La Guerra de los Clanes

El Renacimiento

Escribiéndose...
Escrito el 03-03-2005 15:03 #1

El aire fresco penetraba en sus pulmones, limpiándolos después de tantos años del aire normalmente viciado y cargado que se respiraba en Telpe. Aparte de eso, la Ciudad de la Orden era un lugar hermoso en el que vivir. Perdiéndose en sus pensamientos, se dio cuenta de que, aunque Nurn y Telpe se asemejaran en cuanto a idealización (y más que nada, en según qué aspectos muy básicos), ambos tenían formas muy distintas de vivir la vida, y de tratar a los que están a su alrededor. Sabía que en Nurn, los Dirigentes trataban a sus súbditos con odio, haciéndoles obedecer sin otra opción, e infundiéndoles el miedo, mientras que a los del propio Clan, les respetaban, e incluso apreciaban. ¿Cómo iba a serle fiel un Ejército que iba a la Guerra por miedo y no por honor? A la larga, se rebelarían.

Sabía que en aquella región, tan sólo había rocas puntiagudas que se alzaban amenazantes para todo aquel que osara acercarse; cuevas interminables que te llevaban hasta el corazón de la Tierra, que escondía temibles secretos para aquellos que no soportaban el hedor a putrefacción y el ruido del Silencio; columnas de humo que se alzaban poco a poco hacia el cielo hasta unirse a las nubes negras que continuamente tapaban la luz del sol, sin que el terreno fuera bañado por la calidez de la mañana. Si realmente no era así, lo tendría que ver con sus propios ojos para poder creerlo. En cambio, en la Ciudad de la Orden se podía vivir tranquilamente, sin temer a dar un paso en falso, angustiado por la ira de los Mayores que, de forma espontánea, podían decidir sobre tu vida… Si acabar con ella o perdonártela. No, en Telpe no pasaba eso. Estaba orgullosa de su Clan. Orgullosa de cómo evolucionaba, aun manteniéndose firme a sus ideales, pero sin responder ante nadie, sino tan sólo ante el propio Clan.

Pero ahora estaba lejos de su Ciudad, luchando contra el amargor de la Guerra y contra ella misma. Quiso sonreír, agradeciendo la obra de alguien, pues el paisaje que se presentaba ante ella intentaba al menos reconfortarle el corazón, pero ni siquiera tenía fuerzas para ello. Había visto tanta Muerte… No le importaba la muerte del enemigo, pues, al fin y al cabo, era quien impedía que alcanzara su objetivo. Pero sí le importaba la Muerte de sus soldados, de aquellos que habían perecido a su lado, en la hora de la batalla… Siempre pensando en que podía haber hecho mucho más, que los podría haber salvado, pero impotente al reconocer que finalmente no había sido así, y que incluso Máleon, aquel al que había llegado a apreciar como un hermano, no volvería a ver jamás la hermosa luz de la Luna, de la que tanto solía hablar cuando la noche tendía su manto de oscuridad sobre aquel Bosque que se había vuelto fatídico y temible para la Serpiente Negra.

No comprendía cómo el pueblo había podido recomponerse de la Guerra. Cómo había podido volver a sonreír, haciendo fiestas, conmemoraciones a los que habían dirigido la batalla… ¿Cómo se había podido acercar aquella chiquilla a ella y darle las gracias por haber devuelto la vida al Pueblo? “¿La vida?” había pensado Hlóke. “Yo sólo veo Muerte”. Con su vestido blanco y verde, con unos zapatos que cubrían delicadamente sus pies pequeños, sonriendo, y tirando, alrededor de la Serpiente Negra, blancas flores que pretendían ser la esperanza de alguien que la había perdido y que temía no pudiera volver a regresar… Pues tanta falta le hacía.

- Cuentan historias sobre ti a la hora de la batalla… Dicen que te enfrentaste a una temible mujer y que le hiciste frente como la Señora de la Guerra, usando tus cuchillos hasta darle un buen golpe.

- ¿Un buen golpe? … - había preguntado Hlóke, desquiciada aún por el reciente dolor de tantas pérdidas. – Un buen golpe… Hubiera sido un buen golpe si aquella daga hubiera atravesado el cor… - se quedó a medias. ¿Iba a hablar de la Guerra con una niña, aún en la edad de la inocencia? – Ve con tu madre y dile que te enseñe a leer. Que te enseñe a hablar como una verdadera mujer. Que te enseñe cuáles son estas flores, y qué árboles se alzan por la Ciudad. Que te enseñe amar la vida, amar al hombre, amar las cosas que tienes, y que te enseñe a valerte por ti misma. Olvídate de la Guerra. De ella tan sólo podrás aprender lo que es la amargura.

Hlóke se había quedado mirando a la niña, viendo cómo sus pequeños pies intentaban cruzar el recorrido que la distanciaba de su madre, a la mayor velocidad posible. La chiquilla se había ido corriendo, asustada, debido al tono tajante de la mujer. No había pretendido asustarla.

- Pero lo has hecho – dijo una voz, a espaldas de Hlóke Morna. – No deberías hablar así a una niña que tiene toda la vida por delante… y que tan sólo ha venido a darte las gracias. – Hlóke no se volvía. Sabía que ahí, realmente, no había nadie. – No te tortures por lo que pasó en aquel campo de batalla. Cada hombre era responsable de sí mismo, al igual que tú eras responsable de ti misma. No te servirá de nada lamentarte hasta el fin de los Tiempos por la pérdida de aquellos hombres. Sigue luchando por aquello que quieres, y no dejes que nada atemorice tu corazón. Recuerda quien eres.

“Recuerda quien eres”… Claro, era tan fácil como eso. ¿Y quién era realmente? De repente, había aparecido en medio de una tierra, proviniendo de la nada. Tan sólo tenía conocimiento de que había sido creada por Él, y que debía cumplir una misión. Que todos sus pasos llevarían, ya fuera antes o después, a crear una gran empresa contra el mal que se alzaba y pretendía acabar con ellos. Daba igual si ahora estaba ahí, intentando alejarse de aquella atrocidad vivida, puesto que acabaría haciendo lo que tenía que hacer. Quizás por eso no le preocupaba tanto el haberse ido de Telpe durante un tiempo, en un pequeño viaje, había dicho a sus compañeros, para disfrutar de la soledad. “Pamplinas” pensó. No era propio de ella huir. Siempre había intentado afrontar sus problemas con ímpetu, con la mayor delicadeza posible, pero para que se solucionaran pronto. Ahora lo único que había conseguido hacer había sido huir.

Se sentía frustrada. Con ganas de llorar, de desahogarse. La soledad que sentía crecía por momentos, como si alguien la extendiera con un cuchillo, untándola en todo el alma de Hlóke, hasta llegar a cada rincón de su ser. De pronto, no podía con su cuerpo. Sentía que le pesaba más de lo normal. Hace un momento, había intentado sonreír, y ahora, le flaqueaban las piernas, le temblaban de una forma exagerada, y los brazos no encontraban lugar en el que apoyarse. Cayó al suelo, de rodillas. El temblor se había extendido a todo el cuerpo, y su llanto era ahora incontrolable. Las lágrimas recorrían todo su rostro, el rostro pálido que tanto había acariciado Dawar. Un pinchazo invadió su corazón. Se llevó una mano hacia el pecho, instintivamente por el dolor. Sus sollozos invadían el silencio del lugar, ganándole terreno poco a poco. Intentaba respirar, pero la angustia que sentía no le dejaba, oprimiéndole el estómago y los pulmones. Una sensación horrible se apoderaba de ella poco a poco. Quiso enjuagarse las lágrimas, pero de nuevo, un pinchazo en el corazón la sorprendió. Esta vez, el dolor era mucho más intenso, y se llevó las dos manos al pecho, entre sollozos. De repente, se desmayó.

Escrito el 03-03-2005 15:04 #2

Un hombre, vestido con ropajes negros, y con una mochila a la espalda, se había parado a descansar en un recóndito lugar de aquella Tierra que estaba explorando poco a poco. Hacía dos días que se había marchado de casa, y, aunque la distancia que hubiera entre su pueblo y aquel lugar no era de dos días caminando, sino cinco horas a lo sumo, el camino se había visto sorprendido por paradas continuas para observar la belleza que, según creía el hombre, caracterizaba cualquier rincón de aquel lugar.

El Sol estaba en su punto álgido, acechando con sus rayos a cualquiera que paseara bajo él, provocándole gotas de sudor en casi todo el cuerpo. En cambio, él parecía tan fresco que nadie hubiera dicho que vestía de negro y que estaba a pleno sol. Sonrió, satisfecho por haber emprendido aquel pequeño viaje, notando que la felicidad se colaba por todos los poros de su cuerpo, invadiéndole poco a poco, y creándole una sensación de placer y éxtasis que no dejaría que se interrumpiera por nada. Cuando el punto máximo ya hubo pasado, y tan sólo quedaba esa extraña sensación de bienestar que le dejaban esos explotes de felicidad que le daban de tanto en cuanto, cuando realmente tenía motivos para tenerlos, se fijó detenidamente en el paisaje. La panorámica le provocaba un regocijo mayor, y el Cielo azul, poderoso sobre él, parecía que le sonreía.

No podía quejarse. Realmente, no podía hacerlo. Había tenido todo cuanto hubo querido. Había hecho siempre lo que había querido. Había conseguido que el pueblo recapacitara. Tan sólo él había tenido el permiso de salir. ¿Quién más quería hacerlo, cuando se trataba de un pueblo que no quería ser descubierto ni quería descubrir? Un alma aventurera como la mía, pensó. Y ahí estaba. Lo había conseguido. “Jajaja”, se reía del alcalde del pueblo.

De pronto, sus ojos se fijaron en un punto lejano. No distinguía bien qué era. No eran brotes de matorrales, de eso estaba seguro. Tenía una forma irregular. Distinguía dos colores, el negro y uno mucho más claro, como un blanco con intención de ser más vivo. Quizás era un animal muerto. No tenía ninguna gana de acercarse ahí, y descubrir que realmente era eso, y que el mal olor que lo envolvía podría con su estómago. Quizás estaba abierto por la mitad, mostrando sus tripas… “Ugghhgg”, exclamó. Se dio la vuelta, con la intención de retomar el paso, pero algo se lo impedía. Sus pies estaban encallados en aquella fina y exquisita tierra. Se volvió, de nuevo, hacia aquel punto lejano. “Si… me acercaré a ver qué es”.

Cuando llevaba un rato caminando, comenzó a distinguir lo que eran los colores. El color negro pertenecía a lo que era un traje peculiar, quizás utilizado en alguna batalla, alguna lucha… Las Guerras que se libraban al Oeste de su pueblo. Parecía un tarje femenino. Poco a poco, fue descubriendo unas largas piernas, llegando hasta los pies, descalzos. Si… era una mujer. Y cuando su mente reaccionó, sus piernas también lo hicieron, y comenzó a correr desesperadamente hacia aquel cuerpo tendido en el suelo, mientras balbuceaba lo que intentaban ser gritos de socorro, aunque realmente no servía para nada, pues no había nadie en muchos kilómetros a la redonda, y probablemente, aquella mujer ya estuviera muerta.

Escrito el 03-03-2005 15:04 #3

Era el mismo sueño otra vez. Aunque esta vez, parecía mucho más real. El olor a petunias entraba por su nariz, hasta llenarle los pulmones de aquella fragancia que tanto había buscado en un pasado algo más que lejano. La hierba, de medio metro, le rozaba las piernas con mucha sutileza, provocándole cosquillas, y que desde su interior, surgiera una risa tremendamente sincera. Una risa de la que Dawar estaba enamorado. Había aparecido a la izquierda de su campo de visión, con su hermoso porte, siempre tan bien vestido, y con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba feliz de que estuviera de nuevo con él. Había regresado a él, y no importaba lo que hubiera pasado en tanto tiempo… Ni siquiera recordaba las crueles palabras del adiós de Hlóke, aquel día, cuando había pintado, por primera y única vez, su cuerpo. Portaba un delicado vestido negro, fino, que dejaba al descubierto sus redondos hombres y sus hermosos tobillos. El Sol se alzaba en lo alto del cielo, tocando la hierba con sus cálidos rayos, acariciando las copas de los árboles que se imponían en aquel bosque no tan denso, y bañando el rostro de Hlóke de un leve calor que contrastaba con el viento frío que se había levantado. El murmuro de las hojas de los árboles caer había penetrado en sus oídos como una canción melodiosa que pretendía transmitir la sencillez y belleza del lugar.

Si, había vuelto a su hogar. Para ella, la pequeña y apacible casa de Dawar era su hogar. Acarició la mesa de madera con la palma de su mano, dejándose invadir por una sensación de bienestar. Paseó su vista por los recuerdos que Dawar había guardado de ella. Los cogía uno a uno, observándolos detenidamente, y sonriendo al comprender el significado de aquellos objetos. Dawar la miraba desde la puerta, aún sonriendo. No había dejado de sonreír desde que la había visto de nuevo en el Bosque, buscándole, extasiada por que había recordado el camino a la Ciudad de las Luciérnagas. Por que de repente, eso es lo único que había recordado. Ya no había Muerte, ya no había destrucción. Ya no oía las armas chocar, unas contra otras. Ya no olía la sangre de sus hombres. Ya no había un bosque sumido en unas cruentas llamas, unos truenos y relámpagos que intentaban avanzar en la inmensidad del Cielo Oscuro que se había cernido sobre ambos ejércitos aquellas noches ahora tan lejanas. Tanto, que ya ni siquiera recordaba a Máleon. Nada, no recordaba nada. Y de su ser había desaparecido aquella opresión, aquella angustia y amargura que había sentido desde la primera vez que había tenido que retirarse del campo de batalla, bajo la orden del Dirigente de la Compañía, viendo los resultados de esa Guerra. Su conciencia había dejado de perseguirla… Ni siquiera en su vientre tenía aquella atroz cicatriz.

No me he movido de aquí, pensó. Todo ha sido un sueño. No he abandonado a Dawar, y no he vivido ninguna guerra. Pero la cruda realidad es que Hlóke Morna estaba de nuevo postrada en una cama improvisada, en algún lugar de aquel paisaje que habían visto sus ojos lagrimosos antes de caer al suelo, sufriendo dolores y espasmos. Sí, se había marchado de aquella Ciudad, dejando atrás a Dawar y el amor que sentía por él. Y sí, había vivido una Guerra y había perdido muchos de sus hombres. Pero la ilusión de la Serpiente Negra había sido volver a su hogar, y al menos, por unos breves momentos, lo había conseguido. Cuando despertara, todo sería distinto. Volvería de aquel sueño, y se daría cuenta de que su conciencia, desgraciadamente, aún la perseguía.

Escrito el 03-03-2005 15:05 #4

“No, no puede ser”, pensó. Aquella mujer todavía respiraba, pero a duras penas. Su cuerpo no se movía, tan sólo el pecho, subiendo y bajando muy poco a poco, cada cierto espacio de tiempo. Había buscado su muñeca, para ver si aún tenía pulso. Lo tenía. “¿Por qué no ha muerto?” se preguntó. Era una pregunta que se formulaba a él mismo, notando el tono egoísta que había surgido de su interior. No quería problemas. No quería cargar con aquella mujer y ponerla a salvo, hasta que se recuperase, estando él a su lado. Quería seguir su camino, andar pausadamente por el recorrido que había trazado al salir del pueblo. Quería ver el mundo que sus padres nunca le habían dejado ver. No quería ser responsable de nada. ¡No no y no! Dejaría ahí el cuerpo de la mujer. Algún día tendría que despertar, ¿no? Y él no tenía por qué estar ahí, ni tenía por qué darle cobijo, y cuidarla hasta que lo hiciera. Se fijó en su rostro. No hacía muecas. Sus brazos estaban completamente quietos. Ni un solo músculo se movía. Su pecho tampoco lo hacía. ¿Habría dejado de respirar?

“¿Pero en qué estoy pensando?” Si tenía un poco de decencia moral, sabía que no podía dejar a aquella mujer tirada en aquel lugar, en medio de la nada. No presentaba golpes, heridas, o señales de que hubiera peleado con alguien, aunque vistiera de guerrera. Ni tampoco llevaba armas. ¿Le habrían dejado inconsciente y habrían robado sus armas? Quizás eran de sumo valor, y quién sabía la gente que recorría aquel lugar en busca de… No, no tenía sentido. Nadie recorría esas tierras en busca de cosas de valor que robar. Era absurdo. Y mientras divagaba en posibles conjeturas, el tiempo pasaba, y Hlóke Morna respiraba cada vez menos.

Sacudió su cabeza, como para volver de nuevo a la Tierra, y tomar una decisión en seguida. ¡No podía llevarla al pueblo! Aunque fueran unas cinco horas caminando, no podría cargar tanto tiempo con el cuerpo de aquella mujer, por muy liviana que fuera. Además, los del pueblo no querían extraños que viniesen a meter las narices en sus asuntos, y que les pusieran a patas arriba sus costumbres. “Pero si nunca ha pasado”, se dijo el hombre. “Bah, seguro que comentarían la famosa coletilla de “Cuentan las historias que en un pueblo…””. Pamplinas, dijo. Tendría que buscar algún tipo de refugio… Unos matorrales bastante altos… Una pequeña concentración de árboles que cubrieran su paso y su descanso. Así que decidió llevarla y ponerla a salvo. Tenía agua, y una bebida algo fuerte por si tenía que hacer reaccionar a aquella mujer, o sanar… o al menos desinfectar, gracias al alcohol, alguna herida que tapara ese extraño ropaje. “Una guerrera…” pensó. “¿Y qué pasará cuando se despierte? ¡¡Quizás me mate!!... Bueno, al menos moriré con la conciencia tranquila y sabiendo que al final conseguí hacer lo que nunca nadie quiso y pudo hacer en el pueblo…” se dijo, intentando ponerle gracia al asunto. Realmente, no la tenía, y se sentía inquieto. Pero no podía dejar aquella mujer ahí. No, por que tenía cierta decencia moral.

Cuando se agachó para recogerla, de nuevo titubeó. “Pero… ¿Y si está loca?... Bah, venga, que no va a pasar nada”, se dijo de nuevo, para tranquilizarse. Tocó su hombro, pero la mujer no reaccionó. En cambio, el cielo parecía haberse enfurecido de repente. Una tormenta amenazaba con grandes nubes tapar el sol. Pero el hombre pareció no verle el significado, y con aparatosos movimientos, consiguió levantar el cuerpo casi muerto de la mujer, entre sus brazos, y empezar a caminar. “Maldita sea,” exclamó… “¡¡y ahora se pone a llover, joder!!”.

Las gotas caían descontroladamente, bañando la región en muy poco tiempo. El espacio temporal que separaban los truenos de los relámpagos era mínimo. Tenían la tormenta justo encima. ¿Pero cómo podía ser? ¡Si hace nada hacía un calor con el Sol en lo alto del cielo! Empezó a correr como pudo, intentando mover lo menos posible el cuerpo de la mujer. Pero era imposible. Su paso era demasiado lento como para estar corriendo. Y viendo que la mujer no se despertaba ni por esas, intentó que la cabeza se moviera lo menos posible, pero el resto del cuerpo fuera a su aire. Que va, tampoco funcionaba. Incluso su paso era mucho más lento. Resolvió tener paciencia y mojarse hasta encontrar un sitio decente en el que improvisar una pequeña campaña y una cama (u hojas grandes que tuvieran la intención de hacer de cama) para la mujer. Se pasó no sé cuánto tiempo corriendo, de aquí para allá, entre matorrales pequeños y flacos, entre árboles raquíticos que no daban siquiera sombra a la luz del sol… Corriendo y corriendo, su cuerpo no daba para más. El cuerpo comenzaba a ser ya demasiado pesado, cansándole los brazos, dejándolos sin fuerza. Pero hizo un último esfuerzo. Había visualizado unos cuantos matorrales densos alrededor de tres o cuatro árboles, algo juntos para su gusto de jardinero, aunque no lo fuera.

Escrito el 03-03-2005 15:05 #5

Reía con ganas. Sus ojos brillaban. Su pelo ondeaba por la gracia del viento. Acariciaba con las palmas de sus manos la hierba alta que la envolvía en aquel momento. Una música dulce y hermosa provenía del bosque. Eran las ramas de los altos árboles cayendo poco a poco al suelo, lentamente, impregnando el lugar de una tranquilidad abrumadora. Los pies descalzos notaban las primeras gotas de la mañana, entre sus dedos. ¡Qué sensación tan apaciguadora! Se sentía pletórica. Seguía riendo, como si nada le impidiera parar, intentando llegar hasta los confines de aquel lugar, aquella región, para que todos supieran que había vuelto de nuevo a la vida… Que se había marchado, pero por poco tiempo, pues había vuelto al lugar que tanto había recordado, junto al hombre que tanto había amado y que tanto amaba, aún. Miró a Dawar, que la cogía de las manos, y la hacía dar vueltas con él, complaciéndose de su conjunta felicidad. También estaba pletórico.

Paró de dar vueltas, y acarició el rostro de Hlóke, apasionadamente. Le echó los cabellos hacia atrás, dejando al descubierto esas hermosas orejas, tan perfectas. Las recorrió con las yemas de sus dedos, bajando por la nuca, hasta llegar a su ombligo, que estaba tapado por el fino vestido negro. Sus dedos daban vueltas alrededor de aquel lugar tan magnífico en el cuerpo de la mujer. Lo encontraba sorprendentemente bello. Como cada parte de su cuerpo.

Hlóke recordó aquella tarde que le parecía tan lejana, cuando Dawar recorrió todo su cuerpo con la pintura, parándose en sus pechos, en sus rodillas, en sus hombros redondos. Se sentía completamente feliz, reconfortada. No sabía cómo explicarlo. Un cúmulo de sentimientos se había concentrado de repente en ella, y aunque no supiera darle forma, darle palabras, sabía que se sentía tremendamente bien. No se debía preocupar por nada. Y Dawar la observaba, aún riendo, y jugando con sus dedos en el cuerpo de ella. Sus manos, finas y delicadas, pero caracterizada por esa masculinidad, recorrían poco a poco sus brazos, hasta acabar de nuevo en su rostro. La besó. Hlóke sintió de nuevo esa sensación que le brindaba tantos placeres en un solo momento. El roce de los labios le provocó un ligero cosquilleo, que corrió hasta llegar a las puntas de los pies, habiendo recorrido todas las otras partes de su cuerpo, antes de llegar a su destino. Unas leves notas de música se alzaron por encima del viento, desde un lugar lejano, trayendo una frescura y una dulzura que impregnaron el lugar que rodeaba a Hlóke y Dawar. Parecía un mundo creado expresamente para ellos dos, con tonos azules, grises, amarillos pastelosos, rojos que iban perdiendo su matiz delicadamente, y un verde vivo y real que los envolvía en una incesante rueda de felicidad y alegría.

Poco a poco, unas nubes delicadas, de un color grisáceo, se fueron cerniendo sobre el lugar, portadoras de la magnificencia de la lluvia. Hlóke estiró los brazos, y Dawar, observándola, hizo lo mismo. Pronto comenzarían a caer las gotas de lluvia, purificantes, frescas, impregnando el lugar de un olor a hierba mojada, cayendo entre los dedos de sus pies… Dawar sonrió, y viendo que Hlóke seguía con los brazos estirados, se acercó a ella, la abrazó y la levantó del suelo, dando vueltas con ella… Hlóke reía y reía sin parar, mientras las lluvias comenzaban ya a mojar cada rincón de aquel lugar…

Hlóke, feliz, sentía las gotas de la lluvia en su cara…

Escrito el 03-03-2005 15:06 #6

Las gotas caían sobre ellos. El hombre, vestido de negro y de rostro pálido, no había tenido tiempo de improvisar un techo para que el cuerpo de la mujer se mantuviera al resguardo de la lluvia. Las gotas que conseguían atravesar las copas de los árboles que intentaban cubrirles, mojaban el cuerpo de la mujer. Un agua fría en un cuerpo frío.

Había llegado hasta aquel pequeño resguardo, y, había tumbado a la mujer sobre unas mantas que llevaba en su mochila. Los matorrales les resguardaban del repentino viento que se había levantado, pero nada les protegía de la lluvia, excepto las copas de los árboles que no impedían el paso de todas las gotas, pero que aportaban un poco de ayuda.

De repente, el hombre vio como una mano de la mujer se movía, como si intentara alcanzar algo. Buscó a tientas una mano que nunca llegaría a coger, encontrándose con el vacío. Un sollozo surgió de sus adentros. Seguía con la mano tendida en el aire, tanteando la nada, intentando agarrar algo de lo que no se quería desprender. Las lágrimas de sus ojos se confundían con las gotas de la lluvia. No quería abrir los ojos. El hombre, que miraba atentamente la escena, sintió una compasión por la mujer, que no se podía explicar. El rostro de la mujer estaba contraído en una mueca de tristeza, de un dolor infinito que para él, llegaba hasta los confines de aquel lugar, pasando por todos los pueblos, valles y minas que hubiera escondidos en la frondosidad de la tierra, cubiertos por árboles, nubes negras, montañas amenazantes… sumiéndolos también en esa tristeza que surgía de la mujer. Incluso a él también le contagió, y su rostro pasó de ser una mueca de curiosidad a una expresión vacía, que no sabía dónde se encontraba, ni qué hacía… pero que conocía el sentimiento que transmitía la mujer.

Hlóke, con las primeras gotas de la lluvia, había visto cómo poco a poco, el mundo al que había llegado se iba desmoronando poco a poco. Los colores se iban apagando. El verde ya no la envolvía con su fuerza y su calidez. La hierba ya no le tocaba las rodillas, y no sentía los pies tocando el suelo mojado. El sol de repente, se había escondido. Las petunias ya no desprendían ningún olor. El murmuro de las hojas caer había cesado, repentinamente. Y la risa de Dawar ya no llegaba hasta ella. El rostro del hombre que había amado tanto se desvanecía poco a poco, confundiéndose con los tonos grises, blancos y negros que de repente habían aparecido en su visión. Los portentosos brazos de Dawar ya no la agarraban con fuerza, como si nunca quisieran dejarla escapar. Se habían soltado de su cuerpo, dejándola sola en aquel lugar. Y de repente, su imagen desapareció. Dawar ya no estaba allí. Como ya tampoco estaba aquella apacible casa, ni tampoco estaban los pájaros que habían cantado para ella.

De repente, comprendió que todo había sido un sueño. Comprendió que el día en el que se marchó de la Ciudad de la Luciérnaga sí que había existido, y comprendió también que quizás, por un instante, la decisión que había tomado en tan lejano tiempo, había sido la errónea. ¿Por qué sino, entonces, estaba donde estaba, sufriendo como sufría? Si se hubiera quedado con él… no tendría que haber visto tanta Muerte. Las imágenes de la inminente guerra aparecieron en su mente de forma repentina, pasando una a una velozmente. No cesaban. Hombres cubiertos por sangre seca y barro. Hombres atravesados por flechas, con heridas horripilantes, sin rostro, sin brazos, sin piernas. Las nubes cerniéndose sobre el cruel destino de una Orden que tan solo defendía lo que era suyo. ¿Por qué había tenido que acabar así? Si se hubiera quedado con Dawar… nada de eso habría pasado. Y una vez más, Hlóke, dominada por la amargura de la guerra y por la desesperación de no haber alcanzado la mano de Dawar para marcharse con él a un lugar mejor, se dejó impregnar por la lluvia que caía en todo su cuerpo, y sollozó intensamente, como nunca antes lo había hecho. Seguía sin abrir los ojos.

Escrito el 03-03-2005 15:06 #7

“Escribo desde mi lecho de muerte, en el cual yazgo desde hace ya tres días, mi última carta, debatiéndome entre los calambres de la conciencia y la alegría del lejano sueño que temo no volver a alcanzar nunca más, pues partió de mis recuerdos junto con el amor que sentí por Dawar, cuando un extraño y peculiar hombre me salvó o me condenó, según se mire, al recuperar mi cuerpo tendido, frío e inerte, sobre la cálida y hermosa tierra por la cual todos deberíamos procesar amor, pues es la fuente inagotable de toda vida.

Mas bien, en este momento, aún en mi lecho de muerte, no amo esa tierra que da la Vida, pues es por la misma tierra por la que tuve que luchar y por la que muchos hombres y mujeres que eran apreciados por mí, murieron.

Recibid, Tarëisha, esta carta de esta mujer perdedora, que perseguida por su conciencia, desea yacer en este mismo lecho de muerte, hasta que ésta venga a buscarla, pues ya más no puede huir, más no se puede alejar de la bella y hermosa Barad Avathael, cuando lo que teme va siempre consigo. Se da por vencida de la vida, hastiada de la Guerra, del Dolor y el Sufrimiento que arrastran consigo, la Pobreza, las Pestes, las Mutilaciones, los horrores vividos por una vida entera en el lugar de nadie, donde todos los puntos cruciales se encontraron en un momento de su vida, en el que la acecharían por siempre.

Así pues, notificándote mi decisión de esperar con los brazos abiertos a una posible Muerte Inminente, me despido de ti, mi querida Tarëisha, a la que quise y amé, desde aquel lejano día en el que nuestros destinos coincidieron en ese frondoso bosque, rogándote que no llores la muerte de quien no merece tu llanto, ni que recuerdes a quien no merece ese honor, al haber renunciado al bonito y hermoso derecho de la vida, por no tener el valor y el coraje de afrontar, como vos, mi Señora, la Guerra y por haberse dejado vencer, finalmente, por el Enemigo.

Espero que el hombre que se alza ante mi, tenga el valor que yo no tuve, y haga llegar esta carta a vuestras manos, mi Señora, en señal de agradecimiento por todos los conocimientos, vivencias y alegrías que me brindasteis, desde vuestro más sincero amor, y también como sincera despedida, habiendo confesado mi miedo y mi desesperanza, ansiando que mis pensamientos aquí reflejados hayan sido comprendidos y aceptados por vuestra persona. En el caso de que no fuera así, os pido perdón de antemano por llevar a vuestro corazón el desazón y la angustia que provoca el perder un ser querido, pero mi alma, cansada y extasiada, me pide marchar al Sueño Profundo de la Muerte para reconstruir el mundo que pude haber alcanzado junto a Dawar lejos de la Guerra.

Se despide, aún en el lecho y reprimiendo dos lágrimas agridulces por vos, mi Señora, y por mi,

Hlóke Morna.”

Escrito el 06-03-2005 15:36 #8

Finalmente, Hlóke había abierto los ojos, temerosa de encontrarse ante ella aquello que no quería ver, y aunque realmente sabía que se encontraría ante ello, tenía la mínima esperanza de que las gotas de agua que caían sobre su cara fueran las lluvias de la alegría que rezaban por ella y por Dawar.

Y había visto al hombre extraño, el que había recogido su cuerpo y lo había puesto a salvo, si así se podía decir. Se había asustado al ver el rostro masculino tan pálido, como si hubiera visto un cadáver, y no hubiera curado de espanto ante la horrible visión. Y quizás era así, pues Hlóke tenía el cuerpo flácido, sin fuerzas, con unos brazos y unas piernas deshechas, y de una palidez extremadamente parecida a la Nieve, aunque esa cualidad, la de la palidez, era normal en ella, pues siempre había tenido la piel de un color demasiado blanquecino.

En un primer instante, se había sentido amenazada, observada detenidamente, y su instinto natural le había llevado las manos en busca de sus armas, pero de pronto había recordado que se había marchado de Telpe sin ellas, pues huía de lo que implicaban las mismas. Después, había mirado fijamente al hombre, y se había dado cuenta de que no había maldad en un principio, al menos, en ese mismo instante, y que no le haría daño. Recobró su compostura. El hombre, que seguía petrificado en el suelo, de rodillas, no había reaccionado hasta pasados unos minutos. No había podido apartar su vista de Hlóke, que aún mantenía esa expresión de tristeza y malestar.

Así pues, los segundos pasaron a ser minutos, los minutos, horas, y las horas, días. La eternidad se cernía sobre Hlóke, y sentía, cada vez más lejos del ahora, y a la vez, más lejos del futuro, que nada quedaba ya para ella en aquel lugar, ni en Telpe, ni en ningún otro sitio, que a su alrededor no había nada, sino un extenso vacío representado por árboles inertes, tierra calcinada, y animales que yacían en el suelo, con la lengua fuera de la boca, como asfixiados, y las patas minúsculas rotas en cuatro fracturas. Ni siquiera el hombre era capaz de devolverla a la realidad. Podía marcharse, claro que podía. No tenía por qué ser responsable para con aquella mujer. Incluso ella, entre sus pocos balbuceos, le había exigido que se marchara. Pero había algo en Hlóke que le retenía a su lado, que le encallaba los pies al suelo, y la mirada en su rostro.

En dos días, ambos no habían probado bocado. El hombre, desquiciado, hambriento, había buscado alguna rata o ardilla con la cual poder comer un poco de carne, pero había desistido en el intento. Se limitaba a comer plantas. ¿Cómo iba a sobrevivir? Algún día tendría que marcharse de ahí. Si la mujer no se recuperaba… “¿Pero en qué me he metido?” pensó. “¡¡¿Por qué no hablas?!!” le gritó a la mujer. Seguía callada, ensimismada, envuelta entre el vacío y las tinieblas, debatiéndose entre la Vida y la Muerde, la Locura o la Cordura… y lamentablemente la balanza siempre tendía al lado negativo de los acontecimientos. No le quedaba mucho tiempo. “Bien, entonces sí me podré marchar…”. No se había movido del refugio improvisado. Incluso él había mejorado el lecho de Hlóke, y había conseguido hacer un techo algo resistente, con algunas largas hojas y ramas que había encontrado alrededor. Pero no servía de nada. La mujer ni siquiera le daba las gracias. ¿Pero por qué no se iba?

Se había sentado a unos metros de la mujer tumbada, que tenía los ojos muy abiertos, como si no quisiera volver a dormirse y soñar con aquello que había buscado en el aire, una vez su conciencia le devolvía a la realidad. Había sacado de su mochila un cuaderno y una pluma, con su tinta en un botecito pequeño. Se entretendría haciendo dibujos del paisaje. Cuando se había dispuesto a hacer el primer trazado de su dibujo, Hlóke se había vuelto hacia él, y había fijado su mirada en el papel y la pluma. Se había levantado, repentinamente, como si hubiera obtenido las respuestas a todas sus preguntas y a sus agonías, como si ya pudiera marcharse en paz, aunque huyendo, aún, del miedo.

Con la boca seca, los labios rotos, y los ojos vacíos, se había dirigido hacia él, con su quebrantada voz, y le había pedido que le diera el papel y la pluma. El hombre, sorprendido, curioso, le había tendido el cuaderno con la pluma y la tinta. La mujer había cogido los objetos con rapidez, y había vuelto a su lecho. Había adoptado una postura cómoda para escribir, y en efecto, eso es lo que había hecho a continuación. Había escrito una carta.

[Editado por Mekare el 06-03-2005 15:39]

Escrito el 27-03-2005 18:07 #9

Le había hecho prometer que llegaría a Telpe, y entregaría la carta a Tarëisha. ¿Y por qué? Por que pensándolo fríamente, no tenía nada mejor que hacer. No. Desgraciadamente, así de triste era su vida, que el encontrar un cuerpo casi sin vida en medio de unas Tierras desconocidas para él había supuesto una tremenda aventura. Y por lo que había hablado (lo poco que había hablado) con la mujer, no se acabaría ahí. Sabía que no tenía por qué hacerlo, que podía evadir los pesares que conllevaba el hacer un viaje solo, y encima a Telpe, un lugar del que nunca había oído hablar, pero que por lo visto, existía realmente. Y aquella mujer, sin más que la débil voz que le quedaba como último suspiro, le había entregado el mapa para que consiguiera llegar, le había advertido que podría sufrir algunos percances por el camino si no sabía luchar, pues por los alrededores de Telpe siempre había espías que se anticipaban a la soledad de los viajeros que intentaban penetrar a sus Tierras. Sí, le había dejado una marca, en el rostro, para que supieran que iba por parte de ella.

Y entonces había muerto. La mujer había exhalado su último suspiro, después de la advertencia y la petición. Sus brazos yacían sin vida sobre el lecho improvisado, y sus largos cabellos negros caían sobre sus hombros. Su pecho ya no se movía. Su vida se había escapado en la ausencia de la esperanza y la rendición, sin haber tenido la oportunidad de salvar su alma antes de morir, yendo en paz. Pero sabía que quizás, en ese momento, lo mejor para aquella mujer era la calma de la Muerte, pues había intuido los males que habían perseguido a la mujer. No importaba que no hubiera buscado la tranquilidad en vida. No. Por eso había muerto. Para encontrarla en la Muerte y por fin, descansar.

Escrito el 27-03-2005 19:20 #10

El viaje había sido largo. El tiempo, infinito. Tan infinito que ya no recordaba ni siquiera cuándo había empezado todo aquello. No, ni siquiera recordaba su propio nombre, ni de dónde venía. Tan sólo el vago recuerdo de un bosque verde, el murmullo de las hojas penetrando en sus oídos como una preciosa melodía incompleta que tanteaba entre el viento buscando la nota perfecta, y dando con ella cuando la voz del hombre se abría paso entre la quietud del lugar

Las estrellas, el infinito, la ausencia de unas leyes, el descontrol de un universo y el amparo de una nueva dimensión habían sido su única compañía durante ese largo viaje. Y ni siquiera se trataba de una compañía física que reconfortara su espíritu, pues estaba segura de que su alma se había desprendido del cuerpo físico que la ataba a la tierra, para así poder alejarse de la Monstruosidad del Mundo y adentrarse en la belleza de lo infinito e inexplicable, teniendo la intención de nunca volver. Tampoco encontró otros como ella. ¿Sería ese su particular infinito? ¿Había para cada alma un lugar distinto, en el cual prepararse, en su propia inmensidad, para marcharse luego al magnífico valle, de un verde intenso, con las colinas que acariciaban el azul del inmenso cielo, donde todo era bañado por la eterna luz del sol, y hasta donde la brisa marina llegaba trayendo consigo su olor y la compañía del murmullo de las siempre hermosas gaviotas? ¿Era ese el lugar donde se reunían todas las almas que habían decidido desprenderse de lo físico, de las Guerras y la Amargura que conquistaba ahora Haldanóri?

Pero antes de llegar a él, antes de ese inmenso y delicado valle, las estrellas, pequeñas y grandes, eran su compañía. Viajaba a través de ellas, como si las mismas la empujaran a seguir, a encontrar a entrada que le aseguraba la Paz Eterna. Pero aún no había llegado, y tan sólo un recuerdo aparecía ante ella, confundiéndose con la luz delirante de las estrellas, ganando terreno, imponiéndose ante el infinito. Su mano rozaba las altas hierbas, el viento arrancaba, de forma delicada, las hojas de los árboles, dejando que algunas rozaran su mejilla… Y la luz… “Vuelve a mi”, dijo la voz masculina, “vuelve a mi, mi dulce amada, pues te quiero con locura y no quiero dejarte escapar”. Su voz inundaba el recuerdo, estremeciéndola, si es que podía, sintiendo la perfección de aquella voz que, poco a poco, iba dibujando el rostro del hombre, de un hombre a quién ya había visto… Pero no recordaba más y entonces la imagen se desvanecía, y las estrellas y el infinito volvían a ser su única compañía.

“¡Hlóke!”.

Se volvió, pero no vio nada. Y tampoco quería ser consciente de que la llamaban. No… ella no quería volver, su alma había decidido perecer antes que enfrentarse de nuevo al horror de la Guerra.

“¡Hlóke! Hermana mía…”.

No… no quería oír. Cerró su mente, dejó de escuchar aquella voz que no llegaba a reconocer. Tan sólo quería seguir las estrellas, que la guiaban hasta la entrada. Si… la entrada. No tenía por qué volver. No, su vida había llegado a su fin, y era feliz.

De pronto, en la inmensidad, alguien le cogió de la mano, arrancándola del letargo, de la sensación flotante que le rodeaba, desviándola del camino, adentrándola en una dimensión completamente distinta. La mano que la había secuestrado era una mano fuerte, de dedos largos y finos. Por breves instantes, lo único que vio fue aquella mano. La negrura del espacio la aterró. No había nada a su alrededor. Todo estaba sumido en la oscuridad. De pronto, una luz débil, muy débil, comenzó a emerger entre esa oscuridad, dejando que los ojos de ella vieran el resto del cuerpo del ser que la había desviado de la Paz Eterna. Quiso sentir rabia, pero en aquel lugar no había espacio para esos sentimientos.

Era hermoso, tremendamente bello. Sus ojos, grises, escrutaban la oscuridad, ayudados de esa tímida luz, buscándola. Cuando dio con ella, se acercó, dejando verse mejor. Su torso, perfecto, moldeado de forma hermosa, estaba desnudo. Un pequeño remolino de pelo rodeaba su ombligo. Los pectorales estaban bien desarrollados, sin llegar a ser robustos. El cuello era el significado de la perfección, y sus brazos, largos y fuertes, como sus manos. El color de su piel era de un moreno tostado. Llevaba unos pantalones oscuros de algodón y estaba descalzo. Sus ojos, grandes y grises, la miraban fijamente. En su rostro se formó una mueca de angustia. Sus labios, fijos y rojos, temblaban. Contenía las lágrimas.

“¿Por qué me has abandonado?”, preguntó, con una voz ronca pero sensual hasta el delirio. “¿Acaso no te di lo que necesitabas? ¿Acaso no te creé para que fueras mi Amante y mi forma física en Haldanóri? ¿Por qué ya no crees en mí?” dijo, mientras sus labios no habían articulado palabra, y seguían temblando.

Comprendió esa dimensión. La soledad que albergaba. Y comprendió a ese ser que la hablaba. Era Él, su creador. Era él quien le había dado la vida tanto tiempo atrás. Había vuelto a sus orígenes sin buscarlo. Ante ella se alzaba Él, el Perfecto, el Creador, su Amante. Por un momento, lo único que recordó fueron las imágenes de su creación, esos recuerdos que le habían sido negados durante tanto tiempo, hasta ahora. Vio como el Creador había encontrado una mujer hermosa, un cuerpo físico bien hecho, bonito y fuerte, hija de una Maia. La había secuestrado, y junto a ella, una serpiente larga y negra como el azabache. Y el Creador, perdido y solo, como lo había estado hasta entonces, había utilizado su poder, el poder con el que había sido dotado desde la Creación del Mundo, y había dejado que la serpiente mordiera el cuerpo perfecto de aquella mujer, mientras el Creador, movido por su codicia y por su tristeza, había posado entonces las manos sobre la serpiente y sobre la mujer, y una luz sombría había surgido del cuerpo de la mujer, y la serpiente había desaparecido, dejando en el lugar, tan sólo al creador y aquel cuerpo perfecto, que desprendía entonces un aura sombría. En aquella dimensión, en esa oscuridad, era donde el Creador podía adoptar su forma física. Y había mirado a la mujer, y la llamó “Hlóke Morna”.

El recuerdo se desvaneció. Comprendió que entonces, en esa dimensión, su Creador la había amado, la había instruido, la había fortificado y traspasado su poder de mil formas diferentes. Habían pasado, desde que concibió el nombre de Hlóke Morna, días en aquella dimensión, sumidos en una pasión descontrolada, donde dos cuerpos, ambos perfectos, se buscaban y se comprendían en la Oscuridad, en la intimidad que se les había otorgado. Y entre posesión y cesión, el Creador había hablado a Hlóke de una misión. Si… La Misión. No hacía falta recordarla. Había sido el único concepto abstracto, el único recuerdo que no se le negó poseer cuando bajó a Haldanóri, para aprender y llevar a cabo esa misión, pues el Hombre no podía bajar hasta esa tierra, no podía concebir una forma física, a no ser que fuera en esa dimensión. Tan débil era su poder en el mundo físico que tenía que resguardarse ahí y enviar a su Amante, su Pareja, a la Tierra para que ella cumpliera su venganza.

Recordaba que le había amado, en aquel lugar, donde el tiempo parecía no existir, donde sólo estaban ellos dos, el Creador y su Amante, y no necesitaban más. Había comprendido la soledad de su Creador, sus ansias s de venganza, aun sin que este hubiera hablado. Le había amado por su perfecta sencillez, por su dulzura al acariciarla, y su voz ronca, deliciosamente hermosa, al hablarla. Le había amado por cómo le enseñó el mundo a su manera, aun sin haber bajado a él. No había tenido nunca la noción física de él, pero sí la psíquica, una noción que muchos otros ignoraban y por la cual le habían condenado. Le había amado por las lágrimas que derramó al recordar a sus hermanos. Le había amado por sus manos y por la perfección de su rostro. Le había amado por ser su Creador y no e reprochó haberla creado a partir de una mujer hermosa a la que le había arrancado toda noción psíquica, toda memoria, antes de la mordedura de la serpiente, la extraña fusión y el posterior y largo aprendizaje de Hlóke. Le había amado por que ella era parte de él.

Pero entonces había bajado a Haldanóri, y había perdido la memoria de todo aquello que había vivido y aprendido en esa oscura dimensión, su procedencia, su Creador. Tan sólo el recuerdo de la Misión.

“Dime, mi Amante, ¿por qué me has engañado?” preguntó el Creador, de nuevo, sin mover los labios. “¿Acaso no te amé lo suficiente?”.

No sabía si ella estaba allí en cuerpo físico o como espíritu. Tan sólo tenía la certeza de que el Creador sí estaba en presencia física. Ese cuerpo que tanto había deseado y que había recorrido con la yema de sus dedos. Habló.

“No debiste arrebatarme la memoria cuando bajé. Ya no te amo” dijo, con voz trémula. No creía que realmente le estuviera diciendo eso.

El Creador sollozó. Su alma en pena resurgía desde siglos atrás para volver a encontrarse con sus peores enemigos: el desprecio y la condena. Lloró.

“No llores, amado mío. No existe consuelo para ti en este momento. No intentaré aliviar tu dolor pues no hay cura para él. Si hubiera conservado mi memoria, si no me la hubieras arrebatado, yo no habría conocido a Dawar, y te seguiría amando como cuando vivíamos los dos felices en esta Oscuridad. Pero me hiciste bajar, y cuando pisé la Tierra, no recordé nada. Tu poder me arrebató la memoria, y yo caminé por senderos, montañas y pueblos pensando que no provenía de ningún lugar, y que tan sólo tenía que aprender de Haldanóri para llevar a cabo mi misión. Pero no me dejaste ni un atisbo de tu rostro, ni de tu voz. Y conocí al hombre, con su única perfección ante las tuyas: su voz. Y me cautivó el corazón. Y si tu recuerdo pensaba resurgir de entre los horrores y la alegría, ese hombre lo enterró aún más. Y aún así, aunque mi corazón le perteneciera, la Misión ganó importancia y urgencia ante la posibilidad de una vida feliz junto a él. Piensa que finalmente triunfaste. Quizás ese es el único consuelo que puede existir para ti.”

El Creador lloraba, desconsolado, y sus sollozos resonaban en aquella oscuridad silenciosa, impregnada tan sólo de una leve luz y unos apenados llantos.

“No, no es un consuelo para mi, mi amada Hlóke. Has renunciado a la vida, y quieres reunirte con él. ¿Qué clase de triunfo es el que me otorgas?”

Hlóke le miró, perpleja. “Has renunciado a la vida. Y por tanto, a la Misión”, dijo su creador de nuevo. Sí, finalmente no había ganado. Ella había tenido la esperanza de que Dawar la esperara en aquel hermoso valle, se había abandonado a la vida y ni siquiera había comenzado un pequeño atisbo de la Misión.

“Te amé lo suficiente para que comprendieras que el único recuerdo de todo esto que debía bajar contigo a la Tierra era el de la Misión. No podía dejar que quisieras volver, exponerme al conocimiento de otros, regresando a mis brazos por que no tendrías fuerza para hacer lo que te pedía y…”

“Pudiste haberme avisado” interrumpió Hlóke. Sentía deseos de acariciar sus brazos, de besarle los párpados, pasar sus yemas por su espesa mata de pelo. Sentía de nuevo amor por él. Pero la voz de Dawar surgió de nuevo desde la lejanía. “Vuelve a mi, mi dulce amada. Vuelve a mi… Todos los placeres de estar muerta te esperan junto a mi, mi dulce amada. Vuelve a mi.”

“…puesto que no habría tenido sentido”. La voz ronca del Creador la había devuelto a aquella oscuridad. Se acercó a ella y acarició su pelo. Fue entonces cuando Hlóke tuvo la certeza de que estaba físicamente ahí, y de que podía devolverle la caricia a su Amante, entregarse al deseo y perdonarle. Perdonarle por todos los errores, y amarle de nuevo. Olvidarse de aquella visión, en la que la voz de Dawar le pedía que volviera…

“Sí, mi Amante. Entrégate de nuevo a mi. Vuelve a ser mía, mi Pareja, mi presencia física en Haldanóri, y esta vez tu memoria estará intacta. Te he echado de menos, mi Amante. La Soledad me ha carcomido durante estos largos años, décadas, siglos, en esta Oscuridad, deseando tu regreso, sin saber cómo podías volver a mi”, dijo el Amante, sensualmente. Estaba paralizado por el deseo, pero volvió en sí, y besó a Hlóke en ambas mejillas. “Mi Amante…” murmuró.

“Basta” dijo Hlóke con ternura. Se apartó. Mentalmente ordenó sus ideas, y decidió que, si su Creador era lo que una vez dijo ser, se entregaría de nuevo a él. “¿Qué vamos a hacer ahora?”.

“Oh, mi bella amante. Volverás a la vida. Más fuerte y temible, con nuevos poderes, para que puedas volver a mi cuando quieras, para amarme de nuevo tantas veces desees, sin tener que abandonar la vida, sin tener que morir”, dijo tranquilamente. Cogió su rostro en sus manos y le besó los labios de forma sensual. “La Guerra no será ya tu enemiga, ni te abatirá. Afrontarás a tus enemigos con destreza y crueldad, avanzando con firmeza cada peldaño de la escalera hasta llegar a tu destino. Serás temida entre ellos, y como ya he dicho, te concederé la posibilidad de que tus poderes aumenten considerablemente. Y volverás a mi cuantas veces ansíes, y me tendrás esperándote, deseando tu encuentro y caer rendido de nuevo entre tus brazos, mi Eterna Amante.”

Si, eso es. Que la Guerra no me canse ni me cause más amargura, y que ya no llore por un hombre mortal. Que las heridas de Haldanóri sean ahora la fuerza que me guíe entre mis enemigos, y la Tormenta mi aliada ante ellos. Que vuelva a ti como una Amante en busca de la pasión de su amado. Que nada me entristezca ni me aflija ya, excepto tu ausencia. Si… seré de nuevo tuya. Tómame.

Hlóke no había pronunciado palabra, pero su creador había oído sus pensamientos, y ya la sostenía entre sus brazos, en un hermoso abrazo, del cual emergió otra luz, mucho más potente, entre los dos cuerpos, pero pronto se apagó y poco se pudo percibir del proceso al que el Creador había sometido a su Amante, reconfortándola primero con cálidos besos y caricias, y luego, con esos nuevos poderes que le había prometido, a cambio de que fuera de nuevo suya y de que volviera a la vida para cumplir la Misión, con la inconfundible alegría de que esta vez, podrían buscarse cuando quisieran.

Y, después de tanto tiempo, por primera vez, Hlóke se sintió feliz, tranquila y pletórica con la idea de volver a la vida, y no pensó en Dawar como el hombre de la voz perfecta que la había conquistado en la Ciudad de las Luciérnagas, y que había pintado su cuerpo de forma tan hermosa (su Creador le pidió que siguiera con esa costumbre pues la encontraba realmente deliciosa), sino como un hombre al que había conocido y se había entregado en la ignorancia. Y no volvió a escuchar su voz, ni volvió a ver su rostro. Y por ello no se sintió afligida pues de nuevo estaba en los brazos de su verdadero Amante, en aquella inmensa y tranquilizadora Oscuridad.