La Guerra de los Clanes

El Principio Del Fin

Terminada
Escrito el 15-11-2004 00:10 #1

Pensativa se mantuvo mirando el horizonte. El viento despeinaba su corta melena. Había dejado atrás sus ropas harapientas y ahora lucía con estilo una nueva vestimenta. Un peto de tirantes ajustado realzaba sus pechos. De una tonalidad rojiza, estaba hecho de cuero duro al igual que las nuevas botas marrones que portaba. Un pantalón del mismo color hacía el resto.

Sin embargo, poco faltaba ya para el amanecer y con él volver a ocultarse de la luz en el camarote. Hacia tanto que no miraba al Sol directamente que se le había olvidado como era. Sentir esa sensación de los rayos acariciando tu rostro y proporcionándote un suave y acogedor calor... Suspiró profundamente y resignadamente bajó las escaleras de cubierta para llegar a su compartimento.

El barco había zarpado días atrás desde la Playa del Silencio allá en Nardazda y pronto se acercaría sigiloso, cual leona a su presa, arribando en un acantilado del noreste a las Tierras de Aquende. Oscuros territorios iba a cruzar, en soledad, pero sin miedo. La emoción crecía en su interior a medida que se acercaban. Sabía que si fallaba, nadie detrás habría para apoyarla o ayudarla, nadie. Días pasarían hasta que alguien pudiera acudir en su auxilio. Y aún así se sentía tranquila. En peores situaciones se había visto, y aunque en muchas no había salido bien parada, no creyó que pudiera existir tortura peor a la que ya había soportado durante tres años encerrada en lo que podrían haber sido las mazmorras del infierno. Pero si había sobrevivido, por alguna razón tendría que haber sido, y eso era lo que alentaba su corazón para adentrarse en un territorio desconocido y lleno de peligros.

Pasó las horas estudiando los mapas, las situaciones de las instalaciones que se habían divisado desde la lejanía o de la información que llegaba de boca en boca. No era demasiado, pero era lo único que tenía y por tanto lo único a lo que podía aferrarse. Mientras observaba con detenimiento cada uno de los papeles, jugueteaba inconscientemente con el colgante que Yandros le había entregado. Sin embargo su mente comenzó a divagar, ¿Por qué había aceptado esta misión? Ah, sí, porque sino la hubieran encarcelado por robar cierto anillo sobre el que no debería ni haber posado su mirada. Aunque tampoco la disgustaba, después de todo no se estaba tan mal con los nuevos lujos adquiridos: tenía ropa nueva, comida cuando ella quisiera, baños calientes... y lo mejor, cuchillos recién forjados y perfectamente afilados.

Un golpe en la puerta la arrebató de su ensimismamiento. Sin esperar siquiera permiso, el soldado entró siendo totalmente consciente de que la interrumpía. La verdad que ese era el único fallo de todo, la compañía no era buena. Los soldados no se sentían nada contentos con tener que obedecer las órdenes de una chiquilla insensata. Pero a ella no le importaba, al contrario, le gustaba sentirse superior y que unos experimentados soldados estuvieran bajo su control.

- Vamos a llegar, prepárate – secamente dijo sin saludar debidamente primero.

Elorah se le quedó quieta mirándole desde su asiento con altivez y sin denotar preocupación alguna, a lo cual el soldado respondió dando un portazo y acercándose con rabia enfrentándola cara a cara mientras ella se mantenía sentada.

- No nos gusta que estés aquí, así que no nos provoques. Sólo danos una oportunidad y no volverás a ver la luz del Sol.

La muchacha se le quedó mirando fijamente y con la misma despreocupación se levantó, no poniéndose precisamente a su altura porque él era muchísimo más alto y robusto que ella, pero aún así manteniendo la entereza:

- Puedes estar tranquilo, jamás volveré a ver la luz del Sol – y sus ojos parecieron cristalizarse aún más en la oscuridad de aquel camarote.

El soldado fue retirando sus pasos sin descuidarse ni un instante. Cuando llegó hasta la puerta, la señaló con un dedo amenazador:

- Te lo repito, tan solo una oportunidad...

Elorah sonrío.

- Lo recordaré – y en cuanto él estaba a punto de marcharse añadió – Ah, y vuelve a enfrentarme de este modo y te degradaré de tal forma que no volverás a empuñar una espada en lo que te resta de vida.

Un nuevo portazo, pero esta vez de salida, concluyó la discusión. Rió levemente y se ajustó las muñequeras de cuero envejecido en las que relucían sus nuevos cuchillos. Fue colocando detenidamente y a conciencia cada uno de los dardos en los enganches de su cinturón al igual que la cerbatana. Concienzudamente se pintó los brazos y el rostro con marcas y símbolos extraños de tinta azul creada con unos polvos especiales. Imposibles de borrar si no era con los pétalos de una amapola. Una vez terminó metió algo de comida, reservas de agua, los mapas y una capa en su macuto y se lo colgó a la espalda. Después se posicionó frente a la puerta, mirándola. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo que estaba a punto de hacer. A lo que se iba a enfrentar. Las dudas comenzaron a asaltarla. Pero no. No se podía dejar llevar por miedos primitivos, y con arrojo y valentía cruzó la línea del destino.

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La intensidad, y molestia a sus ojos de la luz se hacían mayores a medida que avanzaba el día. Llevaba varias horas caminando, atenta al mínimo sonido y movimiento, aunque no podía fijar su vista en la lejanía y prácticamente llevaba todo el recorrido con la cabeza gacha confiando únicamente en el resto de sus sentidos, siguió su caminar.

Tras haber escalado el acantilado, había rodeado completamente un bosque y ahora frente a ella se extendía un paisaje tenebroso, lleno de bruma y flores marchitas cuyos pétalos bañaban los suelos. Rojas y negras le daban un aspecto terrorífico y mortecino, sangre y muerte mezclándose. Vegetación mortífera. Fue a adentrarse en aquellos campos. Tan solo un paso y de repente se vio caer como si la mismísima tierra la absorbiera. Intentó apoyar las manos en el suelo, pero éste también se hundía con ella. Aquella bruma ocultaba un peligro que no había sido capaz de divisar. Arenas movedizas. Y ahora poco a poco su cuerpo se adentraba cada vez más en el barro.

Peligrosamente el pánico había cundido en ella, intentaba sin éxito alcanzar las ramas de un arbusto cercano, pero cuanto más se movía, más rápido descendía. Ya ni siquiera podía ver sus piernas y su torso comenzaba ya a perderse entre todo aquel fango. Respiraba demasiado deprisa, hiperventilándose, pero intentando a la vez calmarse. No. No iba a rendirse ni mucho menos a lo inevitable y como última esperanza sacó dos de sus cuchillos y asiéndolos con fuerza los clavó en la tierra firme en la que segundos antes tan a salvo se había encontrado. Intentó impulsarse hacia fuera pero era como si algo le retuviera, como si la arrastrará hacia el lado contrario. No se amilanó y siguió forcejeando con aquella fuerza de la naturaleza. Desclavando y volviendo a clavar los cuchillos de nuevo pero cada vez un poco más lejos, hasta que poco a poco su cuerpo fue saliendo, arrastrándose y sin cesar de luchar. Cuando al fin alcanzó el arbusto se detuvo unos instantes para hacer un último esfuerzo y conseguir desaprisionar sus piernas.

Aún nerviosa y con la respiración entrecortada y muy agitada se quedó tendida en el suelo. De cintura para abajo su cuerpo había quedado completamente lleno de barro, al igual que sus brazos y parte de su rostro. Seguramente cuando se secara, su ropa se acartonaría y le haría más difícil la travesía, pero ahora mismo había otros problemas en los que preocuparse, como por ejemplo, por donde avanzar. Rodear el lago le iba a resultar arduo difícil, pero más aún atravesarlo, Eru sabrá que criaturas lo habitan.

Demasiado alterada para ponerse a pensar decidió echarse a descansar, pero tan solo un par de horas, pues prefería cambiar su rutina de viaje y hacerlo de noche cuando el Sol oculto no perturbara su especial mirada.

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La noche cayó y tras haber revisado los mapas, emprendió la travesía, no sin antes haber limpiado un poco sus ropas con unas hojas y parte del agua que portaba consigo. Los signos azules seguían imperturbables en su piel, pero ahora se mostraban atravesados por marcas de barro, y con todo el pelo desarreglado y revuelto adquiría un aspecto salvaje, sensual y atrayente.

Decidió rodear el lago por su parte más externa sin acercarse a la bruma que lo cubría. Tardaría mucho más tiempo, pero parecía lo más seguro.

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Pasó toda la noche caminando. Empezaba a sentirse muy cansada. Apenas había echado una cabezada en 36 horas que llevaba despierta. Además pronto amanecería y Narmelost ya empezaba a divisarse en el horizonte. Demasiados inconvenientes se le presentaban al mismo tiempo: cansancio, luz y pensar una forma de entrar en la que podría ser considerada la ciudad más impenetrable de todo el territorio de los Señores de Nurn.

Se mantuvo pensativa unos minutos a una distancia prudente. Frente a ella, un poco más allá la única entrada se alzaba imponente y bien custodiada. De repente, y cuando todo parecía perdido, cuando la imposibilidad nublaba su mente, un milagro ocurrió. Un carro de armamento se disponía a entrar. Seguramente serían nuevas provisiones, así que revisarían sin lugar a duda el contenido del mismo. Sigilosamente y aún protegida por la oscuridad de la noche se acercó hasta la parte trasera del carromato. No podría subirse a él puesto que el ruido del metal moviéndose la descubriría. Así que optó por pasar por debajo y amarrarse con fuerza para no caer.

Una vez en la entrada, y como había previsto, los guardianes procedieron a registrarlo, pero no lograron a imaginarse que ella pudiera estar allí escondida.

Y por fin dentro. En Narmelost. Había burlado la guardia ¡y sin haber tenido que enfrentarse al río de lava!

Escrito el 30-11-2004 15:43 #2

Al ver que todos se iban yendo a sus quehaceres, Arattalion fue a dar una vuelta por la ciudad. Shulak, habia hecho bien su trabajao y las guardias de la ciudad empezaron a moverse. La noche llegaba cosa que le atraia mucho y mas por los lugares oscuros que dejan las sombras. Fue a una taberna y ese antro se encontraba lleno de gente y orcos que pasaban alli sus horas que no estan trabajando o simplemente para charlar y tomarse unas pintas.

Vio al Tabernero y le dijo que le trajese una Pinta. Al tomarse la pinta vio un alboroto fuera de la Taberna y fue a ver que pasaba. Tres orcos de la guardia habian sido acuchillados y tenian una sonrisa de oreja a oreja, es decir, degollados. Al ver esto, llamo a los guardias que se encontraban cerca y dijo:

- Quiero que acordonen la zona a tres manzanas a la redonda, y buscad por todas las casas y sitios oscuros, carrujes, todo,por todos los lados,¿entendido?, he escuchado cosas sobre alguien que corta el cuello de esta manera. Puede que sea una espia asi que encontrarla y traermela. No le hagais sufrir mucho, la quiero viva. Lo que se busca es una mujer y no un hombre o escoria como tu.

Tras decir esto La zona se acordonó en tres manzanas y fueron buscando casa por casa. Arattalion cogio a unos cuantos soldados y les dijo seguidme.

Subieron al atico de la taberna y luego al tejado.

- Se que estas por aki cerca y te encontraremos antes de que el sol vuelva a la vida.

(esta Historia esta relacionada con Narmelost, la Ciudad del Fuego en Señores de Nurn)

Escrito el 05-12-2004 14:39 #3

Menudo revuelto se había organizado en un instante y todo por culpa del mapa. Tenía que haberse dejado guiar por su instinto y no por unas incorrectas direcciones marcadas sobre papel.

Si la preguntaran, no sabría explicar con exactitud lo sucedido 5 minutos atras. Simplemente dobló una esquina y se encontró de frente con tres guardias que al instante reaccionaron ante su presencia. Encontrarse con un muchacho, o lo que ellos pensaban que era, al que jamás habían visto en plena noche y en la ciudad prohibida y que además iba pintado con unas extrañas marcas azules y lleno de barro de la cabeza a los pies, por no mencionar los cuchillos en sus muñequeras, no dejaba lugar a muchas otras expectativas. Era enemigo y había que matarlo, por lo que ni siquiera le pidieron identificarse, al momento iniciaron el ataque los tres al unísono. La situación que se planteaba no era muy favorable para Elorah, pero fuera como fuese tenía q conseguir salir de alli con vida.

Comenzaron a rodearla espada en mano y en un segundo ya se habían avalanzado sobre ella con ataques directos. Elorah espero hasta el último instante, estudiando la trayectoria de las hojas, para encontrar una vía de escape entre ellas.

Una venía directa a su estomago y respondió girando levemente a su derecha. Otra destinada a su corazón, haciéndola volver hacia su izquierda rozando el filo de la anterior espada y siguiendolo hasta la punta para poder escapar de aquella tijera mortal, a la par que se agachaba pues la última hubiera sesgado su vida arrancándole la cabeza.

Milagrosamente había salido indemne de aquel apuro y aun se preguntaba como, pero si no tenía tiempo ni de respirar, menos aun para pensar, pues de nuevo volvían a por ella, pero esta vez sólo dos. El tercer espadazo no había ido a parar a su cuello, pero sí al de uno de los orcos. Degollado, uno menos del que preocuparse.

Empezó a correr, ¿Hacia dónde? Ni ella misma lo sabía. Calle un lado, calle al otro, evitando los guardias y valiéndose de su don para ver mejor en aquella penumbra. Mal giro. Había dado a parar a un callejón sin salida. Quiso volver, pero a la entrada aparecieron los dos orcos que no habían cesado de perseguirla. Se detuvieron para recuperar el aire para después avanzar lentamente hacia ella con una sonrisa de oreja a oreja, pues sabían que no tenía escapatoria alguna.

Elorah les miraba sucesivamente, asustada y con el corazón acelerado. Dirigió su mirada a sus muñequeras y después al muro. tenía tres opciones: rendirse, luchar o escapar.

Por razones obvias la primera opción quedaba descartada al igual que la segunda, nunca había sido una gran luchadora, se le daba mejor la evasión. Así que rápidamente les dio la espalda y empezó a correr hacia la pared. Se impulsó sobre un barril para poder alcanzar la parte superior. Sin embargo, de lo que no se percató fue de los pequeños cristales que había clavados en lo alto del muro, los cuales, uno de ellos, se fue introduciendo en su palma derecha a medida que ella se apoyaba en él. Antes de que su propio peso la hiciera caer desgarrándola toda la mano, apoyó los pies en el muro para impulsarse hacia atrás, cayéndo al suelo de espaldas y llevándose consigo el cristal. Pero no era lo único preocupante en aquellos momentos: Dos hojas se posicionaron uno a cada lado suyo. Se mantuvo en el suelo, quieta y a la espera.

Uno de los orcos envainó su espada mientras el otro posicionaba la suya a la altura del cuello de la muchacha. El primero cojió su mano en la que aún el cristal hundido perforaba su piel. Pronunció en alto unas palabras ininteligibles para Elorah, seguramente en lengua negra, a lo que el otro respondió riéndose. Pero un grito ensordeció las carcajadas cuando el guardia arrancó de cuajo el vidrio haciendo brotar la sangre y el dolor.

A partir de ese instante todo sucedió muy rápido. Sin pensárselo dos veces y como último recurso antes de que la mataran, sacó uno de los cuchillos y se lo clavó en el pie al que portaba la espada. Mientras el otro volvía a desenvainar su arma, ella hizo ademán de levantarse, pero volvió a agacharse confundiéndo así al orco que se recuperaba de la herida y, que haciendo un giro de espada, degolló a su compañero, aprovechando Elorah para pasar por entre sus piernas y colocarse tras de él, sacando otro cuchillo y haciendole una incisión de un lado al otro del cuello.

El silencio lo cubrió todo excepto por su acelerada respiración. Observó los dos cuerpos inertes que yacían en el suelo. Su puño aun seguía cerrado sobre el cuchillo con tal fuerza que el relieve del mismo empezaba a marcarse en su palma. Fue llevando poco a poco su vista hacia la sangre que resbalaba por el fijo. Era la primera vez que mataba a alguien y no sabía muy bien como debía sentirse. Bien por estar viva, mal por haber asesinado. Bien porque hubiera sido un enemigo, mal porque... ¿Mal? Ellos eran los malos, por eso había sido enviada allí para espiarles. Eran enemigos... no aliados.

Un alboroto la sacó de su ensimismamiento. Alguién había descubierto el primer cadaver. Así que rápidamente limpió el cuchillo y lo volvió a guardar en su muñequera, haciendo lo propio con el que seguía clavado en el pie del orco. Fue en ese instante en el que hizo fuerza cuando volvió a su memoria la herida de la mano. La observó. Abierta, palpitando, sangre resbalando y coagulándose. Piel desgarrada mostrando entresijos de venas. Quedó como en shock. Su bien más preciado eran sus manos, sin ellas no podría robar... Intentando que la angustia no la invadiese, cortó un trozo de tela de la ropa de los guardias haciéndose un improvisado vendaje. Para, posteriormente, huir de allí velozmente buscando desesperadamente un lugar en el que esconderse mientras una voz parecía llenar los cielos.

> Sé que estás por aquí cerca y te encontraremos antes de que el Sol vuelva a la vida.

Esperaba poder salir de allí antes de que aquella frase se hiciera realidad, sobre todo la parte en la que el Sol resurgiría.

Escrito el 28-01-2005 23:21 #4

*¿Qué me está pasando?*

Tuvo que detenerse en su huída, pues empezaba a costarle respirar. Podría deberse al cansancio, llevaba tres días enteros casi sin dormir ni comer… pero no… era algo distinto. Se sentía mareada. Las dimensiones parecían deformarse, los objetos acercarse y alejarse… ¿O era ella la que se movía? De repente cayó al suelo como abatida. Sin fuerzas. Le pesaban los brazos… y todo se empezaba a volver más negro de lo normal, pero antes de cerrar los ojos pudo divisar una figura en la oscuridad de la noche. Algo sobrevolaba aquel ennegrecido cielo… ¿Un águila?... Imposible se dijo a si misma justo antes de desmayarse.

*¿Qué es lo que ha pasado?*

Sintió calor. Como si algo la envolviera en un manto de calma. Abrió los ojos sin entender que sucedía y se encontró con un Sol cegador que la quemaba.

>Argh! – y con un grito apartó la vista protegiéndosela con la mano e intentando buscar una zona oscura en la que ocultarse.

Quiso ponerse de pies, pero no tenía fuerzas. Se apoyó en el suelo y repentinamente sintió un dolor desgarrador como si la atravesaran la mano con diez mil cuchillos. Llevándosela al pecho se ayudó con la otra para llegar a gatas hasta el cobijo que le proporcionaba un tupido y solitario árbol. Una lágrima recorrió su rostro más por la incertidumbre de lo que había sucedido que por el dolor. Parecía no tener recuerdos de las noches anteriores. ¿Qué es lo que había sucedido? Miró a su alrededor, hasta lo máximo que le dejaba ver la cegadora luz que venían a ser escasos metros. Allí frente a ella una gran bruma se extendía al igual q vagos recuerdos se agolpaban en su mente. Miró su mano ensangrentada. Miró su cuerpo lleno de barro. Miró su cuerpo repleto de marcas azules. Miró su piel desgarrada en cientos de heridas sin curar. Miró manchas negras que salpicaban su ropa entremezclándose con su propia sangre. Recordaba una lucha… orcos…pero ¿Cuándo? ¿Dónde? … Nada. Nada más. Ni una sola expectativa de poder descubrirlo. ¡Sus armas! Todas ellas manchadas. Todas ellas semi estropeadas: Cuchillos con puntas dobladas; Dardos vacíos; Cerbatana Rota. Como si tras una ardua lucha todas ellas hubieran sido repuestas en su lugar con dócil tacto.

*¿Cuánto tiempo había pasado?

Tenía hambre. Mucha hambre. Pero ni rastro de su macuto. Ni rastro de comida al alcance. Y con el Sol brillando en lo alto le iba a ser imposible por el momento buscar… o siquiera moverse lejos de aquella sombra de la que le proveía el árbol. Así pues, se recostó contra la corteza respirando profundamente.

Un nuevo dolor recorrió su torso. Las heridas tiraban de su piel en cada movimiento, aunque estos fueran leves o mínimos. Miró hacia la parte superior del peto para ver si la herida era de gravedad. Fue entonces cuando descubrió una especie de pergamino enrollado oculto entre sus pechos.

*¿Qué es esto?*

Con cuidado lo sacó y lo fue desenvolviéndolo como buenamente pudo. Aunque no pudo evitar mancharlo de sangre, barro seco y sudor. No estaba acostumbrada a tanto calor, y hoy el Sol había amanecido fuerte…a parte de que su cuerpo parecía estar reaccionado frente a algún tipo de medicina… o veneno…

Fuera como fuese, comenzó a leer el texto.

“Pequeña espía, suerte has tenido que el segundo enviado de tu clan llegara a tiempo o sino ahora mismo estarías desangrándote en las mazmorras de las que te saqué y no en ese bonito pasto. Ahora bien, el resto del camino has de hacerlo solita. No soy ninguna madre como para llevarte de la manita a salvo hasta tu casa.

Ah, y un detalle nimio: ¿Te sientes cansada? ¿Tienes calor? Nadie se marcha impune de Nurn, sabed que nuestras hojas son doblemente mortales y un pequeño rasguño puede ser fatal, así que disfruta del veneno. Pero como al parecer ahora nos une algo más que el mar, ralenticé su final. Más o menos tienes una semana.

Suerte pequeña espía.”

*Pero, ¿Qué……?*

La rabia comenzó a quemarla más de lo que jamás pudiera hacerlo el Sol. ¿Qué indeseable le había hecho todo esto? Estrujó la nota en su mano impregnándola aun más de sangre como si le transmitiese el mismísimo dolor acrecentado con furia.

Tuvo la tentación de lanzar aquel manchado papel al fango para que se sumiera en lo más profundo de la tierra y el olvido. Pero no. No podía deshacerse de la única prueba que tenía. La única prueba… unas palabras… una escritura a tinta… tan solo debía descubrir a quien pertenecía dicha letra y sabría a quien tendría que matar. De quien vengarse. Lo desarrugó cuidadosamente para no romperlo y lo guardó en uno de sus bolsillos. Cansada, se echó a dormir, esperando a la noche para regresar. Sus sueños, o más bien pesadillas, recreaban los sucesos. Desde el águila, al que seguramente se refería en la nota con segundo enviado, hasta las mazmorras y la oscuridad y dolores que en ellas se albergaba… De pasar a una mano herida y seguramente algún rasguño con veneno… a su estado actual, llena de magulladuras y contusiones asi como heridas por todo su cuerpo.

*¿Y ahora qué?*

Y la noche llegó. Llevaba no se cuantas horas caminando. Cansada. Apoyándose continuamente en una rama que usaba como cayado.

>Debo seguir… - pero sus piernas no seguían el dictado de su mente y varias veces le fallaban perdiendo el equilibrio y cayéndose… o desmayándose.

Al fin, tras toda una noche de viaje, cuando los primeros rayos de Sol alcanzaban el horizonte, consiguió llegar al acantilado en el que a saber cuantos días atrás había escalado. Sin embargo… ¿Cómo bajarla ahora? No tenía fuerzas ni para sostenerse de pies, menos aún para descender. Pero tenía q hacerlo. Podía divisar allí abajo la barca que había esperado su vuelta desde que marchó. Y alejado de los peligrosos riscos, el navío descansaba en la plácida mar.

Buscó el lugar menos empinado para bajar e intentó el descenso. Ritmo lento pero seguro. Pero sin demasiada pereza, pues el Sol comenzaba a afirmarse en el temprano cielo azul. Sin embargo, el veneno seguía patente e hizo que se marease, perdiendo totalmente el control de su cuerpo y precipitándose al vacío.

Gracias a Eru, el oleaje sincronizado, y no las rocas, amortiguó su caída. Aún así, el golpe había sido fuerte y confusa trataba de alcanzar el tan necesitado aire. Sería la única vez que siguiera la estela de la luz en pos de la salvación. Y allí la halló. Respiró profundamente una gran bocanada de aire, olvidándose de sus heridas y dolores. Esto era supervivencia. Supervivencia al límite, y la vida no deía saber ahora de dolor o angustia. Así pues, dando brazadas cortas alcanzó la barca y con gran esfuerzo consiguió subirse a ella, en donde se derrumbó completamente respirando agitadamente. Como buenamente pudo, con sus últimas fuerzas, cortó la cuerda que sujetaba la barca a uno de los riscos y se dejó llevar por la corriente a la espera de que la divisaran desde el navío.

*¿Por qué a mi?....¿Por qué?*

Y se desmayó.

[Editado por nuRBiL el 30-01-2005 14:11]

Escrito el 30-01-2005 14:10 #5

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Esta historia continua en La Torre de Cristal del Valle del Ingenio:::

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Historia finalizada.