Los pasos se oían cada vez mas cerca, mientras los ojos de Giliandor se llenaban de lágrimas. Pero no podía permitírselo en esa situación. Tenía que seguir corriendo por aquel bosque en el que habían jugado desde niños.
Nindielth y Giliandor se conocían desde su más tierna infancia, en aquel pequeño pueblo élfico del bosque. Desde que se conocieran, se había gestado entre ellos una gran amistad, mayor que la que ninguno de ellos tenia con cualquier otro. Y así crecieron hasta que una soleada tarde, el amor despertó en ellos, y supieron que compartirían por siempre sus vidas el uno junto al otro.
Nindielth tenia una gran melena negra como la noche que hacia resaltar sus vivos ojos, verdes como el bosque, que inspiraban esperanza en el corazón mas sombrío, y ahora Giliandor recordaba esa sensación mientras avanzaba por el bosque.
El camino era difícil por aquella senda, donde la vegetación y las ramas del gran bosque hacían incluso para él difícil avanzar, pero no podía perder el tiempo. Sus ojos veían por momentos a aquella sombra que le había arrebatado lo que más necesitaba en el mundo, pues esa misma mañana Nindielth había salido a pasear por el bosque, contemplando las maravillas de un mundo que aún la sorprendían con el paso de los años, pues siempre apreciaba un detalle diferente en cada rama, en cada gota del rocío que pendía de una hoja, reflejando los colores de la naturaleza al contacto de la suave luz de la mañana. Todo en el bosque era diferente cuando se veía a través de sus ojos. Pero esa mañana había de cambiar sus vidas para siempre, pues Giliandor se iba a reunir con ella en el camino del bosque y juntos pasearían su amor, pero era ya tarde para eso, pues la vida le fue arrancada, por un grupo de orcos, que merodeaban por la zona. Su vida partió hacia Mandos en el instante en que Giliandor aparecía junto a ella, y ahora se veía en el bosque, corriendo tan rápido como sus piernas y el terreno se lo permitían. Y en ese instante pudo ver a aquel repugnante orco, en el instante en que un leve rayo de luz que se filtraba por entre el denso ramaje del bosque le iluminaba el rostro. Fue esa misma luz, la que brindó un bello destello al colgante de Nindielth.
Una tarde tranquila de primavera fue el momento que Giliandor escogió para hacerle aquel pequeño regalo a su amada. Durante el paseo de aquel día, se habían detenido en un pequeño claro del bosque donde cerca discurrían las cristalinas aguas de un pequeño arroyo para descansar y fue ese el momento en que el elfo, sacó de sus ropajes una pequeña cajita que le tendió dulcemente a Nindielth. La elfa se había quedado sorprendida, y mientras en el bosque se oía la dulce canción de los pájaros, ante el despertar de la naturaleza, ella abrió despacio aquella caja, hasta descubrir en ella una delicada cadena de oro de la que pendía un colgante. Tenía este una forma redondeada y en su centro se observaba una pareja de aves plateadas que entrelazaban sus alas, mientras emprendían su viaje. Giliandor le explicó que era una forma de decirle que estarían siempre juntos, pues su amor era verdadero y firme y le ayudó a colocárselo en el cuello, donde resaltaba con aquel delicado vestido azul celeste.
Era ese el vestido que llevaba ese mismo y fatídico día. Fue este el recuerdo que hizo que una lágrima brotase de sus ojos sin que pudiera evitarlo, pero esta lágrima no impidió que sus ojos pudiesen contemplar aquel campamento que se encontraba a poca distancia de ellos. La presa iba a escapar de su perseguidor, pues nada hacía ver que le pudiese alcanzar, pues, aunque el cazador se había acercado mucho, aún se mantenía una distancia suficiente entre ellos. Entonces un agudo silbido cruzó el aire y el cuerpo cayó al suelo. La espada, lanzada con la última esperanza de detenerle en su avance y evitar que aquel campamento fuese alertado, se clavó con fuerza en el cuerpo que ahora, en el suelo, veía su final, sin poder hacer nada por salvar su existencia.
No pudo emitir sonido alguno, salvo el ruido de su propio cuerpo en la caída, y sin fuerzas, sólo podía contemplar lo que se encontraba en su mano, el colgante. El cazador se acercó entonces a su enemigo caído y arrancó de su mano la joya, justo antes de maldecirle y clavar aún más la espada en su cuerpo hasta que todo acabó.
Arrastró su cuerpo hasta unas rocas cercanas donde lo ocultó para que nadie lo encontrase, pues pronto avisaría a los suyos para acabar con todo y con todos los seres que se encontraran en aquel infecto campamento. Cubrió el cuerpo con hojas y arrancó su espada, del inerte cuerpo. Limpió aquella sangre y se la guardó, al igual que se había guardado el colgante, y regreso por sobre sus pasos donde se encontraba el cuerpo sin vida de la elfa. Se acercó a ella, posó suavemente el colgante sobre su pecho y lloró la perdida de su amor durante un tiempo, lamentándose por no haber estado con ella cuando más le necesitaba, pues aunque su voz le había advertido del peligro que corría, no había llegado a tiempo de salvarla.
Y ahora se encontraba allí, rodeado de los orcos que le habían dado muerte y que ya habían recibido su justo castigo. Fue entonces cuando descubrió la cajita. Era esa la misma en la que, tiempo atrás, él le había regalado el colgante. La abrió y en su interior encontró otro colgante igual al de ella, que seria para él, y nuevamente lloró amargamente su pérdida tendido en el suelo al lado de su amor. Cogió el colgante y con lágrimas en los ojos se lo puso al cuello y se quedó junto a ella.
Pero pronto tuvo que partir a avisar a su pueblo de todo lo ocurrido, se debía acabar con aquellos que les amenazaban en el bosque. Y él fue con ellos y la muerte de Nindielth fue completamente vengada, aunque en su corazón se mantuvo siempre la pena y el recuerdo de su amor. Y fue ella enterrada en aquel claro donde se habían jurado amor. Y allí acudía cada día Giliandor hasta que la pena hizo que abandonase su cuerpo y su espíritu cruzó el mar, hasta Mandos, donde ella le esperaba y donde nunca más se separarían.
En ese lugar, encontraron su cuerpo, sobre la tierra que cubría a su amor, y sería ese el lugar donde permanecería su amor y sus recuerdos por siempre. Se cumplió entonces lo que había prometido, porque sin ella la vida era triste y sin color, y partió a su encuentro al otro lado del mar. Allí lo enterraron a su lado, y desde entonces su historia se mantuvo en las canciones de su pueblo, recordando el gran amor de Nindielth y Giliandor, que duraría más allá de la muerte y de la vida.
