La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Batalla C5 De Telpe Vs C1 De Tercano

2005:03:26:19:36:21

Andir

Tercano: 24 armadas perdidas

Telpe: 34 armadas perdidas

Clima: sol en el desierto.

Sincarion

Un leve llamado a la puerta sacó a Sincarion de sus pensamientos. Incorporándose un poco en la butaca, dijo:

-Adelante.

Un hombre, una elfa y una mujer cruzaron el umbral y se acomodaron en las sillas dispuestas enfrente de la mesa del Maia.

-¿Cuál es la situación, señor?- preguntó por fin Hyara.

En ese momento Sincarion miró con sus blancos ojos hacía el este.

- Telpe no ha detenido su ataque. Sus tropas, aún numerosas, vienen a terminar aquello que hace unas semanas empezaron. Hemos de fraguar un plan de evacuación para las mujeres y los niños, y también aquellos que no puedan luchar. Las tropas quedarán dentro de la fortaleza, aunque enviaremos un pequeño grupo fuera- Sincarion titubeo antes de continuar, pues los que saliesen de allí pocas posibilidades tendrían de sobrevivir - Ese grupo tendrá que intentar detener el avance de telpe para que no escalen las murallas, pero tendrán que dejar que las tropas se acerquen lo más posible a la ciudad para que los arqueros puedan atacarles mientras tanto.

Los tres individuos esperaron a que el Maia prosiguiera.

- Pero no creo que podamos soportar la envestida mucho tiempo. No podemos correr riesgos, así que tú, Hyara, acompañarás a quienes no se queden a luchar al bosque, a un refugio seguro y lo harás cuanto antes. No nos queda mucho tiempo - y volviéndose a mirar a Gaur y a Fíriel continuo- y vosotros dos os quedaréis para comandar las tropas junto conmigo. Un grupo más o menos pequeño saldrá de la fortaleza para intentar detener el avance y el grueso esperará detrás de las murallas.

Tras unos minutos Hyara rompió el silencio agobiante que se estaba adueñando en la sala tras las palabras del Maia diciendo:

-Yo mantendré a salvo a la gente en el bosque, Sincarion, así que he de ir a prepararme para partir. Espero que pronto nos volvamos a ver.

La elfa se levantó de su asiento y sin decir una palabra, se alejó hacia la puerta de la estancia. Con la mano en el tirador de la puerta, se volvió a mirar a sus compañeros, hizo una inclinación de cabeza y salió.

A los pocos segundos, Gaur y Fíriel hicieron lo mismo, dejando a Sincarion solo con sus temores y sus esperanzas.

La cegadora luz del sol arrancaba argénteos destellos a las armaduras y las armas del ejército formado en el patio de la fortaleza. Gaur se encontraba en las almenas dando las últimas instrucciones a los arqueros que se apostaba allí mientras que Sincarion y Fíriel, montados en sus caballos, pasaban revista a las tropas y repasaban la táctica a emplear.

Los soldados apostados en las murallas miraban con sombría expresión las grandes llanuras arenosas que les rodeaban por doquier. No se veía vida por ningún sitio, sólo arena y más arena.

Y por extraño que pareciese, aquellos soldados no se deprimieron ante tan abrumadora visión sino que decidieron hacer frente con todas sus fuerzas a los enemigos. Todo con tal de no morir en aquel inhóspito lugar.

Dos días pasaron desde que Sincarion dio la orden de huida a Hyara hasta que Gaur y Fíriel se pusieron, por decisión propia, al frente del reducido grupo de soldados que saldrían a obstaculizar el paso a los enemigos telpenianos mientras Sincarion mandaba sobre las tropas que se quedarían en la ciudad.

Los mecanismos que abrían los portones de la fortaleza chirriaron y éstos comenzaron a abrirse al pequeño ejército hasta que todos traspasaron la entrada, momento en el que se volvieron a cerrar. Gaur hizo una señal a Fíriel y ambos se separaron para apostar a los soldados y resistir el embate telpeniano el mayor tiempo posible.

En el flanco izquierdo del extenso aunque angosto frente, Gaur daba instrucciones para que los soldados a su cargo no avanzaran demasiado rápido: si lo hacían corrían peligro de quedar rodeados por el ejército de Telpe y morir sin poder ser auxiliados.

- Es el momento de mostrar la valentía que albergan vuestros corazones- arguyó Gaur mirando a los soldados -así que pelead como siempre lo habéis hecho: con toda la fuerza de vuetro ser. Elfos, orcos y trolls asintieron todos a una y prorrumpieron en vivas.

Del otro lado del frente defensivo, Fíriel infundía ánimos con la misma pasión que Gaur.

- Os conmino a no pensar solo en vuestra gloria: si seguimos luchando unidos, obtendremos nuestros más recónditos deseos. ¡Adelante!- vociferó la mujer, y al instante las tropas se cuadraron y se irguieron, esperando la carga del ejército enemigo.

Sincarion miraba sin que su rostro mostrara ninguna expresión como el numeroso ejército de Telpe venía a su encuentro. No les temía. No temía por su vida, pero le inundaba una inmensa rabia al pensar en los habitantes de su pueblo que morirían por aquellas inmundas criaturas.

Y lo peor era que nada podía reprochar a su enemigo. Él antes también era así. Su sed de sangre nunca tenía límites y en su mente nunca cabía la posibilidad de dejar una vida sin exterminar.

En verdad el espíritu de Sincarion había cambiado mucho desde su llegada a la tierra de Haldonari. Antes despreciaba a todos los seres inferiores a él … e incluso a algunos superiores. Pero ahora su punto de vista había cambiado. Quizás él fuese más poderoso que todos ellos, pero ellos tenían unos sentimientos y valores que nunca había entendido y que aún ahora le costaba asimilar. Amor, amistad, compasión … todo eso eran tan sólo palabras en la mente de Sincarion antes de llegar hasta allí. El sólo guardaba odio e incluso ahora era la parte que predominaba en él, pero poco a poco notaba como se ablandaba su corazón.

- Señor, esperamos sus órdenes – gritó un capitán desde varios metros a la izquierda del maia – Las tropas ya están llegando.

Sincarion en ese momento se incorporó y vio como las tropas de Telpe ya estaban casi a la altura de la avanzadilla de Tercano. Imbécil, se reprendió a sí mismo, sabía perfectamente que no era momento para meditar sino para luchar.

- Arqueros, todos a vuestras posiciones!!!! - Gritó el Maia mientras todos los arqueros, que estaban ansiosos por escuchar a su líder levantaron sus arcos. Luego, dirigiéndose a los trolls que esperaban pocos metros detrás de los portalones les ordeno – Sasv ist olesu AZG ESL ZNAGG!!!!!!

Y tras ese grito los trolls comenzaron a meter las grandes piedras que habían conseguido al destruir una de las casas de la ciudad, pues difícilmente las podrían haber conseguido en aquel inmenso desierto, en las catapultas que esperaban junto a ellos.

De repente, los gritos que vibraron en el aire interrumpieron la calma del soleado día. El ejército de Telpe cargaba contra el frente de Tercano: el choque fue brutal. Se sucedían las estocadas y los mazazos y el olor dulzón de la sangre aumentaba cada vez más.

Al principio Tercano resistió bien los primeros ataques. Los arqueros apostados en las murallas hacían caer las flechas sobre el enemigo retenido por los comandantes Gaur y Fíriel, que valerosamente y con un grupo reducido constituían un verdadero obstáculo a Telpe. Pero poco a poco los soldados iban cayendo sin reponerse mientras que Telpe tenía a legiones enteras todavía intactas.

Abriéndose paso con fieras estocadas, Gaur llegó hasta donde se encontraba Fíriel reorganizando sus maltrechas fuerzas.

-¡Debemos retirarnos ahora!- gritó el hombre para hacerse oír en el ensordecedor tumulto.

-¡Bien! ¡Avisa a todos!- gritó a voz en cuello Fíriel y salió corriendo a organizar la retirada.

Un cuerno sonó claro por encima de la batahola y las menguadas tropas de Tercano se batieron en retirada, buscando el amparo de los muros. El tiempo apremiaba, las tropas enemigas les pisaban los talones. Una parte de los soldados de Tercano había atravesado la puerta, cuando una nueva carga de Telpe se sumó a la primera intentando así traspasar la entrada de la muralla. La retaguardia del ejército defensor intentó frenar el impulso de sus enemigos, sin lograrlo a pesar de empeñar en ello su vida. El resto del potentoso ejército escalaba las murallas sin encontrar apenas resistencia

Una vez dentro las primeras fuerzas de Telpe, les siguió el resto de su ejército pues la entrada era franca ahora. Tercano no disponía de medios para impedirlo. Dentro, el caos se había ensañado con la ciudadela: la masacre inclinaba la balanza en favor de la Orden. Más Tercano vería aún los rescoldos de la esperanza

En el centro de la encarnizada lid se erigía Sincarion. Con sus brazos y su rostro elevados al cielo, invocaba los poderes de los cuales se investía. A los pocos segundos, comenzaron a formarse en el firmamento cúmulos de negras nubes, refulgentes a causa de los rayos encerrados en su interior. Manejados por el Maia, varios relámpagos hendieron el aire y cayeron entre los grupos de soldados de Telpe, causando numerosas bajas. Más Sincarion no detuvo allí su despliegue de poder. Alzando una vez mas sus brazos al cielo un nuevo relámpago lo surcó, esta vez en dirección a Mornaew, la comandante de Telpe. La mujer reorganizaba a sus tropas en ese momento, y solo atinó a hacerse a un lado en el momento en que el rayo cayó en el lugar donde se encontraba momentos antes. Sin embargo, aunque el rayo no la alcanzó, el impacto de este hizo que su cuerpo saliera despedido unos metros.

Mientras observaba la impactante escena, Fíriel bajó la guardia una milésima de segundo, tiempo que un hombre de Telpe aprovechó para lanzar una mortífera estocada a la mujer. Esta lo vio por el rabillo del ojo y alcanzó a desviar el acero dirigido a su cabeza, que se clavó entre las junturas de su armadura. Un dolor lacerante recorrió el brazo de la guerrera, al tiempo que su agresor propinaba un fuerte golpe con la parte plana de la espada en su yelmo, dejándola inconsciente. El individuo se aprestaba a rematarla, cuando la punta de una hoja asomó por su pecho: Gaur lo había visto y había acudido en auxilio de Fíriel. Cargándola con un brazo y blandiendo la espada con el otro llevó a la malherida guerrera hasta una de las carretas que transportaba los heridos al refugio del bosque. Sin mirar atrás, Gaur volvió a internarse en el fragor de la lucha.

Hacía pocas horas que habían llegado al bosque y Hyara se paseaba de un lado al otro del refugio en el bosque. Con los nervios a flor de piel, la elfa no tenía modo de saber como iba la batalla, puesto que el bosque se hallaba a un día desde la fortaleza.Sabía que debía esperar, así se lo había prometido a Sincarion. Pero las dudas la asaltaban ¿Y si corrían un peligro mayor del que ella pensaba? Por su mente desfilaron las imágenes de sus compañeros, de las batallas compartidas, los sueños, los anhelos...Se volvió y miró a las personas apretujadas en el refugio: aquellas gentes merecían una vida mejor. Volviendo la mirada al exterior, se decidió por fin y comenzó a hacer señas a uno de sus soldados para que se reuniera con ella.

-Infórmame- exigió Hyara.

-Nuestras fuerzas están bien, señora- apuntó el soldado -apenas si hemos sufrido algunos cortes.

-Muy bien, entonces aprestaos para volvera la fortaleza y sumar nuestras fuerzas a la contienda. Presiento que nos necesitan y mucho.

Horas después, Hyara y sus tropas desandaban el camino que los llevaría a la batalla.

Pocas ayudas fueron mejor bienvenidas que el avistamiento de Hyara y sus elfos. Abriéndose paso entre las tropas telpenianas que ya comenzaban con el saqueo lograron llegar hasta el portón trasero de la ciudadela. Los remanentes de lo que había sido un ejército empezaba a flaquear ante el asedio de los intrusos, ya que los que se encontraban mejor trataban de cubrir a los heridos.

Hyara ordenó a sus elfos cargar contra una pequeña guarnición que custodiaba la puerta y los enemigos se dispersaron. Entrando por la puerta, los refuerzos se dirigieron hacia el acosado grupo. La elfa divisó a Gaur y llamándolo a gritos le preguntó por Fíriel y Sincarion.

-Fíriel está aquí- gritó el hombre -bastante malherida, pero sobrevivirá!

-¿Y Sincarion?- gritó a su vez Hyara

Gaur movió negativamente la cabeza y mirando a todos lados la elfa descubrió a su señor: con dos flechas clavadas, dos orcos se disponían a llevárselo. Azuzando a su caballo, corrió en pos de los horribles seres y de un solo tajo libró a su señor. Con algo de esfuerzo, cargó a su señor en el caballo y se dirigió al atrincherado grupo.

Los maltrechos y cansados soldados de Tercano abandonaron la fortaleza en silencio, en dirección al bosque.

Gaur echó una última mirada a la ciudad: el pillaje y el saqueo se ensañaban con ella. Pero las cosas no quedarían así.

Mornaew

El hedor de la sangre que bañaba el empedrado de las calles de Osto Ur-Anar se percibía en cada rincón, en lo alto de las almenas, en el interior de las casas. Ya estaba bien entrada la noche y Tilion, el del Arco de plata, alumbraba tímidamente los tejados y los rostros de aquellos que estaban a la intemperie. Soldados que recogían a sus compañeros heridos, o a los combatientes enemigos, o que apilaban los cuerpos sin vida de aquellos que habían librado ya la última de sus batallas.

Gemidos de dolor eran transportados por la sutil y húmeda brisa que esparcía una fina película de rocío plateado sobre los cadáveres y la sangre cuajada; sobre la arena volátil que jugaba haciendo remolinos al compás del ligero soplido del viento. Muchos eran los heridos que estaban siendo atendidos en las casas de curación de la ciudad que apenas daban abasto a la continua llegada de nuevos soldados que necesitaban ayuda urgentemente. Se estaban improvisando camas entre los huecos que quedaban por el frío suelo de piedra, y aún así parecía que aquello no terminaba nunca.

Y es que el día ya consumido había transcurrido bajo un espléndido Sol que había lucido incansable sin ser molestado ni siquiera por la más osada de las nubes. Y el claro día había sido adornado con sonidos de guerra. Silbidos de flechas desafiando la integridad del aire invisible; hierro y acero de espadas, hachas y cimitarras entrechocando y rasgando vestiduras y carne; golpes incesantes de mazas descomunales de burda pero resistente madera. Gritos de ira y cólera, mezclados con otros de sufrimiento y desolación. Como la música que acompañaría al más dramático de los dramas; a la más trágica de las tragedias.

***

El Ejército de los Cuervos no emprendió su viaje de regreso a casa tras el primer enfrentamiento contra las tropas Tercanas.

—No me sentiré satisfecha si retorno a mi anhelada Torre de Minas Gwaeren sin haberme hecho con el dominio de esta ciudad. Que humillación traspasar los negros muros con sólo un puñado de monedas repiqueteando en los bolsillos —decía Mornaew mientras tomaba una infusión junto a los demás dirigentes en el interior de una de las tiendas del campamento Telpeniano—. Debemos poner fin a lo que empezamos.

Loth-Loss y Nuruhuinë asintieron mostrando su conformidad con lo que decía la capitana.

Así fue. Desafiaron a Tercano Nuruva una vez más; adelantándose a su prometida venganza. Aproximándose esta vez a la ciudad que deseaban llegara a rendirse a sus pies. El debilitado ejército enemigo defendería aquella fortaleza en medio del austero desierto hasta el fin. Pero Telpe no cesaría fácilmente en su propósito.

La hilera de soldados del Rimbe-a-Quákolie avanzaba con el advenimiento del alba; como una procesión que daba paso a la llegada de la honorable Arien, que, sobre su barco dorado y refulgente, se adentraba en Arda después de traspasar las Puertas de la Mañana allá en el oriente más lejano.

Una irrisoria guarnición Tercana pretendía proteger las puertas de Osto Ur-Anar. Mornaew reía para sus adentros mientras caminaba al frente de su ejército.

—Tu y yo despejaremos la entrada, Loth-Loss —sugirió a la elfa—, mientras —se dirigió a Nuruhuinë—, dirige tu el asalto a las murallas.

—Bien; para cuando hayáis acabado con los “porteros” me reuniré con vosotras al otro lado del portón para daros el recibimiento que merecéis, señoras mías —añadió el Noldo de negra cabellera.

Y sucedió tal y como lo habían planeado. Los elfos mostraron gran habilidad y destreza lanzando cuerdas con fuertes anclajes en los extremos; y apoyaron escaleras de madera sobre los muros desnudos de piedra tosca. Mientras, el resto del regimiento Telpeniano hacía retroceder la defensa hacia las puertas. Tercano inició un ataque desde el interior de la ciudad. Amparados tras los muros, los arqueros disparaban flechas para repeler el intento de asedio. Algunos hombres cayeron al ser alcanzados por los proyectiles, y eso complicó la escalada de los muros. Una flecha enemiga alcanzó de lleno el brazo izquierdo de Nuruhuinë cuando éste se disponía a iniciar el ascenso por una de las escalerillas. Pero el elfo no sucumbió al dolor y, cogiendo fuerzas se extrajo el asta que lo había traspasado y uno de los soldados bajo su mando le ató fuertemente un pedazo de tela para contener la hemorragia.

—Gracias Halasel —manifestó su agradecimiento el elfo. Y el otro se mostró complacido de haber ayudado a Nuruhuinë.

Grandes piedras irregulares salían despedidas desde el interior de la ciudad y acechaban peligrosamente la compañía Telpeniana apostada frente a las puertas. Mornaew blandía su espada con gran furia, y rebanaba las cabezas de los orcos que pretendían barrarle el paso. Por una pequeña fracción de tiempo temió por su vida al ver como algo estaba oscureciendo el suelo arenoso sobre el que luchaban. Una enorme roca surcó el cielo; la mujer corrió para salir del alcance del improvisado proyectil que se le venía encima. Éste al fin ni siquiera la rozó, pero no se pudo decir lo mismo del par de orcos desfigurados que se llevó por delante antes de impactar sobre la tierra del desierto y levantar una considerable polvareda como si de una lluvia de oro pulverizado se tratase.

—¡¡Nuruhuinë!! —gritó la capitana desesperada— ¡Las catapultas! ¡Destroza las catapultas! —Tenía la confianza que sus agudos sentidos de Eldar le sirvieran de algo ya que disponía de ellos.

Y sí, en el interior el Noldo recibió la orden como un leve susurro y muchos de los elfos que capitaneaba fueron directos a los trolls que accionaban los artefactos. Ya los habían abatido antes, y de nuevo no fallaron. Las criaturas no tardaron en empezar a caer golpeando fuertemente las calles y plazas de Osto Ur-Anar. Sus yelmos impactaban en el adoquinado resquebrajando en algunas ocasiones la roca gris.

Loth-Loss mataba con destreza, arrebatando la vida de aquellas criaturas horrendas sobre cuya procedencia no quería ni ponerse a pensar un instante. Y quitó el aliento a muchos de sus semblantes. Elfos Tercanos que batallaban al lado de esas bestias… era algo que la dama de verdes ojos no llegaba a comprender. Apartó todo pensamiento y reflexión de su mente y siguió con el ataque.

La avanzada del ejército defensor estaba bien organizada y el Rimbe-a-Quákolie sufrió muchas más bajas de las esperadas. Pero ellos eran más y contra eso no podían hacer frente. Por cada hombre o elfo Telpeniano caído, más de tres contrincantes yacían a su lado. Tercano no podría seguir conteniendo el ataque mucho más tiempo. Las puertas estaban cerca y en algún momento, de un modo u otro, tendrían que abrirse.

El cielo crepuscular ya se había desdibujado dando paso al más plácido de los días, cuando las gruesas puertas de la ciudad Tercana se entreabrieron para permitir el acceso a los pocos combatientes que permanecían aún en pie. Tenían la intención de resguardarse tras los muros, pero Loth-Loss corrió para evitar quedarse fuera del recinto, y Nuruhuinë apareció al otro lado como había prometido. Hubo forcejeos frente a la entrada de Osto Ur-Anar, pero al fin Tercano no pudo evitar que sus oponentes se filtraran al interior de la ciudad y se iniciara así una encarnizada contienda por las calles donde días antes hubiera acontecido la vida normal de los habitantes Tercanos.

El retumbar de la batalla se acrecentaba al golpear los sonidos contra los muros de las casas y demás construcciones. La masacre estaba siendo total y Loth-Loss sintió una extraña sensación al ver tantos cuerpos tirados desangrándose. ¿Cómo podían seguir defendiendo su ciudad si sabían que no los vencerían? Pero era algo suyo. Su hogar. Su vida. En la mente de la elfa se dibujó la imagen de su morada Meril-Morn siendo sitiada bajo su total indiferencia. Debían hacer mucho más daño al ejército de Tercano para conseguir hacerse con el dominio de la ciudad.

Los trolls ya habían caído y los restos dispersos de la hueste de Tercano Nuruva no podían hacer frente a los aún numerosos atacantes que inundaban las calles. Pero el cielo se llenó de nubes negras en un abrir y cerrar de ojos. Eso no era posible. No en un día soleado como aquel. Mornaew miró alrededor y localizó la fuente de aquella situación. Como temía, el Maia estaba desplegando una vez más su poder sobre la tormenta y el rayo.

—¡A cubierto! ¡Poneos a cubierto! —los gritos de la terrible dama resonaron por doquier. Estuvo cerca de ser alcanzada por uno se los proyectiles de luz lanzados por el Rey Sincarion. Por segunda vez en aquella batalla consiguió salvarse. Pero los impactos de la tormenta eléctrica iniciada por el Maia provocaron el derrumbamiento de un tejado cercano y una pesada teja golpeó la cabeza de Mornaew cuando ya se creía a salvo. Tendida en el suelo, perdió el conocimiento durante un buen rato.

Loth-Loss vio como Mornaew caía al suelo y llena de ira cargó contra Sincarion lanzándole un par de flechas casi simultáneamente que atravesaron su cuerpo mortal como la más tierna mantequilla. Tardaría en intentar dañar de nuevo a la capitana del ejército de los Cuervos.

Acompañando el regreso de la luz diurna, llegaron como el regalo más esperado refuerzos para el ejército defensor. Pero era demasiado tarde y la moral de las tropas estaba por los suelos. Su Rey derrocado gemía de dolor y rabia. —Esa elfa… ¡Que alguien la mate! —dijo Sincarion sin apenas fuerzas. Lo intentaron pero Loth-Loss no se dejaría vencer fácilmente. No deseaba visitar las Estancias de Mandos aún. Aún así la hoja de una cimitarra se hendió en su muslo derecho y sólo gracias a Nuruhuinë se salvo de partir en ese viaje sin retorno. El Noldo arremetió con furia asestando potentes estocadas sujetando la empuñadura de la espada con el brazo bueno.

Loth-Loss se arrastró hasta donde estaba Mornaew y le levantó la cabeza. —Despierte mi capitana… despierte —sus palabras llegaron a oídos de la mujer, que abrió lentamente los ojos y se incorporó poco a poco—. No se levante, ha sufrido un fuerte golpe.

Las dos mujeres no se percataron pero, prácticamente aniquilado, el ejército de Tercano inició la retirada dejando Osto Ur-Anar bajo el dominio del Rimbe-a-Quákolie. Sin embargo no se olvidaron de cargar sobre sus caballos a la mayoría de los heridos y, como no, a su malparado Rey.

Cuando no quedó ningún oponente en el interior de la fortaleza Nuruhuinë ordenó que cerraran las puertas y se tuviera cuidado urgente de los heridos más graves. El día estaba llegando a su fin pero en la ciudad la actividad no había hecho más que comenzar.

***

Los dirigentes del ejército de los Cuervos estaban siendo atendidos junto con los demás heridos. Aunque tenían el dominio de la ciudad Tercana, la atmósfera era desoladora y no había cantos de triunfo y gloria.

Mornaew llevaba un vendaje en la cabeza pero estaba casi recuperada del golpe sufrido. Había abandonado las casas de curación y estaba indagando entre las pertenencias de Sincarion, en el que creía debía ser su escritorio. Una sala de paredes blancas, varias butacas tapizadas de verde, y una mesa de madera de roble. En uno de los cajones encontró algo que le pertenecía. No había tenido oportunidad de asaltar al Maia durante la batalla para pedirle que se la devolviera. Su negra daga con destellos rojos en la empuñadura estaba allí guardada. Se alegró de encontrarla y poder envainarla de nuevo junto a la gemela que había permanecido sola desde el primer enfrentamiento contra el Rey de Tercano.

Las estrellas salpicaban el azul aterciopelado del cielo. Y muchas eran las que brillaban en el firmamento aquella noche, como si Varda hubiera homenajeado todas y cada una de las almas que habían abandonado el mundo en aquella batalla.

Lejos al sur de las tierras de Tercano Nuruva se refugiaban los restos del ejército derrotado. Los árboles se mecían al compás de una triste melodía. Y los oídos más finos podían percibir desde la ciudad el rumor de los cantos de dolor que resonaban en las entrañas del Taurëlindomë.

Gaur

Resumen de la historia:

Telpe perdio 34 armadas=1190 puntos.

Recuperables: 397 puntos.

Valoraciones: 8+8+9+9+9=8,6

Recupera 341 puntos.

Telpe procedio a solicitar daños del 30% de tres de los dirigentes, lo que suma un 90%. Por este concepto suma 315 puntos.

Recuperacion final 341+315= 656 puntos.

Pierde: 534 puntos.

Tercano perdio 24 armadas= 840 puntos.

Recuperables: 560 puntos.

Valoraciones: 8+8+9+8+8=8,2

Recupera: 459 puntos.

Tercano solicito daños por un valor del 60% en dos de sus dirigentes. Por este concepto suma 210 puntos.

Recuperacion final 459+210= 669 puntos.

Pierde: 171 puntos.

Tercano recibe 300 monedas por batalla ganada.

Tercano cede 100 monedas a Telpe por retirada del combate.

Telpe percibe 200 monedas por el saqueo de la ciudad al abandonar la liza Tercano.

Se han actualizado las compañias.

[Editado por gaurwaith el 28-03-2005 08:09]