La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Batalla C2 De La Orden De Telpe Vs C2 De Tercano Nuruva

2005:02:25:01:15:31

Delisse Yestariel

Historia abierta.

Fin Guerra: Orden de Telpe deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 30

Armadas perdidas por \"Tercano Nuruva\" = 28

Gwyllion

Siete veces se hundió Anar en las aguas tibias frente a los dominios de Tercano Nuruva , antes que los habitantes de Nenîath fueran turbados por las armadas extranjeras.

Los vientos eran favorables para la navegación, sin embargo nadie se aventuró mar adentro estando aún tan fresca en la memoria la herida del combate anterior.

Poco faltaba para el mediodía y Narmoth estaba siendo atendido por una sanadora que con suma diligencia cambiaba las vendas de su hombro. La clavícula comenzaba a soldarse lentamente y el único vestigio de la antigua herida era una oscura costra.

Estaba mirando despreocupado por la ventana que daba al este, al tiempo que reprimía las ganas de gritar a causa de la molestia incesante del brazo, cuando vio un destello solitario en la lejanía. Se repitió dos veces más, y el elfo no dudó de su significado. Un par de segundos después estaba corriendo a través de la plaza de la ciudad y el extremo de la venda sin terminar de enrollar, flameaba con el roce del viento.

Ya sobre la entrada a las Uiel-Beraid se cruzó con Gwyllion que llevaba en la mano un par de cordones de cuero. Sabía que portaban el código.

- No pude descifrar el mensaje en su totalidad – reconoció Narmoth cuando se detuvieron a esperar que abriesen las puertas de la fortaleza –temo que mi posición, desde las Casas de Curación no era la más favorable, la arboleda que se opone a sus muros me dificultó la visión.

- Es la señal de Eldarissa. – explicó ella – no es ningún secreto. Es conocida desde los tiempos en que se edificaron las primeras construcciones sobre el Meneltrama y los más hábiles pudieron divisar el resplandor de la blanca torre de Avallóne. Tengo entendido que se sigue utilizando aún hoy, aunque en estas tierras es usada como señal de que el emisor es uno de los nuestros.

Gwyllion subió por la estrecha escalera cavada en piedra seguida de cerca por Narmoth.

Estaban escalando a toda prisa una de las cinco torres. La de los Minnonar.

Llegaron a una bóveda vaída que estaba a oscuras, aunque unos delgadísimos rayos de luz entraban a través de las finas grietas del techo y mostraban la madera de una puerta. Gwyllion buscó una cadena de hierro y la puerta se abrió chirriando.

A la luz clara del día pudieron contemplar aquel habitáculo, el más alto en muchas millas a la redonda.

Retiró de la pared que tenía a sus espaldas una manta muy gastada de cuero delgado y detrás apareció una especie de superficie reflectante compuesta de muchas plaquitas de plata, dispuestas en una suave curva que describía la redondez cóncava del marco de madera. Por el desuso muchas se habían oxidado respondiendo al ennegrecimiento característico de aquel metal.

Gwyllion no se dejó amedrentar por la opacidad de la plata, rasgó su capa y con un improvisado pañuelo intentó limpiarla.

Narmoth no había dejado de sonreír, y cuando decidió que la muchacha se había dado cuenta que fregar la plata con un paño seco no servía, se dispuso a ayudarle. Escupió sobre el trapo y lo introdujo en un pomo de ceniza que estaba en el piso, no por casualidad, y luego repartió la pasta sobre el metal.

Un par de movimientos circulares y éste refulgía.

Gwyllion no dijo nada y lo imitó. Tenían poco más que un cuarto de hora para preparar la placa. El mensaje debía ser transmitido hacia el mediodía dada la posición del Sol, que favorecía por el mayor alcance de los rayos.

- Será mejor que lo operes tú. – masculló entre dientes la joven una vez acabada aquella tarea, al tiempo que se palpaba las costillas.

Narmoth abrió la puerta de un tirón mientras contaba los latidos de su corazón. A penas pasados dos, cerró la puerta de golpe y contó en voz baja hasta once antes de volver a abrirla. La luz que entraba a la habitación no tardaba en ser reemitida por la superficie de plata llevando un mensaje en código al receptor, en Osto-Ur-Anar.

Lo cierto es que no mucho después les llegó una luz de respuesta. No demasiado clara, pero perfectamente visible.

Cuando iban bajando la escalinata, el elfo le confesó el mensaje que acababan de recibir.

‘Sangre ha sido derramada sobre las arenas de Osto-Ur-Anar, y quien antes fue nuestro verdugo caerá ahora sobre vosotros.’

Luego de un silencio incómodo ella quiso animarlo diciendo:

- No nos acordemos más de Sincarion y sus hordas; él volverá a combatir cuando su corazón se lo ordene. Y ahora dispongámonos a la pelea que nos sugieren los ejércitos de la Orden.

Para las cuatro de la tarde ya habían reunido a los Astaldon, un grupo reducido cuyo comportamiento en el campo de batalla quedaba estrictamente regulado por normas.

Si caían prisioneros, por ejemplo, a ninguno le estaba permitido pedir clemencia ni ser liberado mediante rescate. Tenían la obligación de luchar hasta la muerte y tampoco estaban autorizados a retirarse, a menos que el enemigo les superase por el triple.

Iban vestidos con sus blusones de terciopelo azul bordados con lirios dorados, emblema de los oriundos de Nenîath. Su líder era Maikahuinë.

Glarawen marcó presencia poco más tarde e iba acompañada de veinticuatro ents provenientes de las estribaciones occidentales de la meseta costera.

Era quien mejor entendía los propósitos desinteresados de aquellos seres.

El ataque podía caer en cualquier momento y el número de guerreros dispuestos a la defensa era envidiable.

Los tórridos vientos provenientes de Nandë Oiourë daban una sensación de falsa seguridad al tiempo que desplazaban las anaranjadas nubes que se esparcían esporádicas en los cielos.

Ahora no quedaba más que esperar.

Con las primeras estrellas aparecieron los agresores bordeando las ásperas líneas del paramento de granito.

Antes del comienzo de la batalla nada sucedió digno de ser contado, pues como de rutina los capitanes bramaban con acritud frases rebuscadas que alguna vez oyeron recitar a algún viejo y que en el fondo carecían de mucha filosofía, a pesar de esconderse en palabras melindrosas.

Y comenzó el calvario.

Podían sentir el pútrido olor de la carne muerta; manos fuertes y decididas se esforzaban en apresarlos. Y había otras que se acercaban tras los primeros jinetes: cosas que corrían, hombres con bandas de cuero anudado, con picas y mazas de madera. Y tras ellos venían guerreros de rostro delgado y cuerpo esbelto, de cabellera gris flotando al viento, con libreas blancas y verdes, sin coraza. Llevaban grandes espadas y guiaban a los caballos con los muslos. Los elfos.

De cerca venían enanos, con su paso pesado e inquebrantable. Pequeños sus cuerpos, pero grande el deseo de riquezas, victoria y venganza.

Gwyllion no lucía muy bien, o por lo menos no infundía una imagen de mucha gloria debido al par de costillas rotas, saldo del último encuentro con los telpenianos, y que no admitían otra expresión en el rostro, distinta de una producto de la incomodidad.

De momento, aún no estando en el centro mismo del conflicto, había cabalgado hasta los flancos para dispensar órdenes que pudiesen limitar el alarmante número de caídos multiplicado por el desorden y las unidades desperdigadas de los de Tercano Nuruva.

Se compactaron.

Mas a pesar de la premisa, una brecha en las tropas cercanas a la doncella logró filtrar un par de enemigos.

Fueron neutralizados con rapidez aunque habían logrado avanzar quedando a una decena de metros de Gwyllion, que al principio se vio desorientada por los gritos que le advertían del peligro.

Habiéndose sosegado los escoltas, vislumbró a un joven tirado en el piso y con evidentes espasmos por un golpe bien dado.

Desmontó con dificultad valiéndose de la hirsuta crin del corcel para sujetarse y sólo pudo apretar los dientes para reprimir un grito. No era nada más ni nada menos que su paje, un muchacho de poco más de trece años, que por alguna razón ignota no se hallaba con su madre detrás de los muros. Su progenitor era un terrateniente muy querido por las gentes de la periferia de Nenîath, zona de tierras fértiles ubicada entre la ciudad y el puerto.

Las lágrimas escaparon a su control. El tajo atravesaba un porción significativa del cuello y el niño se desangró en cosa de minutos. Gwyllion no pudo hacer más que cerrar los ojos al tiempo que sujetaba la cabeza del malogrado muchacho entre sus rodillas y le acariciaba los cabellos con aire casi maternal.

Lejos de ahí, en el extremo opuesto del campo de batalla Glarawen marchaba sobre las calcáreas aguas del Aicanen presidiendo la comitiva de ents.

Sus claros ojos estaban opacados por el odio cuando se cruzó con Narmoth, que habiendo perdido gran número de sus hombres, se propuso ayudar a la bella elfa y sus gigantescos amigos.

- El río me dice que lejos en el sur otras aguas lavan la sangre de nuestro enemigo. Naevian y sus gentes verán amanecer la gloria. – comentó Glarawen al recién llegado.

Ella estaba sentada en el hombro coriáceo de un ent, pues a pesar de ser poco profundo, el Aicanen era ancho, demoraría mucho cruzándolo a pie y con el agua oponiendo resistencia a sus movimientos la tarea se vería aún más retrasada.

Pero a Narmoth ningún ent le había ofrecido ayuda como a la dama, teniendo que empeñarse él mismo en dar zancadas a través del agua.

Para colmo, cerca de la orilla, en el lecho arcilloso del río comenzaban a predominar rocas sedimentarias arrastradas en verano por los deshielos de las nevadas cumbres de las Montañas Grises. Se hacía difícil esquivarlas, por cuanto Narmoth no tardó en torcerse el tobillo en una grieta entre dos pétreas moles. Maldijo cuanto ent se hallaba cerca, y su descontento crecía pues no bastaba con que estaba agotado, herido en el hombro y con una batalla a cuestas, sino además podía esgrimir una nueva contusión, ahora en el pie.

Su mundo logrado no sin mayor esfuerzo de desmoronaba, asfixiando las esperanzas.

Por primera vez se dio cuenta de lo efímera que resultaba aquella palabra, en el fondo jamás la había sentido, nunca la había necesitado. Ahora le resultaba odiosa. La “esperanza” siempre surgía en momentos de necesidad, iba asociada a las carencias y el malestar. Había labrado todo cuanto esperaba con frialdad y con devoto convencimiento, pero jamás con esperanza.

De pronto, surgió contraria al movimiento de los solados de la Orden, una joven. ¿Iba a enfrentar a un ent? ¿Acaso no los conocía?

Glarawen desvió la mirada. No podía ver la lucha del titán y la muchacha. Aquellos seres de fábula no deberían estar combatiendo y era ella quien los había persuadido con nobles palabras. Nadie podía evitar que sintiese culpa, y nadie le podía impedir sentir algo de lástima por quien, a su juicio, atravesaba el umbral de la muerte sin mucha gloria.

Al reincorporarse Gwyllion pudo constatar las reales dimensiones de la batalla que estaban perpetrando.

La entrega de sus hombres había sido mayor de la que hubiera deseado. Por un instante le pareció absurdo pararse tan ciegamente ante la muerte.

Hacia el alba apareció Maikahuinë con una tímida sonrisa entre labios.

Reportó los daños que dejaban un saldo positivo, pero nadie pudo sentir regocijo.

En los ojos de un jovencísimo escudero que les había estado proporcionando los mapas, se podía ver el reflejo del pensar popular, la impotencia ante una situación sin salida diplomática. La gente odiaba la guerra diez veces más que a sus enemigos y siempre lamentaba recurrir a las armas, porque no dejaba de agobiarlos el sentimiento de que todo aquello podría evitarse mediante el diálogo y que las muertes de los telpenianos no contribuían a su causa. Tan solo aseguraban una tregua paupérrima. ¿Entendían aquello los capitanes, aquellos líderes cegados por la gloria personal?

Pasó un día más, y otra noche ahogo la luz del mundo.

Cuando amanecía por segunda vez desde que recibieran el mensaje de Osto-Ur-Anar, el desenlace del conflicto parecía inminente, no porque la supremacía de alguno de los bandos fuese arrolladora, sino porque ahora el destino parecía estar en manos de quien decidiera retirarse primero. Las pérdidas eran muy semejantes, y solo hacía falta un líder telpeniano que emprendiese la marcha de regreso a casa, o uno de Tercano que entregase la ciudad.

Pero ciudad y puerto constituían un punto neurálgico en el movimiento de Tercano Nuruva. No los cederían.

Maikahuinë no tardó en regresar aunque esta vez cojeando, seguido por una fracción de los diezmados Astaldon.

Lo habían dado todo, y esta vez podrían ver desde sus muros la tortuosa retirada de los telpenianos.

Täreisha

Frente a las Montañas Grises y próximos al Aicanen el Rímble-a-Rákalie esperaba la orden. El río les insinuaba el camino hacia la ciudad más cercana, al puerto Tercano y, finalmente, al mar.

No sabían cómo era Nenîath, si las gaviotas sobrevolaban su puerto o si las casas miraban al mar, pero hasta ellos llegaba el rumor de la aguas intranquilas, o quizá fueran sus corazones expectantes que jugaban con los sentidos y esa mal disimulada añoranza del sonido de las olas rompiendo contra los acantilados de Kemina Anka y de los barcos quebrando el oleaje cuando partían del Londealkar, hoy que por primera vez desde que comenzara la Guerra estaban tan lejos de su hogar. Y a pesar de la rotunda solidez de la cordillera que tenían en frente, sí, podían escuchar las palabras del Dînfalassën, en verdad o en sueños, qué más daba si era una ilusión, y muchos entendían, o querían hacerlo, que les hablaba de la victoria que obtendrían, pues el día era espléndido en todos los sentidos a esa hora del atardecer y nadie habría dicho que pronto se derramaría sangre.

Se avecinaba otra batalla y aunque ya habían luchado contra los de Tercano Nuruva, no conocían la nueva compañía a la que se enfrentaban. Lahia quería trazar buenos planes pues sabía que los Tercanos querían venganza tras la última empresa y se esforzaba por mantener a sus hombres al corriente de cualquier información valiosa.

Aún estaban provistos de aquella brea inflamable que habían conseguido en el Mercado, pero era un arma de doble filo difícil de controlar y sólo la usarían en casos de extrema necesidad. Muchas preocupaciones rondaban por su cabeza y, sumidas en sus pensamientos, las dos dirigentes de la compañía de Kemina Anka miraban hacia el río en silencio. De pronto Lahia habló.

-¿Sabes...? He tenido una visión hoy mientras todo el campamento dormía. -La tarde cayó, el viento suave soplaba del norte y la elfa tenía la mirada perdida en el suelo.

-¿Qué es lo que has visto? -preguntó Täreisha perturbada por la expresión del rostro de Lahia.

-No eran sólo imágenes, eran sonidos. Sonidos que sólo en un lugar de la Tierra Media escuché... Conversaciones en una lengua que ni los Eldar conocemos. Voces profundas y lentas brotando de unas sombras descomunales que hacían vibrar la tierra a cada paso. Los he visto como una bruma en la oscuridad de las montañas enemigas.

Täreisha la observó con expectación y asintió.

-Estaremos preparados para cualquier incidente -, dijo.

Contemplaron el paisaje al comenzar la noche. No hacía mucho frío y las estrellas rígidas en el cielo alumbraban su espera con un tenue resplandor.

Las montañas a su derecha se alzaban macizas y amenazantes, vigilando cada movimiento de los Telpenianos, mas eso no cambiaba en absoluto el humor de la compañía de los Lobos.

Entonces llegaron los batidores para informarles de que las huestes tercanas los habían avistado con antelación y aguardaban alerta la embestida. Les convenía comenzar cuanto antes.

Täreisha miró a Lahia. La curación de su herida había sido rápida, pero aún tenía el brazo débil y le preocupaba que hiciera una locura. Ya había obviado el cansancio del viaje empeñándose en acompañar a los soldados en esta nueva batalla.

-Recuerda -le dijo-, no hagas más esfuerzo del necesario.

-Si no lucho con toda mi fuerza, ¿de qué vale mi presencia aquí? –rechistó ella.

-De nada nos sirve el cadáver de una elfa o un soldado en cama durante meses, aunque los cuervos y los clanes enemigos quizá te lo agradezcan de por vida.

-¡De acuerdo! No me des otra vez el sermón. ¿Por qué no buscas un entretenimiento en el Mercado o la tomas con alguno de tus guerreros imberbes? –Lahia montó a su caballo, tiró de las riendas y se alejó del lugar. Estaba irritable desde la última batalla. Muchos habían caído en ella y era algo que le resultaba intolerable. Pero no habían sido esas palabras las que la habían hecho enojar, sino aquella sobreprotección de parte de su capitana.

-Ingrata -, dijo Täreisha apretando el puño, y mirando a la partida de Enanos que aguardaban junto a ella añadió- ¡Es más testaruda que el más tozudo de vosotros! –Uno de los aludidos gruñó y ella desenvainó su espada en un arranque de ira. -¡Adelante! –gritó, y sus soldados iniciaron el ataque.

Tenían órdenes de romper las filas de defensa y tratar de cruzar al otro lado del río a cuyo final se encontraba el objetivo de Telpe, Nenîath, la ciudad tras las montañas donde habitaba el enemigo.

En un primer momento pareció que el nervio de los guerreros telpenianos surtía un efecto desconcertante en el adversario pero enseguida se cerraron y la rotura de la defensa se complicó sobremanera. Sólo de vez en cuando algún Lobo lograba penetrar en la barrera defensiva pero su proeza era corta y su muerte rápida.

Parecían no avanzar en absoluto su posición y la desesperación, que comenzaba a hacer mella en la paciencia de las tropas, llegó a percibirla Täreisha en medio del desorden. Buscó a Lahia entre la pelea y la vio luchar con toda la vehemencia de la que era poseedora. Se sintió satisfecha del vigor demostrado por su compañera. Era imprescindible transmitir a los soldados ímpetu, no desolación, y a pesar de la advertencia que le hiciera sobre su lesión, sonrió para sí orgullosa y retomó el combate con más brío. Cuando algo llamó su atención.

-¡Qué demonios es eso! –exclamó. En toda su vida y en su dilatada experiencia en la guerra había contemplado nada semejante. Con grandes zancadas, lentos pero imparables, venían hacia ellos.- ¡Alguien me puede decir qué es eso! -. Sus brazos nudosos como sarmientos atrapaban a los hombres hasta asfixiarlos sin piedad entre los dedos verdosos y todo aquello que se encontrara bajo sus pies moría aplastado entre poderosas raíces.- ¡Un bosque entero se nos echa encima!

-¡Son Ents! –gritó alguien a su derecha.- ¡Pastores de árboles, mi capitana!

-Así que esto son –. Había oído hablar en incontables ocasiones de ellos pero los tenía por leyendas pues allá, en su lejana tierra, nunca nadie con suficiente credibilidad para ella los había visto. Tenía ante si los personajes de sus cuentos, tan ciertos como la espada que sostenía entre sus manos y más extraordinarios como nunca hubiese imaginado. Entendió que el sueño de Lahia había cobrado vida.

Sin pensarlo, casi inconscientemente, se quitó de encima con un escudazo la estocada peligrosa de un contrincante y corrió hacia uno de aquellos seres magníficos.

-¡Täreisha, no! –gritó Lahia al otro lado, horrorizada por lo que parecía ser un acto suicida y la más disparatada acción que viese llevar a cabo. Sintió miedo, por primera vez desde hacía mucho tiempo, y una necesidad imperiosa de acudir en ayuda de su capitana. ¿Temía perderla? ¿Era eso? Se sorprendió ante la congoja que le amordazaba el estómago y a pesar de la masacre que se estaba obrando a su alrededor no lo pensó más y galopó hacia ella.

Pero su advertencia llegó demasiado tarde a oídos de su compañera y Täreisha se vio apresada entre las extremidades de uno de los Ents.

De poco le valían las torpes estocadas que daba pues la fuerza de sus miembros la sentía desvanecer con cada movimiento. Oía un crujido aterrador, el dolor se intensificaba e ignoraba si aquel crepitar provenía de su carcelero o si eran sus huesos resquebrajándose como astillas.

Miró fijamente al Ent y se perdió en la inmensidad de sus ojos. Se sintió caer en un pozo profundo y le pareció hallar en ellos un brillo especial curtido por el tiempo, similar al perfil cincelado por eras de viento de una montaña, como los caminos subterráneos abiertos por el agua milenaria, semejante al resplandor de las estrellas, eternas espectadoras de lo acontecido en la Tierra. Aquellos ojos nunca más los olvidó pero en ese instante escuchó una voz hermana- ¡Aguanta Täreisha, no cedas! ¡Ya estoy aquí! –y entonces le faltó el aire y perdió el conocimiento.

Lahia llegaba lanzando flechas de forma frenética. El Ent incomodado por el asedio de Nuruquessë soltó el cuerpo de la mujer, y en ese vacilar la elfa aprovechó para disparar con certeza a los ojos del coloso.

Cabalgó aprisa hacia su compañera y la recogió del suelo, alejándose ambas del caos producido por la dolorosa ceguera del Ent que ahora daba manotazos al aire sin control, llevándose por delante a rivales y amigos.

La contienda duró aún un día con su noche y una triste mañana.

En el campo de batalla los cuerpos inertes de los soldados caídos entorpecían la lucha. La partida de Ents había logrado contener el avance de Telpe que vio frustados sus intentos de cruzar la cordillera. Tercanos y fieles a la Orden yacían por igual a los pies de las Montañas Grises. Al mediodía de la segunda jornada, se extendía su sombra imponente como un manto de luto para llorar a los muertos, cuando el ejército del Rímble-a-Rákalie decidió cesar la lucha debido a las pérdidas, demasiadas para esta Guerra que no había hecho nada más que empezar.

Täreisha había sido llevada al campamento telpeniano a buen recaudo de los curanderos y lejos del horror de la matanza. Desde su lecho oyó el cuerno Moriorlindë llamando a la retirada.

La herida de Lahia había vuelto a abrirse y sangraba abundantemente pero no quiso ser atendida hasta poder ver a su capitana. Silenciosa y con el rostro enjuto, se deslizó entre las camas donde descansaban los heridos con esperanzas de vida y cuando llegó a los pies de Täreisha sus facciones se distendieron ligeramente.

-¿Cómo os encontráis?

-Aturdida -, susurró con esfuerzo- y avergonzada.

-¿Avergonzada? No os entiendo.

-Pequé de confianza y cometí una imprudencia indigna de mi cargo que ha estado a punto de costarme la vida y ha puesto en peligro la vuestra.

-Ahora no debéis pensar en eso. Habréis de guardar reposo y recuperar fuerzas, pues de nada le sirve a la Orden el cadáver de una humana o un soldado en cama durante meses.

Ambas mujeres sonrieron.

-Gracias, Lahia.

De pronto la elfa se sintió incómoda e intentó cambiar el curso de la conversación.

-Hemos perdido mucho en esta batalla. Más de lo imaginado en nuestras peores previsiones.

-Lo sé. Ya me han puesto al corriente -, dijo Täreisha señalando hacia los otros enfermos.

-Pasará mucho tiempo hasta que podamos retornar a la lucha con toda nuestra potencia, pero el enemigo ha sido castigado también duramente. Sin embargo no debemos descuidar las vigilancias.

-Vuestro joven rostro me confunde -, confesó Täreisha sin venir a cuento.

-¿Cómo decís? -, respondió Lahia sorprendida.

-Os miro y no me doy cuenta de que tras esa apariencia frágil se esconden largos años y caudales de sabiduría, una vida que supera con creces cuanto he visto, oído y padecido. No volveré a caer en ese error.

Lahia la miró complacida.

-A las dos nos queda mucho por aprender, mas hoy no habéis sido la única en recoger enseñanzas.

-Decidme, pues, ¿qué habéis aprendido?

La elfa se alejó diciendo estas palabras: -Mi querida Täreisha, las lecciones más preciadas me las ha revelado el corazón y esas nunca las diré. Las guardaré con celo al lado de mi maestro.

Más pálida que de costumbre y con sus ropajes negros rasgados, Lahia salió de la tienda de curación con premura. Parecía un alma derrotada por el cansancio y a su paso muchos temblaron de miedo al creer que la muerte venía a por ellos.

Delisse Yestariel

Resultados finales:

Telpe:

Nota media: 8.20

La compañía recupera 427 puntos

Pierde 623 puntos

Los personajes Isilmeriele y Täreisha pierden un 10 y un 30% de vida respectivamente.

Tercano:

Nota media: 7.60

La compañía recupera 497 puntos

Pierde 483 puntos

La Orden de Telpe cede 100 monedas a Tercano Nuruva en concepto de retirada de batalla.

Tercano Nuruva recibe 300 monedas por batalla ganada.

AMBAS COMPAÑÍAS HAN SIDO ACTUALIZADAS, Y ESTA ACTIVAS PARA ATACAR Y SER ATACADAS.