La Guerra de los Clanes

Batalla C1 Nurn Vs C3 Telpe

Terminada
Escrito el 22-01-2005 00:01 #1

Dos días habían permanecido apostados a las puertas Barad Avathael. Dos días de incertidumbre y extrañeza. Los enormes muros negros de la ciudad parecían elevarse cual montañas ante sus ojos, y la sombra que la cubría apenas mitigaba su imponente presencia. Pero ya todo había concluido, y lo que proyectaba no era más que un eco dolorido del poder que emanara dos días antes....

Ante la ciudad, se abría una explanada artificial, apenas estorbada aquí y allá por tocones de diversos tamaños. Recuerdos enmohecidos de lo que antaño fueran árboles, nobles o esbeltos... No parecía haber importado en nada a aquellos quienes segaron su vida. Y nada importaba a quienes los observaban ahora... Y entre ellos, la tierra había tornado sus matices dorados con la textura roja de la sangre que se filtraba en cada grieta, en cada brizna de hierba...

Quizás la tierra roja era lo primero que se observaba al mirar el lugar devastado. Pero los ojos pronto se acostumbraban al color, para descubrir después el susurro de los muertos... Cientos de cadáveres yacían en posturas imposibles, desperdigados, mientras el viento movía sus ropas y sus cabellos empapados en sangre... Miles de ojos miraban al vacío, al cielo encapotado, o al cadáver más cercano... con esa mirada muerta, incrédula... con el dolor atravesado en diminutas pupilas negras... Quién sabe qué pensamientos poblaron aquellas mentes durante su último estertor... Sería un secreto entre ellos y El Hacedor, El Juzgador último de su obra y su pensamiento.

Delissë bajó la mirada pues sus pensamientos fueron turbados repentinamente por algo que asió suavemente su tobillo. La muerte no era piadosa a veces, pensó. A sus pies, un hombre yacía atravesado por muchas flechas empenachadas de rojo y negro. Sus labios, otrora carnosos ... quizás sonrientes, estaban teñidos de azul, pues el veneno estaba haciendo su efecto. La elegante y delicada librea con la esbelta figura del león apenas se distinguía entre jirones, sangre y vísceras... aunque Delissë sabía al observar sus heridas, que estas últimas no eran suyas, sino de algún otro cadáver más afortunado.

Se puso de cuclillas y observó al hombre a los ojos. Rubios cabellos, ahora apagados en un tenue tono ceniza... y unos ojos azules de incomparable belleza, ahora cegados por la negrura infinita de la muerte cercana. Y el dolor. El hombre la miraba, y algo en sus ojos cambió el semblante de la Maia. Pues pudo ver que en la muerte, aquél hombre no tenía miedo sino esperanza. \"¡Maldita sea!\", murmuró, pues era presa de una sensación que hacía mucho tiempo se había dormido en ella para siempre. El hombre tosió, y un pequeño reguero de sangre se deslizó por la comisura de sus labios... Y ella se rindió. Deslizó su mano derecha hacia la pequeña daga que llevaba enfundada en una especie de brazalete. El brillo apagado de la daga se deslizó a través de la carne, y se hundió en el corazón del hombre que respondió con una sonrisa de dientes ensangrentados. No hizo falta más... Delissë acarició su frente un segundo, y cerró los ojos del hombre muerto, pues no era capaz de soportar su mirada...

Se levantó y se dirigió a su tienda, acariciando el hombro herido, e intentando no recordar aquellos ojos. Su mente vagó entonces por el tiempo... Aquella batalla que había dejado los campos ensangrentados... Recordó como habían llegado a Barad Avathael, el ruido de pisadas había quedado atrapado en el Bosque del Silencio. Mil orcos vociferantes al principio, habían llegado finalmente silenciosos, pues sus voces quedaban atrapadas en la magia del bosque, y aquello escapaba a su limitado entendimiento. Hombres y elfos, de miradas torvas y negros ropajes, avanzaban con paso seguro a través del espeso follaje. Y precediendo la comitiva, casi cien trolls armados con hachas y machetes, abrían camino entre los árboles.

Delissë cabalgaba tras todos ellos, sumida en pensamientos sombríos. Su ojos de color violeta intenso miraban sin ver el camino, y su mirada sólo reflejaba una firme determinación. A su derecha, Inglin cabalgaba erguida, con sus hermosas trenzas negras salpicadas de diamantes ondeando al viento, cual gotas de rocío sobre su cabello... Y a su izquierda, Helërauko, de porte impresionante con su armadura negra y su caballo negro. Podía vislumbrar el brillo de sus ojos a través del yelmo, como un haz de luz ante la sombra de los árboles. No había palabras. Nada que decir.

El amanecer llegó, y la penumbra de los árboles dio lugar a una hermosa inundación de luz. Los primeros rayos de sol cegaron sus ojos, y el sonido de los tambores atravesó la planicie para llegar ante los muros de la ciudad. Los portaestandartes alzaron al cielo los altos pendones negros bordados con la llama roja. Y el sonido de las trompetas acompañó su danza al viento. Delissë espoleó su caballo, y los capitanes de los Señores de Nurn avanzaron entre las columnas alineadas de su ejército.

Sobre las murallas, los soldados de la Orden del Telpe miraban incrédulos pero desafiantes el despliegue del ejército enemigo. Y entonces la voz de Delissë atronó la ciudad, y se alzó sobre los muros.

- ¡Oid el mensaje de los Señores de Nurn! Amos de Haldanóri desde tiempos remotos, no toleraremos reto alguno ni soberanía fingida sobre estas tierras. El bosque es nuestro, y sin duda la ciudad lo será también. Salid y defenderlo si encontráis entre vosotros algún ser con el coraje suficiente... O salvad lo que podáis y huid. Pues La Muerte ha venido a buscaros, y no se marchará sino con las manos teñidas de vuestra sangre.

El silencio siguió a sus palabras. No hubo más respuesta que el rostro a veces dudoso, otrora sarcástico, de los soldados apostados en los muros. Y Delissë rió entonces. Y su risa se elevó como una premonición sobre ellos. \"Entiendo\", dijo. Y dio la vuelta seguida de los suyos, para preparar la acometida.

Pero no esperaba una defensa tan fuerte. Las puertas de Barad Avathael se abrieron de par en par al anochecer, y una riada de soldados avanzó hacia ellos cogiendo desprevenida la primera línea del ejército de Nurn. Cientos de orcos perecieron bajo los últimos rayos del sol poniente. Algunos de ellos ni siquiera lograron desenvainar sus armas...

Helërauko permanecía firme mientras su hacha cercenaba y mutilaba sin piedad alguna, adelantando a sus hombres a duras penas hacia los muros de la ciudad. Tras ellos, cientos de elfos comandados por Inglin lanzaban miles de flechas empenachadas de rojo y negro, mientras su fiera loba Nimbar arrancaba de cuajo la cabeza de un enano que había osado acercarse demasiado a su ama...

Pero Delissë sentía peligrar la primera línea de su ataque, y dirigió hacia allí la furia de su embestida. A lomos de su caballo, Airacil oscilaba a cada lado, arrollando a todo enemigo que encontraba a su paso. Desmontó al frente del ejército, mientras éste dudaba, y retrocedía ante la furia del ataque enemigo. Una flecha dio en el blanco entonces. La piel blanca de su hombro cedió paso a la sangre, y ella apenas se giró para romperla y arrancarla después de golpe. Un débil gemido escapó de sus labios... Nadie lo oyó. Rasgó su capa del color azul noche, y vendó torpemente la herida. Su mirada, de furia y fuego, se dirigió entonces a los suyos:

- ¡Avanzad malditos, avanzad! - gritó - ¿Creéis acaso que escapar de esta batalla os permitirá vivir un segundo más de lo que yo disponga? ¡Avanzad, o conoceréis una muerte tan lenta y atroz que desearéis haber muerto en este maldito páramo! ¡Matad o morid malditos!

Y mientras su voz se alzaba sobre ellos, Delissë luchaba con furia mientras miraba sonriente como la sangre teñía el destello cobrizo de Airacil. Y los orcos avanzaron. Cayendo y muriendo. Arrasando y matando. Miles de flechas ocultaban la luz de las estrellas y la luna, y el sonido de las armas apenas apagaba el susurro de los moribundos...

Dos días habían pasado apostados bajo los muros de Barad Avathael. Dos días de incertidumbre y extrañeza. Pero la victoria había sido suya, a pesar del alto precio. Y finalmente el ejército enemigo cedió, superado en número y odio, y corrió a ocultarse tras los negros muros de piedra y sombra. Y ahora... Ahora Delissë sólo recordaba unos ojos azules, y una tierra tinta en sangre...

[Editado por Indil el 22-01-2005 15:27]

Escrito el 27-01-2005 13:17 #2

Desde el casco antiguo de Barad Avathael llegaban los soldados hasta el Muro Negro de la Ciudad, quienes iban a hacer frente al ataque de los Señores de Nurn. La niebla cubría las calles, la temperatura era baja. El cielo estaba encapotado, pero no había amenaza de un temporal furioso.

Hlóke Morna había adoptado su forma de Serpiente Negra. Salió hacia el Bosque Silencioso, dejando atrás el gran Muro Negro. El Ejército Enemigo estaba aún llegando a las puertas de Barad Avathael. El Bosque ahogaba el sonido de las pisadas del portentoso ejército que venía a hacerles frente. Pero Hlóke Morna sentía las vibraciones en la Tierra. Su paso era firme, rápido, decidido. La noche era tranquila.

Y mientras, en la ciudad, tras los enormes muros, Ariul preparaba a su ejército. “Preparaos para una cruenta batalla. Nuestro Enemigo es fuerte.” Hlóke Morna traería noticias del exterior de un momento a otro. Los soldados del Rimbe-a-Rálie eran fuertes, llenos de ira y de odio por aquellos que venían a reclamar lo que no era suyo. Morirían por defender la Ciudad. Y Ariul lo sabía. Sonrió satisfecho al ver las ganas que tenían sus guerreros de hacer frente al poder de los Señores de Nurn.

- ¡¡Soldados de Rimbe-a-Rálie!! Que sea vuestra Espada lo que más habéis amado en esta vida. Que sea la vida del Enemigo lo que más habéis odiado en esta vida. Que sea vuestro coraje y vuestra fuerza quien os alce en la hora de la Batalla. Que sea esta Ciudad y lo que significa para vosotros lo que os mueva a acabar con el Enemigo. ¡¡Esta noche, la Victoria será nuestra!!

Los Soldados alzaron sus voces, griteríos que demostraban sus ansias de empezar la Batalla. Y postrados detrás del Muro Negro de la Ciudad, esperaron a que la Serpiente Negra volviera, y trajera información. Los primeros rayos del Sol aparecían en el oeste, bañando la Ciudad con delicadeza. El cielo se había despejado. Fuera, el Enemigo ya había desplegado su ejército ante las puertas del Muro Negro. Y Hlóke Morna había vuelto a la Ciudad, con las noticias. Se dirigió hacia Ariul, quien estaba al frente del ejército.

- Son numerosos. Sus armaduras resistentes. Orcos desfigurados quieren penetrar en la Ciudad, arrasar con toda la vida de la Orden de Telpe. Su odio es irremediable. Y una fuerza… hay una fuerza en ese ejército que se alza ante todas las demás…

Ariul miró fijamente a Hlóke. Miró a la guerrera detenidamente, buscando en su interior la fuerza que siempre había desprendido. Sabía que en el mejor momento, esa fuerza resurgiría. En el momento de la batalla, su ataque sería feroz, su rabia imparable. Ahora tenían que disponer de una estrategia. Y sabía que Hlóke Morna, la Serpiente Negra, se la daría.

- Embestirán con fuerza. El Ejército está dispuesto ante el Muro Negro. Dentro de poco, la compañía de Nurn exigirá una respuesta. Tenemos la opción de abrir las puertas y devolver el ataque con resistencia, pero corremos el riesgo de que puedan penetrar en la Ciudad. Hay que hacerles retroceder. Yo podría disponer de un alto número de hombres y llevármelos conmigo. Saldremos al Bosque y haremos frente a una parte del Ejército.

Ariul escuchaba atento las palabras de Hlóke. Viendo la furia en el Ejército de los Leones, la emoción recorrió su cuerpo. Por fin una batalla digna de alabanzas. Por fin un Enemigo Fuerte contra quien luchar con honor.

- Es arriesgado, Hlóke. El frente necesita gran parte del ejército para responder con fuerza. Podéis ser muy pocos en comparación a quienes ataquéis. La cruenta batalla estará ante el Muro Negro. ¿De verdad quieres correr el riesgo?

- Si. Correré el riesgo con aquellos que quieran acompañarme. Podemos ganar tiempo.

Una pequeña parte del Rimbe-a-Rálie siguió a Hlóke Morna. El resto del ejército seguía ante el Muro Negro, esperando las órdenes de Ariul, el Capitán del Ejército.

El tiempo pasaba. Hlóke Morna se había preparado para la batalla. Su cuerpo, pintado de un tono verde claro, estaba listo para la acción. Un símbolo hecho con su propia sangre le cruzaba todo el perfil izquierdo. La espada, con el mismo símbolo dibujado en la empuñadura, estaba bien afilada. Los hombres que iban con ella llevaban también el mismo símbolo en el rostro. Estaban listos. La Batalla tendría lugar ante las puertas del Muro Negro, pero la pequeña compañía de Hlóke Morna atacaría por el este y el oeste, de forma desprevenida. Un pequeño ataque que podía aportar a Ariul algo de tiempo.

De pronto una voz se alzó en medio de la frondosidad de Eryn-Dînen, aunque tan sólo percibieron los oídos de aquellos que sabían utilizar la magia del Bosque. Ariul y Hlóke Morna, ambos en sus puestos, escucharon las palabras de la Comandante de Nurn.

- ¡Oíd el mensaje de los Señores de Nurn! Amos de Haldanóri desde tiempos remotos, no toleraremos reto alguno ni soberanía fingida sobre estas tierras. El bosque es nuestro, y sin duda la ciudad lo será también. Salid y defendedlo si encontráis entre vosotros algún ser con el coraje suficiente... O huid y tal vez algunos se salven. Pues La Muerte ha venido a buscaros, y no se marchará sino con las manos teñidas de vuestra sangre.

La Batalla iba a comenzar. El día estaba oscureciendo. Hlóke Morna ya sabía qué tenía que hacer. Y fue entonces cuando ella y su pequeña compañía salieron para encontrarse con un gran ejército postrado ante el Muro Negro. Aquella visión les impresionó, pero no dejaron que atemorizara a sus corazones. Las puertas de la Ciudad se abrieron. Y Ariul avanzó con firmeza, seguido del Rimbe-a-Rálie. Un ejército digno de alabanzas, que desprendía fuerza y seguridad. Que hallarían la Vida o la Muerte, pero ambas glorificadas por defender aquello que amaban. Y fue el primer ataque de la noche. Y hubo sangre. Y hubo muerte.

El ataque era fuerte, pero Ariul resistía con su ejército. La primera línea del ejército de Nurn se vio sorprendida, y muchos de los suyos cayeron. Algunos retrocedieron, pero otros se mantenían firmes. La Batalla era dura, larga. Espadas que cortaban cabezas, hachas que rompían torsos. Flechas que traspasaban músculos. Ambos ejércitos sufrían sus pérdidas. Pero la embestida de Nurn era muy fuerte.

- ¡¡Hlóke!! ¡¡Hlóke!! – la voz de Ariul se ahogó en los páramos del Bosque, sin que la Serpiente Negra recibiera ese grito de socorro.

La Serpiente Negra luchaba con destreza. Montones de orcos se habían abalanzado sobre la compañía del este. Muchos de los hombres que la habían acompañado habían perecido. Las serpientes del bosque seguían a Hlóke. Algunas se enrollaban en sus piernas, acompañándola en esa cruenta batalla. Atacaban a orcos con sus mordeduras, con su veneno, impulsándose hacia ellos desde su cuerpo. Pero poco más pudo hacer Hlóke Morna para detener el Golpe, para darle tiempo a Ariul, pues el Golpe de Nurn se centró en el frente. Ahí depositó toda su furia. Y Hlóke mandó a los pocos hombres que quedaban con ella al frente, a parar la Fuerza de Nurn.

El frente estaba perdido. Habían ofrecido resistencia. Toda la que pudieron. Llovían flechas negras y rojas que traspasaban los corazones de los hombres del Rimbe-a-Rálie. Que traspasaban la luz de los nuevos rayos del sol que despuntaba. Orcos caían alrededor de Ariul y de Hlóke Morna, y de los hombres que aún quedaban con ellos. Pero la fuerza de Nurn seguía siendo fuerte, y Telpe no podía ofrecer más resistencia. Ariul alzó su voz en grito.

- ¡¡Retirada!! ¡¡Retirada!! ¡¡Tras los muros de la Ciudad!! ¡¡Retroceded!!

El ejército de Telpe había buscado protección de nuevo tras el Muro Negro. Fuera, Nurn cantaba Victoria. Muchos habían perecido en el campo. Tanto hombres de Rimbe-a-Rálie, como orcos de Nurn. El campo estaba lleno de cadáveres, de sangre. La visión desolaba los corazones de la parte del ejército de Telpe que aún quedaba en pie. Los heridos habían sido llevados a los puestos de curación. Muchos no volverían a caminar. Otros no volverían a luchar.

Resignada, aturdida y abatida, herida en una pierna, Hlóke Morna se quitaba el símbolo de su rostro. La mayoría de sus hombres habían perecido. Y ella seguía en pie. ¿Qué podía hacer ante tan aciago destino? No quedaba consuelo para su ejército, excepto el de la Venganza. Y en la tarde del segundo día, cuando ya todo había acabado, Hlóke Morna esperó… Ahora tan sólo podía esperar a que tuviera otra oportunidad para demostrar que el Rimbe-a-Rálie no perecería ante los Señores de Nurn. Demostrar que el Bosque pertenecería a la Orden del Telpe hasta el fin de los tiempos. Y en silencio, se dirigió hacia los puestos de curación a sanarse la herida…

[Editado por Mekare el 27-01-2005 17:57]

Escrito el 02-02-2005 11:46 #3

RECUENTO FINAL DE PUNTOS:

Nurn 8-9-8-9-9-9= 8.7. Perdieron 19 armadas ( 665 puntos) y pueden recuperar el 66% ( 443) recuperarán en base a esta nota 385 puntos, así que pierden en total 280 puntos. A estos 280 puntos, se restan 35 a cambio de un 10% de Vida del personaje Delisse Yestariel. Se han restado en total 245 puntos.

Telpe 7-8-7-8-8-6= 7.3. Perdieron 27 armadas ( 945 puntos) y pueden recuperar el 33% ( 315) recuperarán en base a esta nota 230 puntos, así que pierden en total 715 puntos. A estos 715 puntos, se restan 35 a cambio de un 10% de Vida del personaje Hlóke Morna. Se han restado en total 680 puntos.

Además, Nurn recibe una bonificación de 300 monedas por batalla ganada de más de 20 tiradas.

Cualquiera de los dos clanes si lo desea puede tener acceso a las razones esgrimidas por los clanes y Valar en su puntuación, pero no se harán públicas en estos post.

ESTAS MODIFICACIONES YA HAN SIDO REALIZADAS, POR LO TANTO AMBAS COMPAÑÍAS TIENEN POSIBILIDAD DE ATACAR Y SER ATACADAS A PARTIR DE ESTE MOMENTO.

Historia finalizada.