El viaje había sido largo. El tiempo, infinito. Tan infinito que ya no recordaba ni siquiera cuándo había empezado todo aquello. No, ni siquiera recordaba su propio nombre, ni de dónde venía. Tan sólo el vago recuerdo de un bosque verde, el murmullo de las hojas penetrando en sus oídos como una preciosa melodía incompleta que tanteaba entre el viento buscando la nota perfecta, y dando con ella cuando la voz del hombre se abría paso entre la quietud del lugar
Las estrellas, el infinito, la ausencia de unas leyes, el descontrol de un universo y el amparo de una nueva dimensión habían sido su única compañía durante ese largo viaje. Y ni siquiera se trataba de una compañía física que reconfortara su espíritu, pues estaba segura de que su alma se había desprendido del cuerpo físico que la ataba a la tierra, para así poder alejarse de la Monstruosidad del Mundo y adentrarse en la belleza de lo infinito e inexplicable, teniendo la intención de nunca volver. Tampoco encontró otros como ella. ¿Sería ese su particular infinito? ¿Había para cada alma un lugar distinto, en el cual prepararse, en su propia inmensidad, para marcharse luego al magnífico valle, de un verde intenso, con las colinas que acariciaban el azul del inmenso cielo, donde todo era bañado por la eterna luz del sol, y hasta donde la brisa marina llegaba trayendo consigo su olor y la compañía del murmullo de las siempre hermosas gaviotas? ¿Era ese el lugar donde se reunían todas las almas que habían decidido desprenderse de lo físico, de las Guerras y la Amargura que conquistaba ahora Haldanóri?
Pero antes de llegar a él, antes de ese inmenso y delicado valle, las estrellas, pequeñas y grandes, eran su compañía. Viajaba a través de ellas, como si las mismas la empujaran a seguir, a encontrar a entrada que le aseguraba la Paz Eterna. Pero aún no había llegado, y tan sólo un recuerdo aparecía ante ella, confundiéndose con la luz delirante de las estrellas, ganando terreno, imponiéndose ante el infinito. Su mano rozaba las altas hierbas, el viento arrancaba, de forma delicada, las hojas de los árboles, dejando que algunas rozaran su mejilla… Y la luz… “Vuelve a mi”, dijo la voz masculina, “vuelve a mi, mi dulce amada, pues te quiero con locura y no quiero dejarte escapar”. Su voz inundaba el recuerdo, estremeciéndola, si es que podía, sintiendo la perfección de aquella voz que, poco a poco, iba dibujando el rostro del hombre, de un hombre a quién ya había visto… Pero no recordaba más y entonces la imagen se desvanecía, y las estrellas y el infinito volvían a ser su única compañía.
“¡Hlóke!”.
Se volvió, pero no vio nada. Y tampoco quería ser consciente de que la llamaban. No… ella no quería volver, su alma había decidido perecer antes que enfrentarse de nuevo al horror de la Guerra.
“¡Hlóke! Hermana mía…”.
No… no quería oír. Cerró su mente, dejó de escuchar aquella voz que no llegaba a reconocer. Tan sólo quería seguir las estrellas, que la guiaban hasta la entrada. Si… la entrada. No tenía por qué volver. No, su vida había llegado a su fin, y era feliz.
De pronto, en la inmensidad, alguien le cogió de la mano, arrancándola del letargo, de la sensación flotante que le rodeaba, desviándola del camino, adentrándola en una dimensión completamente distinta. La mano que la había secuestrado era una mano fuerte, de dedos largos y finos. Por breves instantes, lo único que vio fue aquella mano. La negrura del espacio la aterró. No había nada a su alrededor. Todo estaba sumido en la oscuridad. De pronto, una luz débil, muy débil, comenzó a emerger entre esa oscuridad, dejando que los ojos de ella vieran el resto del cuerpo del ser que la había desviado de la Paz Eterna. Quiso sentir rabia, pero en aquel lugar no había espacio para esos sentimientos.
Era hermoso, tremendamente bello. Sus ojos, grises, escrutaban la oscuridad, ayudados de esa tímida luz, buscándola. Cuando dio con ella, se acercó, dejando verse mejor. Su torso, perfecto, moldeado de forma hermosa, estaba desnudo. Un pequeño remolino de pelo rodeaba su ombligo. Los pectorales estaban bien desarrollados, sin llegar a ser robustos. El cuello era el significado de la perfección, y sus brazos, largos y fuertes, como sus manos. El color de su piel era de un moreno tostado. Llevaba unos pantalones oscuros de algodón y estaba descalzo. Sus ojos, grandes y grises, la miraban fijamente. En su rostro se formó una mueca de angustia. Sus labios, fijos y rojos, temblaban. Contenía las lágrimas.
“¿Por qué me has abandonado?”, preguntó, con una voz ronca pero sensual hasta el delirio. “¿Acaso no te di lo que necesitabas? ¿Acaso no te creé para que fueras mi Amante y mi forma física en Haldanóri? ¿Por qué ya no crees en mí?” dijo, mientras sus labios no habían articulado palabra, y seguían temblando.
Comprendió esa dimensión. La soledad que albergaba. Y comprendió a ese ser que la hablaba. Era Él, su creador. Era él quien le había dado la vida tanto tiempo atrás. Había vuelto a sus orígenes sin buscarlo. Ante ella se alzaba Él, el Perfecto, el Creador, su Amante. Por un momento, lo único que recordó fueron las imágenes de su creación, esos recuerdos que le habían sido negados durante tanto tiempo, hasta ahora. Vio como el Creador había encontrado una mujer hermosa, un cuerpo físico bien hecho, bonito y fuerte, hija de una Maia. La había secuestrado, y junto a ella, una serpiente larga y negra como el azabache. Y el Creador, perdido y solo, como lo había estado hasta entonces, había utilizado su poder, el poder con el que había sido dotado desde la Creación del Mundo, y había dejado que la serpiente mordiera el cuerpo perfecto de aquella mujer, mientras el Creador, movido por su codicia y por su tristeza, había posado entonces las manos sobre la serpiente y sobre la mujer, y una luz sombría había surgido del cuerpo de la mujer, y la serpiente había desaparecido, dejando en el lugar, tan sólo al creador y aquel cuerpo perfecto, que desprendía entonces un aura sombría. En aquella dimensión, en esa oscuridad, era donde el Creador podía adoptar su forma física. Y había mirado a la mujer, y la llamó “Hlóke Morna”.
El recuerdo se desvaneció. Comprendió que entonces, en esa dimensión, su Creador la había amado, la había instruido, la había fortificado y traspasado su poder de mil formas diferentes. Habían pasado, desde que concibió el nombre de Hlóke Morna, días en aquella dimensión, sumidos en una pasión descontrolada, donde dos cuerpos, ambos perfectos, se buscaban y se comprendían en la Oscuridad, en la intimidad que se les había otorgado. Y entre posesión y cesión, el Creador había hablado a Hlóke de una misión. Si… La Misión. No hacía falta recordarla. Había sido el único concepto abstracto, el único recuerdo que no se le negó poseer cuando bajó a Haldanóri, para aprender y llevar a cabo esa misión, pues el Hombre no podía bajar hasta esa tierra, no podía concebir una forma física, a no ser que fuera en esa dimensión. Tan débil era su poder en el mundo físico que tenía que resguardarse ahí y enviar a su Amante, su Pareja, a la Tierra para que ella cumpliera su venganza.
Recordaba que le había amado, en aquel lugar, donde el tiempo parecía no existir, donde sólo estaban ellos dos, el Creador y su Amante, y no necesitaban más. Había comprendido la soledad de su Creador, sus ansias s de venganza, aun sin que este hubiera hablado. Le había amado por su perfecta sencillez, por su dulzura al acariciarla, y su voz ronca, deliciosamente hermosa, al hablarla. Le había amado por cómo le enseñó el mundo a su manera, aun sin haber bajado a él. No había tenido nunca la noción física de él, pero sí la psíquica, una noción que muchos otros ignoraban y por la cual le habían condenado. Le había amado por las lágrimas que derramó al recordar a sus hermanos. Le había amado por sus manos y por la perfección de su rostro. Le había amado por ser su Creador y no e reprochó haberla creado a partir de una mujer hermosa a la que le había arrancado toda noción psíquica, toda memoria, antes de la mordedura de la serpiente, la extraña fusión y el posterior y largo aprendizaje de Hlóke. Le había amado por que ella era parte de él.
Pero entonces había bajado a Haldanóri, y había perdido la memoria de todo aquello que había vivido y aprendido en esa oscura dimensión, su procedencia, su Creador. Tan sólo el recuerdo de la Misión.
“Dime, mi Amante, ¿por qué me has engañado?” preguntó el Creador, de nuevo, sin mover los labios. “¿Acaso no te amé lo suficiente?”.
No sabía si ella estaba allí en cuerpo físico o como espíritu. Tan sólo tenía la certeza de que el Creador sí estaba en presencia física. Ese cuerpo que tanto había deseado y que había recorrido con la yema de sus dedos. Habló.
“No debiste arrebatarme la memoria cuando bajé. Ya no te amo” dijo, con voz trémula. No creía que realmente le estuviera diciendo eso.
El Creador sollozó. Su alma en pena resurgía desde siglos atrás para volver a encontrarse con sus peores enemigos: el desprecio y la condena. Lloró.
“No llores, amado mío. No existe consuelo para ti en este momento. No intentaré aliviar tu dolor pues no hay cura para él. Si hubiera conservado mi memoria, si no me la hubieras arrebatado, yo no habría conocido a Dawar, y te seguiría amando como cuando vivíamos los dos felices en esta Oscuridad. Pero me hiciste bajar, y cuando pisé la Tierra, no recordé nada. Tu poder me arrebató la memoria, y yo caminé por senderos, montañas y pueblos pensando que no provenía de ningún lugar, y que tan sólo tenía que aprender de Haldanóri para llevar a cabo mi misión. Pero no me dejaste ni un atisbo de tu rostro, ni de tu voz. Y conocí al hombre, con su única perfección ante las tuyas: su voz. Y me cautivó el corazón. Y si tu recuerdo pensaba resurgir de entre los horrores y la alegría, ese hombre lo enterró aún más. Y aún así, aunque mi corazón le perteneciera, la Misión ganó importancia y urgencia ante la posibilidad de una vida feliz junto a él. Piensa que finalmente triunfaste. Quizás ese es el único consuelo que puede existir para ti.”
El Creador lloraba, desconsolado, y sus sollozos resonaban en aquella oscuridad silenciosa, impregnada tan sólo de una leve luz y unos apenados llantos.
“No, no es un consuelo para mi, mi amada Hlóke. Has renunciado a la vida, y quieres reunirte con él. ¿Qué clase de triunfo es el que me otorgas?”
Hlóke le miró, perpleja. “Has renunciado a la vida. Y por tanto, a la Misión”, dijo su creador de nuevo. Sí, finalmente no había ganado. Ella había tenido la esperanza de que Dawar la esperara en aquel hermoso valle, se había abandonado a la vida y ni siquiera había comenzado un pequeño atisbo de la Misión.
“Te amé lo suficiente para que comprendieras que el único recuerdo de todo esto que debía bajar contigo a la Tierra era el de la Misión. No podía dejar que quisieras volver, exponerme al conocimiento de otros, regresando a mis brazos por que no tendrías fuerza para hacer lo que te pedía y…”
“Pudiste haberme avisado” interrumpió Hlóke. Sentía deseos de acariciar sus brazos, de besarle los párpados, pasar sus yemas por su espesa mata de pelo. Sentía de nuevo amor por él. Pero la voz de Dawar surgió de nuevo desde la lejanía. “Vuelve a mi, mi dulce amada. Vuelve a mi… Todos los placeres de estar muerta te esperan junto a mi, mi dulce amada. Vuelve a mi.”
“…puesto que no habría tenido sentido”. La voz ronca del Creador la había devuelto a aquella oscuridad. Se acercó a ella y acarició su pelo. Fue entonces cuando Hlóke tuvo la certeza de que estaba físicamente ahí, y de que podía devolverle la caricia a su Amante, entregarse al deseo y perdonarle. Perdonarle por todos los errores, y amarle de nuevo. Olvidarse de aquella visión, en la que la voz de Dawar le pedía que volviera…
“Sí, mi Amante. Entrégate de nuevo a mi. Vuelve a ser mía, mi Pareja, mi presencia física en Haldanóri, y esta vez tu memoria estará intacta. Te he echado de menos, mi Amante. La Soledad me ha carcomido durante estos largos años, décadas, siglos, en esta Oscuridad, deseando tu regreso, sin saber cómo podías volver a mi”, dijo el Amante, sensualmente. Estaba paralizado por el deseo, pero volvió en sí, y besó a Hlóke en ambas mejillas. “Mi Amante…” murmuró.
“Basta” dijo Hlóke con ternura. Se apartó. Mentalmente ordenó sus ideas, y decidió que, si su Creador era lo que una vez dijo ser, se entregaría de nuevo a él. “¿Qué vamos a hacer ahora?”.
“Oh, mi bella amante. Volverás a la vida. Más fuerte y temible, con nuevos poderes, para que puedas volver a mi cuando quieras, para amarme de nuevo tantas veces desees, sin tener que abandonar la vida, sin tener que morir”, dijo tranquilamente. Cogió su rostro en sus manos y le besó los labios de forma sensual. “La Guerra no será ya tu enemiga, ni te abatirá. Afrontarás a tus enemigos con destreza y crueldad, avanzando con firmeza cada peldaño de la escalera hasta llegar a tu destino. Serás temida entre ellos, y como ya he dicho, te concederé la posibilidad de que tus poderes aumenten considerablemente. Y volverás a mi cuantas veces ansíes, y me tendrás esperándote, deseando tu encuentro y caer rendido de nuevo entre tus brazos, mi Eterna Amante.”
Si, eso es. Que la Guerra no me canse ni me cause más amargura, y que ya no llore por un hombre mortal. Que las heridas de Haldanóri sean ahora la fuerza que me guíe entre mis enemigos, y la Tormenta mi aliada ante ellos. Que vuelva a ti como una Amante en busca de la pasión de su amado. Que nada me entristezca ni me aflija ya, excepto tu ausencia. Si… seré de nuevo tuya. Tómame.
Hlóke no había pronunciado palabra, pero su creador había oído sus pensamientos, y ya la sostenía entre sus brazos, en un hermoso abrazo, del cual emergió otra luz, mucho más potente, entre los dos cuerpos, pero pronto se apagó y poco se pudo percibir del proceso al que el Creador había sometido a su Amante, reconfortándola primero con cálidos besos y caricias, y luego, con esos nuevos poderes que le había prometido, a cambio de que fuera de nuevo suya y de que volviera a la vida para cumplir la Misión, con la inconfundible alegría de que esta vez, podrían buscarse cuando quisieran.
Y, después de tanto tiempo, por primera vez, Hlóke se sintió feliz, tranquila y pletórica con la idea de volver a la vida, y no pensó en Dawar como el hombre de la voz perfecta que la había conquistado en la Ciudad de las Luciérnagas, y que había pintado su cuerpo de forma tan hermosa (su Creador le pidió que siguiera con esa costumbre pues la encontraba realmente deliciosa), sino como un hombre al que había conocido y se había entregado en la ignorancia. Y no volvió a escuchar su voz, ni volvió a ver su rostro. Y por ello no se sintió afligida pues de nuevo estaba en los brazos de su verdadero Amante, en aquella inmensa y tranquilizadora Oscuridad.