Täreisha
En un oscuro recodo de la pequeña colina apoyó su atillo y se sentó. Recordar la distancia andada le producía vértigo y más agotamiento del que ya tenía pues hacía meses había iniciado el viaje y lejos quedaba ya la partida. “El pasado debe ser postergado, no se debe mirar atrás salvo cuando sea totalmente necesario”, se dijo mientras los ojos se le cerraban y se sumía en un sueño profundo, de esos que después, por mucho que se intente, no se logran evocar.
Despertó varias horas después, aunque desconocía cuánto tiempo había estado dormido. Ese sexto sentido que siempre le había anunciado la llegada del alba le fallaba hoy por primera vez y el día estaba avanzado. “Qué extraño” pensó, “de veras el cansancio era grande”, y sonrió para sí imaginándose profundamente dormido.
Tras tomar un frugal desayuno consistente en algunas bayas del bosque, reanudó el camino. Le fascinaba la vegetación que le rodeaba: sauces, olmos, esbeltos abedules y tilos con su aroma dulce. Innumerables especies conviviendo rama con rama, un esplendor verde de varias tonalidades, un paraíso de frutos, flores, colores brillantes y mucha vida, correteando entre las hojas, deslizándose en la hierba, vida escurridiza que se escondía a cada paso que daba pero que él lograba intuir a su alrededor.
En cambio, qué sensación tan extraña le producía todo aquello. No sabía explicarlo, pero existía algo raro en ese bosque. Con todos estos pensamientos alborotándole la cabeza caminaba el viajero sin rumbo, cuando la espesura se abrió de pronto como una ventana y las tuvo ante sus ojos.
Más hermosas que las hadas de los cuentos que de niño imaginaba, dos alegres muchachas de una voluptuosidad rotunda como nunca soñó encontrar en el cuerpo de ninguna mujer. Ambas poseían la candidez de un día de verano y la frescura del campo tras una noche de lluvia. Guardaban un gran parecido entre ellas, los cabellos oscuros, los ojos castaños, las formas sinuosas de sus bocas y las mismas facciones.
Las observó en silencio, paralizado por una fiebre súbita. El deseo que crecía en él nunca antes lo había sentido y desconocía qué maravilla le asombraba más, si la atracción inevitable que le producían las muchachas o la consciencia de esa pasión que tenía harto olvidada.
Los ropajes apenas ocultaban sus cuerpos, pues eran finos y transparentes, se diría que volátiles como la bruma de un sueño al que temes no volver. “¿Cómo no he notado antes su presencia?”, pensó. “Ni tan siquiera he escuchado sus voces y en cambio allí están, riendo y conversando. “¡Eso es!” se dio cuenta asustado, “¡de eso se trata! ¿Cómo no me percaté antes? Este bosque habla en cada rincón, pero no se le escucha”. Y dijo en voz alta: -¡No transmite sonido alguno!
Las dos jóvenes se volvieron entonces y él se sobresaltó. Mas ellas le devolvieron una cándida sonrisa y le contestaron de forma que hicieron ruborizar al hombre.
-¿Podemos ayudaros?
-Acepten mis disculpas, por favor -, dijo él algo turbado.- No era mi intención entrometerme de esta forma.
-Disculpas aceptadas, mas no eran necesarias. Estábamos matando el tiempo en este aburrido y caluroso día, a la sombra de estos árboles y sobre la frescura de la hierba.
El hombre asintió embobado y mostró una sonrisa que pronto le hizo sentir absurdo.
-Parecéis extraviado, apuesto viajero. Venid, sentaos con nosotras -dijo la más joven.
-La hermosura del camino me despistó -, explicó él torpemente- mas ahora veo que existen cosas más bellas que el paisaje que nos rodea.
Las dos jóvenes rieron con picardía. La que parecía mayor se puso en pié y dijo estas palabras:
-Cierto es que existen en estas tierras más maravillas de las que os podáis imaginar. En la profundidad del bosque se hallan prodigios que pocos conocen y sólo se revelan a aquellos que poseen el valor suficiente para adentrarse en sus misterios. –Se acercó al hombre y comenzó a caminar lentamente en torno a él mientras dejaba deslizar sus palabras como caricias y el encantamiento se cerraba.— Quizá si vuestra merced lo desea, nosotras podemos mostrarle algunas de esas delicias.
-Tal vez puedan explicarme por qué sólo oigo lo que se halla en mi proximidad más inmediata y no ecos lejanos ni ningún otro sonido a más de seis pasos. ¿Qué clase de magia es esa?
Así pues, las siguió hasta la sombra de una encina y tomó asiento quedando en medio de las dos muchachas. La más joven se había mostrado tímida, incluso recelosa, pero ahora parecía interesarse por los asuntos del hombre.
-¿De dónde venís, viajero? Vuestro acento me es desconocido y en vuestra mirada descubro un sin fin de parajes recorridos -, preguntó sin atender a su inquietud por el bosque.
-Mi morada se halla al sur, muy lejos de aquí. Hace tiempo partí de mi casa en busca de la paz que nos ha abandonado.
La joven se mostraba cada vez más entusiasmada por las palabras del extranjero y en sus ojos había ahora una luz intensa. Mientras su semejante se acercaba al hombre juguetona buscando su distracción, la más joven de las dos proseguía su interrogatorio.
-Verna, ¡para! Déjale un momento, quiero saber más. Decidme querido amigo, ¿Qué terribles sucesos golpean vuestro hogar?
-Tenía una vida tranquila hasta que la guerra irrumpió en nuestra aldea.
-¿La guerra?
-Sí. Todo está preparado. Desde las Montañas Grises hasta más allá de los Mares Interiores. Desde la tierra de donde provengo, al otro lado del río Mithsîr, hasta este mismo lugar donde ahora nos encontramos. Haldanóri entera se estremece ante la sangre inminente que rociará sus suelos. Todos avituallan sus ejércitos. Los grandes líderes de Haldanóri llaman a sus guerreros a las filas y los pueblos libres claman piedad. Algunos huyen hacia otros lugares más seguros, otros se encierran en sus casas con acopio de víveres aguardando la embestida mientras se aferran a la esperanza de conservar la vida. Nada puedo hacer yo por los míos salvo ir al norte en busca de ayuda.
-¿Oyes eso, Verna?
-¡La guerra Hidda! ¡Finalmente ha comenzado! ¡Las Tierras Ocultas se tiñen ya de sangre! –Ambas se miraron y sonrieron con malicia. Entonces la mayor, relamiéndose de placer, se acercó aún más al hombre y dijo— Veamos qué más podemos extraer. –Acarició con dulzura el rostro del viajero que se dejaba llevar sin oposición y unió sus labios a los de él.
La otra mujer se acercó también acariciando las piernas del hombre con fuerza pero él no pareció notarlo por la suavidad de su piel. Instantes más tarde, él se hallaba recostado en la hierba, su sangre hervía y su mente generaba cientos de imágenes que se agolpaban violentamente… sentía el mayor placer entre los labios húmedos y tibios de las mujeres. Su piel se endurecía ante cada roce, ellas lo besaban con brutalidad, como si quisieran devorarlo, lo tocaban acariciando con furia cada centímetro y él se entregaba a ellas.
Pero algo no parecía estar bien. Empezó a recordar cosas sin querer. Ellas estaban sacándole recuerdos a su mente, lo estaban dejando vacío. No pudo evitar pensar y sus pensamientos llegaron a ellas en un torrente como una ola llega a la costa y explota contra las rocas:
“Extraña es esta sensación que me provocan, fuera del placer carnal y más allá de toda lógica y de lo hasta ahora descrito. Una especie de mareo... de sopor extraño y nauseabundo; me hacen sentir una presión en el cuerpo, justamente en el estómago, como si ellas empujaran mi esencia o mi ser hacia adentro, haciéndolo cada vez más pequeño, compactándolo como si quisieran hacerlo desaparecer del cuerpo... ¡Mi vista! Mi vista se reduce, se limita a unos pequeños puntos de sombra en una inmensa luz o tal vez sea al contrario, y este intenso mareo... ¡no lo puedo resistir! Esta sensación de caer a un vacío inconmensurable del que nadie ha tenido conocimiento previo, del que nadie puede rescatarme, en donde ya nadie puede ayudarme, ni verme... Esa extraña sensación de dejar de existir...”
Ellas lo oyeron todo, su pensamiento, su miedo… y entonces, tuvieron que matarlo con más premura. Dejaron de divertirse con él, de succionar su mente, de paladear el sabor de su carne y se mostraron como eran, demoníacas y perversas; dejaron ante él la horrible visión encerrada en su terrible belleza y ellas le robaron la vida y aunque él se resistió y gritó con fuerza el bosque engulló sus quejidos.
Estaban extasiadas, pero la diligencia ante las nuevas revelaciones era más importante.
-Verna, debemos avisar a la Orden. Vayamos al templo, partamos a Yána i Hentiéssë porque cualquier información es bien recibida por los Hermanos de Plata.
Silbaron y al instante dos caballos vigorosos por igual pero distintos como el día y la noche, pues uno era negro y otro blanco, aparecieron ante ellas. Las dos mujeres montaron y veloces desaparecieron como un murmullo entre las ramas, dejando tras de si el temblor de las hojas y el silencio de Eryn-Dînen.
