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Valle del Ingenio Concilio de Nan-Tasarion Fin Guerra: Concilio de Nan-Tasarion se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 6
Armadas perdidas por \"Concilio de Nan-Tasarion\" = 12

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 2
Finalizada · 08-09-2004
2005:03:27:10:19:46
Valle del Ingenio Concilio de Nan-Tasarion Fin Guerra: Concilio de Nan-Tasarion se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 6
Armadas perdidas por \"Concilio de Nan-Tasarion\" = 12
Larga y lóbrega era la noche que habría de preceder a la batalla. Tan solo algunos escasos rayos de luna penetraban a través de las nubes y hacían resplandecer vagamente la armadura plateada de los soldados. Nuestra compañía avanzaba con las antorchas encendidas bajo el manto estrellado; la vanguardia a caballo y los enanos a pie.
Pasada ya la media noche avistamos una figura negra a lo lejos.
-¿Qué nuevas traes, soldado?-preguntó Gil Edhel
-Me han informado de que Thralor no podrá asistir definitivamente, ya que sus heridas son de gravedad.
-Malas son ciertamente, tendremos que luchar sin nuestro capitán. Avisaré a los soldados, debemos darnos prisa.
La noche pasó, lenta y en su lugar fueron sucediéndose los rayos del sol, que comenzaban a despuntar por el este, donde se divisaba, ahora cercano, el límite de un frondoso bosque, cuyo color verde se difuminaba en la lejanía.
-Señor, Concilio está al otro lado del valle, detrás de aquellos árboles -dijo un elfo que acababa de merodear por la zona.
-Bien-dijo Gil Edhel pensativo-, no pararemos hasta acabar completamente con ellos ¿Cuántos efectivos son?
-Unos cien guerreros armados, hay hombres y elfos, incluso enanos
Nos dirigíamos a paso firme, silencioso. Un cálido viento comenzó a agitar las copas de los árboles que, a medida que avanzaban, empezaban a ser más altas y abundantes.
De pronto un reflejo blanco se vislumbró en el horizonte, a lo lejos se distinguía un jinete armado de Concilio y tras él, unos cien soldados.
Nuestro ejército avanzaba a paso lento en pos de la compañía de Concilio y un temor creció veloz entre ellos, expectantes. Según avanzábamos, un murmullo comenzó a oírse, cada vez más elevado. Los gritos de guerra se hacían más fuertes y penetrantes, como un coro de espectros. Nos detuvimos a unos metros de distancia, frente a concilio. Un silencio sepulcral invadió el bosque.
Los jinetes se desplegaron, los soldados, alertados, sostenían con firmeza las lanzas, mientras otros empuñaban firmes, las espadas y los enanos amenazantes blandían sus hachas con gestos de furia. Al frente de la compañía se apostaban Erekan, Gil Edhel y Morna, que, mientras observaban al ejército de concilio, se preparaban para la batalla. De repente, sin esperarlo, Erekan alzó la espada y arrojó un grito de guerra. Tras él, la compañía Barukbizar se lanzó al ataque y el enemigo respondió.
En el primer enfrentamiento cayeron muchos, pues las flechas de ambas compañías se dirigían silbando hacia el estómago del enemigo y las lanzas atravesaban los cuerpos de los corceles como si estuvieran hechos de arcilla. Gil Edhel lanzaba gritos de guerra y maldiciones mientras hundía su espada contra un hábil rival. En el enfrentamiento unos morían sin su cabeza que, al ser cercenada por las hachas enanas, caía girando varios metros por el campo de batalla dejando el cuerpo decapitado sin identidad.
Erekan luchaba sin cesar, el cansancio le invadía pero no iba a parar, no hasta caer derrotado. Su espada brillaba manchada de sangre a luz del sol cuando notó que alguien se le abalanzaba por detrás, y sin darle tiempo a asestar un golpe final, giró sobre sus talones y hundió su acero en el pecho del asaltante. Ya no distinguía si era sudor o sangre lo que bajaba por su frente y por un momento se quedó tambaleando, después de propinar un último golpe al enemigo.
En cada estocada, la sangre salpicaba su cara y, en vanos intentos por sobrevivir, sus oponentes lidiaban por dar el último golpe mortal sin conseguir más que una rozadura en el brazo enemigo. El cansancio empezó a hacer mella entre nuestras filas que, aunque la victoria parecía inminente, veía cómo el enemigo disponía de una moral inigualable y su fuerza era igual a la nuestra.
De pronto la tierra empezó a temblar bajo sus pies, un estruendo de pisadas se escuchó de repente y todos detuvieron la lucha. Tras unos segundos, se comenzó a distinguir entre la espesura unas grandes figuras pardas y verdes, altas y estrechas, que caminaban lentamente hacia nosotros.
-¡Ents!-gritó aterrado uno de los elfos.
Los ents comenzaron a lanzar piedras y rocas contra nosotros, pero una lluvia de fuego propinada por nuestros elfos les detuvo el avance. El círculo de fuego que se creó a su alrededor no impedía que siguiesen lanzando proyectiles contra nuestros soldados, por lo que Erekan demostró de dónde procedíamos con una majestuosa técnica. Mientras los ents seguían con su empresa de aplastar a sus enemigos, nuestros enanos se pusieron a sus espaldas, y con sus hachas cortaron unas ramas para amontonarlas todas en forma de bolas gigantescas. Al cabo de pocos minutos, ya habían acumulado suficiente madera como para crear media docena de bolas, y con la ayuda de unas cuerdas y de su fuerza bruta, hicieron rodar las bolas en dirección a los ents. Las gigantescas criaturas soltaron una carcajada al ver las bolas rodar, pues eran simples ramitas que no conseguirían lastimarlos siquiera, pero al atravesar el círculo de llamas, prendieron con tal ferocidad que los pastores de árboles se quedaron atónitos. Las bolas chocaron contra varios ents, los cuales comenzaron a arder nada más entrar en contacto con las maderas incandescentes. Así conseguimos paliar aquella amenaza que por unos momentos decantó la balanza a favor de los tasarianos.
En cuanto los ents salieron ardiendo a través del bosque, el ejército de Concilio menguó, pero los cuerpos caídos no correspondían en cantidad a los soldados que faltaban. Sin buscarle el sentido a tal hecho, nuestro ejército estalló de alegría sin abandonar las armas. Algunos echaban carcajadas, otros alzaban sus manos triunfantes, pero nunca se puede cantar victoria sin asegurar la derrota de tu enemigo y lo que ahora era felicidad se torció en cuestión de segundos.
Uno de los elfos, de vista penetrante, divisó al mirar al cielo cerca de la copa de un árbol, una estructura de madera y en ella un grupo de elfos armados.
-un ¡flet!
Los hombres miraron atónitos, al elfo y luego al radiante, pero terrible cielo. Sus expresiones sonrientes cambiaron de repente a muecas de terror, ahora todo estaba perdido.
-esto es una trampa, nos rodean- dijo Morna alarmada
Un nuevo temor creció en los corazones de los exhaustos guerreros, los hombres de Concilio sonrieron de repente y lanzaron amenazantes miradas contra los elfos.
De repente una bruma negra se empezó a divisar en la lejanía, una larga nube que se aproximaba velozmente.
-No un flet, sino 10 -grito Gil Edhel inquietado
Los hombres aterrorizados miraban al cielo y observaban al gran número de guerreros que había.
Los elfos bajaron rápidos desde las alturas, numerosas filas de hombres y elfos armados llegaban desde los árboles.
-¿Qué hacemos ahora? Nosotros estamos agotados y ellos aparecen y desaparecen como fantasmas -dijo Erekan abatido
-No, no abandonaremos -dijo Gil Edhel, mientras una gota de sangre caía en ese momento bajo su yelmo.
-Thralor no abandonaría -apuntó Morna grave, con una expresión de rabia en sus ojos.
-Está bien lucharemos -dijo Erekan- a pesar de que sea la muerte lo que encuentre tras este último enfrentamiento.
-Por Valle -gritó Morna; y tras ella los guerreros lo repitieron
Ríos de sangre cubrían toda la linde del bosque. Los elfos se desplomaban al suelo tras recibir mortales estocadas, las cabezas con horribles expresiones caían sobre la oscura hierba, cada vez más roja. Nuestros guerreros dirigían sus espadas hasta introducirlas en el vientre de algún desprevenido elfo, que lanzaba flechas a contracorriente, en el fragor de la batalla. Gritos de dolor y rabia se esparcían por la explanada, los hombres que no habían muerto aún luchaban por sobrevivir, y muchos lloraban viendo a los demás caer en tan horrible destino.
Valdae brillaba en el claro amanecer, Morna alzaba la espada asfixiada y agotada, no daba abasto ella sola contra cuatro terribles hombres, repartía estocadas entre unos y otros, y cuando ya se había librado de tres de ellos volvían allí cinco más. Gil Edhel lleno de sangre y polvo, continuaba rebanando miembros con su mortal arma, sus ojos ardían de furia, y Erekan con su arco lanzaba raudas flechas con tanta cólera que llegaban a atravesar el cráneo del enano más fornido.
El ejército enemigo menguaba con rapidez y nuestra victoria estaba próxima. El campo de batalla se volvió en segundos un terreno de cadáveres, en la lucha a veces se pisaban los cuerpos inertes de compañeros y enemigos, y tras dar muerte a un rival, bajaban la mirada y encontraban bajo sus pies a un guerrero decapitado o, en el peor de los casos, agonizante instando acabar con su sufrimiento.
Era ya el mediodía, pues aunque no se acertaba a ver la posición del astro ardiente en el firmamento a causa de los árboles, el rugir de los estómagos y el calor asfixiante se palpaba en el ambiente. Pero cuando nuestros miembros ya no respondían por el cansancio y los calambres, unas trompetas sonaron a lo alto de una pequeña colina que había. Temíamos lo peor, pensábamos que serían refuerzos tasarianos y que aquel bosque sería nuestra tumba que de la que no tendrían noticia nuestras familias. Pero la esperanza llegó cuando vimos que era Eärondûr Rangilion quien soplaba el instrumento, y que instaba a sus tropas a volver. Se retiraban.
Comprendimos que era el final de otra batalla que no sería olvidada mientras hubiera un Ingenioso con vida, pues gracias al valor de muchos, otro ejército pudo acudir a responder la petición de ayuda de nuestros aliados, cosa que supimos más tarde, cuando nos informaron que otra ciudad había caído.
No pensamos siquiera en perseguirles en pos de su muerte, además de que podría ser una táctica para vencernos fácilmente, estábamos demasiado agotados y doloridos como para perseguirles sin conocer el terreno. Podía ser una trampa perfecta.
Tras una hora de caminata a través del bosque, alcanzamos nuestro objetivo, el campamento a las afueras del bosque, desde donde la luz del sol bañaba nuestros rostros por primera vez desde que nos adentramos en el bosque la noche anterior. Tras dejar a los heridos en manos de los sanadores y druidas, regresamos al campo de batalla en busca de nuestros caídos, al igual que hicieron los tasarianos. Pero en esta ocasión no hubo ninguna víctima más.
Una vez recogidos los cuerpos, junto con unos escoltas, nos dirigimos al puerto de Concilio con la intención de enviar los cadáveres a nuestra isla, para dar un homenaje a los héroes del día, y dar la oportunidad de que sus viudas y huérfanos les dieran el último adiós que se merecen.
Los escudos estaban abollados, las lanzas partidas y los yelmos rasgados. El escudo de nuestra compañía estaba oculto bajo una capa de sangre que con el calor ya se había secado, ennegreciendo todo atisbo de luz que se pudiera ver cuando partimos hace semanas de Azdakadar.
En toda batalla hay muertos, pero por fortuna, en esta no han sido numerosos, cosa que no le quita tragedia a la guerra. No creo que la muerte en el campo de batalla sea el destino apropiado para un joven de escasa edad, como los que hemos visto caer a nuestro lado y hemos tenido que matar para sobrevivir. Al menos nos queda la tranquilidad de que han pasado a una vida mejor, rodeada de paz y belleza como nunca se verá por estas tierras, no al menos hasta la Dagor Dagorath, la Batalla Final.
Otik, Cronista de la compañía 3 de Valle del Ingenio, Barukbizar
[Editado por Morna el 12-03-2005 16:00]
La noche caía sobre el Taurë Nan-Tasarion; atrás quedaba el largo y agotador día. Sueños de gloria y grandes gestas desvanecidos ante la cruda realidad: el enemigo seguía profanado con su presencia los bellos bosques del concilio; la sangre derramada corrompía las fértiles tierras y envenenaba las aguas claras y cristalinas del Randir. De nuevo los esfuerzos del concilio por defender sus tierras habían vuelto a fracasar.
La actividad era frenética en el campamento tasariano, incluso mucho más intensa que durante los preparativos de la batalla, se habilitaban con rapidez tiendas para atender los heridos; los sanadores corrían de un lado a otro, atendiendo a quienes lo necesitaran a medida que iban llegando y los distribuían según su gravedad. Fuera de las tiendas, los compañeros aguardaban noticias, impacientes, a la tenue luz de los pequeños braseros que se habían encendido por todo el campamento. Alrededor de ellos se agrupaban esperanzados los soldados; la contienda había sido cruel y sangrienta, como cosecuencia la moral de la tropa estaba por los suelos.
Los capitanes recorrían todo el campamento, intentaban elevar la moral de la tropa, se acercaban a los braseros con palabras de animo y consuelo, con su presencia la luz de los braseros crecía, las llamas parecían recuperar el vigor perdido, el calor y la fuerza se contagiaban y los corazones se encendían, la llama de la venganza ardía en sus corazones. Pero aquella euforia duraba poco: a medida que los capitanes se alejaban, el poder de sus palabras perdía fuerza, el fuego perdía su vigor y la oscuridad volvía a ganar terreno, sumiendo a los soldados en los recuerdos amargos.
Eärondûr se sentó cansado en la silla. A su lado estaba Encaitar, los dos habían concluido la ronda por todo el campamento. El día había sido duro, y no cabía la menor duda de que el Valle tenía ingenio. Aunque la estrategia había estado bien dispuesta por parte del Concilio para rodear y acabar con los del Valle, la niebla había impedido que los arqueros elfos los castigaran como estaba previsto.
—Hay que ver lo que son las condiciones climáticas, sin esta espesa niebla los arqueros hubieran podido defender a nuestros ents, protegiéndolos del ataque de los enanos, y la victoria habría sido nuestra— Le comentó Eärondûr a Encaitar.
—La celada que al principio pusimos contigo a la cabeza, para hacer que el Valle se situara ante los flets y estar así a merced de los arqueros, era buena. Pero tendríamos que haber enviado primero a nuestros espías, para saber que los hombres del valle iban equipados con lanzas y picas con las que derribar a nuestros jinetes.
Mientras que nuestros jinetes eran menores en número, el valle se anticipo a nuestros movimientos, y aunque combatieron con el valor y el furor que los hacen famosos; las bajas fueron cuantiosas ante la primera acometida, cuando por sorpresa se encontraron con aquel muro de espinas afiliadas. Las maniobras eran complicadas por la espesura del bosque y la poca visibilidad, además la niebla repetía los sonidos de la batalla y algunos de los corceles más jóvenes se asustaron ante la algarabía. Incluso vi como uno de los jinetes chocaba contra el árbol donde tenía aposentado mi Flet, no sé si por la visibilidad o por desbocado. Comentó Encaitar, quien desde el principio de la batalla había estado apostado en los flets esperando que el enemigo penetrara en el bosque.
Después un largo e incómodo silencio se apoderó de la pequeña tienda donde los dos soldados descansaban. Los dos elfos se observaron, y aunque habían vivido mucho tiempo y visto muchas cosas, la muerte se había convertido en una compañera de viaje demasiado habitual en sus últimas aventuras. Después Eärondûr retomó la palabra.
—¿Os fijasteis con que facilidad las flechas del Valle incendiaron a los ents?, El fuego los devoró como nunca antes había visto, sus gritos de rabia e impotencia se escucharon por todo el bosque, ver morir así a alguien es terrible. Dijo Eärondûr preocupado.
—La verdad es que el armamento del Valle es uno de los más avanzados de todo Haldanori; nuestros espías ya nos habían advertido de la superioridad de su maquinaria de asedio y de su habilidad con la forja de espadas y armaduras. Encaitar, con la boca seca, interrumpió su relato para tomar un sorbo de su copa.
—Pero aun así deben disponer de más armas ocultas, las cuales sólo conoceremos en el fragor de futuras batallas. Prosiguió Eärondûr, para dar un respiro a su viejo amigo.
—¿Crees que nuestros hombres nos odian por todo lo que está ocurriendo, por toda esta destrucción y muerte que azota al concilio?. Pregunto Encaitar en un tono mucho más serio y duro a Eärondûr.
Eärondûr permaneció en silencio, analizando las palabras de su compañero: aquella pregunta le había llegado directa al corazón. Nunca pensó que pudiera sufrir una herida como esa, como la que las palabras de su compañero le habían producido: demasiado había perdido el Concilio. A la mente le volvieron los recuerdos de la segunda parte de la batalla, la que se produjo en el bosque, mientras el Concilio se retiraba y los arqueros de los flets esperaban a los desprevenidos hombres del Valle.
Al principio todo había ido bien. Las flechas volaron desde las copas de los árboles, atravesando armaduras, desgarrando gargantas, sembrando el desconcierto entre las tropas del Valle y silenciando sus vítores y carcajadas por la repentina retirada del concilio. Pero el Valle no se amedrentó y superó las expectativas del concilio. Pronto la batalla paso al cuerpo a cuerpo, los aceros entrechocaban entre sí; el canto de los pájaros fue silenciado por el entrechocar de las espadas y los gritos de agonía de los heridos. En aquellos instantes, cuando la batalla alcanzaba el clímax, la balanza se desequilibró y las fuerzas del Concilio flaquearon, el Valle no mostró piedad ni titubeó en su avance. Y así se llegó a la noche de hoy. Las imágenes siguieron inundando la mente de Eärondûr, la brutalidad de la batalla estaba presente, la guerra sacaba lo peor de todos nosotros.
Encaitar, que observaba con curiosidad a su amigo, lo llamó varias veces, pero parecía que Eärondûr estaba demasiado perdido en sus propios pensamientos. Por tercera vez le volvió a llamar y Eärondûr reaccionó. Algo sonrojado, Eärondûr se disculpó y preguntó cuánto había pasado perdido en su propio mundo de pensamientos y divagaciones.
Encaitar sonrió, tomo otro sorbo de su copa, y contestó:
—No menos de un minuto, pero espero que hayas encontrado una respuesta a mi pregunta.
—Un capitán debe tener el coraje de dejar que su plan se ejecute, para bien o para mal. Las guerras se ganan o pierden cuando se despliegan las líneas de batalla. Respondió Eärondûr.
— Tienes toda la razón, no nos podemos permitir el lujo de flaquear en estos momentos oscuros. Siempre hay un nuevo mañana donde el sol vuelve a brillar y la luz de la esperanza ilumine nuestro camino. Respondió Encaitar, ahora mucho más confiado y seguro de sí mismo: puede que hubieran perdido una batalla pero no la guerra.
Eärondûr se contagió del espíritu de su compañero. Una sonrisa se dibujó en su cara; y sus ojos grises, hasta ahora apagados centellearon con fuerza. Tomó con su mano una copa y bebió un largo sorbo de vino, con la esperanza que éste le quitara el gusto amargo de la derrota.
—Será mejor que repartamos algo de vino y comida a nuestros hombres, creo que las buenas palabras y las palmaditas en la espalda no serán suficientes para levantar el ánimo de nuestra compañía. Los necesitaremos con las fuerzas renovadas, la mente despejada y sin preocupaciones para la siguiente contienda,- le comentó Encaitar.
— Ahora ya vuelves a hablar como un auténtico capitán, la fe de un guerrero hacia su capitán es su mejor armadura y su arma más poderosa. Respondió Eärondûr.
— Espero que las fuerzas me aguanten en esta nueva ronda. Sus tristes rostros, su mirada perdida, su impotencia, el verlos tan cansados, temblando y descendiendo hacia esa melancolía, todo eso me produce un dolor indescriptible. Tendremos que recordarles que han jurado servir al concilio, pero también que podrán servirlo mejor vivos que sacrificándose en el altar de alguna gloria inútil. Dijo Encaitar mientras se incorporaba de la silla.
La próxima vez no nos lanzaremos hasta que estemos preparados para aplastar por completo a nuestro enemigo- Sentenció Eärondûr. Siguiendo su ejemplo se incorporó, y se dispuso proseguir la ronda por el campamento.
Pero antes que pudieran salir de la tienda, un soldado entró en la habitación rápidamente, parecía exhausto y cansado, se llevó la mano al pecho y haciendo una reverencia a los capitanes los saludó. Encaitar y Eärondûr, preguntaron al unísono que era lo que ocurría.
—La dama Isiloth os reclama de inmediato, debéis acompañarme a su tienda. Han llegado noticias del oeste y requieren vuestra atención. Respondió el soldado con la voz entrecortada, mientras recuperaba el aliento tras la carrera.
Viendo la urgencia, los dos capitanes salieron corriendo. Atravesando el campamento, llegaron a la zona habilitada para los heridos: en el extremo derecho se levantaba la tienda de Isiloth, a la cual acudían varias de sus acompañantes apresuradas; los capitanes entraron detrás de ellas. Al entrar vieron a Isiloth frente a una mesa, sobre la cual un hombre estaba tumbando, muy mal herido.
—La sangre ya no corre por tu cara, que duerma la ira de tu espada, y que en tu mirada ya no haya miedo. Has llegado a tu destino, aquí solo hay amigos. –Susurró Isiloth al herido, mientras las ayudantes le cambiaban los vendajes y curaban las heridas que se habían vuelto a reabrir debido al largo camino.
Isiloth levantó la mirada y vio a los dos capitanes. Se acercó a ellos y con los ojos llorosos y la voz triste les habló: El Oeste ha caído, Nurn ha derrotado a nuestros compañeros y tomado Losselen Tiron.
Las caras de sorpresa fueron mayúsculas al recibir aquel último mazazo, las cosas se tornaban más desesperadas para el concilio.
—¿Cuándo ha pasado?, preguntó Encaitar, nervioso.
—Hará unos dos días. Este hombre ha cabalgado sin descanso para llegar hasta aquí; sus heridas, que eran graves, se han reabierto por la dureza del camino. Nuestros exploradores lo encontraron hace unas horas, pensaban que era un espía, pues no llevaba identificación alguna o ropas de los soldados del concilio- Explicó Isiloth a los dos capitanes.
—¿Sabemos quién es nuestro desconocido entonces?, preguntó Eärondûr.
—Si, es un viejo conocido, nos conocimos en una situación similar hace ya algún tiempo, aunque espero que no vuelva a perder la memoria como entonces- respondió Isiloth.
— Hecil!, -exclamó Eärondûr sorprendido,- La vida de este muchacho siempre pende de un hilo. ¿Crees que podría volver a recuperar la memoria?, Me refiero a la primera- Preguntó Eärondûr.
—No lo sé, hasta mañana no sabremos nada. Dijo Isiloth.
—Entonces esperemos que los Valar se apiaden de su torturada alma y prosigamos nuestro camino, respondió Encaitar.
—Así es, está a cargo de nuestra mejor sanadora, vayamos a ocuparnos de nuestros hombres, dijo Eärondûr.
Los capitanes se despidieron de la dama, y se encaminaron a acometer la ardua y oscura tarea de motivar a sus tropas, aún a sabiendas de las últimas noticias que Hecil había traído.
Nuevamente, la mala suerte y la Oscuridad parecían ensañarse con el Concilio. ¿Se secaría la esperanza que una vez fue firmemente plantada en el bosque de Nan Tasarion? Ninguno de ellos podía saberlo.
Resumen de la batalla:
C3 Valle ha perdido 6 armadasx35=210 puntos.
Recuperables: 140
Valoraciones: 8+8+8+8+8+8=8
Recupera: 112 puntos
Pierde: 98 puntos.
C1 Concilio ha perdido 12 armadasx35= 420 puntos.
Recuperables: 140
Valoraciones: 8+8+8+8+9+8=8,17
Recupera: 114 puntos
Pierde 306 puntos+70 puntos de penalizacion por la publicacion tardía de su historia= 376 puntos.
Valle percibe 225 monedas por la batalla ganada.
Concilio cede 100 monedas por abandono de la batalla.
Compañias actualizadas y listas.