-¡Treinta grados más a babor! – gritó en voz alta el teniente de guardia, Narmoth Mirlith.
-¡Treinta grados más a babor! – repitió cual si fuera su eco el timonel, un viejo experimentado de manos callosas, mientras giraba con maestría las cabillas del timón.
Una potente ráfaga del sudeste ladeó la embarcación hasta hundir la escora a babor entre gigantescas olas, cuyos oscuros lomos se perdían rodando en la tempestuosa noche, el ulular del viento hizo crujir la envergadura del navío y el esbelto buque puso la proa rumbo al norte.
Narmoth cruzó la cubierta a grandes zancos, pero abstraído como estaba no calculó bien lo resbaladiza que había hecho el agua su barnizada superficie y poco le faltó para estrellarse contra el piso, de no haber sido porque una mano amable pero al mismo tiempo firme lo sujetó.
- ¡Ten más cuidado! – le reprochó casi en son de burla Glarawen, envuelta en oscuras mantas que contrastaban con la blancura de su rostro y los dorados matices de su cabello mojado.
Los jóvenes ingresaron en la estancia del capitán y hallaron a Maikahuinë y a Gwyllion enfrascados en una batalla verbal que casi igualaba a la tormenta que aquella noche azotaba la región aledaña a Tol Telpeä.
- ¡Cómo pretendes embestirles por el norte! – gritó la muchacha con furia. - ¡Tendríamos que cruzar toda la isla para llegar a ellos, puesto que la única entrada de Osto Telemna esta al Sur!¡Los sorprenderemos, claro, pero porque van a hallar nuestros cadáveres regados por toda la isla en cuanto despierten! – concluyó.
- ¡Como gustes, noble señora, no tengo ideas dignas de tus pretensiones! – la reprochó con sarcasmo Maikahuinë y volteó para marcharse.
Gwyllion puso los ojos en blanco y se desplomó sobre el asiento más cercano cubriéndose el rostro con las manos.
Los recién llegados no supieron como reaccionar, pues jamás imaginaron llegar a ver tan irascible a aquella mujer de ánimos calmos y voz baja.
El silencio cayó sobre sus almas atribuladas, interrumpido por los gritos esporádicos de los marineros que corrían cumpliendo diligentemente el sinfín de tareas que surgían tanto a babor como a estribor.
- El temporal no da señales de amainar. – se atrevió Narmoth.
De nuevo silencio.
Gwyllion volteó un reloj de arena que acababa de verter todo su contenido de un lado de la estrechez que separaba sus polos. Era la cuarta vez aquella noche.
- Las tempestades amainan o aumentan de cuatro en cuatro horas. – dijo en un suspiro y se levantó del asiento.
- ¡Pasó la hora en que podía amainar!¡Tú misma acabas de voltear el reloj!- replicó el elfo.
La ira se apoderó nuevamente de la Atani que luchaba por no estallar de nuevo en gritos tal cual había sucedido cuando Maikahuinë le rebatía la estrategia.
- Noche horrenda. El ser vivo se reduce a un frágil juguete de los elementos... - continuó en voz baja como si no le hubiese oído – y solo el heroísmo – pronunció en un susurro casi inaudible - no le permite entregarse prontamente a una muerte que se espera. ¡Relevo de guardias!¡Amarren y cierren todo! – ordenó, y parecía haber contenido sus ánimos furibundos, pues le dedicó una sonrisa triste al elfo que a penas oyó las instrucciones se dispuso a salir del lugar para retransmitirlas.
Cuando estuvieron solas, Glarawen cogió la bitácora que estaba sobre la mesa y la abrió en el lugar donde un listón rojo indicaba se había escrito por última vez.
“...el mar aumenta sus furias. Ya no parece un océano, sino un mundo de montañas enloquecidas que bailan estallándose unas con otras...”
- Bien sabes que ese no es el único peligro, si no acaso el menor.- insinuó con dureza Glarawen que acostumbraba darle un trato más severo a Gwyllion de lo que se permitían los caballeros, por ejemplo. – Ya estamos casi sobre Tol Telpeä. – su cara era noble y afrontaba el peligro serenamente, sin una mueca de indecisión. – El cabo es pequeño pero abrupto, será difícil maniobrar, y eso sin contar que hace ya horas en la Orden se habrán percatado de nuestra cercanía, antes del ocaso divisé un par de aves negras como el mismo carbón que alimentó alguna vez las nefastas fraguas de Morgoth, alejarse rumbo al norte.
- ¡Ossë me castiga!
Un atisbo de preocupación dibujó sus contornos en los claros ojos de Glarawen que se entrecerraron evaluadores.
- ¡Estás ardiendo en fiebre! – gimió asustada mientras ponía una mano sobre la frente de aquella hija de Hombres, comprobando su estado.
Afuera el viento aullaba y bramaba, el aguacero caía como si otro mar se descargara sobre ellos, y los guerreros del Sur pudieron divisar ahora con claridad las goletas enemigas que se multiplicaban en el horizonte.
Muchos se apresuraron en bajar por el tangón, para observar aquello que les deparaba el destino, y un temor reverente asomó en los rostros más jóvenes, no por la posibilidad ingota de sufrimientos y pesares horrendos, sino por que evocaban por última vez el recuerdo de sus tierras amadas.
Maikahuinë dio las primeras instrucciones a quienes se habían alineado en la cubierta y con esmero portaban espadas y escudos, arcos y flechas, listos para emprender la acción tan pronto como el enemigo osara acercarse al lugar que cobijaba entre maderos, barniz y velas sus existencias entregadas al deseo inabarcable de ver amanecer la paz en sus tierras.
El cataclismo no tardó en desencadenarse y resultó más cruento de lo que aún el más pesimista de ellos hubiese aventurado a pronosticar.
Gwyllion salió del camarote tan pronto la fiebre le dio tregua.
Si había algo que nunca habría de soportar, era el reposo convaleciente y ocioso mientras todavía era capaz de empuñar una espada. No cabía duda que pagaría caro aquello, pues no convenía forzar de tal forma el cuerpo de una Atani, que no tardaría en caer enfermo.
Encaramados en las obras de sus propias manos lucharon unos con otros y contra la tormenta que reventaba castigando los cuerpos exhaustos de los partícipes en aquella embestida por mar.
Ahora, ¿porqué esmerarse en gritar ‘hombre al agua’, si eran tantos los que se precipitaban y no volvían a emerger para responder al lamento del amigo que gritaba desesperado en la borda palabras de vana esperanza?
Las aguas se tiñeron con el color de las sangre indistintamente, el rango, los valores o el bando de quien la aportase, aunque las pérdidas fueron mayores para Tercano Nuruva y sus gentes.
Maikahuinë se topó pronto con la silueta esbelta de una mujer que tenía sujeta por el cabello la cabeza de un oponente decapitado. Estaba de rodillas en el suelo y jadeaba, pues todavía tenía fuertemente sujeta en la mano izquierda la daga con que había dado muerte al agresor.
- Gwyllion, por favor, sé que me odiarás por esto, pero...- la tomó del brazo arrastrándola por la fuerza a una habitación cercana y la encerró.
Al principio oyó gritos desgarradores, puños y patadas estrellándose con la puerta, pero cuando cesaron, pudo sentir algo diez veces peor, la mirada asesina de la muchacha atravesando la madera sólida de la puerta, pues se negaba a comprender que había hecho aquello, no por que la odiase, sino por algo radicalmente diferente, que ni él bien entendía.
Nadie entre los que regresaron quiso relatar luego aquel episodio, pero un joven escribano registró algunas de las últimas vivencias a bordo en su diario, antes de morir atravesado por una flecha sin saber que suerte había corrido su compañía.
“...la dama Glarawen corre de popa a proa y al revés repitiendo con potencia - Dartho! – lo cual supongo puede significar algo como – ¡Aguantad! – en Alto Élfico.
Agua y sangre se funden peligrosamente en la cubierta, pero mi comandante, el señor Maikahuinë ha combatido con fiereza ejemplar al enemigo, aunque me atrevo a decir que con su valor no basta, pues ellos son muchos y se han encargado además, de cortar cualquier comunicación entre las blancas goletas que nos son propias y nosotros, la nave principal.
He visto a Indor y a Ivárë perecer bajo la mano despiadada de un oscuro personaje, ¡y pensar que fue ayer cuando cantamos los tres juntos antes de ir a dormir! No he visto rastro alguno de la Señora, de Gwyllion, y temo que haya muerto.
Narmoth acaba de pisarme al pasar, no ha tenido piedad conmigo, que estoy sentado en el piso bajo el yugo protector de...”
A pesar de la crudeza de los sucesos, no todo estaba perdido para los de Tercano Nuruva, pues cerca de las cuatro de la madrugada, libre de nuevo, Gwyllion ordenó algo al teniente, que no tardó en vociferar...
- ¡Virar por avante!
- ¡Virar por avante! - se oyó un eco reproducido en la voz del timonel.
No regalaban sus vidas, y no impulsaban a falsos actos de altruismo a sus tropas. Iban a retirarse, mas sin la amargura de la derrota, puesto que ahora sabían a quien se enfrentaban y que trato debían darle en un próximo encuentro.
[Editado por arantxa el 22-01-2005 23:48]
