Edicion 2
Haldanóri, Las Tierras Ocultas
Finalizada · 08-09-2004
Narmelost - La Ciudad Del Poder De Fuego
2005:11:24:15:13:30
Delisse Yestariel
Al Norte de la ciudad, Morelimbar recibía las aguas de su afluente, Arkanelle, el Arroyo Estrecho. Aunque este riachuelo no era profundo, lo cierto era que sus aguas eran turbulentas y frías, pues una gran cantidad de remolinos se escondían bajo ellas.
Resguardada por los ríos se hallaba la capital, Narmelost, La Ciudad del Poder de Fuego. Rodeada de un enorme río de lava ardiente, a modo de foso, que nacía de una cascada procedente de las mismas entrañas de las montañas. El nombre de la cascada era Yagnárë, Barranco de Fuego, pero el río fue llamado Nar-Falmar, Ola de Fuego.
Varios puentes sobre Nar-Falmar permitían llegar a la ciudad. Las casas, de diferentes estilos y arquitectura, una cosa tenían en común, y era que todas ellas estaban construidas de negra piedra, del mismo material que la piedra de Orthanc. Grandes herrerías, enormes establos, barracones para el innumerable ejército de Nurn...
En medio de la ciudad está la Fortaleza Negra, pues estaba enteramente tallada en roca negra, como un gran espejo tintado en negro, sus tres torres formaban un triángulo perfecto, como tres picos que se elevaban al cielo casi hasta el infinito. Es Morna Selmë, La Voluntad Negra, donde los pendones con el emblema del Clan, la Llama Roja, ondeaban con el viento.
Las enormes torres, estaban talladas con diabólicas imágenes y oscuras palabras, frisos con impresionantes gárgolas de rostros horribles, poseían grandes ventanales que se abrían al horizonte, y terminaban en tres picos altos y negros también. Una gran puerta, semejante a la boca de un dragón, se hallaba en el centro, de puertas tan resistentes que ni un Balrog podría huir o penetrar por ellas.
La Torre del Norte, Rúnya Mindon, era la Torre de la Llama Roja. Tomaba su nombre como símbolo del Clan, pues era en ella donde se encontraban las salas destinadas al gobierno de Nurn. Allí estaba también la Sala del Consejo, una sala llena de luz, debido a que estaba totalmente abierta a los lados por grandes arcos tallados. En la cúpula circular había un gran fresco, donde estaban relatados los hechos más destacados de la historia del Clan. En el centro de la sala, había una gran fuente de piedra negra tallada decorada con exquisitas filigranas de mithril, por la cual descendían pequeñas cascadas, pero no de agua, sino de sangre. En un lado de la estancia un gran tapiz con el emblema del Clan bordado en ithildin, bajo el cual se encuentran los Tronos del Consejo, pues todos son iguales, y se distribuyen hacia los lados de la sala. Veinte Tronos tallados en marfil, con delicadas ornamentaciones en negro galvorn. En el respaldo, un delicado conjunto de diamantes y rubís, y grandes almohadones de seda negra.
La Torre del Este, Elenmorna, era la Torre de la Estrella Negra, y la Torre del Oeste, Taltárion, era La Torre de la Derrota de la Luz. En ellas se encontraban dispuestas las grandes habitaciones destinadas a los Señores de Nurn, vivieran o no permanentemente en ellas.
En los niveles subterráneos de Narmelost estaban las Mazmorras de Nurn, llamadas también, Yaimë Farnë, La Morada del Llanto.
[Editado por Indil el 12-10-2004 21:54]
Delisse Yestariel
Como una sombra se deslizaba silenciosamente sobre las piedras negras que conformaban el camino trazado... La luz mortecina iluminaba apenas su rostro, pues la capa negra que llevaba cubría su cuerpo casi al completo.
Mientras ascendía rápidamente por el camino, no emitía sonido alguno, ni pasos, ni el ruido de la capa al ondear al viento, ni siquiera su respiración; como si se hubiera traido consigo el mismo silencio de muerte de Taur-dîn-Tirith.
Pero más allá de su figura, ecos de sonidos lejanos llegaban a ella. Los orcos nunca habían sido seres silenciosos, y aunque a base de duras lecciones habían aprendido que muchas veces era peligroso para ellos perturbar la paz de sus Señores, los ecos de su cotidianeidad se percibían por las calles desiertas en la madrugada.
Pero aquella figura oscura tenía prisa, y no estaba dispuesta a dar lecciones de comportamiento a nadie, aunque fueran en las placenteras Mazmorras de Nurn.
Había marchado de Narmelost hacia bastante tiempo, pues aquellas a quienes consideraba su pueblo, creado de su misma maldad, estaban inquietas. Ahora sabía por qué. Las fronteras nunca habían sido seguras, pero ella sabía que poco a poco la mínima seguridad que habían conseguido desaparecería un día... Y la guerra volvería con su penetrante olor a sangre y descomposición...
Ahora regresaba a Narmelost, y la oscuridad de Morna Selmë se hacía más oprimente que nunca. Aquella Negra Voluntad hecha de roca viva parecía saber casi con más certeza que ninguno de ellos lo que se avecinaba.
Al llegar a la puerta la Guardia Negra hizo ademán de acercarse a detenerla, pero ella echó hacia atrás la capucha, y sus ojos violeta la identificaron sin necesidad de pronunciar palabra alguna.
Subió las amplias escalinatas talladas, y se dirigió directamente a sus aposentos, en Taltárion, donde esperaba poder descansar hasta el amanecer... Algo más tarde buscaría a quienes había venido a buscar, si es que la fortuna quería que estuvieran allí. Pero por ahora, todo podía esperar... Y lo que a Delisse la esperaba era un merecido descanso.
Nulkaiel Milyawen
Estaba inquieta, era una de esas noches en que sabía que no pegaría ojo, el sueño no acudiría y no habría descanso para ella esa noche. Tampoco lo necesitaba, pero sentía que perdía el tiempo allí tumbada entre las negras sábanas de seda, dando vueltas de un lado para otro, y comenzaba a desesperarse. Se levantó enrollándose la sábana al cuerpo, las cálidas noches habían quedado atrás. Se acercó hasta uno de los grandes ventanales y lo abrió de par en par. El viento siseaba como si estuviera dolorido, y un escalofrío recorrió la espalda de Nulkaiel.
Desde el cuarto y último nivel de Rúnya Mindon tenía una buena vista de la Fortaleza y de toda Nármelost. Qué hermosa se veía de noche. No muy lejos la vista podía deleitarse en el foso que había a las afueras de la ciudad con su río de lava, una pequeña y juguetona serpiente roja que ponía un punto de color entre tanta oscuridad.
A pesar de las horas que eran había bullicio en las calles, borrachos, soldados que dejaban de hacer sus guardias por unos segundos para charlar con los compañeros, y gente que prefería la noche para llevar a cabo sus trapicheos..
Volvió la vista hacia el Oeste, y allí estaba imponente Taltárion. Algo le llamó la atención, pues había luz en los aposentos de Delisse, \"ya ha vuelto\" -pensó. Hacía varias semanas que les había dejado, en una de sus misteriosas partidas. Seguro que había ido a verlas, y eso significaba que traería noticias.
La luz desapareció. Tendría que esperar unas horas para hablar con ella.
Miró de nuevo hacia Nar-Falmar, la Ola de Fuego, como conocían en la ciudad al río candente, y con la vista perdida en él, empezó a recordar el primer encuentro con la Maia, como ella había sido su salvación.. y sin darse cuenta el alba empezaba a despuntar. Cerró la ventana, y regresó de nuevo a la cama, aunque sea intentaría descansar un rato, y luego iría a verla.
Aniron Elentar
Anar, solemne, buscaba el fin de la noche, elevando su luz sobre la línea del mar. Las aguas rugían con la llegada del Viento del Norte. Isil, orgulloso y rebelde, se resistía a dormir, y las estrellas se imponían todavía al primer azul del cielo. Las briznas de oscura hierba se estremecían, ante el leve retumbar de la infértil tierra. Los secos arbustos, a orillas del Avanen Ehtelë, comenzaron a ser mecidos por las caricias de un terrible lay. Las negras ramas imponían sus primeras sombras, despreciando la última mirada de Elbereth, quien resistía a cerrar sus ojos, pues no quería dejar de iluminar los pasos de su hijo. La bruma inundaba el aire al norte del Lago Prohibido, ocultando la visión de Narmelost en el horizonte. Pero al final siempre aparecía, desafiando a la luz. Como si Númenor entera hubiera cruzado el mar, las paredes de piedra negra atraían a la última semilla de Morgoth. Pero era la majestad de Morna Selmë la que de lejos llamó al viento traedor de versos. Las grandes puertas de la torre se abrieron, para dar paso al servidor del Poder del Odio y la Muerte, sin que ningún centinela le diera el alto. Pues era traedor de luz, aunque también de tinieblas, y nadie se atrevió a interponerse en su camino, ni a enfrentar su mirada. Pues el terror viajaba con él, y la muerte besaba sus pasos. Las puertas de la sala del trono se abrieron, y un gran viento despertó a Shulak de sus pensamientos. El aroma que se respiraba, trajo ambición y sed de sangre al Señor de Nurn. Pero ni siquiera esas sensaciones eran comparables al hechizo de la voz que llegaba, recorriendo cada uno de los rincones de la estancia. Impregnando de realidad los deseos de venganza y los sueños de destrucción.
Un negro corcel, atravesó el enorme arco de la puerta. Su brillante pelaje refulgía a la luz de los ventanales. De plata eran los estribos, así como todos los adornos que dignificaban su imagen. Sobre él, una figura imponente, oscura y misteriosa. El jinete saltó a tierra.
- \"¿Quien sois? Descubrid vuestro rostro\" - ordenó Shulak, fascinado por aquella presencia.
El misterioso personaje retiró su capucha.
- \"Salve Shulak, Señor de Nurn. Largo camino he recorrido en busca de vuestro reino. Aquí estoy, pues este es mi destino. Mi nombre es Aniron Elentár, El Brazo de Melkor. Y a esta tierra me ataré, pues tan solo las piedras Utumno, pueden albergar mi espíritu\"
Aniron clavó su mirada en los ojos de Shulak.
- \"Si vos lo permitís..., por supuesto.\"
Shulak
Shulak, el que otrora sembrara la muerte en el Este, pasaba lentamente las hojas de un grueso libro que descasaba sobre la mesa del consejo. Él permanecía de pie, dando cortos paseos por la amplia sala, mirando a ratos por las altas ventanas, a ratos perdiéndose en aquel viejo libro. Había llegado allí en busca de Nulkaiel. Pero no la había encontrado.
Le habían llegado informes de que la guerra se precipitaba, de que los distantes clanes del Oeste se estaban preparando para la guerra. Nurn siempre estaba preparado, pero se debía avisar a las compañías avanzadas. Porque ahora, ya nada podía considerarse fortuito, todo debía ser juzgado con los ojos de la guerra.
Pero Shulak no tenía prisa, nunca tenía prisa, y se había entretenido con ese hermoso libro que alguien se había dejado sobre la mesa. Tenía grandes e impactantes ilustraciones, y contaba la génesis de Nurn en grandes y perfectas letras. Debía datar de los primeros años del clan y...
Unos golpes interrumpieron su lectura relajada.
Apareció un elfo de oscura cabellera que con arrogancia se presentó a sí mismo. -Quien haya dejado entrar aquí a este elfo lo pagará con su vida y su dolor- se dijo Shulak.
-Sois valiente señor, y por eso seguís con vida, no me gusta matar a valientes... aunque lo hago si me obligan a ello. Os recomiendo un poco más de cordura. Esto es Nurn.- Shulak calló un instante, luego continuó - Avisaré de vuestra presencia a Nulkaiel, Señora de Nurn, ella decidirá si vivís o si morís... puede que incluso se os acepte en esta sala, pero de momento salid de aquí- Shulak hizo una ligera reverencia queriendo suavizar sus duras palabras- Esperad en la antesala mientras reclamo la presencia de la Señora-
Shulak llamó inmediatamente a un esclavo, escribió dos notas y se las entregó: una para Nulkaiel, avisándola de lo sucedido, la otra citando al sargento encargado de la guardia, al que hoy arrancaría el corazón ante todos los soldados.
El esclavo, temblando ante la mirada amarilla del hombre-dragón, salió corriendo de la sala.
Shulak se dirigió al elfo -espero perdoneis nuestra dureza, pero vivimos momentos en los que no se puede vacilar-
[Editado por elfo_negro el 19-10-2004 22:50]
Nulkaiel Milyawen
Apenas llevaba dos horas durmiendo cuando entre sueños le pareció escuchar un canto, como si unos versos lejanos hubieran escalado por la roca y se hubiesen colado en sus aposentos queriendo despertarla. Sin embargo, fue otra cosa lo que la hizo sobresaltarse pues sintió que la tocaban en la espalda. Sin pensárselo dos veces se dio la vuelta y agarró por el cuello al intruso.
-soy yo señora! -dijo la esclava con esfuerzo. -la mano de la noldo estaba asfixiándola.
-necia, no vuelvas a hacer eso, me has asustado, la próxima vez quizá no tengas tanta suerte. Espero que tengas una buena excusa.
-han traído esto para vos.
La esclava sacó un pequeño papel y se lo entregó a la elfa mientras se frotaba el cuello dolorido.
Al desplegarlo reconoció la letra inmediatamente, y sintió curiosidad por saber que quería el de ojos amarillos.
- ¡Maldita sea! Tendré que cambiar los planes.. Rápido trae mi ropa, y avisa a Delisse. Dile que me gustaría verla, que si quiere estaré en la Sala del Consejo.
La sirviente asintió y marchó sigilosa a cumplir su cometido.
Mientras se vestía apresurada volvió a pensar en la nota de Shulak. Alguien había sido lo bastante estúpido como para permitir la entrada de un extranjero, pues no se tenían noticias de la llegada de nadie en esos días. Si los centinelas habían abandonado su puesto lo pagarían caro. Había bastantes cosas que aclarar esa mañana y la más importante era averiguar quién demonios era ese por el que se estaba armando tanto revuelo.
Allí estaban junto a la puerta, los dos Guardias que vigilaban el cuarto nivel, nadie entraba en los aposentos de Nulkaiel sin que ellos lo supieran. Le hicieron una ligera reverencia de cabeza y volvieron la vista al frente. Sabían que si ella no indicaba otra cosa debían permanecer ahí.
El taconeó de las botas resonaba por las escaleras a esas tempranas horas. Pronto la actividad sería frenética. Pasó por la antesala terminando de ajustarse el cinturón de mithril sin mirar nada más, pero en el preciso instante en que abría las puertas de la Sala, notó una presencia. Giró lentamente sobre sus talones y vio a una misteriosa figura apoyada en la pared. Sus dos grandes ojos negros se clavaban en ella escrutándola.
- Os esperan, mi señora. -dijo un soldado abriendo las grandes puertas
Mientras la elfa entraba por uno de los arcos tallados, varias preguntas acudían a su mente.
-Alasse aurë Shulak. Afuera hay un elfo esperando, supongo que es él, ¿te ha dicho quién es? y ¿cómo ha llegado hasta aquí tan libremente?
Shulak
-Dice llamarse Aniron Elentár- dijo Shulak con voz átona. -pretende formar parte del Clan, parece valiente, y su corazón es sincero, y es más poderoso de lo que aparenta- calló un instante y luego reemprendió el diálogo con un susurro, para que sólo la elfa lo oyera -pero necesita una lección de modales, es arrogante como todos los noldor, a faltado poco para que entrara con el caballo en la sala del Consejo.- y le dedicó una sonrisa maliciosa a la elfa- tú lo entenderás mejor que yo... yo he estado a punto de lanzarlo por la ventana.-
Otra sonrisa se dibujó en su cara, pero sólo era una máscara.
-En cuanto al modo como ha entrado- dijó subiendo el tono para que el elfo lo oyera - Ha sido un error que no se repetirá. Hoy morirá el estúpido que le ha franqueado el paso sin informar a nadie... Esto es Nurn.- Y la furia se dibujó en su rostro, pero de nuevo era una máscara.
[Editado por elfo_negro el 20-10-2004 20:57]
Aniron Elentar
Aniron observó los inquietantes ojos de Shulak. Adivinó la gran fuerza que albergaba su interior. El poder de sus músculos era evidente. El elfo sonrió levemente al hombre gusano.
- \"Como deseéis\" - contestó con una ligera reverencia - \"Impaciente estoy por conocer a quien debe decidir mi vida o mi muerte. Nunca antes me encontré ante una situación tan embarazosa. Mis respetos.\"
El noldo cogió las riendas de su caballo, y se dirigió hacia la puerta. Mientras salía de la sala, pensaba en lo divertido de la situación. Pobres guardias, ¿serían capaces de matarlos por no detenerle? Si lo hacían, sabría que no se había equivocado de lugar. ¿Y que ocurriría si decidían matarlo a el también? Sería interesante que fuera así.
Aniron observó la antesala. El techo se perdía en la altura. Casi no se adivinaba donde se encontraba, pues la oscuridad de aquella fortaleza ocultaba la piedra negra de la que estaba construido. Del mismo material estaban fabricadas las enormes columnas que escoltaban el pasillo central. El elfo se quedó allí esperando, apoyado en una de las frías paredes. Adoraba la textura de esa piedra. Recordaba el gélido tacto de la muerte.
El claro sonido de unos tacones llegó a través de las escaleras que daban a los niveles superiores. Aniron permaneció expectante. La puerta de acceso a la sala se abrió, y apareció una figura alta y esbelta. Se trataba de una dama elfa. Su cabello caía sobre los hombros, liso como las cobrizas aguas de Tarkaire en los días tranquilos. Su tez pálida como el mármol destacaba sobre el negro refulgente de su atuendo. Su vestido era ajustado en su parte superior, resaltando el femenino cuerpo. Estaba ceñido por un precioso cinturón de mithril, a partir del cual caía como una cascada en la noche. Su aspecto era frágil, y su piel se veía delicada. Pero Aniron pudo adivinar en sus grandes ojos la fuerza y el orgullo de los noldor, cuando sus miradas se cruzaron.
Las grandes puertas de la sala principal se abrieron, y un soldado se dirigió a la dama.
- \"Os esperan, mi señora.\"
Y Nulkaiel Milyawen desapareció tras el gran arco, dejando a Aniron Elentar envuelto en sus pensamientos.
Delisse Yestariel
Los tenues rayos de sol que iluminaban y daban algo de calor a la estancia se acercaron para despertarla suavemente, iluminando su rostro.
Su cuerpo agradeció el calor prestado, apenas cubierto por las sábanas de seda de color azul intenso. Y poco a poco comenzó a abrir los ojos, acostumbrádose levemente a la nueva intensidad de la luz.
Pero pronto recordó qué cosas la habían llevado de vuelta a Narmelost, y se incorporó de golpe apartando las sábanas, saltando casi de la cama.
Avanzó rápidamente para atravesar la habitación, y al instante entró una doncella presta a atender a su Señora.
Delissë se dejó hacer no sin varios comentarios acerca de la lentitud de la doncella, y su torpeza... Hasta finalmente echarla de allí sin miramientos. Terminó de vestirse ella misma, y dejó sus largos cabellos ondear libre al ritmo de sus pasos. Se ajustó la espada, y enfundó sus dagas sin perder casi un instante, y salió al pasillo para dirigirse directamente a la Sala del Consejo... A medio camino un sirviente se acercó a ella, y le susurró unas leves indicaciones. Ella simplemente asintió y siguió su camino... Más imprevistos....
Cerca de la puerta había un elfo, y ella pasó sin mirar siquiera... si bien tomó conciencia de él rápidamente. Un poder oculto pensó... Pero siguió adelante, sin demostrar ni el más mínimo atisbo de haber reparado en él.
Un soldado abrió la puerta, inclinándose reverentemente. Ella le lanzó una despectiva mirada y entró sin más en la sala donde debía encontrar a Nulkaiel Milyawen y a Shulak.
Nulkaiel Milyawen
Soltó una carcajada sin poder evitarlo. No se prodigaba en reír tan abiertamente, pero aquel comentario sobre los noldor y de lanzarlo por la ventana le resultó divertido. Shulak.. siempre tan misterioso, nunca se termina de saber lo que hay detrás de esos ojos. Su Maestro militar no dejaba de sorprenderla, tenía la sensación de que por más que pasaran los años, no llegaría a conocerlo del todo.
\"es más poderoso de lo que aparenta\".. esas palabras todavía resonaban en su mente. Definitivamente habría que conocer a ese extranjero, quería comprobar por sí misma si era tan poderoso como predecía el Oriental.
-sé que te encargarás del centinela.. pobrecillo -dijo con tono irónico. Pero hay algo que me molesta bastante en este asunto, y es tener que desprendernos de un soldado cuando la guerra nos llama. Espero que el resto tomen buena nota de lo sucedido y no se vuelva a repetir. Estos inútiles a veces llegan a ser un fastidio.
Un soldado se acercó para anunciarles la llegada de Delisse
- que entre, la estábamos esperando.
El soldado se encaminó hacia la entrada para abrirle las puertas a la Doncella del Odio.
- saludos hermana. Me alegra que hayas regresado a Nármelost, empezaba a añorarte.
- Saludos. Tenía algunos asuntos que tratar -dijo guiñándoles un ojo. -¿Qué ha ocurrido exactamente?
Shulak le hizo a la Maia un resumen de lo acontecido. Y los tres estuvieron de acuerdo en tener una pequeña charla con el misterioso elfo. Cuanto antes acabasen con el tema, antes podrían dedicarse a otros asuntos. Aunque.. tal vez la conversación fuese más interesante de lo que podía parecer, pues no todos los días alguien irrumpía de esa manera en Nurn. Pronto saldrían de dudas. La noldo ordenó al guardia que custodiaba la puerta que dejara pasar al elfo.
Le vio avanzar con paso tranquilo, lo que la permitió contemplarle detenidamente y fijarse más en los detalles. Lo primero que llamó su atención, fue una cadena de plata rodeando su cabeza y el broche que pendía de ella. Le daba un aire regio y curioso. A pesar de la túnica y las ropas, se adivinaba su fuerte complexión que, unida a su elevada estatura, le hacía más imponente. El negro de su indumentaria contrastaba con el brillo que desprendía el mithril de la coraza. Hacía tiempo que no veía una tan bien hecha.
Por la vestimenta quedaba claro inmediatamente que no se trataba de un elfo cualquiera. Sí, sería interesante..
Delisse Yestariel
Fijó la mirada en el elfo que atravesó la entrada con porte orgulloso, y ladeó la cabeza levemente mientras lo examinaba. \"No es de extrañar que el soldado lo dejara pasar libremente... - pensó - Por el porte y la mirada, cualquiera pensaría que es uno de los nuestros. Orgulloso y oscuro.\"
Delissë permaneció en silencio, pues no sería en este caso la primera en hablar, en modo alguno. Prefería que cualquiera de sus hermanos llevara a cabo las preguntas necesarias... Y ella simplemente se limitaria a observar con atención.
Se dió la vuelta y se dirigió hacia el sillón reservado para ella. Las cuentas de su falda se deslizaron suavemente a lo largo de sus piernas mientras caminaba, emitiendo un leve tintineo. Se reclinó levemente en el sillón, y sus largas piernas asomaron ligeramente por las aberturas de la falda.
Su dulce rostro, apenas se veía ligeramente iluminado por la desidia que emanaban en ese momento sus bellos ojos de color violeta intenso.
Alargó la mano y tomó una campanilla que descansaba sobre una pequeña mesilla alabeada al lado de su sillón. \"Quizás es el momento de que nos sirvan algo... - pensaba - Algo más que la cabeza del guardía que pronto rodará por las calles de Narmelost\"
Aniron Elentar
Una dama de gran belleza accedió a la Sala del Consejo. Al pasar cerca de Aniron, no hizo ni el más mínimo gesto. Pero éste percibió un gran poder en ella. Desde luego, era una Señora de Nurn.
Uno de los guardias abrió la puerta, e hizo un gesto con la cabeza. No osó mirar los ojos del elfo, ni proferir palabra alguna. Aniron susurró algunas palabras en el oído de su corcel, y se dirigió hacia la gran sala.
- \"Yo que tú, no lo tocaría\" - advirtió al guardia, mientras pasaba a su lado. Éste asintió con un gesto, mirando siempre al suelo. El elfo entro tranquilamente, y el guardia cerró las puertas tras él. En la sala se encontraban Shulak, la elfa de pálida piel, y la dama que acababa de ver entrar, sentada en un sillón.
- \"Salve Shulak, Señor de Nurn. Aquí estoy de nuevo. Y mis respetos para tan dignas damas. Veo que no es tan yerma la tierra de este pueblo como yo pensaba. No serían tan bellas las flores que la enaltecen en caso contrario\" - saludó Aniron, con una ligera reverencia – “Creo que una de ellas tiene mi vida en sus manos. Impaciente estoy por saber quien es.”
La elfa de tez pálida y cabello cobrizo se dirigió a él, sin hacer comentario alguno sobre las palabras del noldo – “Y bien, decidnos ¿Quién sois y qué buscáis en estas tierras?”
Aniron miró fijamente a la elfa a los ojos – “Mi nombre es Aniron Elentar. Brazo de Melkor. Servidor del Señor del Odio y la Muerte. Un gran poder me ha traído hasta aquí. Una poder oculto. Sin duda mi señor ve en este lugar el inicio de la oscuridad. La fuente de la que ha de manar el néctar más amargo que jamás bebieran los hijos de Iluvatar.”
El elfo sonrió levemente, sin dejar de mirar a la noldo, que permanecía atenta – “Soy fuego negro. Y mi hogar está aquí. En el infierno.”
El silencio se hizo en la sala, por un pequeño instante de tiempo. Pero un extraño y potente relincho lo rompió, seguido de fuertes ruidos de golpes. Un grito desgarrador fue el fin de tanta algarabía. Los tres Señores de Nurn llevaron su mirada hacia la puerta, como si pudieran ver a través de ella. Aniron amplió su sonrisa, sin apartar sus negros ojos de los de la noldo. Y éstos brillaron de placer, mientras susurraba unas palabras para sí mismo – “No debiste hacerlo. Te lo advertí. Pobre e infeliz gusano.”
[Editado por Aniron el 22-10-2004 21:34]
Nulkaiel Milyawen
Nulkaiel se quedó sorprendida al escuchar al extranjero.
\"Esa voz.. yo la he oído antes\" .. la elfa se aproximaba cada vez un poco más a él sin desviar la mirada y con el ceño fruncido.. -No, es solo el cansancio, no has dormido bien y ves cosas que no son, solo es eso\" -se dijo para sí misma.
Pero aquella voz le resultaba conocida. Se dio cuenta que todos esperaban que hablase, y despejó su mente. Pasaría por alto los comentarios del elfo y preguntaría directamente lo que les importaba.
\"Brazo de Melkor.. Elentar, Rey de las estrellas..\"
Un fuerte relincho seguido de un chillido les interrumpió, sin embargo el elfo no apartaba la mirada. Desde luego era osado pues no todos se atrevían a sostenerle la mirada de ese modo, pero además por la sonrisa dibujada en sus labios, era evidente que sabía lo que ocurría tras las puertas y le divertía.
-Ni un momento de calma.. soldado, abre las puertas.
Desde su posición pudo observar el espectáculo. Aquel militar muerto, aplastado por las patas del corcel y un pequeño reguero de sangre que salía de la nariz del desdichado.
-Por vuestra culpa un centinela morirá, y ahora vuestro caballo mata a otro.. en pocas horas dos muertes y aun no habéis usado vuestras armas-. Hizo una pausa -.. Vuestro corazón no siempre fue oscuro.. ¿en qué batallas participasteis?
El sonido provocado por las cuentas de la falda de Delisse hizo que mirara a su compañera allí sentada. No había aparentemente nada en su rostro que expresara desagrado ni disconformidad. Pero el hecho de que fuese enviado por Melkor, aquel que tanto odiaba ella… Esperaría su reacción. Shulak se mostraba hierático, no podía adivinar que pensaba. Y mientras esperaba la respuesta del noldo de cabellos negros, o que alguno de sus hermanos añadiera algo, volvió a tener la misma sensación..
\"sí, yo te oí, eras tú el que cantaba, ahora lo sé..\" pensó la elfa clavando sus ojos color miel en él.
[Editado por Neume el 24-10-2004 12:03]
Delisse Yestariel
Una doncella había entrado sigilosamente, y había expuesto ante ella una bandeja con copas de vino, y una fuente de fruta. Delissë ya había oido todo lo que tenía que oir. Se inclinó levemente y tomó de la fuente una uva, y una copa de vino. Jugueteó un momento con la fruta, pasándola entre sus dedos, y finalmente la saboreó, y tomó un sorbo del vino.
Delissë se acercó al elfo, mirándolo directamente a los ojos. Una sombra insondable habitaba en él, casi podía leer claramente la causa y la mentira que ensombrecía su alma.
\"Largos años han de pasar para que el velo de Melkor de lugar de nuevo a la luz, y para entonces será tarde. Ni aún derramando gota a gota su sangre podrá salvar ya su alma, destruida para siempre en la maldad que ahora lleva dentro de sí mismo. Aunque tal vez lo intente... Obra atinada parece...\", pensó, sin hablar aún.
- Escucha ahora, Servidor de Melkor - dijo mientras caminaba despacio y se acercaba a él. Y el tono irónico de su voz no pasó desapercibido a ninguno - No basta hablar bien de uno mismo para demostrar esa Oscuridad que tanto proclamas. No basta tampoco que halagues nuestros oidos con palabras dulces... Muchos antes que tú lo han intentado, y no estaban ni siquiera a la altura de medirse con ninguno de nosotros.
Delissë pasó por detrás de él, observándolo directamente.
- No se que pretende ver tu Señor en nosotros, pero esta claro que está más ciego que nunca si ve algún instrumento para su obra. Pues su final está claro, y sé a ciencia cierta que mis ojos han de verlo destruido, pues sólo por eso vivo ahora. No encontrarás nada aquí que enaltezca su persona... Nurn sólo se sirve a sí mismo, Amo y Señor de toda esta tierra. Cualquier atisbo de fé se abandonó en el camino hace ya mucho tiempo. - sonriendo, añadió - La mano de Melkor sigues, y no seré yo quien alivie tu ceguera. Siervo serás mientras no tengas conciencia de serlo, instrumento de una marioneta menor al servicio del Único... Alabemos pues su grandeza nuevamente, pues el servicio prestado es siempre el esperado.
Tomo un nuevo sorbo de vino, y rodeó al Noldo para mirarle directamente a los ojos.
- No obstante, no negaré que el poder que percibo puede ser útil a la causa que perseguimos... Si bien esta claro que antes deberás probarlo. - ella sonrió, esa sonrisa dulce que suavizaba su mirada, y la convertía en un arma capaz de derretir corazones - Piensa rápido... ¿hasta que punto deseas unirte a nosotros? ¿Serás capaz de jugarte tu propia vida en el intento?
Se acercó a él, y acercó sus labios a los de él mientras hablaba:
- Un duelo a muerte contra el más hábil de los nuestros... - un rápido movimiento, y situó su daga de marfil en el cuello del elfo, con la punta de la daga apuntando directamente a la yugular, mientras susurraba casi en un beso sus palabras - Enfréntate a él sin armas, y si vences, como un Hermano más serás para nosotros, a pesar de ser un Siervo de Melkor. Pero si pierdes, despedazaremos tu cuerpo aún con vida, y sus trozos sanguilonentos servirán de alimento para los lobos de Nurn.
Una leve gota de sangre surgió del cuello del elfo, que permanecía inmutable y reflejaba en la mirada el orgullo propio de los de su raza y la conciencia de su poder. Delissë se divertía, y no se molestó en esconderlo. Retiró la daga del cuello del hombre, y lamió la punta un segundo, antes de guardarla rápidamente. Se alejó despacio, y se recostó nuevamente en el sillón, mientras disfrutaba del sabor del vino y de la sangre...
[Editado por Indil el 24-10-2004 21:26]
Shulak
Cuando el elfo entró en la sala, Shulak se hizo a un lado, poniéndose en un ángulo que fuera dificil controlar al elfo y a distancia adecuada para atacar si hacía falta. Su pesada espada colgaba en su espalda, en la vaina.
Pero no haría falta usarla, Nulkaiel era rápida como el viento, y no se dejaría sorprender.
Y entonces... entonces la maia tomó la iniciativa. Shulak conocía a los hombres y a los elfos, los había estudiado durante siglos, pero la maia le sorprendía amenudo. Conocía su alma oscura, y aún veía la sangre deslizarse por sus manos, pero sus reacciones eran a veces imprevisibles. Y eso no le gustaba al hombre-dragón, porque él quería controlarlo todo, conocer tanto a amigos como a enemigos, poder colocarlos en una de las muchas clases en las que lo calificaba todo.
Los ojos amarillos de Shulak siguieron los ágiles y gráciles movimientos de la maia, sin dejar de estudiar la reación de los dos elfos.
Aniron Elentar
Aniron observó paciente, como la maia bebía de su copa, y disfrutaba de las gotas de antigua sangre. Shulak analizaba cada movimiento que se producía en la sala. Cada gesto. Cada mirada. La noldo de dulce apariencia, permanecía con sus ojos fijos en los del visitante. Éste, posó su atención en una grotesca gárgola, que adornaba una de las columnas del fondo de la habitación.
\"¿El final de Melkor?\" - el elfo arqueó las cejas, y sonrió ligeramente - \"El exilio alejó su espíritu de estas tierras. Pero su semilla permanece. Y permanecerá. Por siempre. Erráis, mi señora. Y no os culpo por ello. El Poder del Odio y la Muerte siempre utilizó caminos secretos. Y no es fácil distinguir que motivos mueven nuestras acciones. No es necesario adorar para servir. ¿No declaró Fëanor a Morgoth como su peor enemigo? Aquel que robó sus más preciadas obras. ¿Acaso no atravesó el mar con sus ejércitos, con el único fin de enfrentarse a él y destruirlo? Y nadie hubo entre los Primeros Nacidos, que sirviera al Poder Oscuro con mayor efectividad. Porque su semilla estaba en él. Se enfrentó a los Valar, y les descubrió en su envidia por las obras de nuestro pueblo. Dividió a los Noldor, creando odios y enfrentamientos. Y derramó más sangre eldar que nadie hasta entonces.\"
Aniron fijó su mirada en la inmensa profundidad de los ojos de color violeta del espíritu maiar - \"¿Acaso creéis que no servís a Melkor? Ja, ja, ja\" - rió el noldo profundamente - \"Mi señor es el mal en sí mismo. Cada muerte que provocáis es una entrega en sacrificio. Cada maldición que proclamáis es una oración hacia el vacío intemporal. Cada odio, cada ambición de poder, es una ofrenda que enaltece su figura. Cada guerra que alentáis, es un holocausto en su nombre\" - el elfo movió ligeramente la cabeza de arriba a abajo, en un leve signo de aceptación - \"En una cosa tenéis razón. Siervo se es hasta que no se tiene conciencia de serlo, mi señora. Vos misma lo dijisteis\"
La maia no cambiaba el gesto, sentada en el sillón, con la copa de vino en su mano. Shulak observaba impasible cada gesto del elfo. La noldo de pálida piel, giró su cara hacia su hermana, intentando ver en ella algún cambio.
Aniron permanecía inmóvil, en el mismo lugar que había ocupado tras entrar en la sala. Sus labios volvieron a moverse - \"No me considero marioneta de nadie. Porque yo no sigo la mano de Melkor. Yo, soy su mano. Y no veo otro Único que no sea Él. A no ser que vuestro Dios sea Eru, en cuyo caso, me temo no se sienta muy satisfecho de vos. Atrevida es la ignorancia sin duda. Me habláis de pruebas, para demostrar mi valía, cuando deberíais estar agradecidos de que haya hecho digna esta negra piedra. ¿Duelo a muerte? ¿Sacrificaréis la vida del mejor de vuestros guerreros sólo para verme en acción? No he venido a este lugar a jugar, mi señora. Yo vivo para el sufrimiento de los Hijos de Iluvatar, y no me gusta mermar el poder de aquellos que han de provocar dicho sufrimiento. Tiempo habrá para que veáis quien soy cuando la guerra sacuda Las Tierras Ocultas. Aunque si tan bella dama como vos me pide sangre para conformar a su corazón, sangre tendréis, sin duda.\"
El noldo volvió su mirada hacia la noldo, que permanecía en silencio. Pero esta vez no sonrió.
[Editado por Aniron el 26-10-2004 00:59]
Delisse Yestariel
Delissë sonrió y negó suavemente con la cabeza mientras escuchaba las palabras del orgulloso Noldo. El silencio se apoderó de la estancia un instante que pareció agigantarse entre ellos, y finalmente fue rotó por una gran carcajada que brotó de su garganta con naturalidad. Sin moverse de su asiento, miró al elfo y le sonrió.
- Bonitas palabras. Mas no veo en ellas más que la mentira en que vivís. Repito, no seré yo quien os libere de vuestra ceguera... No erais vos quien participó en la Gran Música que dio forma a este mundo que pisais. No erais vos quien dio forma a vuestra vida... La luz de las estrellas se ha apagado en vos si realmente no veis más que una verdad preconcebida para vosotros. Hijos Menores sois, por más que os parezca que vuestra vida da sentido al mundo. Acaso estareis aquí para ver la vuelta de vuestro Señor... o quizás no. Eso sólo Mandos lo sabe...
Delissë dejó suavemente la copa en la mesa y añadió:
- Pero no juzgueis sin saber, Señor Elfo. ¿Estará orgulloso Eru de mi? - rió fuertemente - No lo se ni me importa. Hace tiempo aprendí que mi libertad es sólo mía. Hago lo que me place. Mato si me apetece. ¿Culpa? No siento ninguna. No hay consecuencias... Cada uno de mis actos se justifica como él lo dijo... por su gloria. Como cada uno de los actos de Melkor... ¿Acaso crees que le importan la miseria y la muerte de sus hijos? Sólo instrumentos de su gloria son, somos al fin y al cabo.
Finalmente se levantó de nuevo, pero su mirada era sería, y sus ojos desprendían leves destellos de luz.
- Pero dejemonos de filosofías sin sentido alguno... No espero que entendais la verdad, ni mucho menos que la acepteis. Si os parece en exceso cruel el juego, no sois quien para estar aquí ni mucho menos. ¿Sacrificar un soldado en un juego? - y sus labios hicieron un leve mohin de indiferencia - Los que desee, Noldo. Ni más ni menos... Te expresas muy bien, lo reconozco. Pero eso no determina que seas válido para nosotros... ¿Acaso prefieres enfrentarte a uno de nosotros para demostrarlo? Piensalo bien... por que no creo que te suponga una mejor opción. Y aunque la muerte no te ronda aún, bien has de saber que el destino cambia de dirección en un instante... Pero no seré yo quien decida ahora... ni mucho menos.
Delissë se giró hacia Nulkaiel y Shulak, y volvió a sonreir.
- Decidid pronto antes de que mis actos se vuelvan imprevisibles de verdad... - dijo - La paciencia no ha sido nunca una de mis virtudes... Y bastante tiempo hemos perdido ya con la arrogancia de este elfo. La guerra se aproxima, y el olor de la sangre nos llama...
Arattalion, El Maia Oscuro
Tras pasar el Morelimbar vieron a lo lejos la estribación de la ciudad y su gran rio de lava que la hacia una de las ciudades mas bonitas de toda las Tierras Ocultas. El Maia Oscuro iba con su guardia personal Los caballeros de la Garra Negra, que al ver la ciudad todos emprendieron el galope hacia uno de los puentes pero sin duda la Pantera Negra de La Garra de la Oscuridad era la mas rápida. Se pararon y los guardias dieron el alto, pues como quedaron la noche anterior todos hirian con capuchas negras y grandes para que no se les viera el rostro ni tampoco supieran quienes son.
- Alto!! En Nombre de los Señores de Nurn! Identifiquense o seran sacrificados!! - dijo el soldado muy seguro de que hoy podrian matar a alguien y tener un poco de diversión.
- NECIO INSENSATO- Arattalion se echo la capucha hacia atras-, abre la puerta si no quieres que te reviente la cabeza de un solo Puñetazo - Hizo un gesto con la mano y los Caballeros de la Garra Negra se echaron las capuchas hacia atras para que los guardias le reconocieran
-Abran las puestas!! -dijo el Guardia a los otros centinelas.
Pasaron las puertas y fueron mirando la ciudad caminando y fueron directamente a la Fortaleza. Les dijo a la guardia que enviaran la pantera a las cuadras y que se fueran de juerga que estarian unos dias en Narmelost y se pusieron contentos pues siempre estan entrenando. Arattalion fue a la Sala de Consejo y las puertas estaban cerradas con los dos guardias y al verlo le hiceron una reverencia y pregunto:
- Desgracias de Nurn ¿quien se encuentra dentro?¿que señores?.
-Ssssse encuentran la Dama Nukaiel, la Maia y Dama Delisse y el Señor Shulak y un Elfo Noldo.
Abrieron las puertas y todos se quedaron mirando incluso es Elfo lo miro y vio al Maia Oscuro. y Dijo:
-Saludos Hermanos - he hizo una reverencia-. ¿quien es este Necio?
Alli llego una doncella le quito la capa con capucha y le trajo una copa y una bandeja de fruta. Fue andando hacia la mesa, fue a la Dama Delisse y le beso la mano y despues fue a Nukaiel e hizo lo mismo. Despues le hizo una reverencia a Shulak y le miro esos ojos Amarillos vistos hacia años en vio en la antigua Beleriand. Se sentó y empezo a observar al elfo estudiando si fisico y ver si era hábil en la palabra. La pregunta de antes quedó en el aire.
Nulkaiel Milyawen
Podía ver la impaciencia en Shulak, él aun no conocía bien a Delissë y era comprensible que le sorprendieran ciertas actitudes de la Maia, sin embargo, a ella esa reacción le pareció la esperada. ¿Qué había de malo en divertirse un poco?
Aniron había llegado proclamando ser el Brazo de Melkor, y aunque había una gran fuerza en él, y la noldo no percibía nada que le hiciera sospechar de aquella criatura élfica, no iban a admitirle así como así. No debían crear precedente.
- puede que cada guerra que alentemos sea un holocausto en su nombre, sin embargo no perseguimos enaltecerle, y mucho menos a Annatar. -torció el gesto al pronunciar este nombre.- Nunca ha sido nuestra misión y nunca lo será. Vivimos y guerreamos por y para esta tierra de Nurn. Una vez conocí al brazo derecho de Melkor, y solo me trajo penas y desgracias. No volverá a embaucarme nadie que venga en su nombre, ni en el de tu Señor. Aquí los Señores somos nosotros, y eso has de tenerlo siempre presente.
Durante unos segundos guardó silencio.
- soldado, ¿dónde está el centinela?, Shulak tiene algo para él. Que traigan al sargento Seredhel, hoy va a tener una oportunidad de medirse con alguien importante. Si sale vencedor le ascenderé, si muere.. no merecía ese puesto..
Volvió a fijar su mirada en el noldo..
- Muy buen guerrero debéis ser.. Puesto que habéis llegado hasta aquí, supongo que aceptáis el reto porque si no os veis capaz, es el momento de retirarse caballero..
Antes de que Aniron pudiera responderla, se abrieron nuevamente las puertas de la Sala, pero no eran los que ella había llamado. Para su sorpresa Arattalion hizo aparición.
- Saludos Maia -dijo la noldo mientras éste le besaba la mano. - Se hace llamar Aniron Elentar -dijo bajando el tono- quiere formar parte de Nurn, y algo me dice que deberíamos dejarle, pero antes tendrá que pasar una prueba puesta por Delissë -y sonrió con picardía.
Ahora solo faltaba la respuesta del Rey de las Estrellas. Su contrincante estaba en camino..
Shulak
Le gustó la idea de Nulkaiel, el elfo mataría el estúpido sargento. Estúpido sí, pero Seredhel era un gran guerrero. Era un numenoriano negro de imponente presencia: larga cabellera negra, pequeños ojos grises, finos labios y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda de arriba a bajo; Era alto y fuerte... y extrañamente ágil... tenía mucha experiencia militar y era un gran espadachín.
Entró Lord Dark. El habitual carácter duro del maia se desplegó de nuevo. Fue cortés.
Shulak abandonó su posición de ataque y acercándose a la elfa, le susurró unas palabras -el combate debería ser público, los soldados deben saber lo que le pasa al que falla a Nurn- Miró al elfo con detenimiento, luego siguió, un poco más alto, para que el elfo oyera algo pero que se mantuviera la apariencia de secreto. -Si el elfo es más de lo que aparenta, puede que venza; si sólo es un elfo cualquiera no tiene ninguna posibilidad ante Seredhel..., y pase lo que pase... Seredhel debe morir hoy, ante la vista de todos sus compañeros-
Shulak se separó de Nulkaiel y escrutó el rostro del elfo en busca de alguna reacción, algún sentimiento; esperando que la elfa dispusiera el combate a muerte... que sería útil en muchos sentidos.
[Editado por elfo_negro el 26-10-2004 17:59]
Aniron Elentar
El silencio se hizo tras las palabras de la maia de mirada violácea. Aniron empezaba a cambiar su semblante, que tenía cierto aire de sorpresa. No comprendía muy bien las palabras de la dama. Se proclamaba independiente del Poder del Odio y la Muerte. Pero a la vez se reconocía instrumento de su gloria. Quizá la Señora de Nurn había querido decir algo que él no entendió. Pero había cosas que sí comenzaba a entender, y realmente no era lo que esperaba.
La elfa de piel clara, intervino. Más sensatas le parecieron sus palabras, aunque quizá solo fuera por que venían de labios de una noldo. Ésta dio orden de que entrara Seredhel. Las puertas se abrieron, y apareció uno de los soldados que no soportaran la mirada del Brazo de Melkor. Bajó la cabeza, al ver a tantos Señores de Nurn. Y sus piernas temblaron, al pasar al lado del noldo. Las puertas se volvieron a cerrar, pero por poco tiempo. Pues alguien más entró. En apariencia era un hombre, semejante a un dunedain. Pero se percibía en él un poder muy superior al de los Atani. Se presentó a los Señores de Nurn. Y palabras despectivas tuvo para el visitante, que lo observó con curiosidad, mientras hacía aparatosas reverencias a las damas.
Aniron volvió a hablar, dirigiéndose en este caso a la bella elfa de ojos color miel.
- \"Señores debéis ser sin duda. Y no esperaba vuestra adoración al Único. Tampoco yo lo hago. Sólo expliqué qué fue lo que me trajo aquí, pues eso fue lo que se me pidió. Repito. Busco el sufrimiento de los hijos de Iluvatar. Y agradezco que una mente clara atisbe que, aun sin aparente voluntad, un servicio es a Melkor. Aunque no fuere perseguido. Pues cada gota de sangre derramada, alimenta su espíritu. Pero mi paciencia se agota. No vine a este lugar a proclamar nada, ni a escuchar insultos fundados en la ignorancia. Creo haber sido cortés hasta ahora, porque ningún motivo vi en no serlo. Tampoco, desde luego, vine a formar parte de un espectáculo popular. Pero creo haber errado en mi elección. Y no por lo que acabo de decir. Sino porque veo debilidad. Algo que no pensaba encontrar aquí\" – Aniron dio media vuelta, dando la espalda a todos los presentes - \"El respeto es signo de poder. El insulto... de debilidad, y escasos argumentos. Si no sois capaces de percibir los grandes acontecimientos que tienen lugar en vuestra propia casa, ni mucho menos sabréis controlar los grandes poderes a los que os enfrentaréis en la guerra\" - el elfo abrió las puertas de par en par, ante la aterrada mirada de los guardias. Los sanguinolentos ojos del negro corcel que esperaba fuera, ardieron en furia. Aniron levantó su mano, y la bestia se tranquilizó - \"Muchas cosas debéis aprender todavía. Y no veo en vosotros interés en hacerlo\" - y tras decir esto, y colocar tranquilamente su bastón entre las correas de la silla, el noldo se dispuso a montar en su caballo.
Shulak
-Bien- dijo Shulak, -creo que me equivoqué, creí ver en él algo especial, pero sólo era locura- Hizo una ligera reverencia a los dos maias y a la elfa. Sonrió -Me imagino que no me necesitais- su mirada brilló como el ambar pulido imaginando lo que le esperaba a ese elfo altanero-. Por mi parte voy a enseñar a este sargento un poco de disciplina- Seredhel supo que su muerte estaba decretada, pero siguió a Shulak cuando salió de la sala del Consejo.
El elfo estaba a punto de montar -Habeis cometido un error Aniron,- dijo Shulak con voz sosegada y lenta- sois vos el que habeis entrado en este lugar sin ser invitado, sois vos quien habeis insultado con vuestra altanería a los Señores de Nurn... No, Aniron, a mi no - y una sonrisa helada se dibujó en su rostro- yo soy un simple hijo de Melkor, a ellos,... a dos maias de Nurn es a quien habeis ofendido... y a la podrosa Nulkaiel... puede que seais poderoso, pero vuestra necedad sobrepasa vuestro poder en mucho.-
Y salió con indiferencia de la sala, sabiendo que el más terrible de los poderes estaba a punto de desatarse. En una estudiada actuación, se dio la vuelta antes de salir por el gran arco - Volveré en unos minutos, no os vayais muy lejos...- y una sonora carcajada retumbó en el alto techo.
Salió con premura y confió el sargento a un grupo de soldados -encerrardlo en las mazmorras, a media tarde mandaré por él... Que se cierre la puerta principal, que nadie, salvo los Señores de Nurn, entre ni salga de Narmelost. Quiero los mejores arqueros preparados para cualquier contingencia y que la guardia deje de gandulear... ¡YA! - Y el hombre dragón se quedó fuera, solo, con el aire frio golpeando su cara, viendo como sus ordenes se cumplían con la celereridad que provoca el miedo y la disciplina más estricta. Esperando escondido en la pemunbra de la piedra negra. Por si había que matar.
[Editado por elfo_negro el 27-10-2004 00:11]
Nulkaiel Milyawen
Shulak había salido. La noldo suspiró y meneó la cabeza en sentido negativo. Ella tenía que estar durmiendo placenteramente, y se veía inmersa en una disputa con un extranjero. El día sería duro y no había hecho más que empezar.. Salió fuera. Quería hablar con Aniron Elentar.
-marchaos! Dejadnos solos.
No quedaban muchos guardias allí, pues Shulak había impartido órdenes que eran cumplidas sin demora. La elfa se acercó hasta el noldo, y le quitó las riendas. El caballo se inquietó al tener a una desconocida cerca.
- ú-yestanye tyariët naike , (no voy a hacerte daño)- le susurró al corcel. Es hermoso.
Poco a poco el caballo se iba sosegando. Mientras acariciaba despacio la crin del animal, hablaba a Aniron sin mirarle.
- Nos has insultado, y no estabas hablando con un soldado cualquiera. Si hubieses sido otro, estarías ya muerto. El espíritu que buscamos alimentar es el nuestro, no el de Él, por mucho que te empeñes.. no vas a convencernos, sin embargo, tampoco hemos de convencerte a ti.. lo cierto es que no tenemos prohibido adorar a Melkor o enaltecerle.. por tanto si es tu deseo hacerlo no habría inconveniente. Tenéis que entender que somos un grupo de guerreros con pasados oscuros. Algunos vinieron huyendo, otros quieren venganza y saciar su sed de sangre.. algunos odian a Melkor.. Pero todos buscamos lo mismo, incluido tu.
Le devolvió las riendas a su dueño acercándose más. En sus ojos había un brillo especial.
-no somos débiles, y si lo vuelves a insinuar seré yo misma quien te lo demuestre.
Los ojos de la elfa habían dejado de ser dulces. Se retiró despacio dándose la vuelta. Descansó su espalda en el umbral de la puerta.
- tanatyeme verietya -(demuestranos lo que vales).. -Hacía tiempo que no tenía ocasión de hablar la lengua de los noldor, ydisfrutaba practicándola. - Pero sabed que no somos indulgentes, ni esperéis que hagamos una excepción con vos. Esperamos de vos lo mejor .. ¿qué decis?
[Editado por Neume el 27-10-2004 01:40]
[Editado por Neume el 27-10-2004 01:41]
Delisse Yestariel
Un gran revuelo se formó entonces... la entrada de Arattalion precedió a la del soldado preso, y de ahí los hechos pasaron ante ella con inusitada velocidad.
Las palabras de aquel elfo habían llegado a tildarla de ignorante... y eso si que no lo iba a permitir de ningún modo. Pero esperaría el momento oportuno.
Mientras todos los demás desaparecían de la estancia, Delissë volvió a su cómodo sillón, mientras explicaba a Arattalion la divertida charla con el Noldo.
- Ahora comprendo como fue tan fácil para Melkor sembrar la discordia entre estos elfos... Poderosos son, sin duda. Pero el orgullo les ciega, y eso siempre será así. Pretenden equipararse en poder a nosotros... - Delissë rió, mientras sostenía su copa de vino - Y no entienden que una simple mirada sería suficiente para enviarlos a las estancias de Mandos irremisiblemente. Y hablan del poder, y del bien y del mal... como si todo el conocimiento estuviera en sus manos. Cuando no han podido percibir siquiera más que una pequeña parte de todo lo que Ëa representa... de lo que es y de lo que será. Mas olvidémosle un instante, Hermano. Y dime, ¿qué es lo que te ha sacado de tu Fortaleza Secreta y te ha traido aquí intempestivamente? Percibo la inquietud de esta tierra, así como creo también la has percibido... Pero tal vez tus ojos lleguen a ver cosas que escapan a mi conocimiento...
Arattalion, El Maia Oscuro
Cierto es lo que dices hermana, pero tampoco hay que subestimar a los Noldor por que son poderosos aunque tambien es cierto que con solo mirarlos podemos destruirlos. Y si me he inquietado mucho, la guerra esta mas cercana de lo que puede parecer, las compañias pueden estar ya poniendose en marcha de cada clan y hay que estar prevenidos. Por eso queria ver si estan ya los preparativos.
Tambien me he traido mi guardia personal y sabes que ellos son unos de los mejores guerreros que han pasado la Rakkamor, por que muchos han perecido en el intento y se inquitan por que la guerra apremia y quieren luchar.
Ese elfo parece tener un gran poder, pero se lleva dejar mucho por el orgullo que lleva y a Melkor, que te voy a contar de esa escoria, gracias a el se pudo formar el clan por que me mando a conquistar estas tierras y lo traicione. Y ahora ya ves somos un Gran potencial que podemos ganar esta guerra. Pero todo esto se consiguio tambien gracias a mis hermanos Nurnitas y alli entras tambien tu preciosa Delisse.- Dijo el Maia Oscuro.
Cogio una fruta, la saboreo y se la comio. Despues cogio la copa y bebio.
[Editado por LordDark el 27-10-2004 14:52]
Shulak
Shulak estaba apoyado en una pared negra y un tanto húmeda, en un recodo del pasillo que conducía a la sala del Consejo. Era un pasillo porticado desde el que se veía, muy abajo la plaza principal de la ciudad. Como lejanas hormiguitas los arqueros tomaban posiciones en las murallas y torres de la ciudad, en el patio marchaban disciplinados dos compañías de soldados, una se dirigía a la puerta, la otra se encargaría de reforzar otros puntos sensibles.
Él esperaría allí, en absoluta calma. En la sala del Consejo o en la antesala no hacía ninguna falta, había mucho poder ahí. En cambio, en la retaguardia, tras un recodo, siempre es útil una espada afilada.
El hombre gusano recordó sus primeros años en Angband, recordó las primeras lecciones de su padre, Melkor... por que así le llamaban los diez hermanos, aunque nunca le amaran ni le temieran... lecciones sobre las debilidades de los hombres y los elfos.
Se desató la espada de la espalda, sujetó la vaina con la mano izqierda mientras que con la derecha deslizaba suavemente la espada, un palmo de brillante acero apareció ante su mirada. Y se reflejaron sus ojos en el. Ojos fríos y distantes. El acero bruñido volvió a desaparecer en la vaina. Shulak siguió esperando.
Aniron Elentar
Shulak salió de la sala, no sin dedicar algunas advertencias y apelativos a El Caído del Cielo. Aniron respetaba a Shulak, pues gran fuerza había visto en él. Y el mismo respeto había percibido desde su llegada, lo que aumentaba su consideración. El noldo sintió que ya había hablado suficiente. Si no le habían entendido hasta entonces, ya no lo harían. No respondió al hombre dragón. Sabía que no era la sabiduría, en este caso, la que había elegido las palabras del Señor de Namelost. Pero admiró su inflexibilidad y sosegado talante. Bien regido estaría sin duda El Señorío de Nurn.
Aniron cogió las riendas de su corcel. Cierto modo de tristeza empezó a invadirle. Creyó haber visto entre aquellos muros, eso que buscaba con tanto ahínco. Un lugar desde el que extender el negro manto de la muerte. Grandes poderes sin duda gobernaban aquellas tierras. Poderes semejantes a los que él poseía, y cuya procedencia ya no recordaba. Pero también había debilidad. La debilidad que da el desprecio a lo desconocido. Quizá se estaba equivocando. Quizá era demasiado exigente.
La negra bestia con apariencia equina comenzó a resollar nerviosa, mientras el noldo sentía como las riendas se deslizaban entre sus dedos. La elfa de piel pálida y largos cabellos cobrizos, dedicaba bellas palabras al caballo, que acabó tranquilizándose, para sorpresa de su amo. Jamás nadie que no fuera él, había sido aceptado de esa manera por aquel animal. La noldo habló a Aniron, con tono respetuoso aunque inflexible. Un gran movimiento de soldados se escuchaba en el exterior de la fortaleza. El noldo sonrió levemente, con la cabeza ligeramente inclinada, moviéndola horizontalmente, en signo de negación. Realmente no comprendían quien era, ni a que había venido. Ni siquiera habían escuchado sus palabras. No iba a intentarlo de nuevo. Pero la impaciencia empezaba a cargar su oscuro corazón.
- \"Convenceros... insultaros...\" - repitió Aniron, en voz baja, incrédulo ante lo que acababa de escuchar - \"No vale la pena seguir hablando. Pero una cosa sí os diré. Sólo existe un poder, ahora mismo en este lugar, que nadie es capaz de aventurar. Ni yo mismo. Y temerario es aquel que salta a un vacío oscuro. ¿Creéis que yo no conozco aquellos que aquí habitan? ¿Creéis acaso que no temo la fuerza que pueden desplegar Delisse Yestariel, o Arattalion? No vine a este lugar por una mera casualidad. Precisamente es por esa fuerza por la que vine. Pero vosotros no sabéis quien ha viajado largas leguas para ofreceos luchar junto a vosotros. No, no lo sabéis. Y si no teméis lo desconocido, poco podréis hacer en la guerra. Pues grandes poderes hay también para el bien, y no es fácil derrotarlos. Si os creéis superiores, aunque en la mayoría de los casos lo seáis, pereceréis.\"
Aniron caminó unos metros, hacia el gran ventanal que iluminaba el pasillo. No había cristales, y el aire frío entraba, moviendo su cabello. La plaza central de la ciudad estaba más tranquila que antes. Los guardias estaban acabando de ubicarse en sus posiciones, a toda prisa. El noldo sonrió, adivinando que habían tenido órdenes frescas, de Shulak suponía. Sus sospechas fueron confirmadas, cuando vio a un grupo de soldados dirigiéndose al acceso a las mazmorras, con el sargento condenado entre ellos.
El Brazo de Melkor giró su cabeza hacia Nulkaiel, disfrutando del bello color de sus ojos - \"¿No queréis algún tipo de demostración? Decís que no os importa derramar la sangre de vuestros soldados.\"
La elfa se aproximó al ventanal para ver que ocurría fuera. Aniron, volvió su mirada hacia la plaza central. Llamó al desgraciado preso, y su voz fue potente y profunda.
- \"¡SEREDHEL! ¡MAUK!\"
El soldado se dio la vuelta hacia el lugar donde se encontraba el noldo, y con un rápido movimiento, arrebató la espada de uno de los guardias que lo custodiaban. Los demás sacaron sus armas, y uno de ellos atacó al sargento. Este esquivó la embestida, y le cortó el cuello, con un habilidoso mandoble a la media vuelta. Los otros dos soldados atacaron a Seredhel por la espalda, pero éste dio un giro inverosímil, rebanando ambas gargantas con un único movimiento. El cuarto guardia, desarmado, estaba paralizado de miedo. Su cabeza rodó por el suelo, en pocas décimas de segundo. Seredhel, giró su cuerpo hacia el lugar donde se encontraba el ventanal. Su mirada se dirigía al suelo, y sus piernas temblaban.
Aniron miró de nuevo a Nulkaiel - \"¿Creéis que la muerte de un soldado de tan escasa voluntad, es suficiente para mostrar todo mi poder?
Tras decir esto, posó sus ojos en el sargento, y comenzó a emitir una dulce melodía. Sus labios estaban cerrados, pero de su garganta brotaban bellas y evocadoras notas. El soldado levantó su mirada, olvidando todo temor. Los ojos del noldo brillaron, y una tierna sonrisa se dibujó en su cara. Un susurro salió de sus labios, cálido y suave, como la brisa del mar, en los crepúsculos de verano.
- \"Seredhel... dhûl...\"
El guardia sonrió, y su rostro denotaba felicidad. El temor había abandonado ya su alma, y la paz había ocupado ese lugar. Levantó la espada, empuñándola con ambas manos, ofreciéndosela a El Brazo de Melkor. Poco a poco la fue acercando a su cuerpo, hasta que esta comenzó a penetrar en su pecho. Lentamente fue clavándola en su corazón, sin abandonar la sonrisa y la paz de su rostro. El cuerpo de Seredhel cayó sin vida, rodeado de un charco de sangre, y de los troncos y las cabezas de los demás soldados.
Nulkaiel Milyawen
Nulkaiel estaba perpleja, pero no por la muerte del soldado, pues miraba impasible la sangre.. era la voz.. sí, no había duda. Ese canto que se coló en sus aposentos, era el anuncio de su llegada, de la venida de un gran poder que debía quedarse entre ellos. Pero era tan terco y orgulloso.. bueno ¿y de qué se quejaba ella?, era noldorin como él, y más de una vez había oído los mismos reproches que hacía ella ahora. Su orgullo también salía a relucir. Ya le había pedido que se quedara, y no iba a rogarle más. Con cualquier otro que hubiese llegado atravesando las puertas sin el permiso debido, y presentándose a caballo en la misma Sala del Consejo habría sido degollado sin reparos. A él se le había permitido hablar, justificar su venida, pero él no daba su brazo a torcer.. ella tampoco quería hacerlo.
Seguía mirando a través del ventanal el espectáculo. Otro grupo de soldados se habían aproximado rápidamente esperando una orden. Varios orcos habían tensado sus arcos listos para responder a cualquier señal de sus señores. Levantó la mano y les hizo un gesto para que volvieran a sus puestos.
Se giró para mirarle directamente a los ojos.
Quizá él habría esperado más comprensión por parte de una de su raza. Pero ella hacía años que odiaba a los noldor.. cuando le arrebataron lo que más quería. Y aunque él fuese más poderoso que cualquier noldor, era uno de ellos después de todo..
Al fin habló.
-Seredhel iba a morir igualmente, nos has hecho un favor, concretamente a Shulak, le habéis ahorrado una molestia. -hizo una pausa mientras le sostenía la mirada.- ¿creéis que no hemos visto de lo que podéis ser capaz, que no vislumbramos lo que hay en vuestro corazón?.. ¿creéis que os habríamos escuchado si no pensáramos que nos puedes ser útil?.. No Aniron, de vuestros labios no habría podido salir una palabra pues varias flechas os habrían atravesado. Como mucho os habríamos dejado presentaros antes de expulsarte. Pero os hemos oído y preguntado y, en agradecimiento os habéis atrevido a reprocharnos, a los Señores de Nurn, en su propia casa.. ¿creéis que se lo consentimos a cualquiera? Piénsalo Elentar..
Había hecho la petición de fuerza y valor que se le había pedido, pero lo había realizado a su manera, algo que ninguno esperaban. Tal vez le tocara ceder ahora a ella.. tenía que dirigir un Clan y a veces eso implicaba tener que tragarse el orgullo. Suavizó el tono y moduló la voz.
-La última palabra la tenéis vos. Si os vais, solo puedo prometeros que no se os atacará en el territorio. Saldréis de estas tierras tan libremente como entrasteis en ellas. Pero no se os proporcionará ningún tipo de ayuda. Si os quedáis, podéis permanecer aquí, en Morna Selmë el tiempo que queráis, hasta que encontréis otro lugar en el que alojaros. Y lo más importante.. podríais ver hecho realidad aquello por lo que vinisteis. Creo que nosotros podríamos aprender cosas de vos, y viceversa..
Shulak
Un charco de espesa sangre humana se formó en el pavimento negro, colándose lentamente entre los duros adoquines -Al fin- pensó Shulak -la situación se estaba haciendo engorrosa... y peligrosa-
Se ató de nuevo la espada a la espalda y se dirigió a la antesala del Consejo, donde Nulkaiel hablaba con Aniron. No se acercó y se mantuvo pegado a la pared, intentando pasar desapercibido... por lo menos no inmiscuirse en la conversación. Escuchó. Y le parecieron bien las palabras de la elfa. La conocía bien, y sabía que había hecho un gran esfuerzo por no matar u ordenar la muerte del elfo. -Ha nacido para gobernar- se dijo Shulak. Si ello fuera posible, se diría que estaba orgulloso.
Con una ligera reverencia se dirijió a la elfa -Ahora que todo parece solucionado... y que están aquí Lord Dark y la Dama Delisse... he recibido noticias del Sur que merecen toda nuestra atención.-
Con una sonrisa de reconocimiento se despidió de Aniron y entró en la sala del Consejo.
[Editado por elfo_negro el 29-10-2004 08:18]
Delisse Yestariel
Por extraño que pareciera Delissë se sentía a gusto hablando con el duro Maia Oscuro, compañero de fatigas desde hacía ya mucho tiempo. Mientras charlaban Delissë mantenía un mínimo de atención en lo ocurría a pocos metros... más allá de la puerta. La muerte de Seredhel no la pilló desprevenida, ni siquiera llegó a sorprenderla levemente.
Cerró los ojos un instante, sintiendo una vez más el alma abandonar el cuerpo, y cuando volvió en sí vio que nada había cambiado. No olvidaría aquel día, pero todo llegaría. Sí. A pesar de todo... a pesar de su carácter impulsivo... sabía esperar el momento adecuado cuando era necesario.
Esperaría.
Delissë se levantó y caminó hacia el ventanal que miraba hacia las montañas que se extendían al otro lado de la llanura... y el juego de luces y sombras parecía que fuera posible tocar sus cumbres nevadas con la mano...
Aniron Elentar
Aniron apoyó sus brazos en el alfeizar de la ventana. Las siluetas de las oscuras edificaciones de la ciudad, se recortaban contra el mortecino color de la llanura. El frío viento, proveniente de las blancas y escarpadas cimas, golpeaba su rostro. Abajo, los arqueros orcos volvían a sus posiciones, tras la orden de su señora, ignorando que ella acababa de salvar sus desdichadas vidas. El noldo miró al horizonte, pues Anar iba a comenzar su descenso. Ya no recordaba el motivo por el cual, algo en su interior le empujaba a observar el Oeste, cuando el ocaso anunciaba la salida de las estrellas. No se reconocía en las antiguas leyendas, aquellas que hablaban del hijo de Varda. Ni él mismo era consciente del motivo de su fuerza. Pero tampoco le importaba. Sabía que sólo su corazón era noldo, pero tiempo hacía desde que olvidara quien lo había creado. Quien había puesto en él tan divino poder, ignorando que acabaría siendo instrumento del odio.
Seguían infravalorando si quiera la sombra de quien era. Flechas... El elfo movió la cabeza de nuevo, en signo de negación. Pero tiempo habría para que aprendieran. Las palabras sucumben como lección ante la batalla, maestra experta. La unión hace la fuerza. Y la unión siempre es más fácil entre el bien. Muchos eran los que confundían el mal con el desorden. El caos sucumbe ante las fuerzas organizadas. Unámonos pues.
\"Nurn será mi hogar a partir de ahora. Viviré en el Bosque de Lassinoiri. No me someteré a gobierno alguno, obviamente. Ni a normas o leyes\" - el elfo montó en su bestia, y clavó su mirada en los ojos de la bella y poderosa dama noldorin - \"Pero podéis respirar tranquila. Dudo mucho que infrinja vuestras reglas, si éstas son consecuentes con lo que debe ser este clan. Un honor será para mí luchar junto a vos, y junto a los Señores de Nurn. Y pronto descubriréis que el honor es también vuestro.\"
Aniron devolvió la sonrisa al hombre gusano, que pasara por ahí para informar de nuevas a Nulkaiel. Luego inclinó su cabeza en saludo a la Señora de Nurn, antes de cabalgar hacia las puertas de la fortaleza.
Nulkaiel Milyawen
Escuchó con curiosidad las palabras de Shulak. \"Noticias del Sur..\" las Tierras Ocultas comenzaban a agitarse desde hacía un tiempo, y cada vez con más fuerza. En ese instante recordó que esa mañana su primera prioridad era hablar con Delissë, pues estaba segura que la maia tenía cosas que contarles.
Se despidió del Oriental con una reverencia y centró su atención de nuevo en Aniron Elentar.
-\"Nurn será mi hogar a partir de ahora. Viviré en el Bosque de Lassinoiri. No me someteré a gobierno alguno, obviamente. Ni a normas o leyes\" - el elfo montó en su bestia, y clavó su mirada en los ojos de la bella y poderosa dama noldorin - \"Pero podéis respirar tranquila. Dudo mucho que infrinja vuestras reglas, si éstas son consecuentes con lo que debe ser este clan. Un honor será para mí luchar junto a vos, y junto a los Señores de Nurn. Y pronto descubriréis que el honor es también vuestro.\"
Al oírle nombrar Lassinoiri la elfa arqueó una ceja. Aniron conocía el territorio más al detalle de lo que ella pensó. Mejor así, menos habría que explicar. Se quedó unos segundos reflexionando las palabras pronunciadas por el Rey de las Estrellas; bajó la cabeza y sonrío levemente.
Aquel elfo volvía a dar muestras de su orgullo negándose a acatar cualquier tipo de norma o regla. Pero Nulkaiel no estaba dispuesta a seguir discutiendo con él. Ya habían tenido suficiente por ese día. Ya se daría cuenta de lo que puede hacer y de lo que no, y las consecuencias que pueden tener algunos actos.
Levantó la cabeza y posó sus ojos en los del noldo.
- Nuestras reglas son consecuentes con nuestros fines. No olvidéis que ahora vos también seréis un Señor de esta tierra, y como tal debéis comportaros. Confío en que lo haréis.
Se apartó del caballo, y tras una fría despedida regresó a la Sala donde aguardaban algunos de sus compañeros.
- Aiya hermanos. Si os parece que comience Shulak contando de qué tratan esas noticias recientes que tiene.
Shulak
Shulak se despojó de todo finjimiento y con palabras bien timbradas reclamó la atención de los tres señores que se encontraban en la sala. La dama Delisse permaneció junto a la ventana, Lord Dark se acomodó en su sillón y Nulkaiel se puso frenta a él, a unos 4 metros.
-Todos sabemos que las Tierras Ocultas se remueven nerviosas, que la guerra está próxima, eso no es una noticia para nadie- Miró a Lord Dark con su mirada amarilla - Pero unos exploradores de Nurn destinados al Taur-din-Tirith han venido hoy, al alba, después de 10 duras jornadas de viaje, a informarme que la Orden de Telpe ha empezado a desplegar algunas compañías por el gran bosque del Silencio. Como digo, de eso hace 10 dias -Hizo una pausa y continuó con un tono de voz más discreto pero conservando la dureza- Debemos saber con más detalle qué está ocurriendo en la frontera, quizá Lord Dark, que viene de un largo viaje pueda darnos detalles... pero de todos modos... debemos preparar un orden de batalla, distribuir nuestros efectivos y nuestras compañías... Somos fuertes y estamos preparados, pero hay muchas cosas que decidir- Interrumpió su discurso un tanto bruscamente.
Expuesto el informe de los exploradores y dados algunos consejos, Shulak decidió callar, tenía más cosas que decir, quizá algún consejo táctico, pero prefirió guardar silencio y escuchar las reacciones de los otros Señores... ya habría tiempo de hablar, si era necesario.
[Editado por elfo_negro el 05-11-2004 19:18]
Aniron Elentar
Aniron giró en redondo, y cabalgó hacia la puerta principal. Los guardias bajaron sus miradas, y abrieron las puertas para que saliera. Nadie se interpuso en su camino, y El Brazo de Melkor abandonó Narmelost.
Anar comenzaba a ocultarse tras las montañas.
Nulkaiel Milyawen
Él exponía sin emitir un juicio de valor, casi siempre actuaba así. Primero esperaba las reacciones ante sus palabras.. y observaba, siempre observaba.. esa era una de las cosas que ella había aprendido de él antes que nada. Shulak le había demostrado las ventajas de la frialdad, de dar prioridad a la cabeza frente al corazón, y pronto Nulakiel se valió de ello.
Hasta cierto punto lo comentado por el Oriental era de esperar, pero la proximidad de alguna compañía enemiga debía tenerse en cuenta. Rápidamente hizo un repaso mental de la situación de los ejércitos. La vigilancia sobre el Taur-din-Tirith se había reforzado de un tiempo a esa parte, pero si había alguien que conociera realmente bien la zona, esa era Delissë.
Miró a su compañera. Ella acababa de venir de un viaje por la frontera Oeste y tendría noticias que pudieran confirmar y ampliar la información dada por el de ojos amarillos.
La reverencia de un guardia que reclamaba su atención la distrajo
-señora, el elfo ya ha salido de la Fortaleza -dijo casi en un susurro.
Nulkaiel asintió con la cabeza y le ordenó retirarse.
- y bien, ¿querrán los Maiar compartir sus conocimientos?
[Editado por Neume el 08-11-2004 10:38]
Arattalion, El Maia Oscuro
Bien,- se levanto Aratalion y se puso a mirar el mapa y puso undedo señalando el clan de Orden de Telpe en la zona donde compartian Taur-din-Tirith.- Mis informadores me han dicho que tenemos una compañia de ellos en esta zona a menos de cien millas de nuestra frontera si no me equivoco.- Miró a Delissë para confirmarlo por que de eso tambien estuvieron hablando cuando estaban sentados mientras pasaba el barullo afuera.- Asi que podriamos saber que hacer si los informadores siguen informando de esa forma pues estan siendo muy cudadosos y no son descubiertos por ahora pero tambien podrian coger a algun y ya no nos podamos acercar mas.
Estaba mirandolos y afirmado que es verdad.
-Pero Delissë puede que haya descubierto algo mas. - Y Arattalion se quedo mirando a su hermana.
Inglin
En Elenmorne, La Torre del Este tenia sus aposentos la elfa Inglin, aunque no vivia permanentemente alli, cuando presisaba cambiar el aire o enterarse de las novedades del clan, alli se dirigia.
Arrivaba a la ciudad un caballo negro con el pelo brillante como el sol, que poco a poco manguaba su luz.
Una vez que llego a la ciudad la elfa observo las torres y todas aquellas bellas y oscuras construcciones que adornaban la ciudad, pero recordando que era lo que venia a hacer se dirigio al primer orco que encontro
-Ey, pedazo de mugre andante, puedes decriles a tus superiores que me gustaria hablar con ellos- el orco no respondio y cambio de rumbo y en eso la elfa le grito como ultima advertencia - mas vale que lo hagas porque de otro modo sera la ultima vez que desobedescas- y se dispuso a descansar un rato bajo la noche que poco a poco se estreallaba
Inglin
Bajo la luz de las estrellas la elfa se dirigio a Elenmorna, subiendo los escalones negros de dos en dos entro en su cuarto, una tenue luz blanca iluminaba lo que parecia un arco de cuero elfico, al verlo la elfa lanzo un suspiro de alivio, tomo el arco y se asomo por la ventana.
Alguna menguadas hogeras se veian por la vasta tierra nurnita pero nada mas develaban que habia orcos alli, la luz de la luna iluminaba una escritura elfica en el marco del arco, ese arco habia sido regalo de sus padres, aunque nunca lo perdia esta vez se lo habia olvidado, busco un abrigo y se dispuso a bajar a tomar aire olvidandose nuevamente el arco sobre la mesa, hay cosas que nunca cambian.-
Nulkaiel Milyawen
Arattalion se puso de pie y desplegando un mapa encima de la mesa, comenzó a señalar puntos sobre él. La noldo, que se había acomodado entre los almohadones de seda negra, se incorporó ligeramente en el trono para poder ver mejor los lugares mencionados. Una vez que acabó de hablar el Maia oscuro, volvió a su postura inicial. Estaba cansada y le importaba ya poco guardar las formas.
- mi señora, un orco dice que una elfa quiere hablar con los Señores - dijo un oficial interrumpiéndoles.
- ¿te describió cómo era la elfa?
- sí, dijo que tenía los cabellos castaños y vestía con ropas claras.
- Solo puede ser Inglin. Que se reúna con nosotros aquí. Y diles a los esclavos que nos traigan algo de beber y comer. Llevamos todo el día sin probar apenas bocado. Ya puedes irte.
Poco después, varios criados entraban en la Sala cargados con bandejas de plata que iban depositando cuidadosamente en la mesa, alrededor del mapa que el Maia les había mostrado. Nulkaiel pidió que le sirvieran una copa de vino. Mientras tanto, echaría un vistazo a los manjares traídos. Nada llamaba especialmente su atención y volvió a recostarse.
- Demasiada intranquilidad comienza a haber en nuestras fronteras. Y por si eso no fuera suficiente, el incidente de Túrelondë nos hizo perder tiempo y algunos de nuestros recursos. La reconstrucción de parte de la ciudad nos dejará sin una cantidad de monedas considerable, es un imprevisto con el que no contábamos.. ¡esos estúpidos soñadores!.. Suerte que Shulak y Lómine lo resolvieron diligentemente, aunque en Nármelost todavía no sabemos que ocurrió exactamente, solo conocemos los antecedentes -añadió lanzando una mirada llena de curiosidad a su Maestro. - Por cierto ¿cuándo llega el numenoreano a la capital?
[Editado por Neume el 24-11-2004 23:39]
Delisse Yestariel
Las noticias avanzaban velozmente, eso era seguro. Sólo el Norte parecía seguro en aquellos momentos, y realmente todavía no era seguro hasta que punto lo era. La interrupción del mensajero le dio algo de tiempo para meditar... y realmente lo necesitaba.
Cuando la cena fue servida, Delissë se levantó lentamente y se alejó para tomar distancia y centrar sus palabras.
- He aquí la historia que he de contar... - comenzó - Más allá de informes, los cuales considero más que fiables, he de relatar un suceso que confirma lo que se ha expuesto, y cobra si cabe más sentido unido a la información de la que ya disponemos... Como sabeis, el Bosque de Taur-dín-Tirith ha sido considerado por mí y por mi pueblo como nuestro segundo hogar, y hemos hecho de él lo que consideramos un lugar inexpugnable. Pero hace unos días, sucedió algo que nos sorpredió sobremanera. Una patrulla de guardia nocturna sobre el linde norte del bosque que hace de frontera con Telpe encontró un rastro que se adentraba prácticamente en nuestros territorios. Sospenchando que algún espía o algo peor se había adentrado hacia el oeste, siguieron el rastro durante toda la noche sin dificultad. El rastro era reciente, pero aquel que avanzaba delante de ellas parecía rápido, y no hacía altos... y parecía que sacaba ventaja por momentos. Sin descanso, la noche llevó al día, y más allá, entrada la tarde, llegarón por fin al linde con la llanura de Nanda Girith, sin encontrar al intruso. Más la suerte y la estrecha vigilancia con la que cuentan nuestras tierras se impuso a nuestro favor. Parecían haber perdido el rastro, cuando a lo lejos el rumor de muchos pasos y algunos gruñidos las alertó de la presencia de una jauría de Fauces Rojas. Comos sabeis, esos lobos jamás dañarían a ninguno de los Señores de Nurn, pero obviamente yo no me encontraba entre ellas en aquel momento. Parecían distraidos en ese momento, arremolinados ante algo... y la patrulla ahuyentó a los lobos con gran esfuerzo de aquello que mantenían atrapado. Cuando finalmente consiguieron acercarse, vieron que lo que los Fauces Rojas habían atrapado era precisamente un hombre vestido de negro. De sus ropas apenas quedaban restos, no sabemos si llevaba insignia o emblema alguno que lo identificara con un pueblo, si bien suponemos que no. El hombre seguía vivo, si se puede considerar vida lo que quedaba en él... pero no tenía sentido alguno interrogarlo. La mitad de su cara había sido arrancada de un mordisco, y en ella faltaban desde la mejilla derecha hasta la boca y la lengua... Un gran manjar para los lobos debía ser... El hombre mantenía los ojos abiertos, con una súplica en ellos... y de su garganta salía un gemido informe... El resto de su cuerpo era un guiñapo... abierto prácticamente en canal, pues como sabeis los órganos internos son los favoritos para cualquier alimaña. Prácticamente le habían separado el cuerpo en dos... Un espéctaculo pátetico en verdad. - Delissë sonrió - Se que a muchos os hubiera encantado. Pero como os digo, no tenía sentido hacer nada por él, así que la patrulla se volvió tras inspeccionarlo y despojarlo de lo que pudieron aprovechar y pensaron que fuera de utilidad o pista, dejó que los lobos terminaran su trabajo... y su cena.
Delissë se acercó a la mesa y tomó delicadamente una fruta, para después sentarse nuevamente.
- Eso es todo Hermanos. Pero pensé que era importante y yo misma me dirigí de vuelta a Narmelost a fin de informar de aquello. Pues si nuestros enemigos están en pie de guerra, e intentan valorar nuestras defensas, han de saber que no se sale con vida de Nurn... sin que los Señores de Nurn así lo ordenen.
Inglin
El sol ya se habia ocultado pero la elfa sentada en la puerta de la torre pensaba, pero esos pensamientos se vieron interrumpidos cuando el mismo orco al que ella le habia encomendado hablar con los jefes volvio -Dice mi señora que se reuna con ellos en.....- pero la elfa no lo termino de escuchar si no que salio corriendo amarro a Herod a un arbol y se dirigio hacia donde ellos estaban, y sin pensarlo toco la puerta, Aunque esta se abrio al instante y caras ya conocidas la reicibieron -N oquiero importunar ni mucho menos, solo queria tener noticias, pues en el medio del bosque los pajaron traen noticias, pero ninguna como las que se pueden escuchar aqui-.
Shulak
Después del relato de Delisse, Shulak tomó la palabra, y habló de lo acaecido en Túrelondë -Si inquietante es el descaro con el que nuestros enemigos pretenden entrar en nuestro territorio, no menos preocupante es lo que ocurrió en Túrelondë. Faltó poco par que la situación se descontrolara- dijo Shulak para todos pero mirando a los ojos de Nulkaiel -Los conjurados estaban a punto de dar el golpe, pero los informes de los espías, aún ser inprecisos, nos pusieron en ventaja. Aún así, pero, la conjura alcanzaba hasta la misma tropa... debimos hacer limpieza... dar un escarmiento- El hombre gusano relajó la postura y se apoyó en la mesa -Faltó poco para que las dos compañías embarcadas y toda la potencia del Matûrzogh no bastara para sofocar a esa chusma... Pero una ayuda inisperada vino en ayuda de Nurn... hubiera sido una lástima tener que regresar con toda una flota y arrasar nuestra propia ciudad.- hizo una pausa y continuó -Sin embargo la destrucción ha sido importante, el Consejo ha sido devorado por las llamas, las torres de defensa del puerto fueron barridas por las catapultas del barco, todo un barrio ardió por obra de los revoltosos, al igual que las dársenas y los astlleros.- Miró a Lord Dark y continuó su relato. -Ya todo está bajo control, la ciudad vuelve a ser leal. 57 conjurados que quedaron con vida tras el combate y unos 200 ciudanos sospechosos fueron empalados... El miedo más atroz se ha apoderado del corazón de todos los habitantes, no olvidarán los aullidos de los atormentados en muchas generaciones... esa ciudad no volverá rebelarse jamás. Ahora se están realizando las obras de reconstrucción de la ciudad, así como de la mejora de la defensa de la misma, ya que, si de una cosa ha servido esta conjura, ha sido el hacernos patente que la ciudad era débil.- Sulak esbozó una sonrisa. -Y en cuanto al \"numeroniano\", no creo que tarde mucho en venir a Nármelost, se quedó dirigiendo las obras de reconstrucción; es taimado pero, sin su ayuda, hubiera sido otro el final de la revuelta. Servirá bien a Nurn-
[Editado por elfo_negro el 23-11-2004 08:25]
Nulkaiel Milyawen
La historia que contó la Dama del Odio le había parecido de lo más interesante, no ya porque se hubiera encontrado a un intruso y éste hubiese sido despedazado, pues no era la primera vez que algún osado se aventuraba a penetrar en los territorios, y normalmente ninguno salía vivo de las tierras nurnitas, bien porque era cazado, bien por las torturas. Sin embargo, esta vez aquel hombre no había podido ser identificado, ni llevaba insignias, ni se le había podido interrogar.
- has hecho bien en venir a contarlo tu misma Delissë, porque el asunto es lo suficientemente importante como para tomarlo en consideración. -hizo una pausa. -Tu que estás más al corriente de los acontecimientos de la zona, dinos.. ¿Crees necesario reforzar la vigilancia en el Bosque?.
Pero antes de que la Maia pudiera responder entró Inglin en la Sala.
\"-No quiero importunar ni mucho menos, solo queria tener noticias, pues en el medio del bosque los pájaros traen noticias, pero ninguna como las que se pueden escuchar aqui-.\"
- Llegas entonces en el momento oportuno, Inglin. Ahora Shulak nos iba a contar como acabaron con la revuelta de Túrelondë. Ponte cómoda, esto será entretenido -dijo la noldo.
Y entonces el Oriental tomó la palabra, y les detalló lo ocurrido en el Puerto de la Victoria.
Si bien los hechos habían acaecido hacía unas semanas, no había tenido ocasión de escuchar al completo toda la historia, ni tampoco sus compañeros. En la capital estaban al corriente de los movimientos de un tal Kalemba, y le habían dejado hacer a su antojo, quizá demasiado.. pero resultaba que su ayuda había sido decisiva, y ahora se dirigía hacia Nármelost para convertirse en un Señor de Nurn. Estaba claro que Shulak confiaba en él pues de lo contrario no le habría encomendado la tarea de la reconstrucción.
Si aquella revuelta hubiera salido adelante, habrían tenido que tomarse mayores molestias en resolverlo, y los destrozos posiblemente habrían sido también más importantes, pero una vez más, el Matûrzogh había cumplido su misión. Aquel barco era el orgullo de la flota nurnita y Nulkaiel confiaba en que no hubiera sufrido daños.
- Desde luego todo esto que cuentas es bastante extraño, pero al menos han visto que los traidores lo pagan. No creo que tengan ganas de ninguna tentativa más. Sobre nuestro querido y misterioso taimado, espero que puedas contarme en otro momento, con más calma, todo lo que sepas de él, y las impresiones que hayas sacado de vuestro encuentro. Hemos descuidado Túrelondë estos años y lo hemos pagado -añadió pensativa. - No puede volver a suceder, ni allí, ni en otra ciudad. Bien, ¿y qué opina el resto?
Dejó la pregunta en el aire esperando que alguno de sus compañeros respondiera. Arattalion, permanecía sumido en un intenso silencio, parecía preocupado..
[Editado por Neume el 24-11-2004 16:46]
Delisse Yestariel
Delissë observó atentamente al hombre de ojos amarillos mientras relataba lo acontencido en Turelondë. La sospecha de la traición hacia tiempo que se había asomado por las tierras de Nurn, y la confirmación por fin había llegado.
- Cara se paga la traición hacia los Señores de Nurn. Que más allá de nuestras fronteras se sepa, pues aquél que nos traicione no pagará sólo con su vida, sino con el tormento y el dolor más allá de la muerte... por los siglos de los siglos. - su voz pareció sostenerse un instante en el aire... como una sentencia. - Pero esta traición nos incomoda ahora mismo más que otra cosa. Las defensas de Turelondë han quedado prácticamente inservibles... ¿Habrá que desviar pertrechos y soldados destinados a la guerra para una inevitable reconstrucción? Todos sabemos que en estos momentos no podemos prescindir de puerto alguno...
Se inclinó ligeramente sobre la mesa, y se sirvió una copa de vino. Un sorbo de la copa otorgó a sus labios el delicado color de la sangre viva... Miró a su Hermana Nulkaiel y añadió:
- Las defensas se han reforzado. Hemos triplicado las guardias, y nada entrará en el bosque sin que nosotros lo sepamos. Pero me siento cada vez más intraquila... Un enemigo desconocido es un enemigo que no se puede valorar. Si hubiera estado presente en el momento en que encontraron el cuerpo, tal vez hubiera podido hacer algo... Ha sido un hecho desafortunado. Pero aún cuando lo he intentado, sólo veo rostros desconocidos y sombras. Ese hombre no entró sólo. Un poder oculto le servía de protección, le dió velocidad y ocultó su mente y su corazón a mis ojos... Mas no durará siempre... - Delissë sonrió y tomó un nuevo sorbo de vino - Los Fauces Rojas también han doblado la guardia con instrucciones muy precisas. Desde el Nen Girith hasta el linde del Bosque del Silencio, nada podrá moverse libremente en la llanura. Incluso por si algún loco tratara de hacer la travesía por el norte, he dado aviso a la guardia de Curufarnë a fin de que redoblen también su guardia. Y la furia éntica también será avisada...
La voz de la Maia quedó nuevamente suspendida en el aire... Y era ahora cuando esperaba una respuesta. Se recostó en la butaca mientras se deleitaba con el sabor del vino, con ese leve amargor que le recordaba tanto a la sangre...
Arattalion, El Maia Oscuro
Arattalion escuchó todo lo que su hermana dijo de un hombre todo eso y recordo una predicción que hizo hace tiempo y era asi:
\"Cuando el atardecer anaranjado se ponga rojizo, llegará de de Mar-Nu-Falmar un viajero que atravesara el norte buscando el norte y quien lo encuentre primero entre el bien y el mal su victoria se alzará\"
No le extraño todo eso por que fue a Narmelost por el mismo motivo, por que desde Miunost observó ese atardecer y cuando se encontró aqui con sus hermanos reunidos y su hermana comunicó lo que paso en el Bosque de Taur-dín-Tirith salio de sus pensamientos y se volcó totalmente en escuchar atentamente a su hermana Delissë. Cuando termino de hablar y recostarse en su butaca tomando un sorbo de su copa, el Maia Oscuro se levanto y le dijo la predicción:
-\"Cuando el atardecer anaranjado se ponga rojizo, llegará de de Mar-Nu-Falmar un viajero que atravesara el norte buscando el este y quien lo encuentre primero entre el bien y el mal su victoria se alzará\"- dijo el Maia-. Hermanos ese hombre no iba solo hiraia con un grupo pero se que solo uno de ellos sobrevivirá a los lobos y pasará el bosque y llegara a penetrar nuestras fronteras. Lo he estado esperando mucho tiempo atras, incluso Kohan, uno de mis caballeros me dijo que uno de sus capitanes de la antigua Numenor se encontraba en Umbar y haria un viaje, donde no me lo dijo, pero lei que seria a estas tierras a buscar a los suyos, por lo que me dijo era de los mejores de Numenor y era sanguinario. Seguro vendria con una contienda de soldados pero veo a la lejania que tienen dificultades con los lobos y solo uno de ellos pasará el bosque, pero tranquilos mis Caballeros hirán y lo traeran a Miunost. Yo partiré dentro de poco de un dia pero Mis caballeros partiran ahora e iran en su busqueda.
Llamo a un guardia y le dio una nota escrita para que fueran a buscar a El Comandante Jefe, Ostoher, garra de plata de los Caballeros de la Garra Negra. Vio que ya era de noche y que el dia habia pasado muy deprisa y no se podia demorar aunque luego daria una vuelta por la ciudad.
Delisse Yestariel
Las palabras de Arattalion llenaron la estancia de la luz de una verdad hace mucho tiempo atrás anunciada. Delissë asintió ante las palabras de su Hermano... Se incorporó lentamente, y se acercó a la venta. Débiles rayos de sol iluminaban las calles de negros adoquines.
- La tarde se nos echa encima... y pasado el día muchos acontecimientos nuevos hemos conocido, pero pocas decisiones hemos tomado... Me tomaré la libertad de decidir por mi persona. Necesito averiguar algo más de ese hombre que traspasó nuestras fronteras sin llegar a buen fin... - volvió el rostro ligeramente con una sonrisa dulce pero sombría - Si nadie me necesita, y si nadie dispone lo contrario, me ausentaré un tiempo... Pero me mantendré en contacto.
Delissë se volvió nuevamente y un juego de sombras apareció ante ella, señalando su camino. Esperó la respuesta de sus Hermanos, mientras su mente ya volaba muy lejos de allí...
Shulak
Los rayos oblícuos del sol, entraban, anaranjados, en la sala del consejo, alargando las sombras y remarcado todos los relieves. Shulak permanecía de pié, con pose relajada, pero sin dejar de tener un aire marcial. Era posiblemente su incapacidad de odiar, su incapacidad de amar la que le imprimía esa apariencia dura que todos achacaban a una ferrea disciplina.
Escuchaba con atención las palabras de los maiar, sus profecías y supercherías: palabras enigmáticas dichas por seres enigmáticos.
-Creo muy acertado que se investigue el caso, y se averigüe si tiene alguna relación con la antigua profecía- dijo el hombre dragón, que no creía en profecías, sinó en la guerra y la destrucción. -Y se debería decidir la distribución de las fuerzas del clan para afrontar cualuquier agresión... quizá para iniciarlas.- hizo una pausa- Pero eso puede esperar a mañana. Yo, como capitán de la guardia permaneceré en Narmelost; a la tropa de defensa de la ciudad se sumarán en breve una compañía entera de bravos y endurecidos soldados. Así que, el grueso de la tropa, podrá marchar con libertad a donde el consejo y el arte de la guerra dicten.-
Viendo que poco más podía aportar a esa reunión informal, hizo una ligera reverencia y se despidió de todos pretextando deberes.
Y así era, debía visitar a los oficiales para darles nuevas órdenes, se debía endurecer el control y decretar un estado de guerra: las armas de defensa se tenían cambiar por armas más pesadas y los soldados debían pertercharse con sus armaduras completas... Y se deberían dictar normas de excepción para limitar los movimientos de los habitantes civiles de la ciudad, pero eso era cosa del Consejo, él tenía más que suficiente con matener en estado de máxima atención y preparación a las tropas de la guardia.
Cuando ya abandonaba la sala se giró hacia Nulkaiel -mañana... ¿cómo siempre?-
[Editado por elfo_negro el 26-11-2004 19:30]
Nulkaiel Milyawen
Arattalion había vuelto a tener una de sus visiones. A diferencia del Oriental que era bastante más práctico y no confiaba especialmente en ellas, (no hacía falta más que leer en sus ojos para darse cuenta), ella si tendría presente las palabras del Maia. Si lo dicho era cierto, pronto se uniría alguien más a ellos. Parecía que los acontecimientos se precipitaban por momentos.
- Shulak tiene razón, debemos repartir ya el grueso de nuestro ejército en las distintas compañías y reforzar las zonas estratégicas. Destinaremos a la frontera con la Orden del Telpe un batallón de soldados para que se unan a tu pueblo, Delissë. Estarán a tus órdenes. Yo me quedaré en Nármelost con la Compañía de Shulak. Si averiguas algo del intruso del bosque comunícalo sin demora. En cualquier caso, nos mantendremos en contacto desde la capital con todas las compañías. Tal vez Inglin, -dijo mirando a la elfa de cabellos castaños - quiera acompañarte a Taur-din-Girith..
Uno por uno se fueron despidiendo de la reunión para atender otros asuntos. Demasiado tiempo habían permanecido en la Sala y las tareas se les acumulaban a todos.
-mañana... ¿cómo siempre?- le preguntó el de ojos amarillos antes de salir.
-como siempre Maestro. Mañana al alba nos encontraremos.
A causa de los acontecimientos del día no habían podido dedicar el tiempo que acostumbraban al entrenamiento diario. El Oriental les abandonó tras una reverencia. Él se encargaría de movilizar las tropas de la capital y ponerlas a punto. Por su parte, ella mandaría mensajeros al resto de los Capitanes del Ejército nurnita para informarles de los últimos acontecimientos y que estuvieran preparados.
Inglin
Parecia que hacia dias que habia estado sentada alli, la cabeza le daba vueltas entre todos los temas tocados en esa reunion, -ire con delisse hacia alla, lo que usted disponga por mi esta bien, aunque Con gusto si disponene de cualquier otra cosa tambiene estara bien- dijo mirando a Nulkaiel, - Si no nesesitan nada mas, ire a dar una vuelta antes de partir - y dando la espalda a los que quedaban, bajo lentamente la escalera que llevaba afuera.-
Arattalion, El Maia Oscuro
Al ver que todos se iban yendo a sus quehaceres, Arattalion fue a dar una vuelta por la ciudad. Shulak, habia hecho bien su trabajao y las guardias de la ciudad empezaron a moverse. La noche llegaba cosa que le atraia mucho y mas por los lugares oscuros que dejan las sombras. Fue a una taberna y ese antro se encontraba lleno de gente y orcos que pasaban alli sus horas que no estan trabajando o simplemente para charlar y tomarse unas pintas.
Vio al Tabernero y le dijo que le trajese una Pinta. Al tomarse la pinta vio un alboroto fuera de la Taberna y fue a ver que pasaba. Tres orcos de la guardia habian sido acuchillados y tenian una sonrisa de oreja a oreja, es decir, degollados. Al ver esto, llamo a los guardias que se encontraban cerca y dijo:
- Quiero que acordonen la zona a tres manzanas a la redonda, y buscad por todas las casas y sitios oscuros, carrujes, todo,por todos los lados,¿entendido?, he escuchado cosas sobre alguien que corta el cuello de esta manera. Puede que sea una espia asi que encontrarla y traermela. No le hagais sufrir mucho, la quiero viva. Lo que se busca es una mujer y no un hombre o escoria como tu.
Tras decir esto La zona se acordonó en tres manzanas y fueron buscando casa por casa. Arattalion cogio a unos cuantos soldados y les dijo seguidme.
Subieron al atico de la taberna y luego al tejado.
- Se que estas por aki cerca y te encontraremos antes de que el sol vuelva a la vida.
(esta Historia esta relacionada con El principio del Fin en historias de la Guerra de los clanes)
Nulkaiel Milyawen
Ya solo quedaban las dos elfas. Nulkaiel también tenía asuntos que reclamaban su atención y los había tenido que retrasar por la reunión inesperada. Desde la llegada de Elentar, el elfo misterioso, hasta entonces, no habían descansado un momento. A esas alturas el Rey de las Estrellas debía estar ya muy lejos de la capital.
- Si no necesitan nada mas, iré a dar una vuelta antes de partir - dijo la elfa sindarin sacándola de sus pensamientos.
- Inglin, espera un momento.. - dijo la noldo poniendo una mano sobre el hombro de su compañera. - Quizás quieras pasarte por Túrelonde antes de ir a la frontera oeste, y así, ver como lleva el tal Kalemba las reconstrucciones. No estaría de más que se le vigilara de cerca.. pero lo dejo a tu elección.
Inglin
-Realmente me gustaria recorrer un poco mas Nurn, antes de volver al silencio del bosque, ire a Túrendole y evre como andan las cosas y si hay algo digno de ser contado lo hare, que la oscuridad la porteja- y sin decir mas partio de la torre.
Al salir de la torre vio un ajetreo de orcos, pero ninguno se detuvo a decirle que pasaba. Pero se olvido de todo cuando el aire fresco del alba le rozo la cara, y recordando dond habia dejado su caballo lo fue a buscar.-
Shulak
Se llamaba Deanna, era la menor de 5 hermanos. Ni sus padres ni sus 3 hermanos varones pudieron hacer nada. El año pasado ocurrió, cuando la doncella contaba con 17 años.
El día había amanecido brillante, y en la campiña soplaba una fresca brisa otoñal, toda la aldea se afanaba en las labores del campo mientras los cantos ancestrales amenizaban la dura jornada.
La muchacha manejaba con habilidad la hoz, desconectada del mundo, perdida en sus propios pensamientos. Vestía un sencillo vestido blanco de lino, ceñido a la cintura con un cinturón de cuero del que colgaba una pequeña bota llena de agua. El sudor resbalaba por su hermoso rostro, por su cuerpo.
Así la vió Shulak. Iba de regreso a Nurn en un largo viaje que iniciara en las tierras de Tercano Nuruva. Llevaba 10 días de viaje cuando llegó a las tierras de nadie que se extienden entre los territorios del concilio de Nar-Tasarion y del Orden de Telpe. Son tierras en general improductivas pero, cerca del delta que desemboca en Falmasulë pequeñas aldeas han crecido con el paso de los siglos. Son aldeas agrícolas, donde, si bien jamás se ha pasado hambre, jamás se ha conocido la prosperidad. La vida es dura y requiere del trabajo de todos; no hay tiempo para el ocio ni para la molicie. Es una tierra donde la libertad no es un regalo, es una lucha. Demasiado cerca tienen a los clanes. Demasiado cerca tienen a Nurn.
Shulak montaba en su caballo tordo, llevaba 10 días de viaje. Y allí la vió. Una flor en un pastizal. Era esbelta y de dulce rostro; piel tostada por el sol y ojos verdes; Su negra y ondulada melena caía caprichosa sobre su elástica espalda.
Cuando lo vieron entrar en el campo de labor, los campesinos se detuvieron, lo miraron con curiosisad y con rabia. No sabían quien era, pero sólo podía ser uno de los altaneros señores de los clanes. Se acercó a la muchacha, enseguida sus familiares la flanquearon. -Sube al caballo muchacha- dijo con voz autoritaria el hombre dragón. Deanna agarró el brazo de su madre mientras sus ojos verdes se abrían aterrorizados.
El padre de la chica se adelantó con valor y se enfrentó a la bestia. -Estas son tierras libres, no somos siervos de ningún Clan, nuestras hijas eligen a sus esposos de entre sus vecinos, nada pedimos... y nada damos, pase por nuestra tierra, no se lo impediremos, pero pase-
Shulak lo miró con sus ojos amarillos y, sin retirar la vista del anciano repitió -Sube al caballo muchacha- y después de una pausa añadió -o este viejo morirá-
Un murmullo se extendió, los hombres empuñaron con fuerza sus hoces y fueron en ayuda de su convecino.
-¿Sois acaso guerreros? ¿Os enfrentareis a un Señor de Nurn?-
al oír estas palabras de Shulak el pánico pobló las miradas de todos los campesinos, -dadme a la doncella y nada os ocurrirá. Sí, sois muchos, pero... ¿cuantos están dispuestos a morir? Porque os aseguro que las cabezas de muchos rodarán antes de que yo reciba la más mínima herida.- Observó las reacciones de los hombres... aún faltaba un detalle. -Muchacha, ¿permitirás que estos hombres mueran por ti? Sube al caballo antes de que sea demasiado tarde- La joven dudó pero al ver la mirada aterrorizada de su padre y sus tres hermanos se derrumbó, las lágrimas asolaron su bello rostro. Su padre era un hombre de honor, un hombre libre, pero era viejo y sus fuerzas lo habían abandonado. Él habría luchado... pero los ojos de esa bestia lo atenazaban.
Entre lágrimas fue despedida Deanna. Montaba a la grupa, cogiéndose de la cintura de Shulak. Galoparon hasta Narmelost.
Había pasado un año.
Shulak entró en su casa, había dado ordenes a la guarnición para que se reforzara la guardia, para que todos los soldados se vistieran ropas de combate. No las pesadas armaduras de asalto, pero sí las armaduras ligeras completas. Y llegó, después de un largo día a sus aposentos reservados en la Torre de la Estrella Negra. Se lavó y comió algo.
Un fuego susurrante ardía en el hogar, Shulak se sentó en una gran butaca de la sala de estar. Era una sala de formas simples, sin apenas muebles y poco iluminada. Unos pocos candelabros daban una luz lechosa que era tragada por la rojez del fuego.
Una figura femenina se recortó en el umbral de acceso al salón, Shulak notó su tibia presencia. Vestía únicamente una túnica de sutil algodón con hermosos bordados de motivo botánico. Se sentó sobre el hombre dragón. Se abrazaron en silencio.
Shulak contempló los ojos verdes de Deanna, su rostro dulce y perfecto, sintió el calor y la fragancia de su hermoso cuerpo. Manos de muerte acariciando la piel más pura. Ojos de dragón perdiéndose en la belleza.
En la amplia cama de la vivienda dormía Shulak, Deanna recostaba su cabeza sobre su pecho en un abrazo que parecía buscar algo imposible. Porque Shulak jamás la podría amar.
Nulkaiel Milyawen
Entonces no había más que hablar. Inglin partiría hacia el Puerto de la Victoria. Ambos volverían juntos y luego la elfa sindar podría comentarles eso que desde Nármelost escapaba a su visión, los pequeños detalles no mencionados en las notas enviadas con los mensajeros. Eso le recordó que debía mandar mensajes a los Capitanes de las Compañías contando las nuevas del Clan.
- ya pueden venir a recogerlo todo -dijo señalando las copas y bandejas medio vacías.
Se dirigió hacia sus aposentos. Al pasar por la gran fuente negra deslizó los dedos entre la suave piedra, estaba fría y le gustaba esa sensación.
Subiendo las escaleras vio un reflejo dorado en Elenmorna. La luz salía de las habitaciones de Shulak. Se podía imaginar con quien estaba. Recordó el día que el Oriental llegó con aquella chiquilla a la grupa, estaba feliz con su nueva adquisición mientras que ella no paraba de lloriquear asustada, con todo el pelo revuelto por la galopada.
Llegó al último nivel. Los Guardias como de costumbre la saludaron sin moverse del sitio. Sin devolverles el saludo empujó la gran puerta de madera que daba acceso a la habitación. Su sirvienta no estaba, \"seguramente habrá ido a lavar alguno de mis vestidos\", pensó. Mejor así, prefería no tener a nadie alrededor que la distrajera mientras escribía. Una vez hubo sellado los mensajes los dejó encima de la mesa. Ya se encargaría su esclava cuando regresara de mandarlos. Después de algunos años a su servicio, no hacía falta explicarle las cosas. Sabía cuales eran los deseos de su Señora a la perfección.
Se quitó el vestido, y lo cambió por unas ropas más sencillas y cómodas que le permitieran montar. Echaba de menos los largos paseos sobre Orenor. Bajaría a las caballerizas y buscaría a su fiel amigo. Tenía el tiempo suficiente antes de verse con Shulak.
Shulak
El alba aún tardaría unas horas en asomar tras el horizonte. Shulak estaba sentado frente a una ventana que dejaba entrar la noche, el torso desnudo. Delante de él, una mesa y, sobre la mesa, un pequeño arcón abierto del que se escapaban reflejos de vivos colores y brillo intenso. Esmeraldas, rubíes, diamantes, topacios, granates, ámbar... El hombre dragón sostenía una esmeralda de gran tamaño y, a través de ella perdía la mirada. Parecía embelesado por el efecto caleidoscópico de la talla, por la multiplicación artística del cielo estrellado en el fondo del mineral verde.
Deanna dormía apaciblemente en la habitación contigua, sola, como cada noche.
Jirones de nube se deslizaban con velocidad anormal por el cielo nocturno, jirones que ya absorbían la mañana, su color y su frescor.
Shulak dejó la joya dentro del arcón y se levantó. Entró en la habitación. Se vistió el chaleco largo un tanto ruidosamente, tanto que la joven se despertó. Lo miró con los ojos entornados, deseando ver lo que no existía, deseando ver a su amante, a un hombre noble... y tierno. Pero Shulak no era un hombre... y era frío y distante. Se arrodilló junto a la cama, deslizó su mano bajo las mantas y acarició a la muchacha –Duerme Deanna, duerme tu que puedes. Duerme... ahora que aún se puede dormir.- Entretuvo su mirada unos segundos en el rostro delicado, en los ojos verdes que se iban cerrando, en un mechón de pelo negro que cruzaba, caprichoso, la cara de la joven.
Shulak entró en la sala de armas, se ciñó la espada y salió con ojos brillantes.
Con pasos largos recorría los pasillos de la torre, hacía frío y la mañana quería nacer, su rostro era duro, inexpresivo.
Él siempre era el mismo, oscuro y terrible, despiadado y cruel. Pero, quien lo viera junto a sus joyas o junto a Deanna podría llegar a creer que tenía alma, pero no sería sino un error, un espejismo... porque él era Shulak, el hombre-dragón, la más terrible criatura que Morgoth imaginara, nacido para destruir.
Nulkaiel le esperaba en lo alto de la torre. Como cada día esa era la hora del entrenamiento. La hora de templar la carne. La elfa era una gran guerrera, y poco tenía que aprender. Por cortesía llamaba a Shulak su maestro, pero poco tenía él que enseñarle. Era, más que nada, un mutuo entrenamiento, un saludable ejercicio diario para no olvidar lo aprendido, para mantener cuerpo y alma en total preparación para la guerra.
Shulak era exigente, pedía lo máximo de la elfa, pedía la perfección y ella le correspondía.
Esa mañana estaba más ansiosa de lo normal por empezar el entrenamiento. La guerra era inminente y la tensión venía a enlazarse con las ansias de perfección. Empuñaba su pesada espada élfica, vestía unos cómodos pantalones ajustados, que dibujaban su elástico y poderoso cuerpo, una fina camisa cordada y unas altas botas negras.
Los primeros rayos del sol atravesaron las viejas arcadas de la torre.
Shulak solía empezar su entrenamiento con algún consejo táctico, con alguna experiencia propia o ajena. Esa mañana, con la guerra tan cercana, repitió algo que la elfa había escuchado en muchas ocasiones del Hombre Dragón: “Si conoces al enemigo y te conoces a ti misma, en cien batallas, no correras el más mínimo peligro. Cuando no conozcas al enemigo pero te conozcas a ti misma las posibilidades de victoria o de derrota son iguales. Y si a un tiempo ignoras todo del enemigo y de ti misma, es seguro que estarás en peligro en cada batalla”.
Sonrió a la elfa, ella había entendido que las palabras que Shulak había elegido para esa ocasión no eran para instruirla, sino para \"normalizar\" ese entrenamiento -Bien, la hora de las palabras ha acabado, sólo el acero debe sonar ahora-
Las sombras de los dos guerreros se alargaban sobre el pavimento tosco de la torre... y el acero brillaba.
[Editado por Elfo_negro el 05-01-2005 20:06]
Nulkaiel Milyawen
Atravesó el puente de piedra bajo el cual fluía el río de lava. Golpes de humo y vapores ascendían por los laterales. Los centinelas ordenaron abrir la gran puerta al verla llegar. Orenor, animal orgulloso, pisaba ahora más lento pero fuerte, el eco de los cascos resonaban en el patio.
El caballo respiraba ruidosamente. Hacía tiempo que no se daban un paseo a ese ritmo.
- te has portado muy bien -dijo acariciándole la crin.
Un esclavo se acercó hasta ella para llevar el corcel de nuevo a las caballerizas. Le cedió las riendas, y se dirigió a Elenmorna. Ascendió las escaleras que llevaban a lo alto de la Estrella Negra con prisa, no sabía por qué pero aquella mañana estaba impaciente. No había nadie aun, pero no tardaría en llegar. Se acercó a una de las arcadas de la Torre y oteó el horizonte. Anar estaba despertando. Podían haber escogido otro lugar para los ejercicios matutinos, sin embargo ambos querían que fuese al aire libre, y desde lo algo tenían unas vistas privilegiadas. Escuchó pasos que venían de las escaleras. No hizo falta que se diera la vuelta para saber que era su Maestro, sus pisadas eran inconfundibles.
Después de un saludo cortés, Shulak dijo algo que ella ya había oído en otras ocasiones, hablaba de conocerse a uno mismo, al enemigo.. sí, pero ¿quien le conocía a él?.. jamás nadie llegaría a saber lo que pasaba por su mente, ni ella con los dones propios de la raza élfica, ni siquiera los Maiar. Callado y observador a veces resultaba inescrutable, y tenía la sensación de que el siempre jugaba con ventaja.
- así sea Maestro. - desenvainó ella también a Itanarwa y ambas espadas brillaron con fuerza.
Empezó atacando ella, sentía que tenía prisa por derrotarle, pero él se defendía bien con su espada de un solo filo, sus movimientos eran casi igual de ágiles que los de un elfo y su fuerza era con mucho superior a la de ella. Al cabo de un rato Shulak ordenó que cambiara de mano. Eso ya no le agradaba tanto, ella era zurda y prefería manejarse con esa mano, pero sabía que el de ojos amarillos tenía razón, debía ser igual de buena con ambas. No se desenvolvía con tanta soltura con la diestra, y sus movimientos eran más lentos. Finalmente optó por cogerla a dos manos.
Un giro mal hecho y el precipitarse cuando no debía, le dejaron un rasguño en el brazo. Al segundo después estaba desarmada. La espada élfica cayó al suelo a unos pasos de donde se encontraban. Se llevó la mano a la herida, escocía y sangraba un poco, pero no era más que un pequeño recuerdo.
Unas pequeñas gotas perlaban la frente de la elfa. Observó el rostro del Oriental, y se alegró de ver que la actividad de aquella mañana le había pasado factura a él también, pues alguna huella de cansancio se dejaba ver en su postura.
- Creo que hoy no practicaré con el arco, lo dejaré para mañana, cuando la herida haya cicatrizado un poco.
- Por hoy ya hemos hecho bastante. - dijo él.
Con la respiración algo entrecortada se apoyó en la fría y dura roca de la arcada. La ciudad había despertado por completo, y la actividad era intensa, como cada día al amanecer.. el alba.. la mejor hora del día.
- el ansia no es amiga de la victoria.
- lo sé -dijo la elfa.. -pero ya sabéis por qué me invade..
Shulak
El día comenzaba con tonos rosas y algo azulados, como entre la felicidad y la tristeza.
De la torre se escapaban ruidos salvajes, acero contra acero, y se extendían por la fresca mañana.
La elfa era muy ágil y su técnica era casi perfecta, se movía con soltura ante su rival, sus fintas eran justas y no desperdiciaba ni un movimiento: toda defensa era un ataque.
Shulak debía concentrarse al máximo para luchar contra ella, cualquier falta de atención podría tener peligrosas consecuencias. El cuerpo del hombre dragón era dificil de herir pero Nulkaiel golpeaba con fuerza inusual en una elfa, y su espada estaba magníficamente afilada.
El combate se alargaba, ponía a prueba la destreza de ambos, y sus fuerzas. El cansancio se percibía en el respirar descompasado de Nulkaiel y su mente poderosa ese día no estaba al completo en el combate. Vaciló una fracción de tiempo. Sólo un momento... imperceptible hubiera sido para un guerrero corriente, pero Shulak no era un espadachín común: su técnica y su espíritu se habían forjado en Angband y se habían templado en mil batallas; era un señor de la guerra, experimentado y poderoso.
La naturaleza de ese ser lo convertía en una máquina de muerte. Era fuerte, mucho más fuerte que ningún hombre o elfo, y su piel de bestia maldita era más dura que la ningún otro ser... sólo las escamas de un dragón eran superiores, muy superiores. Su agilidad no era comparable a la de los elfos, pero sí a la de los humanos más rápidos y diestros. Quizá los elfos de los años antiguos podían rivalizar con él (aunque también había matado a muchos) pero en esta edad decadente muy pocos eran los que estaban a su altura.
Shulak percibió el movimiento imperfecto que ofrecía una mínima vulnerabilidad en su rival. Lo aprovechó y, con un hábil movimiento pero moderando el ataque en fuerza y letalidad, hirió a la elfa.
Brillante y púrpura sangre brotó de la mínima herida, eso arrebató la concentración en el combate a la elfa y otro movimiento bastó a Shulak para desarmarla.
Había sido un combate excelente y agotador. Shulak miró la herida para asegurarse que no revestía importancia.
Normalizando su respiración, recuperando fuerzas, repasaron el combate, estudiaron los movimientos realizados y las posibles mejoras.
Nulkaiel era orgullosa y de pocos consentía consejos, eso hacía que, los pocos que tenían la posibilidad de dirigirse a ella con autoridad, fueran escuchados con atención y provecho y, también hay que decirlo, con un poco de desagrado. -el ansia no es amiga de la victoria-. Dijo Shulak mirando a la elfa con intensidad, con ánimo de hacer perenne esa reflexión.
Se despidieron con cordialidad pero sabiendo que muy pronto se encontrarían en un lugar o en otro, sabiendo que eso no era una despedida sino un \"hasta ahora\".
Shulak envainó el sable y pensó en lo que le depararía el día. Tenía mucho trabajo que hacer: supervisar los entrenamientos diarios de la tropa, disponer una adecuada defensa para Narmelost y, sobre todo, ordenar la formación del Alba Sangrienta. Era una compañía ligera y flexible, no debía lastrar su principal ventaja con pesados trasportes y excesivo avituallamiento. Debían llevar lo justo, no más, debían ser rápidos y letales, poder golpear primero y con fuerza.
[Editado por Elfo_Negro el 13-01-2005 13:05]
Nulkaiel Milyawen
Su vista élfica le permitió avistarlo en la lejanía. Poco a poco veía claramente el batir de las alas y el crascitar característico del ave. Se posó tranquilo en el alfeizar de la ventana. No le gustaban aquellos pájaros, pero sabía que en tiempos de guerra los cuervos eran un \"transporte\" fiable para enviar mensajes, y eran más eficaces la mayoría de las veces que los heraldos.
Deshizo el nudo liberando al animal de ese pequeño pero importante trozo de papel. El cuervo se dejó tocar sin miedo. Y esperó, pues sabía que su misión todavía no estaba concluida. Giró su cabecita negra y observó la habitación de la elfa.
- Ni se te ocurra entrar o haré que te sirvan para la cena -dijo Nulkaiel mientras desenrollaba la nota.
“La Garra Negra ha vencido sobre las tropas telpenianas. Esperamos nuevas noticias. En breve comenzaremos a caminar un poco al este camino al linde de nuestras tierras.”
Dejó la nota sobre la mesa y se dispuso a contestar sin demora. Ató la misiva con el mismo hilo.
- Búscales, llévales mi respuesta. ¡Rápido!.
El animalillo sin apenas haber descansado, partió rumbo al bosque. Mientras la elfa observaba el vuelo del pájaro, una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.
- Ulkum!! -gritó.
- ¿Qué manda mi señora? -dijo uno de los fornidos guardianes apostados en su puerta.
- Que avisen a Shulak que la Cuarta compañía ha ganado la batalla. La de Andir debe encontrarse en estos momentos persiguiendo a nuestros vecinos sureños.. Ojalá les haga pagar cara su osadía.
- Yo mismo avisaré al hombre dragón.
- Bien, ve ahora.
Tenían que partir en poco tiempo. El oriental llevaba varios días encargándose de dar las últimas instrucciones a los soldados. Pronto avanzarían las Albas Sangrientas..
Seregruin
La oscuridad se acrecentaba por momentos, acompañando al terror y la opresión que atenazaban los miembros de sus compañeros. Seregruin, por el contrario, parecía crecer con cada milla que avanzaban en tierra nurnita. Beriel veía cómo la sombra de su amo se hacía más pesada y poderosa mientras oteaba incansable el horizonte, en cubierta, bajo la siniestra luz de Isil.
El vacilante movimiento que las dos docenas de esclavos conseguían arrancarle a la adversa corriente hacía parecer a la rojiza barca un senil espectro que costosamente se abriera paso entre las tinieblas. Y en ambas márgenes del Morelimbar, la imperturbable negrura de la comarca se deslizaba en un crescendo de oscuridad e incertidumbre.
Luego de haber repasado algunos asuntos junto a sus ayudantes en el camarote señorial que se le había asignado, Seregruin sintió deseos de retornar a cubierta aún cuando la noche hubiera mudado su clara oscuridad en una impenetrable neblina: niebla terrible y blanquecina que venía armada de una no menos impenetrable y terrible helada llovizna. De hecho, sólo unos experimentados marinos -y un timonel que conociera aquél río hasta en sus más recónditos meandros- podrían orientarse llevando aquél velo sobre los rostros: los remolinos de finas gotas y la fantasmagórica estela de la niebla, colándose en todos los rincones, impedían que los tripulantes vieran con claridad siquiera los aparejos de que se ocupaban; y tampoco las manos de los remeros, moviéndose en un círculo perpetuo, aparecían nítidas bajo sus esclavos ojos.
La punzante ceguera, sin embargo, no molestaba a Seregruin: el mestizo se hallaba a gusto en aquél baño helado que llenaba de escarcha sus cabellos y sus ropas. En torno suyo, sin embargo, su escolta musitaba improperios y desconfianzas en alguna lengua desconocida y desagradable. Pero ciertamente era el clima apenas un detalle en el generalizado sentimiento de terror que aquellos rudos orientales pretendían negar de palabra: sus estómagos se retorcían en un vértigo angustioso y las palmas de sus manos sudaban profusamente, y no eran ni el balanceo de la barca ni la humedad ambiente las causas de aquellas indudables muestras de temor.
Salvando estos invisibles murmullos, el silencio en cubierta era casi total: rasgado ocasionalmente por el graznido de los cuervos -o de alguna alimaña similar-, y chapoteado rítmicamente por el trabajoso remar de los galeotes allí abajo. La embarcación discurría indiferente en medio de la nada y Seregruin vivía aquella hora con una inexplicable excitación que acaso maravillara a propios y extraños. Se sentía dueño de sí, y dueño de lo que lo rodeaba. Y estaba exultante.
-Venga, jefe. Recuéstese unas horas en la litera -rogaba de pronto Beriel, pretendiendo evitar de este modo el desamparo que la tenebrosa y ciega madrugada le infundía. Hacía unos minutos ya que un perturbador ulular invadía las pobres mentes de aquellos mercenarios.
\"Un hombre curtido en cien batallas, feroz líder de un ejército al que pocos se atreverían a enfrentar, teme el siniestro poder de estas tierras\" -anotaba mentalmente Seregruin, mientras tanto.
-Regresa tú al camarote, Beriel, no necesito de ti por esta noche -contestaba el númenóreano, y avanzaba en pos del puente de mando.
-¿Siempre está el tiempo así en estas tierras, Capitán? -preguntaba luego, al pie de la escala, utilizando una de sus artimañas más añejas: el trato cordial, de igual a igual, con sus subordinados.
-No, no, no. Pocas veces tenemos un clima tan favorable a la navegación, mi estimado Kalemba -respondía el Capitán, anudándose en una triste carcajada-. El númenóreano, en tanto, ascendía los escasos peldaños con parsimonia.
Ni bien dejar la estrecha escala detrás, imposible se le hizo no sentir la alcohólica presencia del hombre que se erguía a pocos pasos. Por lo demás, la corpulenta figura no era más que un fantasma en medio de la niebla.
-Los Poderes del Reino están de su lado -continuó la voz del fantasma, que adoptaba por momentos el tono de la experiencia que dan los años-. Al parecer han decidido que arribe Usted a la Ciudad del Poder de Fuego de aquí a dos noches, Señor.
Pero en seguida agregaba con sorna e insolencia:
-Si se trata de castigarlo o de recompensarlo, eso yo ya no lo sé, desde ya... pero que el Deseo de los Poderes es que usted arribe a la brevedad... de eso no hay la menor duda.
*******
Unos ojos rojizos se iluminaron por un instante a la lumbre de una cerilla.
-\'sta humedá q\'no me deja fumá... -masculló el capitán brevemente. E inclinando el rostro aguardentoso a la impertérrita facha del númenóreano, susurró:
-Si me deja confesarle algo...: en tiempos normales, la celeridad significa castigo... -hizo una pausa algo dramática-... y la recompensa no existe ¡ja ja ja ja!! -sus carcajadas eran estruendosas, ásperas y estúpidamente maléficas... pero afortunadamente su falsa alegría se extinguió rápidamente, tal vez al comprobar que el númenóreano permanecía inmutable.
-Se avecina la guerra, sin embargo -continuó el viejo en alta voz, declamando casi-. Una guerra como las de antaño, según se dice. Las Compañías Señoriales alistan infinidad de soldados en todos los rincones del país... y dos de ellas se reagrupan poderosísimas en el Lejano Oeste, más allá de las Nanda Girith, en el Bosque del Silencio...
Una copiosa tos interrumpió la exposición del capitán: su costumbre de hablar sin pausa se veía, o bien perturbada por la humedad, o bien por la falta de humo occidental en sus pulmones.
Seregruin permanecía en silencio, y se preguntaba cómo podía ser que aquel capitán de modesto bajel supiera tanto acerca de la real disposición de los ejércitos nurnitas. Porque, en efecto, tales habían sido las noticias que el númenóreano oyera el día anterior de boca de Inglin, la Elda enviada por el Consejo de Nármelost.
-... y es sabido que en tiempos de guerra todo el mundo puede ayudar ¿No es así? Je je je -continuó el viejo cuando recuperó el control de su garganta; agregando tras una pausa teatral, y con una muy endulzada voz:
-Lord Kalemba, he oído decir que su espada es poderosa... -y aquella voz invisible y espectral se engolaba a medida que crecía en la adulación-, y que usted en solitario ha acrecentado la gloria nurnita al enfrentar con valor y decisión inigualables el atrevimiento del Capitán de la Torre y de la Guarnición en Túrelondë... -para rematar, sin gusto, y con acidez:
-Je je... pero si estos porteños son unos engreídos que nunca escarmentarán... -y un toque de falso contento volvió a apreciarse en su ronquera.
*******
Pero el barco continuaba su vacilante discurrir y Seregruin escuchaba casi indiferente aquellas palabras de doble filo. El tenso silencio duró no mucho ya que el Capitán optó por explayarse, abriendo unos brazos invisibles que parecían querer abrazar al mestizo:
-Hoy los descuartizas y repartes los restos para que abonen esa tierra pútrida... y mañana estarán nuevamente buscando sacar ventajas sobre el resto de nosotros... -su indignación crecía y sus brazos se contraían en un frenético y fantasmal pedido de cuentas- ¿¡Qué se creerá esa gente?!... ¿Que en Nurn somos unos imbéciles?... -el trueno de su voz se apagó con un estertor.
-Menos mal que han liquidado ya a la rata de Seredhel... -continuó con su tono displicente y pretendidamente gracioso-, habrá que ver si por una vez la chusma escarmienta... -y su decir estalló en una carcajada desaforada:
-Ja ja ja... me han contado cómo fue aquello, amigo... digno de verse, sí: un elfo, recién llegado a la Ciudad (con porte de Señor, eso sí)... y va el Seredhel y lo deja pasar ¡¡Como si nada!!... ja ja ja ja...
Creyéndose en la necesidad de explicarse, agregó:
-Porque a Seredhel lo habían colocado al mando de la Puerta Norte, ¡ja!... aunque estaba permanentemente vigilado... je, je... y él lo sabía, claro... ja, ja, ja... si lo torturaban muy a menudo, je je je je...
Pero aquellas risitas se le estaban haciendo ya muy molestas a Seregruin. Más aún porque, antes de que el traidor arrepentido fuera llevado desde Túrelondë a Nármelost, el viejo Kalemba -que no sin cierta dificultad le salvara entonces del castigo de Nurn- le había encomendado secretamente el armado de una red de acólitos entre la soldadesca de la Capital para que, llegado el momento, respondieran a él clandestinamente.
(Seregruin era precavido: nunca se sabe si uno precisará de un apoyo local al momento de arribar a destino).
-Sí que sabía que lo estaban vigilando... y es posible que, a esa altura, él quisiese quitarse la vida por mano propia, también... ja ja ja ja ja. Y bien que lo hizo, ja ja... Ay, ay, ay... de haberlo visto yo...
La implacable saña de aquél hombre con su lugarteniente lo estaba molestando en demasía, y el viejo continuaba riéndose impunemente... Seregruin percibió, incluso, que el capitán lloraba de gozo.
-Sí, Maese Kalemba, eso hubiera sido digno de verse... -concluyó algo fatigado. Pero la voz se recompuso en unos momentos:
-¿Usted lo conoció a Seredhel?... tiene que haberlo conocido, si usted es porteño... ja ja ja ja... -las carcajadas se oían, nuevamente, ensordecedoras, atravesando violentamente la helada cortina de la noche nurnita.
Seregruin sintió entonces una pesada mano en su hombro, y escuchó:
-Pobre infeliz... muerto como un perro... ja ja ja ja. Que no le toque la misma suerte, mi Señor. Aunque observo que usted es más duro y, por decirlo así, más Señorial... ja ja ja ja.
Pero su risa se ahogó esta vez en un nauseoso gorgoteo, y el capitán ya no habló. Seregruin se dirigió al timonel con la poderosa espada empuñada con firmeza en la diestra:
-¿Conoces el camino, verdad? -preguntó, casi con indiferencia.
-Lo tengo en mis manos, Señor -se apresuró a contestar el joven, con orgullosa ingenuidad.
-¡¿Quién era esta escoria?! ¡¿Qué clase de Capitán hablaría así a un Señor de Nurn?! -preguntó, impostando una ira descomunal, Seregruin.
-No era el Capitán, mi Señor -respondió el timonel con tono marcial-. En verdad... no sé quién era -pero su voz se apagaba a medida que tomaba conciencia de la magnitud de su incompetencia-. Es la primera vez que le veo. Es decir, si se viera algo en esta niebla. Usted me entiende -concluyó algo confuso.
Seregruin ya no se sorprendería por estos manejos. Había comenzado a apreciar la grandeza de Nurn en sus más pequeños detalles. Sabía ahora que la tortura era una práctica común que se ejercitaba cotidianamente sobre los espíritus de aquél país. \"Estaré cada vez más atento -se dijo-, y ya no dormiré sino cuando esté seguro de que se me permite\".
[Editado por seregruin el 17-02-2005 13:56]
Seregruin
En efecto, el mestizo ya no durmió hasta su arribo a la Ciudad del Poder de Fuego, la madrugada del tercer día desde su partida de Túrelondë. En el fondeadero del Morelimbar, que se hallaba muy por fuera de los muros y del ardiente foso de la ciudad -unas 7 u 8 millas, tal vez- lo aguardaba la siniestra escolta de Shulak, encabezada por una figura excepcional.
*******
A medida que la nave se acercaba al centro mismo del poder nurnita, Seregruin se dijo que sólo un sueño podía ser lo que estaba viviendo. Y así lo parecía -en todos sus detalles-, aunque cualquier otro que no fuera él hubiera jurado que más bien se trataba de una pesadilla.
En la noche agonizante, la pequeña embarcación daba un largo y lejano rodeo al flanco occidental de Nármelost avanzando despaciosa hacia el atracadero septentrional de la Ciudad -ubicado en la confluencia del Morelimbar y el Arkanelle-. Pero, en aquellas tierras, el río era extremadamente irregular: en medio del fértil llano que los orcos trabajaban por la noche, y bajo la vista de una serie de poderosas torres coronadas de fuego, se iban sucediendo numerosos meandros y agudos recodos que hacían algo más lenta la navegación, y que atraían la vista del Númenóreano alternativamente en direcciones opuestas.
Así, cuando el río se aproximaba temerariamente a las ígneas defensas de la urbe, el límpido súle de las montañas, barriendo los restos de las neblinas nocturnas, enseñaba con calma -y afectando indiferencia- la perfección de cada construcción, de cada ornamento, y de cada artefacto visible a la distancia... perfección que más tarde Seregruin corroboraría en cada lujoso detalle...; y en los trechos en que la corriente se alejaba de allí, la vista dirigida al Occidente se paseaba por sobre una extensa llanura en tinieblas -profusamente labrada-, detrás de la cual, abriéndose en valles de dimensiones descomunales, se alzaba una amenazante cordillera que pronto amanecería envuelta en poderosos e incógnitos encantamientos... dura y escarpada, y más negra que la noche; salvado el siguiente recodo, sin embargo, grandiosamente recortada sobre el joven cielo oriental reaparecía la Ciudad poderosa e inconcebible: de negras y enormes edificaciones salpicadas por lejanos destellos misteriosos, albergue de sombras indescifrables y monumentales; de elevadas y agudas torres facetadas, delicadas como una talla adamantina pero violentas como un puñal reluciente; y de rojos y vivísimos fuegos, ya discurriendo por las negras praderas, ya restallando en agitadas lenguas... lavas eternas de una majestuosidad incomparable, inmejorable marco para esa negrísima Ciudad bestial.
Finalmente, y sin prisa, la nave se aproximó al turbio y taciturno fondeadero donde numerosas embarcaciones -de servicios de correos y de transportes regulares- se dejaban estar. Y fue en aquél sitio enmarcado por las farolas que despedían la madrugada, donde lo más maravilloso de todo el cuadro que a sus sentidos se iba ofreciendo apareció -con improbable nitidez- para destacar definitivamente por sobre todo lo pasado: debajo, y a muy pocos pasos de donde el navío estaba siendo ahora amarrado; sobre el muelle recubierto perlas, y justo frente a donde Kalemba se erguía; superior a todo cuanto la rodeaba, montada en un magnífico corcel, se hallaba la Dama de la Lujuria, la Doncella de la Perversión, Nulkaiel Milyawen, soberana de aquellos territorios y, de allí en más -se dijo el hombre-, jerarca de su destino.
Porque Seregruin entendía, con pesadumbre, que la belleza de esa elfa era demasiado para él. Y porque se le hacía evidente que esta Dama, excesiva y dominante, sería, tal vez, su más fiero desafío.
El númenóreano quedó prendido de la elfa en el instante en que la vio. Todo cuanto hubiera en Arda y más allá de sus confines quedó en tinieblas mientras el hombre la apreciaba con fijeza y detenimiento... aunque agitado en un confuso vaivén de sensaciones.
Helada e inaccesible se le aparecía bajo la noche desfalleciente, con su mirada poderosa y lejana refulgiendo como las nieves eternas de alguna cima inhollada.
Altiva y serena se le mostraba, con su blanquísimo cuerpo exhalando magias desconocidas como violentos aromas de una tormenta de antaño.
Fatal y despiadada se dejaba adivinar, con su inquietante presencia destilando hechizos como deliciosos licores de perdición... o tal vez como el atroz encantamiento de unas danzas ardientes, pero de un profundo ardor desgarrador.
Y aunque esta cumbre fuera imposible para él, la cruel delicadeza de cada uno de sus sutiles movimientos dio a Seregruin la prueba manifiesta de una extrema sensualidad. Detalle éste, en fin, que lo apresó sin perspectiva de retorno.
*******
Nulkaiel suspiró gravemente, acaso desencantada por la mediocre facha que el Defensor de Túrelondë le demostraba: los Hombres en general no le inspiraban nada, siquiera repulsión... y éste aparentaba no ser nada más que cualquiera de aquellos bribones: astutos y temerarios cuando hubiera algo espurio en juego; cobardes y estúpidos cuando se entregaban a sus vanos placeres. Otra promesa que no rozaba la altura de sus expectativas.
Seregruin, en tanto, impostaba magnificencia mientras descendía por la escalerilla hacia el muelle. Pero en su interior sentía el desprecio de la Dama como quien recibe una condena justa e inapelable... como una garra de hierro que se cerrara en torno suyo... o como quien ha descubierto que tanto viajar es ilusión, y que el destino está fijado de antemano. Sintiendo el enorme poder de la Dama saltando sobre él, Kalemba no esquivó su visión en ningún momento... no hubiera podido. Se hallaba enlazado, embelesado por la sublime estampa de su bellísima verdugo: se veía caminando despaciosamente hacia su muerte, enamorado de ella como quien se hunde en un abismo.
En derredor de la Dama de la Lujuria los caballos piafaban impacientes; y, unos pasos detrás de Seregruin, su comitiva descendía como con dificultad -y algo de temor- desde aquella rojiza embarcación que ahora se les antojaba acogedora. El alba se anunciaba fría y ventosa, y los bronces tocaron diana en la Ciudad.
Avanzando sobre el blanco muelle, Kalemba no desprendía sus ojos de los de Nulkaiel. Y aquellos puñales color miel que la Dama enarbolaba como una paradoja enigmática y fulminante lo acuchillaban en silencio, con amargo desprecio e impecable dureza.
Bajo el cielo azulverdoso del alba nurnita, Seregruin se arrodilló ante su soberana sin desviar un instante su mirada de la de ella.
-Salve Señora de Nurn, el Defensor de Túrelondë se presenta ante su Soberana.
[Editado por seregruin el 17-02-2005 12:18]
Nulkaiel Milyawen
Ulkum le dio el aviso. La barca que traía al numenoreano había sido avistada hacía muy poco.
- Partiré ahora mismo al embarcadero, vendrás conmigo. Encárgate de que la comitiva esté lista para salir inmediatamente.
La barca rojiza estaba aproximándose cuando llegaron al fondeadero. El bullicio y trasiego se podía ver en la cubierta.
Se situaron en la zona principal, y esperaron montados sobre sus corceles. El hombre-dragón se encontraba a su derecha. Su semblante parecía relajado, aunque con él nunca se podía estar seguro de lo que le rondaba en la mente. Le acompañaba su escolta de fornidos guerreros, los más temidos y sanguinarios de Nurn junto con la Garra Negra. Orenor de vez en cuando alzaba una de sus patas como si temiera que estas se le congelaran. La temperatura a esas horas era muy baja y la elfa echaba en falta su manto de pieles. Intentando no hacer caso del frío que cortaba su piel, recordó la conversación que semanas atrás habían mantenido Shulak y ella sobre el invitado. Discrepaban sobre qué hacer con él. Si por ella hubiese sido, el destino del humano habría sido muy distinto.. pero finalmente accedió a darle una oportunidad, no sin reparos.
- es una suerte que no tengamos que esperar mucho- dijo uno de los que la rodeaban, conocedor de lo poco que le gustaban a su señora las esperas.
Por fin la escalerilla fue desplegada y los viajeros poco a poco fueron descendiendo por ella. Levantó la vista y rápidamente la dirigió a una figura que se distinguía de las demás por la riqueza de sus ropas. Ahí estaba, ese que tanto revuelo había causado, y cuyo nombre se murmuraba en la capital cuando el pueblo se enteró de lo ocurrido en el Sur. Algunos decían que sería llevado directamente a Yaimë Farnë, las mazmorras de Nármelost, otros que sería expulsado, otras voces hablaban de que se le ascendería por su valía.. ¿qué sería del pueblo sin los rumores? -pensó la elfa.
Aquella comitiva que seguía a Seregruin era más numerosa de lo que esperaba. ¿Es que no podía prescindir de ningún esclavo? Más bocas que alimentar.. un gasto inútil, ¿o acaso pretendía hacer ostentación de su poder? Nulkaiel suspiró sin disimulo.
Desmontó con un grácil movimiento y pasó las riendas a uno de los soldados que les acompañaban.
Aquel hombre no apartaba la vista. No todos se atrevían a sostener la mirada a uno de los Señores, sin embargo Nulkaiel no percibió altivez en su mirar.. no, no era ese el motivo. Ella le observaba con una mezcla de desprecio y curiosidad.. Desprecio por haberse querido apropiar de algo que no era suyo y por creer que podría conseguirlo, y curiosidad por comprobar quién era en verdad. Cuando estuvo a escasos metros, la elfa contempló los magníficos bordados de las telas de Seregruin, hilos de plata sobre un azul vivo que hacían pensar que quien las portaba no era un humano corriente. Con un toque de distinción que no había visto antes en hombre alguno, se presentó ante ella.
-Salve Señora de Nurn, el Defensor de Túrelondë se presenta ante Su Soberana.
-Levantaos, defensor de Túrelondë.. - repitió ella mientras sonreía.. una sonrisa sarcástica que quizá el recién llegado no apreciara, al fin y al cabo no se conocían..
- es cierto.. según me contaron la defendisteis con valor y sin vacilar, casi como si fuera vuestra.. - no le daría tregua..- continuó - Gracias también a la ayuda de otros señores de estas tierras. Lo que no se puede poner en duda es que sois más eficaz que vuestro amigo Seredhel, que ni proteger la puerta norte sabía el desgraciado.. esa segunda había sido más pérfida.
Fijó su mirada en el humano esperando el mínimo gesto que pudiera delatarle. La mención de Seredhel era de esperar que le pusiera nervioso.. más perteneciendo a la raza de los humanos, cobardes y ruines por naturaleza según su opinión.
Seregruin
Beriel no podía creer lo que veía. ¿Cómo podía ser que Kalemba se inclinara ante esa elfa soberbia? ¿Desde cuándo Kalemba se inclinaba ante alguien? ¡Y con esa mirada de perrito enamorado, válgame Melkor!
Beriel se convenció: Kalemba había enloquecido. Y debió de ocurrir el día de Túrelondë, porque hasta la noche anterior se había comportado como de costumbre: rápido, eficiente, directo, ambicioso... en cambio en los días sucesivos empeoraba con las horas: se pasaba todo el tiempo con los elfos nurnitas, abandonando la tropa y rebajándose a ser un contertulio de sus huéspedes... ¡Y dejándose amonestar y atemorizar por ellos! ¿Qué había pasado por la cabeza del númenóreano para que comenzara con toda esta locura? Si la mañana de la Revuelta, en Túrelost, con las elfas oscuras, estaba lúcido... y cuando despachó a Seredhel, junto al Puente, también.
Pero entonces volvió a ver a la Bestia, confundida entre los caballeros negros de la escolta. Ahora Beriel podía recordar con claridad cuándo se había dado el cambio de Kalemba: en la Isla, luego de la carnicería y con la llegada de ése demonio Señor de Nurn... el mismo que estaba allí detrás, mirando la escena increíble que se representaba ante todos:
\"Yo fui responsable, bajo juramento, de la fidelidad de Seredhel al Clan, mas no de su estupidez. Os lo ruego, Señora de mi Destino, no compare mi persona con la de un hombre que de nada se ha servido a sí mismo. Yo, Seregruin Rodhraw Elugalad, serviré a Nurn fielmente... y con extrema competencia.\"
El Jefe hablaba con ése cierto encanto que Beriel sólo podía describir como élfico, y que en más de una ocasión le había visto emplear... pero esta vez, en cambio, parecía ser el acento quien lo empleaba a él, como si estuviera entregado a unos ocultos hipnotizadores, y dijera lo que ellos le indicaran.
¿¡Y ahora!? ¿¡Qué hacía Kalemba besándole la mano a esa elfa hipócrita!?... ¿Qué sueño extraño le había hecho permitir que su Ejército fuera desarmado, su Ciudad hecha polvo, y el Albergue destruido? ¡Y ahora, esto!... ¿Por qué el Jefe se dejaba arrastrar hasta este lugar infernal, viniendo tan desprotegido... y afectando tanta sumisión con los Señores?
¿Y por qué, él, Beriel, lo seguía aún en estas condiciones? ¿Confiaba en que toda esta humillación era parte de un plan más ambicioso? ¿En que Kalemba actuaba un papel para lograr algún objetivo secreto?
Beriel no estaba seguro. Y es que el comportamiento reciente del númenóreano se prestaba a la duda... ¿Por qué andaba tan abstraído últimamente? ¿Qué había pasado para que todos los días se aferrara con locura al amuleto haradrim ése, y que incluso le hablara cuando creía estar a solas?
A Beriel le inquietaba sobremanera su situación actual, en aquella Ciudad de locos y estando al servicio de un desquiciado ¿O era el mismo Kalemba de siempre, que sobreactuaba?... ciertamente, no dejaría de preguntárselo esa misma noche: le era imposible ya soportar la indefinición.
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Por lo pronto, el Jefe seguía haciendo el payaso:
\"Me apena conocer las noticias acerca del comportamiento de mi protegido. Si consideráis que debo responder por ello, lo haré. Y si albergáis siquiera una duda respecto de mi comportamiento pasado, me someto enteramente a vuestro juicio y voluntad\".
[Editado por seregruin el 19-02-2005 23:26]
Nulkaiel Milyawen
Parecía que le molestaba sobremanera que se le comparara con el imbécil de Seredhel. Y a diferencia de lo que esperaba la elfa, se había mostrado calmado.. aparentemente. Bien, sabía fingir. Eso le sería útil en el futuro. Si ese humano creía que podía engañarla, estaba equivocado.. ya tendría tiempo para darse cuenta.
Cundo Seregruin terminó de hablar, estuvo tentada de hacer varios comentarios. Miró al de ojos amarillos, y este le devolvió una mirada que pedía precaución. Pero es que, ¿estaba bromeando ese hombre? ¿Una duda?.. Si fuese solo una la que tenía de él.. y ahora le tenía ahí delante soltando comentarios cínicos..
-Estoy segura que os apena. Por el momento no tendréis que responder por lo que hizo vuestro protegido. Pero todavía hay cosas que no están claras.
La noldor miraba de vez en cuando de soslayo a una figura que estaba en segundo plano, y que no apartaba los ojos de Shulak. Había odio en su expresión y parecía desconcertada. No era del agrado de Nulkaiel. Estaba segura que solo causaría problemas. Habría que hacer algo y pronto..
-Si os hemos hecho venir tan pronto es que porque el tiempo apremia. Tenemos que partir de inmediato y solo nos quedaba vuestra llegada, por eso Inglin salió a buscaros.
Seregruin la buscó con la mirada disimuladamente.
-No está aquí. Marchó a la guerra hace semanas con la Nurú Lussal.
-Lo que sí os puede asegurar cualquiera de los aquí presentes, es que tenemos varios métodos para conseguir la fidelidad de los súbditos, algunos son más convincentes que otros, -dijo con una sonrisa burlona.
Se aproximó un poco más a él hasta colocarse a la altura de su oído.
-Y llegado el caso, también sabemos como hacer que alguien deje de ser una molestia. Yo confío en que no tengáis que probar ninguna de nuestras artes. -Dijo en un susurro apenas audible para los demás.
La proximidad hacía que le llegara mucho más intenso el aroma que desprendía el numenoreano. Una fragancia exquisita.. una fragancia que por un instante le hizo recordar un pasado.. cuando su vida era diferente.
Se habían acabado las presentaciones. Dio la espalda a Seregruin y montó en su corcel.
-Volvemos a Nármelost. -dijo alzando la voz.
Y sin más espoleó a Orenor. El resto del grupo la imitó.
Les pasaron unos cuantos caballos a los recién llegados y la comitiva se puso en marcha.
Shulak
La mañana nacía fría y brumosa. De las aguas del río ascendía una densa niebla que se extendía por el llano.
Cuando Seregruin desembarcó ruidosamente sobre el muelle, Shulak ya estaba allí. Había acompañado a Nulkaiel a recibir al numenoriano, una poderosa y oscura guardia los flanqueaba.
La elfa, acostumbrada a vivir entre seres oscuros y siniestros, había desarrollado un fino instinto. Difícilmente se la podía engañar, era astuta y suspicaz y sus hermosos ojos atravesaban la carne para contemplar la desnudez de las almas. Un maestro en el engaño debería ser el que se zafara de su despierta mirada.
Aunque Shulak había \"recomendado\" al humano, aunque había contado a su manera los hechos de Turelonde, la elfa no acababa de fiarse del avieso Seregruin. Por suerte, Seregruin supo mantener su papel y no se mostró altanero. Quizá la elfa no se acabara de fiar de él, pero por lo menos no le había dado motivos para mandarlo a La Morada del Llanto.
El hombre dragón observaba el encuentro desde un discreto segundo plano, envuelto por la bruma de la mañana. Pero cuando se percató de la mirada inquisitiva y un tanto boba que Seregruin dedicaba a la hermosa Nulkaiel temió la ira de la elfa y temió por la vida del humano. Espoleó suavemente a su caballo y se puso a la altura ambos. Pero no ocurrió nada... incluso se podría decir que ese humano había hecho bajar la guardia, por unos segundos, de la fría y calculadora doncella.
Relajada la situación se inició la marcha hacia Narmelost. Un poco menos de una hora los separaba de la capital a paso vivo.
Era un grupo numeroso, formado por los hombres de Seregruin, la guardia de los Señores y encabezada por Nulkaiel, Shulak y Seregruin.
Al principio sólo el sonido monótono de los cascos se hacía oír, los soldados guardaban un militar silencio y los señores se mantenían callados.
Pero lentamente, quizá fue Shulak quien primero habló, una conversación fue naciendo, una conversación y un tema que unía a los tres: la Guerra.
Seregruin era un buen conversador, daba ritmo a sus historias y las hacía atractivas (más de lo debían haber sido... mucho más) Por un momento Shulak temió que una excesiva verborrea molestara a Nulkaiel, pero el humano sabía que no estaba en una taberna de puerto y que debía moderarse.
La vista en lontananza, entre la bruma que ya se levantaba, de la ciudad de fuego, interrumpió la charla.
Primero sólo se vio una masa negra brillando con reflejos rojizos recortándose sobre un cielo nublado. Pero, a medida que se acercaban y fueron dibujándose los perfiles, marcándose los volúmenes y mostrándose las proporciones gigantescas, Seregruin no pudo evitar la sorpresa y el desconsuelo.
No existía nada parecido en Arda. La ciudad era sobrecogedora. Desde la lejanía ya se adivinaba su terror pero era al verla de cerca en que alguien ajeno a ella perdía la noción de la realidad.
Lo primero que llamaba la atención eran sus descomunales murallas exteriores. Tenían una altura de 15 metros y una profundidad de 8, construidas en gigantescos bloques de piedra negra, encajados con tal perfección que su construcción era objeto de canciones populares y origen de mitos.
Decenas de torres perfectamente integradas a lo largo de la muralla se levantaban poderosas y robustas a más de 20 metros.
Más allá de las murallas, en el centro de la ciudad, se levantaba un edificio monstruoso. El centro del poder de Nurn, la Fortaleza Negra, Morna Selmë.
La distancia que aun quedaba para que llegaran a la ciudad, no era impedimento para que su altura brutal sobrecogiera al más recio corazón.
La ciudad fue creciendo a medida que se acercaban.
Los vapores sulfurosos que ascendían del río de lava sustituían a la fresca niebla de la mañana y entorpecía la respiración de los extranjeros que ahora cruzaban el foso sobre un robusto puente.
Y por fin pasaron, después de que las pesadas puertas se abrieran en medio de un suave chirrido, bajo el alto dintel de la entrada principal. Ahora se podía apreciar la magnitud de la muralla, el salvaje tamaño de las piedras, el imposible arte que había levantado y encajado esas moles.
Rompiendo el silencio del grupo que oscuro se deslizaba en la Capital de Nurn y con una sonrisa en los labios, Shulak habló a Seregruin - dicen los lugareños que la esta muralla fue construida por Zarbo, aunque -y ahora rió abiertamente- más parece una construcción de Lorkum.-
Con gran estruendo de cascos golpeando los adoquines cruzaron el primer patio, el que era común a todos los habitantes de la ciudad y se detuvieron ante la segunda puerta. Dos torres la guardaban. Los guardias reconocieron a sus Señores y, sin necesidad de ninguna orden, fueron levantadas las pesadas rejas que daban paso a la ciudadela.
El grupo se derramó en silencio en la plaza principal, los altos edificios que la cerraban devolvían en forma de eco el ruido de los caballos. Y desde allí contemplaron lo que las murallas exteriores y luego las interiores habían velado desde que entraron en la ciudad: La fortaleza Negra, cuya base se apoyaba en esa plaza, desde donde se alzaba hasta rozar las nubes, negra y terrible, una construcción que escapaba a toda lógica, poseedora del Terror.
Shulak
La Señora Nulkaiel desmontó al pié de la Fortaleza Negra, bajo la sombra de sus tres torres, cuatro soldados también desmontaron y la siguieron. Vestían ligeras armaduras negras en las que destacaba la llama de Nurn en el pecho, eran altos y fuertes, forjados en la batalla. Cuando se quitaron el yelmo para portarlo bajo el brazo se pudieron ver sus rostros duros, sus ojos claros, su piel oscura, su nariz afilada y una larga y negra cabellera que caía salvaje sobre sus hombros. Semejaban animales de presa, tenían espíritu de halcón.
Podría creerse que junto a tales soldados Nulkaiel parecía frágil y necesitada, pero no era así, era, si cabe, más terrible aun, se movía con fuerza, con pasos largos, señora de sí misma y de Nurn.
Se giró, miró con sus ojos dulces, pero con expresión seria, a Shulak -Os espero en la Sala del Consejo-
Shulak sabía que se debía decidir la marcha de la compañía. Hacía días que estaba preparada y dispuesta para la marcha, sólo faltaba la orden.
-No necesitaremos más de una hora...- dijo el hombre dragón, y con una ligera reverencia dio a entender que no se necesitaban más palabras.
La elfa se dirigió a la fortaleza flanqueada por cuatro soldados, cuatro fieras, y se perdió en la sombra de un oscuro portal.
Entonces Shulak espoleó a su caballo y la tropa, junto a Seregruin, le siguieron.
En la cara de poniente de la gran plaza se levantaba un inmenso edificio de cuatro plantas, en él se abría un paso que conducía fuera de la plaza. A través de esa arcada llegaron a la zona militar.
Entraron en uno de los cuarteles y, en su patio de armas, desmontaron.
Aparecieron soldados que se hicieron cargo de las caballerías y la escolta, acabada su misión, se reincorporó a su rutina diaria. Los soldados de Seregruin fueron destinados a uno de los regimientos y, en consecuencia, absorbidos por la maquinaria militar de Nurn.
Todo el servicio del humano fue instalado en el cuartel hasta que se le encontrara un alojamiento más adecuado.
Así pues, Beriel, Seregruin y Shulak fueron andando hasta la plaza señorial y entraron en Taltárion, la torre del Oeste, que se alzaba majestuosa y terrible junto a sus dos hermanas.
Shulak llamó a dos siervos -Vosotros, este es Seregruin, vuestro señor hasta que se os dispense de tal tarea, buscadle alojamiento en las plantas nobles de la torre...- Los dos orcos habían bajado inmediatamente la mirada y respondían con repetidas reverencias... en Nurn no todos sabían qué era un hombre dragón ni lo que eso significaba, pero los orcos lo sentían en la sangre, un miedo atávico les invadía al ver los ojos amarillos de la bestia -ya basta de reverencias, no hay tiempo para eso- tronó la voz de Shulak.
Luego, con un tono amable se dirigió a Seregruin -Estos esclavos os buscarán un alojamiento digno, siento que todo sea tan precipitado, pero la guerra lo precipita todo, La Dama Nulkaiel nos espera el la Sala del Consejo, en la Torre Norte; podéis tomar posesión de vuestra nueva vivienda, pero no os demoréis- El hombre dragón hizo una pausa -Yo debo marchar, muchas son mis obligaciones- calló de nuevo y, con un giro teatral añadió -Bienvenido a Narmelost, espero que no echéis de menos la ciudad portuaria, comprobareis rápidamente que mucho es lo que diferencia a Narmelost de Turelonde, no lo olvidéis, estáis en el corazón de Nurn, hay poder aquí, un poder como el que jamás habéis visto, un poder que ni siquiera vuestras más terribles pesadillas os han mostrado jamás... No olvidéis donde estáis-
Y Shulak salió de la torre, tomando de nuevo el camino de los cuarteles, repasando mentalmente, y durante unos breves segundos, su \"actuación\", luego se centró en la guerra, y sus ojos amarillos brillaron.
[Editado por Elfo_negro el 24-02-2005 00:03]
Nulkaiel Milyawen
Se había sentido tensa durante el camino de regreso. Sentía de vez en cuando las miradas del numenoreano, y prefería no ahondar en los pensamientos por lo que pudiera encontrar. Pero las miradas que más le molestaban eran las de Beriel. No estaba a gusto y no le importaba demostrarlo, y eso era lo que más fastidiaba a la elfa.
Cuando estaban a medio camino, Shulak tomó la iniciativa y comenzó a hablar de temas militares. Seregruin se unió animado. Ella prefería dejarles hablar, y solo en alguna ocasión hacer un comentario concreto. Le gustaba dejar que Seregruin cogiera confianza.. sí, que hablara… estos humanos torpes hablaban siempre más de lo debido y no se daban cuenta. Sin embargo, este era más comedido. Su hablar y modos tenían un aire élfico. Seguramente lo forzaba por agradarles.
Nulkaiel volvió a fijar su vista en algo que le había llamado la atención nada más verle, ese amuleto que llevaba colgado del cuello. De los Eldar no provenía, eso estaba claro. Era llamativo y curioso. La noldor se echó la mano al cuello, y acarició la cadena mientras perdía la mirada en un punto cualquiera del hermoso pelaje de su corcel. Casi nunca mostraba el colgante, no le gustaba que lo vieran, aunque no había peligro pues pocos entendían su significado.
No tardaron mucho en encontrarse frente a las murallas. Esas que tantas veces había pasado bien a caballo o a pie.. ese río de lava que ponía un punto de color en aquel negro paisaje. El recién llegado no perdía detalle de nada, era como si quisiera guardar en su memoria hasta el más mínimo detalle.
Desmontó en el patio principal seguida de la cuádruple escolta, y antes de llegar a Runya Mindon se giró y habló al hombre-dragón:
-Shulak, os espero en la Sala del Consejo-
-No necesitaremos más de una hora...-
No hubo más palabras. El Oriental sabía que debía encargarse de hacer la primera introducción de Seregruin en Nármelost. Les dio la espalda y siguió el camino a sus aposentos. Al llegar a la entrada, tres de los soldados que la acompañaban se dispersaron en direcciones opuestas, pero uno permanecía a su lado.
- Ulkum, quiero despachar el correo antes de ir al Consejo.
- Haré que os lo traigan.
Cuando hubo terminado bajó al encuentro de sus compañeros, pero la Sala estaba vacía. No tardarían mucho en llegar. Se acercó hasta la fuente y se sentó sobre la fría piedra, y se puso a juguetear hundiendo uno de sus dedos en el agua bañada en sangre.
Al poco llamaban a la puerta. Shulak, Seregruin y Beriel hacían acto de presencia. ¿Pero es qué no habría modo de deshacerse de ese estúpido? Se preguntó mientras fulminaba con la mirada a Beriel.
Se llevó el dedo a la boca para limpiarse la sangre y se incorporó.
- ¿Qué tal ha ido todo?. Espero Elugalad, que no os haya defraudado una presentación sin pompa y boato, pero los tambores de guerra no nos lo permiten.
Seregruin
Le era familiar. Se sentía a gusto. Caminaba despreocupado por la sala y el escritorio poniendo atención en los detalles decorativos y en la calidad de los enseres y artefactos que se hallaban a su disposición. Con una pluma de oro, y sobre un papiro escarlata, redactó unas escuetas indicaciones para sus ayudantes. Luego, encargó transmitirlas a los orcos que hasta allí los habían llevado y que aún aguardaban silenciosos junto a la puerta, demostrando una capacidad de concentración que Seregruin nunca hubiera sospechado en su raza.
Junto a la ventana, Beriel mascullaba una cantinela repetitiva en la ruda lengua oriental que le había brindado sus primeras palabras: la frente vuelta hacia el exterior, abstraído e indeciso, dejaba su mirada perderse por entre las brumas matinales de una ciudad en pleno movimiento.
-¿Qué ocurre, Beriel? ¿No encuentras satisfactorios estos aposentos? -preguntó el númenórano mientras hacía uso de la campanilla para la servidumbre.
Pero Beriel no contestaba. Sus manos temblaban de ira o descontento, y sus labios se retorcían mudos y crispados.
Con característica diligencia, se presentó un elfo en respuesta a la campana.
-El Señor ha llamado... -pero su saludo e inclinación se interrumpieron en un gesto de sorpresa al advertir al mestizo.
-Si, he llamado -respondió la voz tronante de Seregruin-. Buscamos la Sala del Consejo, el Señor Shulak nos espera allí.
-Síganme -fue la escueta respuesta del elfo, que parecía molesto por la dignidad que se le atribuía a un humano de segunda categoría. O tal vez fuera porque a sus oídos llegara alguna noticia de Túrelondë.
*******
Mientras avanzaban por los amplios y umbrosos pasillos, cubiertos de tapices alegóricos o conmemorativos, sus pisadas eran el único sonido audible, además de un continuo y enigmático discurrir de agua tras las paredes. Cada tanto, una sala iluminada se abría en su camino.
-Detente ahí -dijo Seregruin al elfo que hacía las veces de guía. Y se acercó a uno de los tapices que destacaba en un grotesco marco de gárgolas y bestias multiformes. El tapiz era muy antiguo, pero el tejido preservaba mucho de su color original.
En el centro mismo de la escena se podía observar una figura blanca y desmesurada, de cuyo cuerpo brotaba una poderosa luz que sumía en el horror todo lo que la rodeaba. Su rostro traducía una maldad inenarrable, y un torrente de sangre bailaba entre sus hermosas botas, manchaba sus manos y su rostro, y goteaba siniestramente de la sensual boca entreabierta. Detrás, en el margen izquierdo del cuadro, se aparecía un demonio negro y poderoso, que observaba con satisfacción la escena mientras bebía la sangre de una elfa. Pero lo más curioso aparecía en el margen derecho: la caballería de Shulak, encabezada por él mismo -brillantes los amarillos ojos-, destrozaba un ejército de hombres antiguos... de esos que Seregruin sólo conocía por leyendas... sus propios antepasados.
El hombre quedó silencioso unos minutos frente a la poderosa imagen que se le ofrecía. Luego, dando media vuelta, se topó con algo que -curiosamente- le pareció más extraño aún: la brillante mujer que reinaba en el tapiz anterior se hallaba ahora solitaria junto a una mesa de pulida piedra negra. No era menos poderosa que en la imagen anterior, pero sostenía como herramienta de su poder una pluma magnífica que se convertía en el centro de atención obligado para el curioso observador.
-¿Qué significa esto? -preguntó Seregruin al elfo.
-La Dama Delisse Yestariel, Milord -contestó el sirviente, afectando un respeto sobrenatural-. Soberana de estos territorios.
-¿Y la pluma? -insistió el númenóreano, sintiéndose en la necesidad de conocer aquél secreto.
-¿Qué pluma? -dio por toda respuesta aquél sirviente. Un tono de desprecio inocultable flotaba en el ambiente mientras el guía reemprendía la marcha, no sin impaciencia.
*******
Continuaron caminando en silencio, bajando en una suave y continua curva por el ancho corredor, hasta que desembocaron en una pétrea sala de proporciones gigantescas. Allí, dirigiéndose a unos colaboradores, se encontraba Shulak... tan parecido a como lo había representado el dotado artista en el antiguo tapiz. Seregruin se hallaba eufórico: no se había equivocado en cuanto al poderío y la magnificencia de aquellos Señores. Beriel, en cambio, continuaba abstraído, como poseído por un espíritu cruel.
Shulak se despidió rápidamente de sus acompañantes al notar el arribo del númenóreano, y se volvió para saludarlo con amabilidad. Una insólita amabilidad, habrá pensado el sirviente elfo, guía de los hombres... porque se había puesto repentinamente pálido y tembloroso, como al borde de un desmayo.
-¿Te encuentras a gusto, Seregruin, en tu nuevo hogar? -preguntaba Shulak, sonriente.
-Muy a gusto, Señor -respondió Seregruin, con inusitada sinceridad-. Ya he pedido que trasladen a mis ayudantes a las habitaciones lindantes.
-Pronto estaremos marchando a la Guerra, sin embargo, y no habrá mucho tiempo para acomodarse -contestó aquel demonio-. Pero de eso hablaremos en seguida. Acompáñame.
Y se dispuso a traspasar los enormes portales que daban acceso a la Sala del Consejo. Seregruin avanzó tras él, admirando los magníficos mármoles de las columnas. Unos pasos detrás, Beriel daba muestras de incomodidad: a duras penas se convencía de traspasar el umbral. Y el elfo, aún en medio de la sala, temblaba sin motivo aparente.
*******
-¿Qué tal ha ido todo? Espero, Elugalad, que no os haya defraudado una presentación sin pompa y boato, pero los tambores de guerra no nos lo permiten -le llegaba a Seregruin el saludo de aquella elfa que conociera en el atracadero. Su voz era como un manantial de aguas frescas y mortales, dulce veneno para su goloso disfrute.
Hacía mucho tiempo que no lo llamaban Elugalad... tal vez desde su juventud en Umbar. O antes, en Armenelos. Pero aquel nombre que llevaba como la herencia de la madre de su madre... y de la Casa Elugalad, en la lejana Bainsûl, le sonaba a la gloria de un pasado sin mácula... y refrescaba su espíritu como si se sintiera renacer.
-Sé que partiremos pronto a la guerra, Mi Señora. Y que en estos momentos los Señores combaten en la frontera occidental. ¿Por qué habría de molestarme un detalle como ése, si el recibimiento que me han brindado ha sido de todo punto conforme a las circunstancias?
Seregruin se hallaba a gusto en la Sala del Consejo y caminaba alrededor de la mesa que habían dispuesto cercana a los sitiales. Sobre la pulida piedra se extendían una serie de mapas de la región de las Haldanóri. Detrás de la mesa, Nulkaiel y Shulak se habían acomodado en sus sillones dando muestras de curiosidad por el recién llegado.
-Pero dejemos estos asuntos por ahora. Querría que hablásemos, más bien, del ejército que dirigiré. Y del destino de nuestra ofensiva... porque, si no entiendo mal, Nurn está lanzando una ofensiva sobre los territorios vecinos -dijo Seregruin, y observó cuidadosamente un mapa que destacaba sobre el resto-. Esto es, la Orden del Telpe...
Pero su mirada quedó clavada en el ícono que se marcaba bajo su índice... una Ciudad o Fortaleza cuyo nombre había sido clavado repetidas veces con los coloridos punteros que representarían ejércitos, o compañías...
-Minas Gwaeren ... -dijo, y su expresión delataba que se había perdido en unos muy dulces, aunque perturbadores, recuerdos.
Nulkaiel Milyawen
Por un pequeño gesto que hizo el numenoreano, se dio cuenta que no debían llamarle muy a menudo Elugalad.
-Sé que partiremos pronto a la guerra, Mi Señora. Y que en estos momentos los Señores combaten en la frontera occidental. ¿Por qué habría de molestarme un detalle como ése, si el recibimiento que me han brindado ha sido de todo punto conforme a las circunstancias?
Mientras hablaba seguía paseando alrededor de la mesa ojeando unos mapas. El Oriental y la elfa se sentaron en unos cómodos sillones. Nulkaiel le observaba con curiosidad, y se tomó unos segundos para responderle.
- A la gente muy exquisita, y con ansias de poder, les suele molestar que no se tengan en cuenta esos pequeños detalles, caballero, pero me alegra que no sea vuestro caso.
Notó como Beriel se agitaba, casi podía sentir el fuego en sus entrañas, era como un volcán. No quería estar ahí y menos escuchando como atacaban a su señor sin poder decir nada. Si hubiera tenido un cuchillo a mano no habría dudado en lanzárselo.
Fue el propio humano quien le quitó importancia al comentario interesándose por asuntos militares.
-así es, ahí tenéis a la Orden del Telpe… y eso que miran vuestros ojos es Minas Gwaeren. ¿La conocéis?
-No mucho, Mi Señora.
-Seréis presentado ahora ante el ejército para que sepan que hay un Señor más al que deben obedecer, sobre todo la compañía de la cual formaréis parte, que está capitaneada por nuestro mejor guerrero. En cuanto al resto.. ya conocéis a alguno de los señores de Nurn, con eso os tendrá que bastar por el momento. -Shulak, ¿estará el ejército listo para pasar revista?
- más les vale -dijo el de ojos amarillos.
Y sin esperar más, se pusieron en marcha en dirección a los barracones. Cruzaron el patio principal por una de las puertas laterales la cual conducía directamente a los cuarteles. Predominaba la austeridad y la sencillez. Había gritos y risas que se apagaban según iban pasando los señores. Los oficiales propinaban patadas a los más rezagados para que se pusieran en formación.
En pocos minutos todos estaban callados, observando curiosos al recién llegado. Shulak les habló, y su voz tronaba grave. Muchos bajaban la mirada por no poder soportar esos ojos amarillos. En el lado izquierdo estaban los hombres de Shulak, y a la derecha los humanos. Los trolls y los orcos estaban detrás. Les habían hecho venir expresamente para esta formación, pues siempre vivían apartados, en los barracones más alejados. Los señores no les permitían convivir con el resto ya que siempre armaban disputas.
Una vez acabada la presentación, Nulkaiel se retiró.
- Regreso a mis aposentos caballeros. Estoy esperando noticias del Bosque del Silencio.
Shulak
Ante la llegada de los Señores el cuartel había tomado una vida poco habitual: toda la tropa, salvo la compañía que en ese momento hacían guardia, se apresuró a formar en el gran patio del cuartel.
Todo el regimiento, con sus 1000 soldados, estaba perfectamente “cuadrado” ante sus señores.
Delante formaban, principalmente, los lanceros: 200 hombres recios de anchas espaldas que portaban largas picas y sólidos y grandes escudos oblongos. Detrás de ellos se apostaba la infantería: 400 soldados de variada raza, armados con pesadas espadas y ligeras rodelas.
En una tercera formación se disponían los arqueros: Eran en su mayoría orcos, pero muchos humanos había intercalados en esas filas. Eran unos 400, y portaban largos arcos de roble; y repletos carcajs colgaban de sus espaldas, de los que sobresalían las negras plumas de las flechas.
Al fondo aparecían 50 inmensos Trolls, gruñendo y babeando, siendo contenidos por sus “cuidadores” con gruesas cadenas.
Salvo los Trolls, todos vestían uniforme negro, de resistente cuero y caliente lana y, sobre esas ropas, brillantes armaduras de negro metal.
Se hace imposible describir los rostros de esos soldados, cada uno de ellos mostraba en su hierática pose, en sus ojos de fuego y en sus duros rasgos, que eran grandes soldados, obedientes y eficientes y, dejando de lado las particularidades que poco importan en un ejército, tenían un aspecto terrible, parecían incapaces de cualquier sentimiento... pero no, no era eso, la rabia, la furia, las ansias de guerra, de destrucción y de muerte, brotaba de sus pechos, se escapaba de sus miradas salvajes.
Cuando todos estuvieron perfectamente formados y estaban siendo observados por los tres señores, con una voz como de trueno Shulak llamó su atención -¡Soldados de Narmelost!, un nuevo Señor tenemos entre nosotros, a él debéis obediencia, ante su arbitrio responderéis,... ¡Saludad a vuestro Señor!-
Un grito salvaje invadió Narmelost y ascendió hasta el cielo -Shain hun, Loor... Hul fain hainblo- Brotó brutal de sus gargantas mientras golpeaban sus armas sobre los escudos. \"Salud Señor... nuestra sangre te pertenece\" gritaban en la extraña lengua del sur, y no había falsedad en sus palabras, ni hipocresía, porque por sus señores estaban dispuestos a morir, aunque preferían en mucho \"matar por sus señores\" y por eso su grito no acababa con el ofrecimiento de su sangre sino con su regalo de muerte -... Stain dim hum Ard-souve- que, aproximadamente, viene a decir: \"mataremos hasta que no quede vida sobre la tierra\".
Cuando los ritmicos y atronadores gritos cesaron, cuando el juramento de lealtad terminó, con ojos fijos en su nuevo señor, los soldados envainaron sus armas.
Y un eco permaneció pegado en los muros del cuartel.
[Editado por Elfo_negro el 07-03-2005 10:27]
Seregruin
El grito de la tropa refrescaba su espíritu, enmohecido durante tanto tiempo en la sombra del exilio y el barro de la hipocresía: el rugir de la tropa lo levantaba de su marasmo, feroz, asesina, leal; desde el día en que dirigiera un ejército coaligado de bravos guerreros haradrim dispuestos a la conquista de la ciudad de Umbar no había sentido tanto poder en sí ni tanta confianza sobre él.
Y aunque Seregruin no entendiera la lengua de aquellos terribles hombres, elfos y bestias; intuía, con absoluta certeza, que esos vozarrones nurnitas exigían sangre y destrucción, muerte y fuego. Con la claridad de un rayo, el nombre que resumía todo aquello resurgió poderoso en su memoria: Lorkum. Y todas las sombras que lo apesadumbraban pasaron a un segundo plano: las hueras palabras, los modos y decires de nobles y comerciantes fueron acallados para siempre, su más radical ambición volvía a manifestarse ante la visión de aquellos soldados: poder, violencia y aceros afilados.
Y unos pasos detrás de donde Seregruin se erguía, enfrentándose con aquella terrorífica tropa, Beriel también parecía recobrarse de un mal sueño. Su pecho y su rostro parecían henchirse de gozo y orgullo. Porque sólo ahora podía comprender lo que su amo había venido a buscar al rincón más negro de Arda. Porque podía entender, finalmente, el objeto de todas aquellas zalamerías en el atracadero y en la Sala del Consejo, la razón de esos rodeos y esas cortesías aparentemente inútiles. Todo se le hacía manifiesto ahora: el Jefe había venido a convertirse en un Señor de Nurn.
-¡Soldados de Nurn! ¡Por sobre la muerte de diez mil enemigos!... ¡Os conduciré a la victoria! -bramaba entonces aquél que dos semanas atrás sublevaba a la guarnición de Túrelondë contra sus propios Señores. Y la tropa respondía a voz en cuello sus fieras palabras de lengua desconocida.
-¡Descansad! -ordenó luego el demonio negro, y los Señores Seregruin y Shulak volvieron sobre sus pasos con el mismo andar con el que habían llegado hasta los barracones.
Pero ya no era el mismo andar. Ahora había allí algo más, y no era fácil decir qué.
*******
Camino de regreso a la Torre Occidental, Seregruin sentía su sangre bullendo fieramente, su voluntad finalmente rehecha, y su mente dispuesta: Mornaew sería su presa, y ya no tenía sentido hablar de amor. Esa noción se le volvía extraña del todo en los patios amurallados de la Ciudad del Poder de Fuego. ¿Cómo podía habérsele ocurrido algo semejante en plena Sala del Consejo, sólo unos minutos atrás? ¿Cómo podía haberse permitido exhibir aquella debilidad frente a la escrutadora frialdad de los Señores?
Ese momento de vacilación ya había pasado, Lorkum era en ese momento el nombre que rondaba su mente: la devoción por llevar la muerte a todo lo viviente, el anatema que se palpaba en el ambiente de esa terrible ciudad de Nármelost como algo real, no era una mera quimera religiosa. En verdad, Lorkum existía: si no como Dios, sí como idea omnipresente de aquel Señorío.
Muerte y destrucción. Seregruin se había elevado por obra de aquél grito salvaje... y ahora podía sentir que Minas Gwaeren era el destino apropiado para su empresa, para acrecentar la gloria de Nurn. Y la de su propio destino.
*******
De regreso en sus señoriales aposentos, dictó unas escuetas memorias a sus ayudantes y luego los despidió con cierto apuro. Seregruin ya no sufría la ansiedad de los días recientes, pero sus músculos se habían distendido súbitamente después de cuatro días de vigilia y quince de aprendizaje apresurado sobre los pormenores del país. El sueño lo acometía implacable, como un lento y deseable olvido. Y ya nada le pesaba: el amuleto Haradrim que colgaba de su cuello parecía desvanecerse en el aire... el ciclo que comenzara en el Puente de Túrelondë tocaba su fin, y su atormentada conciencia dejaba de escuchar las molestas voces de aquellos demonios infames.
Seregruin se encontró desparramado en el confortable sillón del escritorio. Sonreía: hasta aquí, el juego le había sido muy favorable. Como sin quererlo, tomó un papiro de la mesa, y releyó con curiosidad las notas que había dictado unos minutos atrás:
\"Despojada de toda pompa vana y de todo palabrerío inútil, acaso en razón de las circunstancias y de los aprontes para la guerra, la reunión en la Sala del Consejo fue breve y concisa.
En pocos minutos fui informado de que las tropas acantonadas en Nármelost avanzarán hacia el frente occidental ni bien se conozcan noticias ciertas sobre el desenlace de las primeras batallas que se librarán en el Bosque del Silencio.
Que bajo mi mando quedará la tercera parte de la Compañía de las Albas Sangrientas, la menos numerosa pero la mejor entrenada del país.
Que, efectivamente, seré considerado como Señor de Nurn y Oligarca del Reino, y distinguido con todos los honores que el cargo amerita.
Que el destino inmediato de nuestra avanzada será Minas Gwaeren...\"
Volvió a detenerse en aquellas palabras que tanto lo inquietaban. Lo anterior no había sido más que la confirmación de lo que había sido negociado secretamente en Túrelondë, pero lo último sí que había sido una incómoda sorpresa... de la que los Señores parecían estar al tanto.
Dejó caer la hoja y se arrellanó en el mullido terciopelo. Mientras jugueteaba distraídamente con el anillo de Mornaew, volvían a su mente las palabras pronunciadas en el Consejo: unas pocas explicaciones acerca del carácter estratégico de la fortaleza de Minas Gwaeren y de las particularidades de la Orden del Telpe y de sus comandantes y figuras prominentes.
Sus párpados habían caído pesadamente, como aquella vez en Pelargir en que estuvo al borde de la muerte... los recuerdos de aquellos días se sucedían con la velocidad de un ensueño... vio a Mornaew viniendo en su ayuda, y vio su rostro extasiado en la luz de una mañana olvidada... ¿o acaso era el rostro de Sailayen, muchos años antes y cuando eran jóvenes?... Seregruin entraba en el sueño, pero su espíritu se debatía con fiereza contra sí mismo.
*******
Despertó súbitamente, empapado en sudor y ardiendo en fiebres. Con la torpeza de quién no conoce el sitio donde está descorrió las cortinas y abrió el ventanuco. La mano sobre la frente y los ojos aún entrecerrados recibieron un violento golpe de aire helado.
Seregruin respiró profundamente y liberó su mirada. Debajo, Narmelost parecía dormir con los ojos abiertos. El terror omnipresente latía en sus sienes. Lorkum, pensó. Mornaew, contestó una suave voz en su interior.
Obedecer la orden del Consejo de Nármelost le atraía y le repelía en exacta medida. Pero ya no podía escapar de aquello. Y no lograba explicarse por qué tenía esa íntima necesidad de cabalgar hacia Minas Gwaeren de inmediato, de hacer escuchar su voz y hacer caer las puertas.
¿Para encontrarse con ella, para que la fuerza que una vez no le sirvió la hiciera suya para siempre?
¿O para destruir definitivamente todo rastro de su pasado... la única memoria de unos días perdidos, lo último que quedaba vivo de un lejano amanecer en Armenelos?
[Editado por seregruin el 19-03-2005 22:07]
Nulkaiel Milyawen
Todo iba según lo previsto. Elugalad se había adaptado sin problemas. Parecía encantado con su nueva condición de Señor. En poco tiempo había recibido enseñanzas a cerca de lo más básico del funcionamiento del Señorío, y había absorbido los conocimientos rápidamente mostrando buena disposición.
El otro tema que rondaba por la mente de la elfa era la guerra. Esa nota enviada el día anterior por Ilesse les infundía ánimos.
Hacía más de una semana que Nurn empezó el sitio de Barad Avathel. Las últimas noticias eran favorables. Las compañías, la Muerte Susurrante y la Garra Negra estaban cumpliendo con sus objetivos en las fronteras occidentales. En el sur, la Segunda Compañía perseguía a los tasarianos. Era el momento de que El Alba Sangrienta se pusiera en camino. La excitación era palpable en el ejército. Los soldados llevaban demasiados días inactivos, pero pronto las horas ociosas llegarían a su fin.
Sentada frente a su escritorio releía los últimos informes y las noticias de su espía:
Es difícil verle sin Beriel, no se aleja mucho de su señor y eso está complicando las cosas. Hace dos días estuvo en la taberna, nada reseñable. Sale a dar paseos por Nármelost y está empezando a entablar contactos. No puedo acercarme mucho más sin levantar sospechas.
Lamentablemente no había tiempo para más noticias. Guardó la nota junto con las anteriores en una pequeña caja de madera.
- Ulkum, ¡entra!
- ¿Me llamaba mi señora?
- Nuestro capitán ha decidido que si no hay ningún imprevisto, saldremos mañana al amanecer, avisa al resto de los hombres, y busca a Lissuin, la necesito. Diles a Shulak, Elugalad y Marüyên que si quieren asistir al rito, estén a media noche en el Templo. Hoy habrá luna llena.
[Editado por Neume el 21-03-2005 16:19]
Shulak
Si desde Narmelost dirigía uno la vista hacia el Norte, podía ver sin ningún problema, a poco más de una milla, levantarse, sobre un oscuro y frío bosque de encinas, un monte de terrible apariencia. No era terrible por poseer unas dimensiones anormales, ya que no era excesivamente alto; era su forma la que le otorgaba una presencia perturbadora.
Se levantaba solitario, ascendiendo brutalmente hasta los 3000 pies, con innumerables cañadas y torrenteras dibujándose crueles en sus laderas y estaba compuesto de negro basalto del que se escapaban pálidos reflejos verdosos.
A la mitad de su ladera Sur aparecía una gran \"terraza\" que parecía haberse formado por el derrumbe, hacía miles de años, de parte de la montaña. Sobre ese llano se levantaba un inmensa pared vertical de 1200 pies que llegaba hasta la cima.
Era en esa \"terraza\", a mitad de la ladera y bajo la sombría pared, donde se había construido hacía siglos un templo dedicado al dios de la montaña, al dios del trueno.
Cuando los conquistadores de Nurn llegaron a la confluencia del Morelimbar y el Arkanelle y allí decidieron construir su capital, el templo ya era viejísimo y se hallaba en ruinas, los ritos que en él se celebraran habían sido olvidados, algunas paredes se habían derrumbado, y unas pocas columnas habían cedido ante la nueva distribución de pesos. Los ídolos, si alguna vez los había habido, ya habían desaparecido cuando los Señores encontraron el Templo.
Cuando los tronos oscuros decidieron utilizar una forma de religión para controlar con más eficacia a los habitantes de sus dominios, cuando se mandó la construcción de las oscura Ainamar, también se reconstruyó el templo de la montaña.
El Templo, aun conservando su antigua arquitectura, fue ampliado en algunas de sus salas y fue dotado de una magnificencia como nunca había tenido. Fue consagrado a Tossub y Adrena y sólo era superado por su homónimo de Ainamar, la Gran Pirámide de los Gemelos.
Cuando llegaron a los pies del escarpado monte el sol ya estaba cayendo, como una inmensa bola de fuego, tras Ered Skalnâ.
El viaje había durado una semana. Primero cruzaron la salvaje cordillera, luego las tierras yermas que la separan del Morelimbar y, por último, habían remontado el río en cinco naves.
Habían desembarcado con parsimonia: 100 yándosar, 7 sacerdotes, 7 sacerdotisas y 40 Prostiutas Sagradas; acompañados de 50 siervos.
Al tiempo que la tarde moría, avanzaban con pasos medidos dirigiéndose al gran templo de la montaña.
En la vanguardia de la procesión marchaban los sacerdotes (tanto hombres como mujeres) vestidos de largas túnicas negras y cubiertos por una gran capa, con capucha, de color granate; bordados dorados de formas grotescas adornaban sus vestiduras. Avanzaban con la capucha calada, su rostro perdido en las sombras y entonando siniestros y oscuros cánticos con voz apagada.
Detrás de ellos se deslizaban silenciosas las 40 prostitutas: doncellas de grandes ojos y hermosa figura, de entre 17 y 21 años, consagradas al templo, hijas de la diosa Adrana. Vestían sutiles y cortos vestidos blancos, ceñidos a la cintura por un ancho cinturón púrpura, calzaban sandalias doradas anudadas en sus pantorrillas.
Esta hilera estaba seguida y flanqueada por los siervos (fanáticos creyentes convertidos, por propia voluntad, en simples esclavos) que portaban, disciplinados, brillantes antorchas.
Y por fin, protegiendo la marcha, apostados en los lugares \"sensibles\" y en perfecta formación, marchaban los Yandosar, los Soldados Sagrados. Vestían túnicas cortas de color verde, grebas y canilleras de bruñido acero y una recia coraza de acero labrado. Unos llevaban arcos y carcajs repletos de flechas emplumadas de negro y los otros pesadas cimitarras desenvainadas que apoyaban sobre sus poderosos hombros. Todos tenían el pelo largo (ofrenda a Kalata), anudado en una trenza que caía sobre sus espaldas.
La numerosa procesión inició el ascenso a la montaña con la misma solemnidad con que habían hecho el resto de viaje, con paso acompasado e inmersos en el perturbador canto de los sacerdotes.
Precipicios, pasos resbaladizos, la negrura del basalto recortándose contra la noche y brillando bajo la luz roja de las antorchas... nada alteraba el paso de los enviados de Ainamar.
La última milla antes de llegar a la explanada donde se levantaba el Templo, ofrecía un ascenso más cómodo y, además, centenares, millares de antorchas habían sido dispuestas junto al camino negro: ardían con vigor, la llama bailando bajo la fresca brisa nocturna.
Al pié del templo les esperaban 6 Sacerdotes y 20 Yándosar. Los soldados se arrodillaron y los sacerdotes inclinaron la cabeza cuando apareció la comitiva... oscura como el miedo y rodeada de luces.
El rito estaba previsto para la noche siguiente.
(continuará...)
Shulak
Después de un breve viaje, los Señores de Nurn y su pequeña comitiva, llegaron a la gran explanada donde se levantaba el templo. Estaba a punto de comenzar el rito.
Bajo la luz de la luna llena y rodeado de grandes antorchas el templo negro brillaba con reflejos plateados y rojos.
Desde la posición de los recién llegados sólo podía verse la fachada principal, las torres de la cual se perdían en la noche sin estrellas. Pero en realidad, el templo poseía una extraña arquitectura, formas heredadas de tiempos antiguos y cuyo significado se había adaptado a las necesidades de la nueva religión. Lo más interesante de la edificación era su estructura básica, ya que el templo se había levantado sobre una curiosa planta, sobre una planta que podría llamarse de \"estrella de ocho puntas\" o, más propiamente, describirla como una planta con dibujo creado a partir de la unión de dos cuadrados de lados iguales y superpuestos, uno habiendo sido previamente rotado 90 grados sobre un mismo eje. Era un edificio de dimensiones descomunales: con fachadas de 200 metros de longitud y 15 de altura; tenía cuatro torres (que correspondían, sobre el dibujo de la planta, a cuatro esquinas de uno de los cuadrados) de más de 20 metros de altura; y un patio interior de 10000 metros cuadrados, con capacidad para más de 3000 fieles.
La escalinata que brindaba la entrada al gran edificio, estaba alumbrada por la luz salvaje que se escapaba de gigantescos pebeteros que vomitaban, a la vez que altas llamas, un humo más negro que la noche. Al pié de la escalinata, en pose sumisa, una delegación de los venidos el día anterior de Ainamar les esperaba. 10 Yandosar vestidos con sus relucientes armaduras y portando sus descomunales y afiladas cimitarras; 4 sacerdotes vestidos con sus ropas negras y sus capas escarlatas, la capucha calada y sin dejar ver sus rostros; y 10 de las prostitutas Sagradas, las más hermosas y piadosas. Todos hicieron una profunda reverencia cuando los Señores, altivos e infieles, se acercaron a ellos.
Ascendían ya, estaban a la mitad de la escalera, cuando los tambores empezaron a retumbar. Debían ser cientos y grandes, su sonido era profundo e inundaba toda la montaña: Provenía del interior del templo, de su plaza, rebosaba por encima de los muros, se encaramaba por la pared de la montaña y caía luego, aplastante, sobre todo.
El gran patio donde se celebraría el rito estaba ya lleno de fieles. Era una plaza cuadrada pero, en su parte trasera se levantaba un estrado en forma semicircular, y tallado en la misma piedra negra que el resto, sobre el que se levantaban los sitiales de los señores.
Así pues, para llegar al lugar que les estaba reservado tuvieron que cruzar toda la explanada. Los fieles habían sido dispuestos de tal manera que dejaban un ancho pasillo (de más de 15 metros) que permitía el paso de sus señores. Avanzaban solemnes, con miradas duras, arrogantes. Todos se arrodillaron y escondieron sus cabezas entre las manos.
A mitad de la plaza se veía el Altar, una gran piedra blanca con chorreones de sangre seca. Estaba sobre una pasarela que se habría paso sobre el Nokkrom. El Nokkrom era la parte central del templo, no sólo física sino también ideológica. Y es que el Gran templo de Narmelost, aun estar consagrado a Tossub y Adrena, conservaba elementos de una anterior religión: cada una de sus cuatro torres representaba uno de los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego) y su parte central, el Nokkrom representaba la Nada. Y ¿qué era el Nokkrom? Era un agujero de 4 metros de radio, de una oscuridad siniestra, que se hundía en lo más profundo de la tierra. Era la nada, el reino de la muerte y la desesperación total. Era pues, sobre esta nada, sima terrible, donde gracias a una pasarela, se sostenía el Altar blanco, el altar de sangre.
Los señores rodearon el Nokkrom y se dirigieron hacia sus sitiales. Los tambores seguían retumbando.
(no se pierdan el próximo y último capítulo, habrá sangre e higadillos y otros discretos divertimentos)
[Editado por elfo_negro el 22-04-2005 21:40]
Shulak
Decenas de pebeteros iluminaban el gran patio, el fuego, salvaje, crepitaba en ellos. El son de los tambores no cesaba pero ahora aminoraba el ritmo. Fuertes golpes acompasados, grandes mazas golpeando las tirantes pieles, y una explosión sonora se esparcía -TUMMMM- casi se dejaba morir, pero justo antes de que se perdiera definitivamente entre los muros del templo y las entrañas de los fieles, otra explosión -TUMMMMM-, entre la agonía y el terror.
De uno de los lados apareció la procesión siniestra: 7 monjes protegidos por 20 yándosar. Los soldados, altivos; los monjes, con la cabeza gacha, exhalando oscuridad.
Uno de los monjes se quedó de pie frente al altar, dando la espalda a los fieles, de cara a sus Señores. Los otros sacerdotes se dividieron en dos grupos: las tres mujeres en el lado izquierdo del Nokkrom, los tres hombres en el derecho. Los Yándosar formaron una fila doble mirando fieros a los fieles, delante del abismo, pero un tanto apartados del centro, para que el espectáculo no fuera velado por su presencia.
Los señores ya estaban en sus tronos, observándolo todo desde 2 metros de altura, veían al Gran Sacerdote de Ainamar, tras el Altar, cubierto con su capucha púrpura; a los sacerdotes y sacerdotisas, que esperaban que todo comenzara; veían las espaldas de los guerreros sagrados; y las caras, entre alucinadas y aterrorizadas, de los fieles.
Entonces, los tambores moderaron su estruendo, y unos cantos oscuros e indescifrables vinieron a acompañarlos. Eran cantos antiguos, cantos que suplicaban el favor de los dioses, cantos que ofrecían muerte y dolor... pero muy pocos entendían su significado. Pero eran cantos de poder, repetitivos y subyugantes, capaces de doblegar a los mismos dioses... ¿cómo no a los hombres?
Diez monjes aparecieron, 20 yándosar aparecieron... y 13 humanos...
Venían encadenados y arrastrando los pies. Ya habían sufrido, ya se los había torturado en Narmelost... ahora deberían morir, ahora serían un regalo para los dioses. Su cuerpo había sido devorado por el dolor y su alma por el terror... ahora su cuerpo sería un juguete de los dioses terribles, que devorarían sus almas con apetito, con dientes afilados y ojos de piedra.
Tras ellos entraron dos enormes braseros, con rojo carbón enrojeciendo rojo metal.
Y por fin dos sacerdotes más. En sendas bandejas portaban dos grandes dagas afiladas (casi espadas cortas), una de filo recto y la otra de filo curvo; las dos de brillo terrible. Las colocaron con respeto sobre el altar.
Y todo empezó: los cantos renovaron su fuerza y los tambores aceleraron el ritmo.
Los humanos fueron desnudados completamente y se les quitaron las cadenas. Se formaron dos grupos de 6 y, a uno, el que parecía más fuerte, se lo obligó a arrodillarse. Los otros serían los corderos.
Poco a poco, con parsimonia sacerdotal, los enemigos de Nurn, los esclavos de Nurn se pusieron en fila, los yándosar vigilando... pero no hizo falta que intervinieran, los \"corderos\" hacía mucho que habían perdido su voluntad, ahora eran de Nurn.
Uno tras otro, los doce, corrieron la misma suerte. Entre atronadores cantos, dirigidos por los sacerdotes, pero repetidos mecánicamente por los más de 2000 fieles que abarrotaban la plaza, los humanos fueron marcados con hierros candentes en el pecho y en la espalda: la Llama de Nurn refulgía en sus sudorosos y acabados cuerpos.
Luego se les clavaba una daga en el flanco. No para matarlos, sino para que hicieran su último viaje con dolor.
Y por fin eran lanzados a la Nada, al Nokkrom, donde sus gritos se perdían por siempre, donde serían devorados por Kalata la Negra durante toda la eternidad.
Los Señores de Nurn contemplaban satisfechos su obra: sus dioses y sus sacerdotes cumplían su función, aterrorizaban y subyugaban, convertían a los enemigos en corderos y a los fieles en sanguinarios esclavos.
Y llegó la última parte del rito. Los dioses ya habían sido saciados, ahora debían responder a Nurn.
El último humano seguía arrodillado, completamente desnudo. Lo levantaron, los tambores callaron, los cantos enmudecieron, los fieles se arrodillaron y \"oraron\" en voz baja, casi imperceptibles... pero eran muchos, y un ronroneo átono se escapaba de la masa humillada.
Antes no se había podido oír, porque el estruendo velaba las sutilezas. Pero ahora, al marcar al humano con los hierros, se oyó el ruido de la carne al carbonizarse, el grito apagado del infeliz.
Lo pusieron sobre el altar.
El sacerdote se quitó la capa. Su túnica negra y de mangas cortas dejaba ver un cuerpo poderoso, de elásticos músculos y grandes proporciones.
Los fieles sólo podían ver sus anchas espaldas, que se flexionaron al levantar los brazos, al levantar la daga de filo recto. Pero los señores le vieron la cara, una cara espantosa, una cara seca y dura, deformada por una perpetua mueca de terror, una cara sin ojos.
Y golpeó, con la fuerza de un dios. Le clavó la daga en el vientre, hasta la empuñadura. Y el esclavo gritó. Y el grito, profundo, grito de muerte, se extendió por la plaza, amplificado por las paredes y por el silencio.
Y luego, cambiando de daga, con habilidad de cirujano, abrió en canal a la víctima y hurgó en sus entrañas.
Buscaba el hígado, fuente de sabiduría, camino hacia la voluntad de los dioses.
Y en el leyó, sin ojos, con sus dedos, con sus cuencas vacías.
Y luego, con los brazos ensangrentados hasta los codos, con su cara horrorosa dirigiéndose hacia los Señores y con voz complacida, Habló:
-¡TOSSUB Y ADRANA BRINDAN SU FAVOR A NURN! ¡Nada puede oponerse al Clan, los dioses están complacidos!- Su voz era un trueno.
[Editado por elfo_negro el 25-04-2005 19:21]
Delisse Yestariel
Sus ojos violetas refulgían cuán fuego enfermizo, enmarcados por sus oscuras pestañas. Había recorrido las calles alejándose de la vida nocturna de Narmelost, y ahora se hallaba recostada ante un gran ventanal tallado en el negro muro. Oculta apenas por una cortina ligera de gasa negra agitada por el suave viento de la mañana, Delissë esperaba la señal.
Su vestido de terciopelo negro había dejado al descubierto su pierna, y la herida inflingida todavía era visible en el interior del muslo. Ella se acariciaba la pierna con aire distraido. Dejó de hacerlo cuando su poderosa visión divisó en la lejanía la figura de una mujer. Vestía un corpiño y una falda de cuero que cubría apenas hasta medio muslo. A la espalda portaba un carcaj con flechas empenachadas de negro y plata, y dos espadas cortas asomaban por encima de sus hombros. Llevaba altas botas de cuero y piel, y los cabellos trenzados entre cintas, sujetos apenas por una tira de piel.
Delissë deslizó suavemente la mano para apartar el leve velo de la cortina. Sus cabellos se agitaron acariciando su rostro, y luego la dejó caer mientras se levantaba de su improvisado sitial.
Apenas cojeaba ya, y la herida en su sien había dejado paso a una marca de color blanco que desaparecería a medida que transcurrieran los días. En cambio, todavía se veía obligada a elegir vestidos de cuello alto que cubrieran la herida inflingida por aquel que había tratado de acabar con su vida... Con su cuerpo más bien, pues era su vínculo necesario para su pervivencia en la Tierra Media. No hubiera podido acabar con su esencia, pero sí con su permanencia en la acosada Haldanóri.
Hizó sonar una campanilla y esperó.
Delisse Yestariel
Un hombre vestido de negro se acercó hasta Delissë, con las manos temblorosas ante la interrupción que debía llevar a cabo.
- Mi Señora... Si me permitís un momento... - dijo suavemente.
Ella se volvió de golpe, clavando su mirada violeta en él, de manera que el hombre empezó a temblar visiblemente.
- ¿Qué sucede? - preguntó, con un tono que dejaba bien a las claras el peligro que se avecinaba.
- Tengo una carta urgente para Vos, Mi Señora Yestariel - dijo él, sin mirarla a los ojos.
- ¡Retirate! - respondió, mientras tomaba ávidamente la carta que el hombre le tendía. Y él desapareció de la sala rápidamente, conteniendo la respiración.
Miró nuevamente al mercader elfo, y su mirada seguía siendo fría y distante:
- Más os vale no moveros de aquí, extranjero.
Delissë se separó de él, y leyó la nota rápidamente. Y volvió a leerla. Y una vez más la leyó, antes de que la nota comenzara a arder en sus manos, cayendo al suelo consumida en cenizas.
Y cerró los ojos un instante, y miles de imágenes aceleradas acudieron a su mente. Pero cuando volvió a abrir los ojos, el fuego de la ira había cambiado su color, y el violento destello rojo iluminaba la estancia mientras ella escudriñaba los rostros de aquellos que se encontraban allí.
La sala entera enmudeció de pronto. El miedo se apoderó de ellos, pues no sabían a ciencia cierta qué era lo que estaba ocurriendo, pero sí que algo terrible estaba a punto de ocurrir.
Delissë avanzó entre las mesas, mientras una tormenta parecía haberse desatado dentro de la taberna. Sus cabellos se alzaban al viento, y sus ojos lanzaban destellos de fuego. Y finalmente se situó frente a la mesa de aquella mujer. A sus pies, un felino. Pero fueron sus cabellos rojos los que la delataron.
La mesa frente a la que se hayaba sentada estalló en mil pedazos, clavando en la piel de la elfa de rojos cabellos miles de diminutas esquirlas de madera. Y Delissë alzó la mano, y acarició primero su pelo, mientras una sonrisa asomaba a sus labios.
- Así que aquí te escondías, miserable. No concibo siquiera a entender cómo te atreves a seguir aquí después de tus actos. ¿Valor, o quizás estupidez? Me inclino más por la segunda opción, por que nada de lo que has hecho ha pasado de ser más que una estupidez tras otra - Delissë detuvo su caricia, y agarró violentamente a la mujer de los cabellos, arrastrándola hacia ella - ¿Pero no pensarías siquiera por un instante que todo iba a ser tan fácil, verdad?
La puerta de la taberna se abrió con un fuerte golpe, y una guardia de Elfos entró, situándose tras la elfa y sujetándola con fuerza. Delissë la soltó entonces, para golpear después el rostro de la mujer con fuerza salvaje, rasgando su mejilla y dejando un reguero de sangre.
- ¡Seguidme! - ordenó. Y salieron de Las Grietas, dejando atrás un local arrasado por su ira, y arrastrando consigo a la culpable de tan violento atentado contra las leyes Nurnitas.
El sol comenzaba ya a inundar las calles de Narmelost, y la ciudad comenzaba a vivir tras una noche de descanso. Ver pasar aquella comitiva, encabezada por la imagen viva de la furia desmedida, auguraba quizás cierta paz para otros. Pero no para la mujer arrastrada por el suelo empedrado, mientras sangraba de cientos de heridas en el cuerpo y el rostro.
Penetraron en Morna Selmë por una entrada lateral, y se dirigieron directamente a las mazmorras de Yaimë Farnë. Bajaban las escaleras rápidamente, mientras la oscuridad se hacía cada vez más intensa a su alrrededor.
El sonido del llanto y del dolor llegó hasta ellos como un golpe intenso, quizás nunca tan placentero para Delissë como en aquella ocasión. Entraron en una sala iluminada tenuemente con antorchas, y los elfos encadenaron a su prisionera de pies y manos, con fuertes grilletes que Delissë misma cerró con un encantamiento.
- Y ahora - dijo, acercándose a la elfa nuevamente - esperarás aquí la sentencia de los Señores de Nurn. Pero ten por seguro que la espera no será aburrida. Desde luego que no.
Y salió de la sala, dejando a la mujer sola, sumida en la oscuridad.
- Si alguien osa si quiera acercarse a esta sala, sea quien sea, matadlo.
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Delissë caminaba rápidamente por los brillantes suelos de mármol negro del pasillo. Desde luego, no entendía en absoluto por qué la irrupción de aquella elfa en la trama que hacía tiempo se desarrollaba en Narmelost, pero lo que era seguro, que la destrucción de la Guardía de Elfos que se había producido no quedaría impune.
Y mientras su mente volvía de nuevo a Seregruin y Lómine. Desde luego, había sido astuto. Ahora, quedaba revisar aquellos textos. Y se encontraba ahora mismo en el sitio adecuado. Pero primero lo primero. Ajusticiar a esa elfa mal nacida, o quizás sacar provecho de ella.
Delisse Yestariel
Delissë centró la mirada en un punto infinito a través de los grandes ventanales. Se encontraba en una de las habitaciones que hacía las veces de despacho. Una enorme mesa tallada de roble presidía la sala, donde por doquier se extendían papeles y pergaminos. Una silla de madera se encontraba tras ella, ahora vacía.
Las paredes estaban cubiertas con enormes estanterías, donde guardaban archivos de diversa índole, bien de la situación administrativa o financiera de los territorios de Nurn.
Las cortinas de un color azul noche, caían delicadamente, y Delissë permanecía de pie, apoyada en el marco de la ventana. Su mirada parecía haberse sumido en un mundo de recuerdos, y su mente aparecía muy lejos de allí.
Había enviado una paloma mensajera a las tierras que se extendían al sur de Haldanóri, a Eithel-Glîn, de donde procedía la intrusa. Y ahora quizás sólo les quedaba esperar una respuesta.
¿Hasta qué punto convenía dar muerte a la elfa de cabellos rojos? Delissë había pasado horas considerando las diferentes opciones. No era tanto el hecho de las muertes que había causado en sí. Realmente, aquellos Elfos no eran importantes, y sí fácilmente sustituibles. No, no era eso. Era el hecho de que bajo ningún concepto podía permitir que aquellos que acudían a Narmelost pensarán que podían actuar con la mayor impunidad frente a las Leyes de los Señores. ¿Pero pagar con la muerte su osadía?
No le importaba al fin la suerte de aquella elfa. Si las cuestiones políticas de Haldanóri no tuvieran que ser tomadas en cuenta, ella misma hubiera puesto fin a su existencia de la forma más cruel posible. Pero pasada la furia incontenible, Delissë había comenzado a recapacitar. Su reacción había sido justa y no la consideraba tampoco exhorbitada. Pero desde luego, había llegado el momento de calmarse, y de tomar la decisión más adecuada para Nurn, que era y sería siempre su prioridad.
Mientras, su mente vagaba lejos allá por el recuerdo de situaciones pasadas. Por un lado, su mente volvía nuevamente a las grietas. Debía volver, pues la trama que había generado estaba acelerando la sucesión de acontecimientos, y no debía descuidarse ahora.
Se acercó hasta la mesa, y se sentó tomando papel y pluma:
Mi Señor de la Noche Eterna,
Nuevamente me pongo en contacto con Vos, aún en vuestra ausencia. Más allá de las tierras de Nurn os encontráis ahora, librando batallas que harán engrandecer nuestro poder como siempre hemos soñado. Mis pensamientos en ese sentido, están allí donde vais, apoyándoos en esa labor que emprendimos hace ya mucho tiempo.
Mas no es esa la razón de esta misiva improvisada, pues Vos y yo sabemos, que aquello que iniciamos tiempo atrás sigue un curso que nuestros designios establecen, si bien a veces el azar los hace casi incontrolables.
Sabed entonces que a fecha de hoy, ambos seguimos en liza abierta, y no es visible la victoria para ninguno de los dos. Este juego iniciado ha dado sus frutos. Las relaciones entre ellos se han afianzado, pero aún no es previsible cual de los dos hará caer la balanza para uno u otro lado. Quizás seducidos por su propia sensualidad, ambos hayan salido beneficiados. Este juego ha tenido más satisfacciones de las que preveíamos en un principio, Vos y yo.
Entre tanto, me alegraba volver a veros pronto, Mi Señor. Tendríamos muchas cosas de qué hablar, tanto tiempo que desentrañar... La gran victoria, la realmente importante, pronto será nuestra. Confío en ello. Y esta pequeña victoria que espero también sobre Vos en este juego, será una gratificación añadida a ella.
Esperamos teneros pronto de vuelta
Vuestra, en nuestro oscuro corazón...
Delissë Yestariel, Dama del Odio
Firmó la carta y la introdujo en sobre que cerro con lacre rojo, e hizo sonar la campanilla de plata que se encontraba sobre la mesa. Un elfo de mirada oscura entró en la habitación, y ella le dió rápidamente instrucciones entregándole la carta.
Tras él, Delissë salió del despacho y subió rauda a su habitación. Tomaría un baño, se cambiaría de atuendo, y volvería a Las Grietas, donde la situación comenzaba a tornarse incombustible.
Fëathoron
Durante la partida hacia Narmelost, la conversación fue escasa o más bien prácticamente nula, Fëathoron seguí asombrado ante tanta belleza y no comprendía bien el porqué de tal sentimiento.
A medida que avanzaban por aquellas tierras Fëathoron pensaba como sería Narmelost, la ciudad de fuego, no podía imaginarla ni tan si quiera hacerse una idea el misterio estaba recorriendo sus entrañas…
Cuando llegó y divisó la ciudad todas sus dudas quedaron al aire, que ciudad tan bella, sus ojos quedaron aun mas abiertos, la silueta de la dama parecía difuminarse con el intenso color de la lava ardiente que circulaba alrededor de aquella ciudad como si dicho rio la acunase ante los intrusos y estuviese allí a su lado…no obstante diversos puentes permitían un acceso a la ciudad, aquella organización y situación eran increíbles, una de las cosas que a Fëathoron mas gustó fue el contraste entre el negro de las casas, herrerías y establos de Narmelost frente a Yagnárë, entonces fue cuando Delisse Yestariel se volvió y comenzó a hablarle.
Delisse Yestariel
Era difícil imaginarse una ciudad tan hermosa y a la vez tan terrible. Delissë percibía el asombro en los ojos del elfo, mientras se acercaban a las enormes torres que coronaban la fortaleza de Morna Selmë.
Entraron en el enorme vestíbulo de mármol negro, decorado con negras armaduras y tapices que representaban legendarias batallas de Nurn. Presidiendo la entrada, una enorme figura de obsidiana representaba a Tossub y Adrana, sentados majestuosamente en grandes tronos de piedra, con rubíes engarzados simulando la mirada del infierno.
Delissë se volvió hacia Fëathoron, con una brillante sonrisa en el rostro:
- Asombraos – dijo – pues sois el primer visitante que ha sido autorizado a contemplar Morna Selmë desde dentro.
El miró a su alrededor, observando el lugar que tantas leyendas oscuras había creado en Haldanóri, pero su mirada parecía no poder estar lejos de ella.
- Pero decidme, Señor – dijo ella, deteniéndose un momento ante la puerta que daba a su despacho - ¿por qué me miráis tan fijamente?
Fëathoron
Aquella sala era una habitación colosal, nadie sabe el tiempo invertido en ella y la historia encerrada entre aquellas paredes, aun así Delisse Yestariel seguía resplandeciente fue cuando ella le pregunto a Fëathoron:
- Pero decidme, Señor – dijo ella, deteniéndose un momento ante la puerta que daba a su despacho - ¿por qué me miráis tan fijamente?
-Perdonad, pero es que insisto en que me da la sensación de que ya os conocí antaño. No obstante lo que me fascina es el calor desprendido por vuestra mirada, el aroma con que vuestros cabellos corta el aire al andar que me asombráis.
Fëathoron se ruborizó, no sabía porque pero decía todo cuanto sentía.
No obstante bella dama hoy estamos aquí para negociar la liberación de Eleanor Ronaele, yo pongo a cambio de su libertad mi vida y mis servicios en vuestras manos, Señora de Nurn, es mas Eleanor será juzgada pero queremos ser nosotros quienes la enseñemos el mal de su actuación a cambio yo responsable de ella sacrifico mi libertad…
Delisse Yestariel
Ella se quedó un momento silenciosa. Su mano aferraba con fuerza el pomo de la puerta, mientras contenía un segundo la respiración. No esperaba aquella respuesta. No estaba preparada para una respuesta así.
Nuevamente, iluminó sus labios y su mirada con una sonrisa. Consiguió fuerzas para abrir la puerta, y entraron en el despacho en el que días atrás Delissë redactara aquella breve nota sobre el arresto de la elfa de rojos cabellos, y algo más…
Delissë hizo sonar la campanilla de plata, y al instante entró en la sala una camarera trayendo vino y frutas, que sirvió sobre una mesa baja situada a un lado de la habitación. Luego salió tan apresuradamente como había entrado.
- Así pues, el nombre de ella es Eleanor Ronaele… - dijo ella, una vez se hubo marchado la sirvienta – Sentaos, Fëathoron.
El se sentó junto a ella en una de las butacas, y ella sirvió vino para ambos, y le tendió una copa de plata.
- No voy a engañaros. La situación en si es delicada – empezó ella – Por mucho menos, cualquier otro hubiera sido colgado de la torre más alta de Morna Selmë sin dilación alguna. Mas la situación política que hoy atraviesa Haldanóri me ha hecho recapacitar.
Delissë acercó su copa a sus labios, y tomó un sorbo de vino antes de continuar:
- No podemos dejar este castigo impune, como debéis comprender. Cualquiera de nosotros hubiera sido ajusticiado sin dilación, si hubiera cometido un acto similar en las tierras de Eithel-Glîn, tuviera o no motivos para hacerlo. Pero veo que sois un elfo de honor, un hombre que no tiene miedo a la justicia de Nurn. Es por eso que accederé a vuestra petición. Eleanor Ronaele quedará libre, más deberá abandonar para siempre estas tierras, bajo pena de muerte. Y vos ocupareis su lugar, si bien no exactamente. Pues no seréis encerrado en Yaimë Farnë, sino que quedareis recluido en Morna Selmë hasta que yo os libere de mi servicio.
Fëathoron
Sabias son sus palabras gran dama de estas tierras, mas se que no le presto mis servicios a una persona cualquiera, pues aunque mi ideología es hacer el bien me siento arrastrado por usted hacia los abismos de lo insospechable por vos...
Pero como le dije, el delito fue cometido y ahora yo soy quien deberá responsabilizarse mas no os preocupéis pues yo aquí en esta sala y ahora mismo a cambio de la libertad de Eleanor os entrego mi voluntad, pues si así lo quiere el destino así será.
Fëathoron coge su daga se hace un pequeño corte en la palma de la mano y saca un pequeño pañuelo con ribetes bordados en fino oro y deja caer unas gotas de sangre en el a la vez que dice a Delisse Yestariel:
-Dama y Señora de Nurn, a cambio de la libertad de Eleanor Ronaele, yo me comprometo desde este instante a acatar vuestras órdenes y por la sangre que corre por mis venas seré vuestros nuevos ojos, oídos...mis servicios desde ahora solo pertenecen a vos Delisse Yestariel...
Tras esto un par de lágrimas cayeron de la mejilla de Fëathoron, haciéndole recordar por un momento que al otro lado tenía una vida que ahora ya no le correspondía...antes de decir otra cosa, con una gran muestra de nostalgia susurro el nombre de su hermana Laitaine Numeniel...
Delisse Yestariel
Ella observó asombrada como aquél elfo cortaba su piel, mientras pronunciaba su juramento de lealtad. Rápidamente, se arrodilló ante él y tomó su mano, y mientras la sostenía con la palma hacia arriba, bajó sus labios y lamió la herida lentamente, la cual dejó de sangrar de inmediato.
Luego lo miró a los ojos, y su mirada parecía haberse vuelto un intenso fuego de color violeta.
- Y yo acepto vuestros servicios, Fëathoron – dijo en un susurro – Mas no os preocupéis, pues pronto volveréis a casa. No es vuestro destino permanecer atado a mí eternamente. Quizás nos encontremos nuevamente, en alguna lejana batalla que este por venir… Quizá … Entonces, sólo Eru podrá sentenciar vuestro destino.
Ella tendió la mano, y acarició el rostro el elfo, saboreando sus lágrimas.
- Vayamos pues a cumplir mi parte del trato. Liberemos a Eleanor, quien será custodiada hasta fuera de las tierras de Nurn.
Y ella se incorporó entonces, y él la siguió a través de pasillos inmensos, por sinuosas escaleras descendentes, hasta Yaimë Farnë.
Laitaine Numeniel
Laitaine Númeniel tenía aún la carta de su hermano entre sus manos. Estuvo pensando bastante tiempo y, finalmente, se dirigió a la biblioteca de Tyelpëosto. Allí escribió estas palabras a Fëathoron:
Hermano mío,
La noticia de tu partida me ha tomado completamente por sorpresa. Ten cuidado. Y libera lo antes posible a la Dama Eleanor. Pero no podré esperar a tu regreso, sabes bien que llevo días escuchando en mi mente la llamada del Bosque, de la vida errante, y no puedo desoírla. Creí que partiríamos juntos, mas no puedo demorar más este ansia en mi pecho. No te preocupes, cuando logres salir de las tierras de Nurn, sabrás donde encontrarme.
Uibrana
Firmó estas palabras con un sello con la marca de dos delfines entrelazados. Enrrolló el pergamino, y lo ató a las patas de Henmegor, su halcón. Salió la elfa a una gran terraza, y le soltó. Laitaine le siguió con la mirada, hasta que sus ojos de elfa no fueron capaces de seguir a su ave, rumbo a las tierras de Nurn.
Delisse Yestariel
Delissë siguió con la mirada el vuelo de un halcón, que planeaba ligero e intentaba acercarse a la ventana. Movida por un impulso repentino, se acercó hasta ella y abrió de par en par.
La hermosa ave de amplias alas, se posó finalmente junto a ella, mirándola fijamente. Delissë se acercó al ave, y le habló en un lenguaje desconocido, acariciándola con suavidad.
Tomó de sus patas una nota que portaba, y leyó con calma. Miró de soslayo a Fëathoron, pero no dijo nada. Alzó el brazo y el halcón se posó en él.
- Os dejo que descanseis, Fëathoron - dijo entonces - Quizás mas tarde, os guste reuniros conmigo para cenar.
Y salió de la habitación, llevando consigo al ave, para que fuera atendida antes de volver a soltarla con rumbo a Eithel-Glîn.
Fëathoron
Mi señora, gustosamente aceptaré el placer de degustar la cena con usted, pero mi corazón se encoge tras el recuerdo de mi hermana, Laitaine Numeniel...
Quizás me ocurra porque ambos tenemos una conexión especial, mas allá de las estrellas, más allá de la verdad y las mentiras...si me lo concedierais pudiera usar una paloma mensajera, para calmar los rumores en la Alianza tras mi partida e intentar aliviar las penas de Uibrana...
Delisse Yestariel asintió y con un dulce y provocador gesto le señalo un reloj de arena...y le indicó que cuando el último grano cayese ella le estaría esperando para cenar.
Fëathoron sonrió y a continuación se sentó frente a la gran mesa ovalada y forjada en un negro azabache y redacto el mensaje:
\"Hermana mía, gustosamente os informo de que Eleanor Ronaele será puesta en libertad, pero no regresará a estas tierras nunca más pues juzgada con la pena de muerte está. No obstante Eleanor, si pisara estas tierras deberá ser dicha visita acreditada con la invitación de un nurnita, el permiso de mi señora Delisse Yestariel, y mi consentimiento.
El acuerdo se cerró con la prestación de mis servicios a la dama Delisse Yestariel hasta que ella lo crea necesario, algo me dice que pronto será...
No os preocupéis por mi pues estoy recibiendo un trato excelente y os puedo asegurar que no me falta de nada, se fuerte y atiende a tu corazón.
Acordaros de informar de mi ausencia y como será solventada el delito de Eleanor. Acordaros también de agradecer a Archaon su generosidad al ofrecerse a acompañarme.
Hablad de mí a la dama Muineth y cuidadla, pues su presencia me denotó una gran falta de cariño, arropadla con vuestro calor hermana mía.
Dad recuerdos a mi reina Narairë y expresadla mi sentimiento de dolor ante mi ausencia en su futura coronación y recordad a los demás mi nombre y saludadlos...
Saludos de Fëathoron...\"
Tras redactar el mensaje el elfo se dispuso a contemplar a través del mirador de su ciudad la peculiar belleza encerrada en aquella ciudad.
Andir
Andir Moredhel iba con prisas y apenas se dió cuenta de todo lo que ocurría a su alrededor. Su ausencia de Narmelost ( ausencia voluntaria, todo hay que decirlo) se prolongaba ya en demasía, aunque nada indicaba que la misma fuera a concluir en poco tiempo. Aquello no era más que una simple visita fugaz a la ciudad del Poder del Fuego.
Miró hacía el cielo durante un solo instante. Un halcón planeaba por uno de los miradores de la ciudad.
- La Dama Delisse tiene algo entre manos.- pensó.- espero que se divierta. Nunca viene mal tener algo de distracción en tiempos de guerra.
Observó a una figura extraña asomado al mismo. No era un nurnita. De eso no cabia ninguna duda.
Su mirada descendió hasta observar las sinuosas calles de aquel barrio de la ciudad y se despreocupó totalmente de aquel extranjero y de todo lo relacionado con el mismo. Al cabo de un instante dejó de preocuparse por los asuntos de Delisse y continuó su camino. No tenía ni un instante más que perder en Narmelost, no le gustaba aquella ciudad.
Delisse Yestariel
Delissë soltó el halcón a través del balcón de su dormitorio. Observando el majestuoso batir de alas del ave, pronto sus pensamientos volaron acompasados a ella... Camino de las tierras de Eithel-Glîn.
Una doncella entró entonces en el dormitorio, y le entregó una nota que ella leyó con avidez. La taberna se agitaba ahora nuevamente con nuevos bríos, pero ella no se encontraba con fuerzas ni ganas para volver. Al menos no todavía.
Allí se encontraría Archaon, y ella sabía que todavía tenían una conversación pendiente. Pero dudaba de que fuera el momento oportuno.
También estaba aquél mercader elfo, y su instinto le decía que escondía mucho más de lo que parecía a simple vista.
Tuvo un recuerdo también para algo que ocurría poco más allá de los lindes de la taberna. Estrechamente relacionado, pero ajeno a la vez. Y quizás una música lejana que resonaba nuevamente, anunciando una muerte segura... ¿sería aquello el principio de un conflicto nuevo? No estaba segura de ello...
¿Y qué sería del avance de Seregruin? La correspondencía era fluida entre ellos. Ella todavía necesitaba hacerse con las cartas de Inglin y Lómine, pero no sería ella quien se arriesgara a entrar en las habitaciones de ninguna de ellas. Para ello, ahora había encontrado a alguien que le sirviera... Él robaría esas cartas para ella, y quizás después ella misma las devolviera... Pero aún así, todavía no las tenía todas consigo, pues a pesar de sus muchos intentos, no había conseguido hablar frente a frente con Seregruin, y no sabía muy bien qué demoraba ese encuentro...
Si bien ella ahora recordaba un encuentro pasado...
Perdida entre sus recuerdos, Delissë se alejó de la ventana, y se sentó a contestar la nota que acababa de llegar.
Delisse Yestariel
Estimado compañero,
Algo confusa me deja vuestra nota, más por lo que se puede entrever entre líneas, que por lo que decís realmente. Quizás anteriormente la bruma de un recuerdo pasado cegara mis sentidos, pero el tiempo ha despejado la neblina que provocaba en mí. Y ahora, lejos de todo aquello, me doy cuenta de que poco a poco que aquello que iniciamos hace ya mucho tiempo, ha cruzado unos límites que ninguno de los dos podemos controlar. Los sentimientos, aún en seres tan oscuros como nosotros, nunca dejan de entrar en juego. A pesar de lo mucho que lo intentemos.
De un tiempo a esta parte, hemos conseguido juntos muchas cosas. Juntos a pesar de la distancia. Mas no creo que esta situación pueda durar mucho más tiempo. Alargarlo indefinidamente sería atormentar una relación entre Vos y Lómine... Quizás sería tiempo de dejar correr este tema.
También mi mente se halla ocupada ahora por tantas cosas... Quizás más adelante os pueda confiar algunas de ellas. Pero de momento, no encuentro la razón de mi angustia, y no deseo decir más.
Sin más que añadir de momento, me despido de Vos
Yestariel, Doncella del Deseo
Delissë lacró la nota y la entregó a una doncella, con instrucciones precisas de entregarla a Seregruin sin que se apercibiera de ello nadie más.
Andir
La noche cayó sobre la capital nurnita cubriendo su ya oscura silueta con más sombras. Era noche de luna negra, luna nueva la llamaban en el resto de Haldanori, y eso hacía que los ángulos de aquella callejuela dieran una impresión más siniestra aún.
El noldo oscuro se acercó a grandes pasos hacía el una casa destartalada y lúgubre. La puerta, de amplios goznes, permanecía entreabierta y hacía su interior se dirigió Andir. Antes de sentir la bofetada de calor que emanaba del interior de la misma se detuvo, justo en el escalón de entrada, y se giró sobre sus talones mirando a ambos lados de la calle. No le gustaba Narmelost y menos en una noche como aquella. Trás el rápido vistazo, entró y cerró trás de sí.
Delisse Yestariel
Había conseguido dormitar un poco, pero cuando abrió los ojos se dió cuenta de que apenas habían pasado unas horas, y todavía noche cerrada. Ni una mínima luz iluminaba el cielo; la luna se encontraba resguardada más allá de Haldanóri, y no volvería a sonreir en el cielo durante un tiempo. Como si tratara de esconder más todavía su preciado tesoro de luz, nubes negras cubrían la superficie celeste.
Un primer rayo iluminó la habitación, creadon un repentino juego de luces y sombras. El sonido de alguien golpeando la puerta quedó apagado por el del trueno que siguió apenas unos segundos después. Pero cuando este último cesó, el ruido de los golpes se alzó casi como un estruendo.
- ¡Adelante!
Una doncella avanzó rápidamente hasta ella, y le entregó un sobre en una bandeja de plata. Parecía algo asustada por la tormenta, y Delissë no pudo evitar una sonrisa sarcástica mientras abría el sobre.
Pero la sonrisa se quedó helada en su rostro. Algo había ocurrido en Las Grietas. Al parecer, varios hombres embozados habían atacado a Archáon, y aunque habían perecido en el intento habían conseguido herirle. Según el informe de su espía, ninguno de ellos pertenecía a Nurn, y no sabían de dónde venían, ni quienes eran, ni qué pretendían. Delissë, confusa, no supo que pensar por un momento.
Salto de la cama rápidamente, y se vistió rápidamente con un vestido blanco con bordados de oro, y se ciñó la espada en un cinturón de marfil.
Tenía las ideas más claras ahora. Si quería saber quienes eran esos hombres, debía hablar con aquél a quien habían atacado, y sobre todo, ver lo que quedaba de ellos...
Sujetó sus cabellos en una trenza, con una diadema de oro haciendo juego con sus cabellos, y salió camino de Las Grietas, cerrando la puerta tras de sí con un suspiro exasperado que quedó apagado por el sonido de un nuevo trueno.
.
Andir
Una luz intensa iluminó la cara de Andir cuando se giró luego de cerrar la puerta. La estancia, amplia y confortable, se encontraba casi desierta, puesto que una figura se incorporaba en aquel momento de un mullido sillón de piel. Era ella, no le cabían dudas. Cuando la figura terminó de girarse en su dirección ya no cupieron las mismas.
Elboron
Cruzado el umbral de la oscuridad y el silencio se encontró con una imponente estancia que lo impresionó favorablemente.
- Estos nurnitas saben lo que se hacen - pensó para sus adentros.
Siguiendo los pasos de Delisse por el frío mármol se encontró enseguida en el centro de la estancia tratando de distinguir el pasadizo por dónde había entrado por si alguna vez necesitara escapar de allí usando la fuerza de sus piernas. Por fortuna contaba con una magnífica memoria y grabó con precisión todos los detalles en su mente.
Habiendo pasado los últimos días en la oscuridad más completa había terminado por desorientarse perdiendo la noción del tiempo.
- Delisse... - dijo - ¿Qué día es hoy?
Delisse Yestariel
- Sólo un día completo ha pasado desde que abandonamos Las Grietas. Aunque comprendo que te haya parecido el doble... - respondió Delissë caminando por los pasillos de mármol, seguida de Elboron - La Cámara del Códice se encuentra aquí, custodiada por La Guardia de Élite de Mornä Selmë. Su entrada se haya sellada por un encantamiento, del que sólo yo conozco las palabras... Nadie puede entrar ni salir sin mi autorización.
Llegaron hasta una puerta forjada en plata, que se elevaba hasta casi rozar los altísimos techos de mármol. Delissë susurró unas palabras en una lengua desconocida, y las puertas emitieron un pequeño quejido, como si llevaran siglos sin haber abierto sus enormes fauces.
Poco a poco, las puertas se abrieron hacia fuera, dejando un resquicio por el que Delissë y Elboron entraron en la sala. Una vez hubieron pasado, las puertas se cerraron de golpe, con un silencio espectral.
En mitad de la sala, en un atril protegido por una campana de cristal líquido, se encontraba el tesoro que aquella sala protegía.
- No toques el cristal - dijo Delissë, viendo que Elboron se acercaba demasiado, con la mirada fija en el Códice.
Elboron
¡Por fin! Después de tanto tiempo el códice estaba al alcance su mano.
Acercándose con la mirada fija en el códice fue a tocar el cristal mas la voz de Delisse lo detuvo.
Él se giró y observó a la maia con los brazos cruzados esperando verle reaccionar.
- Bien - dijo tragando saliva - Antes de nada... ¿dónde lo encontraste?
Delisse Yestariel
Delissë se llevó la mano al corazón repentinamente, repentinamente pálida. Retrocedió hasta apoyarse en la puerta, mientras su mente viajaba en una vorágine de recuerdos. Las palabras que aparecieron en su mente, las recordaba ahora vagamente, de un sueño casi olvidado, de una angustia apenas recordada, de un sentimiento de intranquilidad aparentemente tranquilo.
Sintiendo ahora la angustia clavada en su alma como un punzón de hielo, Delissë se dejó caer y se acurrucó a los pies de la puerta, mientras recordaba las palabras...
Los .... y muchos años pasarán hasta ....en un futuro volverem... para reencontrar ... del Código del Fuego ... serán Seres Oscuros ... y no deberá caer ... para proteger Arda ... en Haldanóri .... Concilio ...de los Maiar ....en la Batalla Final ... será en Nármelost
- En Narmelost ... - susurró...
La Ciudad del Poder de Fuego encerraba un secreto de fuego también... Y ella, un Ser de Fuego, lo había encontrado. El Hado del Destino parecía haberse reido de ella de nuevo. Por que sabía que ahora, su pasado no tardaría en regresar...
- Lo encontré en Narmelost... - respondió a Elboron con voz apenas audible, pues su pregunta había llegado alzándose sobre la tormenta de Odio que alguien había enviado hasta ella. Alzó sus ojos violeta, brillantes y líquidos.
Elboron
Perturbado por el repentino abrumamiento en Delisse que parecía iba a desmayarse, Elboron corrió a su lado y sujetándola por debajo de las axilas la ayudó a incorporarse mientras notaba como un sudor frío recorría su frente.
Él también había notado algo, no sabía que era exactamente, pero fuese lo que fuese había podido afectar de tal modo a alguien tan poderoso como Delisse era digno de preocupar a Elboron.
Sacó de su equipaje un misterioso cordial y tendiéndoselo dijo:
- Bebe. Te sentará bien. Es un cordial que me entregó un famoso noldo en Beleriand. Se llama miruvor.
Tras observar como recuperaba el color de sus mejillas Elboron la dejó delicadamente en el suelo enjugándose el sudor de la frente la preguntó sin ambages:
- Dime Delisse... ¿sabes cual es el nombre de este códice? Están.... están pasando cosas muy raras en Haldanori y creo que la aparación de este códice está relacionado con todo ello. Hace muchos años encontré una misteriosa inscripción en una olvidada caverna cerca de Nargothrond que hablaba de un misterioso y devastador códice y me preocupa que pueda ser este. Era el Código de Fuego ó Khaskush
Cuando Elboron pronunció ese nombre repentinamente se oyó un poderoso trueno seguido de un cegador relámpago que atravesó el tejado de la sala golpeando con virulencia el códice envolviéndolo en llamas.
Al verlo arder tanto Elboron como Delisse corrieron para apagarlo pero al acercarse observaron estupefactos como, de manera sorprendente, el códice, a pesar de estar cubierto por una llama azulada, no ardía.
- ¡El Khaskhush ha sido hallado! Entonces... la profecía de la roseta mezquina es cierta! Es un hallazgo extraordinario - gritó Elboron y se giró jadeante presa de una gran emoción y observó a Delisse.
Ella lo miraba sorprendida con cierto estupor en su rostro reconociendo la valía de aquel elfo que le había parecido inservible y del que estaba descubriendo grandes cosas.
- Si no recuero mal - prosiguió Elboron retomando la tranquilidad - en la roseta decía que el khaskush se apagaba mediante la pronunciación de una palabra...
Ante el silencio repentino del elfo, Delisse dijo:
- Y bien. ¿Cual es esa palabra? Elboron...
Alzando la mano calló a la maia y meditó durante unos segundos hasta que gritó exasperado:
- ¡Maldición! No me acuerdo y la roseta está en mis estancias de los Anales del Valle...
Delisse Yestariel
Delissë se sintió mejor, gracias al cordial ofrecido por Elboron. Pero oyendo sus últimas palabras, volvió a palidecer de pronto. Suspiró nuevamente exasperada. Realmente, descubrió que Elboron tenía una capacidad sorprendente para conseguir que perdiera la paciencia.
- ¿No recordaís la palabra? - preguntó impaciente, alzando una ceja incrédula - De todas las cosas necesarias de recordar en Haldanóri, quizás la más importante... ¿y se os ha olvidado? Desde luego, me sorprendeis...
El Códice de Fuego seguía ardiendo con su intenso fulgor azulado. Delissë musitó unas palabras, y las puertas de la Sala se abrieron.
- Salgamos de aquí. No hay nada que podamos hacer de momento, sin la famosa Roseta...
Elboron la siguió, observando como las puertas nuevamente se cerraban tras ellos, y varios Elfos de mirada oscura se colocaban después ante ellas, con las lanzas en posición de defensa.
Mientras caminaban silenciosos por los pasillos, Delissë era consciente de qué era lo que tenía que tratar con Árchaon. Ahora lo sabía. Sabía qué era aquello que él le ocultaba, ese presentimiento que ahora había llegado a ella de nuevo, tras tanto tiempo olvidado. Y era seguro que él no confiaba en ella, y sospechaba que tal vez, ella escondiera el Códice para su beneficio...
Elboron
Ofendido por el aparente desprecio de Delisse, Elboron salió de la estancia en silencio sin pronunciar palabra alguna pero tras pensar infructuosamente en la palabra que cerraba el Khaskush se dio cuenta abatido que sin esa maldita piedra no podía hacer nada y sería incapaz de descifrar el códice.
Delisse... - dijo deteniéndose y clavando la vista en los sinuosos dibujos de las baldosas - Nescesito la Roseta. Sé muy bien que el tiempo apremia pero esa inscripción es fundamental para poder descifrar el código del fuego. Desgraciadamente demasiadas leguas me separan de mi biblioteca y el tiempo que emplearía en ir a buscarla y volver sería demasiado largo. Yo no puedo volar per afortunadamente cuento con... ¡esto! - y sacando de su profunda bolsa de viaje un silbato que sopló con fuerza.
Elboron se acercó a la ventana más cercana que abrió de par en par y poco después entró una majestuosa águila real.
- He aquí Delisse mi más preciado tesoro... Argo, mi alada mensajera.
Delisse abrió la boca para decir algo pero no emitió sonido alguno quedándose asombrada ante los presuntamente inagotables recursos del elfo. Apoyando la jaula en el alfeizar de la ventana sacó un pergamino de su bolsa y anotó unas líneas con una tinta incolora que no hizo sino aumentar la sorpresa de Delisse.
Una vez escrito el mensaje lo enrolló e introduciéndolo en un tubo, que se sujetaba en el magnífico collar que rodeaba el cuello de Argo, puso al águila en el alfeizar y susurró a sus finos oídos:
- Argo, amiga mía, encuentra al velocípedo Gaur en la posada de Hyeralloké y entregale el mensaje. Ahora vuela, mi preciosa amiga, rauda como el viento - y la soltó con fuerza.
Tanto Elboron como Delisse se quedaron observando al águila volar hasta que se perdió en el horizonte. Cuando se giraron él la miró y encogiéndose de hombras la dijo:
- Ahora solo queda esperar que mi emisario sea encontrado y nos traiga la roseta.
- Que imprudente eres Elboron, ¿cómo puedes estar tan seguro de que tu emisario llegará a tiempo? - protestó airada Delisse
- Porque ese \"emisario\" es el veloz Gaur y si hay alguien en que pueda confiar ese es el raudo Gaur \"hijo del viento\". Y ahora dime... ¿a dónde me estas conduciendo?
[Editado por jarvis el 07-08-2005 23:30]
Delisse Yestariel
Aquél elfo orgulloso no dejaba de sorprenderla... Envió rápidamente el mensaje, y Delissë esperaba que Gaur El Hijo del Viento fuera realmente tan rápido como Elboron parecía creer.
- Muy bien, espero que por correr no se olvide la Roseta, como alguno que no anda muy lejos... - dijo ella, mirándolo fijamente - Ahora, volvamos a Las Grietas... Por el camino convencional esta vez - añadió, viendo que Elboron miraba de reojo las curvas de Adrana - Creo que nos estan esperando... Al menos a mí me esperan.
Se dirigió a la puerta principal, y salió de nuevo a encontrarse con la noche cerrada que oscurecía más si cabe la ciudad de Narmelost. Pronto, las calles solitarias acogieron el eco apagado de sus pasos.
Elboron
Elboron captó la fina ironía de Delisse y por primera vez desde que la conocía sonrío con sinceridad.
- Sabes... debajo de esa máscara creo que hay una mujer muy interesante - la dijo mientras encendía su pipa y silbaba una tonadilla de su tierra natal - No estará mal pasar unos días de vacaciones pagadas en Nurn. Espero que en las Grietas den algo de comer. ¡Estoy tan hambriento que me comería un buey!
Pasados unos segundos el elfo miró al cielo y pensó para sus adentros:
- Dónde estaras Gaur.... te necesito aquí conmigo
Delisse Yestariel
La luz del sol se reflejaba en las negras paredes de obsidiana del Templo. Delissë se detuvo un instante ante el lugar, desde donde podía verse la fachada principal y las enormes torres que ascendían casi hasta rozar los cielos de Arda.
El impresionante edificio, con su peculiar planta formando una Estrella de Ocho Puntas, constaba con fachadas de 200 metros de longitud y 15 metros de altura; tenía cuatro torres (que correspondían, sobre el dibujo de la planta, a cuatro esquinas de uno de los cuadrados) de más de 20 metros de altura; y un patio interior de 10000 metros cuadrados, con capacidad para más de 3000 fieles.
La escalinata que brindaba la entrada al gran edificio, estaba alumbrada día y noche por la luz salvaje que se escapaba de gigantescos pebeteros que vomitaban, a la vez que altas llamas, un humo más negro que la noche.
Delissë y Elboron caminaron por los pasillos hasta llegar a la plaza cuadrada, en cuya parte trasera se levantaba un estrado en forma semicircular, y tallado en la misma piedra negra que el resto, sobre el que se levantaban los sitiales de los Señores.
A mitad de la plaza se veía el Altar, una gran piedra blanca con restos de sangre seca. Estaba sobre una pasarela que se habría paso sobre el Nokkrom. El Nokkrom era la parte central del templo, no sólo física sino también ideológica. Y es que el Gran templo de Narmelost, aun estando consagrado a Tossub y Adrena, conservaba elementos de una anterior religión: cada una de sus cuatro torres representaba uno de los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego) y su parte central, el Nokkrom representaba la Nada. Era un agujero de 4 metros de radio, de una oscuridad siniestra, que se hundía en lo más profundo de la tierra. Era la nada, el reino de la muerte y la desesperación total. Era pues, sobre esta nada, sima terrible, donde gracias a una pasarela, se sostenía el Altar blanco, el altar de sangre.
Ninguno de los dos dijo nada. Delissë no creía en que aquella tierra fuera sagrada en ningún aspecto, y los sacerdotes que la miraban con suspicacía ya lo sabían. Pero ella era una Señora de Nurn, y además era una Maia de Eru, y su sóla presencia les hacía temblar, pues representaba aquello que su corazón quería negar. Y ella, consciente del poder que representaba aquella religión que los Señores de Nurn habían creado como instrumento de dominación, procuraba simplemente ignorarlos, y no contradecir sus creencias.
Elboron
Elboron observaba maravillado la gran sala de los señores de Nurn y aturdido por las grandes cantidades de tabaco ingerido en el largo camino hasta el templo y el fuerte a olor a incienso, que debió sentarle como una botella entera de vinillo de Dorwinion, saltó sobre uno de los sitiales y se sentó en él, posando los pies sobre el de delante, adpotando una cómoda postura.
Curiosamente los sitiales tenían el nombre del dueño grabado en letras élficas. Miró el suyo y leyó:
Seregruin
Delisse lo miraba perplejo y pretendía amonestarle cuando Elboron se adelantó:
- Oye Delisse, ¿quién es este tal Seregruin? Su nombre me suena... Creo que el carpintero de mi biblioteca se llama así - musitó pensativo - en cualquier caso, da igual. Su asiento es realmente cómodo y eso es lo que importa. Creo que este lugar me va a gustar - y se descalzó disponiéndose a echar la famosa siesta del cordero.
- Pero... - acertó a decir la maia
- Bah, Delisse, no te preocupes. Tenemos tiempo hasta que los maiar lleguen. Relajate y disfrutemos de un buen trago - replicó sonriente Elboron mientras sacaba su inseparable licor, amor y aflicción del elfo.
[Editado por jarvis el 15-08-2005 04:29]
Delisse Yestariel
Delissë dio una patada al sitial de Seregruin, y Elboron cayó al suelo con gran estruendo:
- ¡Compórtate! - dijo, agachándose junto al elfo, le tomó la cara entre las manos y le susurró - Cientos de años han contemplado esta sima, y ese olor a incienso que sientes parece haber embotado tus sentidos, pues sólo pretende mitigar el olor de la muerte. ¿Ves esa sangre? Los gritos de las últimas victimas todavía pueden oirse en la noche... Este lugar, es sagrado para Nurn. Su poder ha sido acrecentado por el miedo, por la muerte y el dolor de muchos. Espero que lo respetes, mientras estamos aquí...
Lo miró a los ojos un instante, y simplemente, se acercó a él y le dio un ligero beso en los labios.
- A veces no parecéis más que un niño... - dijo entonces. Después se levantó, y le tendió la mano para ayudarle a levantarse.
Elboron
Mientras la maia le ayudaba a levantarse se dio cuenta de como habían cambiado las cosas en los últimos días. Pareciera que estaba de vacaciones en pleno territorio enemigo en lugar de cumpliendo una misión. Y la presencia de Gaur en la taberna y de las dos damas con las que había tenido trato no hacían sino confirmarle sus tesis.
- ¡Bueno! Dos besos de dos mujeres distintas en menos de un día. Si es que... estoy hecho un Don Sere. - se dijo para si.
Con la patada de Delisse había soltado su botella que voló por los aires y que se había derramado, manchando los sitiales de Seregruin, Delisse y de una tal Lomine.
- Este... Delisse - dijo rodeando a la maia con su brazo - vayamos a ver ese sanguinario altar. ¿Nunca habéis pensado en leer libros en lugar de matar gente?
Delisse lo fulminó con la mirada y el elfo repuso sonriente:
- ¡Es broma! No te alteres que cuando te alteras suele haber fuego por medio y... Por cierto, ¿fumas? Tengo una estupenda hierba recién cortada. Me la trajo Nulk esta mañana de sus plantaciones en Ciudad Dragón - y sacando un extraño papel vertió un poco de esa hierba en el papel, enrrollándolo y chupándolo de arriba a abajo formando un extraño cilindro.
- Delisse... - la dijo acercándole el cilindro - te importaría...
Delisse Yestariel
\"Estúpido\", pensó, \"realmente estúpido\". Se volvió y se dirigió por una puerta trasera a una gran sala que hacía las veces de despacho. Hizo sonar una campanilla, y la hizo sonar varias veces, impaciente. Una de las sirvientas entró rápidamente en la habitación.
- Limpia los sitiales - le dijo sin mirarla - Hay un elfo ahí fuera bastante torpe que ha derramado un líquido verde en varios. Luego, ocupate de servir junto a cada uno de ellos frutas y vino, pues el Concilio será largo. Cualquier cosa que deseen los que han de venir, satisfacedlo, a no ser que incumpla alguna de las normas de la casa.
La muchacha asintió, y salió presurosa a cumplir sus órdenes.
Ignoró al elfo. Es más, intento apartarlo totalmente de su mente. Miró hacia la puerta y lo vio bajar hacia el Altar. Deseó que se lo tragará el Nokkrom, y luego se arrepintió. ¿Arrepentirse? Esa palabra no solía existir para ella. Se preguntó que querría decir... Le tenía cierto cariño al elfo. Quizás demasiado. Pero era verdaderamente exasperante. Conseguía sacarla de sus casillas con demasiada facilidad.
Suspirando, intento concentrarse en leer una nota que tenía delante.
Árchaon
Habían recorrido algunas calles de la capital guiados por cuatro elfos que hacían las veces de escolta.
- ¿Escolta yo? Ni que me hiciera falta, como si no supiera defenderme solo- Aclamaba Árchaon pensando en voz alta.
- Tranquilo hermano- rió Telimektar-, sólo es para guiarnos al templo.
- Excatamente- profirió un elfo
- ¡No me dirijas la palabra! Limítate a seguir andando- Gritó Árchaon histérico.
Al fin llegaron al majestuoso templo de Narmelost, aquel templo conocido como el Templo de Tossub y Adrana.
Sin demorarse más llegaron a sus adentros, y los elfos indicaron el lugar de la reunión, pero allí no había nadie.
Pasearon por aquel templo visitando aquellas salas cuando, a lo lejos, la silueta de un elfo entró por los ojos del Maia: era Elboron, pero ni siquiera se observaron, allí miraba un altar, pero no causó mayor atención.
Prosiguió su camino recorriendo las salas de aquel templo, donde entró en un gran salón, en el cual estaba Delissë, al parecer, algo entretenida.
Árchaon le lanzó una fugaz mirada , y apartando la vista de ella murmuró:
- Vaya, cualquier sitio es bueno para desahogarse...
Y sin más quedó de pie dando paseos de un lao a otro del aquel salón.
[Editado por legolaragorn el 15-08-2005 15:19]
Delisse Yestariel
Delissë alzó la vista de la nota que estaba leyendo al oir la voz del Maia, que parecía especialmente molesto. Enarcó una ceja. No sabía muy bien qué era lo que le ocurría.
- ¿Desahogarse? - preguntó sorprendida - Mmmmmmmm vaya una forma de dar los buenos días... ¿Pero que desahogo veis en leer una nota?
No entendía muy bien, pero le parecía que Árchaon estaba molesto con ella. Quizás todavía la culpara del intento de asesinato de unos días atrás. El informe que estaba leyendo era precisamente sobre ese tema, y desde luego, dejaba muy claro que alguien pretendía inculpar a Nurn en algo que, por una vez, no era responsabilidad suya.
Por sobre todas las cosas, le molestaba que hubiera dudado de ella. Entendía, que siendo como eran enemigos, él hubiera dudado en un primer momento. Pero no después de la noche que pasaron juntos... Eso le confirmaba que para él, esa noche no había significado nada.
Ahora bien, ¿a qué venía aquella referencia a desahogarse?
Árchaon
Árchaon siguió paseando por la estancia, y sin mirar a Delissë prosiguió hablando:
- Por ahí he visto a Elboron, y últimamente te veo muy a solas con él durante mucho tiempo..No me quiero inmiscuir en tus asuntos Delissë, pero pensaba que lo de aquella noche no sería solo aquello, pero ya veo que sí...
Los pasos resonaban por aquel salón, y las antiguedades allí guardabas llamaban la atención del Maia que seguía paseando por allí, ahora más cerca de Delissë
Delisse Yestariel
Delissë lo miró sorprendida. No esperaba aquella respuesta, y ahora no sabía muy bien que decir. Se levantó de la silla, y rodeó la mesa para acercarse al Maia.
- ¿Realmente piensas que el elfo y yo...? - preguntó sin poder creerlo todavía. ¡Elboron y ella! - No se que te ha llevado a pensar eso... Nunca ha habido nada entre nosotros. Y sin embargo...
El se detuvo para mirarla, y ella dudó un momento antes de seguir:
- Nunca me dijiste nada. Me acusaste de intentar matarte, a pesar de la noche que pasamos juntos. ¿Y ahora me dices que esperabas algo más de mi? Vi la desconfianza en tus ojos, aún cuando todavía temblaba entre tus brazos. La ví aún cuando nos volvimos a ver, y sólo podías pensar en que sentía rencor e ira... Sin confianza, no puede haber nada entre nosotros, y tú lo sabes. ¿Por qué entonces iba yo a imaginar siquiera que esperabas algo de mí? Y sin embargo, no quieres inmiscuirte en mis asuntos... ¿Acaso alguna vez te importé algo?
Se dió la vuelta, y se acercó a una de las ventanas.
- Y he hecho cosas... Cosas que quizás si yo hubiera sabido esto... ¿Pero ya no tiene arreglo verdad? Siento un muro que se alza entre nosotros. Quizás tu desconfianza y mi orgullo es lo que nos han llevado ha esto...
Árchaon
El maia la mirño incrédulo:
- ¿Cosas?¿qué cosas dices?
No sabía bien a lo que se refería, pero desde luego aquello había hecho que el orgullo se subiera a la cabeza.
- Sí, desconfié de tí en aquel momento, pero luego te pedí perdón por hacerlo, y encima nada más te veo con ese elfo, ¿cómo quieres que no piense que os traéis algo? ¿acaso soy más presagiador de lo que puedo serlo?
Delisse Yestariel
Ella se dio la vuelta y lo miró. Dudaba. Y no entendía nada.
- Quizás pudieras haberlo preguntado... No te volviste a acercar a mí para nada, salvo para acusarme de algo que no había hecho. Yo no podía saber lo qué pensabas... Aún creo que ahora tampoco lo sé. Y eso me confunde - tomó aire antes de continuar - Y en cuanto a qué cosas... No he estado con Elboron. En ningún momento. Ya deberías haber notado que él esta interesado en la Reina de Telpe... Se le nota en la mirada. Nuestros asuntos son sólo de negocios. Pero anoche... Pasé la noche con alguien. Un hombre mortal, del que no conozco ni el nombre... Y eso es algo que entiendo nos separará ahora para siempre.
Árchaon
Árchaon quedó paralizado obersvando y escuchando las palbras que salíand e la boca de la maia.
- Bien, ya veo que has escogido un camino, y si es así, no quiero apartarte de él. Sólo ahora me puede la decepción, pues no esperaba eso.
Pero por supuesto ningún compromiso nos ataba, eras libre de hacer lo que te apetecía, pero no pensaba que llegaras a tanto Delissë...
Delisse Yestariel
- Si quieres culparme a mí, adelante. No te lo voy a impedir. No obstante, yo siempre he sido sincera contigo. Aún ahora, aún cuando nada nos ataba, nunca te he ocultado nada. No creo que pueda decir lo mismo de tí... No.
Se alejó de él. No iba a demostrarle el daño que le hacían sus palabras. Ni ahora ni nunca.
- No voy a eximirme de mi responsabilidad. Pero espero que algún día entiendas, y comprendas que tu también has tenido que ver en todo esto...
Entrelazó las manos. Sentía que le ardían con el deseo de volver a tocarlo. Pero no lo haría.
Árchaon
- Culpa mía- meditó tranquilamente-, ¿por qué iba a preguntar si estabas con ese elfo?lo más normal es que si sabias que eso me ofendía hubieses venido a decirme lo que os traíais entre manos, y ahora veo que no es más que el asunto de la reunión, pero claro, ya te he dicho que yo no lo sabía.
Se dio la vuelta con genio, y quedó pensando, la mirada de Inglin permanecía en él, pero sentía el calor de Delissé tan cerca que deseaba abrazarlo y quedárselo para él.
Se acercó a ella y colocó su mano en su cara, la levantó a su altura y besó sus labios.
Después se dió media vuelta y se alejó de ella...
Delisse Yestariel
Ella sintió como la alzaba suavemente, y luego, el calor de sus labios sobre ella. Cerró los ojos y se dejó llevar. Pero se desvaneció pronto, como un sueño... Sintió la duda en él. Y sintió que era tarde. Él se dio la vuelta, y se alejó... Y ella le tomó del brazo, y se acercó a él, abrazándolo por detrás.
- Yo no sabía que eso te ofendía... ¿Cómo iba a saberlo? Si lo hubiera sabido... - acarició con la mejilla la espalda del hombre - Y ahora siento que es tarde para nosotros... Siento que hay alguien en tu mente, y aunque estais aquí, te siento lejos...
Árchaon
La mujer lo agarró por detrás, y pese a que deseaba aquello, su rostro seguía. No podía decir que su mente la ocupara aquella elfa, pero algo si que la ocupaba. Aunque tener a Delissë cerca hacia que su cabeza pareciera estallar.
Se dio la vuelta pero no dijo nada, miro a los ojos de la maia...simplemente..
Delisse Yestariel
El silencio que siguió los envolvió. Él no respondió a sus dudas, y ella comprendió que nada de lo que pudiera decir serviría para nada. Sintió la dureza de su mirada sobre ella, y sus ojos violeta se oscurecieron.
Se alejó de él, y le dio la espalda. No iba a dejar que leyera en sus ojos.
- Entiendo - dijo finalmente - No hay nada más que decir entonces. Espero que esto no nos afecte más de lo necesario... A pesar de todo, tenemos un Concilio...
Y salió por la puerta sin mirar atrás. Por que no tenía sentido mirar atrás.
Árchaon
Después de escuchar las palabras de Delissë el maia observó como esta se iba dándole la espalda. Por un momento dudo si correr tras ella, pero decidió que no, pues el haber estado con otro hombre le había hecho daño y había causado decepción en él, así que quedño en aquella estancia mientras observa la nada por la ventana, porque sus ojos miraban, pero no veían...
Delisse Yestariel
Había descansado poco aquella noche, y eso empezaba a hacer mella en su cabeza. Y no había ni rastro de Ariul ni de Gwyllion. Cuando salío al estrado, vio que al menos sus órdenes habían sido cumplidas sin demora. Al menos algo funciona correctamente, pensó. Vio que Elboron se había recostado en uno de los sitiales, y fumaba tranquilamente con una sonrisa en el rostro. Delissë pasó junto a él, y sin decir nada arrojó la Roseta en el regazo del hombre, pasando de largo de inmediato. Sintió el quejido del elfo, como si hubiera golpeado en una parte extremadamente sensible, pero no hizo caso alguno. Luego tomó una manzana y mientras la mordía caminó hacia la fachada principal del Templo, desde donde tenían acceso a la parte habitable del mismo.
Giró hacia la izquierda por un enorme pasillo de mármol blanco. Algunas muchachas vestidas enteramente de blanco, con ligeros vestidos de gasa que dejaban entrever sus bellos cuerpos, agacharon la mirada al verla pasar.
- iMi Señora! - gritó una mujer corriendo detrás de ella. Era una mujer de cabello cano, con el rostro marcado por el tiempo de los Atani, pero con los ojos de un color verde intenso muy vivo, tanto que parecían dotarla de una juvenil vitalidad. Era la Gran Sacerdotisa de Adrana. Delissë no detuvo su paso, y la mujer tuvo que esforzarse para seguir sus pasos una vez llegó a su encuentro - Mi Señora... - dijo con voz entrecortada, intentando no perder el ritmo a la vez que se mantenía un poco por detrás - Disculpad la intromisión, Mi Señora, pero los Sumos Sacerdotes de Tossub y las Altísimas Sacerdotisas de Adrana... nos preguntamos que hacéis Vos aquí, y rodeada de tantos extraños. No se nos había comunicado nada. Vos debéis saber que la presencia de estos Seres... nos incomoda. Pone en duda todo nuestro esfuerzo y nuestra fe... Todo lo que hemos trabajado por Nurn...
Delissë detuvo su paso, y miró a la mujer a los ojos, mientras intentaba mantener la calma.
- No creo que deba daros explicación alguna, Resha. ¿Estaís acaso cuestionando mi autoridad? Por que debes saber que eso podría ser muy peligroso, aún a pesar de que durante años he consentido esta herejía que manteneis aquí.
La mujer tembló bajo la mirada de la Maia.
- No, Mi Señora. Disculpadme si os ha parecido así. Pero Vos sabéis que la fe del pueblo se debilita fácilmente...
- Lo sé, Resha. Hace tiempo que aprendí que la fe de los hombres es voluble, como una veleta... y siempre termina girando hacia lo que le es más favorable - suspiró y prosiguió su camino, y la mujer continuó tras ella, un poco más calmada - No nos quedaremos mucho. Marcharemos mucho antes de los Ritos de Turishaz, que es cuando el Templo comienza a recibir peregrinos. Y tampoco nos dejaremos ver mucho, si es eso lo que te preocupa.
Resha suspiró aliviada, pero bien sabía que no era conveniente tampoco que demostrara su alegría.
- Entonces... ¿cuál es el motivo de esta extraña reunión, Mi Señora?
- No tientes tu suerte, Resha. No ha sido un buen día, y estoy intentando tener paciencia contigo pues se de la notable labor que vuestra herética religión presta a Nurn. Pero no tientes tu suerte... - sintió que la mujer contenía la respiración - No tengo por qué darte explicaciones ni a tí ni a ninguno de los tuyos. Preparad aposentos para los invitados. Los caballeros que sean instalados en el ala derecha, junto con los Sacerdotes de Tossub. Y que una guardía vigile día y noche la entrada al Templo. Tengo un mal presentimiento...
Habían llegado ante la puerta de la habitación que Delissë solía ocupar, y la mujer se detuvo ante ella. Hizo una reverencia, y marchó, sintiéndose a la vez tranquila e inquieta. Tranquila por saber que podía comunicar a los demás que efectivamente la inquientante Señora marcharía pronto. E intranquila, pues sabía que mientras ella estuviera allí, todos corrían peligro. No sería la primera vez que habían visto el poder de sus ojos acabar con uno de los suyos entre horribles espasmos, manchando el Altar de la Sangre Pura de uno de los Siervos de los Dioses de Nurn... ¿Herética religión? Bien sabía ella que la mayoría de los Señores no creía en aquello que ellos habían creado. Pero si había alguien que los pusiera en duda constantemente, y que los acosara sin piedad, esa persona era Delissë. Corrió por los pasillos. Tenía que cumplir las órdenes de la Señora, y comunicar las noticias a sus compañeros. Pero primero las órdenes, pensó. Y tembló mientras rogaba que su sangre siguiera donde siempre había estado...
Delissë se desvistió y se recostó en la cama cerrando los ojos. No quería pensar en nada, y sin embargo, retazos de la conversación anterior con Árchaon volvían una y otra vez a su mente. Y al mismo tiempo aquél insolente elfo... Luchando con su propia mente traicionera finalmente se quedó dormida, y consiguió no soñar nada.
[Editado por Indil el 15-08-2005 23:22]
Ariul
Un par de hombres habien esperado a que Ariul saliera de la posada, para unirse a él como escolta hasta el templo, el que hablo era un hombre de gran corpulencia, -Señor, se nos ha encargado que le llevemos al templo y esto nos hace tan poca gracia como a usted el camino sera rapido, pues lo que quiero es acabar cuanto antes- Ariul miro atrabes del yelmo aquel hombres atrabesando su carne mortal, -¿Acaso crees que necesito escolta? son ordenes y estas han de verse cumplidas, pero ahora escucha lo que digo, como oiga una sola palabra tan insolentes como las que has dicho hasta ahora mi escolta no llegara al templo...de una pieza, ¿ha quedado claro?-.
Los hombres montaron en sus caballos ala vez que Ariul lo hacia en el suyo, las palabras del maia habian conseguido que los dos hombres soltaran chispas por los ojos, ¿pero que podian hacer ellos? habia un pacto entre ambos clanes y si Ariul muriera en aquella ciudad este pacto se veria roto y nurn solo.
El templo aparecio antes los ojos del Maia era una impresionante edificacion, de una belleza terrorifica, unos guardias guardaban sus puertas cerrando el paso a todo el que se acercaba al templo y no era sacerdote o invitado, uno de los hombres se adelanto con su caballo para hablar con el encargado de la compañia de guardia, las miradas iban del hombre a Ariul, un leve movimiento de cabeza y las puertas comenzaron abrirser.
Por dentro el templo de Adrana y Tossub era mas impresionante que por fuera, sacerdotes vestidos de blanco iban y venian metidos en sus que haceres no sin antes echar un vistazo al extraño que estaba invadiendo su sagrado lugar. Una mujer ataviada de blanco se acerco al maia haciendo una leve reverencia -vos debeis de ser otro de los invitados de la señora Delisse-
-Asi es-, la sacerdotisa lo miro de arriba a bajo.
-Mi nombre es Resha y soy la encargada de llevaros a vuestros aposentos- Ariul miro a la mujer y luego todo cuanto le rodeaba con mas atencion, -bien, ¿pero podria decir a Delisse que Ariul de Telpe ha llegado?-.
Delisse Yestariel
Unos golpes suaves en la puerta bastaron para despertarla. Abrió los ojos, luchando por despertar, y susurró un adelante con voz adormilada, mientras se estiraba entre las sábanas blancas.
Una de las sacerdotisas entró, con la mirada fija en las baldosas negras:
- Mi Señora - dijo con voz temblorosa - Ha llegado otro de vuestros invitados. El Señor Airul os manda a decir que ya ha llegado.
- Muy bien. Puedes retirarte - respondió Delissë levantándose de la cama - ¡Espera! Encárgate de que me preparen un baño. Y que sea rápido.
Se acercó a una de las ventanas, apenas oculta por unas suaves cortinas de gasa negra que dejaban la habitación oculta en una suave penumbra. Abrió las cortinas y abrió las ventanas de par en par, dejando entrar en la habitación el aire y el sol del mediodía. Apenas había dormido unas horas, pero era suficiente. Hasta entonces no había tenido constancia de lo cansada que estaba.
Unas doncellas entraron, y Delissë las observó mientras le preparaban un baño caliente, con aroma a frutas y vainilla. Se acercó y se sumergió en el agua, dejándose llevar por la sensación del calor, el jabón y los aromas frutales.
Cuando salió del agua, dejó que secaran su cuerpo y sus cabellos, y que la vistieran con un vestido de gasa en color violeta como sus ojos, que caía delicadamente dejando entrever la curva de su pecho y la espalda, y la silueta de sus piernas a través de la suave tela. Recogieron sus cabellos, dejando caer una cascada dorada por su espalda, adornada con violetas e hilos de oro. Sus ojos, remarcados de negro, parecían ahora más intensos si cabe.
- Decidle al Señor Ariul que le esperamos en el Altar Blanco - dijo entonces.
Salió de la habitación de camino al Altar. Esperaba que al menos Árchaon, Telimektar y Elboron siguieran allí.
Ariul
Unos golpes en la puerta sacaron al maia de sus pensamientos, sobre que hacia alli y si en verdad habia algo que pudiera hacer que todos los clanes tubieran que unirse como uno solo, -¿Si?- pregunto unos segundos mas tarde.
-Señor, la dama y los demas invitados le esperan en el Altar blanco-. Una sacerdotisa abrio la puerta para indicar Ariul el camino al Altar. Durante el trayecto el maia camino divertido ante las miradas de los sacerdotes ques muy a su pesar muchos sabian a donde se dirigia, el lugar sagrado del templo y eso no les hacia ninguana gracia, incluso cuando era Delisse la dama de nurn una de las que alli esperaba.
-¿Sabes cuantos mas han venido?- pregunto Ariul con aire distraido a la sacerdotisa. Esta lo miro sin responder a la pregunta. -No creo que haya hecho una pregunta tan dificil-, la sacerdotisa lo volvio a mirar, -¿y bien?- tras un suspiro de paciencia la mujer contesto, como si escupiera las palabras.
-3 hombres mas-. La mirada del maia se desvio de la sacerdotisa para mirar una puerta enorme de hermosos acabados, -hemos llegado- anuncio la mujer no sin un deje de alivio en su tono, hizo una muy leve reverencia y salio por un pasillo lateral.
En la sala se encontraban Archaon, Elboron, Telimektar y la bella dama de nurn Delisse siempre con sus vestidos tan llamativos pero siempre a juego con alguna parte de su cuerpo.
-Saludos-
Árchaon
Aún caminaba por el amplio templo en el que se celebraría la reunión cuando vio a un nuevo miembro del concilio, Ariul de Telpe había llegado por fin a aquel lugar. Ya solo faltaba alguien más y daría comienzo el cortejo.
Árchaon saludó al nuevo maia con un gesto de cabeza, para seguidamente seguir observando aquellas reliquias guardadas en el templo...
Fëathoron
Mi Señora,
Hace días que no se de vos, y sigo aquí, en Mornä Selmë, tras los hermosos muros negros de esta placentera prisión en la que se ha convertido. Mas hace tiempo que me dijistéis que teníais planes para mí. Y creo que debería ser cuanto antes, pues si cumpliéndolos me liberais del servicio que os adeudo, cuanto antes los cumpla antes volveré a mis tierras.
Es por eso que os envío esta nota. Intentaré dársela a alguien que os encuentre, pues ni siquiera se donde os encontrais. Espero que entendais mi preocupación.
Espero noticias vuestras
Su Servidor
Feathoron
Delisse Yestariel
- Bienvenido Ariul - saludó Delissë al Maia Oscuro - Habeis tardado, mas todavía no ha dado comienzo la reunión. Sentaos...
Una mujer se acercó a ella, con un mensaje, interrumpiedo su bienvenida. Delissë la miró algo molesta, pero no dijo nada. Abrió el sobre y leyó la nota.
- Disculpadme un momento - dijo entonces, y ordenando a la mujer que la siguiera, entró en el despacho. No tenía mucho tiempo para dedicarse a esas cuestiones, pero bien sabía que Seregruin le preguntaría pronto por las cartas. Las cartas que a estas alturas debía haber conseguido. Pero habían pasado tantas cosas, que nunca tuvo un momento para volver a retomar aquello que había dejado pendiente.
Echó la nota de Feathoron al fuego, y luego se sentó ante la mesa, y escribió su respuesta. Sólo había una persona que podía ayudarla en esto ahora. Delissë no estaba segura de si debía recurrír a él, pero no le quedaba otra opción.
Señor Halnaur,
Lamento recurrir a vos en estos momentos, pero he sabido que a pesar de que la compañía del Telpe partío hace tiempo en busca de nuevas batallas, vos todavía seguís en Mornä Selmë, atendiendo asuntos que conciernen a la diplomacia concerniente a ambos clanes.
Se que mi petición ahora mismo os resultará extraña, pero no me queda otro remedio, y quizás vos seais la única persona que pueda ayudarme en este momento. Lamento distraer vuestra mente de los quehaceres de la guerra, pero este asunto es de vital importancia para la diplomacia nurnita, y vuestra ayuda sería una prueba a fin de conseguir que mi confianza en vos aumente.
Así pues, solicito vuestra presencia en el Templo de Narmelost, y que tengais a bien traer con vos a Feathoron, miembro de la Alianza de Eithel-Glîn, y que permanece a mi servicio temporalmente.
Atentamente os saluda,
Delissë Yestariel, Señora de Nurn
- Haz que entreguen esta nota de inmediato a Halnaur, en Mornä Selmë. Con carácter urgente - ordenó a la mujer.
Y mientras esta salía, Delissë se recostó en el sillón, intentando concebir algo que hiciera que Halnaur la ayudara en esta ocasión, sin implicar al hombre demasiado en la trama que se estaba llevando a cabo. No debía dejar que se acercara todavía demasiado a Las Grietas, ni a Seregruin.
Gwyllion
Mientras seguía a los guardas, calle arriba, no dejó de pensar en su propia desgracia. ¿Cómo es que no había ideado algún discurso estólido para evitar llegar a aquellas instancias?
Había estado caminando sin rumbo por la ciudad un par de días, reticente a marcharse, y con una sensación de pérdida que se acentuaba con cada noche que caía sobre la capital de Nurn. No podía evitar devanar las tardes sin sol, pensando en que su elección ‘mortal’ no era definitiva, y ciertamente le producía un dolor indecible, la sola idea de tener que renunciar al destino de los Hombres.
Y no tenía la más mínima intención de hacerlo, ni aunque diez reinos bienaventurados se hundiesen en la desgracia y otros tantos malditos, irguiesen sus negras torres cubriendo el sol.
Pero mucho más allá del estoicismo que la caracterizaba, un temor y reticencia extraordinarios se habían apoderado de la ‘Atani’, al oír de boca de los guardas que la escoltaban, la solicitud de audiencia por parte de la señora de aquellas tierras.
El Templo de Tossub y Adrana, enhiesto esgrimía los reflejos de la obsidiana, cuando el sol de la mañana iluminó sus pétreos muros y Gwyllion tuvo que bornear los ojos para distinguir las figuras que se esculpían a derredor.
Sólo entonces, a unos pasos del portal, pudo asumir su apariencia. Llevaba un paso atonal, muy desfasado del que imponía autoridad, y la sabina armadura de cuero que portaba, era invadida de un tono mate reflejo del descuido. Más aún, el rostro magro y apesadumbrado, hacía desfallecer los aires de juventud de la muchacha, que ingresó al recinto aludiendo a su título de Regente en las tierras de Tercano Nuruva.
Sin duda la estarían esperando, mas no sospechaban que fuese ella, aquella.
Fëathoron
En medio de la gran ciudad nurnita y tras haber enviado el mensaje a su señora Delisse Yestariel, Fëathoron se imaginaba como sería cuando volviera sus tierras, ¿cómo estaría su hermana? ¿qué habría sido de esa coronación que se estaba celebrando? …
Aires nuevos recorrían las tierras de la Alianza pero Fëathoron permanecía en otro mundo aislado, un mundo ajeno pero acogedor pues su señora le había tratado con gran amabilidad…
Intentando buscar alguien capaz de guiarle ante la bella mujer que ahora era dueña de sus servicios no encontró a nadie…
Fue entonces cuando un hombre de pelo oscuro como el azabache y ojos grises como el cielo cuando se encapota se acercó a él y se le presentó como Halnaur.
Fëathoron pidió ayuda al hombre para que lo guiara hasta la dama Delisse Yestariel y este sin contestar simplemente le indicó que le siguiera.
Al tiempo Fëathoron se encontraba ante el colosal templo nurnita, cuyas fachadas negras como el carbón y duras como el diamante se alzaban con majestuosidad ante la mirada del elfo. Una gran escalinata conducía al interior de éste coloso del culto, escalinata iluminada por curiosas fuentes de luz…
Árchaon
Tan pronto como Árchaon observó a lo lejos a Fëathoron, el maia se acercó sonriente al elfo y le tendió la mano, mas no lo esperaba allí y hacía tiempo que no sabía nada de él, e verdad le tranquilizaba bastante contar alli con otro miembro de la alianza, pues, y aunque ahora luchaban en el mismo bando, no le entusiasmaba la idea de estar con aquellos que fueron, y serán sus enemigos...
Se volvió a Delissë cambiando la sonrisa de su cara por una mirada seria.
- Esto se está demorando mucho, así que deberíamos empezar ya.
Delisse Yestariel
Delissë salió de su despacho y observó a lo lejos a Feathoron. Hacía mucho tiempo que esperaba ver de nuevo al elfo de ojos pardos, y muchas cosas habían impedido que el acuerdo que ambos habían forjado se cumpliera.
Archaón se dirigió a ella mientras se acercaba hasta ellos.
- Esto se esta demorando mucho, así que deberíamos empezar ya - dijo seriamente.
Delissë volvió sus ojos al Maia. Los ojos de él estaban desprovistos de pasión, una pasión que había acariciado no mucho antes. Alzó la barbilla antes de contestar.
- No tardaremos mucho más - dijó, y su voz parecía provenir de los témpanos de Helcaraxë. Pero luego se volvió a Feathoron, y una sonrisa iluminó su rostro, y su voz se tornó cálida de nuevo - Bienvenido Feathoron. Seguidme, y hablaremos...
Ella tomó la mano del elfo, quien la siguió sin decir nada, sin comprender la relación fría que existía entre los dos Maiar de fuego.
Delissë le guió hasta su despacho, y cerró la puerta tras ella.
- Mucho tiempo ha pasado desde nuestro último encuentro - dijo Delissë entonces.
- Cierto, Señora - respondió el elfo - Llegué a pensar que os habíais olvidado de mi presencia en Narmelost.
- No ha sido así, mas lamento la demora... - dijo Delissë acercándose a él - Ahora os contaré lo que espero de vos. Y una vez cumplido, podreis marcharos a vuestras tierras, si así lo deseais.
- Lo deseo... Mucho he esperado por ver los bosques de Taurënuva...
Delissë leyó la añoranza en su voz, y guardó silencio. Por un instante, sintió nuevamente deseos de volver a los bosques, donde durante largo tiempo despertó las criaturas durmientes de la Diosa. Pero no se dejó llevar por los recuerdos. No todavía.
- Entonces así será - respondió - Durante largo tiempo, he ansiado encontrar unos documentos. Podeís pensar que nada aquí será negado a una Señora de Nurn. Mas no es así. Estos documentos que anhelo forman parte de la correspondencia privada de dos Señoras de Nurn. Y vuestra misión será encontrarlas, y entregarmelas sin leer nada de lo que allí esta escrito...
- ¿Por qué yo, Mi Señora? ¿Por que no cualquiera de los que os sirven con fervor en estas tierras?
- Por que no confío en nadie, Feathoron. Hay poderes ocultos enfrentados a los míos... La política nurnita es compleja, tiene numerosos recovecos que son difíciles de entender.
- Entiendo. Y yo, al no ser nurnita, no tengo a quien contarle lo que planeais...
- En parte es por eso - respondió ella - Y en parte por que nadie excepto yo sabe que estaís aquí. Y en parte por que os ata a mi un juramento, que en caso de romper pondría en peligro no sólo vuestra vida...
Feathoron asintió.
- Haré lo que me pedís. Encontraré esas cartas, y os las entregaré personalmente.
- Y no hablaréis con nadie de esto... - añadió Delissë.
- Y no hablaré con nadie de esto - corroboró él - Marcho entonces, Mi Señora, en busca del tesoro que me brindará la libertad.
- No me olvidaré de vos, Feathoron.
El elfo marchó, dejándola a solas nuevamente. Delissë suspiró profundamente, tomando fuerzas para enfrentarse a aquellos que la esperaban, y salió nuevamente al pórtico donde la esperaban.
Elboron
Elboron se encontraba placidamente dormido en el cómodo sitial que había escogido al entrar en el templo, sin saber de cuanto sucedía a su alrededor, cuanto había sucedido y cuanto iba a suceder...
Lo último que recordaba era la mirada furibunda de Delisse mientras le arrojaba la piedra Roseta y el sueño que lo habia invadido tras fumar su pipa. Los excesos de las últimas noches le habían pasado al fin factura y tras esconder la roseta entre sus ropas se había acurrucado en su asiento con la intención de echar una cabecadita mientras los maiar llegaban.
Poco podría imaginar él que tal sueño sería la causa de nuevas aventuras y grandes atribulaciones...
Se despertó sudando con un extraño presentimiento mientras revolvía sus cosas en busca del vital artefacto del que era poseedor, al menos lo había sido hasta ahora...
- ¡La roseta! - exclamó aturdido mientras se levantaba e inspeccionaba los alrededores - ¡Oh, dioses, no puedo haberla perdido! No ahora
Los maiar le miraban con curiosidad mas no encontró rostro alguno en el sacro corazón de Nurn que pareciera dispuesto a ayudarle. Revolvió sus cosas por última vez hasta que, desquiciado, descargó un puntapié contra el sitial más próximo, dejando la huella de su bota en la labrada madera a la vez que soltaba un estentóreo grito de frustración.
- ¿Qué voy a hacer ahora? - se dijo para sí - Alguien lo ha debido robar y debo encontrarlo.
Repuesto de su repentino ataque de ansiedad, el elfo se lanzó escaleras abajo hacia las puertas presto a encontrar al ladrón y a hacerle pagar por ello.
Cuando cruzaba el umbral una mano se posó en su hombro y, alterado, se giró desenvainando la daga que escondía bajo el manto resuleto a incrustar un palmo de frío acero enano a cualquiera que se interpusiera en su camino.
- ¡Delisse! - gritó Elboron consternado mientras bajaba el puñal.
Delisse Yestariel
Le vio correr escaleras abajo, y su corazón le dijo que algo iba mal. Dudó un momento antes de decidirse a seguirlo, pero atendiendo a un impulso, bajó las escaleras silenciosamente tras él.
Cuando posó su mano sobre su hombro, él se volvió repentinamente.
Delissë alzó una ceja mirando el puñal que Elboron había alzado en su contra.
- No deberías hacer eso - susurró. El suave vestido de gasa se había rasgado a la altura del hombro, y Delissë miró la tela rota con resignación - ¿Te marchas, Elboron? O quizás estas huyendo por algo... ¿Qué escondes ahora Elboron? ¿Qué me estas ocultando que merece matar por ello?
Elboron
Los nervios del elfo estaban a flor de piel. El exceso de tabaco para pipa había hecho mella en su ánimo y su habitual espíritu jovial había desparecido dejando en su lugar un manojo de nervios, acrecentado por la pérdida del único elemento que podría descifrar el maldito códice.
- No... bueno... ¡sí! digo... ¡no! - balbucía el elfo ante la mirada atenta de la maia - un asunto de extrema importancia...
Bajando la vista se disculpo cortesmente y antes de que ella reaccionara, el elfo corría como si estuviera azotado por las llamas de los balrogs por los pasillos del templo en busca del ladrón de su valiosa piedra.
Estaba seguro que aún debería encontrarse en la ciudad mas... ¿cómo podría salir de allí sin la ayuda de algún nurnita? Seguramente lo detendrían y la piedra caería en manos de Nurn...
- ¡No puedo permitirlo! - se dijo a sí mismo.
Tales cosas cavilaba mientras corría cuando vio una pequeña figura embozada avanzar sigilosamente al fondo del pasillo y, sin dudarlo dos veces, se dirigió hacia él o, tal vez, ella. No podía saberlo desde tan lejos. Las largas zancadas de Elboron le acercaron a la figura mas, ésta, al ver al elfo acercarse, redobló su marcha y se perdió entre las sombras como por arte de magia, no sin antes perder un curioso broche que el elfo recogió y guardó celosamente.
Mientras examinaba el broche, un piquete de guardia apareció, alertado por el ruido de las carreras en el pasillo y dio el alto al elfo del Valle.
Por fortuna, el capitán era un joven acólito de Delisse que ya lo había visto en las grietas y se limitó a saludarle.
- Baruk - le llamó Elboron cuando se acercaba - ¿te suena de algo este broche? ¿Es alguna insignia de la ciudad?
- Que yo sepa... no - dijo tras reconocerla con un destello en la mirada.
El elfo se percató que mentía mas asintió con la cabeza dubitativo.
¿Podría sacarle más información? Aún antes de que pudiera pronunciar una palabra más un joven soldado se adelantó y le dijo:
- Claro que sí. Ese broche es del cuerpo diplomático de... - comenzó diciendo el hombre.
Sin embargo, nunca pudo terminar la frase pues una emponzoñana flecha atravesaba el corazón del inocente guardia nurnita, cuyo último suspiro había sido ya exhalado y un gran bullicio provocado por el intrigante baruk se armaba a continuación dejando a Elboron más confuso de lo que ya estaba, aunque seguro de estar en la pista correcta pero abrumado por los acontecimientos.
Árchaon
El viaje había sido duro y agotador, pero pese a todas esas adversidades, Árchaon había llegado rápidamente a las tierras de Nurn, más concretamente a Narmelost, la Ciudad del Poder del Fuego.
Tenían un Concilio de Maiar el cual ya se había demorado mucho. Él pensaba que debía de celebrarse ya, pues Haldanóri sufría desde hace un tiempo el poder y la ira de aquellos seres que habían vuelto, tales como el que derrbó la posada de Tyelpëosto.
Avanzó raudo por sobre las empedradas calles de la ciudad, y enseguida llegó al Templo de Tossub y Adrana, lugar de la reunión.
Dentro no había nadie, sólo algunas mujeres que suponía serían als sirvientas de la Señora de Nurn..
Telimektar no había acudido a la llamada del Maia.
- Debe de estar ocupado en Aran Fortin acabando alguna urgencia..- pensaba Árchaon a medida que avanzaba por las diferentes estancias del templo..
Como no vio a nadie, se sentó en un pequeño saliente de una columna esperando a que los maiar llegaran para la reunión...
Fëathoron
Fëathoron anhelaba realizar ya la empresa, no obstante, algo le unía a la que ahora era su señora, pero el sentimiento de nostalgia y melancolía eran más grandes que otros en esos momentos.
Debía encontrar ahora esos documentos que había jurado entregar a su señora, se disponía a marchar del templo y dirigirse hacia los aposentos de las poseedoras de dichos documentos.
Fëathoron decidió que era hora de entrar en las habitaciones y coger esos documentos.
Ahora estaba en los aposentos de Lómine…la luz apenas iluminaba la habitación por lo que a ojos de un humano los detalles serían más difíciles de observar, pero la perspicaz vista del elfo recorría cada recoveco de esa estancia hasta que sus ojos dieron con una pequeña arqueta con extraños grabados. Fue a abrirla pero ésta se encontraba cerrada, para no armar jaleo Fëathoron sacó un frasquito que contenía un par de lágrimas de su bella señora y las vertió sobre el baúl de tal forma que estas comenzaron a quemar la madera de modo que el contenido en su interior quedase accesible…
Una vez tomados los de Lómine tenía que ir a por los de Inglin…
La habitación de Inglin sorprendió mucho al elfo pero éste no tenía ahora tiempo de fijarse en ella y comenzó a buscar…nada aparente revelaba la situación de tales documentos hasta que el elfo comenzó sin querer tropezó y cayó contra un gran espejo.
Fëathoron se había cortado la muñeca la herida no dejaba de sangrar, tomó un pañuelo que había junto a la almohada de Inglin y se hico un torniquete
-Lo tomaré prestado…ya se lo devolveré.
Era un pañuelo fino y de seda con finos hilos de oro que bordaban un par de palabras que Fëathoron no entendió…
Al echar un vistazo vio que entre los añicos que encontraban las cartas…que extraño ¿de dónde habían salido?...eso no era importante ahora, tenía que marcharse había montado mucho alboroto y los guardias nurnitas estarían apunto de abatirle si lo encontraban ahí.
Ahora debía regresar a toda prisa, un ansiedad brotaba en su ser, quería sentir como complacía su señora entregándole aquellos documentos que en ningun momento osó a leer pues se trataban de documentos que solo eran de la incumbencia nurnita y además su señora pronto dejaría de serlo para ser una gran amiga.
Ansiaba también la idea de volver…
Volví al templo, allí se encontraba mi señora, con la mirada perdida en el horizonte…