Sulëdaelessar, grande en orgullo y dones como ninguna otra en Haldanóri se levantaba delante de Ântleïntzar y Mhord. Muchos habían sido los agotadores e intrincados caminos que, una vez superados, dieron aquella visión a las huestes del Valle del Ingenio, dejando atrás Taurë Nan-Tasariona.
En la memoria de la elfa estaba presente el día que había iniciado el largo viaje. Allí estaba, sentada en su habitación de la posada, cuando su halcón regresó después de una difícil misión. Traía consigo un mensaje, marcado con el sello de los Señores de Nurn. Con gran presteza, la elfa se dirigió a la Torre de Cristal. Después de que Yandros, el rey del clan, leyera el pergamino, Mhord y Nulk habían sido convocados junto a ella. Los tres comandaban la compañía número cuatro del Valle del Ingenio.
Ésta había partido al cabo de pocos días, acudiendo a la petición de sus aliados. Más de un centenar de barcos zarparon del puerto de Nardazda...
Habían atravesado el mar interior inmersos en un fuerte temporal. Los altos navíos sesgaban las olas, capitaneados con enorme pericia por los marineros del Valle. Ântleïntzar, susurrando en las mentes de los otros dos comandantes, había organizado la estrategia para el desembarco de sus tropas en el puerto enemigo, mientras la mar golpeaba los cascos de sus naves con fuerza.
Su paso por Tilondë había sido veloz como el viento, sin encontrar resistencia alguna. El puerto estaba desierto, la compañía que lo defendía estaba luchando más al norte y sus habitantes no pudieron evitar el avance de las tropas del Valle por sus calles. Atravesando la región sin dilación, habían entrado en el bosque protector, donde el gremio de los druidas, conocedores de la naturaleza, los había guiado por los senderos del laberinto de árboles hasta llegar al corazón de la zona, la capital del Concilio.
Una mágica niebla envolvía la ciudad, dificultando la visión de las defensas y calando en el ánimo de los soldados. Muchas eran entonces las pegas para un asalto, y todo auguraba que la Capital de Nan-Tasarion no serviría en bandeja las llaves de sus puertas, como hiciera Tilondë.
Bien,-dijo Mhord- al alba organiza a tus hombres y sírvete de los que necesites, pero para entonces las máquinas deben estar listas para el envite. Dispón catapultas hacia las almenas y los torreones, y las que llevan el fuego de nuestros alquimistas que apunten hacia el interior de las puertas, donde puedan sembrar la confusión…
Tras un intercambio de miradas, juntos entraron a la tienda de campaña, donde Nulk los esperaba. Allí se discutieron los planes y la información traída por el eficiente servicio del gremio de los espías que se encontraban entre las tropas enemigas. Reveladoras eran las noticias de que el grueso del ejército de la capital conocía de su presencia, y tenía a sus tropas preparadas detrás de las puertas de la urbe. Su falta de acciones hasta ahora era simplemente una manera de esconder y reservar sus fuerzas, una hábil maniobra. Los líderes del ejército enemigo tenían que ser respetados....y estudiados, por supuesto. Durante toda la mañana, mientras empezaban los preparativos para el combate, los capitanes hablaron de las acciones que les llevarían a la victoria, no sin que surgiesen dificultades.
-Mhord, -dijo el Gran Enano- alto será el precio que van a pagar estas gentes por culpa de las alianzas de sus gobernantes. Pero no menos malo, me dice el corazón, es el luchar en nombre de otros cuando no se amenaza a nuestras familias. ¿Es justo, pues, que vendamos nuestras vidas y las de los que nos aguardan tras los muros, por asuntos que no nos incumben?
-Acaso tú, Nulk, vas a esperar a que tu hacha vea luz cuando tengas al enemigo en la entrada de tu mansión? ¿Desde cuándo la casa del Martillo Chispeante pone en duda las decisiones del rey? ¿No son los enemigos de tu aliado los tuyos? Y así, ¿esperarías a que arrasasen a tus vecinos para luego ser simplemente el siguiente? Amigo, en asuntos de oro y gloria tanto el bien como el mal pecan de ambición.
“En el continente soplan vientos de guerra, no tardarían en llegar a nuestras costas estos que ahora vemos acorralados tras las murallas. Preparados vendrían contra nosotros sin piedad ni amistad, en pos de nuestra liquidación con el fin de eliminar toda sombra a su poder y grandeza.
No Nulk, no dejaré en manos de otro mi país, ni veré como se engrandecen a mi costa.”
La noche se cernía sobre Sulëdaelessar. Todo estaba listo. Un destacamento del Concilio había hecho una pequeña salida hacía pocas horas, pero los arqueros de vigilancia de Ântleïntzar, sobre los árboles, los habían rechazado sin apenas problemas.
La hora de la verdad se tornaba real, la inquietante calma de aquella noche parecía presagiar la tempestad que se avecinaba. Sin miramientos, ya chocaban los bloques de piedra contra las almenas y recias murallas, apenas visibles por las nebinas protectoras de la ciudad. Se oía el impulso y crujir de las piedras al colisionar, el fuego de las alquimias prendía el horizonte, la ciudad estaba en llamas…
Los comandantes ordenaron el paso ligero hacia las murallas, bajo sus escudos protegerían el acercamiento de los hombres hacia las puertas que, junto a unos cuantos enanos acorazados, transportarían el ariete y las escalas con sus propulsores. Ântleïntzar, una vez hubo dispuesto en hileras a sus elfos, dio la orden de cubrir los preparativos dirigiendo una lluvia de dardos contra las murallas.
Desde lo alto de las torres y almenas de la ciudad, las maniobras no pasaron desapercibidas y con arrojo se asomaron para repeler con brutalidad a los atacantes. Después de comprobar la inutilidad de las flechas normales contra el asalto del Valle, de las alturas llegó la segunda lluvia de proyectiles, esta vez flechas de punta especial que atravesaban las partes más débiles de las armaduras de los atacantes. Con fiereza respondieron los arqueros elfos que, con firme pulso, hacían caer a muchos defensores. Las escalas se elevaban cargadas de luchadores, soldados expertos em el cuerpo a cuerpo. La furia de Mhord ante las pérdidas alentaba las ganas de guerra. -¡Luchad!¡Seguid así!-Gritaba el asesino.....
Los enanos situados delante de las murallas movían con furia a “gor”, el ariete de acero, contra las puertas, haciéndolas rechinar en sus goznes. La desesperación y los gritos de muerte cubrían el campo, la sangre se mezclaba con la tierra arcillosa enfangando el lugar y vertiendo un peculiar hedor.
Fue entonces cuando “gor” consiguió derribar las puertas de la ciudad. Una oleada de guerreros del Concilio, que había estado esperando este momento, embistió a los soldados. Las fuerzas del Valle, incapaces de defenderse de tan violento ataque, dejaron que éste atravesara sus filas, dividiendo a sus tropas en dos grupos. La desesperación invadió al ejército del Valle, estando separados perecer sería fácil....
Pero fue entonces el momento en que llegaron los luchadores y asesinos de Mhord Alomeg al centro del combate, aquellos que no habían subido a las murallas. La estampa del terror se cernía entre las filas enemigas. Rápidos certeros, menospreciando su vida se abrían paso entre los defensores. Aún heridos aguantaban el dolor y partían por la mitad a sus adversarios. Los guerreros más temibles del Valle masacraban a los soldados del Concilio, mientras que los asesinos se centraban en los comandantes enemigos, matando a cualquier oficial que se cruzara en sus caminos.
Muchos flancos en las defensas abrieron estos cuerpos del ejército, y rápidamente los siguieron la segunda oleada de lanceros e infantes para asentar las posiciones.
Y cuando los guerreros del Concilio parecían recuperar la iniciativa llegó el golpe de gracia. Los enanos de la casa del Martillo Chispeante hicieron su presencia en Sulëdaelessar a través de un túnel oculto, antiguo y secreto, descubierto por los espías del Valle días antes del ataque. Actuando con sigilo, Nulk y los suyos habían penetrado en la ciudad a través de aquel pasaje, dejando en la batalla sólo a unos pocos, encargados del ariete, mientras el grueso del ejército del Concilio combatía fuera de las murallas. Blandiendo sus hachas, y con gran ferocidad, los enanos salieron de un callejón y ganaron las puertas de la capital, cortando así la posible retirada del enemigo hacia el interior y uniendo otra vez a las tropas.
Los elfos de Ântleïntzar empezaron a lanzar una cortina de flechas sobre las desmoralizadas fuerzas del Concilio, quienes retrocedieron para salir del alcance de tan mortal lluvia. Los comandantes de Nan-Tasarion tenían dificultades para mantener unido a su ejército.
El curso de la batalla había virado a favor de Valle del Ingenio, que, movidos por las ciegas ganas de lucha, no contaban a los caídos sino la constante progresión de pérdidas de los defensores. Mhord no prestaba atención ni a las bajas de sus propios asesinos...
Los cuernos de batalla sonaron desde las filas enemigas, y en los oídos del asesino se oyó la clara y susurrante voz de Ântleïntzar que, en su pensamiento, le comunicaba que el grueso del ejército de Nan-Tasarion estaba huyendo a través del bosque, dejando la ciudad a su suerte.
Las tropas del Concilio, superadas en esta batalla, se internaban en el Taurë Nan-Tasariona, buscando protección e intentando organizarse. Los guerreros del Valle daban caza a los más rezagados, capturando a aquellos que preferían rendirse. Lentamente, se mentalizaron de que habían vencido su primer combate. Sus caras se llenaron de alegría por el triunfo.
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Tras erradicar la resistencia de las calles más cercanas, las compañías de Mhord comprobaron como los enanos de la casa del Martillo Chispeante apresaban a defensores que mucho antes habían formado trincheras en la ciudad. Tardarían aún en conseguir el control de todos los barrios...
Las casas de curación, recién levantadas, estaban llenas de heridos. Los sanadores no tenían ni un segundo de respiro. La batalla había sido dura, y pasarían meses antes de que muchos guerreros pudiesen luchar, o tan siquiera alzarse, otra vez....
También se construyeron grandes túmulos y piras para aquellos que no habían tenido la suerte de poder ser sanados. Enemigos y amigos recibieron el mismo honor, pues su única diferencia se encontraba en sus alianzas. Caras de tristeza y dolor asistían a las ceremonias....
Pero antes, reunidos, Ântleïntzar, Nulk y Mhord, partieron con sus guardias a requisar el tesoro de la ciudad y buscar un lugar provisional en el que residir. En los palacios de los antiguos gobernantes ya habría tiempo de festejar y enviar informes al Valle. Sulëdaelessar tenía nuevo amo.
