Sentados frente al resplandeciente fuego que hacía danzar las sombras en la pared del salón mostrando un sinfín de fantasías, el anciano y el niño disfrutaban del calor que éste les proporcionaba mientras daban largos tragos a los humeantes platos de sopa que sostenían. El crudo frío que azotaba el exterior de la cabaña hacía más gratificante, si era posible, aquel momento de armonía y confort.
Después de lanzar una pequeña rama a la chimenea, el pequeño que permanecía sentado en el suelo frente al calor se giró entusiasmado:
- Abuelo, cuéntame otra vez aquella historia, venga.
El viejo le miró con cariño y le dedicó una amplia sonrisa con una profunda e inigualable ternura.
- Está bien, está bien, pero sólo si me prometes que luego te irás a la cama a dormir.
El muchacho resplandeció de alegría y después de asentir rápidamente se tumbó apoyando su cabeza contra las palmas de su mano esperando a oír lo que tantas veces había oído pero que nunca se cansaba de oír.
El anciano, por su parte, quedó absorto durante un tendido tiempo, con la mirada en algún punto perdido en el infinito. Sus grandes ojos claros iluminaron una bocanada de fuego que se había avivado de golpe y en ese momento, con una voz áspera y melancólica, comenzó a relatar…
Corrían duros tiempos. El mundo se veía abrumado por sangrientas guerras que no parecían tener fin. Las alianzas pronto se vieron consumadas formando así ejércitos jamás antes vistos… y detrás de ellos, un inmenso camino salpicado por la sangre… y la muerte.
Mi compañía había zarpado de las costas del Valle del Ingenio días atrás. Liderados por Yandros, el rey, y acompañados por un misterioso mago llamado Alier y una joven muchacha de nombre Elorah, que no parecía encajar en aquel lugar, nuestras esperanzas sobre el continente parecían afirmarse en nuestros corazones.
Sin embargo, el sexto día de travesía, la tranquilidad de nuestras almas traspasó las fronteras inmortales para introducirse en el mismísimo mar, pues una calma asesina nos había dejado anclados en medio del inmenso azul.
En una semana nos habíamos quedado casi sin provisiones, sin alimentos en la reserva, mientras en el cielo ni una nube, ni la más mínima brizna de aire que acariciase nuestros rostros.
Las ratas que viajaban de polizón en las bodegas pronto fueron un plato cotidiano en nuestras comidas - la frase fue acompañada por una mueca de asco por parte del niño – y los soldados pagaban grandes cantidades de su salario por un pequeño sorbo de agua dulce. Nunca lo entendí. ¿Para qué querían dinero? Si lo más probable es que todos muriésemos en pocos días y el único valor que tendrían esas monedas sería el que le dieran los corsarios que abordasen el barco y encontraran nuestros cadáveres.
El pequeño se estremeció como cada vez que escuchaba esa parte de la narración y pronto se cubrió con una manta acurrucándose al cobijo del brazo protector de su abuelo.
Llegado el día catorce la situación se hizo insostenible. Comenzaban a surgir pensamientos de amotinamiento y como ningún lugar del barco parecía ya seguro, los capitanes decidieron reunirse en la cubierta de forma improvisada. Sigilosamente conseguí acercarme a ellos y oír lo que tramaban.
- Es una idea muy descabellada Elorah. Si sale mal habremos firmado nuestra sentencia de muerte y la de cientos de soldados – dijo el rey con preocupación en sus ojos.
- Eso ya lo firmamos hace muchos días. Mira a tus hombres, Yandros. Todos van a morir. Unos de deshidratación, a otros el escorbuto los consumirá hasta la muerte y los que queden se mataran entre ellos dominados por la desesperación. ¡Es la única opción! ¿Acaso no lo entiendes?
Alier, que miraba el lejano y azul horizonte, alzó los ojos y sentenció:
- Creo que sería lo mejor. Nuestras esperanzas de vida se apagan. Quizás esa sea nuestra última y única opción. Si hemos de morir, lo haremos. Nos resignaremos a ello. Sin embargo, si esa es la última y única esperanza que nos queda para salir de aquí abracémosla con todas nuestras fuerzas. Hemos servido bien, pero si así son los designios de Eru, así los aceptaremos.
Yandros miró al mago y con un profundo suspiro aceptó, pero de inmediato miró en mi dirección y yo del sobresalto me puse en pie firmemente.
Y como si hubiera retrocedido el tiempo y el mismísimo rey le hubiera vuelto a descubrir, el anciano se cuadró con respeto… con respeto a sus recuerdos.
- ¡Usted! Reúne a los soldados que más fuerzas guarden y diles que arríen todas las velas, las bajen de los mástiles y las aten todas juntas, luego úntalas con un ungüento que te dará el capitán Alier. Cuando acabéis subid todo el montón de velas al mástil más alto y corred a avisadme.
Obedecí la orden a toda prisa reuniendo a los pocos hombres que quedaban con un aspecto medianamente fuerte y a continuación cumplimos con lo mandado. No fue difícil, pues la ausencia de viento hizo que las velas no volaran y fueran bajadas con facilidad. Después regresé donde Alier, quien en una de las cazuelas, mezclaba el aceite reservado para mantener vivas las lámparas del barco con una especie de potingue de color verde. Una vez hubo terminado, me ayudó a derramarlo.
Al terminar la faena, el mástil más alto, en donde se encontraba el pendón con el estandarte del Valle, quedó totalmente cubierto en su extremo por un montón de gruesas velas impregnadas de una oscura tinta.
Tras ello, corrí velozmente hacia el camarote de Yandros para comunicarle, con el corazón casi en la boca, que el trabajo se había ya finalizado.
Con una pícara sonrisa el anciano añadió:
Creí oler una fresca fragancia cuando abrió su aposento. Un aroma que sin duda pertenecía a una mujer, aunque no le di mayor importancia, después de todo hasta los reyes tienen debilidades, jeje – rió con un resquicio de añoranza, pero ante la impaciencia del niño porque continuase la historia sin divagaciones, retornó al relato:
Sin más dilación observé como Alier encendía una antorcha y la lanzaba hacia el cielo, justo hacia donde las velas permanecían amontonadas. Sin esperarme nada similar, éstas empezaron a arder con un pequeño fogonazo. Nadie entendía nada. Nada. Hasta que nos dimos cuenta que el humo de aquella ingeniada antorcha se alzaba de una manera extremadamente espesa y con un color violáceo. ¡Qué obvio era todo! ¡Habíamos conseguido mandar una señal! Pronto nos encontrarían y estaríamos salvados.
El muchacho sonrió de emoción.
Las siguientes horas pasaron felices para la tripulación. Sabíamos que alguien tendría que habernos visto, pero hasta que el viento no empezara a correr nadie podría avanzar en nuestra ayuda. A pesar de esto, sentimos que la moral volvía a levantarse.
Al llegar la tarde, yo permanecía durmiendo, pero algo me despertó de mi plácido sueño. Algo movía mi pelo… ¡viento! Me levanté extasiado. Agarré al primer soldado que vi y me abracé a él con tal fuerza que por poco caemos al mar. Todos empezamos a cantar y a bailar. A unos metros de mí, observé como Alier daba una fuerte palmada de amistad a Yandros y como éste sonreía a Elorah, quien mantenía ante su rey una fuerte expresión de arrogancia, aunque en verdad escondiese un leve matiz de cariño.
Lo siguiente que ocurrió fue…
- Déjame contarlo a mí abuelito – interrumpió el pequeño.
- Claro, hijo, continúa.
La pequeña flota que había salido cinco días después que vosotros os dio alcance e hicisteis el trasvase a los nuevos barcos, con alimentos, agua y sobre todo reposo. El resto de la flota desdichada la dejasteis como ofrenda a Ulmo, quien os correspondió con un viento que os transportaba a una velocidad que ni las aves alcanzaban…
-Eso es – corroboró el viejo continuando con el relato.
Tomamos tierra por fin a las tres semanas de viaje. El continente se abría ante nosotros ampliamente y tras media jornada de marcha llegamos hasta el punto deseado. Acampábamos mientras la noche caía sobre nosotros. Disfrutábamos la felicidad de pisar suelo firme, pero los altos rangos pronto nos ordenaron preparar las armas, pues en la lejanía se empezaban a ver pequeñas luces. Luces que empezaron a multiplicarse y a confundirse con las estrellas del horizonte. El enemigo había llegado. Era una batalla no esperada, puesto que pensábamos que hasta el día siguiente no lucharíamos… pero no fue así.
Nuestro ejército se posicionó. Los lanceros permanecían en primera fila, detrás los soldados con espadas los cubrirían y los flancos serían apoyados por la caballería. Los arqueros, sin embargo, se mantendrían en última fila. Y aunque separados por un orden preestablecido, los sentimientos eran comunes entre todos: nervios, desesperación… miedo.
Durante dos horas el ejército del Concilio permaneció delante nuestro, inmóvil, impasible, preparados para la guerra. No era como luchar contra los inmundos orcos. Ahora era el momento de matar elfos, humanos, gente igual… hermanos. Sabíamos que no se podía esperar del contrario más que la aniquilación y así una sensación de euforia e ira se fue apoderando de nuestros cuerpos.
Entre tanto silencio vi aparecer un negro corcel en primera fila de batalla. En sus lomos, Yandros, con su reluciente armadura y blandiendo su mortífera espada, nos miraba con una mezcla de altivez y respeto.
- ¡Caballeros! ¡Soldados!...¡Hermanos! Ante vosotros el enemigo. Sobre vosotros un plateado manto de estrellas y después de eso…¡el infierno! No os aseguro que viviréis. No os puedo dar más consuelo que aquél que podréis recibir en las estancias de Mandos, pero si os puedo dar ¡Ganas de vivir! ¡Ganas de luchar!
Recordad, echad la vista atrás. Recordad lo que habéis dejado: todos los sueños quebrados, todas las ilusiones apagadas… pero esta noche podréis cambiarlo todo. ¡Mirad dentro de vosotros! Encontrad esa llama que os mantiene con vida. ¡Encontradla y encendedla! ¡Encendedla de tal modo que el enemigo vea de que estamos hechos! No os amilanéis y os juro que jamás caeremos en el olvido… porque señores… no lo olviden: servimos al Valle… y a su gente.
Al acabar el discurso el ejército enmudeció de repente. Una sensación de consternación nos invadió a todos. Pero, poco a poco, los gritos ahogados empezaron a retumbar al unísono. En nuestros corazones el fuego volvió a arder y en nuestros pensamientos un nuevo amanecer comenzó a dibujarse.
A la orden de Yandros, el ejército entero comenzó la marcha brutal hacia el enemigo. Ni siquiera esperamos a la lluvia de flechas. Aquel era el momento de embestir contra las filas adversas. Las estrellas iluminaban nuestro camino y sabíamos lo que debíamos hacer.
Lleno de vigor el muchacho le interrumpió para, con una rama a modo de improvisada espada, simular cada uno de los danzantes movimientos de aquella gloriosa batalla.
Vuestras lanzas destrozaron el flanco central de… de…
- Nan – Tasarion – le ayudó su abuelo.
¡Si! Los dividisteis en dos partes mientras blandíais con fuerza vuestras espadas, aniquilando al contrincante con tesón y arrojo. Sangre ¡Zas! Mucha sangre ¡Zas zas!
- Sí hijo, sí – sonreía el anciano – fue una lucha encarnizada y dura, pero…
Pero cuando creíste ver la luz de la victoria todo se nubló a tus ojos…oscuridad absoluta.
- Creía haber muerto.
¡Pero no! Porque al de dos días despertaste sin un rasguño. Tan solo con un chichón y un gran dolor de cabeza.
- Que todavía me dura. Jeje, y además, no me hizo falta preguntar, la intuición me hizo adivinar…
¡Que habíamos ganado la batalla! – dijeron al unísono.
- Bueno, creo que ya es hora de que cierto muchachito se vaya a acostar, pues una promesa siempre ha de ser cumplida.
- Sí abuelo – obedeció con un gran bostezo.
Y mientras le cobijaba entre las sabanas, el niño le cogió de la mano:
- Abuelito… mañana me lo contarás de nuevo…
- Todas las veces que quieras.
Y con una sonrisa le dio un beso en la frente y apagó la vela.
[Editado por nuRBiL el 12-03-2005 00:45]