Historia abierta.
Fin Guerra: Señores de Nurn deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 25
Armadas perdidas por \"Concilio de Nan-Tasarion\" = 27

Batalla C2 De Señores De Nurn Vs C2 Del Concilio De Nan Tasarion
Terminada Tras aquella loma estaba de nuevo el mar. Subieron con dificultad por un tortuoso camino de piedra y cuando llegaron a lo alto no vieron la inmensidad azul de siempre, sino que todo estaba borroso y difuso, como un cristal empañado por el vapor. La niebla cubría las olas y no dejaba ver nada más allá de la arena de la playa.
Dunnak se sorprendió ante esa visión y ,ciertamente, aquello la decepcionó un poco. Esperaba poder ver de nuevo el mar después de muchas jornadas de marcha continua y frenética por bosques y mesetas. Ansiaba ver de nuevo aquel océano azul oscuro que bañaba también las costas de Nurn, porque aún siendo una criatura oscura, desde siempre le había fascinado la contemplación del mar. No comprendía del todo aquellas prisas, pero bien sabía que el corazón de los elfos, y más de aquellos oscuros a los que seguía, portaban designios extraños y sus mentes tomaban decisiones a veces incomprensibles para ella.
Allí permaneció erguida un rato, olisqueando la brisa marina, mientras los demás terminaban de llegar hasta su posición. Había sido la primera en llegar hasta la cima de la colina, con su correr ágil y rápido. Su mirada oscura se perdía ahora entre las brumas que tenía frente a ella y con la misma intentaba traspasar aquella niebla y poder ver hacía donde se dirigían sus pasos y los de toda aquella interminable fila de soldados, que ahora comenzaban su subida a la loma. Por más que lo intentó, no pudo vislumbrar nada más allá de las nubes que cubrían el mar, y le pareció que aquel tenía que ser el confín del mundo, tras el cual ya no hay nada más, púes así de impenetrable era aquella bruma para sus ojos. Al poco rato esto dejó de preocuparle y su curiosidad se apaciguó, le daba igual lo que hubiera más allá, seguiría a su dueña hasta la blanca y terrible Valinor si ella así se lo pidiese. Y se limitó a disfrutar con el sonido de aquellas olas invisibles rompiendo en la playa cercana y a sentir como el viento fresco de la mañana le revolvía su pelaje negro.
Notó el tacto de una mano fría sobre su cabeza. Era su dueña quien se la acariciaba con suavidad tras llegar a la cima de la loma tras ella. Giró su cuello y alzó la vista para mirarla y ver como su mirada se perdía también entre la niebla, aunque la elfa si parecía vislumbrar algo tras las mismas y permanecía pensativa y murmuraba algo en voz baja. Dunnak alzó sus largas orejas y aguzó su oído, pero tan sólo pudo escuchar extrañas palabras en un extraño idioma desconocido para ella. Una nueva mano, igual de fría que la anterior fue paseandose por su peludo lomo repetidas veces con fuerza hasta que se separó del mismo después de darle una palmada en la cerviz. Se giró en su dirección y vio que se trataba de otra elfa de mirada penetrante. Allase y Lómine hablaban animadamente de pie, una a cada lado de la loba.
Puesto que Dunnak era una loba, una loba oscura del norte. Era joven, aún para las cuentas de los de su especie, pero su vida había sido azarosa y aventurera desde que abandonó los bosques de su niñez y unió su vida y su destino al de aquella a la que llamaba \"su dueña\". Allase la había encontrado hacía ya algunos años perdida y desorientada por el yermo y la adoptó como su compañera fiel, puesto que la elfa tenía ese extraño don de los eldar con los animales.
Dunnak se alejó de las dos elfas y anduvo entre los soldados que comenzaban a atravesar la cima de la colina en dirección a la playa. Se entretuvo mirandolos un rato y se preguntó cuantos de ellos volverían a ver Nurn y cuantos dejarían sus vidas en aquella expedición de venganza. Puesto que aquella compañía nurnita se dirigía a Losselen Tirion en persecución del maltrecho ejercito tasariano que había osado atacar días antes el puerto militar de Grishûl Faal. Durante toda la marcha de acoso al ejercito enemigo Dunnak había podido ver las largas hileras de tumbas que iban dejando estos tras de sí y que contenían los cuerpos sin vida de todos aquellos heridos que no pudieron resistir el duro y triste camino de regreso a sus hogares. Extraña costumbre aquella de enterrar los cadáveres de su congéneres muertos la que tenían algunas razas de Haldanori, le pareció a la loba. Aún así disfrutó junto a los orcos del festín que significó mancillar las mismas, aunque semejante acto tan sólo fue permitido en pocas ocasiones por los capitanes de Nurn, y no por misericordia y respeto a aquellos muertos, que no la conocían, sino por la celeridad con la que querían llegar a tierras de Nan Tasarion.
De pronto se encontró arremolinaba entre las patas de un gran caballo negro. Le era muy conocido, llevaban ambos mucho tiempo junto a sus amos. Del mismo descendió una figura ataviada de negro por completo. Dunnak se acercó tímidamente a la misma esperando sus caricias pero, una vez más, aquel elfo oscuro la ignoró por completo. Ni una sola vez había mostrado interés por ella Andir Moredhel, más bien no lo había mostrado nunca por ni uno solo de sus cientos de siervos, y la loba se limitó a seguir sus pasos cadenciosos y enérgicos hasta que llegó junto a Allase y a Lómine.
Vio como hablaron un rato en voz baja, tranquilamente, sin aspavientos y al instante volvieron los tres a sus monturas y se apresuraron en bajar la colina en dirección a la playa. Dunnak los siguió a la carrera pasando como una exhalación entre las prietas filas de orcos que acarreaban grandes estructuras de madera que luego les servirían para construir las barcazas con las que cruzarían el estrecho que les separaba de la isla de Losselen Tirion. Una vez llegados junto al agua la loba pudo distinguir la espuma de las olas, pero era tan inescrutable la niebla que apenas pudo distinguir nada más. Al otro lado de aquel angosto estrecho se encontraba la ciudad tasariana donde se habían refugiado los supervivientes de la batala de Grishûl Faal, y hacía allí dirigían sus pasos las huestes oscuras.
La travesía fue algo anárquica. Las bestias de Nurn y los propios orcos se movían nerviosamente encima de las barcazas y las hacían zozobrar con frecuencia. Andir gritó amenazadoramente varias veces pidiendo tranquilidad, pero las criaturas de Morgoth no eran amantes de las aguas, pues temían a Ulmo más que a nada y apenas lograron contener sus nervios hasta que el capitán de Nurn dio ejemplo arrojando a un orco con fuerza al mar y dejandolo abandonado a su suerte en medio del mar. En medio del enmudecimiento general de la tropa Dunnak se acercó a la popa de la barcaza y miró como aquel pobre desgraciado desaparecía en medio de la bruma entre gritos espantosos de terror. Finalmente dejó de oírlo a los pocos segundos. Se había ahogado.
Tras el escarmiento la travesía se hizo en completo silencio y arribaron finalmente a la otra orilla sin más incidente, produciendose el desembarco con diligencia, pues la tropa estaba ansiosa por quedar fuera del alcance del Señor de las Aguas. Dunnak fue a reunirse con Allase quien organizaba ya las filas y se había puesto a cabalgar al frente de ellas. Daba órdenes con gran firmeza y temple señalando siempre en dirección a la ciudad invisible a la que se acercaban con celeridad.
Losselen Tirion apareció como una visión, en medio de la niebla, cubierta por el silencio y la niebla, que le daban un aspecto fantasmal. No había risas en su interior y las voces habían cesado tras sus muros en cuanto se oyeron los cuernos de guerra nurnitas. Dunnak olisqueó el ambiente y notó como el ambiente se cargaba por momentos, podía percibir la tensión, la calma que siempre precede a la tempestad. Nunca había entendido la solemnidad que practicaban las razas de Haldanori ante la batalla, para los de su especie el morir o el matar era algo natural, pertenecía a su esencia, y no recordaba que jamás hubiera seguido esas pautas antes de un combate en los bosques frente a otra criatura. No había nada ceremonioso en la lucha, pensó mientras seguía a su dueña entre los grupos de soldados que se aprestaban para la batalla inminente, simplemente se mataba o se moría. Así de simple era el pensamiento de los lobos.
A una indicación de Allase corrió tras Lómine, quien se acercaba a los muros de la ciudad. Su silueta pronto se perdió entre la espesa niebla circundante y tan solo acertó a oírla gritar en medio del silencio sepulcral que lo cubría todo en aquellos instantes.
- ¡ Habitantes de Losselen Tirion!.- comenzó.- Se os da la oportunidad de rendir la ciudad ahora o ver como esta se consume con los fuegos de Nurn. Se os permitirá abandonar la misma sin enseres ni ningún tipo de efecto personal. Esta oferta debe ser inmediatamente contestada o ya no habrá esperanza para vosotros.
Silencio. Nadie respondió a las palabras de la elfa oscura desde los altos muros de la ciudad. Tan sólo el sonido de muchos arcos tensados y el silbar de cientos de flechas rompió el mismo.
Pero todas erraron el blanco, puesto que no podían ver desde donde les hablaba Lómine. A esta la cubría totalmente un manto de niebla y pudo esquivar con facilidad los pocos dardos tasarianos que pasaron cerca de ella. Se giró sobre si misma y espoleando su caballo gritó de nuevo dirigiendose a la ciudad.
- ¡ Vuestra insolencia y vuestras flechas cobardes han dictado vuestra sentencia!. Habéis decidido seguir a vuestro Duque loco... no viviréis pues para contarlo. A sangre y fuego, así se forjará el destino de vuestra ciudad, agradecedselo a él y a su locura.
Y dicho esto volvió junto a los demás capitanes, mientras Dunnak la seguía y se situaba junto a Allase, que no paraba de dar ordenes a sus soldados, aunque esto no le impedía prestarle atención a su loba, y de vez en cuando le acariciaba la cabeza con delicadeza mientras continuaba gritando en medio de los orcos.
El asaltó comenzó muy rápido. La maquinaría de guerra traída por los nurnitas pronto se vio como insuficiente. Las prisas de la partida en pos de los tasarianos habían hecho calcular mal el número de los mismos que eran necesarios para atacar Losselen Tirion. Dunnak se movía nerviosa entre los soldados y de sus fauces babeantes ya, salían aullidos terribles de cólera hacía el enemigo. Era su condición natural y no podía evitarlo, el olor a sangre inminente la transformaba en lo que era realmente... un animal...
El ataque a las murallas de la ciudad fue rápido y costoso en vidas, ninguno de los dos bandos tenía visibilidad suficiente como para intentar atinar con sus arqueros, así que estos se limitaron a lanzar indiscriminadamente sus saetas entre la niebla. Dunnak vio como muchos orcos iban cayendo a su alrededor, muchos de ellos con flechas empenachadas de negro, las de Nurn. Así de paradójica le pareció la guerra de las razas de Haldanori, en la que se podía morir en manos de tus propios compañeros. La refriegas de su raza eran más puras, el enemigo era todo aquel que no fuera de tu propia raza.
Subió por una rampa de madera colocada sobre los muros de la ciudad y se dispuso a acompañar a su dueña en el ataque a los mismos, en la lucha cuerpo a cuerpo, que era la que mejor entendía Dunnak, y la que más le gustaba, la más acorde con los de su raza. Allí la batalla se hacía cada vez más dura, puesto que los tasarianos, sorprendidos en principio por la furiosa acometida nurnita, habían recuperado el ánimo y defendían sus vidas y sus casas con determinación. Los cuerpos caían a ambos lados de la loba y esta no se detenía siquiera a segar las moribundas vidas de aquellos, sino que todo su proposito era acompañar y defender a su dueña. Las fauces babeantes, la mirada encendida, el apetito asesino despertado; todo la hacían un enemigo formidable para cualquiera que se cruzaba en su camino y muchos enemigos se detenían en mitad del fragor de la batalla y se quedaban asustados ante aquella terrible visión que surgía en mitad de las nieblas de Losselen Tirion. Era en aquellos instantes la viva imagen de Carcharoth, aquel de los de su raza que portó una vez un Silmaril en sus entrañas.
Un espiritú maligno se apoderó entonces de Dunnak, siempre le ocurría en la batalla, se transportaba a un estado de inconsciencia dentro del cual parecía no tener mesura ninguna. Solo entonces era una loba en estado puro. Y aquella loba de pelaje negro como la traición, mojada por la niebla y con la mandíbula desencajada de cólera, comenzó a destrozar a todo aquel que osó interponerse en el camino de Allase. Entre ambas abatieron a infinidad de enemigos mientras, a su lado, la otra capitana de Nurn, Lómine, hacía lo propio acompañandolas en aquella orgía de sangre y muerte que era aquella batalla.
Pero pronto se vió que no tomarían la ciudad aquel día. La resistencia era mucha en los muros y el arrojo de los tasarianos se incrementaba por su miedo a la victoria nurnita, pues bien sabían que estos no hacían prisioneros de entre los soldados. Y aquel miedo les hacía luchar con mayor bravura y les hacía olvidar la vergüenza de ver como Nurn asaltaba una ciudad en el propio país de los sauces. Y allí lucharon con denuedo, espada contra espada, según pudo ver Dunnak de reojo durante la refriega, Andir Moredhel y el Duque Arioch. Y un gran círculo de combatientes de ambos bandos vieron aquel combate singular, sin atreverse siquiera a molestar con su presencia a ninguno de los dos contendientes. Ambos se batían con maestría, y cuando el de Nurn parecía cobrar ventaja, era el tasariano el que se recupera contraatacando con habilidad. Así estuvieron varios minutos en los que pareció detenerse la batalla. Nuevas fuerzas de refresco enemigas aparecían en el lugar provenientes de la ciudadela del puerto. Aún así el combate continuó igualado hasta que Andir levantó su brazo. Todos quedaron expectante. Fueron instantes, pero parecieron edades enteras. Con un grito que hizo enmudecer a todos los allí presentes ordenó la retirada a los suyos, mientras Arioch ya se encontraba fuera de su alcance y una interminable fila de enemigos los separaba.
Comenzó el repliegue, la escuálida victoria había caído, una vez más, del lado de Nurn. Pero no habían logrado tomar los muros de Losselen Tirion, su objetivo, aunque al menos habían mermado considerablemente las fuerzas de defensa de la ciudad tasariana. Pronto estuvieron casi todos fuera del alcance de la lluvia de flechas del Concilio que se lanzó mientras el ejercito oscuro se replegaba en dirección a su campamento. Algunos no pudieron escapar de las mismas y cayeron en la tierra embarrada por la humedad de la niebla. Afortunadamente, Dunnak y los capitanes lograron ponerse fuera del alcance de las mismas con diligencia y ya caminaban lentamente hacía su vivac.
La loba no entendía la estrategia guerrera de las razas de Haldanori. Su instinto la hubiera llevado a acabar con el enemigo aún a riesgo de ser aniquilada por el mismo, así eran los de su especie. Nada entendía de la manera de pensar en la guerra de los elfos, y ya hacía tiempo que había renunciado a ello. Cuando llegaron junto a sus tiendas, en el centro del campamento, se detuvieron y los tres capitanes se miraron en silencio. Tan solo Andir desandó algunos de sus pasos y fijó su vista en la fantasmagórica imagen de la ciudad envuelta en nubes. Murmuró para sí mismo algo que Dunnak no acertó a oír a pesar de que se había acercado al elfo oscuro. Y esta vez obtuvo su recompensa.
Andir Moredhel le puso la mano en su cabeza y le acarició con fuerza su pelaje oscuro ensuciado por el barro y la sangre enemigas.
Jueves 10 Nínui, año 3262 de la Segunda Edad del Sol
Por fin hemos alcanzado la costa de Thagastirion, la esbelta figura de la torre blanca se puede divisar entre las brumas matinales; atrás queda nuestra penosa marcha de regreso a casa. El goteo de hermanos caídos durante la travesía hace que nuestros corazones y pasos pesen cada vez más, pero en estos últimos días la marcha ha sido mucho más sombría y desesperada. Nuestros rastreadores nos han informado que el enemigo nos acosas desde el Norte: han abandonado la ciudadela y han salido en nuestra persecución, el cazador se ha convertido en presa, pero aun así me queda el consuelo que la presa herida es siempre la más peligrosa de cazar.
La guerra ha llegado a nuestras fronteras y ahora no lucharemos en lugares apartados, de verdes praderas, espesos bosques o áridas tierras, tendremos que luchar a pie de calle, defendiendo los muros de nuestra ciudad.
Y en esta fría y oscura noche bajo la tenue luz de la luna, y el tenue resplandor de las estrellas, mientras espero el transporte que nos llevara hasta la torre blanca, concentro mis pensamientos en mi mujer e hijos, esperando el momento de poder estrecharlos entre mis brazos y sentir su calor junto a mi corazón herido y fatigado, recordando así que lucho por ellos, que con cada nuevo amanecer puedan seguir disfrutando de la vida que sus risas nunca se tornen en llanto y su alegría en lamento.
Viernes 11 Nínui, año 3262 de la Segunda Edad del Sol
Hoy por fin he podido volver a ver mi mujer Eldariel y a mi hijo Eldacar, he podido disfrutar de unos momentos de paz y alegría con los mios. Al atardecer volviendo de mi breve permiso, la visión triste y pálida de la torre me ha sobrecogido, las banderas y pendones de los torreones ondeaban a media hasta, el cielo estaba encapotado con nueves de tonalidades grises que denotaban una inminente torment. Dejaban tan solo escapar algunos tenues rayos de sol del atardecer, y un frío viento procedente del norte comenzaba a soplar con fuerza. Bajo este clima adverso me he dirigido a los barracones de mi compañía para recibir órdenes. Hoy más que nunca han tomado un significado especial las palabras que hay escritas en el arco de la entrada:
“Bebe profundamente de la victoria y recuerda a los caídos”
Por todos aquellos que han dado su vida, los que hoy no han podido volver a abrazar a sus seres queridos. En eso se han concentrado mis pensamientos durante toda la guardia nocturna, en los compañeros que tantas guardias habíamos compartido, las trifulcas y juergas en la taberna, y por todos los otros momentos buenos y malos que hemos disfrutando juntos.
Sábado 12 Nínui, año 3262 de la Segunda Edad del Sol
Reuno fuerzas para escribir estas pocas palabras en mi diario, pues me temo que estoy agotado. Los años hacen mella en mí, parece. Hoy hemos comenzado a preparar las defensas de la ciudad: un auténtico desastre. Las murallas, en muchos puntos derruidas, se desplomaban o lo intentaban al aplicarlas un peso demasiado grande, como el de una balista o una catapulta.
Me encomendaron junto a otros pocos el saneamiento y preparación de un torreón. Debo decir que me sorprende la cantidad de basura, herrumbre y hedor asesino puede concentrarse en un simple recinto circular.
Nuestra tarea parecía sencilla en un principio, cuando nuestro capitán nos encomendó la labor. Sin embargo, una vez allí, resulto que el destrozo de muebles y piedras era tal—seguramente debido a una piedra de catapulta—que por poco no se nos vino el piso encima. Finalmente logramos dejar el lugar limpio, sobre la hora posterior al almuerzo.
Las fuerzas me vencen, así que seré breve. Realizamos muchas tareas más, como ayudar a transportar armas de defensa (catapultas o balistas), reparar los bloques sueltos del muro, los cuales eran considerablemente numerosos, y diversas labores más.
Me despido del diario por hoy; el cansancio ya es demasiado para mí. Esperemos que el día de mañana sea más propicio.
Domingo 13 Nínui, año 3262 de la Segunda Edad del Sol
Mis plegarias no fueron escuchadas. Hoy ha sido un día casi peor que el anterior; las nubes se arremolinaban en torno a la ciudad, dando una sensación de tristeza y soledad como pocas veces he visto.
Me temo que la desesperación nos consume las entrañas y el corazón. Los capitanes pasan a veces por nuestros puestos de vigilancia, dando ánimos y palabras de esperanza. Muchas veces me pregunto cuántos de los que escuchamos podremos ver un nuevo día.
El día ha pasado lento y tortuoso; parecía que las crueles arenas del tiempo y el ejército de Nurn se habían aliado para desalentarnos. Mi único consuelo lo suponen mi bella Eldariel y mis dos buenos hijos, aunque las lágrimas luchan por salir cuando me pregunto si los volveré a ver. Es una sensación difícil de describir en las páginas amarillentas de este mi buen diario: el desaliento, los pensamientos siempre negros y oscuros, la sensación de desprotección y de invalidez, de desesperación y premura, de intranquilidad y nerviosismo. La ciudad está más silenciosa que nunca, y sin embargo el malestar se huele, se oye, se siente, se saborea en el aire.
Me despedí de la familia por la mañana... no quiero hablar de ello. Es demasiado triste y emotivo para volverlo a repetir, sea en habla o en tinta, y me temo que las lágrimas convertirían este texto en un barrizal.
Dormiré en el torreón que ayer limpiamos mis compañeros y yo. Sûledon, mi más fiel y mejor amigo, estará conmigo a la hora de combatir.
--------
No puedo conciliar el sueño. Me temo que mi corazón de viejo guerrero bombea demasiado rápido para que pueda tranquilizarme. Sûledon y mis buenos amigos tampoco duermen, lo sé por el ocasional destello en las cuencas de sus ojos. He comido algo y he rezado para que los Valar sean propicios con mi familia. Mañana la tropa de Nurn estará aquí. Por si no regresara, adiós a todos, adiós a Eldariel, mi amada; mi cariño hacia ti nunca se extinguirá entre los brillos de las espadas y los gritos de los moribundos.
Adiós a mis hijos, adiós a Nan-Tasarion, y adiós a todos aquellos que merezcan mis despedidas.
Mañana se cumplirá mi destino.
Lunes 14 Nínui, año 3262 de la Segunda Edad del Sol
La espesa niebla y el mal tiempo parecen haberse conjurado contra nosotros; no podemos ver al enemigo, el cual se resguarda tras la bruma que rodea la fortaleza. Aun así podemos notar en el ambiente su presencia, su olor llega hasta nosotros, es el olor de la sangre y la muerte, algo que ya he sentido antes en otras batallas.
A mi mente acuden imágenes que se esconden tras la niebla, batallones de orcos, largas filas una tras otra, esperando la orden de batalla; el sonido de los cuernos les dará coraje y fortaleza y si su voluntad se quiebra será el látigo de su amo lo que evitara que retrocedan. Sea como sea, han venido aquí para traer la destrucción, el sufrimiento y dolor. Son seres que no conocen la piedad, y me temo que no habrá respiros.
El silencio y esta tensa espera comienzan a hacer mella en mí y en mis compañeros; cada vez la batalla está más cerca. Veo la imagen del Duque sobre el portón principal escudriñando el campo de batalla, a su lado puedo ver a Silme, la elfa pelirroja, al mando de los arqueros que se despliegan por toda la muralla. De repente todos alzamos la cabeza.
Por todo el campo de batalla se podía escuchar clara y vibrante una voz; sus palabras parecían amables y gentiles, prometiéndonos clemencia y un salvoconducto para nosotros y nuestras familias, tanto que muchos de nosotros cedimos a nuestra parte más egoísta y reflexionamos que era la solución más sensata. Entonces elevamos nuestra vista hacia el portón, buscando al Duque y esperando impacientes su respuesta.
Cuando al fin mis ojos se posaron sobre él su figura pareció crecer, disipando la niebla a su alrededor, proyectando una luz, que brilló clara y fuerte, como el resplandor del faro que brilla en la noche guiando a los bajeles. Sus ojos relampagueaban con fuerza.
Impacientes esperamos sus palabras, pero tan sólo obtuvimos un largo silencio. La duda parecía apoderarse de nosotros, e incluso el Duque sopesaba la posibilidad de rendirse…
Entonces me invadieron los recuerdos de mis compañeros caídos, \"así les pagaremos su sacrificio\", pensé. Ellos fueron fuertes hasta el final, lucharon por todo lo que es bueno y puro, y todo aquel que se interpuso en su camino murió bajo su acero.
A medida que estos pensamientos pasaban por mi cabeza, un fuego comenzó a crecer en mi interior. Al mirar a mis compañeros vi reflejado en sus ojos el mismo fuego y pasión que sentía en mi interior, el valor y el coraje se propagaron por todas nuestras filas y bajo la atenta mirada del Duque desenvainamos nuestras espadas y al unísono las alzamos al aire desafiantes; el Duque supo en ese momento que estábamos preparados.
Acto seguido el Duque se giró haciendo un ademán a Silme; posteriormente los arcos se tensaron y las flechas surcaron el cielo llevando nuestra respuesta al enemigo: si querían Losselen Tirion tendrían que acabar con todos nosotros.
Escribo estas palabras presurosamente; guardaré el diario en mi bolsillo, y si sobrevivo, daré cien gracias a los Valar por su clemencia.
Noche del Lunes 14 Nínui, año 3262 de la Segunda Edad del Sol
La contienda ha concluido. Escribo esto sentado en una cama, mientras un curandero lava mis heridas. Tengo una flecha clavada en el brazo, cuyo dolor es insoportable, y la sangre mana abundante por la herida.
Espero que las lágrimas no me cieguen mientras escribo estas pocas anotaciones. Sûledon, mi mejor amigo, fiel hasta su muerte, compañero fiero y sabio, consejero en tiempos oscuros, ha muerto en mis brazos. Un lobo negro demoníaco le desgarró el cuerpo y ya no hubo salvación.
No puedo reprimir el llanto, así que pospondré el relato de esta masacre.
Martes 15 Nínui, año 3262 de la Segunda Edad del Sol
Es curioso la forma en que me siento: abatido, enormemente triste, cansado y dolorido, y sin embargo una euforia se apodera de mí. Estoy vivo. Soy el único de mi escuadrón que ha sobrevivido.
La batalla se desarrolló durante casi todo el día. Los arqueros de Silme dispararon repetidas andanadas de flechas, y entonces el asalto comenzó. Llegaron saetas de muchos puntos distintos; una pasó a medio palmo de mi oreja.
El Duque organizó las tropas para la defensa del siguiente modo, según recuerdo: en el muro este, a la derecha del portón, se colocaron muchos hombres y campesinos, además de algunos enanos y arqueros de Silme.
En la cara oeste Manveru, un hombre recién llegado y admitido en el Concilio, que nunca había visto antes por estas tierras, se colocó él sólo únicamente con sus Dúnedain, según él los llamaba. El Duque se negó varias veces a dejar tan reducido número de hombres en toda una cara de la muralla, pero finalmente cedió, pues no había tiempo para la discusión.
Yo me encontraba en el torreón que ya he descrito, pegado a la muralla, por lo que pude contemplar muy bien el transcurso de la batalla.
Disparamos flechas sin cesar en lo alto de la torre, aunque muchas veces me paraba a contemplar, asombrado, el avance de tropas.
La hueste de orcos de Nurn corrieron, como enloquecidas, portando escalas, balistas y catapultas incendiadas, las cuales me aterraron, y dos grandes arietes con puntas de acero, hacia nosotros.
Los ballesteros de Nurn fueron los primeros en llegar, y respondieron con multitud de saetas al acoso de los veteranos arqueros de Silme, y muchos buenos elfos y hombres cayeron.
Pude derribar a varios soldados en su trayecto, aunque muchas flechas erraban el tiro, para mi desesperación. En la cara este las escalas ya habían llegado, y los elfos luchaban ya cuerpo a cuerpo contra los salvajes de Nurn. Era una auténtica masacre, y quedé ensimismado muchos segundos hasta que recuperara la razón.
En el ala oeste, los hombres de Manveru cantaban mientras disparaban con sus arcos, y muy pronto muchos nos unimos a este canto curioso, en una lengua extraña que no reconocí, aunque posteriormente me la nombrarían como \"adûnaico\". Comprendí enseguida que los hombres de Manveru eran profesionales entrenados muchos años en el combate y en las estrategias de la guerra, pues frente a los arqueros colocaron una línea de soldados, armados con enormes escudos de madera, los cuales paraban todos los tiros de Nurn y tenían pequeños agujeros por donde se podían disparar flechas con un amplio ángulo de tiro.
Manveru caminaba de un lado a otro, con un brillo asesino y vengativo en los ojos que me aterró, dando ánimos y apoyando a su reducido grupo de hombres.
Finalmente las escalas consiguieron llegar al la muralla oeste, y entonces los \"Dúnedain\" recurrieron al combate cuerpo a cuerpo. La primera línea de hombres arrojo abajo sus enormes escudos, y se prepararon para el combate.
Sin embargo las cosas iban mal. Pronto quedó claro la superioridad numérica y los orcos de Nurn avanzaron. Los Dúnedain, poco cómodos luchando en lo alto de una muralla donde cientos de flechas podían acabar con su vida, retrocedieron hacia dentro; mientras, en el ala este la batalla era en completo empate y duramente combatida.
Oí de pronto un gran golpe debajo de mí, y el pavor se adueñó de mi cuerpo. El ariete había llegado a la puerta. Corrimos hacia los calderos de aceite y derramamos el líquido hirviendo a nuestros enemigos; una técnica cruel, pero efectiva.
Finalmente no hubo más remedio que bajar a la ciudad. El ariete quebró la puerta y los orcos penetraron en centenares por la abertura, mientras los hombres ya comenzaban a perder la esperanza.
La marea de Nurn siguió avanzando por la ciudad, y cuando ya la flecha me había alcanzado y Sûledon se hallaba muerto bajo mis brazos, el Duque Arioch se enfrentó en duro combate con un capitán enemigo que no reconocí. Arioch portaba su armadura negra y su espada de combate, la temida Tormentosa, Hija de la Noche y el Fuego. Cuando ambos capitanes se encontraron sus ojos relucieron; era un combate que llevaban tiempo esperando, según entendí por su expresión. No pude ver más que algunos fragmentos, pero según compañeros que peleaban a su lado, no eran capaces de ver las espadas, sino simples sombras avanzando y retrocediendo entre ambos cuerpos; las fintas, estocadas, tiradas a fondo y los mandobles se sucedían por doquier. Los orcos trataban de ayudar a su capitán y atacaban al Duque por los flancos y la espalda, pero la Tormentosa los atravesaba en los movimientos del combate contra el capitán de Nurn. Si hacía una estocada en tertia que era rechazada, del mismo rebote decapitaba a un orco que se acercaba por su izquierda. Si lanzaba un mandoble con giro, al que le intentaba apuñalar por la espalda.
Fue entonces cuando nos llenamos de furia, al ver a nuestro ejemplar luchando sin descanso alguno, y si alrededor de los contendientes la batalla se detuvo, en otros sitios los orcos fueron duramente rechazados.
Por la zona este Silme y sus elfos se apostaron a lo alto de edificios y masacraron a sus enemigos; por la zona oeste los Dúnedain tomaron sus caballos del establo y cabalgaron hacia Nurn, aplastando a muchos a su paso.
De pronto me vi frente a un lobo negro, enorme, cuya mera visión me paralizó de terror. El lobo me olisqueó, disfrutando del temor que provocaba, y se preparó para saltar sobre mí.
Sin embargo una flecha de ninguna parte visible detuvo al lobo y lo asustó. Una mujer corrió hacia él, y ambos abandonaron el campo de batalla.
Los cuernos de Nurn sonaron repetidamente, anunciando retirada, y los orcos se apresuraron a abandonar la ciudad, que era recuperada con vigor por mis compatriotas.
Aunque nuestras bajas han sido un mínimo mayores que las de Nurn, para mí representa una gran victoria. Atacamos a esos desgraciados hace ya muchos días, fuimos rechazados, y los hombres de Nurn nos persiguieron; se han estrellado de lleno contra nuestros corazones.
Las fuerzas me abandonan ya después de esto, así que dejaré de escribir, por el momento. Sean pues abundantes mis agradecimientos a los Valar, que me han permitido vivir para ver crecer a mis hijos.
Fin Guerra: Señores de Nurn deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 25
Armadas perdidas por \"Concilio de Nan-Tasarion\" = 27
Nurn:
Armadas perdidas 25 x35 = 875
Recuperables = 583
Valoracion: 8
Recupera: 583x0,8=466.
Nurn tiene personajes heridos por un valor del 60%, por este concepto recupera 210 puntos.
Puntuacion final: 466+210=676
Penalización por retraso en la historia 2 armadas=70 puntos. (este concepto se suma al final puesto que las penalizaciones no son recuperables)
Recuperacion final 676 - 70=606 puntos
Pierde 269 puntos.
Concilio:
Armadas perdidas 27x35=945
Recuperables: 315
Valoración: 8,3
Recupera: 261
Pierde: 684 puntos.
Nurn cede al Concilio 100 monedas en concepto de retirada de batalla.
Nurn recibe 300 monedas en concepto de batalla ganada.
AMBAS COMPAÑÍAS HAN SIDO ACTUALIZADAS, Y ESTAN ACTIVAS POR LO QUE PUEDEN ATACAR Y SER ATACADAS.
Historia finalizada.