Tras el hundimiento el mar penó durante meses y los cielos se tiñeron de luto. El Agua Inmensa que la había visto nacer desde sus entrañas sepultaba el cuerpo sin vida de la más hermosa de las moradas de los Hombres. El Promontorio de Occidente, la Tierra del Don, Hacia las Estrellas miraba pero yace ahora en un lecho de oscuridad y agua.
Y allí, desde la orilla occidental de la Tierra Media a la que habían sido arrastrados por la furia del oleaje, Oromeril lloró profundamente la suerte de su linaje y la pérdida de su patria, y sus lágrimas se las quería llevar el viento que soplaba hacia Valinor mientras él las intentaba cazar al vuelo desesperadamente pues de pura rabia no deseaba que pisaran la Tierra Bendecida.
Pero su lamento se elevó en el cielo como las Águilas que los Señores de Occidente enviaran contra Númenor y a oídos de los Valar llegó la tristeza de su corazón:
El dolor oprime mi pecho,
la aflicción me asfixia.
Mi corazón se sumerge en un mar grisáceo
de sentimientos hirientes y llagas profundas.
Junto a la casa de mis Padres
en la Tierra que amé,
bajo el árbol que me dio cobijo
en las intensas tardes de verano,
en el cofre donde guardé aquel prendedor,
mi más preciado tesoro,
que me recordaba el beso
de la hermosa muchacha que ya no existe,
en la playa de blanca arena,
y en el escondite secreto
donde jugaba de niño,
dejé mi felicidad para siempre
anegada ahora por las aguas.
Todo aquello que teníamos vivirá tan sólo
en la memoria de los que escapamos,
y pronto fallecerá con nosotros,
cuando nuestros años lleguen a su fin.
Y mientras esperamos el descanso
de nuestro destino desconocido,
en el que no sabemos si el dolor permanecerá
o morirá con la carne,
¿qué consuelo les queda
en los días venideros
a estos hijos de Eärendil?
Si ningún barco zarpará de Andúnië
y las laderas de Oromet no las rozará más la brisa.
Las calles de Armenelos
no devolverán las notas de las arpas,
los músicos no cantarán ya
la belleza de la ciudad Dorada.
La sombra del Meneltarma
no velará las tumbas de los reyes
y no habrá sentidos que se deleiten
en el arte de mi pueblo, ahora sepultado.
Y todo se verá turbio
por la sangre derramada y la necedad de los Hombres,
incluso el esplendor de aquellos días
que nos hizo más sabios y justos,
que nos convirtió en merecedores
de la confianza y admiración
de todos los Hijos de Ilúvatar,
quedará empañado por la tragedia.
¿Hemos de ser recordados por esta deshonra?
Melda Anadûnê, ¡tesoro perdido por el orgullo del Hombre!
tu gloria brilló en el firmamento
compitiendo con las más hermosas estrellas,
mas, ¡ay de la altivez que perturbó tu paz
arrastrándote a la oscuridad!
¡Cuánto tormento abarcarán los ojos
de los que permanecimos fieles a los Eldar y los Valar,
que nada pudimos hacer para evitar tu sino,
más que contemplar con dolor
la caída de todo lo que un día fuimos!
Sobre el Pilar del Cielo se apoya ahora
todo el peso del mar,
pero tu estela no la borrarán
las olas del olvido.
Oromeril miró una vez más hacia el horizonte, allá donde otrora se encontrara la silueta de Númenor. Se enjugó el llanto y emprendió el viaje con los suyos. Debían comenzar una nueva vida, mirar hacia delante y establecer su lugar en la Tierra Media.
En el camino compuso numerosas historias que ensalzaban la nobleza de su pueblo y hacían más ligeros el cansancio y la tristeza que soportaban. Sus relatos los oyeron sus hijos, y los hijos de sus hijos, y aún los hijos de éstos. Y de boca en boca, la grandeza de Númenor se extendió entre las gentes y perduró en las memorias de todos los Hombres y aún hoy se loa su majestad, pues no todo fue sombrío en la Tierra de la Estrella, de manera que sólo así, transformada en leyenda, alcanzó la inmortalidad tan deseada por los que llevaron su ruina.
Pero el día de la Caída de la isla el corazón de muchos se quebró, y el lamento de Oromeril no era más que la voz de sus Hermanos ahogada por la pena, y ésta no se quedó en el aire sino que traspasó los caminos que separaban Aman del mundo de los Hombres y que ahora eran curvos e inalcanzables, pues su tristeza era pura y digna de llegar hasta Valinor, y no se sabe con certeza, porque no hay nada seguro en Arda salvo que todos tenemos un destino ineludible, pero se dice que Manwë recogió el dolor de Oromeril y lo compartió con el resto de los Señores de Occidente, y sólo entonces, con los hechos recientes y la aflicción de los que siguieron a Elendil y sus hijos, comenzaron a entender la magnitud del miedo y el dolor de los Hombres.
