Anchas franjas litorales bordeaban el perfil occidental de aquel vasto continente.
Los vientos australes barrían sin reparo los suelos areniscos que daban una sutil apariencia de irrealidad.
El borde costero formaba una ancha bahía que remataba hacia el Sur en una aguda punta desprovista de toda navegación y de aspecto completamente salvaje. Aquella punta soldábase caprichosamente al litoral y se apoyaba sobre altas rocas graníticas.
Por el lado izquierdo del lugar, sobre el promontorio, aquella especie de acantilado irregular, constituido por rocas aglomeradas, descendía mediante un plano inclinado que se confundía, poco a poco, con las rocas de la extremidad sur.
Sobre la meseta superior de la costa no aparecía ningún árbol mientras que hacia la derecha se distinguía fácilmente un panorama verde, una confusa masa de árboles.
Aquella extensión verde alegraba la mirada, en contraste con las ásperas líneas del paramento de granito.
Cuando Gwyllion arribó por primera vez en aquellas tierras se sorprendió del terreno y sus ambiguas características.
Quienes la acompañaron en esta primera expedición, no dejaron de preguntarle, ¿qué decía a todo esto? A lo que ella simplemente contestó: -Esto, es como todas las cosas. Tiene su parte buena y su parte mala.
Está demás decir, que el lugar que albergaba el asentamiento de las primeras construcciones de los Tercano Nuruva, en los Puertos, se hallaba en el sector más boscoso, puesto que los corazones de estos marinos, se volcaban a tierra sobre las nobles obras de la Yavanna y sus árboles, así como sobre las blancas playas y los mares circundantes.
Por las tardes, el sol se ponía en el oeste, y la nostalgia de los buenos tiempos pesaba en aquellos que venían mas allá del mar exterior, mas aún Arien confortaba los corazones con sus rayos espléndidos, como un recuerdo de alegría.
Cuando comenzaron las obras de construcción, y a pedido del regente de turno, se construyeron dos enormes estatuas poco antes de llegar a la playa, de forma que juntas hacían un magnífico portal que daba la cara al mar, lo cual inevitablemente llamaba la atención de los navíos que circulaban por la zona, razón suficiente para que en la brevedad fuera denominado Annêar, El Portal del Mar.
Y las estatuas no eran casuales, esculpidas bajo la cincelada hábil de la artesanía elfica, a la izquierda plasmaban a Uinen con una frescura imposible de superar, retocada por bellas incrustaciones de corales y perlas; y por la derecha a Ossë, Señor de las Olas, grandiosos ambos y terribles, con un brazo extendido cada uno en dirección al otro, casi tocándose con la punta del índice respectivo, mas aún sin hacerlo.
El muelle era ancho. Más ancho de lo usual, pues no eran tantas las embarcaciones que lo transitaban al principio y generalmente estaba escaso de anclajes importantes.
Mas esto hablaba de lo previsores que llegaron a ser los Tercano Nuruva, pues aún en la incertidumbre del comienzo auguraban un auge sin precedentes.
Al norte del puerto de Annëar, se alzaba imponente la Ciudad de Nenîath, un camino cercado por árboles abarcaba el tramo principal hasta llegar al centro mismo de la ciudadela, que albergaba a las Uiel-Beraid, las Cinco Torres del Crepúsculo.
Cada una honraba a una raza de la Tierra Media y poseían una bella joya en su cúspide, que descomponía la luz del Sol en hermosos tonos y la ciudad siempre estaba bañada de luz y color.
Esta luz llegaba más débil al puerto y se quebraba prediéndose en la espesura de los bosques, a pesar de lo cual hacía parecer que a lo lejos se levantaba una fantasmal fortaleza, una poderosa guardiana de las costas, pero sobre todo, el centro urbano más cercano a los Puertos, y por tanto el más importante en una vasta extensión de tierra por delante.
Además, la ruta que pasaba por Annëar era obligada si se deseaba llegar a Nenîath por el Sur, puesto que este Puerto servía además de punto controlador del tráfico de la zona por el sur, tanto por agua como por tierra.
Por otro lado la desembocadura del Aicanen irrumpía en el paisaje dándole infinita gracia a las costas, pues sus aguas sin ser demasiado torrentosas hacia la desembocadura, arrastrban sedimentos minerales desde las alturas de las Montañas Grises. Las aguas eran muy límpidas en este punto, y permitían ver el fondo arenoso del río, que sepultaba bellas piedras y restos de metales refulentes simulaban tesoros que a pesar de su menor valía, constituían un verdadero paraje de irreprimible encanto para la vista cansada del viajero.
