Pensativa se mantuvo mirando el horizonte. El viento despeinaba su corta melena. Había dejado atrás sus ropas harapientas y ahora lucía con estilo una nueva vestimenta. Un peto de tirantes ajustado realzaba sus pechos. De una tonalidad rojiza, estaba hecho de cuero duro al igual que las nuevas botas marrones que portaba. Un pantalón del mismo color hacía el resto.
Sin embargo, poco faltaba ya para el amanecer y con él volver a ocultarse de la luz en el camarote. Hacia tanto que no miraba al Sol directamente que se le había olvidado como era. Sentir esa sensación de los rayos acariciando tu rostro y proporcionándote un suave y acogedor calor... Suspiró profundamente y resignadamente bajó las escaleras de cubierta para llegar a su compartimento.
El barco había zarpado días atrás desde la Playa del Silencio allá en Nardazda y pronto se acercaría sigiloso, cual leona a su presa, arribando en un acantilado del noreste a las Tierras de Aquende. Oscuros territorios iba a cruzar, en soledad, pero sin miedo. La emoción crecía en su interior a medida que se acercaban. Sabía que si fallaba, nadie detrás habría para apoyarla o ayudarla, nadie. Días pasarían hasta que alguien pudiera acudir en su auxilio. Y aún así se sentía tranquila. En peores situaciones se había visto, y aunque en muchas no había salido bien parada, no creyó que pudiera existir tortura peor a la que ya había soportado durante tres años encerrada en lo que podrían haber sido las mazmorras del infierno. Pero si había sobrevivido, por alguna razón tendría que haber sido, y eso era lo que alentaba su corazón para adentrarse en un territorio desconocido y lleno de peligros.
Pasó las horas estudiando los mapas, las situaciones de las instalaciones que se habían divisado desde la lejanía o de la información que llegaba de boca en boca. No era demasiado, pero era lo único que tenía y por tanto lo único a lo que podía aferrarse. Mientras observaba con detenimiento cada uno de los papeles, jugueteaba inconscientemente con el colgante que Yandros le había entregado. Sin embargo su mente comenzó a divagar, ¿Por qué había aceptado esta misión? Ah, sí, porque sino la hubieran encarcelado por robar cierto anillo sobre el que no debería ni haber posado su mirada. Aunque tampoco la disgustaba, después de todo no se estaba tan mal con los nuevos lujos adquiridos: tenía ropa nueva, comida cuando ella quisiera, baños calientes... y lo mejor, cuchillos recién forjados y perfectamente afilados.
Un golpe en la puerta la arrebató de su ensimismamiento. Sin esperar siquiera permiso, el soldado entró siendo totalmente consciente de que la interrumpía. La verdad que ese era el único fallo de todo, la compañía no era buena. Los soldados no se sentían nada contentos con tener que obedecer las órdenes de una chiquilla insensata. Pero a ella no le importaba, al contrario, le gustaba sentirse superior y que unos experimentados soldados estuvieran bajo su control.
- Vamos a llegar, prepárate – secamente dijo sin saludar debidamente primero.
Elorah se le quedó quieta mirándole desde su asiento con altivez y sin denotar preocupación alguna, a lo cual el soldado respondió dando un portazo y acercándose con rabia enfrentándola cara a cara mientras ella se mantenía sentada.
- No nos gusta que estés aquí, así que no nos provoques. Sólo danos una oportunidad y no volverás a ver la luz del Sol.
La muchacha se le quedó mirando fijamente y con la misma despreocupación se levantó, no poniéndose precisamente a su altura porque él era muchísimo más alto y robusto que ella, pero aún así manteniendo la entereza:
- Puedes estar tranquilo, jamás volveré a ver la luz del Sol – y sus ojos parecieron cristalizarse aún más en la oscuridad de aquel camarote.
El soldado fue retirando sus pasos sin descuidarse ni un instante. Cuando llegó hasta la puerta, la señaló con un dedo amenazador:
- Te lo repito, tan solo una oportunidad...
Elorah sonrío.
- Lo recordaré – y en cuanto él estaba a punto de marcharse añadió – Ah, y vuelve a enfrentarme de este modo y te degradaré de tal forma que no volverás a empuñar una espada en lo que te resta de vida.
Un nuevo portazo, pero esta vez de salida, concluyó la discusión. Rió levemente y se ajustó las muñequeras de cuero envejecido en las que relucían sus nuevos cuchillos. Fue colocando detenidamente y a conciencia cada uno de los dardos en los enganches de su cinturón al igual que la cerbatana. Concienzudamente se pintó los brazos y el rostro con marcas y símbolos extraños de tinta azul creada con unos polvos especiales. Imposibles de borrar si no era con los pétalos de una amapola. Una vez terminó metió algo de comida, reservas de agua, los mapas y una capa en su macuto y se lo colgó a la espalda. Después se posicionó frente a la puerta, mirándola. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo que estaba a punto de hacer. A lo que se iba a enfrentar. Las dudas comenzaron a asaltarla. Pero no. No se podía dejar llevar por miedos primitivos, y con arrojo y valentía cruzó la línea del destino.
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La intensidad, y molestia a sus ojos de la luz se hacían mayores a medida que avanzaba el día. Llevaba varias horas caminando, atenta al mínimo sonido y movimiento, aunque no podía fijar su vista en la lejanía y prácticamente llevaba todo el recorrido con la cabeza gacha confiando únicamente en el resto de sus sentidos, siguió su caminar.
Tras haber escalado el acantilado, había rodeado completamente un bosque y ahora frente a ella se extendía un paisaje tenebroso, lleno de bruma y flores marchitas cuyos pétalos bañaban los suelos. Rojas y negras le daban un aspecto terrorífico y mortecino, sangre y muerte mezclándose. Vegetación mortífera. Fue a adentrarse en aquellos campos. Tan solo un paso y de repente se vio caer como si la mismísima tierra la absorbiera. Intentó apoyar las manos en el suelo, pero éste también se hundía con ella. Aquella bruma ocultaba un peligro que no había sido capaz de divisar. Arenas movedizas. Y ahora poco a poco su cuerpo se adentraba cada vez más en el barro.
Peligrosamente el pánico había cundido en ella, intentaba sin éxito alcanzar las ramas de un arbusto cercano, pero cuanto más se movía, más rápido descendía. Ya ni siquiera podía ver sus piernas y su torso comenzaba ya a perderse entre todo aquel fango. Respiraba demasiado deprisa, hiperventilándose, pero intentando a la vez calmarse. No. No iba a rendirse ni mucho menos a lo inevitable y como última esperanza sacó dos de sus cuchillos y asiéndolos con fuerza los clavó en la tierra firme en la que segundos antes tan a salvo se había encontrado. Intentó impulsarse hacia fuera pero era como si algo le retuviera, como si la arrastrará hacia el lado contrario. No se amilanó y siguió forcejeando con aquella fuerza de la naturaleza. Desclavando y volviendo a clavar los cuchillos de nuevo pero cada vez un poco más lejos, hasta que poco a poco su cuerpo fue saliendo, arrastrándose y sin cesar de luchar. Cuando al fin alcanzó el arbusto se detuvo unos instantes para hacer un último esfuerzo y conseguir desaprisionar sus piernas.
Aún nerviosa y con la respiración entrecortada y muy agitada se quedó tendida en el suelo. De cintura para abajo su cuerpo había quedado completamente lleno de barro, al igual que sus brazos y parte de su rostro. Seguramente cuando se secara, su ropa se acartonaría y le haría más difícil la travesía, pero ahora mismo había otros problemas en los que preocuparse, como por ejemplo, por donde avanzar. Rodear el lago le iba a resultar arduo difícil, pero más aún atravesarlo, Eru sabrá que criaturas lo habitan.
Demasiado alterada para ponerse a pensar decidió echarse a descansar, pero tan solo un par de horas, pues prefería cambiar su rutina de viaje y hacerlo de noche cuando el Sol oculto no perturbara su especial mirada.
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La noche cayó y tras haber revisado los mapas, emprendió la travesía, no sin antes haber limpiado un poco sus ropas con unas hojas y parte del agua que portaba consigo. Los signos azules seguían imperturbables en su piel, pero ahora se mostraban atravesados por marcas de barro, y con todo el pelo desarreglado y revuelto adquiría un aspecto salvaje, sensual y atrayente.
Decidió rodear el lago por su parte más externa sin acercarse a la bruma que lo cubría. Tardaría mucho más tiempo, pero parecía lo más seguro.
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Pasó toda la noche caminando. Empezaba a sentirse muy cansada. Apenas había echado una cabezada en 36 horas que llevaba despierta. Además pronto amanecería y Narmelost ya empezaba a divisarse en el horizonte. Demasiados inconvenientes se le presentaban al mismo tiempo: cansancio, luz y pensar una forma de entrar en la que podría ser considerada la ciudad más impenetrable de todo el territorio de los Señores de Nurn.
Se mantuvo pensativa unos minutos a una distancia prudente. Frente a ella, un poco más allá la única entrada se alzaba imponente y bien custodiada. De repente, y cuando todo parecía perdido, cuando la imposibilidad nublaba su mente, un milagro ocurrió. Un carro de armamento se disponía a entrar. Seguramente serían nuevas provisiones, así que revisarían sin lugar a duda el contenido del mismo. Sigilosamente y aún protegida por la oscuridad de la noche se acercó hasta la parte trasera del carromato. No podría subirse a él puesto que el ruido del metal moviéndose la descubriría. Así que optó por pasar por debajo y amarrarse con fuerza para no caer.
Una vez en la entrada, y como había previsto, los guardianes procedieron a registrarlo, pero no lograron a imaginarse que ella pudiera estar allí escondida.
Y por fin dentro. En Narmelost. Había burlado la guardia ¡y sin haber tenido que enfrentarse al río de lava!
