La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Nár Aewen, El Pájaro De Fuego

2004:12:13:21:16:39

Sincarion

Sincarion notó como alguien o algo le llamaba.

Estaba en su castillo, en el patio trasero donde contemplaba Arda como tantos otros días, a la hora en la que el Sol se ocultaba para dejar paso al manto de la noche.

Un momento de preciosidad inigualable.

Hacía pocos años que se había instalado en el Valle que ahora se llamaba Tercano Nuruva.

Los pueblos iban creciendo poco a poco, la gente había comenzado a comerciar y los campos se veían prósperos y fértiles.

Era un momento de calma que sabía que no duraría mucho, pero estaba dispuesto a disfrutar de esa etapa al máximo.

Ya había vivido suficientes guerras y matanzas. En verdad no le disgustaba, pero estaba cansado de ellas y creía que era el momento de tomarse un respiro para las próximas. Porque seguro que habrían próximas tarde o temprano.

La llamada se fue haciendo más y más fuerte.

Sincarion no pudo resistirse y vistiendo su habitual ropa de aquel color oscuro como la noche que se avecinaba, cogió su espada y su bastón, pues algo le decía que tendría que ir preparado para todo y partió hacía el lugar de donde parecía que venía la llamada montado sobre su precioso caballo.

El trayecto duró hasta que la hermosa luna se posó en el centro mismo de su cabeza, momento en el que por primera vez se dió cuenta de donde procedía la llamada.

Era del mar

Sincarion

Ante los ojos del maiar, como aparecidos de la nada, salieron numerosos elfos vestidos con ropajes pardos que le hacían dificiles de diferenciar en la noche, que por algún extraño motivo que el maia desconocía, era triste y sin estrellas.

Sincarion, alerta en todo momento, comenzó a desenvainar su espada, pero la voz que le había llamado en su castillo volvió a resonar en su mente.

- Guarda tus armas, maia - le dijo - las necesitarás más tarde, no quieras precipitar los acontecimientos. Ahora sólo subete al barco y dejate llevar.

A Sincarion no le gustaba que le dijesen lo que tenía que hacer. Muy pocas veces se lo habían echo y esa sensación ya era suficiente como para saber que la odiaba.

Pero aún así Sincarion, antes de pensar en todo eso, ya había comenzado a andar a la arena tibia que cubría toda aquella hermosa y virgen playa.

Una vez cerca de aquellos elfos, que de forma reverencial le abrieron paso a la escalerilla para subirse al barco, el maia les preguntó:

- ¿Hacía donde me llevais? ¿Quien es vuestro señor?

El silencio fue su única respuesta

Sincarion, dandose por vencido en este asalto, subió al barco de un color blanco inmaculado con 3 mástiles donde colgaban unas grandes velas del mismo color. El barco mediría unos 30 pies de largo y tenía a 20 elfos trabajando en los remos, diez en cada lado, por si en algún momento el viento se resistiese a llevarles a su destino.

Lo único raro de lo que Sincarion se percató era de que en vez de haber una imagen de Ulmo, como era costumbre entre los navegantes, en la proa del barco había un enorme pájaro guiando el camino.

Sincarion

Desde que soltaron las velas para navegar con la ayuda del aire, Sincarion no había escuchado nada. Nada.

El viento era suave y fresco. Los remos eran empujados casi con delicadeza, sin que se notase su entrada en el agua que les rodeaba.

El único detalle que Sincarion podía apreciar para saber que se movían era la estela que creaba el barco sobre el mar.

El viaje fue largo y monótono. Duraron dos noches y un día.

El lugar no era nada de lo que Sincarion, mientras dejaba volar su imaginación ante las pocas posibilidades que se le antojaban, había creído. Una isla, no diremos baja, pero si de reducidas dimensiones se extendió como de la nada ante aquel navío.

El maia no había detectado el lugar hasta estar a pocos nudos de la playa de la isla, pues antes una intensa bruma se ocupaba de no dejar que se viese. La playa, cristalina y limpia, acababa en una playa de arena blanca como si de cristales fuese.

Tras la playa, Sincarion distinguió unos árboles que parecían palmerales pero que estaban acompañados de robles y abetos de gran tamaño.

Y lo q más llamaba la atención, más incluso que aquella bienvenida que le habían preparado los elfos del lugar con sus vestimentas negras ribeteadas de plata, era el gran volcán que se imponía en medio de la isla, dejando una visión de ésta aún más pequeña de lo que por millas le correspondía.

Una vez estuvo el ancla echada a pocos pasos de la costa, los elfos del navío colocaron la escalerilla para bajar a tierra firme.

Tras poner la escalerilla, los navegantes del navío volvieron a hacerme el ya habitual pasillo para que bajase el primero, lo cual hice rápidamente pues tenía ganas de volver a pisar tierra firme … aunque hubiese tan poca.

Nada más bajar, un elfo de aspecto noble pero severo se apresuró a hacerme una reverencia y, por primera vez tras los casi dos días que llevaba en compañía de aquellas gente, me habló.

- Bienvenido Sincarion, oh gran rey de Tercano Nuruva y servidor del poder del rayo, es un placer tenerte entre nosotros. Esperemos que tu hospedaje aquí hasta el momento de las pruebas sea de lo más cómodo posible.

- ¿Pruebas? ¿Qué es eso de pruebas? Nadie me a puesto nunca a prueba y no creo que unos elfos como vosotros creáis tener el derecho a hacerlo. ¿De que estás hablando?

- Relájate maestro, todas las respuestas a tus preguntas llegarán en el momento en el que de verdad necesites saberlas. Pero no hablemos ahora de eso, seguro que estarás cansado por el viaje y desearás dormir. Te hemos preparado un flat para ti, pues aunque sabemos que no eres un elfo, no sabemos hacer otra clase de habitaciones. Pero no te preocupes, no está muy alto, así que no te será difícil llegar hasta él.

Sincarion en ese momento no pudo por menor que sonreir, pues aunque le estaban entrando ganas de matar a todos los habitantes de aquella extraña comunidad, le había echo gracia que un elfo como aquél pensase que el maia no podría subir hasta el árbol más alto de todo Arda o tuviese miedo de las alturas.

Que ingenua podía llegar a ser la gente.

Sincarion

Los días iban pasando sin ninguna novedad en aquella tribu.

Sincarion se despertaba todas las mañanas antes del alba, se dirigía al mar, donde veía como las mujeres comenzaban a tender sus redes para, se echaba agua por la cabeza y volvía al pueblo donde veía como se vivía en aquel lugar.

Esto duró varias noches, creo que fueron tres, pero a la mañana del cuarto día ....

Sincarion se despertó más tarde de lo acostumbrado. Parecía como si su cuerpo no respondiera como era normal en él.

Tras un costoso esfuerzo logró incorporarse dejando las mantas que le hacían de cama.

Su cabeza la daba vueltas. Se sentía mareado y desorientado, aunque eso no cambió que en cuanto se le despejó un poco la mente, supo perfectamente que era lo que le había ocurrido.

Le habían envenenado.

La visión que encontró al bajar del flat donde se encontraba no fue ninguna sorpresa para él, sabía que ocurriría, lo que no sabía era cuando.

El pueblo se encontraba totalmente vacío, no había ni un alma por allí.

Sincarion se dirigió a la playa más cercana que tenía y se lavó su cuerpo esta vez sin presencia alguna de mujeres, por lo que se pudo bañar con total comodidad.

Una vez limpio y con el agua bastante más despejado, Sincarion volvió a ponerse sus ropas y volvió al pueblo, donde en el centro exacto, una hoguera que se había encendido la noche anterior seguía echando una pequeña nube de humo por entre sus brasas. Y allí, justo al lado de aquella hoguera, se veía dibujado un gran mapa de la isla con unas flechas que parecían significar el camino que tendría que seguir.

El camino de las pruebas que tendría que pasar.

Sincarion

Sincarion miró largamente el mapa, mentalizando todos los detalles que podía contemplar y una vez estuvo seguro de que retenía en su mente todo lo necesario para el viaje, volvió a subir al flat, cogió su espada y su bastón, además de una daga por los posibles imprevistos y un arco compuesto con un carcaj colgado al hombro y donde habían 25 flechas de dura madera, con punta de acero.

Y así, sin más provisiones que sus armas, salió del pueblo y se dirigió al centro del bosque .... donde le esperaban.

Había camino durante horas cuando su instinto le advirtió que estaba siendo observado por entre los árboles.

Aquellos elfos se movían con bastante agilidad, sin hacer ningún ruido y sin que casi se notase su presencia. En verdad el maia dudaba que les hubiese notado de ser un día normal. Pero claramente no era un día normal y sabía que no le iban a dejar sin vigilancia durante mucho tiempo.

Cuando el Sol comenzaba a pasearse justo encima de su cabeza, Sincarion avistó a lo lejos un claro en el bosque, con una lanza clavada en el suelo a modo de estante y una bandera roja ondeando bajo la decisión del viento que corría en ese momento.

Sincarion se había imaginado muchas clases de pruebas mientras había estado en aquel poblado, pero en ningún momento pensó en lo que estaban contemplando sus ojos.

Dos veces superior en altura a él, un inmenso oso estaba en un lado del claro mirando con aire interrogativo el lugar.

El maia no tenía ni idea de lo que el animal hacía allí, pero tenía claro que serían problemas.

Sabiendo que a aquella distancia el oso sería incapaz de hacerle un ataque, el maia se concentró en su poder. Invoco la energía que tantas veces anteriormente había utilizado. Su cuerpo comenzó a vibrar por el poder que estaba recorriendo su sangre. Sacó el bastón, apuntando con él al oso que se interponía entre él y su objetivo, fuese cual fuese éste y liberó su energía descargando sobre su bastón todo el poder que había sido capaz de conseguir en tan poco tiempo.

Nada.

Sincarion miró incredulo como del bastón no salía ni un pequeño haz de luz. Su energía se había esfumado como por arte de magia y su poder había sido debilitado sin ningún resultado.

Nunca le había pasado nada parecido y cada vez veía más extraño todo lo que allí le estaba pasando.

Imaginandose que por alguna extraña razón si lo volvía a intentar conseguiría debilitarse todavía más sin conseguir ningún resultado, Sincarion cogió su espada y su bastón, los depositó en el suelo y cogió el arco y tras él una de las flechas que guardaba en el carcaj.

Tras esto, miró el lugar donde se encontraba el gran oso y ....

El oso, que había sentido el poder que había sido invocado, vió un pequeño ser por entre los árboles mirando con cara de incredulidad algo que había entre sus manos.

Podrían pensar que no era muy inteligente, pero al menos era lo suficiente como para saber que tenía hambre y que un animal estaba aparentemente indefenso en medio de un bosque, sin prestar atención a lo que ocurría alrededor durante un tiempo.

Y eso el oso lo aprovechó, saliendo expulsado por sus imponentes músculos en las patas que le hicieron dar un salto de varios metros el oso fue a todo correr hasta aquello que tenía delante.

Sincarion

Antes de que el maia hubiera tenido tiempo de reaccionar, el oso ya había saltando con sus fauces por delante hacia la gargante de Sincarion.

Por suerte para el maia, sus reflejos eran exquisítos y en un movimiento casi imposible logró caer de espaldas al suelo y dejar que aquella bestia saltase por encima de él.

Sin pararse a pensar, dejó caer los objetos que tenía en ambas manos y volvió a coger su espada del suelo.

Tras esto intentó incorporarse, pero antes de que esto sucediera ya tenía otra vez a aquella bestia volviendo a lanzarse contra él, aunque estaba vez Sincarion estaba más preparado e intentando dar a su vez una estocada desde el suelo, consiguió quitar al animal de su alrededor, aunque sin haber echo ni un sólo arañazo.

De un salto Sincarion logró incorporarse y plantó cara a la bestia con su espada entre las manos.

El gran oso, por su parte vió como aquel insignificante ser intentaba hacerle daño con un objeto que había sido tirado al suelo anteriormente, pero no tuvo miedo de eso y con gran rapidez, una rapidez extraordinaria para algo de ese tamaño, lanzó sus zarpas contra un lado de Sincarion.

Por suerte Sincarion, que ya había visto la agilidad que poseía aquella bestia, logró esquivar el ataque justo a tiempo. Al menos justo a tiempo para llevarse tan sólo unos arañazos de pequeña envergadura y unos rasguños en sus ropajes.

Pero lo que quería lo había conseguido.

Tal y como el animal lanzó su zarpa, Sincarion se agachó, sintió como una garra tocaba su brazo levemente, y mientras comenzó a levantar un arco con su espada que consiguió incrustarse en el cuerpo de la bestia.

El oso, nada más sentir el acero en sus carnes presintió que la batalla no le iba como era lo normal. Nunca había sentido dolor y ahora que lo sentía por primera vez se enfureció de manera desorbitada. Sus ojos se pusieron rojos y a la misma vez que un líquido de color rojo y caliente resbala por su cuerpo sin saber que era, el oso miró al despreciable ser que tenía bajo su cuerpo y se lanzó con todo su peso sobre él.

Sincarion, que había intentado sacar la espada en cuando dió el golpe, tardó una décima más de segundo de lo que debería de haber durado en darse cuenta de que no podría sacar la espada hasta acabar con el animal.

Una décima de segundo que sirvió para que un intenso dolor comenzase a correr por toda su espalda.

La batalla se veía igualada. El maia había conseguido escapar de debajo de la bestia en el último momento, pero el golpe de la bestia no lo había podido esquivar.

Los dos rivales se miraron a la cara. Sincarion con esa cara fría que no reflejaba nada de lo que rondaba por su cabeza. El temible oso con los ojos desorbitados que sí dejaban reflejar lo que a la bestia le rondaba, se notaba que lo que quería era acabar con él.

El oso volvió a lanzarse. Sincarion sacó la daga de entre sus ropajes, hizo un amago al animal y le clavó la daga en el costado izquierdo.

El oso podía haber seguido luchando, pero cometió un gran error. Tal y como sintió el metal clavado en su cuerpo, levantó sus potentes patas delanteras y su cabeza mirando al cielo.

Sincarion tal y como vió que el oso levanta su vista y sus zarpas al cielo, se puso justo delante del oso y agachandose rápidamente cogió la espada que con el movimiento se había caido de la bestia y se la clavó en medio del cuello, rabanandole la cabeza en dos.

Al oso sólo le dió tiempo de respirar una última vez

Sincarion

Sincarion estaba exhausto. Sus músculos estaban doloridos por el enfrentamiento y el maia pensó que para continuar lo mejor sería descansar antes un poco, por lo que bajo la sombra de un gran y esbelto árbol se sentó apoyando su espalda en el duro tronco.

Sin embargo un segundo después de haber caído en la tierra fértil, una flecha silbó en el aire yendo a parar a escasos centímetros de la cabeza del maia, lo que hizo que éste se levantase de un salto e invocase su poder para defenderse.

Pero seguía siendo inútil, había una barrera de fuerza latente que le hacía no poder utilizar sus dotes mágicas y Sincarión comprobó que en su estado no podría inutilizar el campo de fuerza, por lo que para salvar su vida decidió seguir el camino, ya que sino su futuro sería parecer una manzana con un gusano en su interior … y no le apetecía en lo más mínimo el estar agujereado.

Así que se puso a rastrear el terreno en busca de alguna señal que le delatase el camino a seguir y tras un momento de rastreo encontró unas marcas sobre la tierra que parecían dibujar una flecha que guiaba hacia dentro de la isla.

Sincarion divisó hacia donde parecía dirigir el camino y su vista se encontró ante la imponente montaña que se alzaba en aquella isla.

Sincarion comenzó a caminar siguiendo el sendero marcado

Sincarion

En el cráter de la isla

Cuando la información de la buena nueva llegó a aquel ser milenario y único, éste alzó su voz a los cielos con un tono tan agudo que traspasó todos los oídos de muchas millas a la redonde mientras que hacía saltar dos grandes chorros de lava hacia el firmamento.

Aquella criatura estaba feliz.

Si bien la primera prueba era la más sencilla de las cinco que aquel maia tendría que superar, esto era por lo menos un comienzo y sabía que era muy complicado, pues un maia como aquel que estaba acostumbrado a poder utilizar un poder que podría mover montañas ahora se tendría que estar aturdido viendo como su fuerza podría ser comparada con un simple humano o elfo.

La bestia sabía que aún así el poder entre una u otra criatura eran abismales, pero quizás el maia no sintiese eso en este momento.

Ahora sólo cabía esperar que consiguiese pasar todas las pruebas hasta llegar ante él.