Dos días habían permanecido apostados a las puertas Barad Avathael. Dos días de incertidumbre y extrañeza. Los enormes muros negros de la ciudad parecían elevarse cual montañas ante sus ojos, y la sombra que la cubría apenas mitigaba su imponente presencia. Pero ya todo había concluido, y lo que proyectaba no era más que un eco dolorido del poder que emanara dos días antes....
Ante la ciudad, se abría una explanada artificial, apenas estorbada aquí y allá por tocones de diversos tamaños. Recuerdos enmohecidos de lo que antaño fueran árboles, nobles o esbeltos... No parecía haber importado en nada a aquellos quienes segaron su vida. Y nada importaba a quienes los observaban ahora... Y entre ellos, la tierra había tornado sus matices dorados con la textura roja de la sangre que se filtraba en cada grieta, en cada brizna de hierba...
Quizás la tierra roja era lo primero que se observaba al mirar el lugar devastado. Pero los ojos pronto se acostumbraban al color, para descubrir después el susurro de los muertos... Cientos de cadáveres yacían en posturas imposibles, desperdigados, mientras el viento movía sus ropas y sus cabellos empapados en sangre... Miles de ojos miraban al vacío, al cielo encapotado, o al cadáver más cercano... con esa mirada muerta, incrédula... con el dolor atravesado en diminutas pupilas negras... Quién sabe qué pensamientos poblaron aquellas mentes durante su último estertor... Sería un secreto entre ellos y El Hacedor, El Juzgador último de su obra y su pensamiento.
Delissë bajó la mirada pues sus pensamientos fueron turbados repentinamente por algo que asió suavemente su tobillo. La muerte no era piadosa a veces, pensó. A sus pies, un hombre yacía atravesado por muchas flechas empenachadas de rojo y negro. Sus labios, otrora carnosos ... quizás sonrientes, estaban teñidos de azul, pues el veneno estaba haciendo su efecto. La elegante y delicada librea con la esbelta figura del león apenas se distinguía entre jirones, sangre y vísceras... aunque Delissë sabía al observar sus heridas, que estas últimas no eran suyas, sino de algún otro cadáver más afortunado.
Se puso de cuclillas y observó al hombre a los ojos. Rubios cabellos, ahora apagados en un tenue tono ceniza... y unos ojos azules de incomparable belleza, ahora cegados por la negrura infinita de la muerte cercana. Y el dolor. El hombre la miraba, y algo en sus ojos cambió el semblante de la Maia. Pues pudo ver que en la muerte, aquél hombre no tenía miedo sino esperanza. \"¡Maldita sea!\", murmuró, pues era presa de una sensación que hacía mucho tiempo se había dormido en ella para siempre. El hombre tosió, y un pequeño reguero de sangre se deslizó por la comisura de sus labios... Y ella se rindió. Deslizó su mano derecha hacia la pequeña daga que llevaba enfundada en una especie de brazalete. El brillo apagado de la daga se deslizó a través de la carne, y se hundió en el corazón del hombre que respondió con una sonrisa de dientes ensangrentados. No hizo falta más... Delissë acarició su frente un segundo, y cerró los ojos del hombre muerto, pues no era capaz de soportar su mirada...
Se levantó y se dirigió a su tienda, acariciando el hombro herido, e intentando no recordar aquellos ojos. Su mente vagó entonces por el tiempo... Aquella batalla que había dejado los campos ensangrentados... Recordó como habían llegado a Barad Avathael, el ruido de pisadas había quedado atrapado en el Bosque del Silencio. Mil orcos vociferantes al principio, habían llegado finalmente silenciosos, pues sus voces quedaban atrapadas en la magia del bosque, y aquello escapaba a su limitado entendimiento. Hombres y elfos, de miradas torvas y negros ropajes, avanzaban con paso seguro a través del espeso follaje. Y precediendo la comitiva, casi cien trolls armados con hachas y machetes, abrían camino entre los árboles.
Delissë cabalgaba tras todos ellos, sumida en pensamientos sombríos. Su ojos de color violeta intenso miraban sin ver el camino, y su mirada sólo reflejaba una firme determinación. A su derecha, Inglin cabalgaba erguida, con sus hermosas trenzas negras salpicadas de diamantes ondeando al viento, cual gotas de rocío sobre su cabello... Y a su izquierda, Helërauko, de porte impresionante con su armadura negra y su caballo negro. Podía vislumbrar el brillo de sus ojos a través del yelmo, como un haz de luz ante la sombra de los árboles. No había palabras. Nada que decir.
El amanecer llegó, y la penumbra de los árboles dio lugar a una hermosa inundación de luz. Los primeros rayos de sol cegaron sus ojos, y el sonido de los tambores atravesó la planicie para llegar ante los muros de la ciudad. Los portaestandartes alzaron al cielo los altos pendones negros bordados con la llama roja. Y el sonido de las trompetas acompañó su danza al viento. Delissë espoleó su caballo, y los capitanes de los Señores de Nurn avanzaron entre las columnas alineadas de su ejército.
Sobre las murallas, los soldados de la Orden del Telpe miraban incrédulos pero desafiantes el despliegue del ejército enemigo. Y entonces la voz de Delissë atronó la ciudad, y se alzó sobre los muros.
- ¡Oid el mensaje de los Señores de Nurn! Amos de Haldanóri desde tiempos remotos, no toleraremos reto alguno ni soberanía fingida sobre estas tierras. El bosque es nuestro, y sin duda la ciudad lo será también. Salid y defenderlo si encontráis entre vosotros algún ser con el coraje suficiente... O salvad lo que podáis y huid. Pues La Muerte ha venido a buscaros, y no se marchará sino con las manos teñidas de vuestra sangre.
El silencio siguió a sus palabras. No hubo más respuesta que el rostro a veces dudoso, otrora sarcástico, de los soldados apostados en los muros. Y Delissë rió entonces. Y su risa se elevó como una premonición sobre ellos. \"Entiendo\", dijo. Y dio la vuelta seguida de los suyos, para preparar la acometida.
Pero no esperaba una defensa tan fuerte. Las puertas de Barad Avathael se abrieron de par en par al anochecer, y una riada de soldados avanzó hacia ellos cogiendo desprevenida la primera línea del ejército de Nurn. Cientos de orcos perecieron bajo los últimos rayos del sol poniente. Algunos de ellos ni siquiera lograron desenvainar sus armas...
Helërauko permanecía firme mientras su hacha cercenaba y mutilaba sin piedad alguna, adelantando a sus hombres a duras penas hacia los muros de la ciudad. Tras ellos, cientos de elfos comandados por Inglin lanzaban miles de flechas empenachadas de rojo y negro, mientras su fiera loba Nimbar arrancaba de cuajo la cabeza de un enano que había osado acercarse demasiado a su ama...
Pero Delissë sentía peligrar la primera línea de su ataque, y dirigió hacia allí la furia de su embestida. A lomos de su caballo, Airacil oscilaba a cada lado, arrollando a todo enemigo que encontraba a su paso. Desmontó al frente del ejército, mientras éste dudaba, y retrocedía ante la furia del ataque enemigo. Una flecha dio en el blanco entonces. La piel blanca de su hombro cedió paso a la sangre, y ella apenas se giró para romperla y arrancarla después de golpe. Un débil gemido escapó de sus labios... Nadie lo oyó. Rasgó su capa del color azul noche, y vendó torpemente la herida. Su mirada, de furia y fuego, se dirigió entonces a los suyos:
- ¡Avanzad malditos, avanzad! - gritó - ¿Creéis acaso que escapar de esta batalla os permitirá vivir un segundo más de lo que yo disponga? ¡Avanzad, o conoceréis una muerte tan lenta y atroz que desearéis haber muerto en este maldito páramo! ¡Matad o morid malditos!
Y mientras su voz se alzaba sobre ellos, Delissë luchaba con furia mientras miraba sonriente como la sangre teñía el destello cobrizo de Airacil. Y los orcos avanzaron. Cayendo y muriendo. Arrasando y matando. Miles de flechas ocultaban la luz de las estrellas y la luna, y el sonido de las armas apenas apagaba el susurro de los moribundos...
Dos días habían pasado apostados bajo los muros de Barad Avathael. Dos días de incertidumbre y extrañeza. Pero la victoria había sido suya, a pesar del alto precio. Y finalmente el ejército enemigo cedió, superado en número y odio, y corrió a ocultarse tras los negros muros de piedra y sombra. Y ahora... Ahora Delissë sólo recordaba unos ojos azules, y una tierra tinta en sangre...
[Editado por Indil el 22-01-2005 15:27]
