Edicion 2
Haldanóri, Las Tierras Ocultas
Finalizada · 08-09-2004
Kemina Anka, Ciudad Portuaria
2005:11:02:16:20:59
Hwesta Delwen
Kemina Anka
Kemina Anka, Las fauces de Telpe, toma su nombre de su perfil geográfico. Todo aquel que llega a ella desde el mar tiene la sensación de ser engullido por esta monstruosa ciudad.
Atravesada por el Nén-a-Yár, el Río de Sangre, Kemina Anka es una gran urbe de apariencia mística. Ubicada en la costa, desde donde se contempla a lo lejos la colosal Osto Telemna, alberga el principal puerto que posee la Orden, el Londealkar.
La niebla que rodea Tol Telpëa llega a veces a rozar sus orillas. Desde el mar la ciudad parece entonces un enorme espejismo, la antesala de una pesadilla.
Apoyada en parte sobre los acantilados que recorren la línea de la playa, el resto de la ciudad se extiende a ambos márgenes del Nén-a-Yár, acompañando su curso hasta más allá del despeñadero. El aroma del mar impregna el aire en todo el recorrido. Fuera de lo que pueda imaginarse, la ciudad posee un ambiente bullicioso y vivo gracias, sobre todo, al punto social y de encuentro más relevante de Harna Dîn. Se trata del Mercado Central, donde se da salida a muchas de las mercancías que llegan al puerto y donde se pueden localizar objetos de diversa índole y procedencia. Son muchos los viajeros que se acercan al Mercado y allí encuentran lo que no se halla en ningún otro sitio.
Los edificios de Kemina Anka llegan a alcanzar, en ocasiones, una gran altura y suelen adoptar formas voluminosas, irregulares y grotescas, que parecen imponerse sobre el viandante desde cualquier ángulo. Construidos con la roca oscura que abunda en esa zona de Harna Dîn, de noche sería prácticamente invisible si no fuera por los puntos de luz que la alumbran al caer la oscuridad, y que otorgan a las ventanas, portales y demás oquedades de la ciudad muecas espantosas que cambian al compás del baile de las llamas. Las paredes se adornan con grabados de distintos motivos esculpidos en la propia roca. No existe más ornamentación que esa en las casas, no así en el Palacio Negro, el centro neurálgico y el edificio más importante de Kemina Anka, en el que la roca se combina con losas doradas traídas de Osto Telemna, y donde los mejores artesanos dieron vida a varias escenas navales. En el lado opuesto al mar, crece un jardín de lirios negros que contrasta con el musgo verde que nace en las paredes al ras del suelo. Allí, entre esas paredes, se reúnen los iniciados de la Orden siempre que lo requieren para tratar cuestiones militares, políticas y comerciales.
Las calles son estrechas y enmarañadas, oscuras arterias de Kemina Anka por donde fluye su maldad. Millones de pasadizos la atraviesan de punta a punta. Sólo los 20 miembros de la Orden de Telpe los conocen en su totalidad, de manera que pueden cruzar la ciudad sin ser vistos y en poco tiempo.
Nunca bajes la guardia en Kemina Anka, nunca subestimes los rincones sombríos de sus accesos ni las advertencias de sus ciudadanos. Pasar desapercibido es lo mejor en esta ciudad donde la muerte nunca descansa.
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En Kemina Anka se encuentra el ejército llamado Rimbe-a-Rákalie. El ejército de los lobos.
Jefe de Flotas: Castamir de Umbar
Capitán: Täreisha
Comandante: Lahia Moraniël
Personaje en el ejército: ___________
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Hwesta Delwen
Londealkar
El puerto de Londealkar está situado junto a la ciudad de Kemina Anka, es un gran puerto de construcción Corsaria y tétrica apariencia, siempre está cubierto por una leve bruma procedente de Tol-Telpëa, sus negros embarcaderos están siempre abarrotados de barcos así como de pequeñas y medias embarcaciones, salvo la zona en la que atracan los enormes buques de guerra de la Orden. Tan solo un pequeño edificio en comparación al resto es la indicación de algo vivo. El edificio de aduanas se sitúa cerca del embarcadero, es en el que se apuntan todos los registros de embarcaciones y mercancías que llegan por mar así como de cobrar el tributo por dejar las barcas, buques u otro tipo de barcos en el muelle.
Un poco más alejados se encuentra los astilleros donde se fabrican los enormes buques de guerra y barcos dedicados a la exportación de productos al resto de la tierra media.
Una única taberna es la encargada de saciar a los hambrientos y no menos sedientos marineros que llegan, tampoco es raro encontrar tras una noche de “reunión” en la taberna a un marinero apaleado, con un cuchillo clavado en la espalda o un cuerpo flotando en las inmediaciones del puerto. Por el día una única y oscura guardia de diez hombres bien armados patrulla el puerto.
Este comunica con la ciudad a través de una puerta de plata oscurecida por el tiempo reforzada por un rastrillo en caso de ataque y de que el puerto haya caído, así como la muralla.
Lahia Moraniël
Ubicada en la ciudad de Kemina Anka, a orillas de la playa está la casa de Lahia Morániël... Már-Fëaer...La casa del espíritu solitario.
Es una casa pequeña, cómoda donde Lahia vive sola luego de haber huído del Bosque de Fangorn.
Már-Fëaer está camuflada entre las hojas de unos enormes árboles, y en su parte exterior es de color verdoso, y está cubierta por hiedras.
Tiene amplias ventanas, y una parte de su techo es también de cristal, donde se pudede mirar el cielo en todo momento.
El nombre está relacionado con la forma de ser de Lahia, solitaria y callada.
Tiene en su parte interior una escalera cuyos escalones son de plata, construídos ya hace mucho tiempo, y con muchas imágenes grabadas en ellos, fromas de dragones y otros seres.
En la parte superior, se encuantra la habitacion con techo de cristal llamada Aglardú, desde donde se observan los paisajes costeros de Kemina Anka, el puerto de Londealkar con su bruma característica que procede de Tol Telpëa.
Morániël llegó a Kemina Anka hace ya bastante tiempo. Huída del detino que le estaba predeterminado, y solo quería un poco de paz, porque estaba perturbada por incidentes de su infancia.
Luego de que Nosthariel, su madre, abandonara Nurudáë en Fangorn un misterioso viajer se le presentó la noche antes de la cuarta luna llena de invierno.
Era un Elfo procedente de Mithlond, su nombre era Mekkêth. No tuvieron mucho tiempo para conocerse, pero Lahia nunca lo olvidó.
Andubo entonces solitaria, por muchos caminos. Ya había olvidado lo que era la luz del sol sobre el cabello, y todas las cosas bellas, porque se había encerrado en un mundo de odio y rencores.
había heredado de sus antecesores de la Casa Dorada de Finarfin el don de la profecía, y de vez en cuando tenía viciones del futuro.
Una de esas visiones había sido la que le había dado el primer signo de lo que sería su destino si esperaba la llegada de alguien que la conduciría a Mordor. Algo la hizo reaccionar en ese momento, y decidió dejarlo todo y huír lejos de ese lugar.
Así lo hizo, porque cuando se proponía algo no paraba hasta conseguirlo.
Fué así como descubrió el Clan de la Orden de Telpe.
Se fascinó con aquellas gentes que eran tan parecidas a ella, y a la vez tan diferentes.
En un principio se sintió algo extraña y en seguda se le presentó la oportunidad de comandar el Ejército de Kemina Anka: Rimbe-a-Rakálie, el ejército de los Lobos.
Su capitana era Täreisha, una gran persona a la que siempre admiró y de la que aprendió muchas cosas.
Entonces Täreisha le dijo:
- Ahora debes buscar un lugar donde vivir, en cualquier parte de la Ciudad.
Lahia no tardó mucho en encontrar uno que era de su agrado. Allí habían unas ruinas...una antigua escalera de plata que aún se erguía sobre los muros casi caídos.
Era el sitio perfecto, y luego de un tiempo de construcciones estubo acabado. Solo le faltaba el nombre, y ella quería algo que tuviera que ver con su forma de ser.
Así que se le ocurrió Már-Fëaer, el espíritu solitario.
Desde ese lugar podía divisar la bruma de Tol Telpëa...el bullicio de Kemina Anca y los sonidos marinos de Londealkar.
Lahia Moraniël
Sobre la llegada de Myennwäd Morthúlë
Era de noche, una noche de verano y Lahia se encontraba sentada en lo alto de Aglardú, meditando.
A lo lejos se sentía el sonido de las olas de la playa de Kemina Anka y los sonidos de la Ciudad y de Londealkar...pero eso no le impedía concentrarse si así lo quería.
Sin embargo algo captó su atención...un sonido de cascos de caballo que llegaba a la entrada de piedra que conducía a Már-Fëaer.
Se incorporó lentamente, bajó las escaleras y se paró junto a la puerta, esperando a ver si alguien llamaba.
Sintió unos pasos sigilosos y livianos y en seguida tocaron a su puerta.
Lahia abrió y se sorprendió...pues allí estaba parada una mujer, de cabellos blancos, cosa que ella nunca había visto.
-Mi nombre es Myennwäd Morthúlë, Lahia, e estado buscándote por muchos lugares sin descanso...ahora necesito que me escuches con atención.
Lahia, a pesar de no conocerla la hizo pasar, porque la anciana le inspiraba cierta confianza...y cuando estubieron sentadas en Aglardú la mujer le conto por que la buscaba...
Lahia Moraniël
La anciana se sentó en uno de los cómodos sillones de Lahia y le dijo con una voz pausada y serena....
- Como ya te dije me llamo Myennwäd y así como me ves soy también una Eldar como tú.
Hace ya incontables años viví en la Tierra Bendecida, allí me llamaban Shyelanna y pertenecía a la casa de Finarfin al iguál que tú.
Pero un día llegó a esas tierras un sujeto prometiendo cosas y fingiendo amistad...y fuí engañada y conducida a Utumno.
No me torturaron ni nada, porque quien me capturó sabía de mis poderes.
Sin embago me transformaron en lo que hoy soy...Myennwäd un vacío sin nada.
Aunque la escuchaba atentamente Lahia no sabía que tenía que ver ella en todo esto.
Entonces se incorporó y le preguntó mirándola fijamente a los ojos:
-Y dime...¿Porque me buscabas y que tienes que ver en mi vida?
Myennwäd se levanto apoyándose en un bastoncito de plata tallado con unas extrañas inscripciones negras y le dijo en un susurro:
-Yo soy la madre de Nosthariel.
Al oír esto lahia se sobresaltó. No sabía que dacir, que hacer, que pensar de todo esto.
Necesitaba saber más para comprender quien era ella realmente...
Lahia Moraniël
No te asombres- dijo Myennwäd- sé que Nosthariel nunca te habló sobre mi, pero aquí estoy...y aunque te parezca increíble desde que Nosthariel me abandonó y se fué con aquel Elfo nunca más supe de ella.
-Entonces como sabías que yo estaba viva y todo lo demás?- dijo Lahia.
-No solo tú tienes el Don de la Profecía niña, y no solo lo heredaste de Aegnor.- dijo la mujer- y en todo ese tiempo tuve visiones con respecto a ti y a tu madre.
-Y por que me buscaste?, no lo entiendo.
-Nada más que porque eres mi nieta, y quiero compartir algún tiempo contigo, aunque sea poco, porque pronto partiré y no se si volveremos a encontrarnos.
A partir de ese día Myennwäd permaneció allí, y le contó muchas cosas a Lahia sobre el pasado de ella, y de su madre...habían muchos secretos para revelar.
Lahia Moraniël
Ya había pasado un buen tiempo desde que Lahia conociera a Myennwäd, y a pesar de todo ahora que sabía realmente quien era y todo lo que había pasado en su vida, le había tomado cariño.
Eran las cinco de la madrugada. Lahia se despertó sobresaltada habiendo tenído un sueño muy revelador...la muerte de Myennwäd se acercaba.
A pesar de que la mujer tenía la vida de los Eldar pesaba sobre ella un destino funesto, de engaños y mentiras.
Aunque Morániël no lo sabía, su abuela tenía muchos enemigos...hombres poderosos a los que ella había engañado en momentos de necesidad cuando lo único que le importaba era sobrevivir.
La anciana no había tenído una buena vida, y Lahia quería que se quedara a vivir con ella en Kemina Anka.
Pero al despertar corrió a la habitación donde se suponía, dormía Myennwäd y al mirar con las pocas luces de la aurora pálida la descubrió vacía.
No era aquello lo que más le delía a Lahia, sinó lo que pudiera haberle sucedido.
Era obvio que la mujer se había ido por algún motivo...¿Pero por qué?
Para Lahia las cosas no estaban del todo claras, presentía que Myennwäd no le había dicho toda la verdada, y que su pasado era más oscuro de lo que le había revelado.
Ese día Lahia salió de Már-Fëaer y caminó hasta la ciudad mismo de Kemina Anka.
Allí solía comprar las cosas que necesitaba para vivir con tranquilidad en la playa.
Cuando el sol se estaba poniendo, rojo y su reflejo se dibujaba en las aguas nublosas del mar, regresó a casa.
Iba caminado por la costa, porque así le gustaba a ella, estar sola y sentír la libertad de hacer lo que quisiera sin explicaciones ni ataduras.
Luego de la separación con Mekkêth se había vuelta más callada y solitaria.
Caminaba lentamente, con los piés descalzos sobre la arena húmeda de la playa de Kemina Anka.
A su izquierda se alzaban amenazantes altísimos barrancos pedregosos.
Y allí fué donde la vió.
Estaba parada al pié de un gran risco que tenía una entrante en las aguas turbulentas sobre enormes rocas de color gris oscuro.
Myennwäd estaba allí parada...
Lahia le gritó que bajara, le rogó que lo hiciera, como nunca lo hubiera hecho por nadie, o por casi nadie.
Pero Myennwád comenzó a cantar algo, solo se oía como un susurro de las olas del mar rompiendo en la costa.
Y se dejó caer para perderse para siempre en la inmencidad del mar agitado.
Lahia Morániël
Adel aduial celeb...
La vió caer desde aquel risco.
Sabía que después de eso nada volvería a ser lo mismo. Se acercó a la orilla, al borde del acantilado con el fín de poder ver por lo menos el cuerpo de Myennwäd alejarse entre las olas del mar.
Pero no había rastros de él. Las rocas grises rugían debajo de las agua claras.
Morániël se alejó despacio de aquel sitio, con la cabeza baja y los ojos llenos de lágrimas.
Llegó silenciosamente a Már-Fëaer, abrió la puerta y subió sigilosamente las escaleras.
Se sentó en Aglardú...tenía que pensar un poco.
Estaba muy abrumada...
De pronto las estrofas de una canción que no conocía le vinieron como recuerdos a la cabeza y abrió la boca involuntariamente y comenzó a cantar....
Quetis Ilfirimain
O môr henion i dhû
I fae narchannen
Naur vi eryn,
lanc i dalaf.
Mathach vi geven?
Nostach vi \'wilith?
fae narchannen....con el espíritu roto....
- Por que...por que estoy diciendo todo esto- se preguntó en voz alta.
-Porque así es Lahia- le respondieron desde abajo.
[Editado por Isilmeriele el 16-04-2005 16:31]
Lahia Morániël
Hen mith lost...
Abrió los ojos y se quedó muy quieta....podía escuchar la respiración pesada de aquella persona que le había respondido desde abajo de Aglardú.
Man eneth lín?,Iston le?-le preguntó Lahia alarmada.
-Eneth lîn Myennwäd meleth.
Man carel le?...Myennwäd ië fîr....-dijo Lahia asustada.
No iba a quedarse allí esperando a ver si quella persona le estaba diciendo la verdad, aunque tenía miedo de lo que podía ver ahí abajo decidió asomarse por las barandas de Aglardú y mirar quien era.
Se apoyó suavemente en el borde y miró para abajo....
hbaía un gran charco de agua...por lo que se imaginó que Myennwäd realmente estaría viva..
-Myennwäd, Man mathach?- dijo Lahia mientras bajaba corriendo las escaleras de plata.
Cuando llegó abajo se quedó más sorprendida aún...Myennwäd no estaba ahí...en el piso estaba el bstoncito de plata y una daga negra junto a las ropas vacías de Myennwäd.
Lahia Morániël
Avo acheno
se agachó para levantar el bastón y la daga. Todo allí estaba mojado...había un olor extraño en el aire.
Lahia observó detenidamente aquel cuchillo. Parecía de un material que nunca había visto y se sentía suave al tacto.
Cuidadosamente leyó lo que habia inscripto en el: \"Nin cíniel na nguruthos
Hon ess nín istatha Dyrtalkë\"...
Era un nombre muy extraño...la misma hoja era extraña.
Por un momento ella se olvidó de Myennwäd. Pero cuando miró más atentamente aquel cuchillo vió una forma extraña que parecía un dragón o algo así.
De repente se incorporó y llamó a Myennwäd en lengua élfica...
-Myennwäd Man ceril?,Gwanno ereb nin!
Pero nadie respondió.
Myennwäd había desaparecido, o por lo menos quien le había dicho que era ella. No había más que lo que Lahia había encontrado...agua, ropas, la daga y el bastón.
Lahia se dispuso a juntar aquellas cosas cuando de pronto sintió un grito que provenía de afuera.
Dejó todo en le suelo y salió rápidamente. Allí parada frente a ella estaba Myennwäd...detrás de ella había un niño llorando.
-Lahia, hija mía...ya ves lo que el destino me ha hecho-gimió Myennwäd- no fué casi por voluntad propia que salté de aquel risco...hay algo más...debes descubrirlo...la clave está en tí misma, hazlo por mí. Pero ahora partiré más allá del mar, donde tendré muchos años de espera, y quizá volvamos a encontrarnos algún día...
Al fín lo había comprendido...el espíritu de Myennwäd no había podido abandonar Endor sin antes terminar lo que había comenzado. Aunque no lo había dejado muy claro...¿qué debía hacer?..
Cuando volvió en sí vió que el pequeño estaba todavía llorando sentado en el suelo a un lado del camino que conducía a Már-Fëaer.
Morániël lo levantó y lo llevó adentro.
El pequeño sintió miedo frente a aquella casa y a la mirada fría de la muchacha.
Luego de entrar Lahia le preguntó muchas cosas y el pequeño le comento que solo pasaba por allí cuando vió al espectro de Myennwäd.
Era un niño hijo de un herrero que vivía muy lejos, en Mithlond...pero el vivía ahora con su hermana en la ciudad de Kemina Anka, porque habían huído cuando se madre había muerto.
El nombre de Mithlond le recordó a alguien...Mekkêth.
Lahia le preguntó más sobre su vida y el pequeño Yéthion le contó que también tenía un hermano mayor llamado Mekkêth.
Lahia se sintió muy feliz al recibir noticias de el...pero no quiso preguntar mucho porque Yéthion parecía abrumado.
El chico le contó que su hermana Lyrä se llevaba muy mal con el y que había huído de Mithlond solo porque ella lo había obligado a acompañarla.
Su padre era un hombre muy trabajador, que casi no tenía tiempo para sus hijos...mçy Mekkêth pasaba errando por el desierto.
La madre Alianna había muerto cuando los Orcos la capturaron en las fronteras del país.
El pobre niño etaba solo, pero Lahia quería llevarlo con Lyrä lo antes posible. No le gustaba mucho la idea de una compañía y menos de cuidar de un niño.
Así que dejó que por esa noche descansara en Már-Fëaer y al día siguiente lo llevaría a la casa de su hermana.
Easa noche hablaron de todo un poco sentados en lo alto de Aglardú, con los ojos fíjos en la estrellas distantes.
Lahia le reveló que conocía a Mekkêth y que le gustaría mucho volver a encontrarlo.
Yéthion se durmió rápidamente y antes de que el fuego se apagase Lahia estubo un rato observando las facciones de su rostro y recordando se pasado en Fangorn.
Lahia Morániël
Despertó a la mañana siguiente. Se había quedado dormida durante la madrugada, al lado del pequeño. Los cabellos rubios del niño descansaban sobre los brazos de Lahia.
Sin saber por que lo hacía le besó suavemente la frente y se levantó.
Nunca había sentido ese afecto por alguien que no fuera de us familia, o el peropio Mekkêth, pero así y todo Yéthion era un niño encantador.
Lahia salió de Már-Fëaer y caminó descalza sobre el sendero. El sol estaba alto ya, y un viento cálido le movió los oscuros cabellos.
Sentía como que había pasado una eternidad entre lo de Myennwäd y este momento. Se sentía libre y feliz casi sin saber por que, pero tenía un presentimiento...de algo bueno que iba a suceder.
El viento se hizo más intenso y el vestido gris de Lahia se ondeó y la arena se levantó suavemente bajo sus pies. El cielo estaba despejado. sentía el rujido de las olas en la playa cercana.
Cerró los ojos y se relajó...
De pronto sintió pasos en su espalda y cuando se dió la vuelta vió a Yéthin que sonreía alegremente. Sin que ella dijera nada el niño corrió a su encuentro y la abrazó, Lahia quedó impresionada, pero sintió ganas de hacer lo mismo.
Tomó al pequeño en sus brazos y lo llevó de vuelta a la casa.
[Editado por Isilmeriele el 06-08-2005 01:53]
Lahia Morániël
Bein dell...
Una vez adentro Lúmenel dejó al pequeño en el suelo y lo invitó a comer algunas cosas que tenía en la casa. Mientras comían la Elfa tuvo un presentimiento. Alguien vendría a Már-Fëaer ese día, y no sería nada bueno.
De todos modos no dijo nada, y comió tranquila y esperó a que todo se diera como debía ser, esperar por el destino ya se le había hecho una costumbre.
Por la tarde subió a Aglardú, la parte de Már-Fëaer que estab reservada solo para ella. Yéthion jugaba abajo, casi en total silencio.
Morámewen tomó un libro grueso de las estanterías de la torre. Al abrirlo las hojas amarillas y gastadas desprendieron un aroma muy fuerte y dulce a hierbas aromáticas, mezcladas con el olor a humedad. Parma-i-Dellindë, El Libro de las Canciones Tristes, así se llamaba aquel viejo tomo. ¡Qué extraños recuerdos le traían aquellas runas garabateadas con gracia y sentimiento!. Y como si fuera algo natural, las palabras se escurrieron fuera de sus labios, con armonía y suavidad...
\"Naur vi eryn,lanc i dalaf.
Mathach vi geven?
Nostach vi \'wilith?
Máb le i nagor,
Bád gurth vi ngalad firiel.
Dorthach vi mar han?
Dagrathach go hain? (...)\"
Sintió el relincho de un caballo, y todo el aire de concentración que tenía se esfumó de su cara.Escuchó a Yéthion gritar y bajó corriendo las escaleras de plata.
[Editado por Isilmeriele el 03-08-2005 19:13]
Lahia Morániël
Llegó a la puerta de Mér-Fëaer y vió a una Elfa de cabellos rojizos, largos y enrulados. La expresión de su mirada era triste, pero a la vez irradiaba ira. Tenía al niño tomado por los brazos.
-Lúme, Lúme!, no dejes que me lleve!!-gritó desesperadamente Yéthion.
En ese momento una nueva visión se presentó ante ella. La muerte próxima de los dos, si se iban en ese momento. Hacía algunos días que Morámewen estaba teniendo muchos tiepos de visiones, sobre todo relacionadas a la muerte de las personas.
-Vamos niño tonto, ¡múevete!- gritó la chica furiosamente.
-¡Lúmenel no me dejes!- dijo el en un último y desesperado intento.
La elfa volvió en sí, arrancando su conciencia de los oscuros pensamientos que se le presentaban. La miró, directo a los ojos...
-Lyrä la muerte caerá sobre ustedes si se van ahora.- los ojos de Lúmenel se habían tornado casi transparentes, parecía estar fuera de sí.
-¿Cómo sabes mi nombre?, ¿Y que sabes tú que podrá ocurrir?...Yéthion se va conmigo ahora!-. Lyrä estaba muy enfadada.
-No digo más que lo que mis pensamientos me revelan, y tú no seas tan ignorante de hablar sin saber Lyrä.-
Yéthion logró soltarse de las manos de su hermana y corrió junto a Lúmenel.
Lyrä se enfureció todavía más...pero la mirada de Elensérkë la intimidó tanto que la muchacha decidó marcharse, sin conseguir lo que había venido a buscar. Porque dentro de su corazón la Elda sabía el mal que Lyrä le hacía al niño, aunque le había tomado cariño quería enviarlo a Mithlond lo antes posible, para poder volver a vivir en su soledad.
Lyrä se dió la vuelta y se marchó, pero antes habló diciendo, con un tono altivo y prepotente:
-¡Ya se arrepentirán ustedes dos!-
-Tú no sabes quien soy, tú no conoces mi historia...es mejor que no sigas hablando así sin saber.- le dijo Lúmenel aún sin apartar su mirada fulminante.
Lyrä se rió y se fué.
[Editado por Isilmeriele el 03-08-2005 19:54]
Lahia Morániël
Esa noche Lahia se sentó sola en Aglardú.
estaba muy conmocionada, ese poder de visiones que tenía estaba desarrollandose mucho, quizá demasiado y podría llegar a ser peligroso.
se concentró nuevamente en sus pensamientos. La luz de la luna llena entraba por la ventana abierta, y a travez de los cristales del techo estrellado de la torre.
El olor a mar se mezclaba con el sonido suave de las olas de la playa de Kemina Anka.
Estaba muy concentrada, pocas veces alcanzaba ese estado al meditar. Y en ese momento una brisa entró por la ventana, y ella sintió un escalofrío que le recorría el cuerpo, y entonces tuvo otra visión.
Vió más allá de la Ciudad Portuaria, a Lyrä...caminaba muy apresurada entre los árboles del bosque. de pronto unos Orcos calleron sobre ella. Y acabaron con su vida.
Lahia se despertó sobresaltada. Nunca pensó que le afligiría la muerte de esa niña, ni la de nadie.
En si no estaba afligida, solo sentía lástima por el niño.
El niño...tenía que pensar la forma de enviarlo con su padre.
Luego de pensarlo mucho rato llegó a la conclusión de que lo enviaría con Tewnön.
Tewnön era un comerciante de la Ciudad que solía viajar en su navío y parar en otras costas.
Aunque no iba nunca a Mithlond, podría hacer una exepción.
Lahia sonrrió y pensó en volver a la tranquilidad de la vida solitaria que solía llevar.
[Editado por Isilmeriele el 17-04-2005 22:57]
Lahia Morániël
Se despertó con la luz del sol que entraba por el techo de cristal. Se había quedado dormida durante la noche, estaba muy cansada.
Bajó las escaleras y encontró al niño jugando abajo. Le dió lástima verlo tan solo, y pensar en enviarlo lejos. Pero tenía que hacerlo, no solo por su seguridad, sino por la del pequeño también. Guerra, muerte... toda clase de peligros a los que la elfa se exponía constantemente.
Tomó la niño de la mano y caminó con el por la playa, hasta llegar a la Ciudad, que se hallaba a pocas leguas de Mar-Fëaer. Llegó al fin a lo de Tewnön y allí le habló mientras Yéthion esperaba sentado. El hombre aceptó
de buen grado llevar al niño, y Lúmenel le dió a cambio el bastón del plata de Myennwäd, conservando solo la daga.
Luego se sentó junto al niño y le explicó lo que pensaba hacer.
-Yéthion, ya no puedes estar más tiempo conmigo. Ahora partirás a Mithlond, e irás en busca de tu padre.-
El niño levantó la mirada, humedecida por la lágrimas y abrazó a la chica.
-Ya sabes que no hay alternativa niño.-
-Man lû vin achenitham?-preguntó el.
-Tancave, avo \'osto hebo estel.-dijo ella para animarlo.
-Ahora vé, ese navío te llevará a tu hogar.-
Le besó la frente y pidió a Tëwnon que cuidara de el.
No se quedó en el puerto para verlo partir, despedidas... detestaba las despedidas. arruinan el alma, destruyen el corazón le susurró una vez Nosthariel.
Lúmenel regresó a su casa. Caminando lentamente sobre la arena de la playa. Llegó antes del anochecer y se quedó pensando en muchas cosas que le habían sucedido en ese corto lapso de tiempo. Las idas y venidas de la vida, sucesos extraños que se repetían casi sin descanso, hasta lograr que su cuerpo inmortal se sintiera agotado por los pesares y los dolores de la vida.
[Editado por Isilmeriele el 03-08-2005 20:01]
Ariul
Los rayos del sol golpeaban sobre la negra y lustrosa armadura del Maia oscuro casi con temor como si aquella armadura fuese una amenaza para ellos, el día era calido aunque húmedo debido a la cercanía del mar. Un olor a salitre y pescado llego a la nariz de Ariul hizo una mueca de disgusto ante aquel olor y bajo la visera del yelmo con forma de dragón dejando que el sopor se apoderase de él y cayendo en un leve sueño.
Cuando el Maia despertó tenia ante él los imponentes y desiguales edificios de Kemina Anka, la ciudad portuaria, las gaviotas sobrevolaban los edificios llenado el aire con sus estridentes gritos, el mecer de los barcos amarrados en el muelle inundaba las calles próximas al puerto. Ariul se irguió sobre la silla mientras se colocaba la armadura y la capa de terciopelo negro, acaricio el cuello de Agliareth su negro corcel –Ahora tenemos que encontrar a las señoras del clan que viven en esta ciudad y no creo que aquí los extranjeros sean bien venidos- sonrió con picara ironía y atravesó la puerta de la ciudad flanqueada por dos soldados de imponente porte.
Lahia Morániël
Había amanecido y los rojos tonos del cielo se dibujaban en las aguas tranquilas del puerto.
Con las primeras luces las gaviotas avandonaban sus nidos y sobrevolaban Kemina Anka en busca de los peces que las barcas dejaban escapar. Los ruidos repicaban en las inmensas rocas grises, próximas a los acantilados de la costa, inundando con su eco matutino el aire quieto y cálido.
La Elfa se levantó entonces pocas horas después de haber salido el sol y caminó sentándose en la puerta de Már-Fëaer. El olor a salitre invadía el aire, pues el viento apensas soplaba, como contenido entre las piedras.
No habían otros sonidos que el de las olas que rompían en la costa transformándose en espuma blanca que el viento hacía volar entre la arena húmeda.
Pero entonces esa quietud fué irrumpida por el sonido de los cascos de lo que sería, un gran corcel.
Poco después apareció ante ella la imponente figura de un hombre, vestido con una reluciente armadura. Una larga capa de terciopelo negro caía desde sus hombros, cubriendolo y dándole un aspecto muy majestuoso. Lahia se quedó observándolo, pues lo conocía.
-Buenos días Aruil, debe ser de verdad un asunto importante el que te trae a los puertos de Kemina Anka, lejos de tu morada.- sonrió y se incorporó para saludarlo.
Lúmenel
Una hoja voló en la entrada de Már-Fëaer cuando Lúmenel abrió la puerta aquella mañana. La levantó. Tenía su nombre escrito en runas de un gris opaco.
<<Una carta>> sonrió la Elfa.
Entró en la casa, y cuando estuvo sentada la abrió con entusiasmo. Leyó primero el final, como solía hacer siempre. No podía creer lo que leía, un cosquilleo le subió desde el estómago y aferró sus dedos a la hoja blanca...
El encabezamiento era algo particular, comenzaba con una frase. En seguida el pensamiento de Lúmenel vagó lejos, muy lejos, antes de que se alistara en filas Telpenianas. Los días en los que se alejaba de su pasado...
Kemina Anka...
-Sonríe Lúmenel- dijo mi madre.
Pero tú hiciste como siempre, fingiste no escucharla y volviste a ensimismarte y perderte en tu pensamiento. Odiabas las fiestas, odiabas el ruido que hacía la gente que venía desde muy lejos solo a comer y beber. Seria, callada, abstraída en tu mundo, como siempre. Pronto tus ojos giraron y recorrieron toda la sala. Los tapices largos y colmados de figuras de animales, héroes de antiguas historias, quizá olvidados para el mundo, pero que aún vivían allí. Las mesas ricamente adornadas, llenas de comida y vino. Mujeres y hombres riendo y compartiendo sus momentos.
-Fastidioso, esto se me hace insoportable- me dijiste riendo.
Te levantó pese a que mi madre te miró con aire de enfado. Bajaste las escaleras y te fuiste, te perdiste de la vista de los comensales. Justo a tiempo para evitar el baile. El aire se movía fuera con una cierta dulzura, casi imperceptible, solo delatado por el movimiento de las hojas más altas de los árboles. No había luna, ni estrellas, una tranquilidad y una calma abrumadoras, veladas por el calor del verano...
Entonces salí tras de ti. Y te hallé en el lugar de siempre. Pero no me miraste, te dedicaste a ignorarme durante un rato. Me sentí incómodo entonces. Estaba allí parado, como una escultura de mármol, en silencio, esperando una reacción de tu parte. Y al fin hablaste, había tanta clama en tu hermosa voz, me llenaba, te lo juro.
-Me voy, o terminaré siendo la Reina de este Bosque que odio- dijiste.
-Odio es una palabra que encierra muchas cosas Lúmenel, tu no odias este bosque, porque este lugar es lo único que conoces- te respondí.
Te reíste de mi.
-Tú no sabes nada de nada Arion, realmente no me conoces. ¿Dudas que soy capaz de todo?, ¿O acaso crees que no sería capaz de huir de aquí sin dar explicaciones?-.
Había cierta malicia en tu mirada, de la que hasta esa noche no me había percatado. Pero...¿Qué podía hacer para mantenerte a mi lado?, algo en el corazón me decía que eras libre como el viento que recorre con suavidad y a veces con fuerza las hierbas del campo. Nada te detenía, y nada te detendrá. Lo tenías todo a tus pies, nadie te negaba su respeto ni su amor. ¡Qué poder escondes Doncella Oscura!, ¿Aún eres así, como yo te conocí?...
Te veré pronto, lo se. Hasta entonces Elensérkë.
Arion
[Editado por Isilmeriele el 01-08-2005 18:58]
Lúmenel
Dejó la carta sobre la mesa. Suspiró ruidosamente y volvió a leer el último renglón:
Te veré pronto, lo se. hasta entonces Elensérkë
Vagos recuerdos entreverados con el confuso presente, esa llegada inesperada que la tomó por sorpresa. Aquel día se tornó tormentoso al caer la tarde. Las nubes grises y cargadas de lluvia y olor a humedad comenzaron a apretarse sobre la playa, trayéndo el sonido de las olas del mar de Kemina Anka.
La soledad de la costa le trajo recuerdos, y la invadió una melancolía poco común. Nunca había tenido nada bueno que recordar, pero Arion había sido alguien muy importante para ella. Miró por la ventana de su habitación mientras las primeras gotas golpearon los vidrios con un suave repiqueteo. Se sentó sobre la cama y tomó una pluma y una hoja, dispuesta a responder aquella carta, y volver a tener noticias de Arion.
Lejos de asombrarme, tus noticias me han tomado desprevenida. Me he reído de aquellos momentos en que fuimos tan felices. Sin embagro había algo de lo que nunca te habías convencido. Y eso fué lo que me impulsó a dejarte.
No tenía la seguridad de que hacer con mi vida, pues tú me dabas todas las comodidades, y sin embargo me asfixiabas. Era demasiado para mi. Aquella tarde en que llegué a tu puerta y me adoptaste como a una hermana menor supe que no estaría mucho tiempo contigo.
-¿Un secreto Lúmenel?- me preguntaste cuando te lo dije
-Quizá, algo que no he de revelar hasta que algo muy imperioso me lleve a hacerlo. Quisiera decírtelo Arion, no me gustan los secretos...
Diste vuelta la cara, sorprendido, triste y quizá ofendido porque no quise decirte nada sobre mi. Pero mis motivos eran más fuertes que tus razones. Debía marcharme y cuando lo hice, una punzada de arrepentimiento me hizo llorar, como nunca.
-¿Qué pasará contigo Elensérkë?...¿Te irás sola?, ¿No dejarás que te acompañe?
Si, debo admitirlo. Me costó dejarte atrás... quizá no solo la soledad a la que me enfrenté me trajo los más gratos recuerdos de ti, sino tus sabios consejos en todo momento. Lo sabes, cada palabra que salía de tus labios jamás fué un desperdicio, no conoces lo que es vano. Todo me sirvió para enfrentar las vueltas a las que fuí sometida por la vida.
Pero...¿Sabrás perdonar ahora mis antiguos errores?. Pues si, aún soy así, seria y reservada, quizá más fuerte emocionalmente, pero verás que para los hijos del tiempo 20 años no son más que un soplo de vida al viento.
Aquí estaré, sabes donde me escondo.
Lúmenel
Dobló la hoja y escribió en su revés la dirección de la que provenía. Lejos, al otro lado de las montaña se hallaba Arion. La necesidad y la tristeza por el se hicieron presentes durante toda aquella tarde matizada de viento y lluvias.
Solo quería esperar, tendida en la cama, la respuesta, que tardaría en cruzar hacia el este.
-Nada me apura- susurró en voz alta.
<<Nada te detenía y nada te detendrá>>
Lúmenel
Aquella noche, llovió mucho. Lo que al comenzar la tarde había parecido ser una tormenta de verano, se transformó en el correr de la noche, en un diluvio. Rayos violetas surcaron el cielo, estremeciendo el cielo oscuro y la tierra mojada.
Aquella noche la Elfa se despertó, pues el agua entraba a torrentes a través de la ventana abierta. Las cortinas blancas, danzando al rito del viento huracanado que soplaba fuera, estaban completamente mojadas, y rasgadas.
Lúmenel se sintió fastidiada. Se levantó y cerró la ventana de su habitación de un golpe. Ahora no podría volver a dormir. Volvió a acomodarse entre las sábanas grises de su cama tibia. Sus ojos verdes atravezaron la habitación. Nadie estaba despierto a esas horas. La gente que trabajaba bajo sus órdenes en Már-Fëaer se alojaban en un anexo a la casa de Lúmenel.
Las luces estaban apagadas y en su cuarto no se veían más que las sombras de los muebles, iluminados por los rayos. El estruendo de la tormenta la alegraba. Sin embargo ella deseaba dormir y olvidarse de Arion, que era lo único que circulaba por su mente en ese momento. <<¿Porqué volver ahora?, ¿Qué sabría el Edain de la vida de la Elda en la Orden de Telpe?>>. Sopló la última vela que se consumía en un candelabro de plata de un soplido y volvió a preguntarse, cada vez más irritada y preocupada...<<¿Un espía?>>.
-Malditas ideas- susurró al tiempo que cerraba los ojos para volver a dormir.
Lúmenel
Vueltas. Miles de vueltas dió aquella noche antes de dormirse. Cuando amaneció, las últimas nubes cargadas de gotas fueron arrastradas por el viento muy lejos de allí, aunque la bruma aún cubría la costa, y se podía ver que provenía de Tol Telpëa.
La entrada a Már-Fëaer estaba totalemente inundada, el agua cubría los escalones, y se había encargado de limpiar de arena la entrada a la Casa.
Los últimos jirones de niebla se disciparon con los rayos de Anar, que cayó sobre la mañana húmeda de la Ciudad Portuaria.
Las gaviotas revoloteaban en torno a unos pocos navíos que se alejaban, perdiéndose de vista en el horizonte brumoso. Sus gritos estridentes rompían en mil pedazos la calma y tranquilidad. La Elfa se despertó, algo cansada aún, pero con el mismo aire de vitalidad y de juventud que tenía siempre.
Bajó las escaleras. Sus pies descalzos no hacían ni el más mínimo ruido sobre el metal pulido de las escaleras. Unos rayos se filtraban por la puerta entreabierta, y una brisa cálida y reconfortante. Cerró los ojos y aspiró un gran bocanada de aire.
<<Magnífica forma de comenzar un día. Que nada lo arruine>> pensó mientras sonreía.
Sintió pasos provenientes de la cocina. Pocos minutos después, la mesa principal, estaba atiborrada de comida.
-¿Desea algo más, mi Señora?- preguntó una de las sirvientas.
-Si. Pide a Hîrgul que prepare a Elenmôr. Me voy a Kemina Anka en una hora. Y por favor, que nadie se entere de mi partida.
-Así sea- dijo ella, caminando apresuradamente rumbo al establo.
Si, ya sabían que sucedía cuando se la desobedecía. Una vez, hacía ya bastante tiempo, cuando la Elfa se había venido a establecer en aquel solitario paraje, uno de sus criados había hecho caso omiso a sus órdenes. Lúmenel no dijo nada, pero todos temieron el brillo amenazante de sus ojos. Al caer la noche, cuando todos iban a sentarse a comer, la Elda se había encargado de esparcir un polvillo verde en la comida de aquel hombre.
Horas más tarde, una de las criadas llegó llorando a los aposentos de Lúmenel.
-¡Eruirion está agonizando, mi Señora, ayúdelo!- rogaba entre lágrimas.
La Elfa la acompañó hasta la cama donde yacía el. Se paró junto a su cabecera. Aquella mirada que le dirigió pareció haber acabado con su vida más rápido que el más potente de los venenos. Acarició su cabello mojado por el sudor que la fiebre le producía.
-Es una lástima, que una vida a la que le queda tanto por delante se acabe así. Pero han de saber, todos y cada uno de ustedes- los miró uno a uno, detenidamente- que la desobediencia se paga con la muerte. Quien no cumple su cometido debe morir. Y así será, mientras yo sea la Señora de Már-Fëaer, y mi poder se extienda hasta los puertos de Kemina Anka.
Se fué. Y nunca más nadie se atrevió a hacer nada sin antes consultarle. <<La desobediencia se paga con la muerte>> la frase que jamás se le olvidó a nada que haya puesto los pies en casa de Elensérkë.
Cuando terminó de desayunar Elenmôr estaba pronto para la partida. Se acercó a el y acarició su lomo negro y suave, como la seda, así era el pelo de aquel corcel. Se subió, con la agilidad y destreza que le caracterizaban. Se lanzó rápida hacia la Ciudad, en busca de la respuesta que hasta ese momento no hacía otra cosa que ensuciar su mente de oscuros pensamientos de venganza y rencores ocultos tras bellas frases de amor.
[Editado por Isilmeriele el 03-08-2005 19:19]
Lúmenel
El día transcurió lento, la arena, bajo los cascos de Elenmôr, comenzó a volar suavemente, mientras el viento soplaba. La tormenta del día anterior se había alejado, pero la ira de la Naturaleza era de temer. La Elfa, llegó a Kemina Anka antes de que el sol se ocultara tras un horizonte agónico y triste.
La bulliciosa Ciudad se levantó ante ella como una fortaleza de negros y amenazantes edificios. Se dirigía a casa de Raina, la única persona con la que tenía trato directo en el Puerto. Una de las primeras construcciones, aún casi fuera del ruidoso ambiente de Kemina, era Sincahonda \"Corazón de Piedra\", la casa de la mujer. Dejó el caballo abajo, amarrado a un árbol. Y sibió las escaleras, sin tocar la puerta. La vieja mujer se hallaba ordenando una particular cantidad de frascos, hierbas y gruesos volúmenes encuadernados en piel.
-¡Melda fëahíri!- sonrió Lúmenel.
-¡Morámewen, aranwe nurunel!- respondió la mujer dándose la vuelta y caminando hacia ella.
Se saludaron. Si el tiempo no guiaba a la Elfa fuera de su casa, o la conducía a la guerra (que en esos días era casi constante en las Haldanóri), nunca se veían. Raina no salía de allí. Lúmenel dejaba, a veces, algunos hombres custodiando la entrada, pues a la vieja hechicera se la creía mensajera de la Muerte. No obstante, Lúmenel había aprendido mucho de ella y era allí donde se abastecía de los polvos y hierbas que utilizaba en sus fórmulas.
-Necesitaremos brea pronto, mi querida Raina- dijo irónicamente.
-Lo se, no hay nada que yo no sepa de ti, Elensérkë, una vez me lo dijiste... \"Eres como un perqueño insecto, vuelas por el aire y cada sonido que escuchas queda para siempre grabado en tu memoria, ¿Cómo no saber de tu amiga?\". Aún lo se todo-.
-Estoy preocupada, sabrás que solo las cosas más importantes en estos días de guerra podrían sacarme de Már-Fëaer. Y hace algunos días me he encontrado cuestionándome muchas cosas de mi pasado-.
La vieja tomó un librillo, polvoriento y viejo. Lo abrió y leyó con voz grave:
(...) Dejar atrás Nurudáë solo me ha llevado a enfrentarme a la vida errante. No me quejo, pues es la soledad lo que mi corazón más desea en este momento. Debo alejarme del recuerdo de mi madre y de todos los fantasmas de los recuerdos de la voz de mi padre. ¡Cómo deseo haberle conocido!, quizá mi destino y el rumbo de mi vida no hubiesen sido los mismos. Arion me ha acogido como a una hermana, eso soy para el, aunque ha visto en mis ojos, que llevo más años que sobre Endor, y que seguiré aquí cuando el Único se lo lleve. Dos semanas, no creo resistir más. Uyë sérë indo-ninya símen (...)
Los ojos de la Elfa dejaron entrever el temor y el desconcierto que las palabras de su amiga le producían.
-¿Cómo es posible...?- dijo quitándose un mechón de cabello de la cara- ¿Cómo lo adivinaste?-.
-Lo veo en tus ojos, hija. Arion estará de vuelta, pero antes debo decirte que quizá el destino no los quiera juntos. Me han llegado mensajes del otro lado de las montañas. Regimientos de Orcos y de Hombres del Sur se mueven hacia el Oeste. Arion deberá lelgar para cuando Isil se levante menguando en el cielo.
-No puedo verlo, eso sería volver, revivir el pasado, que sabes, he tratado de olvidar. Déjame escapar de aquello que no me está predeterminado y que aún, siendo temprano, puedo evadir-.
-No te distraigas entonces Lúmenel, porque el quiere regresar a tí, y quizá el tiempo no lo detenga. Sabe donde vives, y tú le diste esa información.
-Lo se, en un principio quise verlo, mi corazón actuó con el instintivo impulso de antaño. He cambiado, lo sabes. Le escribí, para responder su carta, pero aún no he tenido mensajes de el, y no se si quiero tenerlos. ¿Debería fingir una desaparición repentina?, dime amiga mía... ¿Qué debo hacer?-.
-Apacenyë, y mucho cuidado. Si lo haces, sabes que te arrepentirás. Y no es extraño que sientas culpa, cuando dos partes de ti libran una batalla. ¿Qué hacer?, ¿Quieres un consejo?. Dejando de lado todo tu pasado, ábrete un poco al futuro y acépta lo que te depara.
La Elfa abrió la boca como para decir algo, pero luego calló, abrumada y perdida en sus pensamientos.
[Editado por Isilmeriele el 06-08-2005 03:01]
[Editado por Isilmeriele el 06-08-2005 03:02]
Lúmenel
Largos fueron aquellos minutos de silencio y de reflexión, mientras el sol de la tarde se hundía en un horizonte lejano y triste. Los graznidos de cientos de gaviotas que habían estado sobrevolando el puerto durante todo el día cesaron tras culminar la actividad de los navíos de pesca. Al fin Raina habló, al tiempo que servía un té oscuro y fragante en dos tazas pequeñas. A través de las ventanas semiabiertas llegaba el perfume del mar, salpicado con el aroma de las hojas de los árboles frutales del jardín de la mujer.
-¿Pasarás la noche en el pueblo?- dijo ésta al tiempo que le alargaba la taza.
Imágenes de tantas idas y vueltas de Már-Fëaer a su casa circularon por su memoria, sin embargo hacía muchos años que no se quedaba allí.
-No creo. Si bien se que mi casa está en buenas manos, no tengo la total confianza con mis criados. Ya sabes lo que sucedió, quizá el miedo los inhibe, por ahora. Pero la información que guardo allí es muy importante.
La vieja asintió con la cabeza, y tomó un trago de té. Las amigas conversaron durante un rato, mientras la luna se elevó detrás de las montañas lejanas, irradiando una tenue luz plateada sobre el frío paisaje invernal y las primeras estrellas se asomaban tímidamente sobre un cielo oscuro y glacial. La Elfa partió entonces, cobijada bajo el resplandor solitario de Isil.
Lúmenel
Escribió la última línea con un notorio apuro. Las letras élficas se desprendieron y se deslizaron por la hoja blanca. Suspiró y cerró el diario. Se recostó en el sillón de terciopelo negro, cerrando los ojos y poniendo la mente en blanco.
Los leños secos crepitaban en la chimenea, las llamas danzaban, abrazando la madera fragante de un roble. Con los ojos cerrados aún, pasó la mano por encima de la mesilla, ubicada a un lado. Sus dedos tantearon y reconocieron aquello que buscaba. La daga élfica que había encontrado clavada en la puerta de Már-Fëaer tras su regreso de Kemina Anka.
Recorrió los finos trazos grabados en la hoja pulida y brillante. Runas... Esas runas que se escribían con total delicadeza y empeño. <<Parece haber sido forjada en el lejano Oeste>> pensó. Sus manos se flexibilizaron, mientras dejaba caer la daga sobre su vestido. Se dejó llevar por el sueño, durmiéndose casi al instante.
-¡Te lo dijo, te lo advirtió, ¿Acaso tanto odio puedes albergar en ese corazón?... Dímelo, dime que he hecho para merecer tanta indiferencia de tu parte... Nunca te pedí nada, nunca te acepté nada, me bastaba verte día a día, ver como tus ideas tomaban forma en tus manos. ¡Tan agraciada por Eru!, tanta belleza e inteligencia... Pero tanto orgullo. ¿Porqué vivir encerrada en esa soledad?, es ese misterio que encierran tus profundos ojos lo que me atrajo, lo que me ató a ti. Pero ahora es tarde para pedirte que regreses, o para pedirte por primera vez que aceptes algo... Porque estoy muerto, y mi alma perdida en un laberinto del que no se salir. ¡Si solo hubieses estado aquí cuando sucedió!, lo único que quería era verte una vez más, morir en tus brazos, bajo el resplandor de tu mirada y sentir por última vez las caricias que me brindaron tus manos un día. ¡Adiós!, ahora ya no te molestré. Elenserkë, mi hermana... No sentirás remordimientos, lo se, y no es eso lo que quiero. Ténme en tu mente, escóndeme en tus recuerdos, haz con mis memorias lo que quieras... Más no las dejes caer en el pesado sueño del olvido...
Despertó sobresaltada. Respiraba con dificultad y tenía las manos aferradas a la daga. La sangre caía sobre su vestido, gotas y gotas derramadas en el suelo.
-Yo no te dejé morir- resopló- tú te embarcaste a la muerte cuando decidiste venir por mi. Descansa, vete, vuela lejos... Y ya no regreses.-
Lúmenel
Se incorporó sobresaltada, tirando el arma a un lado y mirándose las palmas de las manos con una expresión de horror. Si era aquella otra de sus visiones afrontaría una muy cruel realidad. Pero extraño era el modo en que aquella voz se había presentado en su inconciente, pues aunque creía recordar bien la escena en ningún momento había visto el rostro de su interlocutor.
No obstante le resultaba todo muy claro. Raina había dicho del peligro de cruzar las montañas, pero el necio edain no dudaría en hacerlo con tal de encontrar a Lúmenel.
Caminó rápidamente hacia el baño, quitándose toda la ropa manchada con la sangre que se había derramado de las heridas. <<¿Cómo he hecho para cortarme así?>> Pensó, <<¿Porqué me aferré tan desedperadamente a esa daga?>>.
***
El agua emanaba un dulce aroma a rosas. Se sumergió en la tina de baño y comenzó a cantar para aliviar el dolor. No se sentía culpable ni mucho menos. Cada cual era capaz de elegir su camino, de decidir entre aquello que está bien y lo que está mal, lo que puede conducirnos a la muerte o lo que nos garantizará una salida. ¡Pero que testarudo era Arion!. <<Cruzar solo las montañas, que locura>> se dijo la elfa al tiempo que se miraba las cortadas de las manos.
Al principio no logró ver nada concreto, pero luego aquellas delgadas líneas tomaron formas ante sus ojos. Una letra, algo tan simple como una pequeña runa, cortada en lo profundo de la piel. <<Qué extraño- suspiró- esto no puede haber sido obra de la casualidad, sino de la mano de un poder más grande>>.
La puerta del salón de baño se abrió y una de las criadas entró con cara de preocupación. <<Como si no me alcanzara con lo que tengo>>. La elfa asomó la cabeza fuera de la tina.
-¿Porqué me interrumpes?, ¿No os he dado órdenes expresas de que nadie pase?- la miraba con una serenidad absoluta.
-Lo siento Señora. Pero hay un hombre sentado en la Sala Principal, y la está esperando.
-¡¿Qué hace dentro de mi casa?!- le inquirió Elenserkë- Es que sois todos unos incompetentes... ¿Porqué lo dejaron pasar?.-
-Mi Señora, no pudimos detenerle.- respondió aquella mujer asustada.
***
Se visitó con prisa. El cabello aún goteaba agua cuando caminó presurosa al encuentro de ese tan inesperado y atrevido visitante. Pensaba en la condena que cumplirían sus sirvientes por tan poco cuidadosa actuación. Sus pasos resonaron en lo alto de aquel techo. Miles de libros en las estanterías retuvieron el eco de su andar. En la penumbra, junto a la chimenea, había un hombre parado. Aunque de lejos no distinguía muy bien, parecía que el intruso se había tomado el atrevimiento de pedir una copa de vino a los criados de Lúmenel.
Unas ganas descrontroladas de echarlo de allí la invadieron por compelto. Sin embargo se contuvo. Estaba furiosa... La lluvia comenzó lentamente a repiquetear en las ventanas laterales. Así era cuando se enfadaba y su espíritu no podía retener (ni descargar) su furia de ningún otro modo. <<Tendría que matarle>> se dijo.
Contuvo la respiración al ver aquella sonrisa, aquellos ojos iluminados por las velas de los candelabros que colgaban del techo. Se detuvo, asustada, divertida... O enfadada. <<¿Qué es esto?, ¿Qué tipo de broma de mal gusto es esta?>>.
No. Aquello no era una broma, aquel hombre era de carne y hueso. Sonriente y apuesto, tranquilo, transmitiendo clama a través de la mirada.
-¡Esto es imposible!, tú... estás muerto- dijo sin pensar.
El hombre no respondió, solo se acercó a ella y le tomó las manos. Miró las cortadas y meneó la cabeza hacia los lados con expresión de disgusto. Ella bajó los ojos y luego volvió a mirarlo, incrédula.
-Esto es lo que he aprendido de ti, Randiriel.- dijo con suavidad- Más nunca pensé que no supieras distinguir entre la realidad haciasndo uso de tu poder, y de un simple hechizo. Te he cegado ¿Verdad?.- rió.
No sabía que responder. No sabía si quería llorar y abrazarle hasta que el sol se filtrase por las cortinas, o darle su merecido por actuar de modo tan imprudente y haberle hecho aquello en las manos. Tampoco las palabras indicadas le salían... Un pesado silencio se hizo entre ambos, al tiempo que el la tomó entre sus brazos y le besó la frente con ternura.
-Lo siento, Lúmenel, no era esa mi intención, lo sabes.-
-¿Porqué me haces esto, Arion?, ¿Tanto mal he hecho en tu vida para que me pagues de esta manera?- Se alejó de él y se dejó caer en el sillón de terciopelo negro.
[Editado por Isilmeriele el 17-08-2005 22:25]
Lúmenel
El edain se arrodilló a su lado. Tomó una de las manos de la elfa y la besó. Aunque podía comprender que quizá él solo había querido darle una sorpresa, sentía que no podía tolerar ese modo de intromisión ni el modo en que había abusado de su capacidad para lograr entrar a los sueños de ella. Nunca antes alguien había podido hacerle eso, y mucho menos aún lograr que a través de imágenes figuradas en su mente pudiese hacer a su cuerpo suceptible a ese tipo de daños inconcientes.
-Lo siento. Quizá me exedí, pero verás que lo hice para llamar tu atención. Sinceramente no imaginé que fuera capaz de tanto.- respondió algo apenado.
-No sientas lástima por mi. Nadie la siente y no serás tú el primero, más que nada porque no tienes motivos para sentirla. Lo sabes ¿Verdad?, lo supieste desde aquel día en que te conocí. No podía casi esconderlo a tu mirada penetrante, pero tú... Tú de veras me sorprendes... ¿Dotado de un poder del que no me había dado cuenta?, ¿O solo un simple nigromante?.- se animó a preguntar ella.
El hombre rió. Se incorporó, tomando la copa de sobre la mesilla y sorbió un trago de aquel exquisito vino. Luego la miró y volvió a hablar, era el momento, el lugar indicado para resolver aquellas cosas que habían quedado pendientes, para desvelar todos los secretos que hasta ese momento habían apartado sus vidas.
-Lo primero se adapta mejor a mi, Randiriel. Si, he aprendido a vivir con el peso que veo que a ti ni siquiera te inmuta. He aprendido a ocultarlo a ojos curiosos como los tuyos, pero necesito descargarme, pues he estado guardándolo por mucho tiempo. He visto como lo haces tú, como evitas darle muerte a alguien haciendo eso. Increíble... Eso es lo que me hace falta a mi.-
No había terminado de hablar, cuando la elfa se incorporó, furiosa. Dedujo tantas cosas en esas simples palabras quele hubiese gustado que su sueño se cumpliera.
-¡Maldito!- le gritó para el horror de los atemorizados criados que espiaban tras la puerta principal de la sala- ¿Conque por eso me buscabas?, quieres mis consejos, ¿Quieres que te enseñe a controlar esa sed de muerte que te invade y que ya no sabes como frenar?, pues te diré... Tu conciencia está sucia, el remordimiento que me muestra tu mirada me intimida, Arion. ¿Eso duele, verdad?. Lo aprendí sola, me lo enseñó la vida. Lucha por aquello que has estado buscando sin descanso, porque de mi mano no lo obtendrás sin un esfuerzo.-
Estupefacto, Arion vió como ella había desnudado todas sus ideas y todos sus planes. Era la verdad, la dura realidad que vivía. No soportaba más aquel oscuro poder, el no era como ella, el podía sentir lo que era el dolor y el arrepentimiento. Y eso era, de algún modo, lo que buscaba con aquella visita.
-Sabes que no es verdad- se defendió- He venido porque necesitaba tus respuestas, necesitaba de tu experiencia y tu conocimiento en el tema, y no solo por eso, Lúmenel. Siempre supiste lo importante que eras para mi- suspiró- yo nunca quise dejarte ir, más te me escapaste. Y ahora que te encuentro, con tanto esfuerzo...¿No me darás aunque sea una pista de lo que tengo que hacer?.-
Elenserkë caminó hasta una de las estanterías. Tomó un libro y llevó hasta la mesa. Lo abrió, ubicando la página correcta en seguida. El hombre se acercó y ella le hizo una seña para que tomara asiento. Repasó con el dedo los renglones hasta que encontró la frase que estaba buscando.
[Editado por Isilmeriele el 19-08-2005 21:31]
Lúmenel
Los ojos de ambos recorrieron las líneas. Arion dio un paso hacia atrás, al tiempo que la elfa sonreía y cerraba el libro con un golpe sordo. Volvió a colocarlo en su lugar y tomó asiento en su sillón favorito. Al fin podría hacerle entender al edain que nunca llegaría a ser como ella, o al menos esperaba una reacción así por parte de él, aunque creía que también él era capaz de dudar de la legitimidad de aquel manuscrito. De todos modos Lúmenel no pensaba hablar más sobre ese tema, y esperaba que la visita de su amigo no durase mucho tiempo más. No tendría más información o respuestas para darle, y se tendría que ir de Kemina Anka sin aquello que tanto deseaba conocer.
-Quisiera ser capaz de actuar del modo que tú lo haces. Hay tanta fortaleza en tu interior, la desperdicias Randiriel. No pasa el tiempo para tí, no obstante y sabiendo que algún día Ilúvatar me llevará consigo, deberías al menos ayudarme a que is últimos y fugaces años sobre Endor sean los mejores.- aclaró rompiendo la atmósfera inerte.
Lúmenel levantó la mirada, aún sorprendida de un modo divertido por la arrogancia de Arion y el hecho de que pensara que ella le debía un favor o algo, y que debía hacer más confortables sus últimos años de vida. Se llevó la mano a la cabeza y se acomodó el cabello, al tiempo que volvió a incorporarse, tomándolo por la mano y llevándolo a la sala principal, frente a la puerta de entrada de Már-Fëaer.
-Como te equivocas, mi querido amigo. Si aún crees que la Hija de la Oscuridad te debe algo es porque ni tú te has dado cuenta que todo aquello que le diste no le sirvió de nada y que solo fué un obstáculo más en su camino. ¿Tendría yo acaso la posición que tengo hoy en día si me hubiese quedado en aquel bosque, viviendo como una niña sobrepreotejida por ti y por tu madre?... No lo creo. Cuanta miseria he visto en este tiempo, no te imaginas, y la pobreza material en cambio, no se compara con la pobreza del alma, y aunque vengas con mil monedas de oro no podrías comprar el poder que hace a uno más precioso que todas las riquezas del mundo, Arion. Para ser hay que nacer con el Don... No adquirirlo de forma barata con viejo conjuros y extrañas hierbas. Si no te ha sido reservado aquello que han puesto en mí, entónces conténtate con lo que eres y tienes, y deja de perseguir metas vanas, que no te conducirán a ningún sitio, más que a tu propia desaparición.
La elfa aún sosteniendo con fuerza el brazo del edain mandó que abriesen la puerta principal. Salió con el y lo acompañó hasta la entrada de la casa. Arion estaba asombrado por el mal trato de Lúmenel y a la vez por la verdad que englobaban sus palabras, no muy humildes pero si muy sabias.
-Ahora te irás. Te irás con el sol y solo volverás a escuchar mi voz en sueños, y verás mi rostro en las aguas que te maten la sed. Allí estaré, pero si vuleves a poner un pié en mi Ciudad, no habrá advertencias, iré directo a los actos.
La puerta se cerró y tras de ella se perdió la silueta de la elfa.
[Editado por Isilmeriele el 27-08-2005 22:05]
Lúmenel
No acababa de comprender a los edain. Había algo en ellos tan arraigado a sus vidas, que la elda se preguntaba constantemente, como harían para dejar los círculos del mundo, pues si tan aferrados estaban a su envoltorio mortal, entonces si era un duro y penoso adiós el que debían dar cuando Eru determinaba su hora. <<Infelices y evanescentes>>pensó.
No obstante la elfa rechazaba su inmortalidad y deseaba no estar sometida para siempre a los cambios rápidos y constantes de Endor. Ahora que Arion se había alejado, esperaba ella que fuese para siempre, se sintió un poco sola y la invadió esa melancolía con perfume de mar. Cerró los ojos y dejó que su mente vagara en la orilla y que sus pies se hundieran en la arena húmeda, acariciados por las olas y la espuma suave que juguetea contra las rocas, y que desafía al viento que la lleva lejos tomada de la mano. La luna se derramaba completamente sobre aquel solitario paraje, Kemina Anka bullía del otro lado de los riscos más altos. Pero aquí, aquí en Már-Fëaer había un lugar aún para la sabiduría y para un poder mucho mayor de los que cualquier habitante de esa zona de las Haldanóri se atreviese a imaginar.
Ordenó que se le sirviese algo de comida y se sentó en la mesa de su biblioteca, mientras se distraía con algunos libros. La comida estuvo pronta en pocos minutos, servida, humeante y con un sabroso aroma. Lúmenel pidió que se la dejase sola, y los criados abandonaron la estancia cerrando las enormes puertas de madera tras ellos. Comió con ganas, pues hacía algunas horas que no se alimentaba. Detestaba tener que romper su modo de vida inesperadamente, y no deseaba más ese tipo de visitas. <<Más tarde hablaré con los incompetentes>> se dijo.
Cuando estuvo satisfecha subió a su habitación, donde la esperaba la tina. Ya en la puerta se podía sentir la fragancia de cientos de hierbas aromáticas cuidadosamente seleccionadas, mezclado con la penumbra acogedora y el silencio embriagante... Tal como le gustaba. Se quitó la ropa y se dejó llevar por la dulzura y la frescura del agua tibia. Así estuvo rato, abstraída en sus pensamientos, hasta que el agua se enfrió. Estaba totalmente relajada y lo único que necesitaba era descansar, mente y cuerpo, de la pesada jornada que había vivido. Se secó y se cubrió con una bata de seda de un color púrpura, y se dejó caer en el mullido lecho. Solitario y vacío, hacía mucho tiempo que no lo compartía con alguien. <<Pocos han tenido la suerte>> rió y cerró los ojos.
Lúmenel
Un silbido profundo que se desprendió de una garganta reseca, rasgando la piel, aflorando con una fuerza sorprendente. Sus ojos se abrieron con un rápido reflejo. Se apoyó en el borde de la cama y miró hacia afuera a través de los cristales de la ventana. Apenas si amanecía, el sol se desbordaba desde las montañas, besando las cúspides, acariciándolas suavemente con dedos de fuego, con un débil fulgor dorado.
Se levantó y buscó en uno de los grandes armarios de madera de fresno, un vestido apropiado para un día de calor y humedad como aquel. Tiró toda la ropa sobre la cama, seleccionando los trajes más ligeros. Optó por uno de un color celeste suave, que se confundía con el matíz del cielo despejado, acuoso y agradable. Se vistió y buscó el colgante Telpeniano, aquel que hacía ya mucho tiempo llevaba consigo. Gemas verdes entrelazadas con hilos de plata, delicada y de una fina artesanía. Delineó sus ojos verdes con una gruesa línea negra. Peinó sus cabellos y bajó esperando encontrar la mesa repleta de comida, y todo listo para no tener que esperar por el desayuno. Sin embagro, Már-Fëaer estaba en total silencio, e incluso pudo sentir el sonido de sus pasos sobre los metálicos escalones.
La elfa sonrió regocijada al ver la mesa tal y como ella deseaba. Ya no tenía dudas de que la gente que trabajaba allí era consciente del temperamento de la Señora y su fuerte e incorruptible carácter. Unos minutos más tarde, luego de haber terminado, caminó hacia la biblioteca y extendió un mapa de las Haldanóri sobre la mesa. Habían varias ciudades marcadas en rojo, sitios que habían sido saqueados, y la posición de los ejércitos de la Orden. De pronto la invadió un fuerte sentimiento de desamparo, una punzada de soledad que hasta ese momento no se había hecho presente, quizá porque hacía tiempo que disfrutaba de ese silencio sin manchas, del que siempre había disfrutado, por el que había renunciado a un cargo en las torres de Barad-Dûr.
Y se extravió en los días del pasado, volvió a caminar por Fangor a la luz de la luna, volvió a dormirse en los brazos de Arion, perdiéndose en el aroma de su piel mortal, envolviéndose con sus manos y sus besos. Pasión y nostalgia...Impulsos que no podía detener, y que la ponían en las situaciones más complicadas, laberintos, como cristales rotos que inevitablemente debía pisar, para que el dolor la hiciese reaccionar.
-¿Cómo te dejé ir?.- Se preguntó en voz alta- ¿Es que tan inflexible puedo ser?.- suspiró.
Se sentó. Abatida, confundida. Tenía mucho que hacer, no obstante sus pensamientos no se apartaban ni un segundo de las facciones de su rostro, de la suavidad de sus palabras. Se levantó, cruzó la sala principal, y el eco de sus botas retumbó contra los cristales de los grandes ventanales. Abrió la puerta trasera y fué hasta la caballeriza. Halló a Hîrgul, y pidió que Elenmôr estuviese pronto cuanto antes. Mientras tanto, regersó en busca de su espada y sus dagas.
Pasadas dos horas del mediodía Lúmenel ya se dirigía hacia su ciudad, esperando que no fuese demasiado tarde para encontrar las huellas del triste viajero que se alojaría en la misma Posada de siempre.
Lúmenel
Agónica. Los colores de la tarde se fusionaron, miles de matices rojos y carmesí, bañaron el cielo de la tarde que moría, dejando paso a las estrellas y a una noche que se presentaría helada y silenciosa. Poco a poco, las luces de Kemina Anka se abrieron ante ella, irradiando todo su alrededor con el calor y el griterío de la gente. Ataviada con una capa negra, casi imperceptible en la negrura que cayó lentamente sobre la playa, cabalgando rápida como una sombra, estremeciéndose al dejar que su mente divagara y se fuera lejos, perdiéndose de su cuerpo.
Bajando por una callejuela lateral a la avenida principal de la Ciudad, se hallaba una posada, que en días pasados, solía visitar. El cartel que anunciaba a los visitantes donde se encontraban, había sido erosionado por las lluvias y los años de intemperie. Pero aún afuera, Lúmenel sintió el murmullo de quienes se encontraban dentro. Tenía que entrar, y si no era demasiado tarde, encontraría a Arion allí, donde seguramente iría en busca de un refugio antes de atreverse a cruzar las montañas y un lugar cálido para pasar la noche y olvidarse de las penas que la elda le hacía guardar en el corazón.
Entró. Las botas hicieron crepitar las tablas del suelo, y algunos caminantes se voltearon a para ver quien entraba. No obstante, no distinguiron en rostro del ser encapuchado, que caminó con paso firme hacia la barra central. Aquel lugar era basto. Un enorme salón que ofrecía cientos de cómodas sillas, mesas y una chimenea que desprendía el calor de las llamas de un fuego furioso. Se quitó la capucha y se apoyó contra la madera de la barra, los ojos en busca del encargado de la Posada, a quien ella conocía desde hacía muchos años.
Repentinamente el hombre salió a la luz, volviendo desde las sombras del fondo con una bandeja repleta de jarras de una cerveza amarilla y espumosa. Al ver a Lúmenel el hombre dejó todo en manos de una de las esclavas e hizo una reverencia. La elfa sonrió, siempre le había parecido una buena persona aquel edain de rostro colorado y sudoroso. Lo veía como a la mayoría de los hombres... Inocente en algunos sentidos e ignorante en otros tantos, miles de cosas les quedaban por aprender, y sin embargo el tiempo corría precipitadamente detrás de ellos, empujándolos a un vacío sin fin.
-¡Bienvenida Señora!- saludó encantado el hombre- Hace ya tiempo que esperábamos su visita, pero sabemos que hace tiempo no se pasa por Kemina Anka.-
-Así es- asintió ella moviendo la cabeza- No he tenido tiempo. Solo una cuestión de suma importancia me ha traído hoy a sus puertas- su rostro se ensombreció- Busco a un edain llamado Arion, quizá le habéis visto por aquí.-suspiró.
El encargado reflexionó unos segundos. Lúmenel ya perdía las esperanzas, aunque algo en su interior le decía que él estaba ahí. Un débil vibrar en el aire parecía llamarla, indicarle la presencia de otro poder, de un alma en pena que la reclamaba.
-¡Oh, ya recuerdo!- rió el hombre- Si, Arion era su nombre... Está en la habitación que tú solías reservar, ¿Sabes de cuál hablo, verdad?.-
La elfa sonrió y asintió, al tiempo que saludaba y se dejaba llevar por ese instinto que le decía que no dudara más en demostrar aquello que sentía y reprimía desde hacía mucho tiempo. Subió las escaleras casi con los ojos cerrados, conocía aquel pasillo muy bien. Al llegar a la puerta pasó sus dedos sobre la madera tallada y sin pensarlo más tomó el picaporte y abrió. Un debil luz se extendió hacia afuera, cayendo con una suave dulzura sobre el rostro de la elfa. Allí estaba él, dormido. Lúmenel se le acercó despacio, intentando no hacer ruidos, ni siquiera quería adentrarse en sus sueños o profundizar en sus pensamientos más inconscientes, más secretos, solo necesitaba sentirlo, poder escuchar sus rítmicos respiros.
Se sentó en la cama y se recostó contra Arion. Fué entonces cuando se percató de que el edain no estaba dormido. Con un rápido giro, el hombre la tomó entre sus brazos. Lúmenel no dijo nada y no impidió que las cosas se dieran como debían. Necesitaba esa protección, ese cariño incondicional, para sentirse del todo segura. Se extravió en ese abrazo que duró largos segundos, y luego el la miró directo a los ojos y ella ya no temió nada y por unos instantes olvidó el pasado y el futuro. Sus labios le parecieron irresistibles y lo besó. Por sus venas corría el fuego abrasador de esa pasión que sus ojos ocultaban... Pero había aún una semilla de traiciones circulando, que pronto pondría todo su esfuerzo en salir a luz.
Lúmenel
Aquella habitación era la conjunción de lo ostentoso y lo exéntrico, siempre conservando el buen gusto. Las paredes, completamente tapizadas en terciopelo verde que llegaba hasta la altura del suelo cayendo en grandes y ondeados dobleces. La ventana apenas abierta, dejando que el viento se filtrara suavemente, haciendo bailar las cortinas, verdes también. Y la luna que dejaba caer todo su resplandor, le daba a aquel dormitorio el aspecto de un lugar alejado del Mundo, una atmósfera romántica y diferente.
Las manos del hombre se hundieron en la espalda de la elda, entre besos furiosos que habían sofocado hasta ese momento. Lúmenel, abstraída y apartada a esos tantos sentimientos contradictorios que experimentaba, se había entregado a él. Sus dedos, tanteando lentamente, desabotonaron el vestido de ella. Sin embargo, Arion comenzó a desconfiar de ella. Sintió como los ojos de Lúmenel se deslizaban dentro de él. Intentó persuadirse de que aquello que sentía no era verdad, pero cuanto más se esforzaba por convencerse de lo contrario, más caía en la cuenta de que la Hija de la oscuridad solo quería su espíritu. Doloroso fué entonces para él saberla suya y sin embargo no poder amarla. ¿Qué era realmente lo que Randiriel quería de él?.
Gradualmente se fué apartando de su lado. Hasta que los besos cesaron y las agitadas respiraciones de los dos se volvieron lentas y pausadas. Arion se levantó y cerró la ventana, pues había comenzado a sentir frío. Aún desde la cama, la elfa lo observaba con desconfianza y frustración. Ya se había percatado de las intenciones del hombre, pero no podía aceptar esa serie de jugadas sucias, tantas trampas en tan poco tiempo.
-Me temes, me amas...¿También me odias, Arion?.- preguntó con una nota de ironía en su voz. Se acomodó el cabello totalmente despeinado mientras se abrochaba el vestido.
El edain se volvió a ella, más confundido y agotado que nunca. Se le iba una vida tras los pasos de Lúmenel, y todavía ella lo rechazaba y cuando no era eso lo hería tan profundamente que jamás acababa de sanar, cuando nuevamente recibía una punzada de angustia y dolor. La deseaba...Y era suya. La tenía allí, como nunca antes la había tenido. La posibilidad de ser su dueño se veía materializada en aquel instante y en aquella habitación, y sin embargo algo le decía que se alejara de la tentación y que borrara el encanto y el fuego que Lúmenel hacía fluír por sus venas. Le costaba un tanto respirar, pero no perdía la calma. Se sentó junto a ella, acariciando con delicadeza sus brazos, y le habló.
-No, no te odio. Pero una sola cosa te diré... No jugarás al amo y al esclavo conmigo, eso no Lúmenel. Porque lo he visto, me he dado cuenta que ya no lo puedes esconder, ni siquiera puedes evitarlo.- agregó esperando la peor reacción de su parte.
No obstante la elfa ni se inmutó ni tampoco dijo nada. Aunque por dentro se sentía capaz de darle muerte allí mismo, intentaba controlar ese impulso que le nacía de lo más lejano a su corazón, de su parte más insensible y menos tolerante. Se incorporó, sin bajar la mirada ni una sola vez, y tomó al hombre por la mano.
-No te haré daño, pero quiero que sepas que he dejado todo atrás por venir y encontrar tus huellas en la más húmeda de las arenas, allí donde las olas las arrastran mar adentro. De nada me arrepiento, pero la próxima vez que uno de los Enwar se interponga en mi camino del modo que has hecho tú, le daré la más cruel de las muertes.- respiró hondo- Mucho te queda por aprender, sobre todo en lo que a tu poder respecta. ¡Qué poco dominio tienes!, y que poco has logrado ver a través de mi, porque no era a tus sueños a donde intentaba llegar, no eran tus secretos los que intentaba destrozar...
-¿Qué buscabas entonces, Elenserkë?- la interrumpió él.
-Ese encanto efímero y misterioso que me ata a tu alma mortal.- musitó al tiempo que se cubría con la capa y se abría paso entre el amueblado salón, para volver a Már-Fëaer.
Vistafairea
El cielo se tornó negro, pesados nubarrones eran arrastrados por el viento desde el país de la Sombra.
El mar comenzaba a embravecerse pero la tormenta no había si no comenzado.
Una espiral de fuertes vientos y agua marina giraba paralela a la costa, a varias millas aún de tierra firme; pero poco a poco aquel monstruo de agua y aire se acercaba a la ciudad.