Ian Jeckyl
-¡No toleraré que esos bastardos lleguen con vida a sus malditas tierras!- vociferó Thrym aireado mientras su cabeza rojiza parecía estar encendida por la ira como si fuera una cerilla - ¡No mientras me quede un atisbo de vida¡¡NADIE!¡¿Me oyes?!¡Nadie, derrama impunemente sangre enana!-
Thinedhel devolvió la mirada del enano sin decir una palabra y sin inmutarse. Comprendía la rabia que bullía en las entrañas del enano, Thrym había perdido a varios familiares durante la batalla, el más cercano de ellos Dumazhoin, su propio hermano.
Thrym volvió a su asiento encolerizado, sus ojos estaban cegados por el odio tiñendo de rojo el blanco de sus ojos mientras que sus nudillos se volvían blancos de la rabia con que aferraba sus manos a los brazos de su asiento. El enano recorrió la tienda con los ojos entornados por su ira, todos los allí presentes guardaban silencio.
-Tus palabras rey enano son compartidas por todos nosotros- dijo Lomeriel, reina de los elfos -todos nosotros hemos perdido seres queridos en esta batalla envolviendo en amargura nuestros corazones, puedes contar con mi pueblo para tu venganza.
-¡Y con él mío!- señaló Kemeldur, rey de Puertas del Fin -Pues nuestro destino siempre permanecerá unido al vuestro, si hemos de caer, caeremos juntos.
Pell´kán e Ian sin embargo se mantenían en silencio, observando a Thinedhel que contemplaba la escena sin mediar palabra.
-Amigos, amigos- comenzó a decir Thinedhel -Tened por seguro que permaneceremos ante esta atrocidad con los brazos cruzados, el reino de Tercano Nuruva a competido un error del que se arrepentirá al invadir nuestras tierras. Todo esta dispuesto para la batalla, una parte de nuestro ejército avanza hacia el frente en estos mismos momentos, nosotros partiremos al alba, pues será entonces cuando hayan llegado los refuerzos a nuestra posición, hasta entonces descansad, la batalla se celebrara al caer del sol. Negra será la noche, tanto como el destino de nuestros enemigos.-
Pell´kán y Thinedhel salieron de la tienda. La noche era cerrada, tan solo el tenue brillo de las estrellas y una luna casi desaparecían iluminaban los campos.
-Tu también lo notas, ¿no es cierto?- dijo Thinedhel rompiendo el silencio.
El mestizo asintió.
-Las entrañas de la tierra se estremecen de dolor, Tercano ha hurgado en sus heridas abriéndolas de nuevo y envenenando su esencia. Creo que es por eso por lo que algunos ents se han aliado con ellos, la propia tierra despierta de su letargo y combatirá a todo aquel a quien crea enemigo. Sin embargo su mente esta siendo nublada por el veneno que se extiende en su interior, si no logramos detener su propagación tomará a nuestros enemigos por aliados.-
-Sin embargo, aún no esta ciega del todo, amigo mío. Tercano pagará caro por sus actos – respondió el elfo.
Los ojos de Pell´kán se detuvieron en dos diminutas figuras que recorrían el campamento en la lejanía.
-¿Qué será de nuestro amigo mediano?- preguntó el mestizo, observando a la figura ligeramente más pequeña que avanzaba con una ligera dificultad.
-Ian no combatirá mañana, sus lesiones están lejos de una pronta cura incluso para el resistente cuerpo de un hobbit- dijo Thinedhel mientras de sus ropajes saco una lanza corta y unos guanteletes -Aunque él no este una parte de él luchara en la batalla- el elfo volvió a guardarlos y se giró hacia Pell´kán -Descansa, pues mañana deberemos dar a Tercano una lección que no deberá olvidar.
El nuevo día llegó, como así también hicieron los refuerzos mencionados por Thinedhel. Los soldados recogieron las tiendas y se prepararon para partir. Los cinco señores del Concilio tomaron la delantera, tras ellos los soldados comenzaron a formar. Una figura rompió la formación y se aproximó. Era Ian, al menos siempre y cuando se dejara a un lado el gran aumento de tamaño y complexión, pues el hobbit medía ahora algo menos de dos metros y aunque nunca había sido un ser debilucho su cuerpo parecía ser mucho más fuerte y resistente. Ian portaba una armadura oscura que le cubría pecho, piernas y antebrazos, además de dos grandes armas de batalla, una era un hacha de hoja oscura, la otra un martillo con cabeza de ruda piedra.
-Buenos días- dijo mientras se aproximaba a lomos de un enorme oso pardo exento de bridas y estribos dejando sus pies descalzos libres de ataduras.
-Buenos días- respondió Thinedhel secamente. Su mirada paso de clavarse en los ojos, ahora de un encendido verde amarillento, de Ian a los de Thrym. Aquella coraza y armas eran bien conocidas por el elfo, pues habían pertenecido a Thauld, y nadie podía sacarlas de Khazâd-Angroth si no era con el consentimiento de su rey. Cuando la mirada de Thrym se encontró con la de Thinedhel la apartó avergonzado.
-¿Que demonios le ha pasado?- exclamó Pell´kán junto al elfo.
-Es una historia larga de contar, sin embargo mantente algo alejado de él -le respondió Thinedhel -esperemos que la temeridad de nuestros amigos no nos acarreen más tragedias -dijo por último mirando de soslayo al enano.
El sol comenzaba a caer por el horizonte y las tropas de Tercanos aún pisaban suelo del Concilio, la frontera se encontraba a escasos kilómetros por lo que no llegarían a sus tierras hasta bien entrada la noche.
-Parece que la nubes de tormenta nos alcanzarán antes de que la noche llegue, parece imposible lo rápido que están avanzando ahora que los vientos pararon- comentó Menelcar observando el horizonte que dejaban atrás.
Istanna que cabalgaba a su lado clavó también las miradas en la masa en movimiento que se aproximaba velozmente, era verdad, avanzaba con una extraña rapidez, demasiado extraña.
Sus ojos se dilataron, no eran ni mucho menos nubes, aquello era realmente veloz y sobretodo, aquello estaba vivo.
-¡¡¡Tercanos en formación!!!- gritó Istanna -¡¡¡Arqueros, tensad arcos y preparaos para disparar cuando yo diga!!!
La nube constituida por innumerables aves, entre ellas las majestuosas Águilas, comenzaba a descender en picado. El brazo de Istanna bajaba mientras que sus labios empezaban a pronunciar con sonora voz la señal de disparar.
Decenas de flechas surcaron los cielos sin que alcanzaran casi ningún objetivo, a cambio decenas de arqueros tercanos sobrevolaban los cielos como queriendo compensar la escasez de flechas lanzadas. Los ents habían hecho acto de presencia junto al ejército de tercano barriendo y atrapando a muchos soldados con sus marañas hechas de enredaderas y lanzándolos al viento como inmensas boleadoras.
Mientras que los ents comenzaban una nueva batalla floral con los suyos, la nube de aves cayó sobre los soldados de Tercano. Mientras que gracias a las Águilas algunos soldados comenzaban su particular ascensión a los cielos, ligeramente corta pero suficiente para que asentaran fuertemente sus cabezas, el resto estaba siendo colmado de afiladas caricias por parte de las demás de aves.
Los cuernos resonaron he inundaron con su sonido cada rincón del cielo. El ejército de Concilio comenzó la carga contra las filas de formación de Tercano mientras estas seguían siendo estorbadas por el ataque de las aves. Una vez ambos bandos se encontraron las aves abandonaron el campo de batalla, su objetivo había sido cumplido.
La noche extendió su negro, las estrellas en ausencia de la luna iluminaban de manera escasa el campo de batalla, pero la negrura se hizo aún mayor cuando las nubes encapotaron los cielos y rociaron los campos con su llanto.
Pell´kán derribaba enemigos, la lluvia era funcional a sus livianas vestiduras. Otros que llevaban más cueros y armaduras estaban más molestos y pesados, aunque seguían luchando. Un enano se esforzó por quitarle el martillo con filo de hacha de que llevaba aferrado a las espaldas, parecía parte de su propio cuerpo, el oscuro hombre, que apenas si se veía se deshizo del fuerte ladrón con algunos codazos y un golpe de la maza con extremo esférico que llevaba en la mano izquierda. En la otra tenia una cimitarra con la que enseguida detendría algún golpe. Giró, y entonces su piel se hizo más distinguible, y hasta desplegó su cuerpo una sombra. De entre el caos de cuerpos que caían de un lado y del otro surgió Istanna, de blanco inmaculado, montada en un corcel con el que aquella piel de apariencia elfica, aunque maia, parecía fusionarse. Miró a los ojos de Pelle Akanos, el gigante negro. En el contraste de los rivales se centraba la escena, todo lo que ocurría en aquel alrededor parecía ser simplemente el resto.
Istanna usó sus dos espadas elficas para enfrentar a Pellkan, rodeándolo con su caballo. Pocas veces había visto tales majestades aquel hombre del lejano sur. A Istanna le impactó la profundidad de su negrura, que no era sombra. Pelle detuvo uno y otro golpe con la cimitarra y golpeo con potencia el suelo detrás del caballo, que trastabillo. La dama Failiel no se detuvo, y dominó la tierra bajo su ronda. Pero en cuanto giró perdió de vista al monstruo, tal vez se había perdido en la batalla. El caballo se encabritó, por detrás saltaba, el hombre, tomando por la cintura a la maia, con una solo brazo. Con el otro controlaba la caída. La piel blanca de Istanna se lleno de lodo. Pelle sonrió pensando en la ironía: ahora estaban más parejos.
Un rayo chocó contra un par de soldados de Tercano que cayeron fulminados. Thinedhel tras agotar el contenido de su carcaj y la munición del lanzavirotes que le había proporcionado el hobbit se veía ahora obligado hacer uso ahora de la lanza corta de éste que tenía la peculiaridad lanzar pequeños rayos mediante un mecanismo acoplado.
La capa completamente empapada protegía al elfo de la lluvia y mejoraba su rango de visión al no tener por que achinar sus ojos. En la lejanía podía ver como Pell´kán luchaba contra Istanna, mientras que ya no alcanzaba a ver a Ian. El hobbit, si es que ahora se podía seguir llamando así había cargado de manera temeraria contra el ejército de Tercano y se había ido perdiendo más y más en las profundidades de sus filas.
Así era, en la lejanía, casi completamente aislado por el resto, Ian estaba librando su particular y temeraria batalla. Había creído ver en Arezol una presa fácil, pero el enano se desenvolvía bastante bien y ahora no solo debía acarrear con las dificultades que le causaba éste, sino que también lo debía hacer con las le causaba Meldacar, que creía haber encontrado en Ian un rival medianamente decente. Ian por su parte disfrutaba del combate.
La masa de nubes se dispersó por momentos y ante los ojos de Ian parecío surgir un anillo de luz allí donde debería estar la luna. Un anillo de plata que hizo renacer de sus entrañas un manto de oscuridad que le inundo el corazón.
Un inmenso aullido resonó en el campo de batalla.
La humanidad se borrado del cuerpo de Ian que se había convertido en una bestia, un enorme lobo de negro pelaje y ojos rojos.
El ejército de Tercano se encontraba aprisionado, no había escapatoria, frente a ellos las fuerzas del Concilio, mermadas pero aún superiores en número, a sus espaldas un río que comenzaba a desbordarse y lanzaba al lodo a todos aquellos que no conseguían oponerse a la fuerza de sus aguas.
Los cuernos sonaron por última vez aquella noche. Decenas de navíos de Tercano llegaban a la costa y desalojaban a los supervivientes mientras una oleada de flechas era disparada desde la cubierta para redimir del ataque del Concilio.
Las flechas cruzaron los cielos de uno a otro bando hasta que la flota hubo desaparecido en el horizonte. La batalla había finalizado.
En la lejanía amanecía un nuevo día.
Ian se encontraba sobre una multitud de cadáveres, muchos de ellos habían sido decapitados y al resto o bien se le había abierto en canal o directamente le habían separado la parte frontal del pecho del cuerpo dejando a la luz de sol pulmones y corazones parcialmente devorados.
De nuevo en la forma de un mediano, Ian se encontraba con la cara manchada de sangre. Su cuerpo se encontraba dentro de una armadura mucho más grande que él que había sufrido algún que otro daño durante la batalla, las mas significativas eran las de un par de flechas que habían atravesado parcialmente la coraza provocando heridas poco profundas en el pecho del hobbit. Además de estas heridas, Ian tenía un ligero corte en la mejilla derecha y las manos magulladas, pero lo más significativo era el extraño brillo dorado de sus ojos.
-O si, nosotros cumplimos, nosotros leales, nosotros amamos a ama, ama buena, o si, ¿verdad mi querido? Nosotros amamos a rojo y blanco jugoso que ama ofrece, o si, nosotros amamos ama- las palabras surgían del hobbit como un murmullo mientras su rostro reflejaba una profunda alegría. Poco a poco el brillo dorado fue desapareciendo de su rostro así como su sonrisa sumergiendo al mediano en un profundo sueño.
Thinedhel recogió al hobbit en sus brazos, y con él abandonó el campo de batalla. La luz del nuevo día bañaban los miles de cuerpos sin vida que cubrían el campo de batalla, el agua caída se mezclaba con la sangre en los charcos, tiñendo de rojo el fango. Aquí y allá se alzaban aún estandartes rotos en la tierra, algunos aún sujetados por sus propietarios, testigos ahora del fin de la guerra. Tercano Nuruva había sido la gran perdedora, pero nadie vence en una guerra excepto la muerte que ahora parecía disfrutar con la triste imagen y el espeso hedor de los cadáveres.
Al llegar al campamento el elfo se encontró con la mirada de Pell´kán. El mestizo contemplaba el campo de batalla, la guerra estaba muy lejos de terminar. La venganza no había hecho nada más que comenzar.
[Editado por thauld el 31-01-2005 19:41]
