Naeviän
En medio de la apacible y oscura noche palpitaban algunas estrellas en el cielo sobre la hierba húmeda, guiando el camino de muchas vidas con sus ideales, valentía y también la no deseada incertidumbre. Estas almas marchaban con el objetivo de procurar mantener a salvo un reino llamado Tercano Nuruva. Tratar de mantener la paz que hace no mucho les caracterizaba y que en el último tiempo había sido quebrantada, era la prioridad en aquel entonces para aquellos soldados. Aunque el hecho de que quizá perderían la vida fríamente les atemorizaba a los más jóvenes.
Estos iban dirigidos por 4 capitanes: Naevian, Arian, Aranur y Sulankalie. Montada en su caballo Erlioth, Naevian mantenía una charla con los demás capitanes: Arian, Aranur y Sulankalie. El tema de la conversación era sobre lo que inquietaba a la mayoría de los soldados; parecía que la derrota acechaba en aquel minuto, negando la suerte que en tiempos prósperos habían gozado en sus hogares. Sin embargo hasta ese momento no había acontecido ninguna desgracia, lo que les animaba un poco. Ya estaban cerca de los límites de su reino, esperando ver señales de sus enemigos.
También charlaron sobre tácticas de ataque, estrategias, etc…
-Por el sureste, se aproximan en grandes grupos, hay que intentar sorprenderlos cuando menos lo esperen.- dijo Naevian, señalando un punto en el mapa extendido sobre la mesa.
-No debemos arriesgarnos a que ellos nos tomen por sorpresa. Creo necesario apostar un par de armadas que nos guarden las espaldas por cualquier motivo- dijo Arian.
-Tienes razón, será mejor tener cuidado y atacar de la forma rápida posible.- indicó Aranur rápidamente.
-Bien, entonces así lo haremos- dijeron al unísono Sulankalie y Naevian.
Retomaron al término de la noche la marcha hacia el Sur; algunas compañías fueron dispersas para cumplir el plan de Arian al pie de la letra.
Estandartes ondeaban imponentes sobre las cabezas escuálidas, sostenidas, temerarias e impasibles. Cantos de tiempos pasados, guerreros de piedra sin rostro se alzaban con fuerza animando los corazones de aquellos que arrancados de sus hogares marchaban por honor y gloria bajo los estandartes platinados. Irían dispuestos de tal manera que sembrarían caos, y cosecharían muerte aunque algo desastroso pudiera arrebatarles su dominio. Vidas no regalarían y menos tan valiosas como las de sus hombres.
El Sol se elevaba en lo alto del cielo, lentamente, sin dar noticias aún de lo que acontecería más tarde en aquel lugar. El día era cálido pero la fresca brisa acariciaba el temple de los guerreros y reconfortaba sus corazones recordándoles la esperanza que habían dejado atrás. Así pasaron horas y horas, pero el deseo de defender su reino era más fuerte y no había en ellos cobardía, de ningún modo, sólo incertidumbre.
Se detuvieron un momento y enviaron a algunos soldados a que exploraran el territorio que los rodeaba , necesitaban saber con precisión en que lugar se encontraría el enemigo esperando derramar sangre. Cuando estos volvieron, comentaron que no muy lejos, efectivamente se hallaba el enemigo, un ejercito numeroso y fuerte eran sin duda alguna.
Se prepararon otra vez para partir, pero ahora venía la parte más esperada por todos.
-Batalla, muerte y desolación- murmuro uno de los infantes, sin esperanza vana.
-Batalla, honor y gloria- dijo en voz alta y clara Naevian, proveyendo fuerzas a todo aquel que las perdiese.
-Enemigos y peligro nos esperan, pero no nos dejaremos amilanar, aunque solo quede carroña de nosotros, nuestros nombres no se perderán. ¡En paginas inmortales serán escritos!-dijo Arian
Rápidamente se armaron de cuanto creyeron conveniente, montaron sus caballos, etc.
Un cuerno se hizo sonar por un soldado, un sonido fuerte y claro que hizo sonreír de recuerdos a algunos. En aquel minuto se encontraban cerca del río Arcanen que bañaba las orillas del sur de Tercano.
No tardaron mucho en encontrar el ejército enemigo, pero este ya parecía esperarlos, pues los soldados estaban ya dispuestos en filas indelebles con sus armas preparadas para derramar la sangre en aquella tierra. Una capitana de la compañía de Tercano marchó al encuentro con Malenril, capitán elfo de la compañía de la Alianza de Eithel-Glin, claro, con el fin de arreglar el conflicto diplomáticamente como se debe hacer, mas fue en vano cualquier intento.
Con el temple en alto, mirando hacia el cielo infinito volvía la Edain, y paulatinamente pero decidida, levantó la voz.
-Ha llegado la hora compañeros, en que debemos dejar todo en la batalla. ¡Si bien no les puedo asegurar su vuelta a casa, sí les puedo decir que luchando ganarán la gloria y el honor! ¡Así que nada más luchen por lo que creen, defendiéndolo con sus espadas y armas!- Naevian levantó con fuerza su espada, y mirando directamente a la compañía enemiga dio la orden de partida.
Así dio por comienzo la batalla, sin desechar ningún segundo todos estaban concentrados en no dejarse herir por el enemigo, pero éste era fuerte e imponente. El nivel de ambas compañías era muy parejo lo que desencadenaría una batalla ardua y sangrienta. Aquel enfrentamiento de las huestes fue como el choque de dos olas.
En un lugar se encontraba Arian, luchando sin tregua, dando golpes con su espada a sangre fría, no importando quien se pusiera enfrente de ella. En su valentía y habilidad no era la única. Junto a ella otros como Aranur, Sulankalie y Naevian que también demostraron estar en plena potestad de sus habilidades y le hicieron honor a sus puestos de capitanes.
Aconteció que si bien en un principio hubo muchas bajas de tercanos, un tiempo después parecía que la historia se volcaba a favor de ellos. El cansancio fatigaba a los oponentes invasores, sin duda el llegar a las tierras de Tercano Nuruva era trabajo difícil por los peligros que asechaban y que solo alguien autóctono de la zona podía lidiar sin problemas con ellos.
Ahora un extraño coraje se apoderaba de los corazones de los tercanos y aunque la mayoría tenía leves, o graves heridas peleaban como si esto no les incomodara. Pero en el suelo ya había mucha sangre derramada y probablemente nada bueno crecería en aquel lugar.
Arian se perdió de la vista de Naevian, y esta no advirtió el problema por el cuál debería estar pasando. Lo que sucedía era que en el centro del combate se encontraba Arian, esgrimiendo su espada, no importando quien se pusiera enfrente de ella. Pero la cantidad de contrincantes que fueron hacia ella la superaba 10 veces y sus fuerzas fueron diminuyendo. No se dejaba vencer, pero la tenían rodeada. El golpe de su espada era efectivo, mas aquello no la ayudaba puesto el número de oponentes.
Pero por suerte Sulankalie notó la ausencia de su compañera y comenzó a buscar a Arian entre los hombres que continuaban en batalla, pero no la encontró. La llamó por su nombre, mas sus gritos fueron apagados en la gran batahola que acaecía.
Creyó escucharla, volvió su cabeza y la encontró a la merced del enemigo y su angustia se transformó en ira; en un instante logró salvarla de sus captores y la llevó de la mejor forma que pudo hasta un apartado, donde más que nada había cuerpos inertes de ambos reinos. En cuanto se aseguró de que Arian estaría bien allí, dispuso a seguir peleando.
Ya, cuando caía el rojo atardecer, no había muchos soldados del reino atacante que se encontraran en buenas condiciones para luchar. La mayoría se encontraba herido o muerto, pero se distinguía por sobre los demás aquel elfo, uno de los capitanes con el cual había hablado Naevian anteriormente, por la solución diplomática. No se dejaba vencer por sus oponentes, aunque estuviera sin fuerzas, cosa que merecía una cierta admiración.
De cualquier forma, la batalla había terminado con la victoria de los combatientes del clan defensor, Tercano Nuruva. Los derrotados procedían a hacer su retirada de la ciudad sin interrupciones. Los caídos fueron apilados en algunos lugares para proceder al conteo de cadáveres y registrar los nombres de hombres que habían caído con honor y gloria defendiendo lo que amaban. Los heridos de gravedad, que no eran pocos, fueron llevados a pequeñas tiendas de campaña donde fueron atendidos con medicina élfica. Entre ellos estaban Arian con una puñalada en la pierna, y Naevian, a quien en los últimos momentos de la batalla, el frío filo de una espada había penetrado la carne de su hombro. Pero ambas parecían evolucionar bien de la gravedad de sus heridas.
Aranur se encargó de mandar un mensajero hacia el norte, para que diera a conocer todos los acontecimientos ocurridos en aquellos días y por supuesto de la gran victoria obtenida por los guerreros tercanos.
Poco tiempo después, recibieron refuerzos de alimentos y medicinas. Los que estuvieron listos para partir no perdieron la oportunidad y lo hicieron sin demora. El recibimiento de estos, como se puede esperar, fue de gran alegría para casi todos.
[Editado por Naevian el 18-02-2005 17:42]
Lairelossë
La marcha del ejército era silenciosa, pues se preveía un enfrentamiento inminente con las fuerzas de Tercano Nuruva. Eran momentos tensos, donde se recordaba a los seres queridos que habían dejado en sus hermosas tierras y que muchos no volverían a ver en vida.
Recordaban la tarde de la partida, cuando el pueblo les había despedido con honores y con respeto, pues su empresa sería difícil, pero la situación requería de la intervención, ya que el reino de Tercano se mostraba hostil frente a otros pueblos libres y no podía consentirse tamaña insolencia. Y ahora se agolpaban estos recuerdos en las mentes de todos los soldados, pero no debilitaban su espíritu, pues les infundían un animo y una fuerza considerable para luchar por sus ideales frente a ideas extrañas que ponían en peligro a aquellos a los que más querían.
Así avanzaban por las proximidades de los territorios enemigos, siendo en ocasiones sendas de difícil acceso que presentaban problemas para su avance, puesto que aunque contaban con mapas de la zona, éstos no reflejaban todos los contratiempos que podrían encontrarse en su avance, tales como pendientes de difícil ascenso para los jinetes, o rocas desprendidas de los desfiladeros, aunque se podían solucionar con la ayuda de los ents que les acompañaban en su lucha por el bien, siempre del lado de la luz.
A la salida de Isil, mientras se formaba una guardia de soldados para velar por la seguridad del campamento, en una pequeña carpa los capitanes meditaban sobre lo que podría suceder en el siguiente día.
- Mañana el enemigo entenderá que sus acciones acarrean una serie de consecuencias -sentenciaba Findelion, mientras golpeaba el mapa que se hallaba sobre la pequeña mesa en el centro de la tienda-. Y su sangre regará sus tierras como pago por sus viles acciones.
- La guerra no constituye ningún remedio contra las afrentas -le interrumpió Nyárel, con un gesto triste en su rostro-. Con ella todos pierden, y para los que queden aquí sólo habrá malos recuerdos de lo que se viva.
- Aún así, nuestro pueblo ha de atacar antes de que seamos atacados, para defender a los habitantes de nuestro reino -concluyó Findelion.
- Ya sé que la guerra nunca es buena para nadie, pero en estos momentos se hace necesaria –interrumpió Malenril-. Nuestros aliados están siendo atacados continuamente, y nosotros debemos ayudarles. Además, ¿Quién sabes si nosotros somos su próximo objetivo? Asolarían nuestras tierras sin escrúpulo ninguno, sin reflexionar sobre sus acciones.
- Siempre pensé que la mejor defensa era un buen ataque –precisó Findelion-. Entonces lo que debemos pensar ahora es qué estrategia deberíamos utilizar. Yo propongo lanzar un golpe contundente: si los entes colocan en la avanzada, las demás fuerzas sólo tendrían que vérselas con un ejército ya diezmado.
- No estoy de acuerdo, Findelion –rebatió Nyárel-, con el clima que tenemos aquí, y más después del largo viaje desde Eithel-Glîn, los ents se mueven de forma mucho más lenta. Además ellos cuentan con la ventaja de conocer el terreno: ¿Y si pretenden que caigamos en una emboscada?
- Coincido contigo, Nyárel, un ataque directo en su territorio sería suicida –Malenril observaba concentrado el mapa y trazaba con los dedos las rutas que podría seguir su compañía-. Findelion, ¿mandaste exploradores para controlar al enemigo?
- Por supuesto, capitán, mañana a más tardar volverán con noticias para nosotros.
- Y, o mucho me equivoco, o vendrán diciendo que ya nos esperan –interrumpió Nyárel.
- En ese caso –decidió Malenril-, mañana avanzaremos en búsqueda de un territorio que nos permita desplegar nuestras fuerzas. Colocaremos a los ents en la retaguardia y en los flancos, para prevenir que nos ataquen por ahí. La primera línea de la ofensiva constará de la infantería, a pie y a caballo, comandada por Findelion y por mí –el susodicho asintió-; y detrás se situarán los arqueros, con Nyárel al mando –la elfa también se mostró conforme con su decisión.
En la mañana, un tibio sol comenzaba a hacer su aparición en un cielo despejado, y comenzaba a despertar a todo el campamento con su tenue luz. Al cabo de poco tiempo todo el campamento estaba dispuesto para el ataque que se produciría de manera inminente; y el miedo se apoderaba, de manera comprensible, de los ánimos de los soldados. Pero unas palabras de sus capitanes fueron suficientes para inspirarles un valor que llevaban en sus corazones, y que el miedo a lo desconocido había cubierto con un negro velo.
- ¡Pueblo de Eithel-Glîn! –comenzó su arenga el capitán Malenril-. Hoy nos enfrentaremos a nuestros enemigos y sabemos que ante una guerra es difícil mantener la calma y los nervios, pues es una situación que inspira miedo al más valiente. No sabemos a lo que nos enfrentaremos, y no podemos predecir el resultado de la batalla por todo el desconcierto que la envuelve. ¡Pero recordad a vuestros amigos y familia que habéis dejado en vuestras tierras! Pensad que si permitimos a Tercano que persista en sus acciones, posiblemente su sangre se derramará sin ningún escrúpulo en una lucha desigual que pocos podrán contar. ¡Pensad en ellos, y que su amor sea vuestra fuerza; pues en este momento, y en este lugar no estaremos solos: contamos con el sentimiento y la fuerza, el amor y el valor, la esperanza y la bondad de todos y cada uno de los habitantes de nuestro reino que ha renacido de sus cenizas y que hoy luchará por su libertad!
Las palabras del capitán inspiraron a las tropas, que recobraron su coraje y así emprendieron el viaje en busca de su destino y del que quizás muchos no volverían.
Al comienzo de la tarde ya habían encontrado un buen lugar desde el cual esperarían a sus enemigos. Tal y como se temían, los exploradores mandados por Findelion volvieron contando que el ejército Tercano no se encontraba lejos e iba directamente a su encuentro; además la batalla se presentaría con superioridad numérica favorable a la compañía de Tercano Nuruva.
Para un mejor ataque y defensa la compañía de Eithel-Glîn se colocó en filas consistentes, con los ents en la retaguardia y en los flancos, los arqueros en segunda línea y la infantería delante; tal y como se había acordado la noche anterior.
Justo cuando Anar alcanzó su cenit el rival hizo su aparición, imponente, recortándose contra el horizonte en el campo de batalla. De repente un solitario jinete avanzó hacia un punto medio entre los dos ejércitos, donde bajó de su caballo y se colocó mirando fijamente al capitán Malenril. Éste, que había dado orden de no atacar hasta saber las intenciones del jinete, comprendió que lo que pretendía era parlamentar y hacia él se dirigió. Al llegar descubrió que se trataba de Naeviän, la capitana de la compañía Tercana, que buscaba una negociación para no llegar a las armas.
Malenril expuso su respuesta, defenderian sus tierras y a sus aliados, pues no se arriesgarian a que las gentes de Tercano los atacaran una vez acabada la guerra con Concilio.Naeviän acepto y comenzo a cabalgar en direccion a su ejercito.
El elfo volvió a sus filas y tras relatar lo ocurrido a sus tropas se prepararon para el ataque que sin duda seria inminente y duro para ambos grupos. Los tres capitanes se miraron una última vez antes del ataque, y dijo Malenril:
- Luchad por nuestros seres queridos, por nuestras tierras y por nuestros ideales; pero no arriesguéis vuestras vidas en vano –Findelion y Nyárel asintieron, y se dirigieron rápidamente a sus respectivas posiciones al frente de los distintos batallones.
Comenzó entonces la cruenta batalla, en la que las bajas pronto aparecieron para ambos ejércitos. La caballería de la Alianza se lanzó arrasando todo a su paso mientras que los arqueros lanzaron una descarga de flechas que dejaron atrapadas entre ellas y los jinetes a las primeras filas de Tercano. Pero su respuesta no se hizo esperar, y el ejército de Eithel-Glîn sufrió sus primeras bajas.
Parecía al principio que a pesar de la superioridad numérica de Tercano la balanza se inclinaba hacia los soldados de la Alianza. El primer ataque había sembrado confusión entre los Tercanos; y los ents, pese a la debilidad que sufrían a causa del clima, hacían que sus enemigos no pudieran reorganizarse.
De repente, los Tercanos comenzaron a mostrar un coraje digno de mención y consiguieron abrir una brecha en el ejército de Eithel-Glîn arrebatándoles así la casi conseguida victoria. La situación se tornó insostenible para el ejército de la Alianza, ya que las bajas iban en aumento y no podían hacer nada para evitarlo. Entonces ocurrió algo insólito, el ejército de Tercano comenzó a batirse en retirada mientras los soldados de Eithel-Glîn quedaron asombrados por este hecho; los capitanes enemigos, al ver que la batalla les era favorable decidieron retirarse y ahorrarse bajas innecesarias.
Eithel-Glîn no había ganado la batalla, pero tampoco la había perdido. Esto infundió valor en el corazón de sus soldados, que afrontarían las siguientes batallas con más ánimos. Pero eso ya lo verían más tarde, de momento tenían cosas que hacer. Fue entonces cuando los capitanes comenzaron a ocuparse de importantes asuntos.
Nyárel se prestó pronta a dar auxilio a los heridos mediante sus dones de curación, aunque no todos tendrían un remedio a las graves heridas que presentaban sus cuerpos. No obstante, a ninguno de ellos les faltó una palabra de ánimo y aliento en aquellos momentos de angustia y sufrimiento de todos y cada uno de los presentes.
Findelion, por su parte, organizaba a aquellos soldados que no presentaban grandes heridas y que todavía podían defenderse con las armas para las labores de búsqueda de heridos y una serie de trabajos necesarios en aquellos momentos.
Y Malenril observaba atentamente el campo de batalla, recorriendo con su mirada cada porción de terreno donde la lobreguez y la muerte reinaban a sus anchas. Sucedió entonces, que un soldado que ayudaba en las labores de búsqueda de heridos, se encontró con un soldado rival, que agonizaba ya en sus últimos momentos de vida. En ese momento quiso matarlo cruelmente como pago por asesinar a sus compatriotas, pero Malenril le detuvo:
- Detente.
- Pero... -comenzó a argumentar el soldado.
- Comprendo tus sentimientos y tu rabia por las pérdidas sufridas, pero no es esa la manera en que debe acabar -y en ese momento el soldado expiró.- Ha luchado con honor, defendiendo sus ideales y a su gente, y no habría merecido un final tan mezquino. En la batalla han perecido hombres de ambos bandos, y todos han sufrido grandes pérdidas y serán vengados, pero no de esta manera. Quizás pronto nos encontremos de nuevo con éstos que han huido; y será entonces, si la situación así lo requiere, cuando volveremos a enfrentarnos, y lo haremos en otras condiciones. Pero ten siempre presentes tus ideales y no los traiciones nunca. Será ésta la manera en la que demostrarás cuál es la mejor postura en esta batalla.
Pronto todo estuvo listo para la partida, y mientras los soldados avanzaban llevando tanto a sus heridos como a sus caídos sólo tres figuras quedaron mirando melancólicamente el campo de batalla manchado de sangre de amigos y enemigos.Si úmin i metta, si ná er i yesta , ésas fueron las palabras de Nyárel cuando los capitanes comenzaron el regreso a sus tierras. Palabras que se fueron con el viento...