Mornaew
La llama del cirio titilaba e iluminaba tenuemente la estancia, consumiendo la cera que goteaba sobre aquel candelabro de plata. Era de noche, aunque faltaba apenas una hora para que despuntara el día. Junto a la mesilla donde reposaba la vela había una butaca robusta, tapizada de terciopelo de un rojo escarlata con pespuntes dorados. Una bella dama de pelo negro reposaba allí. Estaba despierta, aunque con los ojos cerrados, escudriñando su mente…
Unos golpes en la puerta alertaron a la dirigente de Minas Gwaeren, y todos sus pensamientos se desvanecieron haciéndola regresar a la realidad de la estancia, que ya lucía iluminada por la luz diurna. En seguida se puso en pie y se dirigió a la puerta de entrada a sus aposentos.
—Buenos días mi señora —dijo el hombre de pelo castaño, plantado ante el umbral de la puerta—. La dama Loth-Loss ha enviado un emisario para discutir algunos asuntos. No me ha comunicado más detalles de sus propósitos.
—Esa elfa tal vez piensa que me voy a dignar a hablar con su mensajero para que ella pueda estar reposando sobre un lecho de hierba fresca contemplando las estrellas —había ira en los grises ojos de Mornaew—. Bien, quiero que le comuniques al visitante que debe regresar a Eryn-Dínen para entregarle un mensaje a su señora. Aguarda.
Mornaew fue directa a su escritorio y, sin tomar asiento, asió su pluma; empapó la punta en el tintero y escribió en una hoja blanquecina:
“Estimada hermana Loth-Loss, es mi deseo hablar contigo en persona y por eso te insto a que abandones tu casa y vengas hasta Minas Gwaeren, pues importantes decisiones deben ser tomadas, y no voy a hacerlo con un simple sirviente bajo tu mando. Mornaew.”
La mujer dobló la nota, calentó el lacre en la llama que aún ardía sobre la mesilla y selló el mensaje. Se quitó el anillo que llevaba en el índice de su mano izquierda y presionó sobre el sello dejando la imagen de un cuervo estampada sobre el fondo rojo.
—Aquí tienes. Y avisa a Nuruhuinë y Shânak para que se presenten en la Torre lo más rápido posible. Estaré en el salón del segundo piso —informó Mornaew.
El hombre asintió antes de dar media vuelta y cerrar la puerta tras de sí.
*****
Mornaew estaba sentada frente a la gran mesa de roble de la sala de reuniones. Encima de ésta había varios rollos de pergamino sin desplegar. Ella leía atentamente los últimos informes sobre los movimientos de las diversas compañías de los clanes de Haldanóri y las batallas que se habían librado hacía poco en Kemina Anka y Osto Telemna.
Llamaron a la puerta y, sin esperar a ser invitado, Nuruhuinë entró en el salón y saludó cortésmente a la capitana. —¿Me has hecho llamar? —dijo—. Estaba a punto de acercarme a informarte de las novedades.
—Pues no perdamos el tiempo. Me temo que Loth-Loss presiente que algo se avecina, espero que llegue mañana. Mientras dime, ¿Qué nuevas hay del sur? Sé que Nurn se ha replegado tras los ataques en el Bosque, así que estoy intrigada en los movimientos de Tercano Nuruva. Su ataque marítimo a Tol Telpeä fue verdaderamente digno de mención —terció la dama.
—Según los exploradores que regresaron ayer, la mayoría de tropas Tercanas se encuentran en continuos enfrentamientos contra los Tasarionianos —explicó Nuruhuinë—. Pero sus compañías de Neniath y Osto Ur-Anar permanecen en dichas ciudades. Sospecho que no pueden tardar en iniciar una ofensiva contra nosotros. Sin duda el ejército más vulnerable es el situado en Nandë Oioúrë, pues están desprotegidos a no ser que se refugien tras los muros de la ciudad.
—Estás en lo cierto Nuruhuinë —aprobó Mornaew—, y no dejaremos que se nos adelanten.
Entonces desplegaron los mapas de Haldanóri que habían permanecido plegados sobre la mesa, y se dispusieron a trazar las rutas más convenientes.
*****
Loth-Loss llegó a Minas Gwaeren con el nuevo Sol del siguiente día, y se unió a las conversaciones estratégicas en el gran salón de la Torre de Enkwanta. Shânak había acudido también, y estaba sentado en una de las butacas.
—Presiento que el sosiego en que hemos estado envueltos mientras demás compañías de la Orden batallaban, se va a truncar dentro de poco —intervino Loth-Loss.
—La situación en toda Haldanóri es delicada. Las últimas derrotas no se repetirán bajo mi mando —dijo la mujer de ojos grises—. Atacaremos a Tercano Nuruva. Hombres y enanos ya están siendo avisados. ¿Tus elfos estarán preparados? —inquirió Mornaew, en un tono algo despectivo; pues todos sabían que albergaba un cierto desprecio hacia los Eldar y su naturaleza.
—Lo estarán. Tan pronto como sean avisados. Y sus arcos permanecerán bien tensados hasta el final, y sus flechas serán certeras y acabarán con muchas vidas —respondió la elfa pelirroja con gran convencimiento.
—Hay un detalle que me preocupa —intervino Shânak—, pues llano y despejado es el territorio que nos separa de las tropas Tercanas. Nos avistaran a decenas de millas de distancia.
—Hasta las sebosas orejas del más sucio de los orcos podrám percibir nuestro acercamiento —añadió Loth-Loss—. Aunque, caminaremos por fuera de su territorio.
—Exacto —la cortó Mornaew—, seguramente preferirán esperar a que nos adentremos en sus tierras para iniciar la ofensiva. La vigilancia desde la Torre Hexagonal no cesará, estando alerta ante cualquier movimiento amenazador.
—Unas cuatrocientas millas nos separan de nuestro destino —comentó Shânak mientras observaba el gran mapa sobre la mesa—. Tardaremos dos semanas si no hay imprevistos y las paradas son mínimas.
—Daré órdenes de que en seguida se inicie la preparación de provisiones, monturas y armamento —respondió Nuruhuinë.
*****
El viento, que soplaba del este como era habitual, arrastraba consigo las densas brumas y azotaba con fuerza los negros estandartes que portaba el Rimbe-a-Quákolie, haciéndolos ondear impetuosamente. Las figuras de los dos cuervos a lo alto de las puertas de Minas Gwaeren, inmóviles y carentes de vida, observaban con sus ojos hechos con rubíes, el paso de las tropas a través de los gruesos muros. Encabezando la marcha iban los dirigentes, ataviados con sus ropas de batalla; imponentes y poderosos, dispuestos a demostrar su superioridad ante los enemigos que aguardaban en el lejano sur.
*****
En el decimotercero día de marcha avistaron los muros de Osto Ur-Anar a varias millas de distancia. El Sol aún brillaba con fuerza; apenas un par de nubes en el cielo, como manchas blancas sobre una tela azulada.
—Está claro que ya nos han visto —comentó Loth-Loss.
—Necesitarán un tiempo para prepararse y dar aviso a todos los soldados —aportó Shânak.
—Que monten el campamento —ordenó Mornaew—. Pero permaneced alerta.
*****
A la intemperie, sentada sobre unas cajas, Mornaew sentía como una gélida brisa le recorría el cuerpo. La noche empezaba a cubrir aquellas tierras desérticas, carentes de árboles.
Tilion abandonaba las regiones orientales de Arda e iluminaba como un faro la ciudad Tercana. Mornaew observó entonces al ejército enemigo que se estaba desplegando.
—Es la hora —se dijo para sí. Y se dispuso a dar aviso a sus otros Hermanos, y a los soldados que comandaban.
*****
—¡Soldados no temáis nada! ¡Demostrad a quien pertenece el acero que hendirá los débiles cuerpos de nuestros contrincantes! ¡Demostrad quien tensa los arcos cuyas flechas marchitarán sus corazones! ¡La huella de la Orden de Plata será dejada en estas tierras y la sangre de ellos cubrirá las hierbas de esta llanura cuando hayamos terminado! —Mornaew gritaba con voz poderosa llena de orgullo—. ¡Ahora adelante!
Loth-Loss comandaba a los arqueros. Los verdes ojos de la elfa relucían incluso en la oscuridad nocturna. Antes de que las tropas de Tercano pudieran iniciar el ataque, los elfos del Rimbe-a-Quákolie dispararon sus flechas de acero hueco que impactaron certeras en las primeras filas enemigas. Algunos no habían sido gravemente heridos, pero no sabían que las puntas de los proyectiles estaban bañadas con un veneno que Mornaew había creado especialmente para la ocasión. Y en las estancias de Mandos muchos Eldar fueron recibidos aquella noche, pues muchos fueron los que sufrieron el trágico destino de aquel despiadado envenenamiento.
Las altas hierbas de aquel territorio ocultaban los cuerpos de los caídos, mientras los que aún se mantenían en pie se reorganizaban rápidamente para contraatacar. En aquella segunda embestida ambos ejércitos atacaron casi simultáneamente; y una espesa nube de flechas, que destellaban a la luz de la luna y se cruzaban entre ellas, llenó el cielo por unos instantes. El ejército de los Cuervos perdió en aquella arremetida a sus primeros hombres.
Entre las filas de horrendos orcos que se iban acercando a la línea de batalla, varios trolls surgieron empuñando toscos garrotes y ataviados con cascos oxidados. —¡Derribadlos! —Mornaew desenvainó su espada Gampsaen y la levantó apuntando al cielo; los rubíes brillaban en la negra empuñadura. Hombres y enanos seguían las indicaciones de los capitanes Telpenianos. Los elfos seguían disparando certeros sus proyectiles hacia los oponentes. En su avance los trolls aplastaban los cadáveres que yacían sobre la tierra, y resultaban difíciles de matar incluso habiendo recibido más de un impacto de alguna de las flechas envenenadas. Varias de aquellas criaturas se desplomaron al fin tras incontables hachazos por parte de los enanos de Telpe, que les destrozaron los pies; una vez en el suelo el filo de las espadas hendiendo en sus pequeñas cabezas o en sus torsos desprotegidos era suficiente para acabar con sus miserables vidas.
Tras muchas horas de encarnizada batalla el Rimbe-a-Quákolie seguía demostrando su superioridad y sus bajas eran mucho menores que las que había sufrido la hueste de Tercano Nuruva. De súbito el cielo se oscureció. Por detrás de las hileras de orcos que seguían luchando incansables, una figura mucho más majestuosa e imponente permanecía con los brazos en alto, murmurando algo imperceptible. —¡Es Sincarion sin duda! —Nuruhuinë avisó a Mornaew que no andaba muy lejos de su posición. Al cabo de unos instantes un rayo cegador, como una lanza de plata caída del cielo, fue a impactar directamente cerca de donde se encontraba Nuruhuinë. Varios hombres y enanos cayeron fulminados. Y parecía que el Rey de Tercano pretendía seguir con aquel desencadenamiento de su poder. Mornaew no lo permitiría. —¡Atrapa esto maldito Maia engreído! —Algo surcó el aire en aquel momento. Tan veloz que apenas era perceptible para los ojos, aunque sí por el sonido surgido del roce con el aire. Una de las dagas de la capitana Telpeniana impactó en la mano izquierda de Sincarion. Seguramente la sustancia venenosa con que estaba fundido el metal de las armas de Mornaew no habría tenido tiempo de afectarle, pero sin duda cada vez que se mirara la mano tendría un recuerdo de ella que no podría olvidar.
—¡Matadla! ¡Matadla! —gritó el rey, retirándose la daga, y fijó su mirada llena de odio en los grises ojos de Mornaew. Ella no apartó la mirada, hasta que un par de orcos se dispusieron a atacarla. Ensartó a uno con Gampsaen y al otro lo apuñaló con la daga gemela a la que había lanzado. Los oponentes atacaban ahora más furiosos que antes. Aún quedaban muchos orcos en pie, pero los hombres de Telpe eran más y tenían la moral más alta. Hacia la medianoche la tierra estaba empapada por la sangre que se había derramado y la lucha no cesaba.
Desde muy cerca de los muros de Osto Ur-Anar se preparaban las catapultas. Enormes rocas surcaron el aire como aves ligeras, pero impactaron sobre varias tiendas del campamento Telpeniano y alcanzaron de lleno a muchos soldados. En el otro bando no había piedras sobre las catapultas ya que habían ideado algo distinto para el enemigo. —¡Replegaos! —gritó a la vez que las catapultas dejaban ir unas grandes balas hechas de paja y matojos, rociadas con un fluido extraño.
—¡Ahora! —ordenó Loth-Loss a los arqueros. Una lluvia de flechas incendiarias fue directa hacia el ejército enemigo y, además de alcanzar a muchos orcos y elfos, las balas que habían lanzado prendieron de manera descomunal incendiando todo a su paso.
En medio de la confusión que provocó la ofensiva de Telpe, una guarnición capitaneada por Shânak cabalgó hacia la ciudad Tercana. Pocos eran los que cuidaban en aquel momento las puertas ya que todas las fuerzas estaban en el frente tratando inútilmente de defender su tierra y su orgullo. Los hombres del ejército de los Cuervos saquearon la ciudad de arriba abajo y se llevaron gran cantidad de oro y joyas antes de que las tropas Tercanas regresaran devastadas a la ciudad. Cuando estuvieron de vuelta el día estaba llegando a su fin y la tierra aún ardía por doquier. Las llamas tardarían horas en extinguirse debido a las increíbles propiedades inflamables de la sustancia que habían usado.
—¿Dónde está Shânak? —Preguntó Nuruhuinë extrañado—, ¿A caso no os había acompañado a la ciudad?
Los soldados no supieron que responder. El hombre se había desvanecido sin dejar rastro alguno. ¿Tal vez lo habían atacado? No parecía probable puesto que todos los que habían ido a saquear la ciudad enemiga habían vuelto sanos y salvos.
—Ya nada nos queda por hacer aquí. Tercano Nuruva no tiene posibilidad de retomar ataque alguno —dijo Mornaew satisfecha—. Aunque han sido terriblemente masacrados y Sincarion debe estar deseando venganza. Pero estaremos preparados.
Mientras el bando enemigo finalizaba su retirada unas últimas palabras llegaron a oídos de Loth-Loss con el soplo del viento: Tôl acharn…
