Alier avanzaba por la calle con una expresión de diversión en el rostro. Aun recordaba la mirada extrañada del elfo. Cree que no voy a ser capaz, sonrió para si. El hecho de que su bolsa llevara varios días casi vacía se debía más a su falta de ánimos que a su falta de capacidad para ganarse la vida, pero ahora tenía un buen motivo para salir en busca de riquezas. Mientras avanzaba por las calles del puerto echó una ojeada a su bolsa de hierbas. Estaba definitivamente vacía. Tendré que recoger más por el camino, decidió. Al llegar al mercado se encontró con una escena similar a la que había visto por la mañana. Diversos puestos ofrecían toda clase de productos poco apetecibles, y de baja calidad. Pero Alier ya estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones. Los mercaderes solían guardar sus mejores mercancías para cuando llegaran los verdaderos compradores.
Alier se aproximó al primer puesto de hierbas que vio, y comenzó a ojear la mercancía que mostraba el tendero con ojos asqueados. Después de mirar un rato, arrugó el gesto, y con una palabra despreciativa se dispuso a marcharse. Pero al instante el tendero le espetó ofendido:
- ¿Algún problema con mis mercancías?- Bien, pensó Alier. Las cosas iban como él esperaba.
- Básicamente uno: no tiene lo que busco. Esas hierbas no servirían ni para prepararle un té a un orco.
La mirada del tendero, antes molesta, se tornó furiosa.
- ¿Ah, no?, seguro. Estas hierbas se venden como la seda. No he tenido ni una sola quejan por parte de ningún cliente, así que digo yo que no serán de tan mala calidad, ¿no?
- Tal vez. O tal vez ningún cliente haya sobrevivido al proceso de ingesta.- Contestó mordazmente Alier. La discusión había subido de tono, y la gente empezaba a contemplar con curiosidad el espectáculo. Por la mirada del tendero, Alier dedujo que probablemente aquel tipo ya había tenido antes problemas con algún cliente. No le gustaba ser el centro de atención.
- Escucha- prosiguió el tendero- no tengo tiempo para energúmenos que no entienden del tema. Por mi puedes decir misa, mis hierbas son de gran calidad.
- Bueno, como quieras.-
Alier se dispuso entonces a visitar el puesto contiguo, probablemente la competencia de aquel vendedor. Sabía de sobra que encontraría algo parecido (si no igual) cuando mirase el puesto, pero también sabía que el segundo tendero no cometería el mismo error que el primero: desdeñar al tipo de la túnica. Sin embargo, en el último instante, el primer tendero le paró.
- Eh, oiga, disculpe mis modales.- dijo, y bajó la voz- Se ve que usted entiende del tema. Puedo conseguirle mejores mercancías si lo desea.
- No busco comprar, busco un comprador. Tengo buena mercancía, de la mejor, pero no se la puedo enseñar a un cualquiera.
- No habla usted con un cualquiera.-dijo el tendero, con el orgullo ya herido.- ni creo que sea tan buena esa mercancía que ofrece.
Aquella era la mejor parte de todas. Alier sacó el frasco, lo abrió, e, instantáneamente, toda el área quedó cubierta de un peculiar olor.
- ¿Sabe usted que es lo que hay en este frasco?- preguntó Alier, a voz en grito.
El tendero dudó. Se paró un instante. Pensó. Y de repente, el dueño del puesto contiguo, oliendo el negocio, gritó:
- Es un elixir del viajante, una joya dentro del mundo de las hierbas. Hay que ser un maestro para prepararlo, un genio para reconocerlo, y realmente rico para comprarlo.
- Exacto.- Alier estaba satisfecho.- Y usted, señor, ¿querría comprarlo?, no necesito mucho, tan solo unas monedas de oro.
- Le daré veinte- dijo en voz baja, y seguidamente, gritando- ¡por treinta monedas de oro, señor, se lo compro!.
Alier recogió las monedas, ante la mirada atónita del primer tendero, y se marchó, mientras la gente rodeaba alegremente el puesto contiguo, pujando por el elixir recién adquirido, así como por las otras muchas hierbas allí expuestas.
Tras su exitosa venta, Alier se dispuso a volver al barco, pero pensó que tal vez Merenwe necesitase algo de intimidad. Y además, pensó, no podía volver tan pronto, o el elfo pensaría que había hurtado aquellas monedas. Así que, al no tener nada que hacer el resto de la tarde, decidió ir a la posada a recoger sus escasas pertenencias.
Caminó tranquilamente por el puerto. Por primera vez, lo observó atentamente con los cinco sentidos. El aire era cálido y estaba húmedo. Olía a pescado, y a aceite quemado, y el humo se colaba por la boca, dejando un sabor desagradable pegado a la lengua. Por todo el puerto corría la sangre de los peces sacados de los pesqueros y destazados en plena calle. Los sonidos predominantes eran los del mar: gaviotas y olas resonaban de fondo, mientras los marineros se comunicaban a gritos.
Al fin llegó a la posada, y subió a su habitación. Al abrir la puerta se encontró a un tipo dentro, curioseando su bolsa con ojos golosos, en busca de algo de valor. El hombre era alto, pero bastante delgado, sin un asomo de músculo en todo el cuerpo. Alier miró divertido al pobre individuo.
- No encontrará nada de valor ahí dentro.
El tipo se volvió sobresaltado, empuñando una ridícula daga. Alier miró el arma con aburrimiento, y continuó hablándole.
- Vamos, no sea ridículo. ¿De verdad va a clavarme eso?. Creo que no conseguiría ni siquiera rasgar mi túnica.- Y, dicho esto, miró al hombre directamente a los ojos.- Pierde usted el tiempo conmigo, no podría dañarme ni aunque dispusiera de un ejército, pero el caso es que no dispone más que de un mondadientes, así que ahórreme el esfuerzo de quitarle de en medio.- Ahora su voz había sonado mucho más grave. Los ojos del ladrón mostraron un inconfundible terror. Soltando la daga, retrocedió hasta la pared, se acercó a la ventana, y se descolgó con agilidad por ella. Tras esto salió corriendo sin volver la vista.
Alier se encogió de hombros. Tomó del suelo el cuchillo, y lo guardó entre sus escasas posesiones. Me será útil, pensó.
Se echó un momento sobre el incómodo camastro, dispuesto a reposar un poco. Su espíritu era fuerte, pero su cuerpo no lo era demasiado, y llevaba toda la tarde pululando por la ciudad. Tras dormitar unos minutos, se levantó, recordando que le había prometido a Merenwe regresar al anochecer. Empaquetó sus cosas, y salió de la posada. La noche empezaba a cernirse ya sobre el puerto de Azdakar, y Alier aligeró el paso. Una cosa era desanimar a un ladronzuelo de poca monta, y otra muy diferente enfrentarse a una banda callejera. Y no es que no fuese capaz de vencerla (había sido capaz de vencer a un dragón ¿qué demonios era una banda callejera?), sino que no tenía ganas de aplastarle el ánimo a nadie más. Ya iban dos personas a lo largo de toda la tarde, y Alier no disfrutaba en absoluto haciendo gala de sus habilidades en esa línea. Al fin, tras una larga caminata, vislumbró el barco del elfo, con alegría. Al acercarse a la pasarela de subida, le vio esperando en la cubierta.
- Ya creí que no vendrías.- dijo sonriente.
- Que poca fe tienes en mi.- respondió Alier, y seguidamente entregó la mitad de las monedas que llevaba al elfo.
- Esto es más de lo que yo te he prestado.- dijo, sorprendido.
- No hay pago posible para la ayuda que me has prestado, Merenwe.- contestó.
- Bueno, ya solo queda que llegue Atram.
- Esperemos que se de prisa, no me gusta esta ciudad.