelo a su alrededor se llenó de pequeños y maduros frutos dorados caidos de sus ramas, y este hecho le confundió y le irritó mucho, puesto que no comprendía entonces el porque de tanta belleza, creada unicamente de aquella manera tan efimera e inútil.

Casi llegando el invierno, cuando el frió comenzó a llegar a aquel lugar, los vientos helados amenazaban constantemente a los frutos que quedaban en sus ramas. El Árbol Dorado se resistió todo lo que pudo a los envites del mismo, tenía que salvarlos a todos, se dijo, pelearía con aquel viento frio y cruel. No le asustaban ya su ulalar ni su fiereza, cuando era un pequeño brote nacido de la tierra si, ahora era ya un arbol hecho y derecho, incluso habia ya superado en mucho la altura de la roca negra de su lado. Intentaría salvar a todos los que pudiera protegiendolos con sus ramas de los envites de las tormentas. Pero aquello se demostró casi inutil, puesto que poco a poco fueron cayendo la mayoría de ellos. Desesperado, dejó de luchar y asumió el cruel destino que tendrían los mismos, y lo que le había parecido una maravilla en la primavera, le pareció ahora una maldición en el invierno. Puesto que se hacía muy duro haber visto nacer tantas maravillas para verlas ahora caer muertas y pudrirse entre las piedras.

Pero un día pudo observar como una columna de hombres se acercaban directamente hacía él. Era una extraña marcha, puesto que, al contrario de lo habitual, estos venían del Oeste y marchaban en dirección a donde nace el sol. Y habia algo más extraño aún, cabalgaban subidos caballos de gran porte y sus ropajes no estaban raidos, sino que eran ricos y bien bordados. Jamás había visto a hombres tan orgullosos y bien pertrechados y se mantuvo expectante mientras las nubes de polvo que levantaban en su marcha se iban acercando en su dirección.

Una vez que llegaron a su lado pudo observar como todos eran de buen porte, y le pareció entonces que la raza de los hombres era hermosa cuando tenían alimentos y vestían decorosamente. Fueron poco a poco descabalgando y en silencio fueron rodeandolo sin pronunciar una sola palabra. El circulo de humanos lo observaba con curiosidad, y por un momento temió por las intenciones que tuviera aquel grupo de hombres y mujeres. De entre todos ellos se adelantó hacía él un anciano de cabellos canos y penetrantes ojos negros. El Árbol Dorado no lo reconocía, no sabía quien era, pero aquel humano ya había estado allí en otra ocasión, hacía muchos años ya.

Andir

El anciano avanzaba lentamente, tenía dificultades para andar por si solo y un jovencisimo muchacho acudió en su ayuda y agarrandolo de uno de sus brazos le ayudó a llegar junto al árbol y permaneció luego a su lado el resto del tiempo. Eran muy parecidos entre ellos, quizás fueran incluso parientes. Tenían los mismos ojos, negros y profundos, y casi la misma corpulencia.

Cuando llegaron junto al mismo el anciano miró hacía arriba, a las ramas más altas del Árbol Dorado mientras el resto del grupo de humanos mantenía un silencio reverencial ante sus movimientos. Silencio sepulcral que tan solo rompía el rugir del viento del norte que anunciaba la próxima llegada el invierno. El anciano puso sus manos sobre el tronco color oro y las fue pasando arriba y abajo sobre el mismo, deleitandose con aquel contacto. Pasado un rato se giró de espaldas al mismo y habló con voz profunda a los demás, nadie jamás hubiera pensado que de un humano tan viejo pudiese salir una voz tan clara y fuerte como lo era la suya.

- Este es el lugar del que os hablé. Y estos.- dijo señalando a las ramas que se mecían sobre su cabeza.- son frutos iguales a aquel que aparecía en mi historia. Tiempos lejanos se me antojan ahora y jamás pensé que brotara nada en medio del desierto, pero helo aquí..- hizo entonces una pausa mientras dirigía su vista en derredor y la iba posando en silencio sobre todos y cada uno de los allí presentes. Su joven pariente continuaba a su lado ayudandole a sostenerse en pie.

\" Contemplad ahora el Árbol de Oro. Dador de vida en medio de la desesperación. No fueron en vano mis plegarías a nuestros dioses. ¡ He aquí el resultado de las mismas!¡ Orad y dad gracias! pues El Arbol de Oro da la vida cuando se acerca la muerte.- dijo señalando al árbol dorado a su espalda.

Todos aquellos humanos, incluidos él y su joven pariente, se arrodillaron en silencio y fueron murmurando palabras en un idioma extraño y, con los brazos cruzados sobre sus pechos y la cabeza agachada, mirando el suelo, dieron las gracias a los dioses por aquel acontecimiento del pasado. Gracias por haber salvado la vida de un hombre moreno y enjuto, quien años antes, perdido en el camino y separado de su pueblo, estuvo a punto de morir y que tan solo se salvó por una providencia del destino y de los dioses, que quisieron salvarle la vida enviandole desde el cielo un fruto color oro que mitigó su hambre y su sed y le dió fuerzas para continuar su camino y llegar a las montañas. Tras cruzar aquellas, pudo reunirse con los suyos, y tan grande fué la alegría y tan hermosa la historia que les contó sobre como había salvado su vida, que estas les insuflaron ánimos suficientes para establecerse más allá de los montes nevados, en ricas campiñas surcadas por caudalosos ríos. Y aquel pueblo medró durante aquellos años. Y fue tanto su trabajo y la esperanza que dio aquel hombre al resto de ese pueblo, que decidieron elegirlo como su jefe, como su rey en definitiva. Y este volvió a tener familia, y desposo de nuevo a una hermosa y fuerte mujer y esta le dio hijos como aquel joven que ahora le ayudaba a sostenerse y que lo miraba con autentica veneración, puesto que en aquellos momentos, aquel milagro del pasado tomaba cuerpo y realidad delante de sus ojos. La historia del fruto dorado dejó de ser para él tan solo un leyenda. Era tan real como aquel árbol de grueso tronco y ramas verdes y aureas.

Y ahora en el final de sus días, y ya cuando creyó conveniente dejar a su pueblo en manos de otros jefes, aquel anciano volvía a añorar las tierras de su niñez y de su juventud: el Este profundo y desconocido. Y hacía allí encaminó sus pasos junto a muchos de sus parientes y amigos, que le acompañarían en aquel su último viaje, en su regreso al hogar primigenio de sus ancestros.

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Todos permanecían arrodillados y mirando al suelo, tan solo el anciano se incorporó, ayudado como siempre por su joven hijo, y se acercó de nuevo hasta el Árbol de Oro. Arrancó con dificultad uno de los frutos que colgaban de las ramas más bajas y que aún aguantaban en las mismas los envites del viento. Y volvió a sentir las mismas sensaciones que tuviera años atrás cuando erraba perdido y solo por una meseta yerma. Ahora el Mundo había cambiado, la faz de Arda era distinta y diferente, todo era más nuevo, menos él mismo, que era ya un anciano que esperaba la muerte. Probar de nuevo aquel jugoso fruto dorado le insufló nuevas fuerzas y deseó entonces poder vivir para siempre, como los elfos que había visto en el Oeste, y poder comer todos los dias de aquel árbol y vivir, como lo hacían los Eldar, mil vidas de hombres y aquel sentimiento lo apenó en su interior. Triste destino era el que le aguardaba a los de su raza, incierto y doloroso; y no era el menos doloroso el ver como se iban marchando los seres queridos y como uno mismo se avejentaba hasta ser alguien inútil y torpe. Y se preguntó entonces el porqué de tanta crueldad de Eru hacía ellos, los hombres, condenados a una vida corta y llena de desilusiones encerrados en cuerpos debiles y enfermizos. Mientras comía era observado por los demás en silencio. Negó repetidas veces con la cabeza esa tristeza que ahora lo embargaba, de nada valía lamentarse, el destino de los hombres era el que era, tendría que afrontarlo con decisión. Así estaba escrito en los juicios de Mandos.

Y entonces les habló a todos de nuevo con voz potente.

- ¡ Regocijemonos ahora con los dones que hemos obtenido de los dioses!. Ya una vez correspondí a ese milagro con otra acción que fue milagrosa. He aquí el resultado: El Arbol de Oro existe, podeis verlo, es real. Ahora volveré a hacerlo. ¡ Hacedlo todos conmigo! ¡ Comed de sus frutos y conmemorad aquel día lejano cuando las esperanzas de nuestro pueblo renacieron y hubo futuro para el mismo!.

Y fué entonces cuando hincó las rodillas en la tierra y hoyó un boquete en el suelo. Todos se acercaron hasta el árbol y se deleitaron con el sabor fresco de aquellos frutos mientras el anciano canoso depositaba la semilla del que habia comido hacía un instante en el interior del mismo y luego lo cubría cuidadosamente de tierra.

- ¡ La primavera que viene habrá más arboles de Oro aquí!. Que los dioses nos sean propicios con esta ofrenda que les hemos hecho. Haced esto siempre que paseis por aquí en conmemoración de aquel dia de bienaventuranza. ¡ Que el Bosque de Oro medré como lo ha hecho nuestro pueblo: por la gracia divina!.- y aún cuando no había terminado de hablar ya muchos escarvaban en la tierra roja para depositar más semillas en la misma y luego de esto, se alejaron de un Árbol de Oro que se hallaba perplejo ante lo que veía, aunque regocijado por ver como ahora se cumplía realmente su destino, el por que había sido en este Mundo.

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El Árbol de Oro sintió como no le apenaba que aquel grupo de humanos le fueran arrancando poco a poco sus frutos, puesto que lo hacían reverenciando los dones que estos les proporcionaban, alimento y fuerzas para continuar su camino. Y así fue como poco después de acabada aquella especie de ceremonia de acción de gracias aquel grupo de hombres se demoró unas horas en el lugar.

El árbol pudo ver como aquellas gentes se divertían y reian, los niños corrían libremente entre el sonido de sus risas y los mas mayores descansaban sentados o tumbados junto al rio mirandolos jugar. Jamás había visto a los hombres desde aquella perspectiva: la de la felicidad. Siempre los había visto harapientos y macilentos, extenuados y al borde de la muerte buscando el Oeste del Mundo. Ahora era diferente, aquellos humanos se veía que hacía años que no pasaban aquellas terribles penalidades que, aunque se veían aún reflejadas en los rostros de los más ancianos, no oscurecían las caras y las sonrisas de los más jovenes, nacidos ya sin estar bajo el poder de las Sombres en el Este. Le sorprendía al Arbol de Oro que aquel grupo de humanos desandara un camino que tanto les habia costado hacer, que razones les moverían ahora a volver al Este maldito de donde huyeron antaño. Y al final tuve que reconocerse a si mismo que jamás comprendería a los seres movientes, a los que eran libres de ir y de venir, puesto que también él mismo habia tomado verdadera conciencia de cual era su lugar en el mundo. Y ese estar permanentemente plantado e inmovil en el suelo, la hizo poco variar la manera de ver las cosas, estas eran como eran y no cabía preguntarse los porques, sino solo disfrutar de cada momento que le proporcionaban los dioses bajo los cielos de Arda.

Después de horas de solaz y descanso junto al Árbol de Oro, el grupo emprendió de nuevo la marcha no sin antes acercarse de nuevo a él y volverlo a rodear entre todos. El anciano, nuevamente acompañado de aquel joven de su familia, tocó de nuevo con sus arrugadas manos el tronco y pasó la palma de las mismas por todo su contorno. Después sus manos se dirigieron a las ramas mas bajas y buscó una hoja dorada y perfecta, la mas bella de todas las del arbol, y asiendola con fuerza, la arrancó. Pero lo hizo con tal ternura que a este no le importó, porque comprendió entonces las poderosas razones que tenía aquel anciano para hacer lo que hacía. Quería un recuerdo del arbol que le dió la vida antes de acabar su viaje. Iba al Este a morir.

Porque efectivamente iba a dejar este mundo justo en el lugar donde había venido al mismo, puesto que añoraba las tierras de su niñez y su juventud y quería morir en las mismas. Y hacía allí se dirigia acompañado de sus parientes y algunos de los de su pueblo. Habían dejado atrás todo lo que tenían por el amor que profesaban a aquel que había sobrevivido solo a la muerte en medio del desierto terrible y luego había guiado a su pueblo hasta la paz y la prosperidad y, sobre todo, los habia alejado del peligro, del mal y de la oscuridad. Además el Oeste del mundo antiguo estaba completamente anegado, a Beleriand no volverían, no sabían si se quedarían en el Este, o volverían a tierras mas benignas y menos salvajes, pero de momento acompañaban a aquel hombre a cumplir su ultimo deseo.

- Gracias Arbol de Oro. Tu me diste la vida y yo te lo devuelvo dando vida a tus vastagos. Que los hados nos sean benignos a los dos.- y fué la ultima vez que el arbol oyó la voz de aquel hombre.

Así, después de orar de nuevo a Eru por unos minutos, el grupo marchó del lugar lentamente cantando de alegría y llenando de risas toda la meseta, que en aquella epoca del año aún estaba verde. El joven hijo de aquel anciano fué el ultimo en abandonar el lugar a lomos de su caballo. Miró unos instantes hacía atrás, hacía el Árbol de Oro y permaneció pensativo. Después espoleó al mismo y galopó con prontitud en pos de la comitiva.

Sobre si aquel anciano pudo cumplir su ultimo deseo o no, nada mas se cuenta en esta historia, tan solo que la hoja del Arbol de Oro viajó por todas las tierras del Este envuelta en sus ropajes. Sobre si aquel joven de mirada penetrante volvía a aquel lugar mas adelante se habla en otro punto de este relato.

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Asi, entre miedos y esperanzas ante lo que podía depararle la primavera siguiente, fue como transcurrieron los dias de aquel invierno para el Arbol de Oro. Se sintió de nuevo joven, y volvió a sentir ese nerviosismo propio de la poca edad, cuando la expectación ante algo futuro e incierto que tenía que ocurrir se apodera de todos los que son jovenes. Se sentía como cuando tenía pocas estaciones de edad y todo lo nuevo era atractivo y especial. Impaciente, aguantó los envites del invierno, que desde el gran cataclismo y la retirada de la Sombra del Norte, no era ya tan duro y cruel como antaño. Y llegando ya el deshielo y cuando las primeras briznas de hierba verde comenzaban a cubrir la meseta ocurrió el milagro.

Pudo verse reflejado en todos aquellos pequeños brotes que surgían de la tierra oscura de la meseta. A todo su alrededor, aquí y allá, iban naciendo pequeños retoños de él mismo. Pequeños tallos verdes y dorados, en los que pudo verse a sí mismo y que devolvieron su pensamiento a su propio nacimiento. Miró entonces a la roca negra junto a él, y creyó ver cierta complicidad en la misma, sin dudas si aquella mole de piedra podía sentir algo notaría la misma emoción que estaba sintiendo ahora mismo. Pero de nuevo se dió cuenta que aquella no era un ser como los demás, sino simplemente un objeto puesto allí por los hados del destino, que no sentía ni padecía, pero aún así, siempre había creido que aquella roca era especial y podía comprender todas las emociones que estaba él sintiendo en aquellos momentos.

Muchos fueron sus vastagos de aquella primavera y brotaban por doquier junto al rio y alrededor de si mismo. Pero pasados unos dias y viendo que ya no surgirían más, también sintió tristeza puesto que no todos los frutos plantados por aquel grupo de hombres durante el otoño había germinado. Y entonces comprendió que el mundo estaba lleno de alegrías y de tristezas en igual cantidad, pero él decidió quedarse en aquel momento con las primeras y puesto que las segundas quedaron desterradas en cuanto vio como sus pequeños retoños de arboles dorados comenzaron a crecer.

Notó como en pocas semanas estos se fortalecían y despertaban completamente a la vida, y cuando la estación primaveral era ya plena de luz y de fertilidad, comenzó a sentir como los pequeños arboles dorados se giraban constantemente hacía él en busca de respuestas a las mismas preguntas que él mismo se había hecho en otros tiempos, y que había tenido que descubrir por si mismo. Ellos tendrían más suerte, él les hablaría de como eran las cosas bajo los cielos de Arda, de como había seres que podían moverse, de como eran los pajaros, de como se llamaban cada una de las estrellas, de cual era el lugar de los arboles en este mundo en definitiva.

Sentía como cada vez era más la fuerza que podía notarse en toda la tierra alrededor y notó como bajo la misma, iban fortaleciendose las debiles raices de aquellos pequeños tallos, de sus vastagos, de sus hijos en definitiva.

Y el verano pasó entre conversaciones y risas entre todos ellos, pues ya habían aprendido a comunicarse mutuamente. Y el Arbol de Oro les contaba viejas vivencias e historias de aquellos años, que a los jovenes arboles dorados les parecían extraordinarias, aunque realmente no eran así. Omitío muchas de ellas, sobre todo las tristes, puesto que no quería que sus vastagos tuvieran tan jovenes una idea tan desoladora de como era el mundo. Protegería su inocencia hasta donde le fuera posible, y, por supuesto, no habló de la muerte de los ningún ser, ni hizo entonces referencia alguna a aquel elfo sanguinario, a Andir Moredhel, puesto que auguraba que todos ellos podrían verlo con sus propios ojos en un futuro no muy lejano.

Una vez comenzado de nuevo el invierno ya podía observarse grandes cambios en los pequeños arboles dorados, y aquella parte de la llanura dejó de ser desierto, para convertirse en El Bosque de Oro, lugar donde residirán todas las historias que se contaran aquí de ahora en adelante.

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IV.- DE FAUCES SOMBRIAS, EL HUARGO.

Los días del estio transcurrieron rapidos en el Bosque Dorado, y el Árbol de Oro sintió como era cierto que los días felices pasan fugaces en la vida de todos los seres, y cuanto más felices son con más celeridad pasan dejando un recuerdo grato y amargo al mismo tiempo; dichoso por los momentos vividos, pero infelices por el recuerdo de los mismos, ya que jamás podrían repetirse, y tan solo su bello recuerdo quedaba cuando aparecía la nostalgia y la memoría de lo vivido. Traicionera nostalgia que tan solo hace recordar que hubo momentos mejores en las vidas de todos, pues suele aparecer cuando esos dias de gozo se han ido, irremisiblemente perdidos en el tiempo, deseos frustrados en definitiva de un tiempo ya vivido y nunca más disfrutado. Así se sentía aquel árbol aún joven y fuerte cuando los primeros envites del invierno se dejaron notar sobre la meseta.

Les habló a todos sus vastagos sobre el frío cruel y el hielo cortante, y no pudo reprimir una punzada de dolor al recordar aquel su primer invierno, cuando estuvo a punto de morir ahogado por la nieve que lo cubría por entero. Y les dió consejos sobre como mantener el animo ante los momentos duros que se les avecinaba. En aquellos momentos le gustaría ser un ser moviente y poder proteger de los rigores del frío y la escarcha a sus vastagos, pero tan solo logró desesperarse aún más, ante esta imposibilidad de hacerlo. Aún así, alimentó en su interior la esperanza de que aquel invierno respetara las vidas de todos y cada uno de aquellos pequeños brotes nacidos de él. Pero de cualquier manera sabía que el invierno no tendría misericordía de ellos y temió lo peor.

Las tormentas de lluvia y nieve se fueron sucediendo, él ya estaba acostumbrado, pero veía como sus pequeños retoños apenas si lograban mantenerse erguidos ante los envites del viento y el hielo. Casi ni hablaban ya, tan solo emitian leves gritos de miedo, casi susurros, en los días y sobre todo las noches más frías. Ante aquello el Árbol de Oro creyó oir como en su interior se rompía algo y el pesar le ganó por completo, el sufrimiento se apoderó de todo su ser y entonces comprendió que jamás había sentido ni sentiría mayor tristeza que aquella. Ver como morían los hijos era lo más duro que podía pedirse a ningún ser y eso era lo que él cría que estaba ocurriendo.

Así fueron pasando los dias invernales, y al contrario que los de la primavera y el verano, lo hacían muy lentamente, el tiempo parecía haberse detenido y el Árbol de Oro añoró el sol y la brisa suave del estio meciendo sus ramas. Y en estas ensoñaciones estaba cuando pudo percibir algo extraño en el ambiente. La tierra vibraba con una unos pasos nerviosos, podía notar como la carrera frenética de alguien alteraba la quietud de la nevada meseta. Trás ella otra más extraña aún para él, acompasada y fría en su paso, cadenciosa y a la vez rapida, pero extraña, puesto que jamás había sentido aquello en los años de su vida. Ningún ser que jamás hubiera conocido corría de aquella manera cubriendo de oscuridad todo a su paso.

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El huargo tenía a su presa a pocos metros de distancia, cada vez menos, y su correr agil y cadencioso le acercaba cada vez más a la misma. Aquel enano no se escaparía aquel dia, pensó mientras sus cuartos traseros se hundían en la nieve a cada paso que daba, pues tal era la fuerza que estaba imprimiendo a su carrera.

Llevaba días detrás del rastro de aquel inmundo ser. De todos los que habitaban Arda era a la raza de los enanos a quienes más odiaba, si es que no odiaba a todas por igual; pero su saña siempre había sido mayor con la raza de Durin. Eran los enemigos naturales de los suyos, siempre condenados a pelear por las cuevas y las grutas de las montañas desde tiempos inmemoriales. Pero ahora tenía su oportunidad de acabar con uno de aquellos malditos enanos, y no quería dejarla pasar.

Lo había olido hacía tres días en las faldas de las montañas y de inmediato se habia dado cuenta de que erraba perdido por las inmediaciones, perdido o dudoso de que camino tomar. En cualquier caso, pronto comenzó la persecución, y aunque el primer día pasó inadvertido, en la mañana del segundo pudo verlo, de lejos, de pie y pensativo al borde de la meseta, en las ultimas estribaciones de las montañas. Seguramente no se decidía del todo a aventurarse en solitario en la travesía de la estepa, y menos en invierno. Sabía que no tendría muchos sitios donde guarecerse del frío y la nieve. Aún así, Fauces Sombrías, esperó espectante la decisión del enano, y cuando vió que este se encaminaba en dirección al yermo nevado dejando las montañas, sonrió maliciosamente. Era lo que estaba esperando, campo abierto y millas por delante para iniciar la persecución de aquel barbudo.

Lo vió alejarse con sus escasas pertenencias internandose en la nevada llanura. Un hacha poderosa y bien bruñida brilló colgada de su cinto y cuando el último rayo de sol que se colaría entre las nubes en muchos dias se reflejó en la misma, esta emitió un destelló poderoso que, a pesar de la distancia a la que se encontraba, casí cegó al huargo. Tendría que tener cuidado, se dijo, no es tan débil ese enano. Sería paciente y esperaría la ocasión propicia, cuando estuviera cansado de vagar por la nieve. Y pensando esto comenzó a descender sigilosamente las ultimas rocas y peñas de la montaña antes de internarse él también en el yermo nevado e hinospito.

Y ahora, dos días más tarde, lo tenía casi al alcance de sus colmillos. Aquel enano corría casi despavorido delante suya, desde el día anterior había notado su presencia. Lo cierto es que había sido al final un poco imprudente y se había dejado ver antes de tiempo. Pero ya no importaba, estaban lo suficientemente lejos de cualquier refugio que le sirviese a aquel naugrim, para que este ya no tuviera escapatoria y callera bajo sus mortales dentelladas. Esa noche se daría un festín de enano. Prefería a los elfos, pero el invierno es siempre epoca de penalidades y además él mismo estaba medio famelico y no podría acabar en aquellos momentos con ningún elfo, aun el más debil de toda Arda.

De pronto divisó algo entre la ventisca más adelante de su presa. Esta se dirigía hacía un gran árbol que se alzaba en mitad de la llanura y le sorprendió al huargo aquello, puesto que jamás lo habia visto y había recorrido aquellos lugares muchas veces.

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Así los vió llegar hasta si mismo el Árbol de Oro. Un enano cansado y asustado corriendo torpemente y detrás suyo un enorme huargo de fauces babeantes. Le asustó el aspecto de este último, incluso más que aquel hacha reluciente que portaba el primero de ellos, rezumaba oscuridad y maldad y venía corriendo con sus ojos rojos y brillantes fijos en él. El árbol no pudo evitar que un escalofrío recorríera hasta la última de sus hojas, ramas y raíces cuando notó la mirada glacial de aquella bestia. Aquellos ojos inyectados en sangre le miraban directamente mientras corría en pos del naugrim, quien ya se encontraba a menos de medio centenar de metros de él.

En escasos segundos llegarían hasta donde se hallaba plantado e inmovil. Justo antes de llegar junto a él, aquel extraño ser bajo de estatura y ancho de hombros fué a dar de bruces con su cuerpo en la nieve, había caido trastablillado fruto del cansancio quizás. El Árbol de Oro sintió una angustia terrible cuando vió llegar hasta el naugrim a aquella bestia oscura y de ojos rojos. El caido se giró dandose la vuelta, hubiera deseado recogerlo con sus ramas y alzarlo hasta su mismisima copa para evitarle la muerte segura que suponía la feroz acometida de un monstruo como aquel. El huargo se acercaba cada más y más, inexorablemente, sin remedio; incluso agachó en su carrera su cabeza para ir preparando el mordisco fatal en el cuello de su victima, pues tal era la manera en la que solía acabar con los mismos.

El Árbol de Oro deseó entonces tener ojos y poder cerrarlos para no ver la escena que iba a contemplar a continuación, y recordó en aquellos instantes otro acto de crueldad similar que habia presenciado años antes. Pero no, aquel elfo oscuro de antaño no podía compararse a aquella inmunda bestia que ahora perseguía con saña a aquel enano. Pero no se parecían, era otro tipo de maldad y de oscuridad, más elaborada, menos brutal. Diferente en definitiva. Y comprendió entonces el árbol que no todo bajo los cielos de Arda era blanco o negro, luminoso o sombrío, reluciente u oscuro; sino que las gamas de grises era muy amplia y variada, todo dependía de quien mirara la situación.

Pero aún con este pensamiento sabía que no le gustaba lo que iba a ocurrir, con gusto ayudaría a aquel pobre infeliz que iba a morir en las fauces del huargo si pudiera hacer algo por él. Pero no fué necesario, al menos de momento, pues justo en el momento en el que el ataque se producía algo brilló en manos del enano, quien ante el ataque mortal de la bestia, había acertado a sacar de su cinto su hacha y le asestó a esta un mandoble poderoso en su cara, aunque casi erró el golpe, puesto que lo dió con la parte de madera de la misma. Aún así, detuvo en seco el ataque del huargo, quien cayó de espaldas ante el dolor por el golpe, y la sangre comenzó a gotearle del morro mientras permanecía tirado en el suelo dolorido y aturdido.

Momento que quizás el enano debía haber aprovechado para rematar a su atacante, pero a veces, muchas más bien, sucede que el nerviosismo no nos deja pensar con claridad, y el miedo atenaza nuestra mente. Así que no se sabe si inspirado por la llamada inaudible del árbol que tenía delante o por sus propios pensamientos y deseos de protegerse, se encaramó rapidamente en las ramas más altas del Árbol de Oro, mientras la bestia de ojos rojos se incorporaba lentamente manchando la nieve de una sangre roja oscura, casi negra, casi tanto como el aura que le rodeaba.

Miró amenazadoramente al enano subido en el árbol. Este permanecía blandiendo amenazadoramente el hacha en sus manos y apenas lograba soportar el cruce de miradas de aquel animal. Aún así, joven e inexperto, como le pareció al Arbol de Oro, aquel naugrim tenía mucha valentía. Casi cualquier otro ser, a excepción de un gran elfo o un humano experimentado, jamás plantaría cara a un ser tan poderoso y sombrio como lo era el huargo. Extraña raza aquello, pensó durante un segundo. Extraña y de voluntad fuerte.

Y justo cuando llegó junto al árbol este sintió un dolor y angustia repentina. Dolor y angustia porque sintió dentro de él las garras de aquella bestia, quien se alzó sobre sus patas traseras y clavó fuertemente sus garras delanteras en el tronco del mismo, desgarrandolo inmisericorde mientras miraba con ojos inyectados en odio al enano que permanecía unos metros más arriba. El Árbol de Oro sintió una mezcla de dolor y de odio ante aquello, y fué entonces cuando descubrió que todos los seres, incluso él mismo, eran capaces de albergar en su interior ese sentimiento.

Andir

N. del Autor:

Esta Historia será cerrada en breve de esta Sección del Taller de Historias, para continuar en la Sección de Historias de la Guerra de los Clanes. Alli podreís seguir esta curiosa historia de El Arbol de Oro.

Andir

Fauces Sombrías rugía estruendosamente mientras continuaba clavando sus afiladas garras en el tronco del Arbol Dorado. Las infectas babas que salían de su boca resbalaban sobre el mismo y pronto llegaron a la misma tierra de la que se alimentaba el árbol. Este seguía notando como a medida que aquella bestia hundía más y más sus uñas en su corteza más iba aumentando su odio hacía aquel ser oscuro. Jamás pensó que algo así pudiera existir sobre la tierra, no entendía como los dioses o los creadores del mundo podían haber puesto a seres tan dispares dentro de la misma tierra. Esos eran los caminos extraños que usaban ellos para demostrar su poder, o quizás el mismo mundo no era sino un enorme tablero de ajedrez sobre el cual los distintos poderes primigenios se jugaban su poderío; pero era tal la desazón ante toda la Creación en su conjunto que el joven Arbol Dorado se planteó si todo aquello, su existencia y la del resto de los seres que habitaban aquel mundo, el Mundo mismo quizás, no fuera más que una enorme broma del Creador, que reía estruendosamente al ver como aquellas infimas criaturas luchaban entre ellas por salvar sus inutiles vidas. Y aquel último pensamiento fué lo que más le dolió de todo y la desesperanza y la desconfianza en ningún ser le ganó por completo el corazón. Ojalá alguno de aquellos Valar estuviera allí en aquel momento y podría ver su ira, y quizás sufrirla, pues grande era el odio ante todas las cosas que sentía en aquel momento el árbol.

Entonces el huargo de subito dejó de clavarle las garras y se limitó a dar vueltas alrededor de él. Miraba hacía arriba, fijamente, hacía el joven naugrim, que no paraba de temblar, puesto que ahora era realmente consciente del peligro que le aguardaba, solo frente a aquella bestia diabolica, allí en medio de aquel páramo desierto. Intuía que no saldría con vida de aquella jornada, y se maldijo repetidas veces a si mismo por haber optado días atrás por seguir por aquel camino campo a través.

De repente el huargo se detuvo bruscamente y volvió a incorporarse sobre sus cuartos traseros. De nuevo sintió dolor el Arbol de Oro, dolor y un odio irrefrenable hacía aquel ser abyecto y cruel. De sus heridas manaban ahora grandes chorros de una savia color miel dorada que se mezclaba con las oscuras babas de Fauces Sombrias, mientras este comenzaba a hablar con voz gutural en la lengua Común.

- No debiste adentrarte en la meseta barbudo.- comenzó.- Los de tu raza no están hechos para semejantes territorios. Más te valdría haberte escondido entre las peñas y rocas de las montañas como suelen hacerlo las ratas como tu.- y rió sonoramente con una risa opaca y cruel.- No verás el día de mañana, quizás ni la noche de hoy. Nadie hiere a Fauces Sombrias y queda impune, recuerdalo cuando te arranque el corazón.- concluyó mirandoló taimadamente.

El enano no le respondió, pero las palabras del wargo no hicieron mella en su animo, más bien sufrió el efecto contrario, pues orgullosos de ser de su raza son los hijos de Durin, y no hay mayor ofensa para ellos que una mofa a la generalidad de su especie. Pero nada dijo de momento puesto que se levantaron grandes nubes de polvo de subito alrededor de aquel lugar.

El viento cambió y se hizo más fuerte de repente. Las ramas del Árbol Dorado se agitaron violentamente y a punto estuvieron de hacer caer al enano, que se sujetó con fuerza a las mismas para evitar caer. El huargo cerró los ojos durante unos instantes y se echó al suelo para evitar en lo más posible que la tierra se le metiera en los ojos. Cuando volvió a abrirlos la vió.

Andir

Y ella lo vió.

De hecho, lo había visto desde mucho rato antes, cuando este perseguía sin descanso a aquel enano por la llanura pedregosa. Con su vista penetrante habia divisado desde lo lejos la veloz carrera del huargo y como su correr acompasado y constante le acercaban cada vez más hasta su victima. Temió entonces un fatal desenlace, y decidió que aquel hijo de Durin no iba a morir aquel día, no al menos en su presencia, encaminandose luego hacía aquel lugar con rapidez. Ella misma huía de algo, no sabía exactamente de que, pero aquel viento extraño seguía sus pasos.

Sus miradas se cruzaron y el aire existente en aquellas docenas de metros que los separaban se tornó de repente sofocante y el ambiente se volvió irrespirable. La tensión se quebró tras largos minutos de silencio. Nada se oia alrededor de aquellos dos seres, nada existía en aquel lugar aparte de ellos dos, ni el Arbol Dorado, ni el enano, ni la gran roca negra, ni el arroyo que curría ahora justo a los pies de aquella elfa.

Puesto que de una Sindar se trataba. El rostro alargado y blanco no disimulaba las penurias que había tenido que pasar en los últimos tiempos. Su huida de aquello que la perseguía no era fácil, porque sin ser un peligro, era algo extraño, sabía que algo o alguien la seguía, pero tan solo era una percepción que tenía, nada real que hubiera visto, algo extraño, notaba como todo lo que había creido o había sentido alguna vez fuese irreal... lejano... ajeno a si misma... alguien buceaba en su interior, la buscaba; podía notarlo claramente dentro de su mente, sobre su piel; y ese viento... extraño y oscuro...ese viento que la cubría desde hacía días, arrastrando nubes de polvo delante de ella como la tormenta arrastra las hojas caidas de los arboles en otoño.

El gran huargo la miraba extraño y algo perturbado, pero pasada la sorpresa inicial, Fauces Sombrías rió para sus adentros pensando que el festín que tenía previsto para ese día iba a ser aún mejor de lo que pensaba. Ya aquel naugrim carecía de importancia, su atención se centraba ahora en la elfa rubia que había aparecido casi por arte de magia en la llanura. Le inquietaba, pero no la temía. El Gran Huargo no temía a nadie, al menos, a nadie de este mundo, porque también sabía que había poderes que caminaban sobre el mismo con los cuales era mejor no tener problemas. Fue entonces cuando la voz gutural de aquella bestia rompió el silencio circundante con palabras de amenaza y desdén.

[Editado por Nargothrondhim el 23-11-2004 23:22]