La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Compañía 5 De La Orden De Telpe Vs Compañía 1 De Tercano Nuruva

2005:02:19:11:55:41

Mornaew

La llama del cirio titilaba e iluminaba tenuemente la estancia, consumiendo la cera que goteaba sobre aquel candelabro de plata. Era de noche, aunque faltaba apenas una hora para que despuntara el día. Junto a la mesilla donde reposaba la vela había una butaca robusta, tapizada de terciopelo de un rojo escarlata con pespuntes dorados. Una bella dama de pelo negro reposaba allí. Estaba despierta, aunque con los ojos cerrados, escudriñando su mente…

Unos golpes en la puerta alertaron a la dirigente de Minas Gwaeren, y todos sus pensamientos se desvanecieron haciéndola regresar a la realidad de la estancia, que ya lucía iluminada por la luz diurna. En seguida se puso en pie y se dirigió a la puerta de entrada a sus aposentos.

—Buenos días mi señora —dijo el hombre de pelo castaño, plantado ante el umbral de la puerta—. La dama Loth-Loss ha enviado un emisario para discutir algunos asuntos. No me ha comunicado más detalles de sus propósitos.

—Esa elfa tal vez piensa que me voy a dignar a hablar con su mensajero para que ella pueda estar reposando sobre un lecho de hierba fresca contemplando las estrellas —había ira en los grises ojos de Mornaew—. Bien, quiero que le comuniques al visitante que debe regresar a Eryn-Dínen para entregarle un mensaje a su señora. Aguarda.

Mornaew fue directa a su escritorio y, sin tomar asiento, asió su pluma; empapó la punta en el tintero y escribió en una hoja blanquecina:

“Estimada hermana Loth-Loss, es mi deseo hablar contigo en persona y por eso te insto a que abandones tu casa y vengas hasta Minas Gwaeren, pues importantes decisiones deben ser tomadas, y no voy a hacerlo con un simple sirviente bajo tu mando. Mornaew.”

La mujer dobló la nota, calentó el lacre en la llama que aún ardía sobre la mesilla y selló el mensaje. Se quitó el anillo que llevaba en el índice de su mano izquierda y presionó sobre el sello dejando la imagen de un cuervo estampada sobre el fondo rojo.

—Aquí tienes. Y avisa a Nuruhuinë y Shânak para que se presenten en la Torre lo más rápido posible. Estaré en el salón del segundo piso —informó Mornaew.

El hombre asintió antes de dar media vuelta y cerrar la puerta tras de sí.

*****

Mornaew estaba sentada frente a la gran mesa de roble de la sala de reuniones. Encima de ésta había varios rollos de pergamino sin desplegar. Ella leía atentamente los últimos informes sobre los movimientos de las diversas compañías de los clanes de Haldanóri y las batallas que se habían librado hacía poco en Kemina Anka y Osto Telemna.

Llamaron a la puerta y, sin esperar a ser invitado, Nuruhuinë entró en el salón y saludó cortésmente a la capitana. —¿Me has hecho llamar? —dijo—. Estaba a punto de acercarme a informarte de las novedades.

—Pues no perdamos el tiempo. Me temo que Loth-Loss presiente que algo se avecina, espero que llegue mañana. Mientras dime, ¿Qué nuevas hay del sur? Sé que Nurn se ha replegado tras los ataques en el Bosque, así que estoy intrigada en los movimientos de Tercano Nuruva. Su ataque marítimo a Tol Telpeä fue verdaderamente digno de mención —terció la dama.

—Según los exploradores que regresaron ayer, la mayoría de tropas Tercanas se encuentran en continuos enfrentamientos contra los Tasarionianos —explicó Nuruhuinë—. Pero sus compañías de Neniath y Osto Ur-Anar permanecen en dichas ciudades. Sospecho que no pueden tardar en iniciar una ofensiva contra nosotros. Sin duda el ejército más vulnerable es el situado en Nandë Oioúrë, pues están desprotegidos a no ser que se refugien tras los muros de la ciudad.

—Estás en lo cierto Nuruhuinë —aprobó Mornaew—, y no dejaremos que se nos adelanten.

Entonces desplegaron los mapas de Haldanóri que habían permanecido plegados sobre la mesa, y se dispusieron a trazar las rutas más convenientes.

*****

Loth-Loss llegó a Minas Gwaeren con el nuevo Sol del siguiente día, y se unió a las conversaciones estratégicas en el gran salón de la Torre de Enkwanta. Shânak había acudido también, y estaba sentado en una de las butacas.

—Presiento que el sosiego en que hemos estado envueltos mientras demás compañías de la Orden batallaban, se va a truncar dentro de poco —intervino Loth-Loss.

—La situación en toda Haldanóri es delicada. Las últimas derrotas no se repetirán bajo mi mando —dijo la mujer de ojos grises—. Atacaremos a Tercano Nuruva. Hombres y enanos ya están siendo avisados. ¿Tus elfos estarán preparados? —inquirió Mornaew, en un tono algo despectivo; pues todos sabían que albergaba un cierto desprecio hacia los Eldar y su naturaleza.

—Lo estarán. Tan pronto como sean avisados. Y sus arcos permanecerán bien tensados hasta el final, y sus flechas serán certeras y acabarán con muchas vidas —respondió la elfa pelirroja con gran convencimiento.

—Hay un detalle que me preocupa —intervino Shânak—, pues llano y despejado es el territorio que nos separa de las tropas Tercanas. Nos avistaran a decenas de millas de distancia.

—Hasta las sebosas orejas del más sucio de los orcos podrám percibir nuestro acercamiento —añadió Loth-Loss—. Aunque, caminaremos por fuera de su territorio.

—Exacto —la cortó Mornaew—, seguramente preferirán esperar a que nos adentremos en sus tierras para iniciar la ofensiva. La vigilancia desde la Torre Hexagonal no cesará, estando alerta ante cualquier movimiento amenazador.

—Unas cuatrocientas millas nos separan de nuestro destino —comentó Shânak mientras observaba el gran mapa sobre la mesa—. Tardaremos dos semanas si no hay imprevistos y las paradas son mínimas.

—Daré órdenes de que en seguida se inicie la preparación de provisiones, monturas y armamento —respondió Nuruhuinë.

*****

El viento, que soplaba del este como era habitual, arrastraba consigo las densas brumas y azotaba con fuerza los negros estandartes que portaba el Rimbe-a-Quákolie, haciéndolos ondear impetuosamente. Las figuras de los dos cuervos a lo alto de las puertas de Minas Gwaeren, inmóviles y carentes de vida, observaban con sus ojos hechos con rubíes, el paso de las tropas a través de los gruesos muros. Encabezando la marcha iban los dirigentes, ataviados con sus ropas de batalla; imponentes y poderosos, dispuestos a demostrar su superioridad ante los enemigos que aguardaban en el lejano sur.

*****

En el decimotercero día de marcha avistaron los muros de Osto Ur-Anar a varias millas de distancia. El Sol aún brillaba con fuerza; apenas un par de nubes en el cielo, como manchas blancas sobre una tela azulada.

—Está claro que ya nos han visto —comentó Loth-Loss.

—Necesitarán un tiempo para prepararse y dar aviso a todos los soldados —aportó Shânak.

—Que monten el campamento —ordenó Mornaew—. Pero permaneced alerta.

*****

A la intemperie, sentada sobre unas cajas, Mornaew sentía como una gélida brisa le recorría el cuerpo. La noche empezaba a cubrir aquellas tierras desérticas, carentes de árboles.

Tilion abandonaba las regiones orientales de Arda e iluminaba como un faro la ciudad Tercana. Mornaew observó entonces al ejército enemigo que se estaba desplegando.

—Es la hora —se dijo para sí. Y se dispuso a dar aviso a sus otros Hermanos, y a los soldados que comandaban.

*****

—¡Soldados no temáis nada! ¡Demostrad a quien pertenece el acero que hendirá los débiles cuerpos de nuestros contrincantes! ¡Demostrad quien tensa los arcos cuyas flechas marchitarán sus corazones! ¡La huella de la Orden de Plata será dejada en estas tierras y la sangre de ellos cubrirá las hierbas de esta llanura cuando hayamos terminado! —Mornaew gritaba con voz poderosa llena de orgullo—. ¡Ahora adelante!

Loth-Loss comandaba a los arqueros. Los verdes ojos de la elfa relucían incluso en la oscuridad nocturna. Antes de que las tropas de Tercano pudieran iniciar el ataque, los elfos del Rimbe-a-Quákolie dispararon sus flechas de acero hueco que impactaron certeras en las primeras filas enemigas. Algunos no habían sido gravemente heridos, pero no sabían que las puntas de los proyectiles estaban bañadas con un veneno que Mornaew había creado especialmente para la ocasión. Y en las estancias de Mandos muchos Eldar fueron recibidos aquella noche, pues muchos fueron los que sufrieron el trágico destino de aquel despiadado envenenamiento.

Las altas hierbas de aquel territorio ocultaban los cuerpos de los caídos, mientras los que aún se mantenían en pie se reorganizaban rápidamente para contraatacar. En aquella segunda embestida ambos ejércitos atacaron casi simultáneamente; y una espesa nube de flechas, que destellaban a la luz de la luna y se cruzaban entre ellas, llenó el cielo por unos instantes. El ejército de los Cuervos perdió en aquella arremetida a sus primeros hombres.

Entre las filas de horrendos orcos que se iban acercando a la línea de batalla, varios trolls surgieron empuñando toscos garrotes y ataviados con cascos oxidados. —¡Derribadlos! —Mornaew desenvainó su espada Gampsaen y la levantó apuntando al cielo; los rubíes brillaban en la negra empuñadura. Hombres y enanos seguían las indicaciones de los capitanes Telpenianos. Los elfos seguían disparando certeros sus proyectiles hacia los oponentes. En su avance los trolls aplastaban los cadáveres que yacían sobre la tierra, y resultaban difíciles de matar incluso habiendo recibido más de un impacto de alguna de las flechas envenenadas. Varias de aquellas criaturas se desplomaron al fin tras incontables hachazos por parte de los enanos de Telpe, que les destrozaron los pies; una vez en el suelo el filo de las espadas hendiendo en sus pequeñas cabezas o en sus torsos desprotegidos era suficiente para acabar con sus miserables vidas.

Tras muchas horas de encarnizada batalla el Rimbe-a-Quákolie seguía demostrando su superioridad y sus bajas eran mucho menores que las que había sufrido la hueste de Tercano Nuruva. De súbito el cielo se oscureció. Por detrás de las hileras de orcos que seguían luchando incansables, una figura mucho más majestuosa e imponente permanecía con los brazos en alto, murmurando algo imperceptible. —¡Es Sincarion sin duda! —Nuruhuinë avisó a Mornaew que no andaba muy lejos de su posición. Al cabo de unos instantes un rayo cegador, como una lanza de plata caída del cielo, fue a impactar directamente cerca de donde se encontraba Nuruhuinë. Varios hombres y enanos cayeron fulminados. Y parecía que el Rey de Tercano pretendía seguir con aquel desencadenamiento de su poder. Mornaew no lo permitiría. —¡Atrapa esto maldito Maia engreído! —Algo surcó el aire en aquel momento. Tan veloz que apenas era perceptible para los ojos, aunque sí por el sonido surgido del roce con el aire. Una de las dagas de la capitana Telpeniana impactó en la mano izquierda de Sincarion. Seguramente la sustancia venenosa con que estaba fundido el metal de las armas de Mornaew no habría tenido tiempo de afectarle, pero sin duda cada vez que se mirara la mano tendría un recuerdo de ella que no podría olvidar.

—¡Matadla! ¡Matadla! —gritó el rey, retirándose la daga, y fijó su mirada llena de odio en los grises ojos de Mornaew. Ella no apartó la mirada, hasta que un par de orcos se dispusieron a atacarla. Ensartó a uno con Gampsaen y al otro lo apuñaló con la daga gemela a la que había lanzado. Los oponentes atacaban ahora más furiosos que antes. Aún quedaban muchos orcos en pie, pero los hombres de Telpe eran más y tenían la moral más alta. Hacia la medianoche la tierra estaba empapada por la sangre que se había derramado y la lucha no cesaba.

Desde muy cerca de los muros de Osto Ur-Anar se preparaban las catapultas. Enormes rocas surcaron el aire como aves ligeras, pero impactaron sobre varias tiendas del campamento Telpeniano y alcanzaron de lleno a muchos soldados. En el otro bando no había piedras sobre las catapultas ya que habían ideado algo distinto para el enemigo. —¡Replegaos! —gritó a la vez que las catapultas dejaban ir unas grandes balas hechas de paja y matojos, rociadas con un fluido extraño.

—¡Ahora! —ordenó Loth-Loss a los arqueros. Una lluvia de flechas incendiarias fue directa hacia el ejército enemigo y, además de alcanzar a muchos orcos y elfos, las balas que habían lanzado prendieron de manera descomunal incendiando todo a su paso.

En medio de la confusión que provocó la ofensiva de Telpe, una guarnición capitaneada por Shânak cabalgó hacia la ciudad Tercana. Pocos eran los que cuidaban en aquel momento las puertas ya que todas las fuerzas estaban en el frente tratando inútilmente de defender su tierra y su orgullo. Los hombres del ejército de los Cuervos saquearon la ciudad de arriba abajo y se llevaron gran cantidad de oro y joyas antes de que las tropas Tercanas regresaran devastadas a la ciudad. Cuando estuvieron de vuelta el día estaba llegando a su fin y la tierra aún ardía por doquier. Las llamas tardarían horas en extinguirse debido a las increíbles propiedades inflamables de la sustancia que habían usado.

—¿Dónde está Shânak? —Preguntó Nuruhuinë extrañado—, ¿A caso no os había acompañado a la ciudad?

Los soldados no supieron que responder. El hombre se había desvanecido sin dejar rastro alguno. ¿Tal vez lo habían atacado? No parecía probable puesto que todos los que habían ido a saquear la ciudad enemiga habían vuelto sanos y salvos.

—Ya nada nos queda por hacer aquí. Tercano Nuruva no tiene posibilidad de retomar ataque alguno —dijo Mornaew satisfecha—. Aunque han sido terriblemente masacrados y Sincarion debe estar deseando venganza. Pero estaremos preparados.

Mientras el bando enemigo finalizaba su retirada unas últimas palabras llegaron a oídos de Loth-Loss con el soplo del viento: Tôl acharn…

Gaur

Las primeras luces del alba aparecían en el horizonte. Los ojos avezados de Gaur escrutaban atentamente cualquier indicio que pudiera despertar sus sospechas. Fíriel estaba a su lado, dura, incansable, una verdadera guerrera.

- ¿Cuándo crees que llegarán? – preguntó Fíriel.

- Es difícil saberlo. Su ejército es numeroso y sus movimientos no deben ser rápidos. No tenemos noticias de las fronteras, quizás todavía no han llegado…o quizás sí…

- Gaur, Sincarion está nervioso. Prácticamente no habla con nadie. Se pasa el día encerrado en sus aposentos.

- La última batalla fue muy dura, amiga. Llegamos hace una semana y a duras penas hemos tenido el tiempo suficiente para curar las heridas que sufrimos en el campo de batalla – un silencio se produjo entre los dos, hasta que Gaur lo rompió- ¿Puedes quedarte aquí y relevarme? Debería hacer bastantes cosas antes de la batalla.

- ¡Por supuesto!

Gaur dio media vuelta e inició la ascensión por la calle principal tomando la dirección de los aposentos de Sincarion. Por el camino observaba las casas de Osto Ur-Anar, sus gentes, su vida…

La ciudad, antaño alegre y rebosante de vida, se veía, en la actualidad, negra y marchita. Las puertas y ventanas de los edificios estaban cerradas. La plaza donde se ubicaba el mercado central, era una yerma extensión donde decenas de caballos recibían las pocas atenciones que se les podían dar. La posada se había convertido en un dormitorio de campaña.

Algo llamó su atención. ¿Una luz?, ¿un movimiento fugaz visto de refilón? ¡Nada!, ¡no había nada! Esa era la gran historia de Gaur, una vida repleta de pérdidas, de batallas…

Sincarion había ordenado que la ciudad fuera desalojada, que quedaran únicamente los guerreros dispuestos para la batalla, pues la batalla no tardaría en llegar y los guerreros de Telpe no dejaban de acosarnos. Era una simple cuestión de tiempo.

Las tropas se desperezaban, todo el engranaje de nuestro ejército parecía despertar.

Los aposentos de Sincarion eran austeros. Gaur entró sin anunciarse y ya encontró al viejo Maia estudiando un mapa del terreno y discutiendo con Hyara cuál era la táctica a seguir.

- ¡Mi Señor!, interrumpió Gaur. De momento todo está tranquilo. No se atisba nada en el horizonte.

- Veo que tus heridas, al igual que las de Hyara, ya han curado.

- Sí. No eran graves. Nada que un poco de descanso no pudiera reparar.

- Esa es una buena noticia. Necesitaremos vuestras fuerzas intactas.

- La moral de las tropas no es muy buena. Desalojar una ciudad es algo que provoca un profundo pesar en los corazones. Las mujeres se marcharon llorando con los niños más pequeños. Muchos de los que han optado por quedarse no ha visto una batalla jamás.

- ¡Nunca es tarde para aprender, ni demasiado pronto!, Gaur. ¡Hoy será el día! ¡Descansad, y estad prestos para la batalla en unas horas!, sentenció categóricamente Sincarion.

Fíriel oteaba el horizonte. La visibilidad era buena. El día estaba muy abierto, y no había árboles en el campo por donde debían aparecer los telpenianos, tan solo hierbas y arbustos. En el preciso instante en que las tropas de Telpe hicieran su aparición serían divisadas. Fíriel tenía la vista aguda como la de un animal.

El viejo Maia no se equivocaba, y al atardecer se vislumbraron los primeros vestigios que anunciaban la llegada de Telpe. Eran muy superiores en número, como nos temíamos. La batalla sería más cruel que la anterior.

Telpe apostó sus tropas frente a la ciudad. No hubo intercambio de palabras, no pidió la rendición… No quería la rendición. Los guerreros de Telpe buscaban únicamente causar muerte y dolor y cuando nos estábamos preparando para parlamentar, llegó el ataque.

Una lluvia de flechas cayó sobre nuestras cabezas.

- ¡A sus puestos! – gritó Fíriel a su compañía. ¡Atacad, malditos, atacad! ¡No encontrareis mejor oportunidad que ésta para demostrar cuanto valéis! ¡Recordad por lo que lucháis! ¡No tengáis piedad!

De inmediato los elfos de Fíriel respondieron al ataque con flechas que provocaron una auténtica cortina lanzada con precisión desde sus arcos. Buscando a los enemigos.

Gaur, al frente de los trolls, salió por la puerta para repeler a los telpenianos. Hombres y enanos les esperaban.

Hyara comandaba a los orcos. Salieron a la par que Gaur por la puerta luchando con fiereza.

Los orcos se fajaban con saña. Los trolls aplastaban y decapitaban a los hombres que se encontraban por el camino. Los enanos eran un problema, pues eran demasiado pequeños y los trolls intentaban aplastarlos.

Gaur e Hyara, mientras luchaban espada en mano, gritaban a sus tropas.

- ¡atacad a los enanos! Asperonaba Hyara a sus orcos.

- ¡a los hombres, matadlos! Gritaba Gaur a los trolls.

Desde la ciudad Fíriel ordenaba a los elfos que siguieran disparando sus flechas, y preparaba las pocas huestes humanas de la ciudad para que lanzaran las cargas que habían preparado con las catapultas. Fíriel se multiplicaba dando órdenes.

Las catapultas dieron un buen resultado e hicieron varios blancos en poco tiempo. La marea de soldados de Telpe era tal, que era difícil errar el tiro.

Sincarion se irguió, con su vara en alto. Su potente voz ordenó a los cielos que obedecieran a su llamada. De pronto un rayo cayó entre las fuerzas telpenianas causando un buen número de bajas.

De pronto una daga llegó desde el campo abierto y se clavó en la mano de Sincarion, lo que provocó que la vara de poder se le cayera al suelo. Con el rostro compungido por el dolor avistó a la responsable del lanzamiento y gritó a las fuerzas que se encontraban combatiendo en el campo de batalla que la mataran.

Los orcos de Hyara se aprestaron a cumplir los deseos de Sincarion y se dirigieron con fiereza hacia la comandante de las tropas de Telpe que había hecho el lanzamiento. Acercándose a ella encontraron en su camino a varios hombres, a los cuales decapitaron.

La comandante de Telpe aniquiló a los orcos con fiereza.

Hyara resultó malherida en la batalla al recibir el impacto de una flecha en el dorsal. Sucumbiendo al dolor retrocedió buscando el amparo de sus tropas. Gaur acudió en su auxilio y luchando por defender a su compañera recibió una flecha en la clavícula. Un brazo le quedó inutilizado. A continuación un hombre de los telpenianos le clavó una espada. La espada buscaba el torso de Gaur, si bien un rápido movimiento hizo que el impacto fuera evitado, aunque no completamente, puesto que la espada le hirió en el brazo que tenía inutilizado.

La batalla en el campo abierto estaba perdida. Fíriel gritaba desde la ciudad que las tropas se replegaran y volvieran hacia las puertas de la misma.

Era demasiado tarde. Las tropas de Telpe habían abierto una brecha entre las fuerzas de Tercano y ya estaban penetrando en la ciudad.

Fíriel luchaba codo con codo con los elfos, intentando mantener la ciudad a salvo, pero las tropas enemigas eran demasiado numerosas y empezó el saqueo de la ciudad.

Con la misma rapidez que se habían iniciado las hostilidades por parte de Telpe de pronto se retiraron con su botín, se llevaron todo lo que podía tener algún valor, pero sobre todo, muchas vidas que habían defendido con honor la ciudad que les había visto nacer.

La jornada había llegado a su fin. Era el momento de rendir tributo a los caídos en la batalla. Las bajas eran numerosísimas. La ciudad estaba destrozada, prácticamente quemada. La reconstrucción sería muy larga y laboriosa.

Sincarion desfilaba sobre su caballo, observando el espectáculo de muerte y dolor con el corazón embargado por la emoción. Un atisbo de rabia podía verse en sus ojos. Las cosas no podían, no iban a quedar así.

Fíriel se acercó a Sincarion montada en un corcel negro y le dijo:

-Sincarion, mi señor, ¿no deberíamos rearmar las pocas tropas que nos quedan, en caso de que Telpe decida hacer otro ataque?

El Maia volvió la cabeza para mirar a la mujer y le contestó:

-No, los telpenianos ya han conseguido lo que venían a buscar y se irán en cuanto les sea posible. Pero da órdenes de que Hyara y Gaur sean llevados a la ciudad para que reciban los cuidados necesarios, pues han sido heridos.

-Sí, lo he visto, pero no he podido ir en su ayuda – respondió sombríamente la Humana.

Dicho esto, dio media vuelta a su montura y se dirigió a un grupo de Elfos que transportaban camillas para los heridos:

-Llevad de inmediato a la dama Hyara y al caballero Gaur al castillo.

Las escasas fuerzas que quedaban a los que seguían con vida se dedicaban a la búsqueda de posibles malheridos entre los centenares de muertos que yacían en lo que había sido el campo de batalla.

Hyara y Gaur fueron finalmente transportados al interior de la ciudad para recibir atenciones médicas, tras las muchas heridas recibidas.

En la lejanía, se distinguían aún las formaciones de las tropas de Telpe, que marchaban de vuelta a su territorio después de la victoria conseguida.

Delisse Yestariel

Fin Guerra: Tercano Nuruva se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 21

Armadas perdidas por \"Tercano Nuruva\" = 41

Telpe pierde 21 armadas, lo que suponen 735 puntos.

Puntos recuperables: 490

Valoracion: 8+7+9+8=8

Recupera 392 puntos.

Pierde 343 puntos.

Tercano pierde 41 armadas, lo que suponen 1435 puntos.

Puntos recuperables: 478

Valoración: 9+8+7+8=8

Heridas de los pjes. 90%. 9x35=315

Recupera 697 puntos.

Pierde 738 puntos.

Además, la Orden de Telpe gana 300 monedas por batalla ganada.

Tercano cede a Telpe 100 monedas en concepto de retirada de batalla.

Telpe gana 200 monedas en concepto de saqueo de la ciudad.

AMBAS COMPAÑÍAS HAN SIDO ACTUALIZADAS, Y ESTAN ACTIVAS, POR LO QUE PUEDEN ATACAR Y SER ATACADAS.

[Editado por gaurwaith el 19-02-2005 18:06]