La Guerra de los Clanes

Señores De Nurn - Elanor

Terminada
Escrito el 04-03-2005 18:54 #1

Nuestra historia se ubica el día 22 de setiembre del año 3001 de la Tercera Edad, en la ansiada fiesta de cumpleaños del hobbit Bilbo Bolsón. La fiesta se encontraba en pleno auge y un coro de niños hobbits de semblantes infantiles y traviesos se agrupaban en torno del anciano deseando oír una nueva historia. Bilbo se aclaró la garganta y comenzó a relatar uno de los muchos cuentos que aprendió en sus viajes:

Dice la leyenda, que mientras la noche cubría con su manto la ciudad y los delicados rayos de la luna penetraban entre las ramas de los árboles milenarios, un alma solitaria dormía profundamente, sumida en su dulce sueño. El nombre de aquella doncella era Tingilyë, hija de los reyes de un reino perdido cuyo nombre ya nadie recuerda. Tenía los rasgos finos y delicados, combinados con unos bellos labios y unos límpidos ojos ligeramente rasgados. Su larga melena de color azabache, sedosa y suave, se derramaba sobre sus hombros de blanca piel. Pese a que desde su niñez había vivido en un mundo perfecto, rodeada de exuberantes joyas y diamantes sentía que le faltaba algo. Durante toda su infancia había sentido admiración por la orden de caballería de su reino. Recordaba con nostalgia los desfiles honoríficos en tiempos de paz por su ciudad, presididos por su padre, el Rey: ante sus ojos marchaban cientos de jinetes montados sobre magníficos ejemplares de caballos. Hombres fuertes y musculosos de cabellos negros y ojos grises, armados con poderosas espadas, relucientes yelmos y imponentes armaduras con el emblema de su reino grabado sobre el pecho. La doncella los contemplaba desde su balcón con un brillo de admiración en su mirada, preguntándose si algún día podría empuñar una espada con la misma destreza. Mas aquello no era posible por culpa de su condición de Princesa y de las viejas costumbres de su pueblo. Tuvo que dedicarse a los libros y a la ciencia, al canto y a las tareas del hogar. Pero durante las noches en que la Luna asomaba tras las montañas, ella pasaba largas veladas a la luz de las velas estudiando libros sobre el arte de la esgrima y con el paso del tiempo fue convirtiéndose en una increíble jinete y una inmejorable espadachín.

La ciudad carecía de murallas y estaba delimitada por unos gráciles arcos de mármol jaspeados de reluciente plata que se elevaban hacia las estrellas. Las viviendas se encontraban en el centro de la ciudad, rodeadas de patios en los que relucían brillantes fuentes que cantaban al replicar contra la piedra. Aquellas construcciones estaban en perfecta armonía con la naturaleza, de manera que parecían formar parte de ella. Corría el rumor entre los Edain que antaño los Elfos moraban en aquellos parajes. Pero entonces sobrevino un gran mal y decidieron huir.

Pero aquella noche, el sueño de sus habitantes y el de Tingilyë se vio interrumpido. De repente la tierra comenzó a temblar y la ciudad se resquebrajó en dos. Tingilyë abrió los ojos, horrorizada ante el terremoto y se puso en pie con la respiración entrecortada. El origen del seísmo provenía de Seregrond, nombre que le dieron los Noldor al bosque de la Bóveda de Sangre.

La Princesa corrió hacia la ventana de sus aposentos y se asomó. Una oscura sombra se movía en el cielo proveniente de aquel bosque maldito. Entonces, el velo de las nubes se retiró y las estrellas brillaron sobre el monstruo que se cernía sobre la ciudad. Se trataba de un inmenso Dragón rojo y brillante, de resplandecientes alas y flamígeros ojos llenos de odio. La boca del reptil se abrió con fiereza, mostrando sus largos colmillos que resplandecieron bajo el haz plateado de la Luna, dispuesto a devorar a todo aquel que se interpusiera en su camino. Entonces la criatura dejo de volar y, para horror de quienes la observaban, se lanzó en picado contra la ciudad, haciendo arder edificio tras edificio con su aliento, quemándolo y arrasándolo todo.

El fuego ocupó su lugar en los tejados de las viviendas y una riada de aterrorizada humanidad abandonó su hogar, inundando las calles del Reino mientras comenzaba a llover ceniza y el aire se hacia irrespirable. Se produjeron avalanchas y muchos murieron aplastados; algunos gritaban al descubrir yacer en el suelo un rostro conocido, pero eran arrastrados por la oleada de personas que gritaban agonizadas en aquel ardiente infierno.

Tingilyë se apartó de la ventana, con el rostro demacrado por la masacre que había visto. Aquella era la oportunidad que tanto había estado aguardando para demostrar su valía en la batalla. Abrió un baúl de maderas nobles que estaba en un rincón de sus aposentos; de su interior sacó la armadura que había estado guardando todos esos años. Rápidamente se atavió con las vestiduras. Llevaba puesta una fina cota de malla anillada y una armadura ligera sobre el cuerpo de cuero. Colgó su espada de la cintura y la desenvainó cogiéndola por la empuñadura. La princesa observó su imagen sobre el frío acero que relucía a la luz de las velas. Trenzó su larga cabellera y se colocó un yelmo sobre la cabeza. Envainó su espada y guardó en su cinto una pequeña daga con runas élficas grabadas en su hoja.

Tingilyë escapó de sus aposentos en dirección a las caballerizas. Montó su caballo, un magnífico ejemplar de pelaje oscuro, y salió del palacio para unirse a la defensa de la ciudad. Los cuernos resonaban a lo largo de las calles llamando a los jinetes a la batalla. Mas cuando el Dragón se acercaba atraía con él una oleada de terror y los corceles enloquecían y huían en la dirección contraria. Tingilyë luchó contra el miedo que parecía poseerla y que le impedía pensar con lucidez y razón. Logró dominar su caballo, lo espoleó y se lanzó hacia delante dispuesta a luchar hasta el fin, la espada al frente, con la valentía propia de su corazón guerrero. Entonces, irguiéndose sobre los estribos volvió su mirada hacía atrás y se dirigió al Dragón. Éste clavó sus grandes ojos de serpiente en la humana. La Princesa los miró sin temor, alzando la cabeza con orgullo a pesar de que un sudor frío le empapaba la espalda y los escalofríos le recorrían la columna vertebral.

Acto seguido, Tingilyë condujo su corcel sobre las empredadas calles, atestadas de cadáveres y niños hacia las afueras de la ciudad, adónde se dirigía el Dragón. Sintió como la pena la embargaba y las lágrimas corrían por sus mejillas al reconocer los tétricos rostros de algunos muertos; ahora tenían los ojos perdidos en el vacío y una mueca de terror reflejada en su cara. Jamás despertarían.

Al llegar a los exteriores de la ciudad, Tingilyë se sacó aquella desdichada imagen de su mente y se lanzó campo abierto, rauda como el huracán sobre los campos. La bestia se lanzó en picado contra la guerrera, dispuesta a derribarla de un solo golpe. Pero Tingilyë se irguió de improviso sobre los estribos, alta y majestuosa, lanzando una estocada con su espada a su enemigo y abriéndole el vientre. Entonces el Dragón cayó al suelo, herido de muerte; mas en su caída derribo a la Princesa, quien se abrió la cabeza al golpearse contra una piedra. La sangre comenzó a emanar en grandes cantidades de su herida y a inundar el suelo. Se revolvió durante unos segundos sobre la hierba, sabiendo que la hora de su muerte se acercaba. Momentos antes de perder el conocimiento, abrió los ojos por última vez. Una dama caminaba sonriendo hacia ella, de rostro pálido y vestida de luto, con los brazos abiertos. Las nubes estallaron y una lluvia melancólica comenzaba a caer del cielo...

Bilbo paró de hablar. Los niños hobbits tenían el semblante disgustado, por culpa del agrio final del cuento. El anciano hobbit sabía que era posible que aquella historia resultara demasiado dura para pequeños de tan tierna edad, pero todavía quedaba una cosa más por explicar:

- Se dice que en el lugar donde yació el Dragón no volvió a crecer vida y que el paso inexorable del tiempo no ha logrado borrar las manchas de sangre que restaban sobre la tierra. Pero también dice la historia, que en el montículo donde descansa Tingilyë junto a su espada Alcarin brotaron unas flores doradas con forma de estrella, que fueron amadas por las gentes de su pueblo. Y que tiempo después los Eldar llevaron esas flores a Lothlórien, y se las llamó Elanor, que significa Sol estelar.

Y acto seguido comenzó a relatar su viaje hacia la Montaña Solitaria, pues sabía que pronto los niños reclamarían oír otra vez su historia favorita.

Escrito el 02-04-2005 10:04 #2

Los Valar comunican que esta historia ya ha sido evaluada y es recompensada con 270 monedas.

Un saludo, guerreros!

Historia finalizada.