La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Túrelondë - Puerto Y Ciudad Comercial

2005:02:07:01:02:43

Delisse Yestariel

Túrelondë era una ciudad situada en la desembocadura de los dos ríos más importantes de Nurn, el Nen Girith y el Morelimbar, al sur de las Montañas Veladas, y casi en la frontera occidental del país de los Señores de Nurn. La ciudad era la más normal de todas pues no tenía un aspecto tan tétrico y opresor como las demás, ya que aquí venían muchos mercaderes, comerciantes y también mercenarios de otras regiones de las Tierras Ocultas.

Las dos partes en tierra firme de la ciudad estaban rodeadas al sur por el mar, y al este y oeste por varios kilómetros de un terreno árido y más bien llano, con poca vegetación. Había un poderoso puente de piedra de 100 metros de ancho, diseñado por los integrantes enanos del clan, y construido con el trabajo de los esclavos, que atravesaba la isla que hay en medio de la desembocadura del río para unirla con las dos partes de la ciudad. En la isla se encontraba el puerto donde atracaban los comerciantes, y justo detrás estaban los mercados y almacenes para la clasificación y posterior distribución de las mercancías.

El mercado de Túrelondë era muy afamado por su gran cantidad de productos. Era un sitio donde se podía vender y comprar cualquier cosa sin excesivas preguntas sobre su procedencia. La ciudad tenía en su parte occidental los barrios y edificios para los trabajadores y ciudadanos además de los barracones de guardias y esclavos. Y en la parte oriental estaban los talleres y cuarteles de los soldados del ejército de Túrelondë, así como el edificio del Consejo de Nurn, en el cual tenían alojamiento todos los Señores del Clan en el extraño caso de que todos se hallaran a la vez en la ciudad. Normalmente el rango con mayor graduación del ejército de la ciudad ostentaba el mando si ninguno de los Señores se encuentra allí.

Al noroeste de la desembocadura se encontraba el embarcadero para los barcos civiles, de mensajeros, transporte etc. de la ciudad, y al noreste era donde permanecía el grueso de la flota militar de Túrelonde. La entrada a la ciudad por mar estaba custodiada por sendas torres en las dos mitades de la ciudad, provistas de catapultas y lanzadores de virotes, así como de los mejores vigías de la ciudad. También tenían un faro en la cúspide de cada una de ellas. El diseño de las calles era muy simple y funcional, con anchas calles y manzanas uniformes y cuadradas. Las murallas exteriores de cada parte de la ciudad eran de 5 metros de altura y 2 de anchura, fabricadas con la mejor piedra que se podía encontrar al Este de la Tierra Media. Había tres puertas en cada una de las dos murallas (Noroeste, Noreste, Oeste, Suroeste, Sureste y Este)

Seregruin

Las frías olas del Golfo Sangriento seguían rompiendo, imparables, obsesivas, contra las portentosas murallas del puerto de Túrelondë. En el aire diáfano el estruendo marino se confundía con el de los mercaderes que alborotaban, en todas las lenguas, las irregulares calles de la isla. Y mientras los antros nocturnos que atestaban la zona portuaria comenzaban a mostrar los primeros signos de ajetreo (algunas horas antes de los primeros platos fuertes), en un solar algo apartado de allí hacia oriente, en la ladera de un cerro solitario que se levantaba justo fuera de la ciudad y frente al mar, más precisamente en el Albergue de Kalemba, un importante cónclave tocaba su fin.

El anfitrión y promotor de la reunión había despedido ya a todos los confabuladores y aspiraba algo de tabaco occidental en silencio. A su alrededor, la servidumbre hobbit levantaba las mesas y barría el piso de piedra con estruendo de vidrios rotos y chatarrería. El inverosímil jolgorio infantil de aquellos pequeños seres macilentos y torturados no alteraba, sin embargo, la paciencia ni la quietud del hombre que miraba, con extrañeza, el rojo atardecer en la terraza del albergue, y el mar.

Seregruin había acabado de echar cuentas y ahora meditaba, sorprendido, en aquél pedazo de paz que se había ganado. Ciertamente, hacía un largo tiempo que no disponía de un momento como aquél.

Acompasando el aire con la jarra de grueso vidrio casi vacía, Seregruin rememoró aquella melodía en la flauta sureña con que los músicos Haradrim se presentaban cada noche en el Mbuka Kaffa, su primer cabaret en Túrelondë. Un poco arrastrado por la suave melancolía del atardecer (y por la sensual melodía que recordaba) y un poco dejándose arrastrar por los recuerdos (y por el vino), Kalemba reconstruyó para sí sus primeros y adrenalínicos años en Nûrn…

[Editado por seregruin el 04-11-2004 17:11]

Seregruin

Seregruin había llegado hacía cuatro veranos a Túrelondë en un barco mercante del Oriente, bien aprovisionado de mercancías valiosas fruto de sus últimos viajes, y había decidido detenerse unos meses a comerciar en ese puerto que marcaba la entrada a la tierra tenebrosa de Nûrn. Ahora bien, Kalemba no se consideraba, ni nunca se consideró, un comerciante. Y además comenzaba a sentirse a gusto, por vez primera desde su exilio, en aquella tierra de marginados y fugitivos donde nadie estaba nunca seguro de nada y donde nada estaba a salvo de las manos de nadie. Su establecimiento definitivo sólo sobrevino entonces, cuando pudo comprobar que en aquel sitio podría prosperar, y que allí nadie hacía preguntas. Vendió el barco en el que había llegado, propiedad de su recientemente finado socio oriental, y montó aquel cabaret portuario base de su fortuna, el Mbuka Kaffa.

La suya era una fortuna fácilmente explicable, por cierto, ya que Seregruin podía ofrecer más de lo que la gentuza del lugar nunca hubiera soñado pedir: los endemoniados músicos de Harad, que superaban todo lo que alguna vez se hubiera escuchado en la zona; las tremendas mujeres de temple guerrero y de excelente calidad traídas como esclavas desde la lejana Rhôvanion (bien cierto es lo que se dice de las hembras de aquella región); y no menos importante, los mejores vinos de Dorwinion en cantidades tales que, para los invitados especiales, no hacía falta siquiera rebajarlo. El Mbuka Kaffa fue un éxito desde la primera noche y poco tiempo después Seregruin pudo mandar levantar la Posada del Dúnadan junto al puente, que pronto se convirtió en el antro más concurrido de la isla: sus mujeres, a esa altura, ya eran cuarenta entre orientales y norteñas.

Detuvo unos instantes su pensamiento en aquellos días: mientras en el Mbuka Kaffa el espectáculo se repetía idéntico para los marineros siempre anónimos y siempre cambiantes, mayormente seres de condición inferior, la Posada del Dúnadan servía como refugio a los más brillantes traficantes, fabuladores, mercenarios y prestidigitadores venidos de cien puertos distantes; daba lugar a la conversación de los más experimentados viajeros y aventureros, perdidos profetas o navegantes; y satisfacía los apetitos de soldados y oficiales de la guardia local que, aun cuando arriesgaran en ello más que la vida, conseguían fugarse por unas horas de las barracas lindantes.

En la Posada del Dúnadan fue donde Seregruin tejió las redes comerciales que le permitieron proveer de drogas orientales, tabaco y especias occidentales, cerveza norteña y mujeres australes al insaciable público local. De este modo se ganó el favor y la complicidad de media guarnición Nûrnita; vio y oyó lo que necesitaba para interiorizarse del país, de su gobierno, de sus gentes y de sus vitales líneas comerciales; y ganó lo suficiente como para sobornar un pequeño ejército de espías y maleantes de entre la ímproba población citadina.

El crecimiento de su riqueza y poder no tuvo disputa, desde entonces, en aquel turbio y cenagoso rincón de Arda. Poco tiempo después, además de la media docena de prostíbulos y clubes que administraba, Seregruin cobraba protección a una buena mitad de los mercaderes de la isla y la ciudad; monopolizaba el comercio de mujeres y de otras múltiples sustancias; y construía el Albergue de Kalemba fuera de los límites de la muralla, en el cerro bajo y solitario que pronto comenzó a utilizar como retiro y centro de operaciones, y que era resguardado por un ejército de su propiedad. Todo esto ocurría, como es de esperar, bajo la comprada complicidad del destacamento militar.

Seregruin pensaba que una vez allí, en el Albergue, podría disfrutar de un poco de paz, permaneciendo aislado y seguro, a cierta distancia y altura (sobre el cerro oriental), de esa ciudad siempre alerta, siempre traicionera y siempre peligrosa. Asesina ciudad que, a su vez, era el rincón menos sórdido (y acaso el único al que pudiera llamarse amable) de todo Nûrn: Túrelondë.

Se equivocaba.

[Editado por seregruin el 04-11-2004 17:28]

Seregruin

Obviamente, nada que pudiera llamarse paz y tranquilidad podía durar mucho tiempo en Nûrn, al menos en lo tocante a un súbdito del Señorío. Y menos aún si ese súbdito no pensara sino en dejar de serlo.

Seregruin se había acostumbrado a mirar, en estos últimos años de su estadía, la desmesurada Torre de los Señores de Nûrn que gobernaba la ciudad. Tanta desmesura parecía, en efecto, corresponder al desmesurado Poder de los propios Señores que, según se oía en los mercados, era “desmesuradamente desmesurado”. Poder que, por lo pronto, le parecía lejano: desde que Seregruin llegara al puerto, los Señores no habían puesto un pie en la ciudad.

Ciertamente, durante sus primeros años en Nûrn la visión de aquella oscura Torre que albergaba el Consejo de los Señores le turbaba la mente y lo consumía de envidia. Pero, con el paso del tiempo, cuando Seregruin llegó a convencerse de que los Señores estaban al tanto de su existencia, de su pasado y de sus actividades en la ciudad; y de que, por curioso que fuera, estaban complacidos con él (por algún motivo lo dejaban hacer, sin molestar ni intervenir), aquella Torre pasó de ser una presencia ominosa a convertirse en un apetecible botín. Seregruin sonreía satisfecho cada vez que esta conclusión ganaba su mente, y su ambición siempre despierta se relamía de gusto de sólo pensar en ocupar allí arriba un sitial. Y, aunque sabía que no le iba a ser fácil convertirse en un Oligarca sin que le rebanaran el cuello, la idea esa nunca dejaba de rondarle en su, por ahora, ubicua cabeza.

Precisamente era ésta la razón por la que Seregruin había llamado a un cónclave a ciertos personajes claves de la Ciudad y la Guarnición. Su plan era sencillo: sublevar una parte importante de la soldadesca, quemar la flota y provocar destrozos en la ciudad, estimulando el saqueo y el caos. Luego, reestablecer rápidamente el orden liderando a sus mercenarios y a las tropas fieles: la recobrada ciudad y puerto de Túrelondë sería servida en bandeja a los Señores de Nûrn por la mano de su más glorioso benefactor, el Lugarteniente Kalemba.

Aunque el plan había ganado su mente hacía largo tiempo, tan sólo ahora disponía de los recursos necesarios para aquella costosísima aventura. Aquel día, todos los detalles estaban ultimados y el plato, a punto. Las cuentas oportunas ya estaban hechas, y los cómplices, interesados: la mayoría simplemente no podía negarse y al resto se lo había convencido de que no tenía opción. En cualquier caso, todos estaban seguros de que sacarían un gran beneficio de tener a un antiguo compinche sentado a la par de sus Señores, y ninguno sospechaba que la primera orden del flamante Señor sería, obviamente, ejecutar a todos los involucrados en el complot.

A tal punto estaba Seregruin compenetrado con la correcta ejecución del plan que se sometió a un duro entrenamiento, en sus instalaciones en el cerro, para volver a poner su físico en condiciones: quería reconquistar la ciudad liderando verosímilmente a la tropa, engalanado y luciendo sus armas y pertrechos. Seis meses enteros para recuperar su legendaria destreza y fortaleza, seis meses de sol a sol hasta borrar las últimas huellas de cuatro años de excesos y comodidad.

Pero aquel día, mientras la confabulación maduraba, le informaron acerca de dos sucesos inesperados que lo obligaban a hacer una pausa y recapacitar: según los rumores de la ciudad, y a la vista del aparataje desplegado, uno o más Señores de Nûrn estaban de visita en la ciudad. Incluso ahora mismo podía Seregruin ver, en las ventanas superiores de la Torre, el fuego de las antorchas encenderse. Pero también, y esto no era menos importante, una enorme embarcación de guerra Nûrnita había llegado por la mañana desde Grishûrz Faal, el famoso Matûrzogh.

Seregruin observaba el sol ponerse lentamente tras el mar, allí abajo. El vino se había acabado hacía unos minutos. Sin embargo, lo que lo devolvió al presente fue algo bien distinto.

[Editado por seregruin el 04-11-2004 17:39]

Lómine

En medio de la lobreguez nebulosa de la noche dos figuras estilizadas dibujaban sus sombras sobre las callejuelas del muelle bajo la luz mortecina de un grupo de antorchas que intentaban arrebatar de la penumbra un poco de claridad, y tras las figuras avanzaba amenazante una loba de tupido pelaje. Ambas figuras se deslizaban majestuosamente sobre el suelo rocoso, las amplias capas que cubrían sus hombros se levantaban sutilmente por la brisa marina, y los oscuros cabellos se mezclaban y entrelazaban cual serpientes enfurecidas. Los rostros blancos no mostraban emoción alguna y los labios se movían de forma casi imperceptible; las voces que emergían de aquellas gargantas eran dulces como la miel pero había en ellas un dejo de amargura y crueldad, eran el murmullo del viento anterior a la tormenta.

Los marineros apresurados descargaban con cuidado el cargamento que transportaba el imponente navío, cajas de grandes dimensiones y baúles de tallas delicadas eran arrumados en el muelle mientras los gritos de los capataces retumbaba ensordecedores sobre el sonido de las olas rompiendo contra las estructuras coralinas que formaban las orillas de aquel puerto. La visita inesperada de Allase y Lómine tomaba por sorpresa a los habitantes y viajeros que habitaban la ciudad, justo ahora que los ánimos empezaban a levantarse, la presencia de ambas Señoras de Nurn se convertía en un detonador aun mas peligroso que los simples pleitos que desembocaran en la lucha que hasta ahora se apoderaba del lugar.

Uno de los soldados que vigilaba el muelle se acercó vacilante a las dos elfas, estas miraron con desdén la pronunciada reverencia que les ofreciera el militar y esperaron pacientes las palabras balbuceantes que salían de su boca.

-Señoras –empezó a decir el soldado ante la mirada inquisidora de sus mayores –Nos alegra teneros entre nosotros, lamentamos la espera que habéis sufrido pero es que... no esperábamos... si hubieseis avisado que vendríais, nosotros...

-Acaso ahora debemos pediros permiso para visitar los territorios que nos pertenecen? –interrumpió Allase con voz grave aunque su rostro continuaba impávido.

-No, claro que no... –intentó disculparse el hombre

-Entonces dejaos de excusas y llevadnos a la torre, la noche es fría y necesitamos un descanso tras el viaje desde la capital –concluyó Lómine.

El soldado miró a su espalda buscando la aprobación de sus compañeros pero estos mantenían las cabezas gachas ante la autoridad que ostentaban ambas elfas; así, aunque temiendo que algún disturbio se levantase y rompiese la aparente tranquilidad de la noche, el soldado entregó un par de caballos y emprendió el camino hacia la Torre de la ciudad, guiando tras de sí a sus dos Señoras.

Seregruin

Seregruin abandonó su ensimismamiento al percibir el lento caminar de unas botas de piel a sus espaldas. Aguzó el oído, y permaneció atento y expectante, pero no se inquietó: era del todo imposible que lo tomaran por sorpresa en aquél refugio que había mandado construir. Nadie podía acercarse allí sin ser visto: el cerro se hallaba separado de la muralla por una extensión descubierta fácil de controlar, y la Torre de Vigilancia de tiempos antiguos, que coronaba la colina, le había sido entregada a su cuidado por la Guardia de Túrelondë. Físicamente, la colina también estaba aislada: de un lado el mar, martillando el escarpado acantilado; del otro el Camino del Sudeste, que se perdía en una rala arboleda lejana. Nadie podía acercarse a la solitaria elevación sin que la guardia lo notase. Y la guardia estaba bien paga.

La seguridad que le brindaba era, por cierto, el único atractivo que Seregruin le encontraba a la colina. Por lo demás, no ofrecía ninguna ventaja estratégica en relación con la ciudad o el puerto: se hallaba demasiado apartada como para intentar una ofensiva desde allí, y a la vera de un camino demasiado solitario como para atraer alguna clientela considerable al albergue.

Seregruin oía los suaves pasos acortar la distancia hacia él, acompañando de algún modo a las tinieblas que se acomodaban en derredor suyo. En la galería que corría a la vera derecha de la terraza, la primera de las antorchas era encendida, en ese instante, por algún hobbit somnoliento. Y, mientras la tranquilidad parecía gobernar todo el espacio audible, Kalemba se dijo que ese hombre sigiloso, de andar cuidadoso y pausado era, sin lugar a dudas, el Príncipe de los Espías.

El hobbit no se dio por enterado de nada de lo que ocurría y siguió encendiendo las antorchas una a una mientras cubría con su mano izquierda el bostezo que le acometía incansable. El hombre apoltronado en la silla no se inmutaba, tampoco, y no se volvió. Por un lado, sabía que no era necesario enfrentar al espía: Kramyr no tenía brazos con los cuales atacarlo a traición; pero por sobre todo, no sentía deseos de observarlo: su aspecto le solía quitar el apetito las más de las veces.

-¿De qué se trata? –preguntó intempestivamente Seregruin con su voz profunda y violenta, como de océanos, mientras la última de las antorchas era encendida unos metros más allá y el sol agonizaba, carmesí, detrás de la bahía.

-En este momento está atracando en el Muelle de los Señores una embarcación proveniente de Narmelost, Lord Kalemba –contestó una voz susurrante, pero llena de vitalidad y malicia, que pretendía impostar simpatía.

-Eso quiere decir que la especie no fue una estratagema de dilación del Capitán de la Torre… -se explayó pausadamente Seregruin, exprimiendo el sentido de cada una de sus palabras- ¿A qué Gran Señor tenemos el gusto de recibir esta noche en nuestra ciudad, Kramyr?

-No es uno sólo, por cierto, y tampoco se trata de Señores. Son dos poderosas Hechiceras Elfas… Señoras de Nûrn… Maestras de las Tinieblas… -la voz se arrastraba siseante y venenosa, como disgustada-. La Ciudad ha enmudecido, aterrorizada por su llegada, y todos los Oficiales de la Torre tiemblan por sus cabezas... -hizo una pausa importante-. Temen que el complot se haya sabido en la Capital –concluyó, certero como una saeta.

La voz de Seregruin rugió desencantada al tiempo que meneaba la cabeza, dando muestras de incomodidad:

-Es imposible. Di aviso ayer al atardecer. No hubo tiempo de que la noticia llegara a Narmelost y regresara.

-Nada es imposible para los Señores de Nûrn -contestó la voz a sus espaldas, procurando incomodarlo aún más-, por lo menos eso es lo que aquí se cree , Señor.

-Y si están enterados -se dulcificó Kalemba, bañando sus palabras en ironía-, ¿por qué envían a dos elfas y no, en cambio, refuerzos militares, mi querido Kramyr?

-Porque estas Elfas valen más que muchos ejércitos, créame -tembló la voz-. A una de ellas la conocemos muy bien, sí. Aquí se la llama la Dama de la Oscuridad. Es cruel y sanguinaria como no existe otra criatura.

Y continuó acompañándose de una fuerte inspiración:

-Su sólo nombre descubre las llagas del horror y despierta escalofríos en nuestra ciudad… nadie osaría desobedecerla.

-No parece que a ti te afecte, sin embargo –provocó Seregruin.

-Conozco el país, y sé lo que son las Yainë Farnë, las Mazmorras de Nûrn, Maese Kalemba… la Dama Lómine es una de los Poderes del Señorío, pero es una solamente… -se dolió la voz, que parecía perderse en los oscuros recintos de una memoria atormentada.

-¿Y la otra elfa? –preguntó, molesto, Kalemba.

Tras unos instantes de silencio recuperó la voz del espía su viveza habitual:

-La otra Dama es desconocida para mis informantes, pero se dice que es semejante a Lómine Anamoriel en belleza y majestad, y que el terror que despierta a su paso es equivalente –dijo, e hizo una pausa, como dudando si comunicarle al Dúnadan el resto-. Por lo que narran quienes traen las nuevas más rápido que el viento, tiene poderes sobre las bestias… se comunica con ellas… y lleva consigo una loba terrible como no se ha visto a este lado de Mordor. Una loba que parece entenderle cuando habla.

Seregruin reaccionó entonces desmedidamente, expresando todo su disgusto con los sucesos de aquél día:

-Habladurías. Supersticiones. Fábulas que sus superiores les inculcan para amedrentarlos. No existe ni puede existir tal cosa… ni los elfos son tan poderosos, Kramyr –reconvino luego en tono doctoral-. Son crueles, sí, y ¡Por Morgoth!, hábiles… ¡muy hábiles!: es notable el terror que estos Señores han conseguido infundir en su gente… han llegado al punto de hacerles creer las fantasías más descabelladas…

[Editado por seregruin el 07-11-2004 09:45]

Seregruin

Seregruin se había incorporado e hilvanaba su diatriba caminando de un lado al otro frente al Espía. Hablaba con autoridad y Kramyr no osaba replicarle, pero lo cierto era que en su vida había visto Seregruin un Alto Elfo: él pertenecía por entero a un mundo de hombres, en el que la medida de todas las cosas era la vida, la mente y la experiencia humana. Nada que escapara a estas realidades le era familiar: sus días, hasta el momento aquél, se habían gastado en Númenor y sus colonias, y en los reinos bárbaros o salvajes del Sur y el Este de la Tierra Media. Incluso en Túrelondë había privilegiado el trato con los Hombres de la ciudad que, por algún motivo, eran muy mayoritarios.

Ciertamente Kalemba había tenido trato con otras razas a lo largo de su vida: a los elfos Avari los había encontrado en numerosas ocasiones, aquí y allá; con los Enanos había comerciado en el Lejano Este y en el Valle; en el momento actual contaba con una servidumbre Hobbit esclavizada en Enedwaith por los Dunledinos; e incluso, en su día, había combatido contra los Orcos, y otros seres inmundos, a lo largo y a lo ancho de Arda. Pero, en su pensamiento, todos éstos eran pueblos menores, tan menores que no ameritaban siquiera una comparación con el Reino de los Reinos, el Imperio de los Dúnadan, encarnado en Númenorë y su Cultura: de hecho, los elfos silvanos le parecían, por contraste, un pueblo incivilizado que milenio tras milenio insistía en vivir en los árboles, cazando sus presas con arcos y flechas…

Pero como todo Dúnadan (y en especial como todo Dúnadan culto, siendo que él se consideraba culto como pocos en su época), Seregruin había leído y había oído hablar, una e innumerables veces, acerca de los Altos Elfos y de los Días Antiguos. Ahora bien, por convicción bien arraigada, no tomaba muy en serio aquellos hechos pasados: sospechaba que se trataban de una fantasía lírica para embaucar a los hombres incautos; que se componían de hechizos y encantamientos; o que se trataba de una hermosa poesía extática para extraviar a los jóvenes fuertes, decididos y valientes, perdiéndolos en la nostalgia de una belleza incomparable e inalcanzable.

En pocas palabras, Seregruin consideraba a los Eldar (a los Altos Elfos de los que tan sólo sabía por noticias lejanas) como un pueblo en decadencia que vivía embriagado en el recuerdo de sus dudosas gestas y tristezas pasadas, y cuya única esperanza estaba puesta en embarcarse rumbo al mítico Occidente de los Poderes de Arda, más pronto que tarde; los suponía un pueblo empequeñecido que, de no haber intervenido hace más de un milenio el poderoso Reino de Númenor para liberarlos y alargar su agonía sobre la Tierra Media, hubiera sucumbido ya por completo bajo Sauron.

Y en cuanto a Sauron… Seregruin no había tenido el placer de conocerlo, ni de verlo siquiera de lejos, durante su breve estancia en Armenelos. Sabía, sí, que se trataba de un poder sobrehumano o, cuanto menos, longevo y enormemente dotado, pero no acertaba a darse una idea exacta de su naturaleza; o, más bien, no quería tomar conciencia cabal de lo que sabía y experimentaba al respecto: de extraer las consecuencias adecuadas, su mundo se hundiría por completo.

En resumen, Seregruin prefería olvidar que existían, y que actuaban sobre Arda, poderes inconmensurables con su breve existencia mortal. De este modo se permitía vivir más libremente: y era esto, en definitiva, a lo único a lo que aspiraba en el tiempo que le estaba acordado.

Sin embargo, detrás del escepticismo de sus palabras y creencias asumidas, Kalemba atesoraba la experiencia extática de su participación en los oscuros ritos de los pueblos salvajes de la Tierra Media, adoradores de Sauron y otros poderes ocultos desde tiempos inmemoriales.

Y acaso aquellas sus únicas experiencias auténticas de acercamiento a lo sagrado, a lo más-que-humano del mundo, a la realidad no aparente, a lo sublime y a lo abismal, pujaran por volver a su pensar y a su vivir, por salirle al paso en una tarde calurosa, o por revelársele súbitamente al voltear la mirada en la intimidad de su habitáculo, por ejemplo.

Acaso todo aquello que él quería desconocer se le apareciese pronto frente a frente, retornando a sus días por caminos insospechados.

-…Bien, si son simplemente dos Damas Elfas no hay nada que temer. ¿Qué más?

[Editado por seregruin el 07-11-2004 09:38]

Lómine

El sonido de los cascos resonaba en el silencio de la noche, la quietud invadía las estrechas callejuelas al igual que la neblina nocturna, el aire frío y cortante soplaba ahora con mayor fuerza. Túrelondë lucía vacía, muerta, habitada solo por antiguos espíritus olvidados, parecía dormir un sueño singular. La loba de Allase entretejía sus pasos con el galopar de los caballos, siempre atenta y con las puntiagudas orejas girando sin cesar en busca de ruidos extraños y amenazantes, y su hocico congelado en una sonrisa sinistra enseñaba los relucientes colmillos a la escasa luz de las lámparas.

Se adentraron mas y mas en el corazón siguiendo aquel camino que conducía a la torre, ahora el silencio era torpemente reemplazado por los ruidos grotescos de las tabernas y antros de mala muerte que ocupaban aquel sector de la ciudad. No les fue extraño encontrar hombres y bestias borrachos y desorientados, vagando y tropezando contra las paredes, ni tampoco ver la escena repetitiva del cantinero que arrojaba lejos a cliente malhumorado y problemático.

-Allase –susurró Lómine a su compañera –No encuentras extraña la ciudad?

-mas que extraña –respondió la elfa –demasiado silenciosa... algo inusual ocurre aquí, tal como nos fue dicho.

Un pequeño grupo de soldados ataviados con las insignias de Nurn esperaban a sus Señores a las puertas del edificio del Concejo, pero su perfecta formación y sus rostros impertérritos se vieron perturbados ante la visión que se ofrecía a sus ojos: no eran Señores quienes llegaran, eran Señoras. Un murmullo se extendió y las miradas de soslayo se hicieron insoportables para ambas elfas.

-Dejad de murmurar! –gritó enojada Lómine –No soporto esos cuchicheos, me fastidian! y no deseareis verme enojada. Ahora, donde esta vuestro Mayor?

-Señora –respondió un hombre corpulento y de rostro frío.

-Mayor, quiero un informe sobre el Matûrzogh y el estado de su carga y quiero también que vigilen la llegada de un nuevo carguero al puerto, esperamos el arribo de algunas pertenencias al igual que de nuestras monturas.

-Pero acaso vosotras no viajabais en el Matûrzogh? –preguntó el Mayor con sorpresa.

-El como viajamos no es de vuestra incumbencia –le increpó Allase –así como tampoco han de importaros las razones por las que hemos venido. Vosotras habéis de limitaros a cumplir con vuestro deber y mantener las narices alejadas de nuestros asuntos.

-Eso si queréis conservar las narices en vuestro rostro –rió Lómine con malicia.

Los soldados temblaron ante tales palabras, se decían tantas cosas sobre aquellas oscuras Señoras, tantos relatos se escuchaban entre prisioneros y esclavos, tantas noticias de batallas sangrientas y victoriosas en las cuales ellas habían participado, porque ambas hacían parte de la misma Compañía, habían luchado hombro a hombro en mas de una ocasión y destruido a los enemigos con destreza y majestuosidad únicas. Algunos, que pudieron verlas combatir, decían que blandían sus espadas sin la menor dificultad y que sus cortes eran limpios y mortales, y relataban también, a los oídos curiosos, la sorprendente belleza que se apoderaba de ellas en el campo; se decía que los ojos verdes de Allase iluminaban la batalla como pérfidos luceros mientras que las oscuras pupilas de Lómine despedían destellos umbríos y crueles, y eran sus cabellos, teñidos del negro de las sombras y el bermellón de la sangre, estandartes de victoria y desolación, de pena y lagrimas, de conquista y sumisión.

Desde la ventana de la habitación, Lómine observaba el cetrino paisaje que se extendía bajo el edificio.

-Murmullos en el aire... noticias y susurros... ya veremos que sorpresas nos depara Túrelondë, que hay de cierto en las nuevas que lleva el viento...

[Editado por Seshat el 07-11-2004 21:41]

Lómine

Las llamas de las antorchas y las lámparas se retorcían y agitaban danzantes bajo la brisa nocturna e inundaban con sombras espectrales las fachadas y caminos, cual siniestros redivivos recorriendo la calzada. Lómine, acurrucada sobre la cornisa de su ventana mantenía la vista fija sobre los antros y tabernas cercanos al muelle, aquel era el lugar señalado por los informantes desde el cual se levantaría una turba enloquecida por las ansias de poder y lideradas al parecer por un numenoreano. La noticia sin embargo carecía de detalles de gran importancia, los informantes habían desaparecido pocas semanas atrás, tal vez asesinados, tal vez capturados por los rebeldes y torturados hasta agonizar, o tal vez unidos a las filas subversivas. Fue entonces cuando un concejo reunido en Narmelost decidió enviar a dos de sus Señores a reforzar la autoridad, al parecer ahora nebulosa, de Nurn; Allase y Lómine fueron designadas por sus compañeros y ambas emprendieron una marcha sin descanso a través de tierra y agua hasta alcanzar Túrelondë. Su presencia en la ciudad bien podría ahogar el levantamiento o acelerar la confrontación, pero el poder que las revestía y la mano de hierro que las caracterizaba eran las principales armas con las que enfrentarían a las hordas revolucionarias que amenazaban con destruir la unidad de los territorios del clan.

Con la agilidad que su raza le otorgaba, Lómine saltó desde el resalto y aterrizó con la suavidad de un gato sobre las lozas de la calle, sus ojos agudos se pasearon de un lado al otro escudriñado hasta el último rincón oscuro del lugar, y tras cerciorarse de su soledad se encaminó hacia la zona comercial. Los pasos silenciosos y veloces se detuvieron por fin ante las puertas de madera de una de las tabernas: La Posada del Dúnadan. Sin descubrir su rostro se adentró en el lugar y tomando asiento en la mesa más alejada del salón pidió una jarra de cerveza.

-eh, tu extranjero -gruñó uno de los hombres que allí se encontraban -¿buscas problemas en estas tierras?

-busco información -respondió la elfa por sobre las estruendosas carcajadas desatadas -se dice que en Túrelondë se prepara una revuelta y...

-¿revuelta dices? -interrumpió el hombre -revolución, será un levantamiento sin igual en la historia, o eso es lo que dicen las malas lenguas.

-¿Una revuelta en contra de los Señores de Nurn? ¿Quién osa semejante estupidez?

Las voces se callaron y las risas se detuvieron, todos en el salón observaban recelosos a la elfa oculta bajo la capa azul profundo, uno de ellos se levantó furioso y tras de él otras figuras amenazantes se dirigieron con pasos apresurados al rincón en el que ella se encontraba.

-¿Quién eres extranjero, para sonsacarnos información que no te incumbe? -refunfuñó el monstruoso individuo -si es una revuelta en contra o en pos de Nurn no tienes porque saberlo ¿o es que acaso eres un espía?

El grupo de hombres se abalanzó sobre la elfa quien, con un movimiento fugaz, extrajo a Nwalmë, su espada, hasta entonces oculta bajo sus ropas y con un par de golpes de increíble fuerza se desembarazó de sus atacantes.

-soy Lómine Anamoriel, Señora de Nurn -respondió la elfa arrancando el capuz que ocultaba su rostro y derramando sobre sus hombros sus cabellos castaños oscuros -Y ahora caballeros, habéis de explicarme exactamente que es lo que ocurre en la ciudad, cuales son vuestras razones para oponeros a nuestro gobierno y lo más importante: Quien os dirige.

Los ojos desorbitados de los visitantes daban cuenta del terror que representaba para ellos la presencia de sus Señores, y ahora que las cartas de la traición estaban sobre la mesa era imposible escapar del terrible castigo que los esperaba. Algunos quisieron volver sobre sus pasos pero los inquisidores iris oscuros de la elfa los devolvieron a sus puestos.

-¿entonces? -insistió Lómine -¿alguno de vosotros hablará o habré de torturaros uno por uno? Quiero saber quien os dirige.

Nada se escuchaba más que la voz de la elfa y la respiración entrecortada de aquellos hombres, la noche parecía haberse detenido en aquel instante pero la tensión aumentaba con cada segundo.

-¿Acaso no me entendéis? -gritó Lómine furiosa y con un movimiento perfecto cortó la muñeca de quien la desafiara por primera vez, el hombre lanzó un alarido sobrecogedor y se agarró el muñón ensangrentado -La próxima será su cabeza y la de todos los que aquí os encontráis. Os pregunto por última vez: ¿Quién es aquel que os dirige?

[Editado por Seshat el 08-11-2004 18:35]

Seregruin

Un viento frío había comenzado a levantarse lentamente a medida que la noche hacía su entrada en esta olvidada región de Arda. La última frase dicha por Kalemba había quedado flotando en el aire salobre y Kramyr aún no daba crédito a sus oídos: “Bien, si son simplemente dos Damas Elfas no hay nada que temer” ¿Sabía, este Númenóreano mestizo que se erguía frente a él, lo que había dicho? ¿Sería capaz, acaso, de hacer valer sus temerarias palabras? ¿Qué se escondía detrás de aquel comerciante taimado que últimamente se revelaba como un gran guerrero occidental? ¿Había aún más misterios ocultos detrás de su facha? ¿Lo habría subestimado durante todo este tiempo?

“¿Qué más?” había preguntado el jefe.

-El Matûrzogh, Lord Kalemba –atinó a decir el espía, con un escalofrío-. Ha atracado a mediodía pero aún no hay noticias ciertas acerca de él. Nadie sabe para qué ha venido a Túrelondë ya que las Señoras llegaron ahora, al atardecer, y desde Narmelost. No hay quien sepa qué es lo que el barco negro trae consigo: algo muy extraño está sucediendo.

-Si, algo muy extraño está sucediendo… ¿desde cuando tú reconoces no saber qué es lo que ocurre? –se burló Seregruin.

-Le pido disculpas, Señor –respondió algo avergonzado Kramyr-. Mis informantes tuvieron un día demasiado agitado hoy. Han quedado un tanto desorientados con todo lo que se está desarrollando en la ciudad. Además, la mayoría de ellos se ocupó de la Torre del Concejo y de las demás Guarniciones… -se justificó-, y lo cierto es que en la Torre tampoco se sabe nada acerca del Matûrzogh… es un verdadero misterio.

-Por cierto, hay algo inexplicable en todo esto –asintió con desgano Seregruin-. El arribo de las Damas o de la embarcación, por separado, podrían deberse a la casualidad. Pero no su llegada simultánea. Y menos aún en la víspera del levantamiento -dijo, y calló por unos momentos.

-Tal vez han llegado algunos rumores a Narmelost –concluyó, sin preocuparse de que el espía se hallara frente a él-. Por supuesto, no puede tratarse de nada serio ni que nos comprometa: sería imposible que así fuera.

Seregruin

Kalemba permanecía pensativo y preocupado: buscaba cómo desentrañar la madeja de mentiras que él mismo había hecho proliferar, de modo de encontrar la respuesta al enigma. Kramyr vio cómo su rostro se ensombrecía.

“No hay modo de que mi participación en el levantamiento pueda conocerse –pensaba Seregruin-. Recién ayer convoqué al cónclave de hoy por la tarde, y lo único que hice fue confesarles a los Oficiales y a los Comerciantes que disponía de información confiable acerca una insurrección que, con toda seguridad, dividiría las fuerzas de la Guarnición.

“Por parte de la Torre, a lo sumo, lo que podrá saberse es que, a cambio de la información y la protección que ofrecí, reclamé un reconocimiento oficial del más alto grado en la Guardia, y la sumisión de la misma, como primer paso para convertirme en Señor de Nurn…

“Pero el Capitán de la Torre no ha querido entregarme esta misma tarde el mando efectivo de la guarnición, merced a la oportuna llegada de las Damas Elfas. Y, de seguro, ante ellas no confesaría nunca que vino a reunirse conmigo casi como un subordinado. Por lo tanto, en apariencia, no estoy involucrado más que como aliado de la Torre.

Seregruin carraspeó, se volvió, y caminó hasta el borde de la terraza. Se apoyó lentamente en la baranda, mirando el puerto que parecía dormir.

“Ahora bien, por otro lado, la oficialidad tampoco se atrevió a ponerle objeciones a mis instrucciones, y en la situación de incertidumbre actual supongo que las seguirán al pie de la letra: aguardar y dejar hacer a los revoltosos para luego plegarse a mí cuando llegara el momento de la Reconquista. Por lo tanto, es imposible que los oficiales hayan abierto el pico y confesado su traición: deben estar aterrorizados y dudando entre a cuál de sus amos responder. Si a los Señores de Nurn, reprimiendo la sublevación; o a su verdadero amo, Kalemba.

“Han quedado entre dos fuegos, y ni siquiera saben con seguridad quién de entre ellos se estará plegando a la revuelta y quién no…

Seregruin no parecía acertar en dónde había fallado la conjura. Por lo pronto, todo le parecía ir de acuerdo a lo planeado. Su mirada vagaba por los techos de la ciudad mientras el viento le agitaba los cabellos.

“Esta noche deberían estar todos los comerciantes de la ciudad haciendo sus inventarios y escondiendo sus pertenencias: me deben todo lo que puedan salvar del saqueo; y todos los soldados del destacamento y los marinos del puerto deben de estar mirándose de soslayo con suspicacia, ya que con seguridad se ha corrido la voz de que una buena parte de ellos se iba a sublevar, y que la orden era no reprimir durante el día…

Kalemba caminaba de un lado al otro junto a la balaustrada, revolviendo en su interior todas las posibilidades de que algún dato se hubiera filtrado. Hasta que, finalmente, se detuvo.

“Como todas las noticias más o menos ciertas que di son sólo de hoy o, en algunos casos especiales, de ayer por la noche… y lo más cercano a la verdad definitivamente se escuchó hoy, aquí, en este lugar, por la tarde…

Una sonrisa asomó como el sol de la mañana quebrando la negrura de su preocupado rostro.

“...la única posibilidad de que la noticia haya corrido es que el tonto de Seredhel haya sobreactuado su papel en la conspiración –una risa súbita e irreprimible le deformó la cara y agitó sus hombros por unos momentos.

Kramyr lo miraba desconcertado, acaso asustado de que Kalemba hubiera enloquecido.

“Debe ser eso. No hay otra explicación: Seredhel exageró su papel en la revuelta. Creyó que porque yo lo estaba llenando de oro, mi deseo era que él triunfara… se convenció de que el apoyo que le prometí era verdadero y abrió la boca de más… –la risa volvió a atacarlo, y las lágrimas se le salían de los ojos-. Es más, estoy seguro de que pensó en engañarme y pretende quedarse con la Ciudad él sólo… ¡¡la Revolución en Túrelondë!! –y ya no pudo detener las carcajadas que lo acometían. Tuvo que apoyarse en la baranda para no rodar por el piso.

[Editado por seregruin el 09-11-2004 14:26]

Seregruin

Una vez recuperado se dirigió al príncipe de los espías con la seriedad acostumbrada:

-Mi querido Kramyr, cambia la cara que no hay nada que temer. Vuelve inmediatamente a la Ciudad y mantén bien despiertos a todos tus hombres. Cada pequeño suceso que ocurra hoy por la noche es de extremada importancia. No descuides ningún detalle por insignificante que parezca. Y cada cosa que suceda, envía sin demora un mensajero de regreso aquí –dijo, advirtiéndolo con la mirada y un amenazante dedo en alto.

-Los Guardianes de la Puerta Sudeste ganarán hoy en peajes un suculento botín, seguramente más de lo ganaron a lo largo de sus vidas –agregó sonriendo.

Instantes más tarde, el espía, que ya volvía sobre sus pasos, escuchó:

-Por sobre todo presta especial atención al Matûrzogh, hay algo realmente extraño allí… enviaré esta noche a cinco de mis mejores hombres al barco ése. Asegúrate de que puedan infiltrarse entre los marinos ¡¡Y apúrate, olvida tu proverbial sigilo, que por hoy no es importante!!

Seregruin despidió al espía y se encaminó al interior del Albergue. Al pasar junto a su ayudante, que lo esperaba solícito en la puerta, lo mandó convocar a un escriba a su escritorio y a los jefes de sus mercenarios a la sala principal.

Una vez en su escritorio, ya más relajado e incluso sonriente, dictó cartas para ser enviadas esa misma noche a numerosos jefes militares de Túrelondë y a los comerciantes más importantes de la Ciudad. Luego, despidió al escriba y tomó él mismo la pluma para redactar una misiva a las recién llegadas Señoras de Nurn.

“Bienvenidas sean Sus Oscuras Majestades a la Ciudad y Puerto de Túrelondë,

Bastión de la Fidelidad a la Sangrienta Torre Oscura de Narmelost.

Espero que disfruten de una estadía sin sobresaltos en este agitado rincón

De Vuestros territorios, que prepara la defensa, para Vuestra mayor Gloria,

De la infame traición, fruto de la Humana codicia y necedad.

No les ha de preocupar el clima enrarecido que la Ciudad respira,

Ni las incómodas miradas que la Guarnición ha de echarles:

Por cierto una insurrección se haya en camino, pero no ha de triunfar

Ya que hemos previsto su origen y su alcance.

Y como gran parte de la Guarnición no es de fiar, y el resto atemorizada se halla,

Os invito por la mañana del día entrante al retiro que poseo en las afueras.

Su nombre es el Albergue de Kalemba. Y su posición segura y tranquila

Les permitirá estar, sin duda alguna, a salvo. Aquí podréis enteraros de cómo

Marchan las cosas en Vuestra Ciudad el aciago día que se avecina.

Vuestro más fiel servidor,

Seregruin Rodhraw Elugalad, Administrador de Túrelost, Torre de la Vigilancia Sudoriental.

Kalemba, para el común de los habitantes de esta ciudad.”

Seregruin mandó despachar de inmediato las cartas a la servidumbre, ya acostumbrada a los horarios alternos y desquiciados de su amo. Y entró a la sala donde lo aguardaban, impacientes, los jefes mercenarios.

-Bien, Señores. El movimiento se ha acelerado. Esperábamos la Insurrección para mañana por la mañana. Y la Reconquista para la tarde. Pero el día de hoy han llegado dos dirigentes Nurnitas desde Narmelost. Y un barco de guerra desde Grishûrz Faal. Como imaginarán, el primer objetivo es el barco y su tripulación. Por esto, no demoraremos en enviar algunos hombres a infiltrarse entre los marinos. Yo los acompañaré. Con respecto a las Damas venidas de Narmelost, las espero a primera hora de la mañana aquí. Es de la mayor importancia que las escolten sin sobresaltos, demostrando mayor dedicación y autoridad que la torpe guardia Nurnita. Y que aquí las agasajen si yo aún no he regresado. ¿Alguna duda?

-Ninguna –respondió el de mayor rango- ¿A qué hombres debo despachar esta noche?

-A los mejores, Beriel. Conmigo seremos cinco. Y partimos de inmediato.

Seregruin se incorporó y se dirigió a su recámara para vestir sus armas:

-Hasta la victoria… -dijo.

-¡¡Siempre!! –contestaron sus leales.

Unos minutos más tarde, mientras ajustaba las correas de su cota y miraba su regia espada fuera de la vaina, Kalemba se alegraba de tener, por fin, un poco de acción después de seis meses de retiro y entrenamiento, y cuatro años de parranda y ocio.

-Un buen desafío para mí. Tiempo hace que no me medía con alguien de mi estatura –pensó antes de envolverse en una capa color tierra y salir a campo traviesa en dirección a la Ciudad.

Lómine

-¿Acaso todos en este lugar sois estúpidos?- rugió furiosa Lómine de pie sobre la mesa -vuestro valiente amigo ha perdido la mano ¿y vosotros estáis dispuestos a dejarle sin cabeza por una ilógica lealtad a un extraño que intenta levantarse contra nosotros? No queréis saber los castigos que tengo planeados para los traidores, no queréis ni imaginarlo, así que o me lo decís de una buena vez ¡o tendréis que véroslas con la justicia de Nurn!

-¡No te tememos Lómine! -Gritó el hombre de la mano cortada -Vosotros ya no sois nada para Túrelonë, habéis dejado que la ciudad creara su propia justicia, sus propias leyes ¡Y ahora nos levantamos contra los opresores! ¡Yo los dirijo! ¡Yo, Seredhel, seré el próximo señor de la ciudad!

Un grito de aprobación inundó el salón y los hombres, incitados por aquellas palabras, embistieron en masa contra la elfa, entonando al unísono frases de guerra en contra de la autoridad de Nurn y ensalzando a quien sería su nuevo gobernante. Lómine despachó a unos tantos con su espada y esquivó con gran clase y habilidad los porrazos que le proferían los demás, pero eran demasiados para ella y por minutos se vio caer atravesada por un puñal o por un golpe certero de algún mazo improvisado, como la pata de una mesa o algún pedazo de sillón. En un segundo la turba intentó aplastarla pero su agilidad era superior a la que aquel tropel esperara, con ligeros pasos logró deshacerse de muchos de ellos, algunos solo terminaron heridos, pero otros fueron muertos por el filo de Nwalmë.

-¿Lo veis? -pregonaba Seredhel -tanto parloteo, tantas mentiras infundadas, mirad como Lómine, la llamada Anamoriel, no es más que un corderito armado con una espada. ¿Dónde está el poder de esta Señora? ¿Dónde está el tormento que se dice, infringe a sus enemigos?

-Aquí está -rugió la elfa y se arrojó contra sus atacantes, cortando sin piedad sus vientres y derramando sus entrañas en medio de lamentos desesperados, o cercenando miembros sin la más mínima muestra de misericordia para terminar con la vida de aquellos pobres moribundos.

Quienes lograron escapar del filo de su acero se escondieron tras su jefe, a la espera de nuevas órdenes. Frente a ellos la visión era espeluznante, el salón se había convertido en un charco de sangre y vísceras y extremidades sin dueño, y los cuerpos mutilados y devastados yacían sobre sus propios fluidos a la espera de una muerte definitiva. Y allí, en medio de aquella desolación, se erguía orgullosa Lómine, con sus botas bañadas en carmesí, su larga y hermosa capa hecha jirones, su brillante cabello desordenado y sus manos manchadas de sangre, pero en su rostro se leía la satisfacción que le brindaba su crueldad, sus ojos brillaban como lagunas iluminadas por la luz de las estrellas y en sus labios rojos se dibujaba una sonrisa malévola.

-¿Alguien más osa retarme? -preguntó la elfa en un tono despectivo

Los hombres empuñaron con fuerza sus armas y esperaron impacientes y temerosos la voluntad de su jefe, aunque sabían bien que aquello no era más que un suicidio colectivo. Seredhel, que había contemplado impotente como sus secuaces eran destruidos poco a poco, no estaba dispuesto a perder más fuerzas en aquel lugar; con un movimiento de su mano los pocos bandidos que quedaban retrocedieron poco a poco hasta llegar a las puertas.

-Ganaste esta vez Anamoriel -gruñó el traidor antes de partir -pero no creas que nos has derrotado, no nos detendremos ante nada y ante nadie, así que bien puedes huir a Narmelost y llevar contigo las nuevas de Túrelondë y su independencia.

-Ya verás maldito como al final beberé tu sangre en copa de oro -respondió Lómine sin dejar de sonreír.

Al encontrarse sola en medio de aquel paisaje desolador envainó su espada y se dispuso a dejar el lugar, pero un sutil ruido tras el mostrador le hizo volver sobre sus pasos. Tras los maderos de la barra se encontraba escondido un hombre mayor bañado en lágrimas y abrazado a un pequeño de poco más de diez años, la mirada suplicante del hombre se posó en los ojos grises de la elfa quien empuñaba de nuevo su arma.

-¿Que hacéis vosotros aquí? Está bien, no os haré daño -dijo Lómine dándoles la espalda -salid de aquí lo antes posible si queréis salvar vuestras vidas.

Tras ver partir al hombre y al pequeño, la elfa se dirigió presurosa al Edificio del Concejo; algo había descubierto y debía decirlo a Allase al igual que a los demás Señores en la capital, necesitaba un mensajero veloz y fiel a Nurn y necesitaba aclarar de una vez por todas el misterio que se cernía sobre la ciudad y aquella traición. Al llegar a su destino uno de los soldados se acercó a ella con un pergamino sellado.

-Acaba de llegar esto para vosotras -explicó el militar -pensaba entregarlo a la Señora Allase pero ahora que está aquí...

-Si, si, cállate -respondió Lómine abriendo el documento y leyéndolo, tras unos segundos exclamó visiblemente enojada -Excelente, lo que me faltaba!

Presurosa se dirigió escaleras arriba, necesitaba hablar con Allase y planear una estrategia ahora mismo.

Shulak

Llegó a Grishûrz Faal a media tarde. Venía cabalgando al paso, escoltado por diez jinetes de largas y oscuras melenas. Shulak iba cubierto por una gruesa capa de viaje, su rostro escondido por una ámplia capucha.

No se entretuvieron, fueron directos al muelle. Los cascos retumbaron sobre las tablas. Todo había sido correctamente dispuesto.

Los espías de Nurn habían llevado al norte extrañas nuevas, \"cosas\" de marineros, palabras de revuelta, palabras de borrachos. Pero Shulak no se fiaba, y menos ahora que la guerra estaba a punto de empezar. Conocía el corazón humano... y las palabras de los marineros siempre estaban rebozadas en mentiras y exageraciones, pero en el fondo siempre anidaba la verdad, una verdad que necesitaba ser velada.

Fueron enviados correos a Grishûrz Faal. Una fuerza militar debía prepararse para embarcar, no se daban muchos detalles pero, se precisaba que debía prepararse el Matûrzogh.

El Matûrzogh era un navío de gran porte, un buque de guerra con muchas batallas en sus tablas. 70 metros de eslora y dos grandes mástiles: El Mayor arbolado con tres velas cuadradas y el de Mesana con una gran cangreja. En la proa, bajo el bauprés, destacaba un gran mascarón, tallado en la negra madera de la que estaba construido todo el barco, con la forma grotesca de un humano mutilado gritándole al mar.

Cuando Shulak y su guardia llegaron al muelle la marinería ya estaba afanándose en la cubierta. Desmontaron sonoramente. Un pitido se escapó del buque de guerra, sin duda una señal, porque todos los marineros redoblaron sus esfuerzos.

Un hombre fornido y de bronceada piel bajó la pasarela que llevaba del barco al muelle -Sean bienvenidos Señores, soy el contramaestre, el capitán ya ha sido avisado de su presencia, les espera en su camarote... y no se preocuopen por nada, la tropa ya ha sido convocada, estarán aquí en unos minutos- Shulak miró con curiosidad las formas en exceso protocolarias de aquel marinero y, sin decir nada, subió al barco, su escolta le siguió.

Shulak fue conducido a presencia del capitán. Era un hombre de gran estatura, enjuto de carnes pero de apariencia vigorosa. Era un hombre acostumbrado a dar ordenes, acostumbrado a que su palabra fuera ley... Pero cuando Shulak se retiró la capucha el capitán no pudo sinó bajar la mirada. Luego, quizá avergonzado de su acto instintivo, miró con valor a los ojos del hombre dragón.

40 marimeros avezados a la piratería, 180 soldados de infantería, tres catapultas de gran alcance (diseñadas tanto para el combate marítimo como para el asedio a tierra)... todo listo.

El Matûrzogh izó velas, y se lanzó al mar, veloz como la muerte. Un buen viento de popa lo llevó en un día y medio hasta Turelondë.

Y allí estaba Shulak, observando desde hacía unas horas, sin querer revelar su presencia, jugando con el terror que sabía provocaba el Matûrzogh.

Había hecho desembarcar a algunos marineros para que escucharan para que observaran. La ciudad parecía tranquila, pero mandó reforzar la guardia.

A la mañana siguiente desembarcaría y, si las sospechas se revelaban como ciertas... lanzaría a sus terribles soldados... soldados de Nurn, contra la chusma portuaria.

[Editado por elfo_negro el 12-11-2004 18:35]

Seregruin

Seregruin y sus compañeros avanzaban a gran velocidad por entre las barracas de la zona oriental de la ciudad de Túrelondë. Complemen- tando al desacostumbrado silencio que la noche porteña ofrecía, la tensión se dejaba respiraba en el aire frío y cortante que de a ráfagas se les aparecía a los viajeros en cada bocacalle.

Las sombras encapotadas se deslizaban por sobre las calles empedradas de granito apenas dejando el suave eco de unas botas livianas y la estela de una sombra en el recorte de luz que los faroles proyectaban sobre los muros. Ni un soldado en las calles, ni un borracho en las esquinas. Ni nadie que pudiera notar a Kalemba y sus mercenarios desde los estrechos ventanucos que velaban cerrados por la tranquilidad de la soldadesca insomne.

Sólo al aproximarse a los astilleros militares, donde se trabajaba día y noche, percibieron las sombras fugitivas algo de movimiento en las calles. Dando un rodeo hacia el lado de los muelles advirtieron a los hombres y a los enanos que trabajaban codo a codo en el arreglo de viejas embarcaciones dañadas o en el ensamblaje de nuevas y poderosas naves para esa guerra que, decían los rumores, se avecinaba.

-Trabajo desperdiciado -pensó Kalemba-. Mañana, todo esto arderá.

Avanzaron todavía algunos metros sin ser descubiertos cuando, al doblar la esquina que daba acceso a los muelles, se les apareció el Matûrzogh en toda su magnitud: un navío enorme y sombrío que exhalaba muerte y terror desde sus heladas tablas negras.

Guryeith, el más fuerte y resistente de los compañeros de Kalemba, pero también el más estúpido, exclamó:

-¡Sí que es grande el barco éste!

Seregruin levantó imperiosamente la palma de su mano, mandándolo callar, pero comentó entre dientes:

-En Umbar los teníamos más grandes.

Kalemba advertía que la situación era más compleja de lo esperado: los soldados que guardaban el Matûrzogh se paseaban en ordenadas filas sobre la cubierta del navío, alertas y amenazantes; y, además, se los veía en mucho mejores condiciones físicas y morales que a la corruptela de Túrelondë a la que él y los suyos estaban acostumbrados.

Durante unos tensos minutos, buscó frenéticamente con la mirada alguna señal de Kramyr, o de sus hombres, en los alrededores. Finalmente, para su desesperación, vio al príncipe de los espías cargado al hombro de un soldado de infantería nurnita, mientras era llevado prisionero a bordo del Matûrzogh.

Saltando de umbral en umbral y de sombra en sombra, Seregruin y los suyos se llegaron hasta el otro extremo de la embarcación para observar cómo Kramyr era ingresado al barco por una formación de seis soldados y recibido por otros diez marinos de feroz aspecto comandados por un tipo corpulento y por completo oscuro.

-Se acabó –dijo Kalemba en voz baja a sus compañeros-. Nos vamos a buscar a Seredhel y acabamos con él. Mañana será otro día y, de seguro, tendremos más visitas que las que esperábamos recibir.

Seregruin y los mercenarios salieron raudos y silenciosos calle arriba hacia el lugar donde el Puente de Túrelondë encontraba la Isla, más precisamente hacia la Posada del Dúnadan.

[Editado por seregruin el 11-11-2004 03:41]

Lómine

Allase observaba serena la impaciencia de Lómine, su constante ir y venir a través del amplio y decorado salón en el que aparentemente descansaba hasta que, la irrupción sorpresiva de su compañera quien traía los ojos inflamados de ira ciega, interrumpió su interesante lectura. Las noticias que Lómine traía eran preocupantes, eso sumado al extraño pergamino que llegara a sus manos, las cosas parecían empeorar cada segundo y el talante indiferente de Allase era desesperante.

-No se como puedes quedarte allí sentada mientras los guardias que vigilan estas puertas planean como deshacerse de nosotras. Debemos hacer algo y rápido.

-Si no te tranquilizas y piensas fríamente solo lograras que nos capturen sin la menor dificultad –respondió Allase poniéndose de pie

-eso lo se y es precisamente por ello que quiero salir lo mas pronto de aquí, somos una presa fácil mientras nos encontremos encerradas en medio de los muros de este edificio. –explicó Lómine y golpeó con sus nudillos la pared tapizada con los estandartes de Nurn.

-En tal caso que propones? Que aceptemos la invitación de ese... individuo y nos resguardemos en su refugio? –le interrogó Allase en un tono sarcástico –no ves que tal vez esa sea la trampa que nos han tendido?

-sabes muy bien que no quiero esconderme, preferiría pelear cuerpo a cuerpo con esos traidores y colgar sus cabezas en el puente de la ciudad pero ya los he visto, he sentido la rabia y la sed de poder que los habita, ese fuego que los carcome y los impulsa a luchar sin importar la muerte –pronunciaba Lómine mas para si misma que para su compañera –he sentido mi piel desgarrarse bajo sus dedos y déjame decirte que no aquellos bandidos de la taberna no son nada comparados con lo que se avecina.

-aun así es demasiado peligroso acudir al “albergue de Kalemba” o como se llame, quien puede asegurarnos que es nuestro aliado y no un colaborador de Seredhel y que no se hayan escondidos innumerable soldados apostados alrededor del lugar prestos a capturarnos?

-La colina –insistió la elfa –es clave en la vigilancia de la ciudad, es un punto estratégico que podría sernos útil, Seregruin acaba de ponerlo a nuestra disposición y no pienso dejar pasar esta oportunidad para implantar una base, un conclave de resistencia frente a la masa enfurecida que nos acecha. Además tarde o temprano la guardia irrumpirá en este salón y...

Sus palabras fueron interrumpidas por un golpe seco seguido por otro y otro mas, la puerta cerrada desde el interior se estremecía con cada choque, pero la madera fina y maciza parecía no ceder ante en las aspiraciones de los asaltantes.

-Te lo dije, debemos irnos de aquí –dijo Lómine mientras arrastraba uno de los sillones y lo colocaba contra la puerta para retrazar un poco el abordaje.

Las elfas buscaron sus armas y se acercaron a las ventanas, intentarían descolgarse desde allí hasta alcanzar la calle, pero una lluvia de flechas les impidió realizar sus planes. Lómine sin meditarlo tomó su arco y descargó sobre los soldados todo el contenido de su carcaj, pero la guardia del edificio era numerosa y los refuerzos o demoraron en llegar, mientras tanto en el interior la puerta presentaba grietas y podían distinguirse las figuras de los agresores. De repente una sombra negra se abalanzó sobre los hombres que se apostaban alrededor de la torre y los quejidos y lamentos desgarraron el amanecer, el brillo de unos colmillos afilados centellearon al alba y muchos dejaron sus puestos, permitiendo el escape de las Señoras. Allase fue la primera en tocar tierra y al hacerlo la loba se acercó alegre a saludarla, aunque no dejaba de mostrar los colmillos, luego Lómine se dejó caer y ambas, seguidas por la fiera de oscuro pelaje, emprendieron el camino hacia la colina.

La distancia que las separaba de su destino no era larga pero los furtivos ataques de los traidores retrazaban su llegada, si tan solo hubiesen escapado antes del amanecer –pensaba Lómine –se habrían escurrido con mayor facilidad a través de los tejados y las oscuras callejuelas, pero bajo la luz de la mañana las convertía en objetivos visibles desde la lejanía; si Seregruin se encontraba en el albergue fácilmente las vería llegar.

Por fin y luego de rebanar mas de una cabeza durante el camino, Allase y Lómine llegaron a la colina; un grupo de hombres de rostros amargos y fríos y armados con grandes y poderosas espadas se acercó a ellas.

-Bien, aquí estamos... al parecer en las mismas condiciones que en el Edificio del Concejo –susurró Allase empuñando Gebrinda

-No te alarmes, tal vez es solo el comité de bienvenida –respondió Lómine quien conservaba entre sus manos a Nwalmë.

-Señoras –pronunció solemnemente uno de los hombres –os esperábamos, el señor Kalemba nos pidió escoltaros hasta la torre de vigilancia y procurar que os encontréis cómodas e informadas de la situación actual en Túrelondë.

-Si es una trampa y si llegas a salir viva de esta, haré que te encierren en las mazmorras por un buen tiempo –rió Allase al dirigirse a su amiga.

-trato hecho –respondió Lómine.

Ambas bajaron sus espadas, aunque no las enfundaron, y aun recelosas se dirigieron hacia la construcción que dominaba el paisaje, tal vez allí en verdad estarían a salvo, por lo menos por ahora...

Shulak

El Hombre gusano perdía la vista entre las luces titilantes que se destacaban en la ciudad. La noche era despejada y la luna envolvía en su luz fría todos los contornos.

El mascarón de proa, ahora con brillos plateados destacando la madera negra, seguía gritando, monstruoso.

Pero no era de la madera de donde provenían los gritos. Hacía una hora que, ascendiendo de la sentina, unos gritos profundos se derramaban pegajosos por toda la nave.

-Esto se está alargando demasiado- se dijo Shulak al tiempo que se armaba y salía de su camarote con pasos pesados y sonoros.

Bajó por estrechas escalerillas unos cuantos niveles, hasta llegar al último.

La habitación era amplia, con la concavidad del barco formando sus paredes y con un techo incómodamente bajo. Unas pocas lámparas de aceite colgadas de las vigas alumbraban la escena.

Al fondo se descubría un bulto sobre el que se afanaban tres figuras delgadas. Era el bulto el origen de los alaridos que resonaban en el hueco del casco.

-¿Cómo va? ¿Sabe algo?- retumbó la voz de Shulak- No tenemos tiempo para jueguecitos-

Uno de los tres torturadores su acercó al Señor de Nurn, se restregaba sereno sus manos, disfrutando del tacto suave de la sangre ajena. Era un hombre fuerte, se había quitado la armadura y la camisa, y sus músculos brillaban sudorosos –Sólo ha dado dos nombres, Señor, ha sufrido mucho Señor, mucho- y no pudo evitar que una sonrisa le dibujara una mueca grotesca en su cara salpicada de rojo- Señor, podemos intentar....- De repente el grito sostenido del espía capturado se convirtió en alarido, luego en gorgoteo, luego en nada. Con el rostro desencajado por el terror se acercó un segundo soldado -Señor, Señor... ha... ha muerto Señor... lo siento... lo sentimos -dijo mirando al soldado que había dado el primer informe. El otro lo miró con odio, más que por la muerte del prisionero, por ese añadido, por ese \"lo sentimos\" -maldito cobarde- pensó el primero- está tan asustado que cree que repartiendo las culpas salvará su vida-.

-¿Cuales han sido los nombres?- preguntó autoritario Shulak.

-Sólo dijo dos nombres, el no sabía nada más, nada más, Señor, seguro, había sufrido mucho...

-Los Nombres- Tronó Shulak.

- Seredhel y Seregruin- dijeron a coro los dos soldados.

- Bien, preparaos para la batalla... y no penséis que olvido, quiero que cada uno de vosotros me traiga 10 cabezas... si no lo hacéis, seréis vosotros los próximos en ser torturados, pero no aquí, sino en Narmelost, donde no hay incompetencia y el dolor puede alargarse durante meses.

Salió de la sentina y convocó a los oficiales y al capitán del buque.

Al cabo de un minuto 4 tenientes y el capitán esperaban las palabras de Shulak, que los contemplaba con mirada y pose marcial -Sólo dos nombres- empezó- Pero suficiente para saber algo: sí hay complot, sí hay revuelta.... y sí correrá la sangre. Debemos prepararnos para la batalla, al alba atacaremos. Las tropas de infantería desembarcaremos al clarear, inmediatamente el barco se separará del puerto y se pondrá a distancia de tiro de catapulta. Antes que nada debemos saber qué responsabilidad hay en la torre, saber si participan los soldados en esta algarada o si es cuestión de algún cacique local. Si el complot llega hasta los mismos soldados y oficiales, será obligación del Matûrzogh barrer la torre con sus piedras de fuego- el capitán asintió complacido- Y por ahora nada más, tienen 3 horas para prepararlo todo, señores.

Desde ese momento el buque despertó, las tinieblas que envolvían el maderamen, los aparejos... desaparecieron y tomaron su lugar la fuerza y la decisión. Unos soldados se vistieron sus gruesas armaduras, adornadas con la llama Nurn y se ciñeron sus gruesas espadas. Otros, con armadura más ligera, se colgaron carcajs llenos de muerte y empuñaron largos arcos compuestos.

Mientras, la marinería preparaba el fuego para ser lanzado desde las tres catapultas.

Al despuntar el alba se inició el desembarco. No era un gran ejercito: unos ciento ochenta soldados de Nurn. Pero eran duros, forjados en la batalla; y crueles, templados en Narmelost. Y Shulak los guiaba, a pié, porque había preferido dejar el caballo embarcado.

Cuando Shulak abandonó el barco, que ya preparaba la maniobra de alejamiento, gritó- Capitán, ¿conserva el barco algún cuerno de guerra?-

- Sí Señor, cuatro, y dos de los antiguos cuernos de niebla.

- Cuando el buque esté en posición, estad atentos a mi señal,... ¡que tiemble Túrelondë ante la llegada de sus señores!

Shulak, que no llevaba armadura (pocas eran las armas que podían herir su carne) estaba a la retaguardia de la tropa perfectamente formada. Llevaba atada a la cintura una gran caracola marina, un cuerno de niebla la llamaban algunos, un instrumento poderoso para que los barcos pudieran hacerse señales los dias en que la densa niebla hacía casi imposible la navegación. A Shulak le serviría para avisar al barco, para que iniciara su ataque contra la torre.

El sol ya se alzaba sobre el horizonte cuando el hombre dragón, el hijo de Melkor, desenvainó su grueso y pesado sable. El sol reverberó en el acero. Desde el Matûrzogh conocieron la señal y seis cuernos de Nurn bramaron: Su sonido de guerra se extendió por toda la ciudad.

[Editado por elfo_negro el 12-11-2004 18:52]

Seregruin

La insurrección había estallado, y las matanzas, y los saqueos. Ningún fuerza leal a Nurn parecía que fuera a hacerse cargo de poner orden hasta que los inesperados y salvíficos cuernos del Matûrzog resonaron potentes en medio de la bahía, y se hizo evidente que su alejamiento era apenas una maniobra táctica.

A los primeros cuernos en el mar contestaron más en la ciudad, y luego otros, lejanos. Por unos momentos vacilaron las edificaciones elevadas, y las olas del Golfo Sangriento se encresparon alteradas: el potente sonido que hacía vibrar el espacio todo también paralizó los negros corazones de los nurnitas rebeldes, suspendiéndolos en unos instantes de vacilación y terror. Una vez oída la señal, que pareció marcar el principio del fin, la contienda se desató feroz. Y muy pronto la confusión ganó cada rincón de Túrelondë.

El sonido gutural de los guerreros cuernos se acoplaba, fascinando al curioso observador, con las llamaradas súbitas que alzaban sus ardientes lenguas dondequiera que los revoltosos se hallaran: ardían los barcos mercantes amarrados en los muelles de piedra, ardían las tiendas feriales de la ribera occidental, ardían los comercios de la Isla abarrotados de productos de lejanas tierras, ardían las infectas barracas de los orcos que se pudrían junto a las murallas; pero también los cielos brumosos de Túrelondë enrojecían a causa del joven sol oriental que las tierras olvidadas saludaban una vez más.

Seregruin observaba, descansado y muy satisfecho en su atalaya de Túrelost, el espectáculo que brindaba la confusión total que del Puerto y la Ciudad se había apoderado. Procuraba, a través de las humaredas, visualizar las escaramuzas callejeras que caprichosamente surgían a lo largo y a lo ancho de la ciudad, y que iban lentamente tiñendo de rojo las empedradas aceras.

Pocos minutos después de la llamada de los cuernos, por ejemplo, Kalemba veía a la distancia, pero con una nitidez digna del mejor teatro de Armenelos, el combate que tenía lugar a las puertas de la Torre del Concejo, sobre la enorme Plaza de Maniobras: el ejército recién desembarcado del Matûrzogh se enfrentaba a la Guarnición Nurnita que dirigía el infeliz de Huan. Unas calles más aquí, en las cercanías de la muralla, se libraban curiosísimas contiendas entre marinos, soldados, e infantería, todos con divisas nurnitas por igual.

Y Seregruin también podía ver, algo más allá, a la caótica multitud de los saqueadores corriendo de uno a otro lado por sobre los anchos puentes de piedra, disputando ocasionalmente algún objeto de valor o una esclava secuestrada, o bien arrojándose unos a otros a las frías aguas del río debajo. Sus ojos se deleitaban, fascinados, con el descontrol de que es capaz una multitud de hombres que reniegan de toda autoridad, y de toda mesura, para satisfacer sus apetitos.

Fue entre tanto regocijo estético que Kalemba divisó a las Damas Elfas atravesando una de las ahora derruidas portezuelas de madera en torno a la Puerta Sudeste: se abrían paso batiéndose valientemente contra un enemigo numeroso.

-Son magníficas y poderosas guerreras, las he subestimado mucho –pensó, y se reprochó su ingenuidad del día anterior. Aún estaba fresca la impresión que le había causado la escena final de la masacre en la Posada del Dúnadan, donde una sola de las elfas había trozado a más de veinte secuaces de Seredhel.

Llamó a grandes voces a su ayudante y le indicó dar la orden a Beriel de prepararse para recibir a las Damas cuando estuvieran próximas a la colina. Y de conducirlas de inmediato hasta la atalaya donde él se encontraba.

Su plan improvisado por la madrugada, la solución desesperada que había encontrado al embrollo en que se había metido, parecía funcionar a la perfección. Contra todo pronóstico, la fortuna volvía a ponerse de su lado. No lo hubiera creído posible hace tan sólo cinco horas, al llegar a la Posada en busca de Seredhel.

[Editado por seregruin el 20-11-2004 17:31]

Seregruin

-Seredhel ha huido con sus compañeros -había exclamado, con una expresión mezcla de alivio y terror, el Viejo Peratan ni bien vio asomar en la Posada el rostro desencajado de Seregruin.

Y mientras repetía: “la Dama Lómine estuvo aquí”, corría a abrazarse a Kalemba y se echaba a sollozar en los pliegues de su capa, sacudiendo su cuerpo con los espasmos.

En aquel momento debía ser más de medianoche y la situación se presentaba más compleja que nunca para Sereguin. Mientras a su alrededor algunos esclavos recogían los restos frescos de la carnicería, el Dúnadan se deshizo del Viejo con una falsa sonrisa y pensó, abatido, en que el día siguiente vería caer su cabeza.

Kalemba se acodó en la barra ensangrentada y, abstraído, garabateó un plano de Túrelondë sobre la mancha espesa y aún fresca que goteaba lentamente sobre la puntera de su bota. Las efímeras líneas mostraron por unos momentos la torre, los puentes, la colina y el Matûrzogh. Seregruin apenas podía ordenar sus pensamientos sobre el mármol, y la sangre fría no le ayudaba: ese día maldito había tenido más devaneos que una prostituta Haradrim.

[Editado por seregruin el 16-11-2004 07:26]

Seregruin

A esa altura de la noche oscura, y decisiva, se le ocurría una imprudencia dedicarse a adivinar en qué pocilga Seredhel estaría restañando sus heridas y calentado la cabeza de sus seguidores. Y con toda claridad se le aparecía que ya era imposible detener el alzamiento que él mismo había regado de oro hasta el día anterior: lo podía sentir en el ambiente cargado de muerte del salón de la Posada. No le restaban alternativas para salvar la cabeza, sólo ponerse decididamente del lado de los Señores de Nurn. Como si lo decidiera de una vez y para siempre. Pero la situación se le presentaba más compleja aún: de hecho, una simple resolución como ésta bien podía no bastar.

Seregruin no acertaba aún a calibrar la magnitud de los problemas que la captura de Kramyr le podía generar. A esa altura de la noche el espía podría haber confesado demasiado. Mucho era lo que sabía, y mucho más lo que podía fabular: el príncipe de los espías tenía fácil la palabra, no en vano se había ganado un nombre, y sabía venderse al mejor postor, sea éste quien fuere. Porque, aunque odiara profundamente a Nurn y a sus Señores a causa de las humillaciones y de las torturas padecidas -que le habían costado dos brazos y una vida-, Kalemba sabía que unas pocas palabras de halago y algunas monedas de pago podían ejercer el efecto de una franca reconciliación entre Kramyr y los nurnitas.

“La única conducta posible de aquí en más -se repetía Seregruin-, es ganarse a sangre y espada la confianza de las Damas venidas de Narmelost, de inmediato y sin medias tintas. Y combatir la revuelta con convicción, desde el mismo momento en que asome la sucia cerviz.”

Pero algo lo preocupaba aún, al punto de obsesionarlo: la fortaleza y resolución que Lómine Anamoriel había demostrado pocos minutos atrás, en aquél mismo sitio donde su destino se decidía una vez más. Lo sucedido allí le había desengañado acerca de la calidad de las Damas: algo de desmesurado poder había en ellas, y era insensatez negarlo a la vista de aquella matanza. La previsión de lo que aquellas dos elfas podrían hacer en defensa del Señorío de contar tan sólo con un pequeño ejército de fieles a su lado lo dejaba sin resuello ni alternativa. Le iba a ser preciso desarticular cualquier fuerza leal a las Señoras que la Torre del Concejo pudiera albergar: debía conseguir que las Damas se sintieran acorraladas y que se vieran obligadas a buscar refugio junto a él en Túrelost… y lograrlo antes de que alguna noticia proveniente del Matûrzogh arruinara su lance…

Mientras algunos improvisados mensajeros abandonaban de madrugada el fétido establecimiento que supo ser el antro más concurrido de la Isla, en una furiosa carrera hacia las distintas guarniciones de la ciudad, Seregruin y sus mercenarios partían en dirección a la Torre con no menor celeridad. Los acompañaba un pequeño escuadrón conformado por la vieja servidumbre Haradrim de Kalemba, armada de cuchillos de cocina y espadas cortas, que apenas había tenido tiempo de cubrir su desnudez. El dispar grupo tuvo apenas un par de escaramuzas menores en su camino, culpa de algunos soldados borrachos que ya prefiguraban el alboroto por venir.

Seregruin y los suyos no se demoraron más que un par de horas en la Torre del Concejo. Después de dispersar a las tropas leales a Nurn, enviándolas a las demás guarniciones con la argucia de que el Concejo sería el primer blanco de los rebeldes, y que la reconquista debería tomar por sorpresa a los atacantes -además de que allí serían un objetivo fácil-, dejaron el cuidado provisional de la Torre y de las Señoras en manos del Sargento Huan, un compinche de Seredhel de pocas luces y gran ambición. Toda la operación se realizó con el más absoluto sigilo y sin que las Damas alojadas en los pisos superiores lo notaran. El único inconveniente lo constituyó la esperable oposición del Capitán de la Torre, así como de otros altos oficiales, a abandonar su misión. Pero fueron retenidos en la sala donde se les intentó convencer, y aquellos que insistieron en su negativa fueron expeditivamente asesinados por los compañeros de Seregruin.

Sabiendo muy bien lo que hacía al dejar a Huan al mando de la situación, pero sin que éste supiera que Kalemba sabía, Seregruin partió de regreso a su refugio haciendo votos por la seguridad de Lómine y Allase y recomendando al Sargento que las enviara a la brevedad a Túrelost, que él debía organizar la resistencia en otros lugares y no podía perder más tiempo, que ya bastante se había demorado con tanta discusión y resistencia por parte de esos jefes que pretenden saber lo que hacen pero que no hacen más que cometer errores fatales, véase sino lo que ha ocurrido esta noche. De no creer, le contestó Huan, sinceramente sorprendido de su buena estrella.

Pero Seregruin ya no lo oía, porque sentía al amanecer ansioso por mostrarse y quería recibir a las Damas limpio y rasurado, vistiendo todas sus galas militares. Por esto el camino de regreso se le hizo muy rápido y olvidable. Tan sólo un par de encontronazos que le costaron seis Haradrim mal armados y ya pudo echarse unos minutos en la tina de plata, con agua caliente y sales: una distensión que le hacía falta como nunca.

[Editado por seregruin el 16-11-2004 07:28]

Seregruin

Seregruin aspiró profundamente el aire de la mañana de aquel día decisivo y golpeó su pecho. Luego, sin dejar de observar la magnífica panorámica de la ciudad convulsionada, se desajustó el cinturón de cuero y sacó su cota de ajustados anillos por sobre su cabeza. Aclaró su garganta, se volvió, y salió a la explanada reacomodándose displicentemente las vestiduras, a la vez que tomaba un aire de lo más distraído. Saludó con una enorme sonrisa autosuficiente la aparición de las Damas Elfas que subían, desafiantes, los escalones de la atalaya. Y que venían escoltadas muy de cerca por Beriel y la guardia mercenaria.

“Están a la defensiva, recelosas y desconfiadas. Y se sienten en inferioridad de condiciones” –evaluó Seregruin para sí mientras terminaba de reajustarse el cinto.

“He conseguido atemorizar a estas dos grandes Señoras de Nurn” -concluyó, triunfal. Y sintió la gloria de un trabajo bien hecho.

Descendiendo lenta y pausadamente desde la atalaya, su ego se relamía apreciando la terrible belleza de las Damas, portadoras de un oscuro poder que era tan palpable como el infinito enojo y fastidio que aquella situación les provocaba. Y al hundir la mirada en aquellos ojos malignos e inmortales; los grises sedientos de sangre y matanzas; los verdes, de muerte y venganza; Kalemba sintió que algo verdaderamente nuevo estaba tomando un lugar en su vida.

Conservando unos escalones de diferencia en su favor, Seregruin se detuvo en el rellano y ocultó un colgante de obsidiana y oro macizo bajo la cota y el jubón.

-Bienvenidas sean Sus Oscuras Majestades –saludó, procurando que no le fallara la voz en aquel crucial encuentro-. Ruego sus disculpas por no haberlas podido recibir en un momento más distendido y feliz, pero la ciudad se halla en un día crucial, como sabrán; y mi misión es protegerla de los sublevados para mayor Gloria de Nurn. Es por esto -y lamento profundamente no poder compartir con Sus Majestades algo más de su valioso y apreciado tiempo-, que debo partir de inmediato con mis tropas hacia la Ciudad.

Con un estudiado gesto de complicidad, agregó:

-Sabrán Uds. comprender -y, haciendo una seña a los soldados que aguardaban escaleras abajo, se dispuso a marchar-. Por cierto, pueden permanecer aquí: disponen de una excelente vista para seguir los pormenores de la batalla.

Seregruin dio un paso para retirarse, sin advertir que una de las Damas notaba una reciente, y delatora, mancha de sangre en la puntera de su bota derecha.

Toda la guardia leal acantonada en la ciudad aguardaba la señal que anunciara la llegada de Kalemba y sus mercenarios a la batalla para tomar su lugar en la contienda.

[Editado por seregruin el 18-11-2004 08:09]

Shulak

Antes que nada debía saber si había habido \"traición\" en la tropa, porque los nombres \"dados\" por el espía no significaban nada, sólo que sí existía una conjura, una traición, pero poco más. Tanto podían ser los conspiradores como los leales.

Así que, en perfecta formación, los 180 soldados (70 arqueros y 110 soldados de infantería) iniciaron la marcha hacia el Consejo.

Pasos largos y acompasados, armaduras negras tintineando y brillando bajo en sol naciente, rostros duros e impasibles... la tropa avanzaba por las estrechas calles del puerto ante la mirada incrédula de los porteños.

Un rumor se había extendido hacía días por toda la ciudad, palabras de revuelta, pero sólo ahora veían su alcance, sólo ahora sabían que la muerte les rondaba, que habían convocado, sin quererlo, la oscuridad de Nurn. Sólo ahora veían que sus vidas apacibles, sus vidas disolutas y relajadas estaban a punto de verse invadidas por la oscuridad del Clan, ... bajo cuyo poder vivían, pero que la distancia a la capital y el carácter natural de marineros y comerciantes, hacía diluir como en un sueño lejano. Un Sueño que ahora, el retumbar de los pasos de los soldados de Nurn estaba convirtiendo en pesadilla.

La calle que embocaba al edificio del consejo era más ancha que las comunes y se habría al final en una amplia plaza que daba entrada al impresionante edificio. No era una fortaleza, pero sus muros eran gruesos y estaba reciamente protegido. No muy lejos se vislumbraba el perfil de los cuarteles (también habría que vigilarlos).

La tropa se detuvo en la plaza, distribuyéndose para un posible ataque: los arqueros detrás y la infantería, con los escudos preparados, en la vanguardia.

Un soldado se adelantó. Gritó con voz de mando -¡Abran las puertas del Consejo a un Señor de Nurn!- Por única contestación una lluvia de flechas voló hacia el heraldo, la mayoría rebotó sobre la gruesa armadura, pero una mordió la carne, en el cuello, entre la coraza y el casco. El soldado cayó entre el grito jubiloso de una tropa que no se dejaba ver.

-Bien- se dijo Shulak -ya hemos aclarado una cosa-. Y miró con una sonrisa a sus soldados.

Mientras se desataba la gran caracola de la cintura gritó con una voz como no se había oído jamás en la ciudad, una voz profunda y potente, una voz de general. Gritó para que se lo oyera desde el Consejo, para que se le oyera desde los barracones -Demasiado tiempo, esta ciudad de Túrelondë, ha vivido de espaldas a sus señores... Demasiado tiempo, esta ciudad de Túrelondë, ha creído ser libre...- Hizo una pausa, y recomenzó con furia- ¡Esto es NURN! ¿Qué os habías creído? Estúpidos bastardos, ¡Esto es NURN!,... y hoy, hoy lo comprobareis. Hoy Túrelondë arderá bajo la furia de Nurn. Hoy sabréis, cuando vuestra carne arda, cuado vuestros huesos sean triturados... cuando os convirtamos en carne muerta, que los Señores no comparten su poder, que los Señores mandan sobre Nurn, y sabréis que, mejor habría sido no haber nacido, que mirar con arrogancia a un Señor de Nurn... Por que hoy... hoy habéis desatado la furia del Clan.-

Se llevó el cuerno a los labios y sopló con fuerza. Un sonido oscuro brotó de la concha y se extendió por toda la ciudad. Llegó hasta el Matûrzogh confundido con el sonido de las olas. Con una sola orden del capitán fue suficiente. Tres catapultas se dispararon. El fuego salió volando entre el chasquido de las máquinas de guerra.

El primer blanco fueron las torres que defendían el puerto. Piedra contra piedra, y el fuego se derramó chisporroteante.

Shulak, al mismo tiempo, dirigió la tropa hacia los barracones. Cruzaron la plaza, dejando a la izquierda el Consejo, con largos pasos de fiera sanguinaria, la muerte brillaba en los ojos de todos los soldados.

La matanza comenzó. En los barracones muchos aún dormían, y la mayoría estaban desprevenidos -Malditos vagos- Pensó Shulak- Esto será una buena purga. Las costumbre relajadas ablandan a los hombres, esta chusma no es digna de llevar las armas de Nurn.-

El pánico se apoderó de los cuarteles, los soldados venidos de la capital se movían en busca de presa, ávidos de sangre, divididos en cuatro pequeñas compañías. Shulak peleaba junto a su guardia personal.

Mientras hundía su sable en las apestosas entrañas de un orco, vio cómo piedras ardiendo se abalanzaban contra el Consejo -las torres del puerto ya han sido inutilizadas- Pensó el hombre dragón al tiempo que el orco se desplomaba bajo su mirada amarilla.

[Editado por elfo_negro el 16-11-2004 12:07]

Lómine

La elfa frunció el entrecejo y su aguda mirada se posó sobre Seregruin, ¿acaso aquel hombre imaginaba que se quedarían allí sentadas observando como la ciudad se sumía en un caos incontrolable? Tendría que ser demasiado iluso, ¿Y si por el contrario intentaba mantenerlas alejadas del conflicto en busca de un beneficio particular? La idea no era tan descabellada, además estaba la mancha en la bota del Numenoreano, una mancha de sangre, seca pero reciente.

-Seregruin –habló Lómine -¿planeas atacar la ciudad bajo tu estandarte en nombre de Nurn? Me parece algo extraño, tal vez noto en ti demasiada lealtad al clan, sin embargo ¿cómo devolver la gloria de los nurnuritas cuando prefieres que dos de sus Señoras permanezcan escondidas tras la seguridad que ostenta esta torre?

El hombre la observaba en silencio pero un movimiento involuntario y casi imperceptible de su rostro dio a la elfa nuevas razones para desconfiar.

-No tememos a la muerte y nuestras espadas están sedientas de sangre así que no esperes que conservemos la calma y nos mantengamos al margen de lo que ocurre, te acompañaremos en esta batalla, lo quieras o no. Además –agregó Lómine en un susurro acercándose a Seregruin –creo que escondes algo bajo tu aparente rectitud, quisiera creer que no tienes nada que ver con este levantamiento pero esa mancha...

La frase concluyó en una sonrisa malévola que dibujó en sus labios, sabía muy bien que aquella maniobra era arriesgada, no por el peligro que les esperaba al enfrentarse cuerpo a cuerpo con los traidores, hombres fornidos y decididos a morir o matar; el riesgo lo constituía la situación en la que se encontraban: no solo la desventaja numérica frente a las fuerzas de Sereguin sino la perspicacia que aquellos ojos revelaban, la astuta inteligencia de un ser al parecer capaz de maquinar una farsa de tales magnitudes como la que podía observarse bajo la colina.

Un estruendo proveniente de los muelles los tomó por sorpresa, las llamas se extendieron con increíble rapidez sobre los tejados de los edificios y la ciudad se vio iluminada por un resplandor macabro; los gritos de guerra seguidos por los lamentos de las victimas, se difundieron por las callejuelas y arrastrados por el viento alcanzaron el albergue.

-Algo pasa en el atracadero –pronunció Allase acercándose a la barandilla que se elevaba sobre aquel extremo de la ciudad –pero mis ojos no alcanzan a distinguirlo, el humo y las cenizas no me lo permiten.

-Es un ataque pero ¿acaso la revuelta puede causar estragos de tal magnitud? Seregruin –Lómine se volvió hacia el caballero -¿De que armas disponen los traidores? Hasta donde sé ningún arco o flecha o artefacto improvisado podría ocasionar tal destrucción. ¿qué nueva sorpresa se oculta a nuestros ojos tras aquel ceniciento velo?

Seregruin

Seregruin recordaría por siempre aquella escena: Allase oteaba el horizonte acodada en la blanca muralla, sus cabellos agitados por el viento bajo el brillante sol de la roja mañana; un paso más cerca, Lómine se dirigía a él, urgida y preocupada, en busca de respuestas, y repentinamente confiada.

Años después de aquel momento, cuando el tiempo ya hubiera mancillado incluso el recuerdo de aquellos días, volvería solitaria la imagen de aquellas dos elfas, y sus fogosos espíritus, bajo el cielo de una mañana fría y lejana, en la terraza de Túrelost la Blanca sobre la Mindon Fain.

Pero su situación no era, en lo más mínimo, un idilio. Aunque las explosiones le habían evitado contestar la incómoda pregunta de Lómine acerca de la gloria nurnita, Seregruin registró que la elfa se había expresado de modo muy ofensivo al llegarse a él y consideró que esto no le auguraba nada muy bueno. Las referencias a su lealtad y a sus estandartes lo habían alarmado, por cierto, pero aún no conseguía desentrañar el motivo de aquellas alusiones.

Ciertamente Kalemba había mandado agregar, en el extremo superior izquierdo del campo azul celeste de su enseña, la llama nurnita… pero posiblemente las elfas no lo hubieran notado. Era plausible, ya que lo que en verdad destacaba era el enorme león cobrizo del centro, de cuyas feroces mandíbulas goteaba la sangre rojo furiosa

Pero, ¿se estaría refiriendo a esa mancha de sangre, la Dama Lómine?...

En definitiva, las palabras de la elfa lo habían dejado con más interrogantes que seguridades. Y ya no había tiempo, ni modo, de considerar el asunto más largamente.

-Ha de ser el fuego del Matûrzogh -contestó mecánicamente Seregruin, mientras en su memoria reaparecían las enormes catapultas sobre la cubierta del navío negro–. Pensé que os encontrabais al tanto de que la nave atracó ayer a mediodía –agregó, remarcando su insolencia con una ceja levantada.

Sin esperar una respuesta, y todavía algo confuso, se inclinó ligeramente sobre el muro a su izquierda: a tiempo para observar por la tronera más próxima cómo la Torre del Puerto de Túrelondë Oriental se derrumbaba sobre sí misma, piedra sobre piedra, ahogando lentamente el griterío agónico de las tropas leales que allí aguardaban la llegada de Kalemba.

-Debemos partir de inmediato –exclamó Seregruin, estupefacto. No había previsto que el Matûrzogh atacara las Torres del Puerto, aún siendo evidente que así lo haría, más pronto que tarde. El primer ataque aliado le había restado una buena cantidad de soldados.

Se incorporó develando un rostro visiblemente alterado y bajó con rapidez los escalones que lo separaban de las Damas. Al pasar junto ellas, y sólo por la necesidad de decir algo más, agregó:

-Si vuestro deseo es acompañarme, dispondremos un estandarte de Nurn en la vanguardia.

Mientras emprendía el rápido descenso de las escaleras pensó que lo que había dicho no tenía sentido alguno.

[Editado por seregruin el 20-11-2004 17:38]

Lómine

Un estandarte ¿hablaba en serio? Aquello no solo era ridículo, era humillante, no necesitaban un estandarte para infundir miedo al enemigo, nunca lo habían necesitado, el solo desenvainar sus espadas ante los ojos de sus opositores era suficiente para que los mas débiles sucumbieran ante el terror de las torturas que se avecinaban. Además aquella gloria no era solo de Nurn, existía en el corazón de Lómine un impulso personal, un nuevo reto del cual vanagloriarse, un deseo egoísta de acrecentar su fama ¿y que mejor que destruyendo a los traidores y a sus cabecillas?

Hasta ahora su enfrenamiento en la Posada del Dúnadan había saciado su sed de lucha pero aquello no había sido más que un simple juego, un ligero entrenamiento para mantener su habilidad en perfecta forma, pero al pensar en Túrelondë, en los cientos de idiotas sublevados que corrían de un lado para otro saqueando y destruyendo y en las fuerzas militares que olvidaron a sus verdaderos Señores, podía sentir como su espíritu la empujaba a la batalla, como sus manos ansiaban blandir a Nwalmë, como su pecho retumbaba al son de los tambores de guerra, no paraba de pensar en la sangre, en su olor, en la fascinante sensación que le causaba el sentir sobre sus dedos aquella sustancia algo viscosa y espesa cuando aun el calor de su dueño permanecía en ella.

Pensar la estaba enloqueciendo, la ciudad clamaba frente a ella la venganza del perjurio cometido, los ejércitos apostados cerca de la torre aguardaban expectantes la orden de atacar, y sobre todo esto podía escuchar el resonar de la voz grave de un nuevo Señor de Nurn embistiendo contra todo lo que se hallase en su camino.

Nurn; las habían enviado para investigar los hechos que acontecían en la ciudad puerto y sin embargo el gran Matûrzogh había atrancado horas antes de su llegada; aquello carecía de sentido, ¿por qué ignoraban las razones por las que tal barco de guerra apareciese en el muelle? Si en Narmelost se preparaba un ataque sorpresivo habrían sido avisadas desde el comienzo, sin embargo... ¿podría tratarse de una coincidencia? Imposible, para Nurn nada era coincidencial, todo hacia parte de un plan predeterminado, ¿entonces que estaba sucediendo en Túrelondë? ¿qué escondía aquella batalla interna? Y la pregunta más importante ¿quién comandaba el Matûrzogh y tales tropas capaces de destruir sin vacilar lo que antes construyeran?

-Esto no me gusta para nada –murmuró a Allase –demasiados secretos, demasiadas irregularidades.

-Deja eso para después –respondió la elfa –ahora solo debemos preocuparnos de Seregruin y sus hombres, lucharemos junto a ellos pero no debes dar la espalda ni una sola vez, no confió por completo en él.

-Ya veremos como responde al desafío que se presenta ante sus ojos, aunque estoy segura que este extraño hombre nos podría dar algunas sorpresas convenientes.

Shulak

Las llamas lamían las piedras y se elevaban, muy rojas, por encima de las almenas del Consejo. Un humo muy negro, que ascendía hacia el cielo, quería tragarse el rojo del fuego.

Las puertas del Consejo se abrieron, y decenas de soldados salieron desesperados a la plaza. El fuego del Matûrzogh había caído certero y el consejo estaba completamente en llamas, si se quedaban ahí, no podrían esquivar la muerte. Salieron pues, dispuestos a enfrentarse a su destino, dispuestos a vender cara su piel. Iban bien armados y, dada ya su vida por perdida, dispuestos a enfrentarse cara a cara a Nurn,... salieron, terribles.

Mientras tanto la matanza continuaba. Los soldados de los cuarteles se habían organizado y defendían sus vidas con valor, pero con poca fortuna, porque los soldados desembarcados eran fuertes y diestros, y superaban en mucho a los \"defensores\".

Shulak mostraba un aspecto horroroso: impasible se desplazaba por el patio de armas, buscando víctimas. Las ropas y el rostro cubiertos de sangre negra, sus ojos amarillos destacando, puros y extraños, sobre su rostro manchado. Gritos de dolor se elevaban, esparciéndose por toda la ciudad, mezclándose con los ruidos de la revuelta.

Cuando todo parecía decidido, cuando los \"defensores\" habían sido prácticamente exterminados, los defensores del Consejo llegaron por la retaguardia. Debían ser unos 100 que, junto a los más de 70 que debían quedar con vida en los cuarteles, superaban en número a los hombres de Shulak, de los que, tras la dura batalla, sólo unos 120 estaban en condiciones de luchar. Pero eran soldados de Nurn, y no se arredrarían ante esos traidores debilitados por la molicie.

Shulak reorganizó las fuerzas y lanzó a sus soldados contra los traidores. De nuevo se volvió a alzar el ruido de la guerra, y el sable de Shulak volvió a volar, volvió a cortar.

Y todos le rehuían, porque sabían que era un Señor de Nurn, y adivinaban su fuerza más que humana, y temían su negro corazón, más negro que nada que antes hubieran visto.

Seregruin

Los bronces sonaron ensordecedores en la joven mañana, marcando el arribo del León de Cobre al pie de las murallas de Túrelondë, vieja y poderosa ciudad, la más convulsionada de aquellos días oscuros en aquel oscuro rincón de Arda. Los enormes portones de hierro de la Puerta Sudeste se abrieron, obedientes, a la llamada de Kalemba. El tumulto cesó en los alrededores y el júbilo hizo su arribo al otro lado de los muros: leales y rebeldes creían que los mercenarios venían en su apoyo.

La entrada de la formación en la ciudad fue triunfal para algunos, y mortificante para otros: Kalemba la encabezaba, centelleante su cota plateada y erguida su testa bajo un poderoso yelmo númenóreano; lo flanqueaban las Damas Lómine y Allase, portadoras del terror de los súbditos nurnitas; y sobre ellos, la enorme Llama de Nurn y el León de Cobre, lado a lado y combatiendo al mismo enemigo, que huía -como podía- a medida que ellos avanzaban.

Poco a poco los defensores del Señorío se iban reagrupando y salían de sus barracas para sumarse a la hueste de los Señores de Nurn -Seregruin sonrío cuando este pensamiento asomó bajo el yelmo de Oesternesse-. La voz que alertaba sobre la llegada de refuerzos a las menguadas tropas del Matûrzogh (que en aquel momento se debatían, rodeadas por los cuatro flancos, en la Plaza de Maniobras) corrió junto a los rebeldes que huían desde el sur. Otros alzados, por el contrario, cambiaban de bando tan rápido como podían: de saquear las barracas o quemar la flota, se sumaban prestos a la marcha del León y la Llama, alegres y ávidos de continuar con matanza de sus compañeros.

Al llegar al cruce de caminos vecino a la Plaza de Maniobras, allí donde el Camino del Este encontraba el del Sur, y ambos se fundían en el Camino del Puente, se detuvieron, aún sin haber derramado más que unas pocas gotas de sangre rebelde en lo que hasta allí parecía un desfile triunfal.

A su diestra, el combate continuaba, sangriento y feroz, entre Huan y los rebeldes y Shulak y los nurnitas; tras el tumulto aquel, la Torre del Concejo ardía irremediablemente, y el fuego comenzaba a saltar de techo en techo hacia la zona de las barracas al norte. Sin embargo, la atención de todos los recién llegados estaba puesta en el Occidente: viniendo desde allí marchaba un enorme ejército rebelde que cubría todo el ancho del puente.

A la cabeza cabalgaba Seredhel, pagado de sí mismo, y sonriente su rostro descubierto. No se había contrariado al ver los estandartes que el ejército de Kalemba portaba: estaba tan confiado del apoyo de su mentor que lo creía una ironía más, de esas a las que el mestizo lo tenía acostumbrado. Sin embargo, al advertir que allí estaban también las elfas, furiosas y ansiosas por rebanarlo en pequeños torzos, su rostro se demudó y el andar de su montura se hizo más lento: parecía estar considerando la posibilidad de una traición, pero aún sin convencerse del todo. “Tal vez Kalemba se guarda un as en la manga” debió de haber pensado entonces.

Haciendo una seña para apaciguar los ánimos rebeldes, Seredhel se acercó al galope hasta donde el Puente tocaba tierra firme. Mientras el númenóreano descendía de su caballo, Seregruin se deshacía del yelmo y con un gesto les indicaba a las elfas que se contuvieran y lo dejaran parlamentar.

Kalemba se aproximó al cabecilla de la rebelión espada en mano y dejando a su tropa y a las Damas detrás, expectantes.

[Editado por seregruin el 07-02-2005 06:14]

Lómine

Los ojos de Lómine, oscuros, resueltos y llenos de odio, no se apartaban de desgarbada y vulgar figura de Seredhel; por mucho que aquel hombre intentase parecer altivo y orgulloso no dejaba de ser un simple bandido vestido con trajes y armaduras finas, cabalgando con la gracia de un orco sobre un corcel aparentemente de mejor linaje que su jinete. Su andar dubitativo, su altanera y esquiva mirada, y su rostro deformado por una mueca de victoria le causaban a la elfa tal repulsión que habría preferido lanzarse hacia él y cortarle de un tajo la cabeza, pero era evidente que Seregruin deseaba intercambiar algunas palabras antes de permitir que tanto ella como Allase lo hicieran pedacitos.

Desvió su mirada hacia Seregruin, aquel hombre de cabellos desordenados e imponente fisonomía; en un principio le había parecido tan ramplón como Seredhel pero ahora podía distinguir en él cierto aire de grandeza y majestad, su porte, el control de sus emociones, su audacia e inteligencia, todo ello le recordaba a los antiguos Hombres habitantes de Atalantë... no le disgustaba su presencia, incluso podría pensarse que le era agradable, tal vez era la astucia que se evidenciaba en sus gestos, en sus palabras, tal vez la malicia con la que manejaba las situaciones, o tal vez era el simple hecho de conservar su orgullo, aun en frente de un enemigo tanto o mas poderoso que él mismo.

Un movimiento inesperado de su caballo la sacó de sus profundas reflexiones y la devolvió al campo de batalla; Seredhel se encontraba bastante alterado y la conversación parecía tomar otros tintes mas amargos, Seregruin sin embargo conservaba la sangre fría, era fácil distinguir el desespero que se apoderaba de Seredhel al manotear y amenazar al aire como si fuese aquel su enemigo mientras que Kalemba solo encendía el fuego de sus ojos, ningún otro gesto se escribía en su rostro. De repente los caballos se apartaron y el brillo del acero centelleó a la luz crepitante de los incendios que devoraban la ciudad, Seredhel se encogió como herido por un rayo y un hilo escarlata brotó bajo su traje, los insultos no se hicieron esperar y el ejercito que aguardaba a la espalda del traidor se levantó enfurecido amenazando con barrer a sus enemigos y con ellos lo poco que quedaba de Túrelondë.

Pero Seregruin continuaba impávido y la curiosidad de Lómine aumentaba con cada segundo ¿qué era lo que pasaba entre ellos? En un principio era evidente la cercanía de ambos comandantes aunque se encontrasen en bandos opuestos, pero ahora una brecha insondable se abría entre ellos, aumentada por el hecho de que Seredhel fuese herido por Kalemba. El clamor de sangre se alzó en himnos de guerra y los caballos excitados lanzaron al aire un relinchar sobrecogedor, en la lejanía se escucharon los cantos de Nurn y sobre ellos la voz de El Destructor.

-Shulak, así que eras tu... –murmuró Lómine con sarcasmo –ya veremos que tal resulta el luchar juntos, aunque estoy segura que a ti no te agradará la idea...

Seregruin

Seregruin no descendió de su montura una vez que tuvo a Seredhel frente a sí. Tan sólo dijo, fingiendo irritación y sincerando su desprecio:

-Me has traicionado. Pretendes deshacerte de mí una vez que hayas ganado la Torre.

Y ante la incipiente negativa del númenóreano, agregó con tono resuelto e imperativo:

-Ya no tienes mi apoyo. Huye, si crees que puedes escapar. O ríndete ahora, y tal vez pueda hacer algo para salvar tu cabeza.

Seredhel pareció enloquecer entonces: se desgañitaba, enfurecido, hendiendo el aire viciado de humo con sus puños vacíos. Era un númenóreano de sangre, más alto y fornido que Kalemba, de largos cabellos negros y malditos ojos grises. Pero entonces parecía sólo un chiquillo al que le hubieran quitado el juguete: gritaba incoherencias e insensateces, amenazas y lastimeros plañidos por igual; pero Seregruin no respondía, sabía que el traidor, en su fuero íntimo, no acertaba aún a decidir si aprovechar la furia de su tropa y jugarse a todo o nada en este último lance; o volver al redil y suicidar todos sus sueños estando a un solo paso de la gloria.

Kalemba lo observaba en silencio y, no sin un dejo de ironía, deseaba que el númenóreano (hasta hoy administrador de Túrelondë Occidental) decidiera su destino por sí mismo, sin intervención de su parte. A decir verdad, a Seregruin le convenía un Seredhel que le debiera la vida -y que posiblemente pagara sus culpas en alguna destinación de mediana importancia- a uno muerto y descuartizado, silencioso sí, pero inútil.

La paciencia del mestizo se quebró cuando el númenóreano lo insultó. Un rápido movimiento de su brazo rajó la mejilla izquierda de Seredhel, de abajo hacia arriba, sin que ningún ojo alcanzara a seguir la trayectoria del filo: apenas un destello en medio de la humareda negra… y el rojo brilló en el rostro y en los ojos del traidor.

-No has malgastado el oro que te he dado –agregó Kalemba-, tu tropa es bastante vistosa. Pero sabes que no son nada frente a los míos. ¡¡Decide ya!!

Seregruin tomó el yelmo de entre sus piernas y lanzó una última y furibunda mirada al Capitán Seredhel.

Detrás de ambos crecía el clamor de sus respectivos ejércitos aproximándose a gran velocidad.

Lómine

La primera fila de las tropas de Seregruin intentaban con dificultad controlar la marea de caballos y jinetes enfurecidos y sedientos de venganza, pero las ordenes eran claras, hasta que Kalemba, o en su defecto aquellas Señoras, diesen la voz de avanzar sobre el enemigo habrían de aguardar en posición. El bando contrario se encontraba en situaciones muy similares, al parecer los hombres de Seredhel no osaban adelantar sin el consentimiento de su jefe y este continuaba enfrascado en una discusión un tanto ajena al conflicto.

La tensión aumentaba, las fuerzas del Matûrzogh no detenían su arremetida contra las fuerzas opositoras y sus gritos y cánticos alteraban aun más los ánimos de las tropas. Por un momento pareció que la línea de contención Nurnurita desaparecería aplastada por los cascos de aquella legión enardecida pero la mirada fría y amenazante de Lómine aminoró un tanto la excitación de sus subordinados.

De repente, y ante los sorprendidos ojos de aliados y rivales, Seredhel inclinó la cabeza en reverencia a los estandartes del León Cobrizo y la Oscura Llama para luego ubicarse al lado de Seregruin dando la espalda a sus antiguos compañeros. La multitud estalló en insultos y mofas pero ante una señal de Kalemba se hizo el silencio.

-Señoras –exclamó a voz de grito Seredhel –he cometido un terrible error, he permitido que estos bribones me engañasen y sembrasen en mi el descontento con vuestro clan, mi propio clan, nuestros sabios y condescendientes gobernantes; pero Seregruin me ha rescatado de los oscuros abismos del orgullo para enseñarme una vez más la gloria de Nurn. Deseo entonces que me permitáis redimir mis errores luchando a vuestro lado, recuperando la ciudad para entregarla nuevamente a sus verdaderos dueños.

Lómine no ocultó una mueca de repulsa, habría preferido cercenarle las extremidades con dagas sin filo, sacarle los ojos con una cuchara y luego desangrarlo poco a poco hasta escuchar su último suspiro, pero ahora se encontraba frente a ella presentando una excelente actuación de arrepentimiento y ansiando el perdón. ¿Acaso ignoraba que en Nurn no existía el perdón? Nada la obligaba a aceptar su ofrecimiento, no existía ley alguna que atara sus actos así que ¿por qué no terminar con él de una buena vez? Llevó su mano a la empuñadura de Nwalmë pero justo cuando se disponía espolear a Nuruhuinë Allase levantó la voz.

-Traidor. No es el momento de juzgar tus actos porque puedes sernos de gran utilidad sin embargo no quedará impune tu perfidia. Lucha con nosotros ahora y ya decidiremos luego que castigo imponerte.

La lucha estalló tras las palabras de la elfa, las tropas se lanzaron una contra otra y el choque de fuerzas fue colosal; las espadas y los mazos, las flechas y las hachas, todas las armas danzaban ahora ante la melodía de la muerte en una coreografía macabra y letal; Por fin la sangre correría con el ímpetu de los grandiosos Nen Girith y Morelimbar bañando las calles de Túrelondë y tiñendo de escarlata las grises lajas que enlosaban los caminos. La crueldad de Nurn se había desatado.

Shulak

Sin duda la batalla se había extendido por toda la ciudad y, por los ruidos que llegaban hasta los cuarteles, algo más que populacho enardecido estaba empuñando las armas: ruido de caballería y poderosos repiqueteos de espadas sonaban no lejos de allí.

Mientras Seregruin y las elfas de Nurn se enfrentaban a la tropa de Serendhel las compañías que dirigía Shulak se habían hecho con el control de la zona. Pocos soldados \"enemigos\" habían sobrevivido y el gemido doloroso de muchos se elevaba ensordecedor... y cerca resonaba la batalla.

-Esto aún no ha acabado- gritó Shulak a sus soldados y, con un gesto puso de nuevo en marcha a sus hombres.

Unos pocos se quedaron controlando el territorio conquistado, y \"entreteniéndose\" con los enemigos heridos. La mayoría, ahora reducidos a una simple compañía, se encaminaron hacia la fuente de los ruidos, hacia la batalla.

La lucha que habían sostenido había sido muy dura y ahora, ese breve trayecto, realizado a grandes zancadas, les estaba devolviendo el aliento.

Todos tenían caras fieras y miradas de fuego, la sangre ajena se coagulaba en sus armaduras.

Allí, al fondo, vieron la batalla.

[Editado por elfo_negro el 26-11-2004 11:50]

Seregruin

Seregruin oyó la infame súplica de Seredhel con una sonrisa en los labios. Tan gozosa era su expresión que el yelmo númenóreano apenas la podía ocultar. Su mirada, sin embargo, estaba pendiente del ejército rebelde, y de la inquietud que se había apoderado de ellos. Porque aunque no pudieran oír la claudicación de su comandante e inspirador, la estampa de Seredhel inclinándose ante los estandartes enemigos y presentándole repentinamente las espaldas a su propio ejército no se prestaba a confusión alguna.

“Una vez que uno ha traicionado, ya nunca puede detener las traiciones sucesivas” recordó Seregruin el viejo adagio númenóreano. Y pensó que no había nadie sobre Arda que nunca hubiera traicionado en su vida, que todos éramos hijos y padres de la traición. Y que el viejo refrán no era más que una perlita de muestra de la hipocresía Adûnaic, que se pretendía (¡a esta altura del milenio!) pura e incontaminada.

El desconcierto cundió brevemente entre los alzados y, aunque muchos clamaran venganza a la traición de su Capitán, o confirmaran su odio eterno a los Señores de Nurn, muchos otros echaban a temblar como polluelos, y no faltaban los que arrojaban las armas y huían, presas del pánico. Pero la incertidumbre no duró mucho entre los alzados, alguien entre los Poderes hubo de apiadarse de aquellas víctimas que encontrarían una muerte rápida aunque dolorosa.

Porque no hubo tiempo para que los cientos de espíritus rebeldes, la mayoría de ellos borrachos ya sin retorno, reconsideraran su situación y se rindieran humillados: antes de que esto sucediera tuvieron ante sí la terrorífica visión de la cabalgata de los Señores de Nurn viniendo por ellos, sedientos de sangre y castigo para los sublevados, así como de sano entretenimiento destructivo para aliviar las tensiones de aquellos días.

La tropa de Seregruin se había desplegado, y también alcanzaba a cubrir el ancho del puente; pero su apariencia era muy distinta de la de los hombres y orcos temerosos y alcoholizados que los aguardaban –al borde de la locura- en medio de la calzada: en la primera línea cabalgan las Damas Lómine y Allase, de una negrura radiante y mortífera; y Kalemba, transmutado en un Occidental de los de antaño; y Seredhel, que a fin de cuentas era quien los había llevado hasta allí; y Beriel con sus mercenarios orientales; y otros cientos de soldados expertos en cien batallas, y anhelantes de cien batallas más.

La Masacre del Puente sería recordada por muchos años, tanto como los castigos que se impusieron a la Ciudad una vez sofocada la revuelta. Porque con aquel enfrentamiento no acabó la Revuelta Frustrada de Túrelondë.

A medida que las espadas leales seccionaban las extremidades de los complotados, y los cascos de sus monturas pisoteaban cadáveres y moribundos en una frenética carrera de exterminio total, la retaguardia rebelde huía de la avanzada de los Señores y corría a ocultarse en los antros que atestaban las indescifrables callejuelas de la Isla.

Shulak

Los caballos, de mirada enloquecida y de pelo reluciente bañado de sudor, pisoteaban a los heridos mientras los jinetes, empuñando brillantes espadas, mataban sin piedad. La sangre se derramaba sobre los adoquines y se deslizaba hasta el río. El pánico se había apoderado de los conjurados y huían aterrados, escondiéndose en los tortuosos callejones del puerto.

Shulak y su tropa llegaron cuando la batalla acababa, y no intervinieron, se limitaron a observar, a esperar que el fragor se redujera... para buscar una explicación.

Los vencedores eran un grupo curioso, formado por soldados que parecían pertenecer a distintos ejércitos, con variados uniformes y estandartes..., los que huían, los que morían, no eran más que borrachos y soldados que habían pertenecido a Nurn (algunos lucían la Llama de Muerte en su pecho).

El hombre dragón miraba con curiosidad la escena y, de no haberlo conocido, podría decirse que se deleitaba en la muerte y en la traición.

Cuatro figuras llamaron la atención de Shulak: dos elfas y dos humanos. Dos Señoras de Nurn y dos desconocidos. Allase y Lómine... oscuras y sanguinarias, de ojos claros y fríos, matando con placer.

Mientras la batalla acababa Shulak se agachó junto a un cadáver. El muerto llevaba el uniforme de Nurn y tenía el cráneo hendido por un golpe de espada. Limpió cuidadosamente su sable con la ropa del soldado muerto y lo envainó.

Pensó que sería conveniente lavarse y lavar su ropa. No le gustaba que lo vieran cubierto de sangre, su aspecto era demasiado terrible y sabía que su \"humanidad\" se difuminaba... y eso no lo quería, incluso en Nurn debía guardar las formas. Debían ver en él a un guerrero terrible, eso sí, pero no debían recordar quién era en realidad: Un hombre dragón, un hijo de Melkor, creado con el único propósito de acabar con todo tipo de civilización.

Por fin la batalla cesó. Los caballos piafaban excitados por la muerte y por la victoria.

-Con cuidado soldados, ha habido demasiada traición en esta ciudad, quedaos aquí, a distancia de tiro flecha, a la más mínima señal disparad contra los capitanes... pero aparentad relajamiento-

Dicho esto se dirigió, a pié, al grupo de jinetes. Sus ojos de dragón brillaban recortándose sobre el rostro tintado de sangre cuando dijo desde una prudente distancia de 4 metros -Buenas y sangrinetas mañanas, Señoras de Nurn- e inclinó la cabeza un tanto teatralmente... y observó a los dos humanos y su extraño estandarte. -cosas extrañas han pasado en esta ciudad- pensó Shulak -cuando los Señores luchamos bajo estandartes extraños contra nuestras propias tropas-.

Lómine

La fría hoja de Nwalmë no resplandecía más bajo la luz mortecina de la mañana, la sangre formaba sobre ella una capa oscura y siniestra; Lómine la observaba embelesada y en su rostro se leía la satisfacción y la victoria, parecía haber perdido la maldad y haberse convertido en una simple pequeña a la que acaban de regalarle un nuevo y maravilloso juguete, cualquiera que la hubiese visto y no supiese nada de ella, podría asegurar que la luz y la bondad aun la habitaban. Pero la voz grave y gutural del hombre-dragón le devolvió su oscuro aspecto.

-Alasse’ Aurë Shulak –pronunció en el idioma de su raza –diría que me alegra verte pero tu presencia solo genera en mi mas interrogantes de los que hasta ahora me habitan. Sin embargo veo que lograste contener y masacrar gran parte de la turba enloquecida que azotaba a la ciudad.

La elfa se apeó de su caballo y se acercó a Shulak, el aspecto que presentaba era aterrador, su monumental cuerpo cubierto de sangre, sus enormes manos empuñando aquel poderoso sable y ese par de ojos reluciendo en medio de la confusión. Para entonces los Señores de Nurn se habían acostumbrado a tal presencia amenazante, o por lo menos lograban sobreponerse con rapidez a la impresión que él provocaba al luchar en cualquier batalla; entonces recordó a Seregruin y Seredhel y su naturaleza curiosa le hizo voltear para ver sus expresiones, y tal como lo imaginara ambos Hombres presentaban una mueca de desagrado, respeto, miedo y angustia frente a Shulak. Una carcajada brotó de su garganta sorprendiendo aun mas a sus pobres acompañantes, incluso Allase se vio alterada por tal actitud.

-Te preguntarás quienes son ellos ¿no es cierto? Pues verás, sus nombres son Seregruin y Seredhel –Continuó Lómine señalando a ambos caballeros y la voz se le hizo amarga al pronunciar esta última palabra –Ambos han luchado a nuestro lado... bueno, Seredhel solo lo ha hecho al final de la jornada. Al parecer hacen parte de los pocos siervos fieles que conserva Nurn aunque algunos cabos sueltos me impidan estar segura de ello.

Recordó la mancha en la bota de Seregruin y un brillo siniestro apareció momentáneamente en sus ojos, pero al volverse a Shulak vio como este fruncía el entrecejo, ¿acaso sabía él algo que tanto ella como Allase ignoraban?

Seregruin

La furiosa arremetida había llevado, a golpes de espada y escudo, a la vanguardia del ejército de Kalemba hasta la Plaza del Mercado, en el centro mismo de la Isla. Allí fue donde los capitanes detuvieron a sus cabalgaduras, y donde comprobaron que no había enemigo alguno por masacrar que no hubiera fugado ya. Detrás de las tiendas vaciadas y derruidas, y por entre las columnatas de la plaza, surgían brevemente, y desaparecían, las estrechas y retorcidas callejuelas de la Isla, inmejorable refugio para los sobrevivientes de la venganza de Nurn.

Al volver la vista hacia atrás, Seregruin se deleitó con el fastuoso tendal de cadáveres que cubría el extenso puente hasta donde alcanzaba la vista. Que no era mucho, por cierto: la brillante mañana había sido eclipsada casi por completo a causa de las negras humaredas que invadían tanto la ciudad como sus fosas nasales.

Pero su alegre talante se desvaneció en contados segundos. Entre el griterío de los moribundos y de los victoriosos, y apenas sobre el tumultuoso latir de su corazón devuelto a los placeres de la guerra, Kalemba sintió el desenfrenado tronar de unos tambores… una sensación inexplicable y turbadora que lo arrastraba en su virulencia, devolviéndole la oscura excitación de algún rito salvaje en honor del Innombrable, retrotrayéndolo a la mágica experiencia de los sacrificios malditos, más antiguos que la misma Humanidad. Y, aunque Seregruin sabía que aquel tronar era producto de su imaginación, los tambores sonaban reales, ensordecedoramente reales, contagiándole su crescendo apocalíptico, despiadado, ominoso y fatal.

Entonces lo vio, surgiendo de entre la negra humareda que los vientos del sur barrían, caminado sobre los cuerpos mutilados de cien hombres y bestias, bañado en la sangre de sus víctimas, e impasible… inhumanamente impasible. Aquel demonio era quien traía los tambores consigo, el terror preterhumano, el fin de toda vida y paz.

Seregruin quedó subyugado. Las elfas eran poderosas y oscuras, dignísimas hijas de su raza inmortal (y desconocida para Kalemba), pero aquella bestia de apariencia levemente humana, que se aproximaba a grandes zancadas por sobre la carnicería del puente, era de otra naturaleza, cría de una maldad más antigua y eterna, capricho bestial de un odio tan radical como inextirpable de la faz de Arda, un juguete maldito de los Poderes Oscuros decidido a jugar con los Hijos de Ilúvatar a su capricho.

Seregruin sentía cómo la negrura lo invadía desde dentro, oscureciendo su naturaleza ardorosamente crepuscular; advertía cómo su pensamiento enceguecía al compás de aquellos tambores salvajes; y cómo su perversa claridad se eclipsaba en el marasmo de un terror inenarrable. Kalemba se veía transportado a otro sitio fuera de Arda, fuera del humano alcance: al yermo territorio de lo bestial primigenio, insondable, y final.

Un resto de lucidez le advirtió que aquel sujeto era el enviado del Matûrzogh, y que por tanto estaría en posesión de los secretos que Kramyr hubiera dado en confesar. Entonces Kalemba desesperó: su suerte estaba echada, y él había equivocado el juego.

Shulak

Shulak buscó unas palabras, la espada estaba presta, pero buscó unas palabras.

-Ha sido una gran victoria- miró a las Señoras y luego a los humanos -pero todavía quedan traidores vivos, y deben morir... todos- De los dos humanos Seredhel era el que peor aguantaba, estaba a punto de salir corriendo. Seregruin, sin embargo, mantenía una fachada muy digna. Tenía que escuchar sus voces y seguir sus miradas para entrar en sus corazones. Esos dos hombres eran los nombrados por el espía capturado, y habían luchado por Nurn. Pero Seredhel estaba demasiado nervioso y Seregruin demasiado distante, los dos escondían algo: dos humanos que hubieran ayudado a salvar a Nurn estarían más pagados de sí mismos, serían más impertinentes.

...Y esos extraños estandartes, ¿cómo Nurn había permitido una cosa así?

Decidió relajar la situación, era el mejor modo para hacer bajar la guardia a los hombres, así sabría qué papel estaban jugando,... y luego decidiría.

Era consciente que su aspecto sanguinolento y sanguinario podía inspirar terror o repulsión y que, una sonrisa podía, en ese estado, ser más terrible que un gruñido, pero se arriesgó.

Dedicó una sonrisa a las elfas -Es una grata sorpresa encontrar a dos damas en un sitio como éste, vagas palabras me trajeron aquí y quisiera entender qué ha pasado exactamente en esta ciudad.- Miró a los hombres -Pero antes quizá sería conveniente hacer salir a las ratas de sus madrigueras... esos amotinados merecen la más horrible de las muertes ¿no creen señores? ¿se les ocurre algún método para hacerlos salir de esas laberínticas callejas? Quizá alguno hable y podamos entender porqué una ciudad de Nurn se ha creído lo suficientemente fuerte como para poder desprenderse del Clan.-

No habló de instigadores ni hizo ninguna referencia al estandarte, ya habría tiempo de cortar cabezas y quemar estandartes sediciosos.

Seregruin

El entorno era opresivo: la tropa había enmudecido y las miradas que se habían posado sobre ellos tenían mucho de curiosidad, pero mucho más aún de sádico disfrute. Los Señores de Nurn -los saludos intercambiados con las elfas no dejaban lugar a dudas de que el tal Shulak era uno de ellos-, las impacientes miradas de los soberanos de aquellos territorios, no distraían su atención de los demudados rostros de aquellos dos capitanes númenóreanos que tan distintos y similares se les hacían. Estos apenas lograban sobreponerse a la inexplicable impresión de hallarse en evidencia pese a la victoria conseguida, y ahora se veían impelidos a hablar ante aquel ser cuya presencia tanto imponía.

Las inquietantes palabras que Shulak les había dirigido –que por su forma eran casi amables- habían provocado efectos opuestos sobre los hombres: Seredhel parecía a punto de desvanecerse, e imploraba con la mirada a Kalemba para que lo sacara de aquel trance; Seregruin, por el contrario, había pasado de la profunda desesperación a la cólera: odiaba verse puesto a la altura de la rata de Seredhel, como si ambos tuvieran los mismos méritos y cualidades.

Los tambores cesaron repentinamente, y Seregruin recuperó el control de sí. Una vez retirado su yelmo, y tomando con su siniestra el escarabajo de oro de debajo de la cota, saludó al recién llegado:

-Salve, Señor de Nurn, feliz la hora de su llegada a Túrelondë –dijo, y sintió cómo la voluntad regresaba a él. Pero no era exactamente su voluntad la que entonces lo arrebató, confiriéndole súbitamente un extremo valor, sino más bien una extraña fuerza cuyo origen acaso nunca pudiera explicar. Más de una vez había Kalemba leído, u oído, acerca de aquella extrañeza que inspiraba a los Hombres, mas nunca antes de aquel singular encuentro la había experimentado en sí: Seregruin sentía que sus palabras no eran sus palabras, sino las de otro que tomaba su lugar.

-La Reconquista ha sido francamente gloriosa, Señor, como pocas de las batallas que se libran en estos tiempos -continuó-. Si bien es cierto que aún hay rebeldes fugados en la Isla... y posiblemente en la ribera Occidental –añadió, mirando de reojo a Seredhel.

Su voz se escuchaba rejuvenecida y extrañamente poderosa en medio del silencio que entre los vencedores se había hecho. Tan sólo algunos heridos gemían en derredor, otorgándole al improvisado cónclave un clima sobrecogedor que la penumbra reinante, hija de las humaredas, acentuaba.

Con el sospechable -y contraproducente- objetivo de confirmar su autoridad en aquel sitio, dio entonces Seregruin un consejo que mucho tuvo de oportunismo, y nada de previsión o sensatez. Su propuesta, en parte inspirada en el odio y en la negrura del demonio del Matûrzogh al atacar las Torres del Puerto y del Concejo, le dio más tarde motivos para arrepentirse. No por los costos de cualquier tipo que hubiera ocasionado; sino por lo que tenía de basta, desconsiderada, apresurada y necia.

Seregruin, que miraba fijamente los amarillos ojos de Shulak, como hechizado, dijo:

-Las callejuelas de la Isla son un laberinto inextricable. Será del todo imposible hacer salir a los alzados de sus escondites… a menos que prendamos fuego a la Isla. Por completo.

Shulak

Con torva mirada escuchó las palabras del humano y al final lanzó una sonora carcajada, falsa, por supuesto.

Se dirigió a las elfas con una sonrisa que le torcía el labio -Me gusta éste humano... y me gusta el fuego... hace aflorar a las alimañas... se ve de lejos... y subyuga el corazón. Esta ciudad necesita una lección, debe aprender... y resonar en todo Nurn... que nadie traiciona al Clan y queda impune. Los gritos de dolor deben elevarse hasta el cielo, deben extenderse por toda la tierra. Porque debe saberse aquí y el toda Haldanóri, que los Señores de Nurn son la muerte, que los señores de Nurn desconocen la piedad... que nada quedará bajo el sol que escape a la oscuridad y al peso de su puño de acero.-

Shulak calló unos segundos, observando las reacciones de sus palabras. Había sido una simple arenga y pocas reacciones podía provocar: caras de placer en las elfas al imaginarse la matanza y la sombra de Nurn cubriendo la tierra; alivio moderado en Seregruin; y alivio estúpido de Seredhel, al creer que todo había pasado.

-Bien -pensó Shulak- Aquí tenemos a dos traidores, uno inteligente y uno estúpido... los estúpidos no me interesan... los inteligentes pueden ser útiles... a Shulak. Primero debo darle una oportunidad de mostrar su lealtad, luego debo engrandecerlo-

Inmediatamente dejó a una lado sus pensamientos y tomó la palabra, habló a las elfas, en voz baja, aparentando que sólo quisiera que sus palabras fueran para ellas, invitándolas a tomar el control, a ordenar al humano. -Este humano tiene un poderoso ejército, creo que debe ser él quien acabe con los conjurados, eso sí, debería hacerlo bajo el estandarte de Nurn, y debería dejar parte de sus hombres bajo nuestro mando. Con una parte de su tropa bastará para incendiar ese barrio truculento. Yo me quedaré aquí, con mis hombres y con parte de los soldados del humano...- y añadió, ahora realmente bajo para que los humanos no lo oyeran- No me fío de Seredhel, apostaría que está tras la traición, su nombre fue dicho, sin indicar responsabilidades, por un espía que capturamos ayer por la noche-

Y calló, y nada dijo del otro nombre que esa misma noche, entre gritos de dolor, salió por la boca de un espía. Otra idea afloró a su mente: Esos torturadores, esos que conocen el nombre de Seregruin deben morir si aun están vivos. Pero antes debo comprobar si este humano sabe jugar con las cartas que se le dan...

Seregruin

Seregruin no recordaría mucho de lo sucedido aquel día después de la aparición de Shulak. Por lo menos, no en el modo en que solía recordar las cosas: es decir, lógicamente ordenadas, claramente explicables, maliciosamente intencionadas.

Desde aquel momento en que el hombre-dragón cruzara el Puente de Túrelondë, y Seregruin se sintiera subyugado por aquella bestia de maldita inteligencia, el hombre había perdido el control de sí: incluso aquella bravura que le había acometido cuando se sintiera puesto a prueba por el dragón y colocado al nivel del infame Seredhel, sentía que le era por completo ajena. Sus palabras y sus actos parecían provenirle de algún sitio distante, y sin embargo, el poder con que lo asaltaban era incontestable. Otro Seregruin había surgido de sí mismo, y aún le llevaría un tiempo comprender de qué se trataba todo aquello, y más tiempo aún el dominarlo por completo.

Por lo tanto, los hechos sucesivos parecieron desencadenarse en una atmósfera de irrealidad, como en un sueño difuso del que ya nunca saldría: Seregruin había entrado, sin poder aún tomar control sobre aquello, en el corazón de Nurn, en un nivel más alto de oscuro entendimiento de todo aquello que jamás pudo haber soñado. Seregruin había ingresado, casi a pesar suyo, y aún sin haber tomado cabal conciencia del asunto, en la más negra de las Oscuridades. El proceso que se había iniciado poco después del alba, en su primer encuentro con Lómine y Allase en Túrelost, parecía haber despegado con vuelo propio cerca del mediodía, en el Puente, y frente a Shlulak.

Su pensamiento, a partir de aquél momento, tomó derroteros insospechados, inhollados por su pie vagabundo; y a la sensación de implacable temeridad que le acometía, se sumaba la de la incomodidad de no hallarse seguro de lo que pensaba, la de estar caminando en un terreno indescifrable, movedizo, e incógnito.

La carcajada compartida de Shulak y las Elfas había acabado con los últimos restos de su antigua lucidez. Aquellos rostros se le aparecían ahora como hermosas máscaras de un oculto terror que ahora, en medio de su locura, se le hacía posible entrever. No había en aquellas risas, no ya nada humano, sino nada de alegría, de luz, de mundano… aquellos rostros traducían brevemente una experiencia superior que Seregruin recién comenzaba a atisbar.

A su lado, Seredhel reía también. Pero, para qué decirlo. Aquello sonaba como los espasmos de un dopado que marcha a su sacrificio. La lógica onírica que se había apoderado de Seregruin le permitía apreciar el rostro y la patética expresión del númenóreano aún sin verlo directamente… y es que el campo de su experiencia sensible parecía haberse expandido súbitamente. Porque éste, así como muchos otros detalles –invisibles hace un momento- se le aparecían ahora claros y manifiestos. No menos importante entre aquellas novedades era, para él, cómo percibía ahora al escarabajo de oro y obsidiana que colgaba de su cuello: desde el momento en que le había sido entregado, Kalemba sabía que era un instrumento de poder… pero ahora, además, lo sentía extrañamente vivo.

En dos palabras, se sentía bien, y fuerte. Y cada vez más, a medida que su pensamiento se oscurecía y su voluntad se tornaba más firme… Seregruin creyó advertir entonces un guiño de Lómine, acompañando la mirada curiosa y complaciente de Allase. Junto a ellas, el hombre-dragón murmuraba unas palabras que parecían destinadas a él, y aunque no las entendió como palabras que eran, estuvo seguro de qué era lo que debía hacer. Y procedió.

Aquello que poco antes le había preocupado en Seredhel (su casi desvanecimiento ante la llegada de Shulak, así como el no poderse hacer una idea de a qué se debía, de qué era lo que aquel númenóreano ocultaba aún), dejó de importarle ya.

Mandó a Beriel a incendiar sin miramientos la Isla (“¿Incluso la Posada y el Mbuka Kaffa?\", “Si, estúpido. A menos que puedas sacarlos de la Isla y dejarlos en tierra firme”).

Envió a los segundos de Beriel (Anastamyr y Fereiel) a ambas márgenes de la Ciudad a acabar con los rebeldes que siguieran pululando y a recibir con los brazos abiertos a quienes pudieran huir a nado desde la Isla.

Sugirió a los Señores que dispusieran de la flota para acabar con cualquiera que pudiera fugar de la Isla en barco… y le exigió a Seredhel que, si pretendía redimirse, descubriera, ya, dónde habían ocultado el botín de los saqueos los rebeldes.

Luego, agradeció la llegada a la Ciudad, y el Valor, de las Elfas y de Shulak (“Grandes Señores han de ser, de tan poderoso Señorío, Sombra de la Tierra Media, y Horror Final de Todas las Tierras…”), y advirtió que más rebeldes habría en Occidente –además de que allí estaría el botín de los saqueadores- y que por tanto, él, Seregruin Rodhraw Elugalad, se dirigiría en aquella dirección. Pero previno, también, que el Oriente no estaba seguro del todo, y que alguien de entre ellos podría volverse hacia allí.

Por lo demás, advirtió que aquellas gentes que fugaran del incendio de la Isla intentarían cruzar el puente con valor y desesperación; y, por esto, propuso fijar una guardia poderosa en cada uno de los extremos del Puente, durante un tiempo prudencial, hasta que se hiciera evidente que ya nadie con vida quedara en la Isla.

Finalmente, hizo votos por la eterna fidelidad de la Ciudad y Puerto de Túrelondë a Nurn, y alabó una vez más a sus magníficos gobernantes. Cuando todo estuvo dicho y dispuesto, aguardó con gesto altivo la respuesta de los Señores.

Shulak

Los bandos se definían y la situación se empezaba a aclarar, ahora todo sería más sencillo, bastaría matar.

Seregruin había respondido con eficacia, no dejándose llevar por la tensión y el miedo, había decidido rápido y bien, ahora se necesitaba un chivo expiatorio. Pero antes quería ver cómo los rebeldes eran masacrados por su \"líder\". Siempre le había fascinado ese aspecto de los hombres, esa impudicia, esa oscuridad vestida de grandes palabras: honor, valor, lealtad... cuando a fin de cuentas sólo era el interés y el miedo el que guiaba sus acciones.

Mientras la ciudad ardía, mientras el miedo se desataba, mientras los gritos de los inocentes saturaban el aire, Shulak se dirigió al humano -no te detengas por nosotros, acaba con ellos, con todos, que no quede uno solo de los traidores, que sus hijos vean con lágrimas en los ojos la venganza de Nurn, que no la olviden jamás- y luego añadió, para afianzar el ánimo de Seregruin, quizá para hurgar en su alma. -Has actuado con presteza y eficacia, no abundan los hombres de recio corazón y de valor probado, no abundan los hombres sin alma. Un hombre como tu podría ser útil al Clan-

Y el fuego siguió ardiendo y los gritos se fueron apagando. Quedó el miedo y quedó Nurn.

Pero eso fue ayer, ayer fue un largo día, un día de guerra, de sangre y de fuego.

Hoy Shulak cabalgaba hacia el Norte junto a diez jinetes oscuros. Y entre el ruido de los cascos golpeando la tierra del camino una idea se deslizaba en la mente clara del hombre gusano: ese hombre será útil, un buen ingrediente en la olla de podredumbre... pero antes debemos ganar una guerra.

[Editado por elfo_negro el 21-12-2004 14:00]

Lómine

Fuego, sangre, destrucción, pena y agonía reinaban en Túrelondë, el aire viciado por el hedor de los cuerpos que calcinados o desmembrados que cubrían las calles hacía casi imposible respirar; las grandes humaredas formaban amenazantes nubes de ceniza que ocultaban el cielo como un manto de terciopelo, impidiendo que tanto el sol como la luna iluminasen las ruinas de lo que otrora fuera la imponente ciudad puerto de Nurn.

El pasar de las horas se hacía imperceptible, pareciera que Túrelondë lugar hubiese sido transportada a un lugar fuera de tiempo y espacio, todo era eterno y a la vez perecedero, nada de lo que antes existiera se hallaba en pie y sin embargo su presencia continuaba siendo tangible. Los hombres de Seregruin y aquellos que permanecían fieles al clan (o se habían convertido en medio de la confusión) revolvían los escombros en busca de traidores sobrevivientes o restos de botines escondidos, y de vez en cuando exasperados, atravesando con sus afiladas espadas los cuerpos inertes de aquellos que perecieron en la toma inicial.

Las elfas solo contemplaban la escena, desde que Shulak incitase a Seregruin para que destruyese la ciudad y entregase a los rebeldes, habían permanecido inmóviles en medio del puente observando con macabra satisfacción el caos que reinaba. Aquello era solo una mínima parte del poder de Nurn, una mirada ínfima a la verdadera esencia del clan, la oscuridad insondable de los corazones de sus Señores hecha patente, real a los ojos de sus siervos.

Seregruin

El aire de la bahía dejaba respirar una tensa calma, como de espíritus desgastados y llenos de rencor. Los trabajos de reconstrucción proseguían a destajo y en silencio. Y los mercaderes ya no alborotaban, sólo ofrecían sus productos a los oficiales militares del puerto, recibiendo por paga lo que a éstos se les antojara, bajo la más estricta ley marcial.

Justo por fuera de la ciudad, que crecía rápidamente en altura, piedra sobre piedra; en aquél cerro apartado y bajo que en generosas arboledas se derramaba sobre la Bahía Sangrienta; más precisamente en la terraza del Albergue de Kalemba, un flamante Señor de Nurn bebía de lo mejor de su bodega disfrutando de la mejor de las compañías que un hombre como él pudiera imaginar.

Esa tarde, como todas las anteriores desde que la revuelta fuera aplacada merced a sus combinadas energías, las discusiones resurgían al calor del vino de Rhovanion. Y así, envolviéndose o dejándose envolver por las palabras con que unos y otros se invitaban, o enzarzándose en problemas de difícil solución, las elfas Lómine y Allase iban preparando a Kalemba -aquél misterioso comerciante devenido líder de Túrelondë- para el oscuro mundo que lo aguardaba una vez que abandonara el Puerto y se adentrara definitivamente en Nurn. En el aire diáfano de la bahía, y de la terraza del Albergue, las palabras fluían sinuosas, sugiriendo cursos de acción, restallando en carcajadas, cristalizando en consejos, o proyectando futuros.

Kalemba se sentía, en aquellas ocasiones, un niño de 64 númenóreanos años desperdiciados en vanas búsquedas de oprobiosas recompensas. Sus malditos ardides se le aparecían ahora infantiles, y carentes de sustancia, a medida que progresaba en la comprensión de la oscuridad Nurnita; sus vacuas ambiciones, niñerías incomprensibles; su amañada nobleza, un castillo de arena.

Pero esa tarde, cuando Seregruin creía estar finalmente despertando de la larga ensoñación que lo acometiera en la batalla del Puente -o acaso sumergiéndose definitivamente en un sueño mayor- le informaron de la presencia en Túrelondë de la Elda Inglin, Señora de Nurn, que había sido enviada por el Consejo de Nármelost en su búsqueda.

Kalemba esperaba esta señal desde hacía días, y supo inmediatamente que se aproximaba el momento de trasladarse. Las noticias recientes no dejaban ya lugar a dudas -y este arribo no hacía sino confirmarlas-: la reconstrucción de Túrelondë proseguiría sin él... y la guerra contra los Clanes vecinos se avecinaba inevitable. Ahora Seregruin debía presentarse en Nármelost ante el Consejo y tomar parte de la Compañía de las Albas Sangrientas.

Y aunque pareciera haber transcurrido una Edad del Sol, tan sólo dos semanas los separaban de la batalla del Puente de Túrelondë, allí donde la aparición del Hombre Dragón lo había subyugado, cambiando su destino para siempre. Pero estaba aquél día Seregruin a tal punto rehecho que parecía vuelto de un largo viaje por las oscuridades insondables y eternas que envuelven y engullen imperceptiblemente Arda; y, fascinado, sentía la novedad de cada cosa como Arien debía reconocer, mañana tras mañana, el mundo desplegado ante sí tras las Puertas del Día en el Extremo Oriente.

[Editado por seregruin el 07-02-2005 01:04]

Seregruin

Pero Seregruin no había atravesado, como la Maia valinòrea, el Ekkaia... sino los mismos portales de Nurn: su viaje había sido interno, acompañado por la destrucción de todo aquello que en los últimos años había construido y -a su modo- amado. Cierto que aquél viaje había sido acompañado, también, por la inconcebible y estremecedora presencia de Marüyên, Señor de los Espectros, uno de los Poderes menores de Arda -y es que Nurn nunca dejaría de sorprenderlo-; ...y por la interesada pero encantadora guía de esas dos Elfas Oscuras con las que compartía sus últimas tardes porteñas.

Del mismo modo, en esas dos increíbles semanas la Ciudad y Puerto Túrelondë había resurgido -literalmente- de sus cenizas. Pero, a diferencia de la capacidad de regeneración que la insensible mampostería permite, la población de aquel desgraciado rincón de Arda no se recuperaría nunca de lo sucedido: la marca de fuego de la Llama Nurnita quedaría para siempre grabada en sus lágrimas eternas, en sus dolores, en sus cuerpos y sus muertos... y en sus mentes enloquecidas.

Quince noches después del primer ajusticiamiento, Lómine aún buscaba culpables de entre la población, y día tras día los postes para el suplicio se multiplicaban en todo espacio abierto disponible... y los cepos y los potros, -de la mano de los experimentados verdugos nurnitas- eran redispuestos en la Plaza de Maniobras. Los cadáveres colgaban en las calles y en los muelles, las entrañas deshechas por la descomposición, los rostros curtidos por el aire salobre.

Noche tras noche la población suspiraba agotada... y los gritos de los condenados invadían la conciencia -y para siempre la memoria- de una ciudad deshecha... porque, para mayor suplicio -y por gracia de Allase-, los niños eran las principales víctimas de los tormentos: según las prácticas nurnitas, los mayores aún podían redimir su presunta traición con el trabajo y la sumisión, pero los niños pequeños eran irremisiblemente inútiles... y fácilmente reemplazables.

En esa tarde húmeda y calurosa, la terraza del Albergue se abría a la vista de otra Túrelondë: los trabajos de reconstrucción avanzaban con rapidez en ambas márgenes de la Ciudad, siguiendo los planes trazados y considerados por Marüyên y Seregruin en largas noches de vela... pero la Isla permanecía aún arrasada, negra de huesos y carne calcinada, estéril y helada para siempre. Testigo de la revuelta y de su represión, marcada por la Llama, la Isla traducía el ánimo umbroso de su población: sobre ella se levantaría próximamente un mercado inhumano, permanentemente controlado hasta en sus más pequeños detalles, estricto y austero, insensible y despiadado. El nuevo Mercado de Túrelondë había sido ideado como la marca oprobiosa de la traición que la ciudad habría de cargar sobre sí.

Marüyên, arribado a la Ciudad poco después de los fuegos -acaso atraído por la masacre-, dirigía noche y día la reconstrucción de los edificios principales: la Torre del Consejo y las del Puerto; pero también coordinaba la completa purga de la Guarnición de Túrelondë: la recomposición de la misma se estaba logrando con hombres y bestias traídos desde Grishûrz Faal, así como con el adoctrinamiento del grueso del ejército mercenario de Kalemba. Muy a su pesar, y del de su tropa -que había llegado a admirarlo sinceramente-, esta significativa fuerza sería posteriormente dividida en pequeñas escuadras para ser repartido a distintas destinaciones, al servicio de los demás Señores del Clan.

Durante la reconstrucción, el Albergue de Kalemba y la Fortaleza de Túrelost hacían las veces del Consejo, albergando a los Señores que se hallaban en la Ciudad (que eran tantos como no se guardaba memoria), y a sus permanentes deliberaciones, a salvo de los efluvios de podredumbre que invadían el puerto allí abajo.

Entre otras cuestiones, Seregruin y los Señores habían acordado que, una vez finalizada la reconstrucción de la Torre que el fuego del Matûrzogh destruyera -más poderosa, mejor defendida, y más terrible que nunca esta vez-, las instalaciones de Kalemba (y el Cerro en su totalidad) serían derruidos y deshechos para mayor gloria y seguridad del Clan... además de como explícito mensaje de subordinación a Nurn por parte del nuevo Oligarca... de hecho, Seregruin también había acordado la quema de sus estandartes -y de sus pretenciosos títulos- a cambio de ser incorporado al Clan y a la Compañía de las Albas Sangrientas.

De allí en más, el viejo Kalemba que todo Túrelondë había conocido en sus tan disímiles facetas, moraría en Nármelost como Señor de Nurn -\"si el resto del Clan accedía\", como Allase no se cansaba de repetir-, y como aprendiz de Shulak, el Hombre-Dragón: el númenóreano mestizo había conseguido lo que buscaba, pero a un costo imposible de imaginar sólo quince días atrás.

[Editado por seregruin el 07-02-2005 06:13]

Seregruin

Porque nada había quedado en pie. La ciudad de Túrelondë ya no era la misma que lo viera llegar: la sombra de Nurn había aplastado el jolgorio irreverente de comerciantes, marinos y artesanos. Y el despertar de aquella pesadilla riente -para aquellos que pudieron despertar- era una seca y permanente pesadilla de muerte y desolación.

La ciudad había sido reformada en gran medida. Su nueva planta, cuadriculada y funcional, fue reconstruida en dura e inexpugnable piedra; los puentes blancos, ahora veteados de negro por los fuegos, ya no lindaban con locales nocturnos y tabernas de mala muerte sino con amplios espacios yermos y vigilados; las fortalezas y guarniciones, las Torres y puestos de Vigilancia, se elevaban ahora, en ambos márgenes de la ciudad, más altos e inaccesibles que nunca, e incomunicados con el exterior; así también, las calles se veían permanentemente desiertas como no fuera de cadáveres, ya que las barracas y los astilleros habían sido aislados definitivamente por elevados muros, límite de los campos de entrenamiento y forja, de construcción y de sueño.

A propuesta de Seregruin -quien se había inspirado en el régimen Mbukabano- se dispuso que los comerciantes fueran recibidos a partir de entonces sólo en la Isla y bajo la estricta y omnipresente mirada de una serie de torres almenadas. Por detrás de los atracaderos y los puestos de vigilancia se construirían grandes depósitos comunes, dirigidos por un Capitán especialmente designado en Nármelost, que acumularían todas las mercancías llegadas a puerto. Y en el centro de la Isla, donde hoy sólo las columnatas de la Plaza resistían, ennegrecidas y agrietadas, la memoria de un pasado cercano pero inalcanzable, se apilarían los estrechos cubículos que despacharían los productos adquiridos para locales y extranjeros.

Las compras militares y estratégicas nurnitas -que crecerían al compás de la guerra- se realizarían solamente en los puertos Occidentales, bajo el control de la flota, y desde allí serían transportadas directamente a su destino.

Desde que la Isla había sido barrida y la Ciudad reconstruida como una prisión, o como un pétreo panal, el frío de la Bahía Sangrienta se hacía sentir permanentemente, mucho más cortante que nunca; y el medroso silencio de sepulcro con que los sobrevivientes trabajaban día y noche permitía escuchar el permanente y enloquecedor silbido de sus ráfagas... llevando y trayendo los gemidos de los torturados por todo el espacio del puerto.

Seregruin partió del Albergue con la noche, pocas horas después de que recibiera de boca de Inglin, la Nolda recién llegada de la Capital, la noticia de que se lo esperaba en Nármelost. Al valiente defensor de Túrelondë se lo forzaba a partir con una guardia personal muy limitada, pero a cambio se le permitía designar algunos oficiales -que respondieran directamente a él- para que permanecieran a cargo de la Ciudad Comercial de Nurn.

La marcha de la comitiva era ligera y opaca, y la oscuridad del extramuros era casi total, excepto por la lumbre de los focos que los vigías apostados en las Torres de Vigilancia proyectaban sobre la urbe: aquellas tenues luces se alargaban, fantasmagóricas y ondulantes, sobre los andamiajes y los techos, controlando el esforzado trabajo de los reconstructores...

Al mirar hacia atrás, a la potente luz de los faros que las magias de Marüyên habían proporcionado (espectrales rayos que se extendían sobre las siniestras y espumosas olas del puerto, y más allá) Seregruin advirtió, allí arriba, en la Blanca Atalaya de Túrelost sobre el Cerro oriental, la radiante oscuridad de Allase junto a la luminosa y perturbadora presencia de Inglin. Y las elfas parecían despedirlo, desde aquel sitial que mañana no estaría -acaso el último resto de una Ciudad que fue y que nunca más sería-... pero el humano no podía estar seguro de aquello.

[Editado por seregruin el 07-02-2005 01:30]

Seregruin

Kalemba se encontraba insensible y anhelante de futuro como nunca antes, despierto de una ensoñación extraña, fortalecido y maldito. Rehecho desde su propia medianía a una nueva figura: la de un Señor de Nurn. Junto a él cabalgaba Lómine, silenciosa e íntima. La elfa ya había confiado en el hombre lo que estaba en su mano confiar, y preveía un gran futuro para él.

Seregruin se volvió y enderezó la montura, disponiéndose a pasar -una vez más- bajo la arcada de la Puerta Sudoriental de Túrelondë. Perdió de vista entonces aquella última atalaya de su vida pasada, desde donde lo observaban dos elfas extrañas y misteriosas, acaso mensajeras de esa Tierra que blandamente se abría a su paso.

Se preguntó entonces el númenóreano cómo había sido que aquél portal se había abierto ante él: ¿Habría sido la puerta echada abajo por su sola fuerza -como al Hombre le hubiera gustado creer-? ¿O era Algún Otro quien había abierto el cerrojo desde dentro con ocultos propósitos?... y luego se dijo que esto no importaba verdaderamente ya: porque si no hubiera sido su intención la de entrar de lleno en Nurn, no hubiera hecho nada lo que hizo para conseguirlo, y sólo esto justificaba su situación

Pronto estuvieron en el Muelle de los Señores y descendieron de las monturas. Una discreta embarcación negra ornada con bestias rojizas, sanguinolientas, aguardaba por los viajeros... por mano propia o gracia ajena, la maniobra concluía: Seregruin entraba en Nurn con cada paso que daba a lo largo del muelle. Unos pasos atrás, la oscura y sanguinaria Lómine lo despedía con su gris mirada; delante suyo, el pálido y élfico Marüyên, inmutable y silencioso, lo aguardaba junto a la escotilla del navío.

Acodado en la barandilla de cubierta, acompañado por el fiel Beriel, Seregruin echó una última mirada a Túrelondë, para luego tornar la morena cabeza en la dirección opuesta: frente a él, las nuevas Torres de Vigilancia sobre el Morelimbar... y el río silencioso y escurridizo que serpeaba, negro como la noche, hacia el interior de la Tierra de las Sombras.

[Editado por seregruin el 07-02-2005 06:17]