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Fin Guerra: Orden de Telpe se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 18
Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 22 17-02-2005 23:19

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 2
Finalizada · 08-09-2004
2005:02:26:10:43:51
Fin Guerra: Orden de Telpe se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 18
Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 22 17-02-2005 23:19
Faltaban unas horas para el anochecer, pero parecía que era ya noche cerrada. Las nubes de Manwë, profundas, negras, ocultaban cualquier rayo de luz que el Sol hubiera podido enviar desde las alturas. Quizás ocultando ante los bellos ojos de Arien la desolación de una guerra que habría de dejar nuevamente la tierra cubierta de muerte, destrucción, y sobre todo, de dolor.
Cada día transcurrido tras la Batalla del Páramo se había cubierto de tormenta y agua, quizás en prodigioso sortilegio creado por la ciudad, intentando defenderse así de sus sitiadores. Y mientras tanto, el ejército de Nurn permanecía apostado en el linde del bosque, siempre vigilante, esperando el momento de volver a presentar batalla.
Delissë era consciente que en aquella ocasión, el tiempo no jugaba a su favor precisamente. Una ciudad como aquella, bien abastecida, prácticamente podría mantenerse durante meses sin empezar a notar siquiera el hambre o la sed, estableciendo un pequeño sistema de racionamiento de víveres. Y aunque una gran parte de los soldados de La Orden habían perecido o habían sido heridos en la Primera Batalla, también sabía que aún contaban con efectivos suficientes para presentar una última defensa, quizás desesperada, pero siempre peligrosa.
Delissë deambulaba, pensativa, de un lado a otro de la enorme tienda que servía de centro de mando del campamento. Sobre una mesa de madera, un gran mapa apergaminado representaba el territorio enemigo, y sobre él había colocadas pequeñas piedras de distintos colores. Mientras sus pasos inquietos la llevaban de un lado a otro de la sala, la mirada de Delissë volvía al mapa una y otra vez.
Las pieles que cubrían la entrada de la tienda se abrieron suavemente, y el estruendo de la lluvia torrencial precedió a la entrada de Helërauko e Inglin en la tienda.
- Buenas noches, Hermana - susurró la elfa de negros cabellos - Si por bueno hemos de entender este eterno mundo de agua y barro que se alza a nuestro alrededor.
Helërauko, silencioso, saludó a Delissë con un gesto, y se acercó al mapa como si éste le hubiera enviado una señal de llamada.
- Saludos Hermanos. Oscuro ha sido el día, y más oscura aún si cabe será la noche. Pues he conjurado el espíritu del bosque, y del mismo agua de lluvia que cae sobre nosotros. No cesará. Esta misma noche debemos atacar la ciudad.
Helërauko alzó los ojos del mapa, y su mirada de hielo se clavó en ella un instante.
- Tantos días de asedio han afectado a tus sentidos, y a tu mente, si piensas atacar en medio de esta lluvia una ciudad bien protegida - rugió.
- Tal vez - sonrió ella, mientras se acercaba hacia él - O tal vez eres tú el que no alcanza a comprender la situación en la que nos encontramos. - Con un dedo señaló su posición en el mapa - Aquí estamos nosotros. Una pequeña piedra negra en el camino de Telpe. ¿No serás tan ciego para no ver lo que tenemos alrededor verdad? Aquí puedes ver cómo otras compañías de La Orden, se encuentran a menos de dos días de camino de nosotros. Compañías que todavía no han librado batalla. Compañías que podrían llegar aquí, ocultas bajo ese manto de lluvia, y enfrentarnos en el bosque con soldados fuertes y bien armados. Si eso llegara a ocurrir las puertas volverían a abrirse, y de nosotros ni siquiera quedaría suficiente como para alimentar un par de aves de carroña.
Inglin se acercó al mapa, y sus ojos asimilaron poco a poco la información que este mostraba. Helërauko maldijo entre dientes, haciéndose cargo de lo arriesgado de la situación.
- Pero la Compañía de La Garra Negra se encuentra cercana... ¿No vendrían en caso de necesidad? - consultó la elfa, dudando.
- Sabes que sí - añadió Delissë - Vendrían, si pudieran... Pero no estamos seguros de que ése sea el caso.
- Comprendo - Helërauko parecía renuente a claudicar - Sólo nos queda presentar una batalla desesperada, y realmente, las posibilidades de salir victoriosos son ínfimas.
- Lo son. Pero debemos confiar. Esta noche, esa ciudad será nuestra.
Salió de la tienda y apenas unos segundos bastaron para quedar completamente empapada. Sus pies descalzos acariciaron el barro, y un gemido de satisfacción escapó de sus labios al sentirlo.
Avanzó hacia el frente del ejército formado ya junto al bosque, de cara a los muros negros de Barad Avathael. En apenas unas horas habían preparado sus tropas, y ahora, mientras Tilion intentaba ascender sobre el mar de nubes en que se había transformado el cielo nocturno, el ejército de Nurn apenas podía contener la euforia ante una nueva batalla.
Tras las puertas de Barad Avathael, sólo un silencio mortal.
En las primeras filas, la infantería orca mantenía el silencio sepulcral ordenado por Helërauko. El más mínimo ruido hubiera supuesto la muerte inmediata del infractor, y el miedo dominaba quizás más que la obediencia debida.
Tras ellos, los Hombres Negros montados en negros corceles, inquietos ante el olor de la sangre que aún recordaban. Y finalmente, los Elfos Oscuros, fieles a Inglin, firmes, con los arcos ya tensados y las flechas empenachadas de rojo preparadas para el vuelo letal hacia sus enemigos.
Una señal silenciosa de Inglin, con aquél don innato a los Primeros Hijos de Iluvatar, y una lluvia de flechas atravesó la cascada de agua, para caer sobre la ciudad de forma inesperada... O quizás no tanto.
Sobre los muros se alzó el sonido esperado. Gritos de dolor y llanto. El enemigo ya estaba sobre aviso, y el silencio no era ya necesario. Helërauko rugió una orden, y las hordas de orcos avanzaron hacia los negros muros de la ciudad. Delissë partió al galope tras Helërauko, y tras ellos, el grueso de la caballería espoleó sus monturas y avanzó hacia la ciudad.
No tardó en llegar el contraataque. Una lluvia de flechas envenenadas cayó sobre el ejército atacante, atravesando todo aquello que encontraban a su paso. Orcos, hombres y monturas indistintamente.
Cuando llegaron ante los muros, Delissë se detuvo ante los enormes portones de hierro. Saltó del caballo y se dirigió hacia ellos, mientras a su alrededor la lluvia de agua y flechas se hacía cada vez más intensa. Pero ella, ajena a todo, simplemente tocó con sus manos las negras puertas, y luego se alejó un poco mientras murmuraba unas palabras en voz baja. La tierra crujió bajo ella. Cientos de plantas brotaron de la nada, y se afanaron en crecer aferrándose a la puerta como si fuera su fuente de vida. Un proceso de años concentrado en apenas unos segundos. La puerta se cubrió de verde, atravesada por miles de ramas que la abrazaban lentamente, cada vez con mayor intensidad. La fuerza del abrazo crecía, al mismo tiempo que aquellas plantas absorbían el poder que la Maia había depositado en ellas. La puerta comenzó a emitir un pequeño chirrido, como si un grito de dolor lacerante se escapara de sus juntas resquebrajadas.
Delissë despertó del trance en el que le había sumido aquél despliegue de poder, y observó su obra con una sonrisa. El hierro parecía querer doblarse ante la presión, y Delissë se acercó nuevamente y se tocó la puerta viva, y ésta estalló en mil pedazos ante sus ojos.
Miles de esquirlas de hierro afilado volaron hacia el interior de la ciudad. Los más afortunados cayeron fulminados, sin sentir apenas nada. Otros muchos en cambio, cayeron al suelo, mirando incrédulamente algún miembro faltante... un brazo, una pierna, quizás buscando a tientas entre la ceguera repentina una mano amiga que los ayudara a incorporarse y huir. Huir. La ciudad estaba perdida y ellos lo sabían. Aquellos que observaban los rostros horriblemente desfigurados, los cuerpos desmembrados de aquellos que momentos antes formaran con aire decidido la primera línea de la defensa, lo sabían. Una riada de orcos y hombres atravesó el umbral, mientras las espadas se batían con presteza, y el olor del miedo se fundió con el olor a sangre y muerte. Tras ellos, la línea de los Elfos Oscuros entró en una segunda oleada, dejando a un lado los arcos para iniciar la lucha cuerpo a cuerpo.
Delissë avanzó con ellos, espada en mano, pero nadie osó acercarse a ella, hermosa y terrible. Bella a pesar de la crueldad de su mirada. El despliegue de su poder había sido para muchos suficiente. Sus pies descalzos se tiñeron de rojo, mientras la lluvia caída creaba decenas de pequeños ríos de color rojo intenso que se deslizaban sobre las baldosas de piedra.
Pero la mujer de cabellos negros le salió al paso. Sus ojos reflejaban la mirada de aquél que sabe todo perdido, aunque enfrentaría a la misma muerte hasta el último aliento.
Delissë sonrió, y su mirada pareció dulcificarse un instante. Se acercó a ella, mientras sostenía a Airacil hacia abajo, como si fuera simplemente una extensión más de su brazo.
- La Serpiente Negra se presenta ante mí, al fin. Debéis saber que extrañé no enfrentaros en la batalla anterior, Señora.
Los ojos de la Serpiente, atentos a sus labios, sonrieron también.
- Podría deciros lo mismo, Delissë, Dama del Odio, Señora de la Muerte Susurrante. Grandes historias se cuentan de vos, y no menos grandes alabanzas recibe el poder que Eru puso en vuestros ojos.
- Y aún así, vienes a mí. - sentenció - Y deseas enfrentarte a mi, a pesar de todo. No es la muerte el obsequio que deseo entregaros, y vos lo sabéis. Y quizás esa sea la ventaja que creéis poseer sobre mí.
- Tal vez lo sea. Pero ante todo esta el honor de defender esta ciudad, mientras sea capaz de esgrimir un arma, y mientras el alma guerrera que hay en mí me sostenga - la Serpiente giró las muñecas y sus dos dagas relucieron, salpicadas de agua de lluvia.
Delissë rió, y alzando a Airacil sólo dijo:
- Enfrentemos pues el momento de la Última Batalla. Pues si la muerte es la recompensa que deseáis, no seré yo quien os niegue el justo descanso. Mandos sabrá reconocer vuestro valor.
La Serpiente era astuta. Delissë lo sabía, y por eso mismo, simplemente esperó. Un segundo eterno, mientras ambas se medían mutuamente en silencio... y finalmente la mujer se lanzó al ataque. Hlóke Morna atacó con destreza, rodeándola e intentando desviar la atención de Delissë sobre su daga derecha, mientras con la izquierda intentaba asestar la puñalada mortal. Y Delissë rápidamente se giró mientras Airacil paraba el primer golpe, mientras ágilmente desviaba la segunda daga sosteniendo su Daga Blanca.
Un reflejo de sorpresa apareció en los ojos de la Serpiente, mientras retrocedía ante el contraataque de la Maia. Sólo un segundo, mientras espada y dagas danzaban rápidamente ante los ojos de ambas, siguiendo el instinto guerrero que ambas poseían. Medidas, casi de igual a igual, adivinando prácticamente el siguiente movimiento del contrincante, el tiempo pasaba y el cansancio pasó factura. Delissë, Maia por naturaleza, había desplegado gran parte de su fuerza y su poder para derribar la puerta. Hlóke, humana aunque con un extraño poder sobrenatural, también se resintió del ataque. La daga de ésta penetró hasta la empuñadura en el hombro todavía sensible de la Maia, y al retirarla bruscamente, dio lugar a un gran baño de sangre que se deslizó por su cuerpo.
Delissë, miró incrédula un segundo la herida, y su furia la ayudó a asestar un golpe definitivo, hundiendo la espada en el costado izquierdo de la mujer, que se dobló hacia delante mientras sus manos abrazaban la herida.
Fue en ese momento, en el que Ariul, Comandante de Ejército de La Orden, hizo sonar las trompetas llamando a retirada. Dos hombres con la librea de Telpe, manchados de sangre, asieron a La Serpiente, y se la llevaron contra su voluntad. Pero ambas ardían en deseos de volverse a enfrentar. Y Delissë sabía que tarde o temprano así sería.
Barad Avathael era una hermosa ciudad manchada de sangre. Una ciudad que ya era suya.
Hlóke Morna alzó el rostro hacia el cielo oscuro que se cernía sobre el refugio. El dolor recorría todo su cuerpo, aun postrada en una improvisada cama, y habiendo sido tratada con sumo conocimiento y delicadeza. La afilada espada de su contrincante le había atravesado el lado izquierdo del vientre, y tan sólo, en el momento de la batalla, había podido aferrarse a él, intentando que la sangre no saliera en incontrolables chorros. Luego, la habían sacado de aquel lugar, contra su voluntad. Buceando en los mares de la nostalgia, pensó en la ciudad que acababa de dejar, por obligación. De nuevo, la Primera Compañía del Ejército de Nurn les habían atacado, y de nuevo les habían hecho retroceder, perdiendo esta vez la ciudad. Perdiendo Barad Avathael.
El Rimbe-a-Rálie había retrocedido por la cruenta embestida, y llegado a Opéletaurë, donde el dirigente de la compañía, Ariul, pidió resguardo a sus hermanos y compañeros de la Orden. El cielo había estado todo el tiempo cubierto de nubes negras, siempre amenazantes, portadoras de malas noticias, sentenciadoras de un destino cruel. La Tercera Compañía había perdido su Ciudad.
La Serpiente Negra se encontraba apartada del resto del ejército que también había sido herido de gravedad. De nuevo, los heridos habían sido demasiados, llenando las Casas de Curación de heridas incurables, de grandes charcos de sangre, de gritos desesperados que maldecían a la Furia de Nurn. Y Hlóke se sentía responsable de ello. La conciencia le perseguiría hasta los confines de las Tierras Ocultas para recordarle cada día que sus hombres cayeron por su culpa. La conciencia y la cicatriz que le quedaría después de ese duelo, si es que sobrevivía. Ahogó un grito, y una lágrima recorrió su rostro.
Se incorporó como pudo. Viendo el caos y el horror, la descoordinación de aquella sala donde ciudadanos se agarraban a la mera esperanza y se dejaban la piel en ayudar a aquellos que tal vez jamás volverían a caminar sin ayuda, a comer sin asistencia, a poder rozar siquiera la ilusión de volver a tener una vida normal, Hlóke vio las armas de los soldados caídos amontonadas a un lado. ¿Por qué las habían traído a aquel lugar? Se levantó de la cama, y se acercó como pudo, llevando su mano derecha al lado izquierdo de su vientre, que volvía a sangrar. Entre todas aquellas armas, reconoció una que había estado luchando a su lado. La cogió. Acarició la hoja de la espada de uno de sus soldados, que había caído en la Batalla. Se trataba de Máleon, poco conocido entre los demás soldados, pero cercano a Hlóke Morna, siempre a su lado, respetando la destreza de las órdenes de la Serpiente Negra y admirando la fuerza de la mujer a la hora de enfrentar el enemigo.
Recordó su cara antes de ser abatido por las flechas rojas de Nurn. Pero entonces, cuando la inescrutable Muerte atravesó su cálido pecho, olvidó su posterior dolor. Olvidó su voz y su llanto, y tan sólo pudo enfrentarse con la mujer que dirigía las tropas del Ejército al cual Telpe se enfrentaba. Aquella del cabello castaño que caía por su espalda… aquella que desprendía un exagerado poder. El hombre había muerto pocos minutos después.
Había visto una larga espada, de un extraño material, que desprendía una luz intensa, como cobriza. Unos brazos esbeltos habían ordenado los movimientos sutiles de aquella arma. Hlóke Morna se había dirigido hacia ella. La voz de la mujer se había alzado sobre aquellos que le servían a ella, y sobre los soldados Telpenianos. Ambos bandos se habían vuelto hacia ella, temerosos de la belleza y la furia de la voz que surgía de aquel cuerpo femenino. Pero un grito del dirigente de la compañía de Telpe, en la lejanía de la batalla, en la que las espadas, hachas y flechas también chocaban en cuerpos, tanto de unos como de otros, buscando el final irremediable del enemigo, les había devuelto a la cruenta realidad, en la que todos disputaban por una sola cosa. Unos, por defender su Ciudad; otros, por apoderarse de aquello que no era suyo, pero que ansiaban por encima de todas las cosas.
La voz de la mujer no amedrentó la valía de la Serpiente Negra, que sonriendo, había aceptado el duelo que le proponía Delissë.
Poco a poco, unas nubes negras más intensas que las demás que cubrían el cielo, se habían ido concentrando justo encima de aquellas dos poderosas mujeres, que se preparaban para un cara a cara que quizás podría valer la vida de alguna de las dos. Los relámpagos de la inesperada tormenta habían iluminado la oscuridad de la noche, revelando, en pequeñas fracciones de segundos, la posición exacta de la rival, de las armas que portaba, de sus intenciones. Hlóke se había movido en pequeños círculos, poco a poco, con la elegancia y sutileza de un felino. Ambas rivales habían escrutado la oscuridad de la noche, buscando los ojos de su rival, para cerciorarse de que seguía ahí, de que no iba a ningún lugar, y que haría frente a la embestida del Titán que tenía por enemigo. El silencio había envuelto a ambas mujeres, que esperaban el ataque de su oponente. Los segundos parecían largos minutos. Hlóke Morna no esperaría a que su rival atacara primero. Los gritos de sus soldados cayendo, con sus ojos inyectados en sangre, perdiendo la fuerza poco a poco, hasta chocarse contra el barro, y ahogarse en ese horror que había impregnado la belleza del Bosque, habían rezumbado en la cabeza de la Serpiente Negra. Un último estridente grito, rompiendo el silencio, le había dado la señal. Se había abalanzado sobre ella, rodeándola en círculos amplios, alternándolos con otros más pequeños. Pero Delissë había sido astuta. Había prevenido sus movimientos observando la posición continua de sus pies. Aquella mujer era rápida, pero su agilidad visual también.
Hlóke había jugado con sus dagas, intentando despistar a su rival. Tenía que hacerlo. Debía de acabar con esa fuerza, para que la Compañía Número 3 de Telpe pudiera descansar, al menos por un tiempo, de la Guerra. Aquello suponía, no sólo dolor físico, sino un impacto psicológico tremendo. Las heridas psíquicas de la Guerra no se podían curar, no como los rasguños de las espadas afiladas del enemigo, o las punzantes flechas que atravesaban hombros, piernas, o cualquier parte del cuerpo a las cuales estuvieran encaminadas. Sus hombres se merecían un respiro, y Hlóke estaba extasiada de tanta Guerra. La primera batalla había supuesto demasiado dolor para la Orden. ¿Quién sabía lo que podía dejar este segundo enfrentamiento? Se lo debía a sus hombres. Pensando en cómo asediar a aquella mujer, Hlóke Morna se había movido con la agilidad felina que le caracterizaba en la guerra, esquivando la espada de Delissë, al igual que la mujer también había esquivado sus dagas. Pero hastiada, pues ya llevaban un tiempo chocando armas, con movimientos seguidos, sin descanso, una furia surgió de lo más hondo de su ser, y habiendo dado un giro sobre sí misma, cuando Delissë se había visto sorprendida, hundió su daga en el hombro de la mujer. Había dado en el blanco. Pero aquello no bastaría para abatir a su rival. Necesitaba otro golpe más, el golpe sentenciero.
La mujer se había enfurecido. Y al igual que Hlóke, esa había sido la fuerza que le permitió herir a su contrincante en un duro contraataque. Había hundido su espada en el lado izquierdo del vientre de la Serpiente Negra, y ésta, herida, había reprimido un tormentoso grito de dolor, y tan sólo había podido cubrirse con el brazo derecho aquel agujero que su rival le acababa de hacer.
Alrededor, los guerreros de ambos Ejércitos habían obedecido las órdenes tajantes de sus Dirigentes. Ambos bandos habían luchado con destreza, sirviéndose de una vehemencia a la hora de arrebatar la vida del Enemigo. El poder físico que habían ejercido los Telpenianos sobre los de Nurn, aún así, no había sido suficiente. De nuevo, habían sido superados en número, y por consiguiente, en vigor. La lucha armada entre los dos bandos había estado sumida en un sin fin de gritos de dolor y sufrimiento, de heridas perdurables hasta el fin de los tiempos, tanto en los hombres, como en la misma Tierra. Las hachas chocaban entre sí, al igual que las espadas, que buscaban la tierna carne en la cual penetrar, para terminar con el sueño infinito de los soldados que querían volver de nuevo al hogar, con su familia… Pero no había sido así, y los deseos fervientes de aquellos que aún habían tenido esperanza se habían visto quebrantados por el cruel filo de las espadas del Enemigo.
Un último relámpago había iluminado la noche, cuando un estridente cuerno se intentaba alzar sobre el horror y el silencio que entonces caracterizaba a la Barad Avathael, en las puertas derruidas del Muro Negro. Ariul había dado la orden de la retirada. “¿¡¡¡Retirada!!!???” había gritado Hlóke. ¿Cómo se iban a retirar de nuevo? ¡¡Perderían la Ciudad!! No lo permitiría. Haciendo estragos de reprimir cualquier dolor, olvidando la sangre que manchaba su cuerpo pintado de verde expresamente para la hora de la Batalla, había hecho ademán de abalanzarse de nuevo sobre la que entonces sonreía, conocedora de que la victoria era suya, pero cuatro portentosos brazos le habían impedido el ataque, que hubiera surtido un suicidio voluntario. Dos soldados se la habían llevado del campo de batalla, entre gritos desesperantes y frustrantes de la Serpiente Negra…
Hlóke soltó la espada, dejándola caer y que el tenue pero a la vez estridente sonido de la hoja chocando contra el frío suelo impregnara aquella sala. No recordaba más. Suponía que entonces se había desmayado puesto que se había dejado llevar a un mundo en el que todo había cobrado de nuevo la vida que le pertenecía, después de una terrible Guerra. Ya no había soldados caídos a los que mirar, soldados con ojos desquiciados y agitados, sin intelecto, ni memoria, ni humanidad, sino tan sólo miedo. Ya no había que observar el horror que el paso de la Guerra dejaba en un pueblo, una ciudad, un país… No, ahora podía volver a casa. Caminar entre aquellos verdes bosques en los cuales la hierba se alzaba hasta medio metro, por la cual podía caminar descalza, admirando la belleza del cielo azul y la voz melosa de Dawar, junto a ella.
- Dos largos días habéis pasado inconsciente, Hlóke Morna, tumbada en este somier. ¿A dónde habéis viajado que tantos problemas hemos tenido para haceros volver? – La voz preocupada de Ariul surgió de la nada, sacando a Hlóke de sus divagaciones. Fijó sus ojos en la venda ensangrentada, e hizo llamar a una enfermera. – La herida curará.
Hlóke miró los ojos de Ariul. Pesaba en él la derrota de una Guerra, la pérdida de la Ciudad. Parecía como si de pronto, hubiera adquirido cien años de crueles experiencias. Y quizás era así. La enfermera llegó, con nuevas vendas, y algunos brebajes para aplicar en la herida.
- La herida no es lo que me importa… - dijo la Serpiente Negra, bajando la voz poco a poco, como desganada. – Nada podrá devolver a las familias los hombres que han perecido en el campo de la batalla. Familias que esperaban con esperanza la vuelta de aquella persona a quien querían. En mi pesará el que pude haber hecho más por los hombres que ya no están entre nosotros. Quizás hubiera sido mejor que la afilada hoja de Delissë hubiera atravesado mi corazón y no mi vientre. ¿Quién devolverá la felicidad al pueblo?
- Habéis dirigido bien vuestra compañía, Hlóke. En la Guerra no hay tregua. Los soldados sabían a qué se enfrentaban. Habían luchado contra la misma compañía anteriormente, ¿recordáis? Morirían por aquello que amaban. Esa era su forma de proteger a su familia. Y siguieron a la Serpiente Negra. Gracias a ti y tus tácticas al principio de la Batalla más hombres de los que esperábamos podrán regresar a casa… - dijo Ariul, pero vio que Hlóke Morna ya no le escuchaba. No quería elogios, ni bonitas palabras que intentaran apaciguar su dolor.
Las secuelas de la Guerra perdurarían. Tanto en ella como en Ariul, aunque intentara disimular su derrota.
Nurn ha perdido 18 armadas x35=630 puntos
Recuperables: 420
Nota: 8,50
Recupera 357, daño sufrido por Delisse 20%. 357+70=427
Como no puede recuperar mas puntos de los recuperables, unicamente recupera 420 puntos. Pierde 210 puntos.
Telpe ha perdido 22 armdas x35= 770 puntos
Recuperables: 257
Nota: 8,25
Recupera 212. Pierde 558 puntos.
No se ha quitado porcentaje de vida, puesto que no ha habido notificación previa de la Compañía solicitándolo.
Orden de Telpe cede 100 monedas a Nurn por la retirada, además de 200 monedas en concepto de saqueo de Barad Avathael.
Nurn recibe 300 monedas en concepto de batalla ganada.
AMBAS COMPAÑÍAS HAN SIDO ACTUALIZADAS, Y ESTAN ACTIVAS PUDIENDO ATACAR Y SER ATACADAS.