La Guerra de los Clanes

Batalla Entre La C2 De Tercano Y La C1 De Telpe

Terminada
Escrito el 21-01-2005 03:30 #1

-¡Treinta grados más a babor! – gritó en voz alta el teniente de guardia, Narmoth Mirlith.

-¡Treinta grados más a babor! – repitió cual si fuera su eco el timonel, un viejo experimentado de manos callosas, mientras giraba con maestría las cabillas del timón.

Una potente ráfaga del sudeste ladeó la embarcación hasta hundir la escora a babor entre gigantescas olas, cuyos oscuros lomos se perdían rodando en la tempestuosa noche, el ulular del viento hizo crujir la envergadura del navío y el esbelto buque puso la proa rumbo al norte.

Narmoth cruzó la cubierta a grandes zancos, pero abstraído como estaba no calculó bien lo resbaladiza que había hecho el agua su barnizada superficie y poco le faltó para estrellarse contra el piso, de no haber sido porque una mano amable pero al mismo tiempo firme lo sujetó.

- ¡Ten más cuidado! – le reprochó casi en son de burla Glarawen, envuelta en oscuras mantas que contrastaban con la blancura de su rostro y los dorados matices de su cabello mojado.

Los jóvenes ingresaron en la estancia del capitán y hallaron a Maikahuinë y a Gwyllion enfrascados en una batalla verbal que casi igualaba a la tormenta que aquella noche azotaba la región aledaña a Tol Telpeä.

- ¡Cómo pretendes embestirles por el norte! – gritó la muchacha con furia. - ¡Tendríamos que cruzar toda la isla para llegar a ellos, puesto que la única entrada de Osto Telemna esta al Sur!¡Los sorprenderemos, claro, pero porque van a hallar nuestros cadáveres regados por toda la isla en cuanto despierten! – concluyó.

- ¡Como gustes, noble señora, no tengo ideas dignas de tus pretensiones! – la reprochó con sarcasmo Maikahuinë y volteó para marcharse.

Gwyllion puso los ojos en blanco y se desplomó sobre el asiento más cercano cubriéndose el rostro con las manos.

Los recién llegados no supieron como reaccionar, pues jamás imaginaron llegar a ver tan irascible a aquella mujer de ánimos calmos y voz baja.

El silencio cayó sobre sus almas atribuladas, interrumpido por los gritos esporádicos de los marineros que corrían cumpliendo diligentemente el sinfín de tareas que surgían tanto a babor como a estribor.

- El temporal no da señales de amainar. – se atrevió Narmoth.

De nuevo silencio.

Gwyllion volteó un reloj de arena que acababa de verter todo su contenido de un lado de la estrechez que separaba sus polos. Era la cuarta vez aquella noche.

- Las tempestades amainan o aumentan de cuatro en cuatro horas. – dijo en un suspiro y se levantó del asiento.

- ¡Pasó la hora en que podía amainar!¡Tú misma acabas de voltear el reloj!- replicó el elfo.

La ira se apoderó nuevamente de la Atani que luchaba por no estallar de nuevo en gritos tal cual había sucedido cuando Maikahuinë le rebatía la estrategia.

- Noche horrenda. El ser vivo se reduce a un frágil juguete de los elementos... - continuó en voz baja como si no le hubiese oído – y solo el heroísmo – pronunció en un susurro casi inaudible - no le permite entregarse prontamente a una muerte que se espera. ¡Relevo de guardias!¡Amarren y cierren todo! – ordenó, y parecía haber contenido sus ánimos furibundos, pues le dedicó una sonrisa triste al elfo que a penas oyó las instrucciones se dispuso a salir del lugar para retransmitirlas.

Cuando estuvieron solas, Glarawen cogió la bitácora que estaba sobre la mesa y la abrió en el lugar donde un listón rojo indicaba se había escrito por última vez.

“...el mar aumenta sus furias. Ya no parece un océano, sino un mundo de montañas enloquecidas que bailan estallándose unas con otras...”

- Bien sabes que ese no es el único peligro, si no acaso el menor.- insinuó con dureza Glarawen que acostumbraba darle un trato más severo a Gwyllion de lo que se permitían los caballeros, por ejemplo. – Ya estamos casi sobre Tol Telpeä. – su cara era noble y afrontaba el peligro serenamente, sin una mueca de indecisión. – El cabo es pequeño pero abrupto, será difícil maniobrar, y eso sin contar que hace ya horas en la Orden se habrán percatado de nuestra cercanía, antes del ocaso divisé un par de aves negras como el mismo carbón que alimentó alguna vez las nefastas fraguas de Morgoth, alejarse rumbo al norte.

- ¡Ossë me castiga!

Un atisbo de preocupación dibujó sus contornos en los claros ojos de Glarawen que se entrecerraron evaluadores.

- ¡Estás ardiendo en fiebre! – gimió asustada mientras ponía una mano sobre la frente de aquella hija de Hombres, comprobando su estado.

Afuera el viento aullaba y bramaba, el aguacero caía como si otro mar se descargara sobre ellos, y los guerreros del Sur pudieron divisar ahora con claridad las goletas enemigas que se multiplicaban en el horizonte.

Muchos se apresuraron en bajar por el tangón, para observar aquello que les deparaba el destino, y un temor reverente asomó en los rostros más jóvenes, no por la posibilidad ingota de sufrimientos y pesares horrendos, sino por que evocaban por última vez el recuerdo de sus tierras amadas.

Maikahuinë dio las primeras instrucciones a quienes se habían alineado en la cubierta y con esmero portaban espadas y escudos, arcos y flechas, listos para emprender la acción tan pronto como el enemigo osara acercarse al lugar que cobijaba entre maderos, barniz y velas sus existencias entregadas al deseo inabarcable de ver amanecer la paz en sus tierras.

El cataclismo no tardó en desencadenarse y resultó más cruento de lo que aún el más pesimista de ellos hubiese aventurado a pronosticar.

Gwyllion salió del camarote tan pronto la fiebre le dio tregua.

Si había algo que nunca habría de soportar, era el reposo convaleciente y ocioso mientras todavía era capaz de empuñar una espada. No cabía duda que pagaría caro aquello, pues no convenía forzar de tal forma el cuerpo de una Atani, que no tardaría en caer enfermo.

Encaramados en las obras de sus propias manos lucharon unos con otros y contra la tormenta que reventaba castigando los cuerpos exhaustos de los partícipes en aquella embestida por mar.

Ahora, ¿porqué esmerarse en gritar ‘hombre al agua’, si eran tantos los que se precipitaban y no volvían a emerger para responder al lamento del amigo que gritaba desesperado en la borda palabras de vana esperanza?

Las aguas se tiñeron con el color de las sangre indistintamente, el rango, los valores o el bando de quien la aportase, aunque las pérdidas fueron mayores para Tercano Nuruva y sus gentes.

Maikahuinë se topó pronto con la silueta esbelta de una mujer que tenía sujeta por el cabello la cabeza de un oponente decapitado. Estaba de rodillas en el suelo y jadeaba, pues todavía tenía fuertemente sujeta en la mano izquierda la daga con que había dado muerte al agresor.

- Gwyllion, por favor, sé que me odiarás por esto, pero...- la tomó del brazo arrastrándola por la fuerza a una habitación cercana y la encerró.

Al principio oyó gritos desgarradores, puños y patadas estrellándose con la puerta, pero cuando cesaron, pudo sentir algo diez veces peor, la mirada asesina de la muchacha atravesando la madera sólida de la puerta, pues se negaba a comprender que había hecho aquello, no por que la odiase, sino por algo radicalmente diferente, que ni él bien entendía.

Nadie entre los que regresaron quiso relatar luego aquel episodio, pero un joven escribano registró algunas de las últimas vivencias a bordo en su diario, antes de morir atravesado por una flecha sin saber que suerte había corrido su compañía.

“...la dama Glarawen corre de popa a proa y al revés repitiendo con potencia - Dartho! – lo cual supongo puede significar algo como – ¡Aguantad! – en Alto Élfico.

Agua y sangre se funden peligrosamente en la cubierta, pero mi comandante, el señor Maikahuinë ha combatido con fiereza ejemplar al enemigo, aunque me atrevo a decir que con su valor no basta, pues ellos son muchos y se han encargado además, de cortar cualquier comunicación entre las blancas goletas que nos son propias y nosotros, la nave principal.

He visto a Indor y a Ivárë perecer bajo la mano despiadada de un oscuro personaje, ¡y pensar que fue ayer cuando cantamos los tres juntos antes de ir a dormir! No he visto rastro alguno de la Señora, de Gwyllion, y temo que haya muerto.

Narmoth acaba de pisarme al pasar, no ha tenido piedad conmigo, que estoy sentado en el piso bajo el yugo protector de...”

A pesar de la crudeza de los sucesos, no todo estaba perdido para los de Tercano Nuruva, pues cerca de las cuatro de la madrugada, libre de nuevo, Gwyllion ordenó algo al teniente, que no tardó en vociferar...

- ¡Virar por avante!

- ¡Virar por avante! - se oyó un eco reproducido en la voz del timonel.

No regalaban sus vidas, y no impulsaban a falsos actos de altruismo a sus tropas. Iban a retirarse, mas sin la amargura de la derrota, puesto que ahora sabían a quien se enfrentaban y que trato debían darle en un próximo encuentro.

[Editado por arantxa el 22-01-2005 23:48]

Escrito el 23-01-2005 01:11 #2

Hacía unas horas había anochecido, era noche cerrada y hacía frío. Uno de los centinelas vio algo a lo lejos, sobre el mar. No dio la alarma pues no estaba seguro de nada. La niebla de Tol-Telpëa era buena para ocultarse de los enemigos, pero también podía impedir la clara visión. No fue sino hasta que estuvieron lo suficientemente cerca que logró distinguirlos.

--¡Barcos! ¡Barcos a la vista!

Otro de los centinelas se aproximó corriendo. ¿Cómo era posible? ¿A quién pertenecían aquellas embarcaciones? ¡No! No eran mercaderes, tampoco eran de los iniciados de la Orden. ¿Enemigos acaso? ¡Pero estaban muy cerca! ¡Era imposible que estuvieran tan cerca y no los hubiesen visto antes!

Los dos centinelas discutieron, no estaban seguros de lo que veían, pero no podían dejar que un enemigo llegara a la isla así sin más. Decidieron comprobarlo, dispusieron unas negras aves que sobrevolaron el mar de Tol-Telpëa y volvieron poco después a la Isla con las noticias, ya no había dudas, eran hombres del sur que se aproximaban entre las enfurecidas olas y la embravecida tempestad a la ciudad. Fue Eoster, el segundo de ellos quién finalmente hizo sonar las campanas. No pasó mucho tiempo cuando en las tres torres de Osto Telemna empezó a repicar la señal de alarma. Las mujeres, los ancianos y los niños fueron puestos a resguardo. Los soldados se prepararon. Era una ciudad de hombres; pero había algunos elfos expertos en el tiro con arco, y algunos enanos. De inmediato se dio la orden de que se preparan.

Pocas visiones son tan impresionantes como la contemplación de los navíos surgiendo de entre las nieblas de la capital telpeniana. Allá fueron a la defensa de su ciudad y su sola aparición hizo rugir al mar. Hacía sotavento. Iba Jeîsilark seguida del resto de la flota peleándose contra la bravura de las aguas y el viento en su contra. Entonces Exelder apareció en la proa de su buque y gritó:

-- ¡Atención mis fieles! ¡El viento va a cambiar a nuestro favor!— pues lo había intuido en el aire.

-- ¡Desplegad las velas! — ordenó Jeîsilark; y los barcos adquirieron una nueva potencia que avivó la esperanza de los soldados.

Tras las bordas se dispusieron en fila los Elfos con los arcos preparados. En la cubierta los Hombres y Enanos esperaban la proximidad del ataque. Había empezado a llover, los soldados estaban empapados y sus cuerpos congelados por el frío.

Una flecha enemiga voló y se clavó directamente en el corazón de uno de los hombres. Los soldados de la Orden se sorprendieron, pero a la vez, sus corazones se inflamaron, ardiendo en deseos de acabar con el enemigo. Un cuerno desgarró el viento de pronto. Los cuernos de plata pedían guerra, y a éste le siguieron otros más. Así empezaba la batalla.

El Luntemorë apareció de pronto, majestuoso, alzándose enorme entre las enfurecidas aguas, con su negrura que opacaba los corazones, pero el barco llevaba consigo un peligro mayor, la Reina Negra. El Luntemorë se acercó a uno de los barcos oponentes y la cercanía de Tárilúmë extendió el temor entre las armadas rivales.

-- ¡Preparaos para abordar! ¡A por ellos mis valientes! ¡Aún no ha llegado la hora en que nuestra tierra pueda ser mancillada por pisadas extranjeras!

Dos barcos más de grandes dimensiones se acercaron al Luntemorë, una elfa y un medio elfo los comandaban. Cuatro eran los poderosos navíos que la Orden de Telpe había dispuesto para la defensa. Cuando estuvieron lo bastante cerca, la batalla comenzó de forma irremediable. La muerte se sembró en los barcos y la locura también. De los buques enemigos se veían saltar al mar a los hombres, llenos de miedo.

Armados con arcos comenzaron a lanzar flechas; muchas de ellas erraban su objetivo pues la espesa bruma y la tempestad no daban tregua. Algunas otras herían o mataban a los enemigos. No pasó mucho tiempo hasta que el barco de Jeîsilark pudo acercarse lo suficiente para que sus hombres comenzaran la lucha cuerpo a cuerpo. Enanos armados con hachas y hombres con gruesas espadas tomaron la pasarela de acceso al barco asediando al enemigo, el mar se tiñó de rojo. La sangre llegaba al mar a borbotones como si de un río se tratase. Los demás navíos hacían fuerza con los arcos. Conforme se aproximaban lanzaban sus mortales flechas con mayor precisión, como si el que se alza en poder los guiara, como si fuera Morgoth quién levantaba los arcos y no ellos mismos.

En los barcos abordados la batalla no tenía tregua. Entre la lluvia y las feroces ráfagas de viento un hacha osciló como un péndulo. Dos orcos cayeron decapitados. Quienes estaban detrás retrocedieron. Se trataba de un enano de enorme fuerza llamado Turka, ataviado con una cota de plata y un yelmo tan brillante como resistente. Turka comandó con coraje a su grupo de enanos y ellos abatieron muchos enemigos.

Además, atacaban con valentía a aquellos extranjeros un grupo de hombres hermosamente vestidos con sus relucientes trajes de guerra con las corazas de plata adornadas con una serpiente, y sus largas espadas que poco después perdieron su brillo para llenarse de la sangre de aquellos que osaban irrumpir en sus tierras. La cruenta batalla se empezaba a definir, los enanos bajo las órdenes de Turka, los hombres bajó los comandos de Exelder, los elfos liderados por Elänessil, y el terror sembrado por Tárilúmë parecían asegurar el triunfo. Eso los animaba y les exaltaba sus corazones para seguir luchando, para continuar defendiendo su ciudad, para morir a cambio de la libertad de su pueblo y de la victoria.

Sin embargo, algo pasó de pronto. O algo debió pasar que los ojos de los soldados del Rimbe-a-Angolië no pudieron ver… Después de varias horas de intensa batalla el enemigo comenzó una repentina retirada. Como movidos por algo, o llamados por alguien que no estaba presente, los hombres del sur y demás soldados comenzaron a marcharse. Se sentía una esperanza en el aire para los soldados de la Orden, y poco tiempo después no quedaban sino muertos ondeando sobre el mar y la niebla, siempre presente. Habían alcanzado la victoria. Entonces Elänessil, la elfa de hermoso rostro, ordenó que recogieran cuantos cuerpos pudieran y se juntaran a todos los caídos para despedirlos con honores en la ciudad. Y ella y el medio elfo Exelder volvieron a la isla, hacia la gran torre central para hablar, junto con la reina sobre algunos detalles de la batalla y de la repentina retirada de los adversarios.

Esa misma noche, cuando había dejado de llover, los enemigos caídos en la batalla fueron cremados. Y los soldados que dieron su vida defendiendo la ciudad fueron enterrados entre lágrimas. Horas después, un gran banquete con música, bebida y suntuosos manjares se sirvió ante las mesas en Osto Telemna; con los soldados estuvieron el medio elfo Exelder y la elfa Elänessil. Tenían una victoria que celebrar. Tárilúmë, la reina, no asistió al festejo; su presencia no dejaba de resultar desconcertante para hombres, elfos y enanos; en cambio, se quedó en la gran torre central, mirando hacia el mar, ensimismada en sus oscuros pensamientos. Ella tenía muchas cosas en que pensar.

Escrito el 27-01-2005 22:29 #3

PUNTUACIÓN DE LA BATALLA:

Tercano 8-6-8-7-7=36/5= 7.2

Telpe 7-7-7-8-7=36/5=7.2

Tercano perdió 7 armadas= 245 puntos recuperables el 33%= 82 puntos.

Telpe perdió 3 armadas= 105 puntos recuperables el 66%= 70 puntos.

Luego....

Tercano recuperará 59 puntos, siendo su perdida total de 186 puntos.

Telpe recuperará 50 puntos, siendo su perdida total de 55 puntos.

Además el Orden de Telpe obtiene 75 monedas como premio.

AMBAS COMPAÑÍAS ESTAN ACTIVADAS A PARTIR DE AHORA, Y PUEDEN ATACAR Y SER ATACADAS.

[Editado por Indil el 27-01-2005 22:40]

Historia finalizada.