Situada entre las Montañas Veladas y Nen Girith se alzaba negra y oscura, Curufarnë, la ciudad industrial del territorio de Nurn.
Una ciudad marcada por los fuegos de las calderas y fraguas, prendiendo con carbón, madera o cualquier cosa inflamable que encontraran. Día, noche; incluso con lluvia o nieve aquel fuego maldito seguía humeando y ennegreciendo los cielos de su alrededor.
Un fuego destructivo, nunca mejor dicho pues su cometido era ablandar el hierro, acero y aluminio para la fabricación de armas, tornillos, tuercas y clavos, remaches y puntas de flecha. Todo lo necesario para el desarrollo de maquinaria de destrucción, armas de gran calidad y armaduras portentosas para las tropas de la región y para mayor gloria de las huestes de Nurn.
La ciudad tenía una forma sencilla, pues no se había ido extendiendo con el tiempo, sino que se creó con un objetivo fácil y a partir de ahí su diseño fue el mismo. El centro de la ciudad estaba gobernado por las grandes fraguas y forjas mientras que en el exterior vivían los habitantes de la ciudad en pequeñas islas cuadradas.
Estos habitantes, humanos en su gran mayoría, convivían con orcos y elfos e incluso con enanos. Los humanos trabajaban el metal, mientras que los elfos les enseñaban las técnicas de cómo hacerlo y se dedicaban a las piezas más artesanales y gloriosas. Los orcos proveían a los demás trayendo y llevando material en los carros y el cometido de los enanos era el de fabricar las grandes armas de asedio.
Muchos fueron los problemas en un principio para que estas razas convivieran juntas, pero después de muchas peleas y muchas muertes recibieron la “agradable visita” de los Señores del Clan y ya ninguno se permitió el lujo de opinar nada en su contra. Apenas hablaban entre ellos, y menos vivían juntos bajo el mismo techo, pero se manejaban bien trabajando codo con codo y cuando se acababa una gran obra era para alegría de todos.
El acabar una gran obra les permitía comer y acceder a lujos no encontrados en la ciudad, puesto que cambiaban sus manufacturas por alimentos que conseguían traídos del puerto o en los campos sembrados del territorio de Nurn. Cuanto mejor trabajaban con más les premiaban, esto también contribuyó a un sentimiento colectivo de trabajo y realización.
Grandes invenciones se crearon. Balistas, lanzapiedras y catapultas fueron mejoradas y los elfos desarrollaron una nueva manera de alear el estaño y el hierro para crear un acero más resistente. Los fuertes brazos de los hombres lo desarrollaron para las armas y armaduras de los Señores y siguieron modificando las armas de los soldados para un mejor manejo de los mismos. No sólo herreros y armeros había allí, pues muchos de ellos utilizaban sus mejores armas y podrían servir perfectamente para los ejércitos de Nurn.
A pesar de todo los Señores, excepto aquellos de corazón turbulento, no se acercaban a esa ciudad mucho tiempo pues las alegrías escapaban de esa ciudad. Gris era su cielo y gris el temperamento de sus habitantes y el caminar mucho tiempo por sus calles y avenidas llenaban el alma de tristezas y monotonía.
