La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Compañía 1 De Los Señores De Nurn

2005:04:30:18:03:06

Delisse Yestariel

La noche, clara y estrellada, iluminaba los campos. Haces de luz de luna se deslizaban suavemente a través de las hojas de los árboles, para iluminar apenas el campamento que se había establecido en el linde del bosque.

Y más allá el campo de la Batalla de Barad Avathael... Y un poco más lejos el sonido y las luces de la ciudad amurallada. Aves de rapiña sobrevolaban el campo. Delissë no había querido agotar sus recursos en recoger los muchos cadáveres que habían quedado allí. Hombres y elfos habían recogido a los suyos. Acto de piedad irreverente si cabe, pero no iba a censurarles por ello. Cualquier arma o pertrecho aprovechable había sido recogido también, amigo o enemigo, no importaba. El saqueo era importante en beneficio de los sitiadores.

Pero el campo seguía plagado de cadáveres en descomposición. Y el olor era quizás lo que más le repugnaba de todo. Ojalá esas malditas aves carroñeras se dieran prisa en terminar su trabajo... Después de todo, la naturaleza es sabia en su fiereza. Todo tenía sentido...

Delissë permanecía recostada en su tienda. La herida de su hombro era apenas una pequeña molestia, una vez que se hubo sacado la punta de flecha clavada en el. Un emplasto de consuelda y caléndula había tomado su lugar, y había sido correctamente vendado. Y esas pequeñas molestias acabarían pronto... Acercó a sus labios la infusión de corteza de sauce que había preparado previamente, y tomó un sorbo caliente.

Quizás hubiera debido preparar algo más fuerte... Algo que terminara de borrar para siempre el recuerdo que atenazaba su mente. Recostada entre las pieles, miraba el absurdo danzar de las llamas en el fuego que calentaba la estancia.

Al terminar la medicina calmante, Delissë sólo pudo cerrar los ojos y dormir... y soñar con el hombre de hermosos ojos azules.

Inglin

Los finos rayos de luna que se colaban por las hojas de los arboles junto del olor de los cadaveres en descomposicion delataban que una sangrienta batalla se habia librado en aquellos lugares.

La joven elfa subida a un arbol observaba la masacre, a pesar de la ropa rasgada, los rasguñoz en la piel, y un corte profundo en el brazo no tenia deseos de dormir.

Habia sido su primera gran batalla. No estaba arrepentida ni nunca se cuestiono semejante contradiccion, pero algo en ella no estaba conforme, quiza te hubiera gustado que el te viera, se dijo a si misma, pero ese pensamiento se desvanecio pronto pues el barullo que hacia Nimbar aplastando los cadaveres mientras trataba de cazar las aves de rapiña no la dejaban pensar.

Riendo bajó del arbol y fue a su tienda donde reinaba el orden, se limpio las heridas, se cambio la ropa y se vendo el brazo y se dispuso a dormir, esa noche no soño pero la incetidumbre de alguien que habia conocido hace mucho la molesto por muchas noches mas.-

Inglin

Los primeros rayos de sol caian sobre el techo de la tienda de la elfa, cuando descubrio que ya hora de levantarse se sintio como si recien se hubiera dormido.

Afuera las aves de rapiña habian hecho muy bien su trabajo y pronto cayo en cuenta de que no habia visto a Delisse desde hacia mucho.

No habia demasiado que hacer salvo pensar y eso era algo que la elfa no queria hacer en ese momento asi que se escurrio hacia donde estaba su caballo y se dispuso a limpiarles las heridas que presentaba, esperando encontrar algun rastro de Delisse en algun lado.

Delisse Yestariel

La oscuridad total había dado paso a una semioscuridad. Arien, alta ya en los cielos, apenas podía llegar a los rincones oscuros del bosque donde se encontraba asentado el campamento de Nurú Lussal.

Delissë, más cansada de lo que esperaba, dormitaba en el lecho, si bien sabía que debía dejar de hacerlo. Había muchas cosas pendientes... Mucho por hacer y por organizar. Entreabrió los ojos. El fuego prácticamente se había apagado. Seguramente, nadie se atrevió a entrar a reavivarlo, por no arriesgarse a su furia si despertaba. Estiró el cuerpo aún en la cama, y el fuego pareció arder con más fuerza.

Finalmente se levantó, añadió un par de troncos al fuego, y se vistió rápidamente con los pantalones y la chaqueta de piel negra que solía llevar en las campañas de guerra. Sentía todavía las molestias de su herida, mas consiguió recoger sus cabellos y calzarse las botas negras, para ir al encuentro de los demás miembros de la Compañía de la Muerte Susurrante.

El asedio todavía no había terminado, pensó, acariciando la espada que llevaba ajustada al cinto. Ni mucho menos.

Inglin

Las tropas se movian inquietas en sus lugares, habia una tension en el ambiente, nadie se sentia totalmente tranquilo, parecia que la batalla podia empezar en cualquier momento.

Inglin se paseaba lentamente entre los soldados tratando de poner orden en las filas aunque era muy dificil. La ciudad no exalaba ningun sonido y el silencio era roto de vez en cuando por el pisoteo de los orcos que quedaban sobre el suelo.

No habia visto a sus compañeros y deseaba celebrar consejo asi que decidio ir a la tienda de Delisse a ver si la encontraba alli.-

Delisse Yestariel

Una nueva batalla había concluido. Delissë atravesaba las calles desiertas de Barad Avathael, disfrutando de la paz y del silencio.

Los saqueos habían terminado. Apenas quedaba ya nada de valor en las casas vacías. Mirara donde mirara, veía puertas abiertas o arrancadas, casas quemadas hasta los cimientos. Los otrora hermosos palacios de la zona, con grandes zonas ajardinadas, presentaban un aspecto ruinoso. La Compañía de la Muerte Susurrante no había tenido consideración alguna. Entre las piedras quemadas se podían vislumbrar aún restos humanos, esqueletos calcinados y anónimos de aquellos que no habían sido lo suficientemente afortunados como para abandonar la ciudad a tiempo.

Pero los gritos y los llantos hacía tiempo que habían sido dejados atrás en el tiempo, para dejar paso al hermoso silencio. Ahora sólo tenía que lidiar con una hueste de soldados ebrios de victoria, sangre y alcohol. Y quizás era peor que todo lo anterior que hubiera acontecido.

El Palacio del Consejo Regente se encontraba ante ella. Las verjas negras que lo resguardaban anteriormente habían sido echadas abajo. Los torreones habían sido engalanados con los pendones de la Llama Roja, pués el lugar era ahora el puesto de mando de los Capitanes de Nurn.

Entró en el gran salón, caminando descalza sobre las baldosas de mármol gris. Delissë había ordenado acomodar una gran mesa de mármol que los hombres habían encontrado en otra de las salas, y una de las tronas usadas anteriormente quizás por la mismísima Serpiente Negra, frente a ella. Y sobre la mesa, mapas y cartas, y las aburridísimas instancias e inventarios de pertrechos, víveres, soldados... Delissë odiaba el papeleo que le suponía dirigir ese ejército.

Había ordenado hacía días que todo lo que fuera de valor fuera llevado a un depósito general, a fin de hacer inventario de todo lo que fuera necesario para Nurn. La guerra era costosa, y Delissë pretendía evitar la rapiña. Pero era consciente de que aquello no era del todo posible. Los culpables de ocultar piezas del saqueo estaban siendo duramente castigados. El día anterior, 3 orcos habían sido cruelmente torturados hasta la muerte. Era una manera como otra cualquiera de sembrar ejemplo. Y muchos habían aprendido la lección. Otros en cambio, simplemente serían más cuidadosos. Pero las mismas envidias y traiciones harían que finalmente todos fueran acusados, y el castigo... Delissë era sabía que el castigo cada vez sería peor.

Sentada ante la mesa del despacho, revisaba con cierta desidia el papeleo pendiente. Sintió pasos en la puerta y alzó sus ojos violetas. Un hombre de cabellos negros, con la librea de la Llama esperaba en el dintel.

- Adelante, soldado - dijo la dama de la dulce voz.

El hombre avanzó con paso decidido:

- Mi Señora, ha llegado un sobre lacrado desde la línea de defensa. La Compañía del Capitán Seron avanza hacia aquí, y sus rastreadores os la envían.

El hombre depositó sobre la mesa el sobre lacrado, y Delissë lo tomó y lo abrió con cuidado.

\"Señora del Odio,

Recibimos vuestro mensaje ayer, y aunque las buenas nuevas acerca de vuestra victoria y la destrucción de la ciudad de Barad Avathael ya habían sido recibidas por medio de los cuervos que enviastéis, agradecemos la confirmación de vuestro puño y letra.

Tal como afirmáis, la Compañía de La Muerte Susurrante es ahora necesaria en la retaguardia. Es importante que el botín de guerra llegue hasta Nurn entero, y vuestros soldados, avezados en la batalla, necesitan reponer fuerzas.

Así pues, la Quinta Compañía se pondrá en camino hoy mismo. Nuestro ejército ansia ya la lucha, y defenderemos con honor la conquista de Barad Avathael que habéis conseguido con gran maestría.

A la espera de veros nuevamente,

Aranel Élvanwa\"

Delissë guardó la carta, y la dejó nuevamente sobre la mesa.

- Diles a los hombres que refuercen la vigilancia. Y que los orcos se pongan en movimiento de una vez. Que terminen de recoger todo, y espero - dijo con la mirada felina - no ver un sólo soldado borracho, o conoceran un dolor como no ha existido otro en este mundo.

El hombre asintió, mientras su mentón temblaba ligeramente, y tras hacer una reverencia marcho lejos de aquella mujer. Cuanto más lejos mejor, pensó. Uno no podía evitar mirarla y pensar que era el ser más bello de cuantos habían pisado la Tierra Media. Sus ojos de aquél color tan hermoso y extraño, sus labios llenos, sus hermosos y sedosos cabellos... Pero su belleza ocultaba aquella crueldad, y cuando sus ojos demostraban la furia de su alma... Ningún hombre podía permanecer impasible ante su hechizo. Era la maldición que ella lanzaba inconscientemente a quien posaba sus ojos sobre ella... lujuria y miedo.

Delissë se apresuró, y ordenó a sus hombres empezar a recoger el gran salón. Pronto marcharían de vuelta a las tierras de Nurn, y en su rostro, una sonrisa reflejaba su satisfacción.

Se habían ganado el descanso.

Inglin

La luna iluminaba las calles de Barad Avathael, el silencio reinaba detras y delante de cada edificio en ruinas, Inglin se paseaba inquieta entre los adoquines que era lo unico que quedaba entero de la ciudad. Grupos de orcos iban y venian llevando viveres y armas pero ninguno se detenia a mirar a la elfa.

La luna cada vez mas pegada al horizonte reflejaba la ruina de la ciudad, una y otra vez se preguntaba para que querrian los Telpiats esa ciudad quemada y destruida, quizas ellos no sabian de la crueldad de los nurnitas pobre de ellos penso, pero es pensamiento duro poco pues la lastima no era un sentimiento muy comun entre los capitanes nurnitas.

Despuntaban los primeros rayos de sol cuando sintio el ruido de unos cascos que entraban por la ciudad, y una esperanza desperto en la elfa, se iban, al fin se iban de esa mugrosa ciudad para volver a estar bajo la proteccion de los arboles donde si nos desean donde si nos quieres, pensaba para sus adentro la elfa cuando descubrio que los cascos pertenecian a un mensajero que entraba apresuradamente a el Palacio del Consejo Regente, ciudad endiablada penso nuevamente Inglin, pues el eco de la calle la habia hecho pensar que se trataba de la compañia quinta. Sin dudarlo dos veces siguio al mensajero.

Se quedo en la puerta del palacio escuchando las palabras que intercambiaba con Delisse. Cuando al fin salio la elfa entro al palacio se dirigio a Delisse y le dijo -Ese mortal no podria haber traido mejores noticias-.

Inglin

Hacia una noche la quinta compañia habia llegado a remplazarlos, ninguna noticia tenian sobre su destino, aunque no tenian temor pues ningun ejercito nurnita es merecedor de tal sentimiento. Se encontraban en el limite nurnita del bosque pero nadie sabia que le esperaba a esa compañia de fuertes guerreros.-

Delisse Yestariel

Delissë cabalgaba cabizbaja, asiendo las riendas de Daedeloth con una sola mano. La izquierda la llevaba sujeta en cabestrillo, y de la herida del hombro, una leve mancha sonrosada había traspasado la tela. Habían pasado casi diez días desde que la daga de la Serpiente hubiera penetrado en la antigua herida. El viaje no había ayudado a su curación, y todavía no había conseguido que se cerrara completamente.

Su rostro se veía pálido, sus ojos parecían aún más grandes si cabe... Pero su mirada parecía apagada, y también sus labios habían perdido color.

Más allá del bosque, los caminos habían atravesado los campos de Aldamorna, y las Ered Skalnâ se alzaban majestuosas ante sus ojos.

Atravesando las montañas a través de secretos caminos, el ejército de La Muerte Susurrante buscó el descanso que suponía llegar a Ainamar, la Ciudad Sagrada.

Las calles se llenaron de gente de toda condición, que habían salido a celebrar el regreso del ejército triunfante. La comitiva traía consigo un gran botín, y Helerauko se encargó de organizar todo para custodiarlo mientras permanecían en la ciudad.

Delissë e Inglin en cambio, tras dar órdenes a los capitanes a fin de organizar a las tropas, se dirigieron hacia el palacio de Kalata. Tras la zona piramidal que conformaba el templo, las altas torres del palacio que hacía las veces de residencia para los miembros más nombres de los Señores de Nurn, se alzaban majestuosas sobre el humo y el aroma a incienso.

Varias sacerdotisas salieron al encuentro de las damas, y Delissë fue guiada hasta una gran habitación, donde la desnudaron y atendieron sus heridas.

Entre sábanas de seda, confiando en estar en buenas manos, Delissë se rindió al sueño y al descanso, mientras sus labios emitían sonidos incoherentes en su delirio.

Inglin

Inglin no se decidia a abandonarse al descanso,no se sentia comoda lejos de su hogar y la unica ciudad que le gustaba era Narmelost, pues le recordaba viejos tiempos, aunque ya nada de eso se recordaba.

Los pensamientos inundaban la cabeza de la elfa, su capitana no se encontraba en el mejor estado, pero mas alla de eso lo que la molestaba era la presencia de la gente alegre. La alegria no era un don de Nurn y no era bien recibida -insensatos- penso, no ven que esto es solo una batalla.

Decidio reponerse las ropas y bajar a descansar, pues la elfa no se comformaba con la mullidez de la cama, quizas podria conseguir noticias o quizas algo mejor.

Se dirigo al establo de Herod, sin hacer caso a los habitantes de Ainamar, salio al galope hacia los Ered Skalna a poner en orden las ideas que acosaban su caneza.-

Inglin

La noche caia sin estrellas, Nurn se silenciaba bajo el galope de Herod, los animales nocturnos huian a sus madrigeras al sentir el retumbe de los cascos del caballo. Sobre el, los pelos de la elfa volaban al viento y sus gestos mostraban una dureza que hacia mucho tiempo no se le veia.

Hacia un tiempo Inglin estaba triste, las batallas eran la forma que tenia la elfa de pensar en otra cosa y depejar la mente, pero en Ainamar eso era imposible, se respiraba alegria, ese no era el Nurn que conocia y amaba, aunque quizas no era nurn lo que estaba diferentes si no que algo en su interior habia cambiado. Deseaba pelear para sacear esa nesesidar de su mente, pero como no habia pelea alguna se conformo con la soledad de la noche.

Toda esa noche la paso en unos de los picos de los Ered Skalna. Desde los deoslados valles se veia la silueta de una Señora Elfa de antaño y su corcel, largo tiempo se recordaria su silueta por esos lugares, pero Inglin nunca volveria, ya que alli solo encontraba tristeza y el recuerdo que no satisfacia ni la mas minima ambicion de la mente.

Inglin

No habia muchop que hacer, los mensajeros iban y venian pero no dejaban demasiada informacion, o por lo menos la suficiente para tranquilizar al ejercito Nurnita.

Inglin se pasaba todas las tardes paseando no demasiado cerca de Ainamar, solo iba a la ciudad cuando sentia la nesesidad de hablar con alguien o discutir sobre los movimientos de la compañia, y solo lo hacia con Helerakulo con Delisse.

Delisse Yestariel

Las noticias del regreso al campo de batalla corrían de boca en boca a gran velocidad.

El amanecer había traído consigo la noticia, y el sonido apagado de miles de voces inundaba la ciudad, acompañado por el movimiento de las tropas. La sombra de las grandes montañas oscurecía el día, y el calor del sol quedaba también atemperado por las nieves sempiternas.

Una ríada de hombres, elfos y orcos atravesaba la ciudad, en pos de las puertas secretas que llevaban a la salida de aquel valle escondido.

El descanso había parecido demasiado breve acaso... El tiempo había pasado fugaz. Delissë recordaba la carta con las instrucciones que había recibido de Nulkaiel. La había leido con mirada ávida, y la carta había comenzado a arder nada más acabar de leerla. Al apretar el puño sobre ella, la carta se había resquebrajado en mil pedazos grises. Sin duda, sólo ella sabía que el tiempo había sido demasiado escaso. Y quizás sólo ella sabía que quizás el precio podría ser demasiado alto.

Hacía días que había recibido noticias, allá en su torre. Uno de sus cuervos negros había regresado teñido en sangre. Sangre humana, por el olor que pudo percibir. Delissë miró en sus ojos, y pudo ver todo aquello que el ave había vislumbrado desde los altos cielos en días pasados.

Las noticias no habían sido del todo malas. Pero sabía que la compañía de Andir Moredhel se estaba retirando del Sur, y que a pesar de la grandeza de las batallas ganadas y de la destrucción de Losselen Tirion, habían sufrido grandes bajas.

Ahora más que nunca, el ejército de refresco que Delissë guardaba en las montañas resultaba necesario. Así se lo había hecho saber Nulkaiel en su carta, y así lo entendía ella también.

Sin embargo, a pesar de la necesidad, a pesar del tiempo y el descanso, a pesar de todo sentía en su corazón un gran pesar. Como la sombra de una espada afilada sobre él, presta a bañarse en su sangre.

Ahora, mientras caminaba tras su ejército llevando las riendas de Mirë, se llevó la mano al corazón. Hubiera querido ver más allá de la sombra. Descubrir cual era su temor real, y poder enfrentarse a él, y derrotarlo. Pero no podía. Sólo sabía que aquello que atenazaba su corazón se encontraba delante de ella, lejos en el Sur. Y que ahora sus pies la llevaban hacia allí irremediablemente.

Inglin

La luna escondida entre las finas nubes que ocultaban el oscuro cielo no permitia ver muy bien el campo, una incertidumbre cubria los ejercitos de la compañia que no sabian a ciencia cierta cuando se avesinaria la tormenta.

Lo acontecido hacia algunos dias solo habia sido una llovizna, nadie sabia cuando vendria el verdadero huracan, las noticias recibidas eran pocas y no muy alentadoras.

Inglin se paseaba por el campamento, seguida de Nimbar, a medida se alejaba de alli y procuraba encontrar algo de paz, pero eso era imposible en ese odioso lugar. El frio seco del lugar no le agradaba, pero no podia hacer nada para remediarlo, se tiro encima de la loba que ahogo un aullido y cerro los ojos, pero una llamada de cuerno la sobresalto y la elfa quedo tirada de espaldas al suelo, permanecio asi hasta que algo la pateo, y al incorporarse vio que las tropas se movian lentamente, llamo a Herod lo monto y se movio junto a ellas.