Señores de Nurn Orden de Telpe Fin Guerra: Señores de Nurn deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 23
Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 25

Batalla C3 Nurn Vs C1 Telpe
TerminadaPor fin habían llegado. Veinticinco largos días de viaje: de Narmelost a Minas Gwaeren. El inicio del viaje había sido cómodo y sencillo. La compañía había embarcado en tres buques de mediano porte y había descendido por el Morelimbar. La corriente y el viento los llevaron en apenas dos días hasta la confluencia con el salvaje y rojizo Nen Girith; desembarcaron en la orilla occidental.
Era una compañía ligera. La vanguardia de un mayor ejército que, más lento, se había puesto en marcha para arrasar el mundo, para extender el horror y el poder de Nurn.
Era la compañía del Alba Sangrienta, sus soldados estaban elegidos de entre los mejores, sus arqueros eran diestros y su infantería letal. Soldados curtidos y templados, de mirada cruel y carácter seco, rápidos en la ira y con la espada.
Desembarcaron ruidosamente pero con disciplina: soldados, armas, caballos, carros...
Y empezó la parte fatigosa de la expedición. Los cuatro Señores de la Compañía montaban a caballo mientras que el resto de soldados, salvo la intendencia (que montaba en carros), se desplazaba a pié.
Les quedaba un largo camino que recorrer, y la nieve, que se extendía blanquísima sobre el terreno, no ayudaba en absoluto.
Avanzaban con paso vivo y en silencio; sólo el crujido de los carros, el retumbar de los pasos y el tintineo de las armaduras se escapaba de la negra columna que se abría paso por el helado paisaje.
Seis días tardaron en cruzar el inmenso llano, caminando de sol a sol, poniendo a prueba su fuerza y resistencia, durmiendo, en las pocas horas de descanso, en sencillas tiendas de lona; azotados en todo momento por vientos gélidos y por intermitentes tormentas de nieve.
Incluso un ejército cien veces mayor se habría visto insignificante en esa llanura, pero ellos no eran sino una pequeña compañía, una pequeña columna negra avanzando en un infinito blanco.
Pero su corazón de fuego los llevó sin desfallecer hasta el final de la llanura, los llevó hasta las fronteras del gran Taur-din-Tirith, el bosque del silencio.
La nieve cubría el suelo y doblaba las gruesas ramas de los viejísimos árboles que poblaban el bosque. El aullido lejano de lo que sabían era una brutal manada de lobos se extendía por el bosque, sorteando los gruesos y grises troncos, hasta llegar a sus oídos.
Cuando al cabo de diez días dejaron el bosque a sus espaldas, ni uno solo de los soldados lo lamentó, ni uno sólo se quejó del mordiente viento helado que volvía a herir su rostro y que en el espeso bosque se había moderado.
Y siguieron avanzando, de nuevo en una gigantesca llanura nevada, pero ya más cerca de su objetivo, ya en territorio Telpita... Y las ansias de batalla, el deseo de hundir sus espadas en la carne ajena, les aliviaba el cansancio y les daba nuevas fuerzas a sus piernas entumecidas.
Pero por fin habían llegado. Veinticinco largos días de viaje: de Narmelost a Minas Gwaeren.
En la retaguardia, en la orilla oriental del Nimberek, quedaban las carretas y la tropa de intendencia. Los soldados ya habían cruzado el rió. Sólo cinco millas los separaban de su meta.
La noche era muy fría y la nieve caía en grandes copos que se pegaban a las ropas y a las armaduras de las gentes de Nurn. La visibilidad era nula.
Antes de cruzar el rió habían comido carne salada y bebido cerveza amarga. Habían descansado unas horas, viendo caer el sol tras el río tiñendo la nieve de rojo sangre.
Pero el sol ya se había recogido en la tierra de Mandos y la noche se extendía por Haldanóri.
Al frente de la compañía iban tres Señores de Nurn: eran la noble Nulkaiel, Señora de Narmelost; El poderoso Marüyên, señor de los espectros, grande entre los grandes; y un humano, Seregruin. Los tres iban embozados y cubiertos con una gruesa capa negra, avanzando con grandes zancadas felinas, seguros de su destino victorioso. Bajo su mando los seguía la compañía. La dama elfa comandaba a los arqueros, El maia estaba al mando de la sección de choque, compuesta por 4 trolls y por los más duros soldados, gente brutal y peligrosa no habituada a la vida pacífica; y Seregruin era el teniente de la sección de lanceros, soldados fornidos y bien armados, acostumbrados a aguantar a pie firme cualquier cosa. En total unos 180 de los mejores soldados de Nurn avanzando con fiereza en esa terrible noche.
Cerrando la formación iba Shulak, capitán del Alba Sangrienta. El hombre dragón, la criatura de Melkor, se había desprendido de la capa y andaba con paso poderoso, insensible al frió; su pesado sable seguía envainado y colgado en su espalda.
Llevaban una media hora andando cuando a través de la tormenta de nieve descubrieron el perfil de Minas Gwaeren. Todos sabían lo que tenían que hacer. Rodearon la ciudad y la encararon por su muralla Noroccidental, en la que se abría su oscura puerta, donde un puente, que se extendía sobre el foso, franqueaba la entrada.
Con extremo sigilo se acercaron a la ciudad, los arqueros prepararon sus arcos, una flecha en la mano; la infantería desenvainó sus espadas; y los lanceros se descolgaron sus gruesos escudos de sus espaldas y los embrazaron con fuerza mientras empuñaban sus pesadas lanzas.
Las murallas se alzaban imponentes, negras y relucientes. La nieve y el Hielo trepaba desde su base hasta el metro y medio dándole una apariencia de dureza extrema y de inexpugnabilidad. Y estaba el foso... por ahí no podrían tomar la ciudad. Con sus recursos sólo atravesando el puente y atacando la puerta podrían tener una posibilidad de penetrar en la fortaleza.
Pero la noche y la nevada estaban de su parte, los vigías no se habían percatado de su presencia, y ya estaban a unos escasos veinte metros del puente.
Nulkaiel hizo una señal y unos 10 arqueros se abrieron en abanico y tensaron sus arcos. Diez flechas empenachadas de negro silbaron en la tormenta. Cinco vigías cayeron ensartados por flechas de Nurn. Al desplomarse sin vida debieron hacer algún ruido... pero el rugido de la tormenta lo apagó.
Inmediatamente quince soldados de Marüyên cruzaron el puente. Se colocaron al pie de las murallas. Con suprema habilidad lanzaron unos garfios sobre el borde de las altas murallas. los garfios se trabaron y la cuerdas fueron tensadas.
Los cuatro señores de Nurn permanecían observando y dirigiendo la operación de asalto desde el otro lado del foso, agazapados y prestos al ataque, esperando que los planes se realizaran con eficacia y con fortuna.
Los elegidos para trepar por la cuerda y coronar las murallas eran soldados oscuros y terribles que no siempre habían sido soldados, entre ellos había ladrones y asesinos, gente acostumbrada al mortal sigilo y entrenados en Nurn para ser letales.
No tuvieron que esperar mucho, los soldados que habían penetrado en la ciudad habían tenido éxito, quizá ninguna dificultad les salió al paso una vez estuvieron sobre el alto muro defendido por almenas, quizá la habían eliminado.
Las descomunales puertas chirriaron a través de la tormenta y se abrieron lentamente. Eso sin duda lo había oído los guardias de la fortaleza.
Entonces Shulak y los demás señores se irguieron y desenvainaron sus armas... un cuerno de guerra sonó... y el Alba Sangrienta se lanzó a través de la gran puerta penetrando como una maldición en la poderosa ciudad.
Repicaron campanas, aullaron cuernos... la ciudad estaba advertida, la defensa se ponía en marcha. Pero Nurn ya había penetrado, Nurn ya mataba.
No pretendían tomar una ciudad Telpita con menos de 200 soldados, su misión era otra, debían extender la muerte, extender el terror. Mostrar a sus enemigos que Nurn estaba allí y que nada lo detendría.
Y la carnicería dio comienzo. Los gritos de guerra se mezclaban con los de dolor y los de terror y, ese rugido salvaje, el ruido de la guerra, apagó el silbido helado de la nevada. El rojo se impuso al blanco que tapizaba las calles y cubría los tejadillos: sangre humeante, cuerpos sin vida... fuego. La horda de Nurn penetraba en la ciudad como leones sanguinarios en una vacada. A su frente... sus cuatro señores.
Nulkaiel y Marüyên, el Señor de los Espectros, eran realmente espantosos, su natural belleza élfica se veía deformada por la furia que torcía sus rostros y por el instinto guerrero que convertía sus gráciles movimientos en salvajes fintas y poderosos mandoblazos; Seregruin, que al principio había parecido dudar, dirigía ahora con espíritu incendiado a sus guerreros, que ensartaban sin piedad a sus víctimas con sus gruesas lanzas, que se hundían terribles en la carne, arrancando horribles gritos de dolor.
Shulak, el capitán de la horda, participaba en la orgía de destrucción con total indiferencia, cubierto ya, él y su pesado sable, de la sangre de sus enemigos.
Pero el caos no podía durar eternamente: la defensa de la ciudad se organizaba con presteza y eficacia, la ciudad se llenaba de los ruidos de los soldados defensores que se estaban desplegando por las calles adyacentes intentando rodear a los asaltantes.
Bajo una evidente buena dirección, los defensores estaban apostándose en lugares que les ofrecían ventaja táctica. Así pues, El Alba Sangrienta empezó a sufrir serios ataques y las bajas se multiplicaban. Los Señores de Nurn supieron que había llegado el momento de retirarse.
Pero antes de hacerlo, Shulak ordenó un último esfuerzo. Con los músculos tensos y agotados, con el sudor recorriéndoles la espalda y la cara manchada con la sangre de sus enemigos, los soldados de la orgullosa compañía de Nurn se lanzaron a un último ataque. Un grito de guerra brotó de sus entrañas, empuñaron con fuerza sus armas y mataron, mutilaron, desgarraron, aplastaron... en nombre de sus señores. Y cuando esa furiosa y dura tropa parecía ser capaz de romper las filas defensoras, un grito estridente rasgó la noche.
Era un ser oscuro y espectral, un ser desprovisto de vida pero aun no muerto. Los soldados de Nurn vacilaron, y la tropa defensora recuperó su posición.
El espectro se adelantó a sus propias filas, parecía ajeno a todo, empuñaba una siniestra espada.
La Señora Nulkaiel se hallaba cerca dirigiendo a los arqueros. Furiosa ante el retroceso de sus soldados, arrebató un arco a uno de sus hombres y apuntó con calma. La flecha voló certera; Se hundió en el cuerpo muerto del espectro, donde alguna vez palpitó su yugular, pero ningún efecto tuvo la flecha envenenada salvo un ensordecedor grito que más tenía de desafío que de dolor.
La elfa ya tenía otra flecha preparada, pero no tuvo tiempo de usarla. Desde el flanco derecho, desde donde guiaba a los trolls de Nurn, desde donde comandaba a las fuerzas de asalto, apareció Marüyên el maia, el señor de los espectros. Con una velocidad demoníaca cruzo ante los ojos de la elfa. Tenía la figura de un alto elfo... pero era más, era mucho más. En una mano empuñaba su gran espadón de mithril, que brillaba con una luz que no procedía de esa noche nevada, y en la otra portaba una afilada daga. Se abalanzó como una sombra sobre el espectro y, con una velocidad que superaba lo imaginable, hundió su daga, hasta la empuñadura, donde ese ser tenía su corazón muerto. Un alarido se escapó de su pecho herido y se perdió en la tormenta... y no regresaría en mucho tiempo.
Ese era el momento adecuado: Shulak dio la orden de replegarse. El bramido de un cuerno marino era la señal acordada. Todos obedecieron.
Y en un abrir y cerrar de ojos el Alba Sangrienta había salido de la ciudad y se había perdido en la tormenta. Se fueron tal como llegaron: como una pesadilla. Pero tras ellos dejaron muerte y desolación, fuego y terror...
[Editado por elfo_negro el 12-03-2005 12:32]
Era una mañana calida. El sol brillaba como en los mejores días de verano, pero era invierno y las nubes se interponían haciendo aparecer y desaparecer la luz radiante del astro rey.
Jeîsilark se refugiaba en una cala. Estaba sumida en sus pensamientos; su mente pensaba y pensaba. Quería capitanear una gran flota que volara sobre el mar, su majestuosidad sería apreciada por todos… Ese día llegaría muy pronto.
Un viento ligero soplaba y hacia bailar y juguetear los cabellos negros y lisos de la mujer contra su tez de un color ligeramente tostado, consecuencia de las largas mañanas que pasaba allí nadando, imaginando batallas con su espada... Pequeñas gotas de agua bajaban por sus brazos desnudos.
Tras un agradable baño, mientras se disponía a colocarse sus ropas, el aire de la cala pasaba entre sus pechos, causándole escalofríos. Cada vez que contemplaba el mar con sus ojos negros el corazón se le estremecía. La arena hizo un hueco para que la esbelta figura de la muchacha se sentara cómodamente mientras el sol secaba sus ropas. Una ligera brisa hizo que poco a poco empezara a tambalear, para dejar caer su cuerpo...
—¡Señora, señora! —decía el hombre a la vez que agitaba los brazos de Jeîsilark—, despierte, traigo noticias.
—¡Alagil qué diantre! —sus ojos se abrieron al instante que cogía el brazo del chico.
—Disculpe mi intromisión. Realmente siempre escoge un sitio diferente de la cala para descansar… Traigo noticias de Minas Gwaeren.
—Gracias —soltó el brazo del hombre, dejándole los dedos marcados en su piel blanca. Cogió el mensaje que Alagil le entregaba.
La carta estaba marcada con el sello del Rimbe-a-Quákolie. Un siniestro cuervo negro. Jeîsilark desplegó el pergamino con presteza. Las instrucciones eran claras y concisas:
“Estimada capitana Jeîsilark, ha llegado la hora. Minas Gwaeren requiere ser protegida y yo marcho hacia el sur para enfrentarme a las huestes de Tercano Nuruva. La reina está siendo avisada en el mismo momento que tu lees estas palabras. Creo que no es necesario que me extienda en darte explicaciones. Aprovecha la más mínima oportunidad para cumplir el objetivo. Te sugiero que borres cualquier indicio de nuestra puesta en contacto, y no dejes entrever tus propósitos.
Sin más me despido a la espera de que en mi regreso a Harna Dîn sea las cosas hayan cambiado y ambas hayamos alcanzado la gloria que tanto anhelamos.
Mornaew.
17 Súlimë del 3321”
Con paso ligero Jeîsilark se dirigió a su morada. En el salón alumbraban tímidamente unas brasas en la chimenea. La mujer echó un vistazo a la carta de la dama Mornaew antes de lanzarla sobre aquellas las ascuas. El fuego se avivó por unos instantes mientras consumía el papel y la tinta.
Llamaron a la puerta y otro mensajero estaba de pie frente al umbral.
—Buenos días tenga. Nuestra bienaventurada reina desea verla.
—Muy bien. En seguida me presentaré en la Torre de Plata. Puedes retirarte. —respondió Jeîsilark.
Todo salía como estaba planeado. La capitana recorrió el camino que llevaba hasta la torre más alta de Osto Telemna, donde residía Tárilúmë. Cruzó el patio y subió escaleras arriba hasta llegar a lo más alto. En aquella sala desde la cual se veían todos los dominios de Harna Dîn estaba sentada la reina, con los ojos cerrados.
Sobre la mesa una jarra de cerámica llena de agua fresa y un pergamino a medio desplegar. La mano de Jeîsilark abrazó los huecos de las asas de la jarra para dejar caer el agua entre sus labios...
—Sabes que me repugna subir hasta aquí, pero me han avisado que requerías mi presencia. Espero que sea importante... —replicó Jeîsilark.
—Mornaew nos pide ayuda. Minas Gwaeren necesita protección, puesto que el ejército de los cuervos va a abandonar su posición. Necesitan nuestras tropas para custodiar la ciudad —explicó Tárilúmë desde la oscuridad de su rostro espectral.
—Debemos darnos prisa pues. El camino es largo y el tiempo valioso —añadió Jeîsilark—. Avisaré a Exelder y a Elänessil y reuniré a las tropas.
—Partiremos esta noche sin falta, cuando la luna guíe el camino. No te entretengas —Tárilúmë se puso en pie y hizo una seña a Jeîsilark para que abandonara la cámara.
Provisiones, agua, armas, ropas para el frío de Minas Gwaeren. Los soldados bajo las órdenes de Jeîsilark iban trasportando todo lo necesario para partir. Durante quince días, si las circunstancias no se complicaban, avanzarían por mar y tierra hasta alcanzar los negros muros de Minas Gwaeren.
El viaje fue tranquilo, Jeîsilark no tuvo que forzar su rumbo, y poco a poco su flota iba apareciendo en la nublada costa como si de espectros se tratase. Siete embarcaciones llenas de ira y grandes promesas desembarcaban, una gran plataforma de madera conectaba la libertad del mar con la tierra blanca. El frío se iba apoderando de esos hombres acostumbrados al calor. Se demoraron lo mínimo en el puerto de Londëalkar y sortearon Kemina Anka sin apenas llegar a vislumbrar la imponente belleza del Palacio Negro.
Pasados quince días desde que abandonaran el puerto de la Capital Telpeniana la torre Hexagonal se avistó a pocas millas de distancia. Camuflados entre la nieve, los cabellos negros de Jeîsilark destacaban en aquella noche fría y blanca. Los dirigentes iban a caballo, dejando hondas pisadas a su paso sobre el manto blanco que cubría la tierra. Tárilúmë iba al frente de la compañía y Jeîsilark la seguía de cerca. Exelder y Elänessil controlaban la retaguardia. La elfa sostenía una flecha en la mano, y acariciaba la oscuras plumas en el lado opuesto del proyectil. El elfo miraba aquí y allá, atento a cualquier movimiento alrededor.
Finalmente la ciudad se alzó imponente ante sus ojos; majestuosa y silenciosa. Bajo un silencio estremecedor. Los pocos soldados que habían quedado aguardando al ejército de las Serpientes los recibieron aliviados. Poco a poco la compañía cruzó el puente dejando atrás el profundo foso y atravesó las negras puertas. Jeîsilark reunió a sus tropas en el patio. Con palabras heladas por el frío ordenó las posiciones a los soldados.
—Exelder, tu te ocuparas del flanco derecho y Elänessil quiero que todos los elfos se concentren con sus arcos bajo las puertas.
La espectra permitió que Jeîsilark diera las instrucciones pertinentes, mientras ella subía al puesto de vigilancia a observar más allá de las frontera de Harna Dîn.
—Siento que un fuerte poder se aproxima. Uno de los míos tal vez. Alguien que no deseamos que se cruce en nuestro camino. —confesó Tárilúmë a Jeîsilark a la hora temprana del siguiente día, cuando ya estaba amaneciendo.
—¿Se han avistado compañías enemigas avanzando hacia aquí? —Preguntó la capitana.
—No. La visibilidad es reducida bajo este tiempo invernal. Y la ventisca que remueve la nieva no ayuda demasiado —Respondió Exelder.
—Debemos permanecer muy alerta. Si nuestra reina está en lo cierto puede que el enemigo esté más cerca de lo que pensamos —Añadió Elänessil, sentada en la butaca de aquel salón de Minas Gwaeren— Nurn no debe de andar lejos…
Poco a poco la nieve que se dejaba caer iba pintando de blanco los rostros de los soldados, que impacientes esperaban la llegada de Nurn.
Los copos de nieve pararon de juguetear con el aire, el frió se congeló cuando un resonar de gentes y armas se aproximaban con una rapidez escalofriante. Nurn estaba bajo la muralla, el silencio perduraba, los dos capitanes esperaban la llamada a las armas.
Jeîsilark se movía en el campo de batalla con una serenidad tan insensata que sus oficiales y compañeros temían. De repente un soplo de aire calido se congelo con el aire, Nurn empezaba el ataque.
Las defensas que había preparado Jeîsilark eran correctas y precisas, defendían la ciudad a uña de caballo. El silencio dejó paso a un resonar de espadas, flechas y el gritar de una clan que quería aniquilar por encima de todo.
No falto tiempo para que Nurn entrara dentro la fortificación dejando a cada paso un baño de sangre, que era correspondido por las defensas del Rimbe-a-Angolie. Como si de una serpiente se tratase, los soldados guiados por Jeîsilark iban enroscando a sus contrincantes sin dejarles avanzar.
En ese momento y bajo la incertidumbre de una batalla que parecía no tener fin Tárilüme atravesó fría y calculadora la cabeza de los soldados de Nurn. Decidida a saciar su sed de sangre la reina atacó y mató a todo soldado en un radio de dos metros, dejando una barrera entre ella y la tierra. Pero su destreza duró poco, pues ágiles e inteligentes hombres se abalanzaron hacia ella, la espectra lanzó un grito de desespero que resonó a varias millas, pero los hombres del ejercito de las serpientes estaban muy ocupados y solo uno diviso tales acontecimientos
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Trabron que era alabado por sus compañeros por ser un gran observador y la mano derecha de Jeîsilark en muchas de sus batallas, cogió aliento para agrupar a varios soldados e ir en ayuda de Tárilüme, pero su voz fue cortada por la espada fina y seca de Jeîsilark. El cuerpo de Trabron yacía en medio de tantos otros, el fin de la espectra estaba cerca.
Poco minutos pudo resistir antes de su muerte. Las tropas de Nurn se agruparon y decidieron retirarse, con una sonrisa en la boca pues Telpe había perdido mas hombres.
Jeîsilark despachó a algunos moribundos de Nurn que quedaban dentro de sus fortificaciones.
—No dejéis a nadie con vida, acepto su retirada pero no piden clemencia, luchad en nombre de la reina.
Para ella la defensa con éxito de Minas Gwaeren era su propia victoria. En lo alto de la muralla Jeîsilark cantaba para Tárilüme junto a sus hombres, esa noche la recordarían durante muchos amaneceres.
[Editado por BlackPearl el 14-03-2005 00:05]
Resumen de la batalla:
Nurn perdio 23 armadas=805 puntos.
Recuperables: 537 puntos.
Valoraciones: 9+9+9+9+9=9
Recupera: 483 puntos.
Pierde: 322 puntos.
Telpe perdio 25 armadas= 875 puntos.
Recuperables: 292 puntos.
Valoraciones: 8+9+9+8+8=8,4
Recupera: 245 puntos.
Pierde: 630 puntos.
Nurn percibe 300 monedas en concepto de batalla ganada.
Nurn cede 100 monedas por retirarse de la batalla.
Historia finalizada.