Tras de sí largas semanas de duro viaje, con escasas paradas para reponer fuerzas. Senderos entre bosques, lejos de caminos transitados. Tenía que desaparecer sin dejar rastro.
No sabía con exactitud cuanto se había alejado de la Tierra Media, pero sabía que bastante, quizás lo suficiente para que hubieran desistido en su búsqueda. Aún así prefirió seguir un poco más... y un poco más...hasta que casi desfallecida llegó a lo que parecía un puerto. ¿El mar? ¿El Océano? ¿Dónde estaba? Lejos de tierras conocidas, eso seguro.
Decidió sentarse a la sombra de una de las casetas de pescadores y hacer memoria. Había viajado siempre hacia el este, siempre siguiendo el amanecer y a la par ocultándose de él. Desde Rohan y rodeando la cordillera sur de Mordor hasta... ¿Hasta dónde? Había cruzado un denso bosque, de árboles muy altos y extrañamente silencioso... demasiado, pero hermoso, aunque agobiante, como si el bosque mismo pudiera oírla y nutrirse de ella. Quizás fue aquella sensación la que la desvió de su ruta.
Rebuscó entre sus ropas el mapa que llevaba consigo y que hábilmente había robado en una biblioteca. Lo llevaba bajo su ancha camisa blanca, que estos días había perdido bastante su color puro y había pasado a mostrar las típicas marcas de un largo viaje, y enganchado en la goma de su pantalón pirata marrón.
Lo extendió sobre sus rodillas e intentó situarse. El Sol era demasiado fuerte aquella mañana y le costó centrar la vista en el dibujo, pero hizo un esfuerzo y aunque lo viera algo borroso, siguió:
> Un puerto... un puerto...pues yo no lo veo. A ver, aquí esta Mordor y si pasé un bosque tuvo que ser éste...y esto es el mar...así que me tengo que encontrar en este borde del mapa... pero exactamente ¿Dónde? ¡Aquí no viene ningún puerto, siquiera una aldea! Vaya timo de mapa que he robado.
Refunfuñando volvió a guardárselo e hizo ademán de levantarse, pero un leve mareo se lo impidió. Fue en aquel momento en el que su estomago la gruñó. La última vez que recordaba haber comido algo, fue en aquel misterioso bosque, pero de eso hacía ya más de un día. Decidió pasarse primeramente por los puestos del mercado del puerto y después ya se preocuparía de otras cosas. No tuvo problemas en hacerse con algo de pescado que repartió entre ella y su gata. Pocas veces viajaba con ella, siempre le daba la libertad de elegir su destino, no tenía porque seguirla a donde ella fuera, después de todo no se comportaba como su dueña, sino como una amiga. Solía hablarla de vez en cuando aunque Tierra, pues así se llamaba, contestaba con sus característicos maullidos o cuando se aburría se marchaba dejándola con la palabra en la boca. Compartía su comida con ella y a cambio la gata solía ayudarla en algún que otro dificultoso robo. Había mucha complicidad entre ellas, como para dejarla olvidaba en la Tierra Media. No. En un viaje tan largo no podía abandonarla, pues hubiera sido difícil para Tierra dar con ella. Y ahora estaban las dos, sentadas a la orilla del mar comiendo pescado crudo. Asqueroso, pero le daba exactamente lo mismo. Prefería comer eso antes que desmayarse.
Cuando hubo descansado un poco, le preguntó a uno de los pescadores sobre su situación.
> ¿No sabes donde estas? ¿Te golpeaste y perdiste la memoria? – se reía enseñando su amarillenta dentadura – Te encuentras en Haldánori, las Tierras Ocultas, concretamente en el puerto de Hecilondë. – expresó con gravedad para infundirla temor.
Elorah no hizo más que mirarle con indiferencia y regresó hasta la rampa del puerto que daba acceso a los barcos. Regresar no podía y avanzar... era la única salida que le quedaba. Había un navío que estaba siendo cargado, seguramente para partir esa misma tarde. ¿Cómo subir a él? Nunca había intentado infiltrarse en un barco, la verdad es que era la primera vez que veía uno y por tanto el mar. Eso no indicaba que no supiera nadar. Le gustaba pasar las horas muertas bañándose en los lagos que encontraba a su paso, cuando tenía tiempo para ello, y ahora viendo su reflejo en el agua, pudo apreciar su aspecto. Necesitaba un buen chapuzón.
Dejó que Tierra llegará a una de las amarras, la cual tranquilamente lo cruzó con sus aires de grandeza y estilo, llegando así hasta la cubierta. Bien, ahora era el turno de ella. Sin pensárselo mucho se tiró al agua. Estaba fría y se le entumecieron rápidamente los dedos, así q tuvo que nadar apresuradamente hasta el barco. Alcanzó uno de los amarres más bajos y posteriormente escaló hasta alcanzar la zona de los camarotes más bajos. Buscó uno que no pareciera que fuera a ser ocupado y se quitó la ropa envolviéndose rápidamente en una manta que encontró sobre una de las estanterías. Tras eso se quedó acurrucada en una esquinita intentando entrar en calor... el cansancio hizo el resto y pronto se durmió.
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Pasados 2 días, el navío arribó a puerto. Había sobrevivido gracias a la poca comida que conseguía robar de la cocina sin ser vista, algo muy difícil pues eran muchos los que trajinaban en aquella zona. Así que algo débil, pero con entusiasmo, marchó de allí, pero esta vez nada de zambullirse en las frías aguas. No. Esta vez, buscó uno de los carros de los mercantes que portaba paja y se escondió entre ella. Pero no se limitó a salir del barco, sino que dejó que el carromato la portara hasta cualquier lugar al que fuera. Tampoco se preocupó mucho por Tierra, ella sabría cuidarse sola por un tiempo. Ahora que estaban lejos del continente medio, podrían regresar a la libertad y continuar con sus vidas.
Primera parada: Una gran ciudad. Interesante. No esperó más y se bajó allí mismo. Parecía un sitio atrayente. Un barrio de comerciantes. Decenas de puestos. Personas de un lado a otro con macutos llenos de comida, objetos... el paraíso de los ladrones.
El anochecer estaba cayendo y la luz del sol era tan tenue que no le molestaba a sus especiales ojos. Todo estaba en calma. Sin embargo, cuando estaba a punto de hacerse con una buena barra de pan, un sonido característico de una compañía patrullando la sobresaltó.
> Iba a pagarlo – se apresuró a decir, pero se dio cuenta de que no iban por ella, simplemente cruzaban el mercado, un paso rutinario para seguramente llegar a otra zona de la ciudad, quizás existiera también un barrio de soldados...
>¿Cómo dices? – pero el tendero si se había percatado de su presencia y ahora la miraba con una cara de antipatía y odio.
>Je... – y con una risa nerviosa salió de allí corriendo no sin antes chocarse con uno de los soldados – ups
Pero éste no pareció prestarle mucha atención y continuó su marcha. Sin embargo, ella si se fijó en él, o más bien, en el brillante anillo que portaba en su mano y se dijo a si misma que se haría con él antes de que acabara el día.
Siguió a la compañía hasta su barrio correspondiente y estudió la casa en el que el soldado, que por lo visto parecía poseer un alto rango, había entrado. No mucha vigilancia, pero aún así parecía un lugar de importancia. Una habitación continua y vacía con una ventana abierta, fue su puerta de entrada. En su interior encontró algunas armaduras, diversas espadas y varias capas. No eran precisamente de su talla, pero consiguió que no parecieran tan grandes con unas puntadas rápidas hechas con el hilo y aguja que siempre llevaba consigo en uno de sus tantos bolsillos. La verdad, que semioculta por aquella capucha y con el pelo corto, parecía un hombre, no muy alto ni corpulento, pero en el fondo un hombre. Cogió con firmeza una de las espadas y cuando nadie miraba, entró dirigiéndose con decisión hacia el soldado de alto rango. Ofreciéndole la mano y agravando todo lo que le fue posible su voz, le habló:
> Mi nombre es Ardak, hijo de...... ¡Greing!. Largo ha sido el camino recorrido, pero sé que ha llegado el momento de servir a mi Tierra y defenderla de cualquier intruso que ose usurparla. Por ello aquí estoy frente a usted para ofrecerle mis servicios.
Mantuvo la mano en posición de ser estrechada, esperando el momento preciso para hacerse con aquel flamante anillo.
