La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Batalla C2 Nurn Vs C2 Concilio Nan Tasarion

2005:03:15:21:02:39

Delisse Yestariel

Fin Guerra: Concilio de Nan-Tasarion se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 29

Armadas perdidas por \"Concilio de Nan-Tasarion\" = 45

Andir

\"Esta vez sí. Las columnas de humo se alzaban por cientos sobre la ciudad, cubriendo de oscuridad aquella mañana despejada en las calles de Losselen Tirion. Aún recuerdo el color rojizo de aquel amanecer, cierro los ojos, y lo veo...\" Se detuvo en su narración, y miró con sus ojos grises a su pequeño auditorio. Su mirada de anciano pasó, uno a uno, por todos aquellos jóvenes rostros que le observaban envueltos en un silencio reverencial.

\"Lo veo..., y aún siento en mi piel los rayos del sol... y aquella luz... Sí, aquella luz que fue nefasta para nosotros, que se reflejaba sobre los muros de la ciudad, que la hacían aún más una orgullosa copia de la Valinor de Aman. Y tan similar les pareció a los nurnitas, que muchos de ellos debieron pensar que se encontraban efectivamente en la mismísimas Tierras Imperecederas, y su ensañamiento contra la ciudad y los que la habitábamos fue aún mayor, y la carnicería más sangrienta todavía\". Hizo una pausa y su expresión se tornó triste, acrecentando aún más las arrugas de su cara.

El fuego crepitaba con fuerza en el hogar de piedra. Fuera la noche era clara y límpida, sin una sola nube, lo que la hacía más fría aún. El viejo consideraba que quizás aquel sería su último invierno, aunque eso lo llevaba diciendo desde hacía ya algunos años y siempre los iba superando. Era realmente anciano. Y las historias que relataba a sus nietos durante las noches de invierno les parecían a todos aquellos embelesados jóvenes que eran casi de los Días Antiguos, de los tiempos de los Padres de los Hombres. Pero no era así. Eran historias de su juventud, no muy lejana para las cuentas de los elfos, apenas tanto como un año en la vida de estos. Así es la memoria de los hombres, frágil y corta, como sus vidas, muy diferentes a la de los eldar. Aquella reflexión le hizo proseguir con su historia, puesto que salían elfos en la misma, aunque el relato de aquella noche era diferente a los de las otras noches, no era alegre, ni festivo, ni siquiera agradable de oír.

\"La ciudad... Pero mucho más se perdió aquel día. Toda una compañía tasariana aniquilada en la mayor derrota sufrida hasta aquel momento de la guerra por ejército alguno. Fue horrible. El capitán nurnita planteó muy bien su estrategia, después de una efímera victoria días antes en los muros de la ciudad, se replegaron y asediaron la ciudad. Los posteriores solo hubo escaramuzas casi sin importancia, que únicamente servían para que los soldados de ambos ejércitos midieran sus bravatas.- Los ojos le relampaguearon durante un segundo con un momentáneo brillo juvenil.- La jornada previa al asalto definitivo fue algo extraña, las voces parecían más apagadas y las canciones más tristes que de costumbre. De las risas mejor no hablo, puesto que no oí ninguna aquel día ...\" – terminó el anciano con un hilo de voz, casi con temor a los recuerdos.- Los nurnitas asaltaban la ciudad sin que muchos lográsemos comprender que es lo que realmente estaba sucediendo, el caos se apodero de la ciudad, madres que huían con sus hijos en su regazo, hombres que se hacían con cualquier instrumento que pudiesen utilizar para defender lo poco que quedaba de aquella ciudad que para entonces ya ardía en llamas, los gritos ahogaban el sonido del metal al sonar contra lo que se interpusiese entre su victima, su victoria y su espada.

\"Luego supe que se llamaba Lómine, y sí, era una elfa. Con la extraordinaria belleza de los de su raza, pero diferente a los eldar que todos conocéis, y de los que os hablo en mis otras historias. Con la mirada sombría de los siervos de las Oscuridad y las palabras negras de los de su clan. Gritaba y exhortaba a los suyos con gran fiereza y temple. Los muros habían caído hacía rato ya, y la batalla se desarrollaba en el centro de la ciudad. Fuego, humo, confusión ... destrucción y muerte por doquier. La hueste nurnita sabía lo que se hacía, eran avezados guerreros, habían logrado penetrar en la ciudad por algún ardid extraño que aún hoy no he logrado conocer, y cuando yo y mi familia nos dimos cuenta, ya estaban sobre nosotros en el interior de Losselen Tirion, sembrando la muerte en las casas blancas y en los patios ajardinados. - Un esbozo de rabia asomó entonces en la mirada del viejo.- No hacían prisioneros, era una masacre en toda regla. Vi cómo la mirada de Lómine se cruzaba con la mía en medio de la confusión, y entonces sentí miedo y frío a la vez. Sus ojos, fijos en mí y en la mujer que me acompañaba, no dejaron de traspasar nuestras almas mientras se acercaba hacía nosotros a grandes pasos blandiendo su espada élfica con violencia. Corrimos. Más de lo que nunca había corrido en los pocos años de mi vida. Teníamos que buscar resguardo, no podríamos luchar contra tan formidable enemigo. Justo en el momento en el que iba a darnos alcance algo ocurrió... - El anciano se detuvo. Los niños miraban expectantes. Dejó pasar unos segundos antes de proseguir. Era un buen contador de historias, siempre lo había sido.- Lómine dejó de prestarles atención por unos segundos, el tiempo justo que duró su refriega con un soldado tasariano que había salido a defender su huida de la elfa oscura. En un par de mandobles acabó con la vida de aquel hombre. Fría y efectiva en su lucha, volvió de nuevo su mirada hacía mí, pero ya sólo encontró una pared blanca y una callejuela desierta. Habíamos huido hacia los barrios exteriores de la ciudad. Tan sólo oímos un grito de contrariedad ante la presa huida, que se perdió en medio del fragor de la batalla que se estaba librando a nuestro alrededor.- Pareció dar un suspiro de alivio al recordar aquello.- La batalla estaba perdida por completo. Una auténtica marea de orcos y soldados con la insignia flamígera de Nurn había ocupado por completo la ciudad y había destruido al otrora orgulloso ejército tasariano. Los asesinatos y el pillaje se sucedían en todos los rincones de la ciudad.

\"Luego supe que se llamaba Andir Moredhel, y sí, era un elfo. Iba vestido de negro, algo que no había visto nunca. Tenía una mirada glacial y sin sentimientos, como muerta, y el brillo de la misma apenas dejaba traslucir emoción alguna. Pero como os contaré después, esa no fue la mirada que más recuerdo.- musitó y tras otra pausa continuó su relato.- Se acercó a nosotros con rapidez, de una manera mecánica. Se diría que dispensar la muerte era algo habitual para él, y no le provocaba pasión alguna que se trasluciera de su actuación. De nuevo nos embargo el miedo, pero esta vez no había escapatoria posible. No había ningún soldado que diera su vida por nosotros. Y el terror y la desesperación se apoderó de nuestros corazones. Nos miró directamente y se acercó a grandes pasos hasta donde nos encontrábamos. Intentamos entrar en una casa cercana, pero sus puertas estaban atrancadas. La mujer forcejeó con la misma, pero no pudimos entrar a refugiarnos. Nos giramos y allí estaba él, alto y hermoso, terrible y oscuro. Alzó su brazo con la espada en la mano sin apenas mirarnos, no éramos más que otras victimas anónimas y sin importancia para él, seguramente un minuto más tarde ni recordara aquello. Cerré los ojos y esperé el golpe mortal.- de nuevo se pudo apreciar el temor en los ojos de aquel anciano.

\"Pero en lugar de sentir el frío acero nurnita en nuestra piel, solo lo oímos. Un entrechocar violento de dos hojas élficas\".

\"Luego supe que se llamaba Allase, y sí, era una elfa. Ella seguía segando vidas a su alrededor, disfrutando con ello, aquellos ojos verdes brillaban con mas fuerza al ritmo que iba dejando tras ella cuerpos sin vidas que permanecían inertes en el suelo a su paso. En la lejanía pudo divisar a Andir, apresuró su caballo hacia él, de un salto bajó de su montura y corrió abriéndose paso empuñando aquella hoja de acero maldita para encontrarse finalmente con la de Andir, que se disponía a dar descanso eterno a aquel pequeño de corta edad que su madre sostenía aterrada en sus brazos mientras pedía clemencia para él. Los ojos de Allase y Andir se encontraron en un mismo punto, ella bajó la vista y sin pronunciar palabra alguna decapitó a la madre dejando aquellos brazos aferrado al pequeño:

- Tu súplica ha sido aceptada - dijo Allase dirigiéndose a la madre muerta, y tras posar su mirada sobre el pequeño le espetó- Corre mientras puedas, no mires atrás, tu madre ha tenido más suerte que tú. Tú vivirás de por vida con esta imagen ... Nunca olvides los ojos que pusieron fin a su vida. Y sin expresar más al respecto, ni darle explicación alguna a Andir se dio media vuelta y sonriendo continuó disfrutando con aquella masacre. Pero el Capitán de Nurn no la dejó marchar y agarrándola de su camisa, le dio media vuelta y le pidió explicaciones sobre aquel acto mirándola a los ojos, sin mediar palabra, a lo que ella respondió – Créeme, sé lo que me hago. Nunca podrá olvidar lo que ha ocurrido en esta ciudad y esta batalla será recordada por siempre. Él se encargará de contarla mientras viva, y cada vez que lo haga nuestra victoria seguirá viva para él y quienes lo escuchen.

\"Tenía razón. Aún recuerdo el calor de los brazos sin vida de mi madre mientras me rodeaban.- y agachó la cabeza con tristeza.

Y sus nietos vieron en los ojos de su abuelo a los de aquel niño de Losselen Tirion y sintieron gran dolor por su historia. Pasó un largo minuto durante el cual nadie se aventuró a decir nada, hasta que uno de aquellos niños preguntó algo.

- Abuelo, ¿Qué fue de la batalla y de los tasarianos?.- dijo.

El anciano se incorporó sobre su sillón y levantó su vista del suelo, girando su mirada lentamente hacia el fuego que crepitaba en la chimenea mientras recuperaba su tono de voz.

\" Ah sí, la batalla.... Losselen Tirion se perdió aquel día entre sangre y fuego. Los capitanes tasarianos, todos gravemente heridos ordenaron la retirada. Dejaron la ciudad a merced de los conquistadores nurnitas, no hubo mayor pena para ellos que la de tener que salir a refugiarse en dirección a los bosques y hacía el mar de una manera algo desordenada. Pocos del ejército de Nan Tasarion se salvaron aquel día, y son muchos de ellos los que no quieren recordarlo, pues aún les duele y les causa tristeza. Dejando la ciudad y sus habitantes abandonados a su suerte en manos enemigas. La represión en la ciudad fue muy dura después de aquello y tan solo algunos vivimos para contarlo. No se hicieron prisioneros, todo el ejército tasariano fué expulsado de la ciudad o asesinado en la batalla y los ajustes de cuentas posteriores. Y sus cabezas fueron hincadas en largas estacas de madera a lo largo de la muralla de Losselen Tirion, conformando un espectáculo tétrico y brillante a la vez, pués el sol refulgía con tonos rojos en los cabellos de todas ellas.\"

\"Andir Moredhel cumplió su venganza sobre Nan Tasarion. La osadía de internarse en territorios de Nurn fue pagada muy cara aquel día por los tasarianos... demasiado cara diría yo... al menos para mí\".

Y trás un breve silencio el viejo recobró la voz y cambiando totalmente de tono comenzó una nueva historia cobijado al amor de la lumbre que alumbraba la sala.

\"- Ahora os contaré la historia de como Tuor llegó a los recintos de Vinyamar y halló por fín el sendero secreto a Gondolin....\".- y los niños aplaudieron pues era una de sus historias favoritas.

[Editado por Nargothrondhim el 08-03-2005 22:28]

Hecil

—Ánimo, amigos, resistid, resistid por aquellos que han muerto por defenderos—dijo el Duque Arioch a sus filas. Mostraba un semblante triste aunque no obstante firme; un corte profundo se dejaba ver en su frente, además de un flechazo en el hombro y muchos cortes en todo el cuerpo—. Hoy hemos de sobrevivir todos los que podamos, pues cuantos más seamos más rápida será nuestra venganza.

El Duque miró la fila desordenada de hombres, demasiado pocos, que se apresuraban por el campo hacia el ya próximo mar. Apretó los dientes y maldijo en alto. Sus hombres estaban todos sombríos y muchos mortalmente heridos. Algunos ya yacían moribundos en el campo, sin ninguna posibilidad de ayuda.

—Háblame de algo, amigo—dijo a uno de sus hombres—. No sea que te sientas de pronto con sueño y ya no despiertes.

— ¿De qué hablaros, señor?—preguntó con una voz quebrada uno de los soldados, todo manchado de sangre, hosco y triste—. Os hablaré de lo único que ocupa mis pensamientos: este día nefasto. Seguí vuestras órdenes tan bien como pude, Duque. ¿Por qué, oh Señores de Occidente, por qué la fortuna debe ser tan ciega a nosotros? Ocupé mi puesto en el ala sudeste de la ciudad, cerca de la Plaza Central, como dijisteis. Estaba bien entonces, nervioso, pero con ánimos de rebanar cabezas de orcos.

»Pero, oh mi señor, ¿quién nos podría preparar ante aquello? Vinieron como una marea negra, gritando y jurando, babeando sangre y dirigidos por un ser que me aterró, tanto por su belleza como por su mirada malvada.

»Duque, amado señor, ¿por qué no vinisteis en nuestra ayuda? Nos barrieron con tal furia que aún siento el vendaval de carroña que nos arrasó. Ya la ciudad estaba en llamas, y oía los llantos de las mujeres, y los gritos de los moribundos, y los martillos, y los hachas, y la carne desgarrada, aquellos ojos malditos… ¡Dioses benditos, ayudadme! Creí perder la cabeza cuando aquellos ojos se fijaron en mí. Pero, ¿qué pasó entonces, qué pasó? Los ojos se acercaban, mientras defendía mi vida y mi patria, me sonreían con tal maldad asesina que arrojé la espada y me cubrí la cabeza con las manos. De pronto esas dos estrellas titilaron y se apagaron. ¿Qué pasó, qué pasó, me pregunto? Porque aún no sé que misteriosa magia me salvó de la tortura y la muerte.

—Yo podría responder a eso—dijo otro soldado, que caminaba a su lado—. Aquel ser de quien hablas era Andir Moredhel, un demonio andante sobre la tierra. Nadie se atrevía a enfrentarse a su espada, pero por guiños del destino, mi compañero Erumion tropezó y se encontró frente a él. Un terror infinito lo embargó, pero sin embargo cuando se levantó y encaró al elfo, me sorprendió su sonrisa compasiva. “Así como ahora me ha llegado el día”, dijo, “a ti también te habrá de llegar. Espero que Mandos te juzgue con justicia, y sufras tanto como has hecho sufrir”. Entonces el elfo lo decapitó, embargado de furia asesina.

»Fue entonces cuando te vi, ¿recuerdas? Te cogí del brazo y salimos corriendo… Ya aquella zona estaba totalmente perdida, y sólo algunos pocos locos se quedaban defendiéndola.

La marcha siguió durante todo el día, y muchos cayeron abatidos por el cansancio o las heridas, o una mezcla de ambos. Al frente cabalgaba ya Arioch, aunque se volvía con frecuencia, comprobando el estado de sus escasas tropas.

Acamparon bajo un bosque. Allí los hombres se tendieron como pudieron, derrotados y abatidos, sin esperanzas y desgarrados de la pena. Dos jóvenes reclutas, apenas mayores de edad, conversaban entre susurros, intentando aclarar la confusión reinante respecto a la batalla. Uno de ellos presentaba un aspecto precario, y tenía pinta de que no sobreviviría a ese día. Sin embargo, su alma fogosa aún tenía energías para hablar.

—Brandir, amigo mío, tú estuviste en la muralla—dijo uno de ellos—. Eres uno de los pocos que puede afirmar eso con vida. ¿Qué ocurrió, por qué los de Nurn penetraron con tanta facilidad en la ciudad?

El denominado Brandir se tomó su tiempo para responder, aquejado por el dolor y el cansancio.

—Arioch nos distribuyó de manera inteligente, creo. Estábamos todos preparados para un nuevo mazazo, fuese lo duro que fuese. Tenía una buena cantidad de flechas, una catapulta cerca y muchas ganas de matar orcos.

»Sin embargo, parece ser que el cielo presagió un gran derramamiento de sangre, pues amaneció rojo y permaneció tal y como sería el día: sangriento.

»Nos colocamos en posición y esperamos el inminente ataque. No lo esperábamos, según tengo entendido por los planes de Arioch y los capitanes, pero así tuvo que ser. Un embrujo debió taparnos la vista, porque no vimos las catapultas y los arietes hasta que los tuvimos encima, y entonces fue tarde: nos masacraron. Un proyectil de catapulta estalló muy cerca de mí, y entonces tuve la certeza de que hoy sería un día negro. No suponía, sin embargo, que hubiera de ser tan oscuro. Pronto tuvimos las escalas encima, y sin posibilidad de disparar más, saqué mi espada. Aquellos orcos infernales parecían ser animados por fuerzas sobrenaturales; no se detenían aún traspasados en el vientre, y mataban aunque diez flechas hubieran sido insertadas en su carne.

»No hubo más remedio que retroceder. Se abrieron muchas brechas en la muralla, tanto de piedras como de hombres, y finalmente bajamos a las calles. Es todo lo que puedo contar; me desmayé y ya no tengo noción de nada más. Me llevarían hasta las afueras, supongo. Allí desperté, tendido en la hierba, cuando todo estaba ya perdido.

Ambos jóvenes quedaron en silencio, y la fría noche les envolvió en su seda. No obstante otra manta más les acompañó en la noche, la capa oscura del destino y la muerte. Pues a la mañana siguiente ambos habrían muerto.

La marcha siguió pocas horas después de acampar. Los exploradores que retrocedieron avisaron de algunas fuerzas, que habían salido para poder cazar a aquellos que se demoraran.

Ocurrió que en un momento dado el capitán de los Dúnedain y el Duque se encontraron. Ambos, Manveru y Arioch, tenían muchas heridas y una mirada perdida en la lejanía. Manveru anhelaba su hogar, allá en la Isla de la Estrella, aunque fuera un renegado y ya las cosas no fueran demasiado bien en Númenor. Arioch, por su parte, tenía la mente perdida en sus propios asuntos, lejana, en el mar del Oeste y la Tierra Bendecida.

— ¿Qué tal las heridas? Esa lanza te hirió profundo—comentó el Duque a modo de saludo.

—Bien, bien… sobreviviré—murmuró algo imperceptible al oído, pero Arioch lo entendió y sonrió.

—Manveru, ¿qué ocurrió en la puerta?—preguntó—. Yo estaba arriba, en la muralla, y cuando llegué tus hombres ya se retiraban y tú estabas ensartado en una jabalina.

El joven númenoréano suspiró y permaneció largo rato en silencio, mirando de nuevo las estrellas, acariciando las crines de su caballo negro, Nirnaeth.

—Mis Dúnedain y yo estábamos detrás de tu primera línea, pues valemos bien tanto disparando como usando la espada. Allá arriba se vivía ya una carnicería, según vi entre el griterío y los aullidos de dolor.

»Sin embargo un silencio de muerte reinó en la ciudad de repente, y mi corazón se sobresaltó. Todo pareció detenerse durante una larga eternidad, y sin embargo sólo fue un instante en el cual pude apreciar el sentido de la palabra “calma”. Sin embargo al momento siguiente un ariete, según creo enorme por cómo derribó la puerta, quebró las dos hojas y nos cayó una lluvia de astillas y virotes. Al siguiente golpe la puerta se abrió y salió de sus goznes, y una marea inmensa de orcos se abalanzó sobre nosotros. Debo decir que entonces tuve una visión: vi la ciudad en llamas, vi miles de cadáveres devorados por los buitres y carbonizados por el fuego y la muerte, vi a mis bienamados númenoréanos todos ellos masacrados, devorados por las llamas del destino cruel.

»Así pues hice retroceder a mis hombres, que en principio parecieron reticentes, pero ante la incesante marea de gentes aceptaron, ocupando la parte más atrasada de nuestra tropa, hostigando al enemigo con sus saetas.

»Una furia ante lo inevitable me embargó, y como aumentado en mi locura, me lancé a caballo hacia las huestes orcas. Derribé unos cuantos, pero sin embargo una certera jabalina, lanzada por una elfa hermosa y terrible, me tiró del caballo y me hizo perder el conocimiento.

»Mis Dúnedain me recogieron y, cumpliendo mi última orden antes de desmayarme, se replegaron hacia la plaza mientras aún se luchaba en la puerta. Pues cada vida númenoréana me es cara como mil vidas de hombres, y no permitiré que mueran arrastrados por mi exilio.

»Gracias a mi orden casi todos se han salvado, y sólo unos pocos, como el buen Es-telion, o Emyndil el Sagaz, o Turinost el Valiente, han muerto en la refriega. Y eso es todo lo que tengo que decir a vuestra pregunta, señor.

Ambos quedaron pensativos, y Manveru echó una mirada de soslayo a sus hombres, muchos de los cuales intentaban aliviar las penas de los heridos o curar sus heridas.

La marcha se continuó durante todo el día, aunque no recibieron ningún ataque de Nurn. Casi todos habían recibido alguna herida en la masacre, y todos los capitanes estaban maltrechos y sombríos.

Por fin llegaron a las playas de la isla, y muchos suspiraron aliviados, pues si bien en tiempos posteriores ya pocos amarían de tal modo el mar, hombres y elfos contemplaron las estrellas sobre el mar oscurecido, y lloraron.

Dos númenoréanos, vestigios de un pueblo ya condenado, sollozaron amargamente y contemplaron los pocos barcos. Sin embargo contemplaron la figura de Arioch, que parecía ajeno a la flota. Aquel día sería llamadado el Día Negro, pues mucho habría de perderse en aquella masacre nefasta.

Un fragmento de un antiguo diario, cuyas palabras relataban bien las batallas sufridas en la Prisión del Mago, terminaba con un fragmento carbonizado y deteriorado por el tiempo, pero no obstante legible, escrito en un Oestron arcaico:

“El duque planteó una estrategia defensiva a distancia, por ello teníamos más flechas y esperábamos mantenerlos a raya el tiempo suficiente como para que se cansaran de cargar escalas y tener ventaja en el cuerpo a cuerpo. Pero era tan ingente el número de orcos que cuando uno caía abatido por una flecha eran media docena los que le sustituían. Cuando empezaron a subir por la muralla éramos pocos, demasiado pocos para hacerles frente, y aunque matamos a muchos y desde la torre se disparaba sin cuartel, no pudimos hacer nada, sólo morir con honor o como yo caer desmayado por un golpe de cimitarra orca en el casco.” Aquí el fragmento se cortaba, hendido por algo punzante, como una espada de filo ancho, y seguía con unas pocas frases inconexas. El último trozo que se conservaba decía lo siguiente, las palabras de un hombre a quien la gracia le ha bendecido y maldecido al mismo tiempo:

“Gracias a Dios el Duque había dado la orden de evacuar a las mujeres y los niños hace días, cuando la amenaza se presentó, pero han quedado pocos barcos para nosotros. Antes de subir en el bote vi como un joven enano corría con sus pequeñas piernas huyendo de un grupo de orcos, pero no había espacio para él en los botes, aunque los arqueros supervivientes le cubrieron con sus flechas hasta la puesta de sol no creo que haya sobrevivido y no sé si algún bote pudo acercarse a él tras dejarnos a nosotros en la estrella del norte. Allá dejo a Sûledon y a todos mis amigos, incluso a mi hija; si bien es la voluntad de Ilúvatar, siento no poder entender sus designios.”

Delisse Yestariel

Nurn 7+10+9+8+10= 44/5= 8.8. Perdió 29 armadas ( 1015 puntos), recuperables 677, luego recupera 596, perdiendo en total, 419 puntos.

Según el programa salen 420 puntos, así que lo hecho así que sale redondeado.

Concilio 7+9+10+10+9= 45/5= 9. Perdió 45 armadas ( 1575 puntos), recuperables 525, luego recupera 472 puntos, perdiendo en total, 1103 puntos.

Como cada personaje pierde un 40% de vida, los puntos recuperados son 1033, por lo que la compañía pierde finalmente 543.

Nurn recibe además 300 monedas en concepto de batalla ganada.

Así mismo, el Concilio cede a Nurn 100 monedas en concepto de retirada de batalla.

También se traspasan 200 monedas del Concilio a Nurn en concepto de saqueo de ciudad.

AMBAS COMPAÑÍAS HAN SIDO ACTUALIZADAS, POR LO QUE ACTUALMENTE PUEDEN ATACAR Y SER ATACADAS.