Edicion 2
Haldanóri, Las Tierras Ocultas
Finalizada · 08-09-2004
De La Senda De Barkoin Hoja De Hierro
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Barkoin Hoja de Hierro
Barkoin Hoja de Hierro, un maestro herrero enano, había traicionado por su obra maestra, un hacha con hoja de media luna, a toda su raza al matar al hijo del Señor de Moria. Al no poder volver a vivir su antigua vida, vagó hasta llegar a las tierras de Nurn, donde fue recibido por la Oscuridad y se volvió uno de sus siervos.
Su vida allí pareció normalizarse: comenzó a trabajar nuevamente como herrero, forjando armas de la más fina calidad para sus hermanos en armas y otras mucho más comunes para las hordas de Nurn. Ahora no debía callar ninguno de sus más bajos impulsos, y era incluso más apreciado cuando su frialdad y crueldad afloraban inevitablemente. Se había convertido en un verdadero señor enano, con renombre y poder, y si bien era una criatura del Mal, a él eso sólo lo hacía sentirse más orgulloso.
Sin embargo, no pasó mucho hasta que su mente volvió a ser acosada por problemas: como ya le había pasado al ser privado de su hacha, se sentía obsesionado por ideas confusas, y no podía descansar ni estar tranquilo. Poco a poco, se volvió nervioso y paranoico.
Fue una de esas largas noches de insomnio que pasaba fumando, cuando encontró la respuesta a sus problemas: viendo la hoja de su hacha, a la que consideraba una prolongación de si mismo, notó un extraño brillo azulado, que inmediatamente disipó todas sus dudas.
Barkoin no se sentía seguro en Nurn, no sabía si ese clan era el lugar para él, ni siquiera si debía servir a la Oscuridad. Tal vez su nuevo camino sólo lo llevaría a la destrucción, aunque todo parecía estable en ese momento. Pero ya era tarde para arrepentirse: si intentaba escapar, sería acusado de traidor, y no podría pelear contra el Mal o el Bien a la vez. Con horror, Barkoin se dio cuenta de que estaba en un callejón sin salida...
Se encontraba en medio de estos pensamientos cuando el hacha volvió a brillar, esta vez con una luz mucho más fría y perturbadora. Su creador leyó en esa luz una señal muy clara: debía partir, aunque no escapar. Debía realizar una travesía, sin destino ni tiempo fijos, para encontrar la clave que determinaría su futuro. Una vez terminado el viaje, su porvenir ya estaría marcado.
Sin más, preparó su equipaje, tomó papel y pluma y dejó una nota explicando su ausencia y dejando a cargo de la herrería a su mejor aprendiz, un enano llamardo Merkin. Luego tomó su hacha y se marchó de Narmelost, en busca de aquello que determinase cual sería su senda en el futuro.
Barkoin Hoja de Hierro
Después de abandonar Narmelost, Barkoin vagó largamente por las tierras al norte del Señorío de Nurn, sin rumbo fijo. Como ya le había pasado otras veces, no seguía completamente su voluntad, sino lo que el hacha parecía decirle: el era consciente de sus actos, pero seguía una voluntad más fuerte, que en definitiva era también la suya.
El viaje se tornó desagradable cuando comenzó a llover, y Barkoin se encontró caminando entre barro y mojándose debido al torrencial aguacero. Se criticó en ese momento su afán de buscar problemas: en Nurn no estaba tan mal, seguro que sus dudas habían provenido de la tensión antes de la gran guerra... O de una conciencia que intentaba olvidar que indirectamente había matado a su padre y a su maestro, los dos únicos seres en el mundo a los que verdaderamente quería y respetaba, dejando de lado a sus nuevos camaradas nurnitas.
Pensando en esto sus pasos lo llevaron a un frondoso bosque que no pudo identificar. Si bien los bosques no eran ni nunca habían sido de su agrado, Barkoin no pudo más que internarse para protegerse de la lluvia y preparase para pasar la noche. Había un pequeño sendero trazado que pasaba por entre medio de los árboles y los arbustos: el enano lo tomó, y prestó mucha atención a cualquier movimiento entre el follaje. Un animal por aquí, un árbol agitándose por allá, la lluvia que no paraba de caer: todo era normal, así que Barkoin encontró una gran haya y se tiró debajo de ella, dispuesto a descansar.
Poco tiempo después comenzó a oscurecer, y Barkoin comenzó a adormecerse. Se tapó con su grueso manto, y se dispuso a dormir. Sin embargo, poco después de haber cerrado sus ojos, el crujir de una rama al romperse llamó su atención. Instantáneamente abrió los ojos, y se concentró en la dirección de la que parecía provenir ese sonido. Poco después oyó una risotada, y un diáologo: alguien se acercaba. Reconoció que el idioma hablado era el dialecto de unos hombres que vivían en pequeñas aldeas cerca de Mordor, en las orillas del Anduin. Si bien no podía entender lo que decían, sabía que estos hombres eran hostiles, ya que ellos estaban aliados con los numenóreanos, y cazaban como ellos a las criaturas del mal. El herrero tomó su hacha, y se ocultó detrás de un arbusto.
El grupo, que era de cuatro hombres, todos armados livianamente, estaba caminando por el sendero, a uno diez metros de él: a pesar de la oscuridad, Barkoin tenía una facilidad para ver en la penumbra, como todos los enanos. La compañía de intrusos pasó un poco más allá de donde se encontraba Barkoin sin percatarse de su presencia, se sentaron y comenzaron a prender una fogata, usando ramas cercanas a ellos. Les costaría un poco, debido a la lluvia. El enano decidió aprovechar la oportunidad, y se acercó lo más silenciosamente que pudo.
Debía estar a unos tres metros del que tenía más cerca, un hombre bajo aunque ancho de hombros armado con un arco, cuandó el viento hizo zumbar un roble detrás suyo, y el arquero se dio vuelta para ver que pasaba, y descubrió al enano que blandía el hacha. No perdió el tiempo y alarmó al grupo, que tomó sus armas y se colocó en formación. Barkoin, mientras tanto, lanzó un grito y se lanzó encima de su delator, y de un rápido golpe le abrió el abdomen, haciendo que las tripas del desgraciado cayeran al suelo. Los hombres apenas percibieron el movimiento, y se cerraron aun más, sin ayudar a su amigo ya que sabían que moriría de todos modos.
Barkoin se escabullío detrás de un árbol, y podía percibir la agitada respiración de sus adversarios: los tres estaban nerviosos, eran cobardes, y llevaban rodelas, espadas cortas, y unas finas armaduras de cuero tachonado. No serían mucho problema.
Lanzando otro grito, el herrero se lanzó sobre el grupo, y lanzando un ataque frontal con su arma partió en dos la rodela del primero y le abrió un tajo en el craneo; el segundo le lanzó una estocada, que fue desviada por un movimiento lateral del hacha, que fue seguido de un puñetazo a la cara, que tumbó al muy infeliz; luego de esto, se enfrentó al tercero, cuya mirada expresaba un terror infinito.
Barkoin, dispuesto a divetirse con él, empezó a hacer girar el hacha por su cabeza describiendo grandes círculos, cuando el hombre que estaba en el suelo, que tenía la nariz rota y la cara llena de sangre, dijo: \"Es el enano inmundo de la recompensa, el asesino, el traidor, Bar... algo. Mátalo y ganaremos mucho dinero!\". Luego de escuchar eso, Barkoin quedó petrificado. Sin embargo, quizá movido por el hacha, lanzó un ataque hacia el moribundo, cortándole la cabeza, y cuando el otro imbécil se le acercó gritando con su espada en alto, le dio un golpe lateral que se le metió entre las costillas, y lo hizo caer muerto.
Luego de ese breve combate, Barkoin se arregló sus ropas (incólumes, ya que no había sido siquiera tocado), limpió su hacha, y volvió hacia \"su\" haya. Al no poder conciliar el sueño, encendió su pipa, y comenzó a fumar y pensar. No en sus víctimas, ya que no sentía piedad por ese grupo de infelices: al contrario, sentía que los había liberado de su existencia miserable. Lo molestaba el que ese cerdo supiese quien era, y lo tomase sólo por una bolsa de oro viviente... Había una recompensa por él, y todos los seres del \"Bien\" lo estaban buscando, por traidor y asesino, que es lo que era. El ya había aceptado eso, pero ahora sabía que no había vuelta atrás, que era un enemigo de la Luz, y que sus viejos amigos no descansarían hasta verlo muerto. Las sendas de Barkoin comenzaban a limitarse, así que antes de dormir sabía que su viaje, en realidad, se había alargado.
Barkoin Hoja de Hierro
La mañana siguiente se presentó gris, con grises nubarrones que apenas dejaban pasar la luz del sol. Había dejado de llover, aunque el aire se sentía pesado y húmedo.
Poco después de que hubiese amanecido (o eso le pareció a Barkoin, ya que la débil luz no le permitía percibir bien la hora del día), el herrero tomó sus cosas y se dispuso a partir.
Volvió hacia el sendero que hubo tomado el día anterior, y se encontró con los cadáveres de los humanos con los que se había enfrentado. No sentía la menor piedad por ellos, como era de esperarse, y decidió cambiarlos de lugar para borrar las huellas de su estadía en ese bosque. Luego de encontrar un buen escondite para los cuerpos, retomó el camino para así salir del bosque.
No pasó mucho tiempo hasta que Barkoin comenzó a sospechar que estaba caminando en círculos: sentía que los árboles eran siempre los mismos, los arbustos tenían formas casi idénticas, las piedras estaban dispuestas de la misma forma... No confiando mucho en su percepción, decidió seguir adelante, cuando un murmullo detrás suyo lo hizo darse vuelta: no vio nada más que un roble y algunos pequeños arbustos espinozos, pero sentía una presencia extraña.
Así siguió caminando todo el día, sintiendo que estaba en un laberinto natural del que no podía escapar, a merced de alguien (o algo) que se había interesado en él: siempre escuchaba el crujir de una rama, un murmullo, o hasta una pequeña risa... El enano siempre tenía una mano sobre el mango de su hacha, por las dudas: tal vez un nuevo asesino, más entrenado que los anteriores, lo había encontrado y buscaba su muerte.
Estaba cayendo el sol cuando la vegetación comenzó a hacerse más escasa, y el sendero se transformó en un gran camino. Finalmente el bosque quedó atrás, y Barkoin encontró una señal que le indicaba que estaba cerca de una posada. Como estaba anocheciendo, y se sentía extrañamente cansado, el enano se dirigió allí.
La posada resultó ser un edificio amplio, de unos dos pisos, con una gran puerta de roble macizo y una estructura que daba idea de firmeza. Sobre el techo se veían algunas almenas, así que por allí, seguramente, había corrido algo de sangre. Un cartel colgante, con el dibujo de astrolabio, decía que la posada se llamaba \"El nigromante\": apropiado para un lugar tan cercando a Mordor.
El enano entró, se dirigió a la barra donde un humano de gran estatura, con una importante cicatriz en su mejilla izquierda y una dentadura muy amarilla le dijo lacónicamente que se podría quedar una noche por una suma moderada. Barkoin accedió, pidió una cerveza y se fue a un rincón, aclarando que no quería ser molestado. El tabernero respondió a esto con un refunfuño, que fue a su vez replicado por una gélida mirada del enano.
En el salón había otros personajes bastantes oscuros: todos humanos, aunque muchos se asemejaban a orcos por sus rasgos desagradables. Ninguno era una amenaza, así que el herrero, luego de entregralo a un ayudante su equipaje, se sentó y bebió tranquilamente su cerveza: luego se puso a fumar.
No había pasado un largo rato cuando otro viajero entró en el lugar: encapuchado, envuelto en un manto grisáceo, era un sujeto de gran estatura y esbelta figura. La capucha le cubría el rostro, pero se escapaban unos rizos plateados y se advertía el brillo de sus ojos: Barkoin reconoció que era un elfo. Cruzó unas palabras con el tabernero, quien pareció muy sorprendido de recibirlo, y se dirigió al centro del lugar donde se quitó la capucha, revelando un extraño y pálido rostro élfico, de rasgos casi perfectos, y comenzó a hablar: \"Mis amigos presentes: no soy más que un elfo que se dedica a cantar historias de cosas que han sido y tristemente no volverán a ser. No les pido dinero, sólo un poco de su tiempo y ganas de escuchar\". Y luego de decir esto, le dirigió una corta mirada al enano, quien entendió rápidamente que ese no era un elfo cualquiera: que el era parte de SU clave, que el lo había estado siguiendo en el bosque, y que ahora su travesía cambiaría radicalmente de rumbo.
Barkoin Hoja de Hierro
Mientras el visitante cantaba sus baladas, Barkoin se ocupó de tomar la cerveza negra de la posada: no era mala, aunque no se comparaba con la que preparaban los maestros cerveceros de Moria. Pero él tenía que olvidarse de eso: era parte de su pasado, y los enanos de Moria eran un grupo de seres mezquinos que merecían la muerte como castigo mínimo.
Se le hizo imposible ignorar el canto del elfo: la verdad es que tenía una voz muy hermosa. Estaba cantando en Sindar, y lo poco que el enano entendía de esa lengua le dio una vaga idea de la temática de los cantos: eran las leyendas de la Primera Edad, que casi todos conocían... Morgoth por aquí, Fingolfin por allá... Hasta que escuchó algo que le llamó la atención: tal vez los gandules del bar no entendían la letra, y por eso no se percataron, pero el elfo dijo algo así como: \"La luz, la oscuridad cede; pero la luz enceguece, y mientras sus hijos se regocijan en la victoria falsa, la penumbra los rodea, y consume poco a poco\".
Luego de esta frase, la última balada terminó y los hombres presentes aplaudieron al bardo. Este realizó unas modestas reverencias, cruzó unas palabras con el tabernero y comenzó a acercarse a la mesa de Barkoin.
El herrero observaba a este extraño personaje: no era un elfo común y corriente; un gran poder emanaba de él, y seguro que era otro siervo de la Oscuridad...¿Pero a quién servía? ¿Y qué deseaba?
\"¿Puedo sentarme aquí, señor enano?\" dijo el bardo. Barkoin asintió rápidamente, y le señaló una silla enfrente suyo. Inmediatamente después llegó el tabernero con una jarra y un vaso. El elfo se sirvió algo de vino, lo bebió, y dijo: \"Me pareces un sujeto muy interesante, Barkoin Hoja de Hierro\".
\"Es por eso que me seguías en el bosque, ¿no?\" respondió rápidamente el enano.
\"Veo que eres perceptivo; no quería que advirtieras mi presencia. Pero siempre hay errores. Te darás cuenta que no soy uno de esos elfos rubios y sosos a los que estás acostumbrado a ver, a los que has matado\". Sonrió al decir esto. \"Soy más parecido a ti, se podría decir, y más importante para tu búsqueda de lo que podrías imaginar. Digamos que yo tengo interés en tu carrera en la Oscuridad, y que tu me puedes ayudar también, aunque después te diré cómo\".
\"¿Y entonces que pides de mí? Es muy imprudente pedirle a un enano que confíe en uno de ustedes, aun si ser rubio y soso. Aparte, no sabes si yo soy uno de los tuyos o no. Tal vez vuelva a la luz, y en ese caso tendría que matarte. Y no crees que dudaría en hacerlo\".
\"Pero no lo harás, y puedo verlo en tus ojos\". Bebió un poco de vino. \"Mira, no debes subestimarme, pues puedo leer en las almas, y no soy débil: muchas de las cosas que cante las he visto, y he tomado parte en ellas. Se que eres de los míos... Lo vi en tus ojos cuando matabas a esos infelices en el bosque. Y haré que te lo demuestres a ti mismo\".
Barkoin dudó. Este elfo podía estar tendiéndole una trampa... Pero en cualquier caso, su hacha era siempre defensa suficiente. Nunca le había fallado. Si, no podía temerle EL, casi un señor enano, a un elfillo de bosque. \"¿Entonces que desea el honorable bardo elfo de mí\" preguntó Barkoin, mientras fumaba su pipa, que acababa de prender.
\"Sólo deseo acompañarte, y ayudarte a terminar tu viaje. No estaré todo el tiempo conmigo, pero me apareceré y deberás escucharme. No parece mucho, pero mi ayuda será invaluable...\". No terminó la frase. Un extraño fulgor provenía de sus ojos, que eran perspicaces y se antojaban antiguos, venerables.
\"Ven, veremos cómo podemos ayudarnos, si es todo como dices. ¡Pero no esperes que te pague nada, ni que te pague el cuarto aquí o la comida!\". Barkoin se levantó de la mesa, inclinó la cabeza lo más cortesmente que pudo, y se retiró a sus aposentos.
\"Nos ayudaremos mucho, señor enano\", dijo el elfo para sí, \"pero tu más a mí. Y tengo muchos más recursos de lo que piensas. Tu hacha no es suficiente contra mí\".
Le pagó al tabernero, y se retiró a descansar. La jornada siguiente sería muy larga.
Barkoin Hoja de Hierro
Al día siguiente, Barkoin tomó sus cosas (no necesitaba aprestarse, ya que siempre tenía todo listo para partir al instante, por cuestiones de seguridad) y se dirigió a la salida de la taberna. Era muy temprano (apenas había salido el Sol) así que el bar estaba desierto, salvo por un viejo encorvado y arrugado que tenía un manojo de llaves en su mano derecha y se sentaba en un banquito a la izquiera de la puerta principal.
\"¿Quiere salir, señor?\" preguntó con una voz cascada el anciano.
\"Sí\", respondió lacónicamente el enano.
Fue ahí cuando recordó al elfo: ¿Seguiría durmiendo? ¿Había sido todo un invento? No lo creía, ese elfo (incluso dudaba que lo fuera) tenía algo muy... particular, como para andar mintiendo por allí. Estaba en medio de estas cavilaciones, cuando escuchó a la cerradura abriéndose y la pesada puerta moviéndose.
\"El señor elfo lo espera afuera, señor enano. Que tenga un buen viaje\" el viejo mostró una sonrisa desdentada, que el herrero devolvió con una mirada de desprecio.
Afuera, un viento fresco corría casi incesantemente, y el ambiente se sentía pesado, opresor. Apoyado contra un árbol en las cercanías, estaba el elfo de cabellos plateados, silbando. Apenas Barkoin lo identificó, el bardo lo miró con sus extraños ojos, y comenzó a acercarse lentamente.
\"¿Cómo ha dormido, señor Barkoin? ¿Está listo para un largo día de autodescubrimiento?\" preguntó al llegar el elfo, con una sonrisa irónica en su rostro.
\"Dormí muy bien. Y ahora dime de que se trata todo este que dices tener preparado: la paciencia no es una de mis virtudes, y el tiempo no me sobra\".
\"No me esperaría otra actitud de ti. Mira, tendremos que caminar a buen paso hacia el Oeste. Ahí verás algo muy... interesante. En el camino te diré unas cuantas cosas\".
Y así comenzaron a marchar durante toda la mañana hacia donde el elfo decía: mientras tanto, el mantuvo con el herrero una charla que jamás pudo Barkoin recordar entera. Sólo fragmentos. Lo único que recuerda es que nunca se sintió tan identificado, tan bien analizado. Una frase quedó grabada para siempre en la mente del enano:
\"Tu amas a tus obras más que cualquier cosa. Vives para ellas; y matas por ellas. No estabas destinado a ser malvado. A ti te hicieron malvado las circunstancias de la vida, y tu corazón abrazó esa oscuridad con toda su fuerza. Lo que sucede es que tu esencia se resiste en algunos puntos a convertirse, quiere permancer en el Bien. Es por eso que dudas, y sufres: pero sabes racionalmente que no puedes volver a tu vida pasada. Por eso necesitas a alguien que te guíe en tu nuevo camino, que culmine tu cambio, para no sólo vivir por cosas, sino para la Oscuridad misma, y no hay vida más gloriosa.
¿Y quién te ha dicho que la Oscuridad es mala, mi hermano Barkoin? ¿Los que te robaron tu obra más preciada, por envidia? ¿Esos mediocres que te envidiaban en las herrerías más profundas de Moria? ¿Los que te tildaban de loco, y no te comprendían? ¿Los que mataron a tu pobre padre y tu maestro, ambos pobres inocentes, ancianos indefensos? ¿Los que mandaron asesino tras asesino, para eliminarte, cuando el único crimen que cometiste fue defender lo tuyo? ¡Ellos son el Mal! La Oscuridad no es más que la Justicia absoluta y definitiva, poner todo en su lugar, sin preguntas. Ellos, los débiles y corruptos no te entienden: pero tu y yo somos superiores, y hemos visto la verdad\".
Ya había pasado el mediodía cuando llegaron al costado de un sendero. Estaban sobre una pequeña elevación con buena vista y en la que podían ocultarse. El bardo volvió a hablar.
\"Yo ahora me ire, tu sólo quedate y mira lo que sucederá. Cuando todo termine, vuelve hacia el lado de la taberna y me encontraré contigo\".
El elfo desapareció camino al Sur. No pasó mucho antes de que, de lados opuestos del camino, aparecieran una pareja de elfos con un pequeño bebe, y una banda de cuatro orcos renegados, aunque grandes y con gruesas armaduras. La banda advirtió a los elfos, y con fuertes gritos se lanzaron a la carrera.
Barkoin Hoja de Hierro
Barkoin se movió un poco para poder observar mejor la escena. Él sinceramente había observado muchos asesinatos y masacres (en algunos había sido el victimario), pero la advertencia de su \"maestro\" lo había alertado: había algo especial con respecto de este evento en particular, algo que lo diferenciaba, y el herrero estaba en busca de respuestas, vinieran de donde vinieses.
Los orcos llevaban unas cimitarras melladas y bastante desafiladas (para Barkoin no eran armas, sino piezas de metal casi en bruto) aunque con la capacidad de dañar. Gritaron estridentemente hasta que estuvieron encima de la pareja. Con gran agilidad, el elfo apartó a su supuesta esposa que cargaba al bebé, desenvainó una fina daga con la que atacó al orco más cercano en el abdomen. Este profirió un agudo quejido, y cayó al suelo cuando su enemigo quitó el arma de su vientre. Del cuerpo del orco caído brotaba mucha sangre negruzca, pero se seguía moviendo. Sus compañeros fueron rápidos para vengarlo: uno clavó su cimitarra entre las costillas del elfo, que no puedo hacer nada para bloquear la letal estocada; el siguiente le abrió un tajo en el vientre, y el último le desfiguró el rostro de un puñetazo. Con sangre manando de todas sus heridas y sin vida, el valiente elfo se desplomó. Los orcos se inclinaron primero sobre él para quitarle todas sus pertenencias, de las cuales la más apreciada fue la fina daga, y se acercaron luego a su compañero caído, al que le tiraron bruscamente una petaca. El orco herido la tomó y bebió su contenido, mientras intentaba detener la hemorragia apretándose el vientre con unos trapos.
Los bandidos se movieron hacia la doncella elfo, la cual corría con lágrimas en los ojos al haber escuchado las voces de los orcos y no la de su marido. Tenía a su bebémuy apretado contra su pecho, y corría como podía, aunque sentía los fuertes pasos de sus perseguidores cada vez más cerca. Fue tal vez obra del Destino que ella no viera una piedra y cayera, aunque dándose vuelta para proteger a su criatura. Los orcos, al ver esto, aminoraron la marcha y comenzaron a reírse.
Comenzaron a hablar entre ellos, y Barkoin logró entender que había decido matar primero al niño para que su madre lo viera morir enfrente de sus ojos. Uno de los bandidos se acercó para llevarse al bebé, pero su madre se defendía lanzando patadas e intentando retenerlo, por lo que el orco le dió una bofetada, dejando una gran marca en el hermoso rostro de la elfa, y tomó al niño. Este lloraba con mucha fuerza, casi tanto como su madre, que histéricamente pedía que no le hicieran nada, que ella se entregaba por él. Los orcos se siguieron riendo en tono de burla, y estrellaron la cabeza del niño contra una roca: el cráneo se rompió y los sesos se esparcieron sobre la tierra. La madre comenzó a temblar, como no pudiendo retener lo que había sucedido.
Luego los orcos la miraron a ella, y riendo estúpidamente la tomaron por los brazos, apresándola: ella no se resistió, viendo su vida destruida en pocos minutos. Los orcos comenzaron a arrancarle sus ropas, y cuando la dejaron desnuda comenzaron a tocarla con brusquedad, lastimándola. Pero en ese momento, con un movimiento de una agilidad sobrenatural, la doncella logró zafarse, y comenzó a correr desesperadamente en dirección a Barkoin. Los bandidos reaccionaron a destiempo, y corrían lento en comparación a su presa, rápida como una gacela.
En medio de su escape, los ojos de la elfa se cruzaron con los de Barkoin: a pesar de estar oculto, sus agudos ojos ubicaron al enano. La elfa comenzó a rogarle en sindar que la ayudara, que la salvara al menos de una muerte horrible en manos de esas bestias. Barkoin estaba a punto de tomar su hacha para acabar con los orcos, cuando una voz comenzó a hablarle en su mente:
\"No cedas. Estos seres arruinaron tu vida, son unos hipócritas que te piden ayuda y luego te apuñalan. Aparte, ¿no te ha gustado ver como moría ese elfo estúpido en manos de los orcos? ¿Y ese bebé, cría de esta raza inmunda que sólo te ha traído sufrimientos? ¡Déjala morir! Disfruta su muerte como lo que es, un acto de justicia infinita. Y observa que es también una afirmación de la verdad; si lo haces, hoy habrás aprendido mucho. Si no, vuelve a la Luz, que en realidad es una llama que busca abrasarte, por ser demasiado para ella\".
Barkoin reconoció que esa voz era la de el elfo. Las palabras fueron tan directas que el quedó paralizado. Cuando volvió en sí, estaba todavía a tiempo de ayudar a la doncella, que seguía rogándole que la salvara. Pero el herrero sonrió, y su mirada se tornó macabra. Negó con la cabeza, y disfrutó el horror en los ojos de la elfa, que intentó seguir corriendo, aunque uno de los elfos la tumbó de un golpe, y sus compañeros llegaron y la apuñalaron brutalmente con sus cimitarras, descuartizándola. Barkoin no dejó de mirar cuando los orcos limpiaron la sangre de sus armas con sus lenguas, y cuando se reían regocijándose en su maldad.
El elfo le había mostrado algo que era verdad: ahora el herrero sentía placer en el Mal, había entendido que no sólo su objeto era firme, sino que también el hacerlo era gratificante. Sentía que la Oscuridad lo abrazaba cada vez más firmemente... Aunque todavía faltaba ver que haría ahora el elfo, ya que sus enseñanzas parecían no haber terminado.
Barkoin Hoja de Hierro
Barkoin se encontraba sumergido en estos pensamientos cuando uno de los orcos, que parecía tener su sentido de la vista más desarrollado que sus compañeros, divisó al herrero en la distancia, y dio la voz de alarma. Las otras bestias, como era de esperarse, se lanzaron en tropel contra el enano, el cual no se inquietó, sino que miraba a sus atacantes con lástima, repugnancia casi, y con la mano derecha en el mango de una de sus hachas balanceadas.
El orco de aguda visión fue el primero en acercarse a Barkoin, y por lo tanto el que recibió el ataque del hacha en el medio de su cabeza, y cayó al suelo emanando abundante sangre de su herida. Los otros tres no tardaron en llegar: el jefe de la banda pretendió atravesarla el vientre con su cimitarra, aunque en su lugar Barkoin le cercenó la cabeza con su hacha. Los otros dos mantuvieron su distancia al ver como su líder había sido despachado tan fácilmente, y blandían sus cimitarras mientras buscaban una forma de vencer a su poderoso rival.
El enano, sin embargo, decidió destruir la mente de sus adversarios: no era una técnica que supiese utilizar muy bien, atacar con la mente, pero siempre había sido reconocido por el poder de su mirada y la habilidad con las palabras, y todo esto se vio inifinitamente mejorado con sus aprendizajes en Nurn. Así que, lanzando penetrantes miradas y pronunciando las frases apropiadas, los dos bandidos se taparon las orejas y dejaron caer sus cimitarras, aullando para que el enano se callase. Barkoin se sentía complacido al ver como sus habilidades habían mejorado (antes le costaba mucho engañar a un sólo hombre estúpido), y continuó con su ataque, ya que una vez empezado los enemigos oían la voz de su adversario en sus mentes, y no podían salvarse tapando sus oídos.
Y así siguió hablando, mientras los orcos se autoflagelaban debido a la locura que los atacaba, y finalmente tomaron sus cimitarras y acabaron con sus vidas. Luego de ver esto, y prácticamente sin poder controlar el impulso, Barkoin comenzó a reir; una risa dura, macabra, no de felicidad ni alegría, sino llena de odio. Dejando los cuerpos para que se los comieran los cuervos, se marchó.
Siguió caminando hasta que comenzó a oscurecer, y como quería sentarse a pensar un rato, el herrero decidió acampar en los lindes de un bosque cercano.
Apenas se había tendido en el suelo, su \"maestro\" elfo salió de entre las sombras de los árboles, sus grises ojos brillando en la penumbra. Barkoin se puso de pie al instante, aunque no estaba sobresaltado, ya que en el fondo esperaba que su guía apareciese. El elfo se acercó al enano, y apoyó su espalda sobre el tronco de un roble.
\"Muy bien Barkoin: has recorrido en muy poco tiempo y decididamente la senda que te lleva a ser un hijo de las tinieblas, un digno señor de Nurn. Sabes que el Bien te rechaza, que sus promesas son falsas, que sólo el Mal te acepta ahora, que tus objetivos sólo podrás cumplirlos cuando te unas completamente con la Sombra, y que ahora te regocijas tanto viendo como los hijos de la Luz, esa raza de víboras hipócritas, es destruida por nosotros, y que tampoco serás limitado por nada. El sufrimiento es un medio muy fuerte y eficiente para llegar a cualquier fin. Lo has comprobado con esos orcos, y lo verás también más adelante, de unirte a la Oscuridad. Ahora bien, ¿quieres dar el último paso?\".
En ese momento, Barkoin se acercó a su interlocutor, y escruto sus ojos élficos, buscando algo preciso, pero que no sabía identificar con exactitud. Luego de ese análisis, volvió hacia atrás y comenzó a decir en un tono calmo pero a la vez duro:
\"Yo se que tu no eres un elfo: en tus ojos veo señales de una raza muy distinta, pero en la cual tampoco confío. Y también se que a ti no te ha enviado nadie de Nurn, que tu no eres de los nuestros, y que no tienes ningún interés en ayudarnos. Eres, en el mejor de los casos, un sucio espía: una vil servidor de otro, que por alguna razón me quiere convertir a su causa. Has hecho un buen trabajo: ya soy de los tuyos, soy un ser sin corazón, sin alma. Pero todavía guardo mi inteligencia, y no serétu títere, y tampoco quiero servir a tu amo. ¿de quién eres mascota, maldito espectro de nigromante?\".
En ese momento el enano vio por primera vez una mueca de sorpresa y disgusto en el rostro de ese elfo. Su cuerpo pareció ser consumido por la oscuridad creciente, y salir en otra forma: una silueta encorvada, enjusta, desprolija. Cuando se materializó completamente, el enano vio a un viejó cuya cabeza no era muy distinta a una calavera, cuyo rostro estaba cubierto completamente por arrugas y otras marcas, y cuyos ojos grises, iguales a los del elfo, parecían despedir fuego.
\"Me presento, gran herrero: soy el maestro de hechiceros Khamersul, servido de Sauron el Cruel\", su voz era ahora cascada y grave. \"Yo te quería convertir a su causa, pero veo que había sobreestimado tu intelecto. Pero tu fuerza es como la había imaginado, y la mía es superior. Por lo tanto, como no te me unirás, debo destruirte\".