La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Historias Por Puntos. Orden De Telpe. En El Ocaso Del Dia

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Huor Calafalas

Por entre los árboles se asomó un dorado mechón de cabellos, sostenidos en un yelmo de brillante plata que lanzó unos resplandores bajo la luz de la luna, en un cielo oscuro, pero despejado. Unos refulgentes ojos centelleaban, llenos de furia, pero contenidos hasta la mejor oportunidad.

Liantiel montaba su blanquísimo caballo, hermosamente vestida en un color azul pálido que casi quedaba oculto en una magnífica armadura. Subió por una pequeña colina, entre altos árboles de verdes hojas y se detuvo, sigilosamente. Los veía. Eran varios campamentos por aquí y por allá. A lo lejos, desde dónde ella estaba, parecían orcos, pero ella no era sino una simple mortal por lo que sus sentidos no eran más que los mínimos. Pero pronto vendrían más y lo sabrían.

Estuvo inmóvil un tiempo que pareció eterno aunque no debió pasar de unos minutos, luego apareció detrás de ella Huor. El elfo noldo de cabellos dorados se aproximó hacia la Señora Liantiel y sus ojos turquesa oscuro se clavaron en ella, quién a su vez volvió la vista al horizonte, a los campamentos enemigos. Los finos y afilados rasgos de Huor apenas si dejaron ver una transformación. Sí, eran orcos, parecían cientos de ellos.

Elfo y mujer se miraron. Al tiempo que aparecían cientos de hombres en sus plateadas armaduras, y otros tantos elfos con sus capas verdes portando sus largos y gruesos arcos. Marchaban de forma silenciosa. La paz fue rota por el retumbar del suelo, detrás de las filas de soldados de Telpe apareció una gran figura. Los soldados se abrieron dejando un gran pasillo al animal recién llegado. Hour alzó la vista y observó a su mascota, un gran felino de pelaje gris atravesado por largas líneas negras, con un mechón blanco en la mandíbula. <<Natmoico, tranquilo está pronta la hora de la comida>> pensó mientras esbozaba un ligera sonrisa.

Atacarían esa misma noche, así pondrían el factor sorpresa de su lado.

Llegó la hora señalada en el ocaso del día, las tropas comenzaron la marcha. Los soldados sabían que muchos morirían durante la noche pero sus corazones desbordaban coraje, iban a luchar contra el usurpador, a defender su patria, sus tierras y familias. Los nuevos señores habían traído esperanza al pueblo y con ello volverían victoriosos a sus hogares.

Llegó el momento y el lugar sobre la colina donde estallaría la batalla. La Señora Liantiel levantó su espada lanzando por la punta un pequeño estallido de luz. Los hombres se armaron debidamente. La táctica era clara. Los piqueros avanzaron poniéndose al frente, las cuatro primeras filas levantaron sus picas elevándolas hasta alturas similares, apuntando ligeramente hacia abajo. Las siguientes filas utilizarían sus afiladas puntas como cuchillas de todo aquel que se acercara. Huor levantó su arco, aunque el suyo era corto, y los elfos prepararon sus flechas. La sensación de batalla casi podía respirarse. Los músculos se tensaron y la sensación de añoranza del hogar pesaba sobre sus corazones.

Las tropas de infantería ligera iban equipadas con picas, alabardas y espadas, no había opción a la defensa: sería la muerte o la victoria. Sólo los señores del Eryn-Dînen montaban sus corceles, lo que resultaba obvio, ya que una caballería se habría hecho notar con más facilidad de la deseada.

Comenzó la marcha hacía la guerra. Avanzaron unos cuantos metros, ahora descendiendo aquel montículo, se hizo una señal, las unidades de piqueros que hasta el momento se movían como una sola unidad se detuvieron a la justa distancia para sorprender al enemigo con una lluvia de flechas.

Fue un portaestandarte el que sugirió usar también el fuego. Y siendo una idea de grandes posibilidades fue acogida y rápidamente puesta en operación. Las flechas de los telpenianos fueron encendidas con el fuego de las pocas antorchas que llevaban, y la primera oleada de fuego y flechas cayó sobre los invasores.

Se desató el caos, entre aquella horda de salvajes y ruines criaturas reinó la confusión, el desconcierto y el miedo. Tardaron en organizar una defensa, pero al final lo hicieron, avanzando a grandes zancadas hacia el Ejército de las Águilas.

Una vez se hubo reorganizado el ejército usurpador, se lanzó sobre el ejército telpeniano con furia. La primera oleada golpeó con intensidad, muchos adversarios quedaron atrapados entre la furia de las picas del ejército del bosque y la sed de sangre de sus propios compañeros. La línea se rompió, la batalla cambiaba de escenario. Ahora miraríamos a los ojos del enemigo. Pronto, la distancia entre los arqueros y los orcos se había visto muy disminuida, tanto que los elfos no podían atacar más con los arcos, el capitán Hour dio la orden << ¡Qualme! >> gritó. Así que los soldados elfos cambiaron lúvalie por eketlie y se lanzaron a la batalla.

Liantiel comandó entonces a sus tropas, los guerreros blandieron las espadas en la lucha cuerpo a cuerpo.

No más sagaces, no más valientes, no más nobles, pero superiores en número los orcos parecieron tomar una considerable ventaja, todo indicaba que ganarían, que conseguirían llevar a conveniente término la emboscada.

Pero la Señora invocó su poder, concentrándose tanto como le era posible y haciendo honor al nombre que los elfos le dieran, hizo surgir arañas en el bosque, grandes, aterradoras y feroces, como si salieran de su propia imaginación. Al principio fueron pequeñas, lo suficiente como para distraer la atención de los presentes. Luego crecieron en tamaño, y en horror. Empezaron a salir de algún sitio unos arácnidos del tamaño de un perro, negras y ágiles que descargaron sus venenos en los cuerpos enemigos. Otras de ellas usaban sus telas, finas y plateadas, pero resientes para inmovilizar a los orcos. La ventaja se hacía clara. De nuevo hubo desasosiego entre los despreciables orcos y el ejército de plata aprovechó con magnificencia el asombro y el miedo del invasor.

Pronto los elfos entonaron el canto de Telpe. Momentos más tarde los hombres se unieron cantando el himno de guerra de su casa, aquella por la cual darían la vida misma. Emprendieron la retirada y aún se escuchaban entre las ramas de los silenciosos árboles las palabras que alegraban los corazones de todos… “Sa i peleccolie un i anar mí auth, sa i pilini tuvarya Saura indóme mí otha, sa i hyanddor ahyar airo elle i kuile kotime, sa i malli elle Osto Telemna…”

Gaur

Los valar han evaluado esta historia y le otorgan un premio de 230 monedas.