El sonido impertinente de los dados chocando contra la cubierta no le dejaban dormir. Su camarote se hallaba en el primer nivel, junto al del capitán Wulfer.
Abandonó contrariado la balanceante hamaca y salió al exterior . Allí vio a los culpables de su desvelo: cuatro marineros jugándose la paga a los dados.
-Dejen este estúpido juego y trabajen un poco.- Dijo Eärgoth el Sabio con una furia que no pudo reprimir. Los marineros abandonaron enseguida el juego y en silencio se perdieron por la cubierta del \"Señor del Mar\", el más moderno buque de la armada de Númenor.
Eärgoth se apoyó en la borda y fingió no oír nada cuando uno de los marineros comentó en voz muy baja: ¿Qué le importa a este maldito viejo qué hacemos en nuestro tiempo libre?
-viejo- pensó Eärgoth -muy viejo-.
El viento soplaba hinchando las velas, el cordaje gemía y el \"Señor del Mar\" avanzaba bajo la luna rumbo Sureste, rumbo a Rómenna.
El viento despeinaba la melena del consejero del rey. Había sido negra y ondulada, pero hacía mucho que eran los tonos plateados los que dominaban. Al principio sólo fueron unos pocos hilos de plata decorando el azabache, pero ahora... ahora ya era muy viejo, y aunque aún conservaba una figura poderosa, no era tan ágil como antes, había perdido parte de su fuerza y sus ojos grises ya no recordaban al acero sino a un cielo nublado y triste.
Había nacido hacía unos 380 años, en los días de Tar-Ciryatan. Muy pronto sobresalió en el dominio de las ciencias, tanto de las de la tierra como de las del cielo. Conocía los minerales, las plantas... las estrellas. Era metódico y un trabajador incansable, estudiaba con pasión todas las materias, quería conocerlo todo. Cuando, a los 107 años, se puso al servicio de Tar-Atanamir, ya era llamado El Sabio. Pero de eso hacía mucho tiempo, Tar-Atanamir ya había muerto, y ahora era su hijo quien lo había mandado a esa misión.
La edad lo había vuelto áspero, distante y desconfiado. Por servir a los reyes como consejero había abandonado sus estudios, sino completamente, sí como dedicación principal.
Aunque nada dijo, y nada expresó su rostro, se ofendió profundamente cuando el rey lo envió a la Tierra Media para algo banal.
-Querido Eärgoth, necesito a alguien de confianza... los tributos... quiero saber si se pueden aumentar.
-¿Señor? ¿se refiere a los tributos de la Tierra Media?
-Querido Eärgoth, esos hombres nos deben mucho, no serían nada sin nosotros... y nos necesitarán más aún, la Sombra del Este se fortalece de nuevo, algunos hablan de espectros... me temo que Númenor deberá implicarse más... pero no podemos hacerlo sin recibir nada a cambio.
Él, que lo había dado todo por Númenor, que había servido fielmente a dos generaciones de orgullosos reyes, ahora era tratado como un simple embajador... o menos que eso, como un recaudador de impuestos; pero aceptó solícito y embarcó con una pequeña flota hacia el Este.
Ahora ya estaba de regreso, había acabado su informe sobre la capacidad de las colonias y de los hombres de Eriador. Expondría sus conclusiones al rey y volvería a ser Eärgoth el Sabio... ¿o es que acaso había caído en desgracia? Quizá El gran Tar-Ancalimon quería prescindir de él y ese era su modo de decirle que no lo quería a su lado, que ya no era respetado, que sólo era uno más.
Eärgoth perdía la mirada en el horizonte nocturno: donde el mar plateado por la luz de la luna se fundía con una miríada de estrellas, hacia el Oeste, deseoso y temeroso de llegar a Armenelos... y cansado, sí, cansado, disfrutando de ese momento de reposo, con el viento agitando su larga túnica negra y alborotando su pelo de anciano. Era el séptimo día de travesía y el día siguiente, quizá el medio día, mostraría las costas de Númenor, y fondearían en Rómenna y... pero eso sería mañana, hoy el viento primaveral soplaba cálido y perfumado por el mar.
Y la mañana llegó, esplendorosa y transparente. Lo sorprendió saliendo de la posada. Se cubrió los ojos usando la mano como pantalla protectora: había bebido demasiado y dormido muy poco... y esa muchacha... mientras sonreía, un niño apareció por el umbral de la puerta gritando su nombre. -Señor..., señor Ancalon, se deja su bolsa- Ancalon, secretario de Eärgoth el Sabio se dio la vuelta y recogió su equipaje -gracias muchacho- y su cabeza retumbó por los efectos de la desmesura de la noche anterior.
En el patio de la posada le esperaban diez soldados: la guardia que debía llevarlo a él y a Eärgoth hasta la ciudad del rey. Montaban todos hermosos caballos y vestían elegantes libreas con delicados bordados. -Hemos traído su caballo y el del consejero, señor- dijo con voz bien timbrada el capitán de la guardia, un joven de anchas espaldas y probada fuerza. Ancalon no le contestó pero, con un ligero movimiento de cabeza mostró su aprobación al capitán. Montó con agilidad a su caballo tordo y se pusieron en marcha hacia el puerto.
Rómenna era una ciudad alegre, por sus calles bullía la vida, se desbordaba y se derramaba, inundándolo todo. Ancalon, hijo de un noble caballero emparentado con la familia reinante, se había educado en Armenelos, bajo la tutela de Eärgoth. Era aun muy joven, apenas tenía 50 años, pero la rigidez de su \"maestro\" habían secado su carácter antes de lo debido y, si bien conocía perfectamente toda la isla y sus ciudades, si bien había viajado hasta la Tierra Media en varias ocasiones, no dejaba nunca de sorprenderse ante el esplendor y la opulencia del puerto oriental de Númenor.
Los cascos repiqueteaban sobre el empedrado de las calles que serpeaban entre mercados y lonjas, entre casas señoriales de sublime hechura, entre posadas y tabernas, que ofrecían descanso y diversión, y entre barrios de vida febril, habitados por pescadores y aventureros: gente de mar, fuertes, alegres y vigorosos.
Y por fin llegaron al muelle. Una gran plaza se abría al mar, un semicírculo formado por altos edificios de brillante piedra blanca y, cerrado por un largo muelle desde el que extendían largos diques que se internaban en la azul bahía.
El sol ascendía y se encaramaba hasta lo alto del cielo. Los soldados habían descabalgado y charlaban animadamente protegidos por la sombra de una pared. Ancalon miraba hacia el mar, cansado de esperar, molesto porque se le hubiera encargado tan absurda tarea -¿es que no sabe volver solo a casa? La guardia... eso es lógico, no es un hombre corriente, y desde que esos estúpidos amigos de los elfos cuestionan las decisiones del rey, uno no puede estar tranquilo... ¿pero a mi... a mi para qué me necesita?-
El día se alargaba y el sol ya caía tras el Meneltarma cuando Ancalon vio el perfil de los tres buques recortándose sobre el cielo de la tarde. Aproximadamente una semana de navegación con buen viento de popa había llevado de regreso a la flota de los tributos. Cada uno de los barcos estaba tripulado por unos 20 marineros y transportaba unos 60 soldados. Sus bodegas iban repletas de grano, plata, oro, especias... el pago de los hombres de Eriador a los grandes reyes de occidente.
Los buques anclaron en la bahía e innumerables botes se abalanzaron sobre ellos para descargar las mercancías. Sobre uno de esos botes, en pié en la proa, vio llegar al capitán Wulfer.
Con pasos largos y un tanto descompasados se acercó a Ancalon.
-Sois vos el secretario de Sr. Eärgoth, supongo.
-Sí yo soy, ¿qué ocurre? ¿dónde está el Consejero?
-No sé como decirlo Señor...
Ancalon notó la turbación del capitán, su pánico. El capitán era un hombre duro y no fácilmente impresionable, algo terrible debía de haber ocurrido.
Ancalon lo intuyó, algo en su interior se lo gritaba. Eárgoth le había expresado su ira por la decisión del rey de convertirlo en un \"recaudador de impuestos\"... y era tan viejo.
El capitán Wulfer tomo aliento, hubiera preferido que el secretario le preguntara, hubiera preferido tener la obligación de contestar. Pero el secretario, demasiado confuso, callaba.
-Señor... resulta que... ha muerto Señor. Ha sido esta noche. Lo hemos encontrado apoyado en la borda... parecía vivo, miraba hacia Númenor-
El capitán siguió hablando, pero Ancalon ya no lo escuchaba, pensaba en Eärgoth el Sabio y en las palabras del capitán: “miraba hacia Númenor”.
Y una sonrisa amarga se dibujó en los labios del secretario, porque sabía que no era a Númenor donde miraba Eärgoth, sino más allá, mucho más allá... hacia Válinor.
