Atrás quedó la batalla contra la compañía de Concilio, en la que se cobraron innumerables vidas. Nos hemos trasladado al interior del bosque para protegernos de ojos indebidos. Con la ayuda de los elfos y los hombres de los bosques que aún están en nuestras filas, hemos construido lo que los elfos denominan talan. Son unas baldas construidas en los troncos de los árboles, muy resistentes, en las que pasamos la noche. Pero los heridos no pueden ser subidos ahí, por lo que se han establecido unas tiendas grandes en las que los sanadores hacen lo posible por salvar las vidas de los heridos.
Nuestro capitán Thralor está situado en una tienda en medio de las demás y es más grande que las restantes, para dar cabida a un mayor número de sanadores y druidas. Aparentemente está bien, su estado de ánimo es increíblemente bueno a pesar de lo que debe estar sufriendo. No permite visitas a excepción de sus compañeros y, aparte de mí por ser su cronista personal, de los sanadores y druidas que hacen lo posible por disminuir el dolor hasta saber cómo poder curar la herida.
Los druidas han encontrado en este bosque unas raíces que no tienen propiedades curativas, sino analgésicas, es decir, que aunque no curan las heridas, calman bastante el dolor. Mientras, los sanadores le han cubierto el hombro con unas hojas de athelas que siempre llevan en su saquito según los consejos de Alier-mîm, el supremo de los sanadores.
Junto con él siempre está Morna, pues en el gremio druídico es la de mayor rango, por lo tanto la de mayor conocimiento en las artes propias de su oficio. A los demás sólo nos recibe cuando los sanadores y druidas no están ejerciendo sus labores. A veces se reúnen Los Cuatro para debatir planes futuros y para informar al capitán de los resultados obtenidos, pues, a pesar de lo que le digan sus compañeros, Thralor no soporta la idea de quedarse al margen de todo lo relacionado con la guerra.
Ahora estoy viajando con rumbo a Sulëdaelessar en una carreta escoltada por Erekan y sus guerreros; vamos con objeto de obtener información sobre los resultados de la batalla llevada a cabo en la ciudad. Pero la razón por la que estoy yo en esta empresa, es porque Thralor me pidió ayer un favor mientras hablábamos a solas en su tienda. Recuerdo la conversación como si hubiera sido hace pocos minutos:
-¿Me ha hecho llamar, Señor? -pregunté al entrar.
-Sí, así es. Tengo que pedirte algo... -contestó mirando que no hubiera gente cerca.
-Haré todo lo que esté en mi mano, Señor.
-Olvida las formalidades, amigo. Estamos solos y nos conocemos desde hace tiempo.
-Sí, Se... sí Thralor.
-Gracias. Lo que te tengo que pedir es sencillo pero importante. Como sabrás, mi situación médica no es muy buena que se diga, y no puedo soportar que se libre esta guerra sin estar yo presente, no puedo quedarme aquí tumbado mientras mis hombres luchan en la batalla.
-¡Pero no puedes pelear en el estado en el que te encuentras!
-Lo sé, aunque me duele admitirlo, por eso te pido lo que te voy a pedir. Necesito que vayas en la carreta que partirá mañana en dirección a la capital tasariana. La carreta irá para obtener informes sobre lo sucedido ahí, pero tu misión será otra. Debes encontrar a uno de los dirigentes de la compañía, su nombre es Ântleïntzar Altariel, una poderosa elfa. Cuando la encuentres dale este mensaje para que, con la ayuda de su halcón, se lo envíe a Alier-Mîm. Los detalles te los daré mañana antes de partir.
-Pero Thralor, no me harán caso alguno, eso si no me atacan al creerme un enemigo...
-Ya había pensado en ello... Bien, por si a pesar del emblema de nuestra compañía no te reconocen, llevarás este colgante que los dirigentes sí reconocerán -respondió mientras se quitaba el colgante, una fina hebra de plata de la que pendía un trozo de mithril hábilmente tallado.
-Será sencillo, ¿quieres que haga algo más?
-No, eso es todo. Gracias. ¡Ah! Por cierto, saluda de mi parte a los dirigentes.
La agonía se veía en los ojos de Thralor, aunque no lo admitía, y menos aún exteriorizaba. Según Morna sentía una aguda punzada en el corazón, y tenía el brazo izquierdo inmovilizado tanto por el dolor, como por las medicinas.
A mi derecha va Erekan a caballo, seguido de sus más fieles guerreros, ambos con sus monturas negras, contrastando con la de su cabecilla, que es de un blanco puro. El caballo de Erekan, Henar –ojos de fuego-, lleva la cabeza cubierta por una yelmo de plata, de manera que le cubre la parte superior de la cabeza a excepción de los ojos, tan amarillos y brillantes como el fuego de su interior; lleva una montura de cuero acolchado, por lo que la cabalgata en su grupa se hace cómoda. Los caballos que le siguen son negros como la noche, y también están cubiertos como Henar, pero sus monturas son más incómodas. Llevan en su grupa a dos altos jinetes que llevan la vista al frente aunque al menor ruido giran la cabeza para buscar su origen. Sus armaduras son resplandecientes, con el emblema de nuestra compañía en el pecho, un hacha enana y una espada élfica cruzadas sobre un dragón rojo. A mi izquierda está Daeron, el elfo de mayor confianza para Erekan, seguido de otros dos elfos también rubios como él, todos cabalgando en sus corceles pardos. En el interior de la carreta no hay más que una pequeña mesita de tres patas, labrada por enanos, y mi aprendiz Brom. Será él quien recopile la información pues yo tengo asuntos de mayor importancia.
El paisaje no es tan alegre como pensábamos que sería, pues el bosque es ahora lúgubre y de vez en cuando se ven sombras de baja estatura corriendo entre los matojos. Los árboles han perdido el colorido con que nos describieron nuestros informadores meses atrás, cuando la guerra aún no había estallado. Las hojas que antes estuvieran en las ramas, ahora crujen a nuestro paso y ni siquiera servirán de pasto para los pocos animales que ahora deben habitarlo.
Acabo de entrar en el interior de la carreta y ha salido Brom a relevarme en el control de los caballos que tiran de la carreta. Ahora que tengo algo de intimidad voy a ver qué ha puesto Thralor en el mensaje que sea tan importante que confíe en mí para llevárselo a Ântleïntzar, y no quiera que se enteren sus compañeros de mando. El nudo ha sido fácil de abrir, veamos que pone...
Querido Alier, como me imagino que sabrás, y sino te informo ahora, he sido gravemente herido en un hombro. Según me han dicho los sanadores, la rama me ha perforado un pulmón, eso explica mis complicaciones respiratorias, y ha rasgado levemente mi corazón.
Presiento que una nueva batalla se prepara, aunque mis compañeros no me lo hayan dicho, y temo no estar en ella. Ya que tú eres el superior de los sanadores, conocerás algún remedio rápido para mi herida, o al menos algo que clame mi dolor el tiempo suficiente para poder entrar en acción.
Respóndeme lo antes posible.
Thralor
****************************************************************
Estamos a las puertas de la ciudad de la que tanto he oído hablar. El sol brilla en lo alto del firmamento, pero aunque el cielo esté despejado, aquí abajo está todo lleno de escombros, fruto de la cruenta batalla que se libró hace sólo unos días. Las puertas muestran marcas de haber sido forzadas, pues los goznes están sueltos, y una de las hojas de la puerta está colgando de uno de ellos.
Según me han informado, nos alojaremos en una de las casas de los nobles, que son muy cómodas, y bastante céntricas, para poder movernos con soltura, aunque sólo dispongamos de dos días. Estaremos ahí hasta que los dirigentes terminen la reunión en la que están sumidos en el Capitolio de la ciudad para planear estrategias y elaborar informes que más tarde serán enviados a la Torre de Cristal.
Así que hasta que nos atiendan, según me han dicho, quedan un par de horas. En ese tiempo hablaremos con los máximos responsables después de los dirigentes y luego descansaremos un rato.
****************************************************************
En estos momentos estamos reunidos en el Capitolio con los dirigentes, que, tras la batalla librada tras estos muros hace unas pocas jornadas, no parece que hayan tenido tiempo de descansar. La reunión comienza:
-Buenos días señores -saluda Erekan -, si es que se puede decir en estos días. Venimos por orden de Thralor con la intención de redactar informes de los resultados de la batalla que se dio aquí hace días. Este es Brom, quien redactará los informes, este Daeron, mi soldado de mayor confianza, y aquel Otik, maestro de Brom; que supervisará la obra de su pupilo.
-Bien Erekan –contesta Mhord-, como puedes ver, la victoria la hemos conseguido, pero a un alto precio, me temo que en Ciudad Dragón habrá algunas viudas y huérfanos a los que ayudar...
-Eso es algo inevitable en toda batalla –espeta Nülk-, puede que haya habido muchas bajas, pero la recompensa de un hogar seguro para esas viudas y huérfanos que aludes es el resultado de tal sacrificio.
-Tranquilos compañeros, no estamos aquí para discutir eso –intenta calmarlos Ântleïntzar-. Ahora escuchemos a estos hombres. Dime Erekan, ¿dónde está Thralor? ¿Por qué no ha venido él a respirar el aroma de la victoria?
-Me temo que esa es una mala noticia. En la batalla que libramos a los albores de este bosque, resultó gravemente herido, pero nuestros sanadores y druidas hacen lo posible para ayudarle.
-¡Oh no! ¡¿Pero se recuperará, no?!
-Tranquila Ântleïntzar, no corre peligro de muerte, pero me temo que se perderá la batalla que se avecina.
-Me alegro de que se recupere –comentó Nülk-, pero el tiempo apremia. Resumiendo un poco, las cosas han quedado...
Aquí dejo de escribir la conversación, pues lo que ahora nos van a contar ya lo va anotar Brom. He de hablar con Ântleïntzar lo antes posible, mientras Mhord y Nülk le relatan a Brom lo ocurrido y lo que debe anotar, hablaré con ella a solas.
Acaba de salir de la habitación en busca de algún documento, he de ir ahora...
****************************************************************
¡Estamos en guerra! La mayor parte de nuestros soldados ya se han recuperado y partimos hacia la guerra. En la respuesta que llegó gracias a Arthur –el halcón de Ântleïntzar-, además de enviar una pequeña pócima, que sujetaba en la otra garra, el animal trajo un mensaje, pero estaba firmado por el mismísimo Yandros. Reproduzco aquí el mensaje:
Saludos mi querido Thralor, acaba de llegar un halcón con un mensaje tuyo, y aprovecho para enviarte uno que quería mandarte desde un tiempo. Nosotros ya hemos partido desde Azdakadar, y en pocos días nos dispondremos a tomar tierra. Hemos recibido una petición de ayuda por parte del Rey de Tercano Nuruva, por lo que me dispongo a hacerla efectiva yo mismo, y así me alejo un poco de la burocracia de la ciudad.
Necesitamos que ataquéis a la compañía que os atacó con anterioridad, y así nos permitiréis pasar por el bosque sin problema alguno.
Saludos desde Hiswenande y que te recuperes pronto.
En cuanto recibimos este mensaje, nos dispusimos para la guerra, incluido Thralor, que se había tomado la poción y podía andar con soltura, aunque flaqueaba a la hora de empuñar su hacha. Ante la insistencia de éste por participar en la batalla, Erekan tuvo que tomar medidas que, aunque algo drásticas, correctas. Para evitar que Thralor luchara, el elfo le golpeó en la cabeza con la empuñadura de su espada, y Thralor quedó inconsciente, al que subieron a un talan, y lo ataron para que no se cayera.
Ahora sólo nos queda entablar una batalla, quizá la última que presencie, pero que decidirá el destino de muchos.
Otik, escriba y cronista de la compañía 3, Barukbizar
