Reposando con el cuerpo apoyado contra el alféizar de la ventana se encontraba Élvanwa. A pesar de ser mediodía, los rayos de sol que incidían sobre la espalda de la Eldar eran débiles y mortecinos, pues nada más cabía esperar en las oscuras tierras de Nurn, tenebroso y maldito lugar, donde pocos se aventuraban a entrar.
Jugueteaba entre sus dedos con un trozo de pergamino, desgastado y raído, escrito con letra apurada. La
carta, sellada con el emblema de Nurn, iba dirigida a los soldados de su compañía, los cuales habían permanecido demasiado tiempo ociosos, sin ser participes de la guerra que se estaba desarrollando en Haldánori. A sus pies descansaba Hísië, su loba, cansada después del arduo viaje que había tenido que realizar para entregar la misiva a tiempo.
De repente, los pensamientos de Aranel se vieron interrumpidos. La puerta de la habitación se abrió de golpe, irrumpiendo Seron, capitán de su compañía, en la habitación.
- Me informaron de que me llamabas, Élvanwa.
- Así es- dijo escuetamente la Noldo, haciendo honor a su fama de elfa silenciosa. Avanzó hacia donde él se encontraba, tendiéndole con la mano diestra el pergamino. Seron le dirigió una mirada de soslayo y clavó sus ojos rojos en aquel escrito. Al terminar de leerlo, lo dobló cuidadosamente guardándolo dentro de su capa.
- Al parecer, la compañía de la Muerte Susurrante solicita que la reemplacemos en el campo de batalla. Su petición, por supuesto, será atendida; anuncia que partiremos al alba –concluyó, con un brillo de emoción en sus ojos ante la inminente batalla. Acto seguido, abandonó la estancia.
Aranel Élvanwa observó su partida y se agachó, depositando un beso en la blanca frente de Hísië en señal de despedida. Después, de forma impulsiva, desenvainó su daga, yéndola a clavar sobre el mapa que estaba depositado encima de la mesa. Observó con sus enigmáticos ojos dorados el lugar que la hoja del arma había atravesado: Barad Avathael.
Habían transcurrido varios días desde aquel aviso y viajaron con premura a través de las yermas tierras de Nurn. Se trataban de territorios inhóspitos, en los que la desolación y las huellas de las últimas batallas quedaban patentes.
Ahora las huestes de Telpe se agolpaban en el campo que se extendía frente los negros muros de la ciudad, prestos para la batalla. Sus espías habían advertido la llegada de las tropas enemigas y no pensaban tolerar que los enemigos alcanzaran la fortaleza con vida.
La luz que desprendía la barca de Arien mientras surcaba los cielos cegaba a los ejércitos de ambos bandos. La llegada de los Señores de Nurn a la batalla había sido rápida. Mientras ellos planeaban lanzar un ataque definitivo, el ejército de Telpe se disponía a tomar posiciones, dispuestos a recuperar lo perdido en las anteriores batallas.
Al llegar al lugar en que se desarrollaría el combate, en lo alto de la colina, el capitán de la compañía de Nurn observaba el horizonte mientras un viento proveniente del sur acariciaba su pelo, dotándole de un calor que mucho tiempo atrás había perdido. Observaba la llegada de su ejército, contemplando como sus lugartenientes se acercaban a él, dispuestos a plantear una rápida estrategia con la que romper las filas de Telpe. El ataque debía ser fugaz y directo. Su único objetivo, la destrucción.
El sabor de la sangre hacía tiempo que había dejado de ser algo nuevo para él, pero Seron aun necesitaba sentir la sangre caliente deslizándose entre sus dedos, saborear una vez más a los muertos. Sin embargo, el miedo le comenzaba a acechar. El sol que se alzaba alto y radiante mermaría a su ejército a causa del calor de sus rayos, demasiado centrado en la fuerza de los orcos. Obligados a rehacer sus estrategias ante la necesidad de un ataque rápido y veloz, el grueso de la compañía se encontraba ahora formado por hombres y elfos, que sin duda se habían alistado a las filas de Nurn al ser víctimas de traición por parte de sus pueblos.
En la vanguardia se apostaban los arqueros elfos, guerreros delgados y ágiles, de vista profunda y certera puntería. Portaban arcos de gran envergadura y ballestas fabricados a partir de madera de tejo negro. En la espalda cargaban con aljabas repletas de saetas, cuya punta estaban bañadas en veneno fabricado por druidas. Al frente de éste flanco del ejército se encontraba Aranel Élvanwa. Cabalgaba sobre un corcel de pelaje negro azabache, impertérrita y con el semblante desprovisto de sentimientos. Iba ataviada con una sencilla túnica de color rojizo, manejando un arco; de su cintura colgaba su espada.
Detrás de éstos se encontraban los guerreros y espadachines de la compañía. Iban ataviados con los emblemas de Nurn, armados con poderosas espadas y oscuras armaduras que relucían bajo la luz del sol lanzando destellos metálicos y negros. Entremezclados con los humanos se encontraba una pequeña compañía de enanos, quienes iban resguardados de las flechas enemigas con pesadas cotas de malla y altos yelmos. Manejaban con destreza en sus manos grandes hachas de mithril forjadas por la gente de su pueblo; en sus cinturones colgaban hachas de menor tamaño que podían ser lanzadas contra sus enemigos. Ésta parte del ejército era capitaneada por Barkoin, Hoja de Hierro, quien manejaba una hacha grande con forma de media luna.
Cerrando filas, se hallaba la caballería de Nurn. Éstos montaban grandes corceles de despiadados ojos rojizos, y portaban largas lanzas compuestas de astas de madera acabadas en un hierro puntiagudo cuyo extremo también se hallaba envenenado. Los caballeros estaban bajo las órdenes del capitán Seron, que blandía a Mornakarne en sus manos y cuyo cuerpo estaba protegido bajo una armadura laminada, ligera y resistente. Una sonrisa despiadada cruzaba su rostro, emocionado ante la inminente batalla.
Mientras tanto, apostados en el otro lado del campo de batalla, los ejércitos de Telpe se concentraban con grandes expectativas de victoria. No cabía duda de que el rencor anidaba en sus corazones y la brecha abierta en su orgullo por los resultados de las anteriores batallas impulsaría a sus ejércitos a luchar con avidez y oponiendo resistencia.
El clamor profundo de un cuerno resonó entre las filas de Nurn y Seron comenzó a repartir órdenes entre sus subordinados. La compañía dirigida por Élvanwa avanzó, y los arqueros tensaron los arcos esperando la orden de su señora.
- ¡Disparad!- rugió con voz potente.
Las flechas surgieron disparadas y algunos de los soldados cayeron al suelo cuando las certeras saetas impactaron en las zonas en que su armadura era más débil. A su vez, los arqueros de Telpe respondieron con una lluvia de flechas y algunos de los soldados de Nurn cayeron derribados. Los caídos, no se volvían a levantar: eran arrastrados y pisoteados bajo la marea humana que avanzaba al encuentro del clan enemigo.
Un grupo de hombres fornidos y de gran musculatura, que componían los espadachines de Nurn, avanzó hacia Telpe, los cuales tomaban posiciones esperando la inminente llegada de los enemigos. A ambos flancos del ejército se hallaban los elfos oscuros que manejaban ballestas, derribando a todo arquero que osara dispararles.
La embestida de las tropas de Nurn contra las filas enemigas fue terrible. Golpearon con fiereza a todo aquel que osara interponerse en su camino, sumiéndose en el fragor de la batalla. Varios soldados de ambos clanes cayeron derribados, tiñendo el suelo del color de la sangre.
Las huestes de Telpe retrocedieron obligados a reorganizarse, justo en el momento en que Barkoin, que encabezaba la pequeña compañía de enanos de Nurn, avanzaba abriéndose camino a golpe de hacha. Al fin, la caballería irrumpió en las filas enemigas y se desarrolló una cruenta escaramuza por alcanzar la victoria, en la que Nurn tomó una ligera ventaja a pesar de que las fuerzas estaban muy igualadas.
Aranel Élvanwa desmontó de su cabalgadura y desenvainó su espada, cuyo su acero relució bajo la luz del mediodía. De una estocada, cercenó la cabeza de unos de los soldados enemigos y la sangre salpicó y manchó sus tirabuzones pelirrojos. Por su parte, Lumnelda Seron ensartó con su lanza a uno de sus enemigos, atravesándole la yugular. Su cuerpo, desprovisto de vida, de deslizó a través del mango de madera, tiñéndolo de rojo.
Barkoin se separó del grupo que se batía en la ciudad, pues algo había llamado su atención. Un soldado de Telpe de rostro joven pero severo, con una las flechas de Nurn clavadas en su clavícula, reposaba bajo las ramas de un árbol. Respiraba irregularmente; sin lugar a dudas el veneno de la saeta empezaba a correr a través de sus venas y pronto acabaría con su vida. Al ver al enano acercarse hacia donde él estaba, sintiendo que la sombra de la muerte se cernía sobre él, escupió con desprecio a sus pies. Barkoin, prácticamente sin inmutarse, golpeó fugazmente en las costillas del desafortunado soldado. Acto seguido, alzó su hacha y atravesó su cráneo con el filo de su hoja. Sin darse por satisfecho, volvió a alzar el arma y la ensartó en su estómago. De la herida comenzó a emanar sangre a borbotones formando un charco sobre sus pies. Lentamente, separó el hacha del cuerpo del fallecido y con un pañuelo limpió su hoja, mientras una sonrisa triunfal se esbozaba en su rostro. La batalla estaba ganada.
[Editado por Aranelita el 23-03-2005 23:13]
[Editado por Aranelita el 23-03-2005 23:14]