La Guerra de los Clanes

Annêar - El Portal Del Mar

Escribiéndose...
Escrito el 27-10-2004 20:43 #1

Anchas franjas litorales bordeaban el perfil occidental de aquel vasto continente.

Los vientos australes barrían sin reparo los suelos areniscos que daban una sutil apariencia de irrealidad.

El borde costero formaba una ancha bahía que remataba hacia el Sur en una aguda punta desprovista de toda navegación y de aspecto completamente salvaje. Aquella punta soldábase caprichosamente al litoral y se apoyaba sobre altas rocas graníticas.

Por el lado izquierdo del lugar, sobre el promontorio, aquella especie de acantilado irregular, constituido por rocas aglomeradas, descendía mediante un plano inclinado que se confundía, poco a poco, con las rocas de la extremidad sur.

Sobre la meseta superior de la costa no aparecía ningún árbol mientras que hacia la derecha se distinguía fácilmente un panorama verde, una confusa masa de árboles.

Aquella extensión verde alegraba la mirada, en contraste con las ásperas líneas del paramento de granito.

Cuando Gwyllion arribó por primera vez en aquellas tierras se sorprendió del terreno y sus ambiguas características.

Quienes la acompañaron en esta primera expedición, no dejaron de preguntarle, ¿qué decía a todo esto? A lo que ella simplemente contestó: -Esto, es como todas las cosas. Tiene su parte buena y su parte mala.

Está demás decir, que el lugar que albergaba el asentamiento de las primeras construcciones de los Tercano Nuruva, en los Puertos, se hallaba en el sector más boscoso, puesto que los corazones de estos marinos, se volcaban a tierra sobre las nobles obras de la Yavanna y sus árboles, así como sobre las blancas playas y los mares circundantes.

Por las tardes, el sol se ponía en el oeste, y la nostalgia de los buenos tiempos pesaba en aquellos que venían mas allá del mar exterior, mas aún Arien confortaba los corazones con sus rayos espléndidos, como un recuerdo de alegría.

Cuando comenzaron las obras de construcción, y a pedido del regente de turno, se construyeron dos enormes estatuas poco antes de llegar a la playa, de forma que juntas hacían un magnífico portal que daba la cara al mar, lo cual inevitablemente llamaba la atención de los navíos que circulaban por la zona, razón suficiente para que en la brevedad fuera denominado Annêar, El Portal del Mar.

Y las estatuas no eran casuales, esculpidas bajo la cincelada hábil de la artesanía elfica, a la izquierda plasmaban a Uinen con una frescura imposible de superar, retocada por bellas incrustaciones de corales y perlas; y por la derecha a Ossë, Señor de las Olas, grandiosos ambos y terribles, con un brazo extendido cada uno en dirección al otro, casi tocándose con la punta del índice respectivo, mas aún sin hacerlo.

El muelle era ancho. Más ancho de lo usual, pues no eran tantas las embarcaciones que lo transitaban al principio y generalmente estaba escaso de anclajes importantes.

Mas esto hablaba de lo previsores que llegaron a ser los Tercano Nuruva, pues aún en la incertidumbre del comienzo auguraban un auge sin precedentes.

Al norte del puerto de Annëar, se alzaba imponente la Ciudad de Nenîath, un camino cercado por árboles abarcaba el tramo principal hasta llegar al centro mismo de la ciudadela, que albergaba a las Uiel-Beraid, las Cinco Torres del Crepúsculo.

Cada una honraba a una raza de la Tierra Media y poseían una bella joya en su cúspide, que descomponía la luz del Sol en hermosos tonos y la ciudad siempre estaba bañada de luz y color.

Esta luz llegaba más débil al puerto y se quebraba prediéndose en la espesura de los bosques, a pesar de lo cual hacía parecer que a lo lejos se levantaba una fantasmal fortaleza, una poderosa guardiana de las costas, pero sobre todo, el centro urbano más cercano a los Puertos, y por tanto el más importante en una vasta extensión de tierra por delante.

Además, la ruta que pasaba por Annëar era obligada si se deseaba llegar a Nenîath por el Sur, puesto que este Puerto servía además de punto controlador del tráfico de la zona por el sur, tanto por agua como por tierra.

Por otro lado la desembocadura del Aicanen irrumpía en el paisaje dándole infinita gracia a las costas, pues sus aguas sin ser demasiado torrentosas hacia la desembocadura, arrastrban sedimentos minerales desde las alturas de las Montañas Grises. Las aguas eran muy límpidas en este punto, y permitían ver el fondo arenoso del río, que sepultaba bellas piedras y restos de metales refulentes simulaban tesoros que a pesar de su menor valía, constituían un verdadero paraje de irreprimible encanto para la vista cansada del viajero.

Escrito el 16-11-2004 22:14 #2

Los fríos vendavales del Sur auguraban un alba austera, escondida tras montones de espesas nubes. La noche anterior había llovido, sin apuros, y una vez más se hacía patente el lacerante frío de las costas.

Eran fines del otoño.

No era de muy grandes proporciones, el tono tampoco resaltaba su complexión.

Un navío, pálido y carente de la espontánea gracia del verano, el Sol y los cantos anclaba frente al Portal del Mar, rompiendo el silencio con suaves oleajes que interferían con las tímidas olas naturales.

Largo tiempo de navegación y vastos paisajes tan solo agraciados por las olas se había sucedido frente a los ojos de Gwyllion, anteriores a su arribo a los Puertos. Iba más callada que de costumbre, pero no porque fuera ella, una más de la docena de doncellas serviciales que idolatraban la paz de una vida escueta en vocablos y tristemente sometida a parcas sentencias del alma, sino irradiaba una luz diferente, mucho más racional, de esas que solo quien se halla maquinando un invento sublime conoce.

Sin sermones ni aires solemnes, bajó, se distanció de la multitud en cosa de segundos, y casi instintivamente caminó en dirección a las playas que con su amplitud daban la sensación de desolación.

Iba descalza por primera vez en mucho tiempo y la estela de los pasos era muy distinta a la que dejaban los pesados escarpines que a menudo portaba.

Escuetamente un manojo de rayos anaranjados lograron abrirse paso entre las nubes, justo cuando la joven daba por perdido el intento de vislumbrar una de aquellas mañanas en Annêar de las cuales tanto se jactaban sus habitantes.

Decidió que para tal ociosa empresa, se dispondría en un roquerío cercano.

Al avanzar, se percató cuan negros eran sus pétreos perfiles, y creyó no haber visto semejantes en otro lugar. Las piedras despedían un leve brillo, de cientos de cristales más pequeños.

Algo la obligaba a aproximarse más a las rocas.

Sacó una llave de plata que se alojaba en su bolsillo, e intuitivamente la acercó a las piedras.

En un principio no pudo pensar más que en que la grandeza de los Vala obraba extrañamente en aquel lugar, puesto que ante su asombrada mirada la llave se pegaba a la roca, y sin embargo con un esfuerzo menor, podía despegarla, y volver a fijarla en otro punto.

Se serenó y volvió a ser como siempre. Apegada al empirismo.

Recordaba vagamente un par de escritos en Khûzdul que describían tales comportamientos en una clase especial de metales.

En oestron, no tenían nombre, pues no habían sido descritos, pero Gwyllion experimentó una fascinación solo comparable a pocas, pues la certeza de algo nuevo se descubría entre las nieblas del futuro próximo.

Caminó varias horas a lo largo de las playas observando el vaivén incansable de los hijos de Ossë, las olas, y sin embargo no era melancolía lo que sus ojos alojaban, porque como Atani, los parajes de más allá del mar no habían quemado de aquel desdichado deseo de retorno, a su joven persona.

Tenía imaginación sin duda, pues por un momento, contemplando el mar, creyó posible que otras fuerzas, interactuasen, ahí y ahora, invisiblemente, que no todo fuera gracia directa de los Vala, que aunque ellos pudiesen haberlo ordenado así en un principio, aquello escapaba siquiera a su comprensión, y que Arda pudiera funcionar con efímera armonía aún si estos marchasen para siempre.

Esta última idea le asustó un tanto, por lo que volvió a aterrizar.

Aquella atracción (como todas), era regular, y no se gastaba, por lo que osó pensar que tal vez se cumplían alguna especie de “leyes” y además se manifestaba tanto en la regularidad con que Anar e Isil pasaban, como las olas que precipitan en la orilla o la caída de una hoja, y que físicamente, dentro de lo terrenal, tuvieran respuesta.

Sabía que aquello no era nuevo, y tal vez hubiese estado presente siempre, por cuanto los nativos de las zona, marinos y pescadores por excelencia, podrían darle respuestas más certeras sobre este fenómeno que se daba en la roca de aquel peñón.

Cuando volvió al puerto en sí, donde aún había gente desembarcando el último navío de la tarde, se acercó a un hombre que llevaba a cuestas un pesado empaque.

Escrito el 16-11-2004 22:41 #3

Arîanrhod, respiraba la brisa fresca marina que le inundaba el cerebro de ideas, tratando de concentrarse en algo, cosa que le era muy díficil dado que pensaba en muchas cosas a la vez, en aquel roquerio cualquiera hubiera estado alerta, caer era algo tan simple como deslizar el pie hacia el vacío, cuando ya se había resignado a que le era imposible concentrarse, divisó un navío a lo lejos, tantos viajes en el cuerpo y tierras vastas exploradas, fue extraño,era una mezcla de todo lo conocido, pero a la vez, encerraba un misterio, Arian decidió partir rumbo al muelle, donde seguramente Gwyllion, la sabia, podría darle más datos.

Escrito el 17-11-2004 18:03 #4

Se hallaba a un par de pasos del hombre a quien se proponía preguntar por su surgente curiosidad de conocimientos perdidos, cuando casi instintivamente levantó la vista y miró a la esbelta figura que envuelta en oscuro azul avanzaba.

Era Arîanrhöd.

Se acercó a su compañera, y fue quien primero habló.

-¡Feliz encuentro Dama del Oeste! – comentó aludiendo a la númenóreana. Hacia bastante no la veía, pues esta había arribado a los puertos mucho antes, y gran parte de las magníficas obras llevadas en la zona era fruto de su vivo ingenio.

Gwyllion, como le era propio, se limitó a sonreír, pues a pesar del aprecio que le profesaba a aquella muchacha venida de la lejana Elenna, iba contra su naturalidad las muestras de efusiva bienvenida. Además, aun seguía intrigada por el reciente hallazgo.

Las nubes volvieron a cerrarle el paso al Sol y el cielo oscureció casi de improvisto, cuando los nubarrones cargados de agua comenzaron a precipitar.

La lluvia en los Puertos, era tanto o más común que un día despejado, a razón de lo cual, los vernáculos siguieron con sus labores como de costumbre, aún a la intemperie que les propinaba las gélidas estocadas del agua de los cielos.

- Sígueme, es mejor buscar un lugar más cálido. Hay algo que debo contarte. – dijo casi en un susurro Gwyllion.

Escrito el 17-11-2004 20:19 #5

Gwyllion se hallaba impávida sobre el muelle, como esperando una señal, Arian se acerco a ella, intrigada pues veía a los extranjeros atar las amarras, un impulso casi la llevó a ofrecer su ayuda, pero prefirió no hacerlo, se hallaba en aquel dilema, cuando su amiga la sacó de su ensimismamiento:

-Sigueme, hay algo que debo contarte.

La siguió, aunque ella parecía equivocar el rumbo;

- Gwyllion, el salón de marina está vacío, vamos allá.

El sendero que llevaba a aquel salón cuya vista miraba hacía el muelle, estaba rodeado por árboles frondosos y aromas varios, Gwyllion abrió las puertas en un rincon, Naeviän hacía bosquejos, concentrada, no se percató de la presencia de ambas, hasta que un saludo familiar la llamó:

-Nai Eru Varyuva len Naeviän Eleanor

Volteo la mirada desde sus dibujos hacía sus amigas y les sonrió dulcemente. Luego de que ambas intentarán ponerla al tanto, Arîan y Nae se dispusieron a oír a Gwyllion.

Escrito el 20-11-2004 04:03 #6

Hace algunas horas que en aquel salon yacia Naevian, embriagada por lo aromas que eran diversos, llegaban desde una amplia ventana a medio abrir.

La fragancia que emanaban aquellas plantas hacía que la joven estuviera en un estado de trance, sin embargo concentrada en lo que hacía.

Pronto emprendería un viaje hacia el oeste, y deseaba mantener frescos sus recuerdos sobre aquellas hermosas tierras, por lo menos en bosquejos.

En medio de su vista ida a la vez, se sintió interrumpida, escucho las puertas abrirse y aparecieron dos formas conocidas...

-Nai Eru Varyuva len Naeviän Eleanor, dijo una voz...

- Ah? ahhhh! hola! lo siento, ando algo ida...

Escrito el 22-11-2004 22:48 #7

Maikahuinë se hallaba solo, viajando esperanzadamente hacia el sur de la Tierra Media. En cuanto llegase a otras tierras, trataría de establecerse allí, solo o con la población estable del lugar.

Habiendo viajado por más de tres largas semanas a varias millas de la costa marítima; un día advirtió la presencia de dos grandes estatuas que extendían sus brazos apuntándose una a la otra.

Asombrado y atraído por la majestuosidad de ambas estatuas, decidió embarcar en aquél sitio que poseía un asombroso muelle, que era más ancho de lo usual.

Cuando encalló en la costa, bajó de un salto a la playa y vió que, extendiéndose hacia el sur ocupando todo el este de aquella tierra, asomaban una cordillera de aspecto imponente, que poseían un atractivo brillo gris; y también advirtió la presencia de una imperiosa ciudad al norte del puerto de Annêar.

Maikahuinë decidió marchar hacia las construcciones del puerto de Annêar, ya que sin duda en ese lugar encontraría a algún ciudadano que lo guiáse hacia el soberano de ese lugar, si es que poseía.

Cuando marchó hacia allí, se encontró con un ciudadano que se dipuso llevarlo hacia los aposentos de Gwyllion, la sabia del lugar.

Maikahuinë decidió emprender ese camino, aunque decididamente no sabría que decirle a alguien tan majestuoso; tampoco sabría lo que ocurriría en caso de que no llegaran a aceptarlo en el lugar, sólo sabía que debía conversar con sumo cuidado...

Escrito el 23-11-2004 01:57 #8

Intrigadas y atentas a lo que Gwyllion les decía Naevian y Arian trataban de comprender aquel fenómeno que Gwyllion les explicaba.

Arian si bien lo había utilizado antes de manera práctica, jamás le puso mucha atención. Esta vez sin embargo, cobraban otra importancia, unas ideas locas tomaban sentido de a poco en la mente de aquellas jóvenes, quizás servirían para detectar la porta de cuchillos o catanas en enemigos encubiertos, sumidas en aquellos pensamientos se vieron interrumpidas por la presencia de uno de los guardias del salón:

- Dama Nimessë, Dama Naeviän, si permitieran un instante,un visitante desea hablar con la Dama Gwyllion...

- Dadme un momento, damas..

- Tarî, llevadme hasta él...

Se presentó ante ella un joven fornido, cuyo rostro curtido por la interperie daba cuenta de lo que había estado haciendo por mucho tiempo.

- Mae Govannen...

[Editado por Arimiliel el 23-11-2004 02:02]

Escrito el 23-11-2004 03:10 #9

Mientras hablaban, y Arian hacía un notable esfuerzo por corroborar las palabras de Gwyllion, alguien se acercaba por los pasillos aledaños a la estancia en la cual las Damas intercambiaban pareceres.

Gwyllion cerró los ojos y presionó las sienes con los dedos, estaba haciendo un esfuerzo por pensar.

Se levantó y antes que Tarî abriese la puerta estaba lista para escuchar sus palabras sin sorpresa. Cuando este hizo presencia, no hizo más que fingir novedad.

- Dadme un momento Damas...-finiquitó.

Caminó con suma parsimonia y sin embargo parecía hostigada por una obligación de la cual no se sentía partícipe. Generalmente de nobles maneras y palabras prudentes, Gwyllion hizo caso omiso a la interrupción que sin su particular autocontrol le habría resultado molesta.

El vestíbulo al cual había sido convocada era un tanto lúgubre, las luces escaseaban y la humedad se hacía patente con cada halo vaporoso.

Con solo atravesar el muro frívolo de la primera mirada, supo que aquel personaje que se erguía delante suyo había visto la luz de los Árboles y Aman en el amanecer de los días.

También así pudo leer entre líneas que a pesar de toda la trayectoria que en vida pudiese haber acumulado el elfo que tenía en frente, había una relación asimétrica entre ellos, pues si bien no era ella quien manifestaba tal situación, le pareció que el (a quien todavía no había preguntado el nombre) se mostraba algo cohibido por la presencia de la Atani.

Sonrió ampliamente y dijo:

- No necesito una presentación para saber quien eres, lo intuyo, y sin embargo algo en ti me desconcierta, ¿porqué no has llegado alto y arrogante, con los pasos altivos de tu pueblo? Eldar eres. – dijo con ciertos dejos de sarcasmo, pero sin desfigurar la sinceridad de la sonrisa. – Pasa, hay un par de Damas dentro, las cuales estarán encantadas de conocerte.

Escrito el 24-11-2004 02:30 #10

Aún inmersas en aquellas piedras ambas jovenes se sumieron en una charla amena, cuando Gwyllion había abandonado el salón, las muchachas comentaban alegremente y reían rememorando los tiempos en los que solían hacer viajes repentinos; quizás les vendría bien cualquier día de estos emprender uno, solo por disfrutar de las maravillas de Endor, de su encantos, de su paz y belleza desbordantes, aunque los tiempos no eran tan pacíficos; aún si lo fueran sus tareas se lo impedirían momentaneamente, Arîan pensaba emprender un viaje en cuanto el rompeolas estuviese totalmente terminado, deseosa de recopilar crónicas, datos o información de las empresas de su antepasado más idolatrado, Anardil Aldarion. Naeviän por su parte estaba consagrada a terminar el diseño de la ciudad y pasaba días y días dibujando a la sombra de los árboles, mientras las Uiel-Beraid emitían una luz tenue.

Las jovenes se percataron del ingreso de Gwyllion y el visitante; que por su mirada profunda y su porte vigoroso daban cuenta de su calidad de eldar, Naeviän y Arîan silenciarónse al instante con la presencia del extraño, como una señal de respeto y disciplina;

- Mae Govannen - saludaron al unísono alegremente, esbozando una sonrisa

- Alasse’ undómë

- Bueno, ¿Qué es lo que os ha traido aquí?...