Manveru
Manveru se alzaba con una mirada indescifrable, contemplando cómo el cuerpo de su hermano Varyamo era consumido por las llamas. No había alegría, ni pasión, ni amargura, tampoco pesar ni desesperación. El alma se le consumía con una llama más voraz y feroz que las lenguas que devoraban la joven carne de su hermano.
Un torbellino se agitaba en sus entrañas, más bravo y devastador que el temporal que Eru Ilúvatar enviaría contra Númenor cien años después. Sólo la bella Isilmien, o Manvear si fuese más mayor, se darían cuenta del aluvión de sentimientos que se retorcían en el alma del joven númenoréano.
Era realmente esa formalidad, esa rigidez en su mirada y en sus actos, esa mirada tan orgullosa y altiva, ese ademán entre nervioso e inquieto, esa expresión férrea de sus ojos, lo que les hacía ver a los que lo conocían que algo no iba del todo bien dentro de él.
Manveru no movió un solo músculo de su cuerpo, mantuvo la vista fija en los ojos cerrados de Varyamo, que denotaban paz y descanso, hasta que los fuegos de la devastación engulleron el cuerpo y el alma de su antaño vivaz y alegre hermano.
Fue entonces cuando el joven se acercó a la pira llameante, y sin que nadie pudiera impedírselo, metió una mano entre las llamas. Isilmien gritó, pero le falló el coraje para acercarse. Además, al cabo de unos segundos contempló nuevamente la mano del númenoréano: estaba completamente intacta, y las llamas, que la lamían sin cesar, no parecían surtir efecto sobre su frágil carne.
—Namárië, Varyamo, i Atanalcaro almare, antoron, i kuilenyao saria, Valarnna anna—dijo en un tenue susurro, que se perdió entre el viento de la noche. Entonces levantó la mano, y vio que tenía una pequeña señal roja, de la forma de una estrella de seis puntas, en el reverso.
Entonces miró la pira de Orondil, su más fiel amigo, leal hasta la muerte, un orgullo para su linaje. Estaba tumbado con los brazos abrazando sus armas, con sus heridas lavadas y tapadas, y una túnica de fino lino amarillo. Una expresión de descanso y comprensión absoluta se reflejaba en su rostro, y Manveru sintió cómo las lágrimas luchaban por salir de sus ojos.
Los dos soldados, portadores de una antorcha cada uno, esperaron la orden de su señor. Manveru tuvo que tomar aliento y fuerzas para hablar sin que la emoción transfigurara su voz.
—Su alma ya habrá encontrado reposo—dijo, mientras estas palabras traspasaban su propio corazón—. Dad descanso ahora a su cuerpo.
Los hombres, sombríos, asintieron. Unos segundos después, Orondil el Valiente, Orondil el Sagaz, Orondil el Montañero, se consumía en los fuegos de la eternidad. Era un ritual macabro y, según pensaba Manveru, cruel. Ver cómo la majestuosidad del rostro, el altivo y curtido cuerpo de un anteriormente poderoso soldado, era ennegrecido y devastado por algo tan leve y fugaz como el roce de una lengua de fuego.
Manveru repitió el mismo gesto con su mano, aunque esta vez la emoción lo embargó y sólo pudo pronunciar una palabra:
—Sáriendil…—dijo, a modo de despedida, reteniendo las lágrimas que afloraban de sus agudos ojos negros, y desde entonces supo cómo se le conocería. Cuando el fuego hubo consumido y dejado el cuerpo de Orondil convertido en leves cenizas, los soldados abandonaron la sala. Isilmien lo abrazó, con lágrimas en los ojos, y lo dejó solo con las cenizas de sus mejores amigos.
Entonces Manveru sintió renacer de él un poder, un poder sobrenatural y tan terrible que por poco no sucumbió a él. Un poder cuya única finalidad era la destrucción. Todos aquellos, que vivían felices y contentos en una isla verde y próspera, todos aquellos que habían permitido aquella aberración, todos ellos debían morir.
Un odio como un elfo nunca conoció pujó por someterle y volverle loco, dejarlo de rodillas a su voluntad y a su destino. Sin embargo Manveru, heredero de Atanalcar, por cuya sangre corría la de Eärendil, Beren y Lúthien, permaneció inalterable, luchó con aquel odio infernal y lo derrotó.
Sin embargo, no podía volver a Númenor. No viviría tranquilo en el lugar del cual habían partido los asesinos de sus dos más fieles compañeros. Y de todos modos, el rey no le dejaría en paz. Sería buscado por la justicia y probablemente condenado a muerte. Sauron dominaba demasiado bien la mente del rey.
Por fin, ya decidido su destino y el de su familia, Manveru descansó, en cuerpo, y en alma. Se sentó en una de las sillas de madera del recinto, evitando mirar las cenizas de Varyamo y Orondil, y por vez primera contempló la sala en la que se encontraba.
Se trataba de un recinto circular, oscuro y triste, construido en roca negra y bien pulida, con respiraderos para el humo y muchas vasijas para colocar las cenizas. Era, sin lugar a dudas, un cementerio, de estilo númenoréano.
Su propio cementerio. Habían tardado muchos días en construirlo, en medio de un pequeño claro del bosque, algo alejado de su residencia, al este, bajo la sombras de las Montañas Blancas.
Había sido un duro golpe que Manveru tuviera que enterrar a su propio hermano con treinta años, teniendo por delante otros trescientos para disfrutar la compañía de su familia. Incluso le habían arrebatado eso.
Entonces recordó a Isilmien, y su corazón se llenó de cariño, gratitud y amor hacia la hermosa princesa. Fue el último empujón que necesitó para tomar la decisión: partiría pronto, y lo haría solo. No podía exponer a su mujer, y menos a sus hijos, a los peligros del camino.
Hacía algunos días, su pequeño hijo Manvear, de apenas cinco años de edad, se había internado en un bosquecillo para jugar. Sin embargo, al cabo de dos horas sin noticias de él, Manveru comenzó a preocuparse. Así pues, montó a Nirnaeth—su fiel caballo negro—y se adentró en el bosque.
Poco después encontró a su hijo, jugando tranquilamente con una mariposa envalentonada con la inocencia del pequeño. Manveru lo llamó dos veces, pero en aquel momento una rama lo golpeó en la cabeza, y cayó al suelo aturdido.
Entonces tuvo una visión. Vio, como transportado por una neblina que le impedía concretar formas y texturas, una tierra lejana, muy al sur, donde las estrellas parecían ser distintas. Vio bastos desiertos, grandes bosques ocupados por seres extraños, enormes animales que transportaban hombres en torres de madera, montañas interminables y ciudades grandes y prósperas. Entonces la visión cambió rotundamente, la neblina se tornó del color del vino aguado, y pudo ver muchos estandartes, entre los que figuraba el escudo de Elros y Atanalcar, portado por él mismo en su caballo. Detrás de él, miles de hombres armados para la batalla, dirigidos por muchos comandantes, caminando hacia una inexorable muerte frente a las líneas enemigas. Contempló cómo la guerra se prolongaba por muchos años crueles, cómo reinos enteros eran devorados por los fuegos de la muerte, cómo el mar tragaba ciudades enteras y cómo muchas familias quedaban destrozadas por las pérdidas de sus maridos.
Era su destino. Manveru era un hombre carismático, un conductor de ejércitos, sabio y prudente, aunque fiero y despiadado en la batalla, amigo íntimo de sus hombres, su mano derecha y su ojo izquierdo. Conducir tropas y llevarlas a la victoria era lo que mejor sabía hacer.
Una llama de poder hirvió de nuevo en él, pero ésta vez no se trataba de un poder maligno ni destructivo, sino la viva llama de su linaje. Había demostrado ciertas capacidades mágicas, como sus lágrimas curativas o el rayo de fuego que enviara anteriormente en medio de la batalla. Debía dominarlas a su voluntad, pues como había comprobado, la magia es de lo más impredecible.
Así pues, renovados su esperanza y el fuego de su corazón, Manveru se levantó y abandonó la sala, no sin antes llenar las vasijas de oro y plata con las cenizas de sus dos buenos amigos, y de rendir un último y emotivo homenaje a sus restos.
Manvear jugaba tranquilo en el bosque, algo que le encantaba, imitando las hazañas de su padre con una pequeña espada de madera, cuando su madre fue a verla.
— ¡Mamá!—gritó, con esa voz clara y dulce, que tantos elogios se había llevado—. Mira, mira, imito a papá.
Entonces repitió sus acrobacias y filigranas, de un modo tan ridículo que hizo reír a Isilmien. Se arrodilló ante el joven y lo tomó entre los brazos, abrazándole con fuerza y balanceándolo suavemente.
—Qué héroe tiene que ser papá si hace tales cosas—le susurró al niño de apenas cinco años, con una risita.
Entonces Isilmien se fijó en que la puerta del cementerio se había abierto, y Manveru salió por ella. Tenía una expresión de dolor, aunque deformada profundamente por una determinación férrea e inamovible que llenó la mente de la joven con dudas y temores.
—Corre a jugar con tus mariposas, pequeño—le dijo a Manvear, que asintió con un gritito de guerra y salió corriendo como un leopardo por el camino. Isilmien sonrió al verle, aunque cuando sintió la mano fría de Manveru en su hombro, su sonrisa se borró por completo.
Ambos decidieron sentarse en la hierba verde y fresca, bajo un viejo sauce, y allí permanecieron largamente en silencio, contemplando las últimas luces del día. Entonces Isilmien se decidió y dijo, mientras sujetaba con fuerza la mano de su marido:
—No entiendo este mundo—dijo, aunque la emoción la embargó y se le llenaron los ojos de lágrimas—. Hombres terribles y malvados, tiranos, reyes locos e infieles viven libremente, con jugosos banquetes siempre a su servicio, con mil sirvientes en su corte… Y hombres dignos de más honores que el rey de reyes, valientes, honrados, fieles hasta la muerte… caigan de la manera más injusta. Simplemente… no lo entiendo.
Manveru la abrazó con más fuerza.
—No podemos saber si es injusto. Quizá ahora estén disfrutando de placeres inimaginables, en medio del mar, con estrellas siempre brillantes y el aroma del océano flotando bajo sus narices.
— ¿Y si no están en un paraíso? ¿Cómo podemos saber si ahora no están acompañando a Morgoth en el Vacío?
—Bueno… al menos tenemos esperanza—dijo Manveru poco convencido de sus propias palabras. La abrazó con más fuerza y la besó dulcemente en la cabeza. Tenues imágenes cruzaban su mente, en las cuales recordaba todos los momentos agradables, felices o emotivos de la vida con Orondil y su hermano.
De nuevo la emoción lo embargó, pero esta vez, acunado por el cariño de Isilmien, dejó que las lágrimas corrieran por su cara, y lloró, lloró amargamente en silencio, mientras las estrellas y el manto nocturno lo calentaban y daban cobijo, mientras los pájaros componían melodías fúnebres alrededor de su alma abatida, mientras los girasoles y las amapolas se compadecían y sangraban polen de sus venas.
