Fin Guerra: Orden de Telpe deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 19
Armadas perdidas por \"Tercano Nuruva\" = 13

C2 Telpe Vs C2 Tercano
TerminadaLa pedrecilla rebotó un par de veces en el agua antes de hundirse. Había sido lanzada con maestría, pero Narmoth mostró una sonrisa tan forzada que ni él mismo era capaz de creer que alguna vez hubiese llegado a esbozarla con naturalidad. Al lado suyo Glarawen apoyaba la cabeza en su hombro firme, mas su mirada obnubilada corría lejos de ahí. Trataban de evitar los recuerdos, intentaban matar las pasiones y ahogar las lágrimas pero las imágenes de la crueldad dominaban casi con morbo las mentes de aquellos guerreros. Buscaban una paz a desmedro de la memoria, pero no podían evitar volver a repasar las penurias de la jornada anterior.
“Aquella sería la tercera empresa que llevarían a cabo juntos y los ánimos luego de una derrota, y otra que se escondía bajo el nombre efímero de la victoria, pesaban en los corazones más valerosos. El descontento no tardó en acoger entre sus largos brazos a muchos de los jóvenes combatientes, escuderos, pajes, y demás soldados sin mucho rango. Pero así también, se apoderó del abatido orgullo de contramaestres, tenientes y capitanes. Nadie escapaba a aquella epidemia de malestar.
Gwyllion se había sumido en un profundo mutismo y Maikahuinë no vivía una situación quien sabe cuan distinta. La primera era muy joven, y se desilusionaba rápidamente, el otro cargaba la congoja de una vida a las espaldas.
Conforme la lenta marcha de los de Tercano tropezó con las primeras estribaciones, pudieron sentir como la tierra bajo sus pies se volvía cada vez más irregular y anunciaba la cercanía de las Montañas Grises.
El matorral enclenque y los arbustos enanos dominaba las altas cumbres, pero más abajo, los bosques caducifolios vertían sus matices marrones y anaranjados, sobre un mundo que empezaba a enfriarse.
Sabían de un enemigo que avanzaba sigiloso sobre las montañas, oculto tal vez, en algún accidente del terreno. Había puestos de guardia que vigilaban cada paso de montaña, y no tardaron en transmitir mediante una señal de luz, de aquellas que utilizaban en casi todo el reino, el hecho de que una horda de telpenianos mancillaba las nieves perpetuas de las montañas. Era la misma compañía que habían vencido poco tiempo atrás y que en realidad nunca se había retirado de sus tierras.
Glarawen cerró los ojos, no para inhibir la vista, sino para relajar los miembros y cantó con voz de sobrecogedora dulzura al tiempo que el viento ábrego revolvía las hojas a su alrededor.
El río se desliza entre los altos olmos
Y deja estos reinos tierra adentro
Y resbala entre los largos prados hacia el Mar,
Aún descendiendo en sonoras cascadas
Un día tras otro hasta el Mar.
Los tintes soñadores de la melodía reverberaron en las rocas antes de morir los labios de la elfa, que había perdido las ganas de cantar.
Habían comenzado el tramo más difícil del viaje por un empinado sendero, que cubría un trecho montañoso considerable antes de llegar al paso de Ramandur. El camino, a pesar de ser antiguo nunca había sido muy transitado, pues pocos eran en verdad, quienes se aventuraban a seguir sus meandros pronunciados, desniveles y angosturas que en ocasiones no dejaban pasar más que una persona a la vez.
Pronto llegaron al puente de Uin.
Desde ahí se podía divisar al este la llanura y el mar lejano, pero al otro lado, una pared casi vertical se oponía a la mirada. Una caída de agua del Aicanen, como pocas otras, se deslizaba por el paramento y se podía oír el eco de su estrepitoso golpe contra las rocas, que elevaba las ínfimas partículas de agua en una densa niebla que no permitía ver siquiera el extremo opuesto del puente.
Hacía algo de frío, y un ligero rubor abrasó el rostro de Gwyllion. Parecía casi una niña, y sus ojos brillaban inflamados por la esperanza, pues sabía que un par de millas después del puente, el camino se bifurcaba, y uno de los trechos subía hasta llegar al paso de Ramandur, donde según el mensaje estaría apostado el enemigo; mientras que el otro conducía a una vasta meseta oculta en el tupido follaje del bosque.
Las nubes eran bajas, e incluso parecían estar inmersos en una, dada la escasa visibilidad y la humedad que acosaba parajes.
Pronto Gwyllion dio la orden de torcer a la derecha en cuanto se les presentase la ocasión. No seguirían subiendo. Pensó que a esas alturas los telpenianos habrían buscado refugio, ante la inminencia de un enfrentamiento. No batallarían en la crudeza de las nieves, aires enrarecidos por la altura y los desniveles del terreno; sin duda alguna buscarían los prados llenos de setas que se elevaban bajo el denso manto de hojas marchitas, para esperarlos espada en mano.
En la vanguardia Maikahuinë era acompañado por algunos de sus hombres más valerosos.
Habían oído a Gwyllion y se dirigían al valle oculto. Una vez entre sus confines y a pesar de la niebla, le pareció al elfo que aquel lugar estaba siendo desaprovechado al no haberse edificado aún una torre digna de los cuentos más honrosos.
Más de una milla los separaba del grueso del ejército.
No se veía el sol, mas se adivinaba su ubicación por una difusa mancha amarilla entre todo el resto de neblina blancuzca.
Y mientras Maikahuinë aún divagaba en cuestiones arquitectónicas, el primer enemigo se presentó, y su risa retumbaba ligeramente. Estaban solos, él y la pequeña avanzada.
Maikahuinë sopesó el hacha que llevaba en la mano para ponderar su fuerza comparada con la agilidad del sable curvo del oponente, y después vio un estandarte que habían clavado cerca de ahí. Retrocedió paso a paso en dirección oblicua e intentó cogerlo con un solo movimiento, cuando se dio cuenta que estaba bien enterrado. La risa del rival se hizo más fuerte. Maikahuinë perdió por un instante de vista al enemigo mientras tiraba furioso del estandarte para separarlo de la tierra, pues sabía que poseía una punta oculta en el subsuelo, y que ayudaba a enterrarlo con mayor rapidez. Cuando por fin lo sacó, y volvió a mirar, el telpeniano había cogido un escudo redondo que Maikahuinë no había visto, y lo sujetaba con la mano izquierda a la espera del ataque. Al menos ya no reía. Se plantó y avanzó la vara del representativo con la débil esperanza de atraer el sable del hombre para poder asestarle un primer hachazo, pero éste leyó la intención de Maikahuinë y saltó hacia atrás oponiendo resistencia con el escudo, avanzando después en dirección casi vertical contra el vientre del elfo que logró hacerse a un lado a tiempo. Todos sus músculos estaban tensos, pues sabía que aquel primer golpe podía resultar decisivo. Pero los años de práctica a su favor le rindieron la cuenta al telpeniano. Un par de hábiles maniobras y el líder de los Astaldon pudo liquidar al hombre, aunque él mismo estaba sumamente adolorido. Era un guerrero a ultranza, mas no le obsesionaba el honor.
Poco después los de Tercano arribaron, tan solo para hallarse rodeados por telpenianos que salían impávidos de su escondite tras la niebla y los árboles que formaban el contorno de la meseta.
A esas alturas el Sol parecía casi una contradicción, pues sus débiles rayos a penas lograban entibiar las gélidas armaduras.
Por esta vez, habían optado por una estrategia casi del todo ofensiva, buscaban causar el mayor daño posible a los telpenianos y en el menor tiempo, pues no deseaban prolongar la agonía de sus gentes y no era la muerte oponente lo que movía sus propósitos, pues querían hacerlos desistir al intento de conquistar la ciudad de Nenîath, que se erguía abajo en la llanura frente al Mar.
Nornorë era joven, y sentía unas ganas de vivir y triunfar impresionantes. En la ocasión anterior en que habían enfrentado a estos telpenianos simplemente se lució. Había comandado con eficacia uno de los flancos más problemáticos y muchos de sus compañeros habían sobrevivido gracias a su mente despierta. Ahora había sido ascendido y había ganado el favor de la dama Gwyllion. Y es su flamante cargo procuraba eficacia.
Pero un telpeniano iba contra la corriente. Caminaba a toda prisa y tan solo un mechón rubio escapaba de su yelmo. Parecía incomodado por algo, por lo cual sus compañeros no le importunaron. A decir verdad nadie le prestó atención, pues nadie lo conocía. Pero su marcha fue interrumpida por Nornorë, el Alto, que con un par de mandobles logró postrarlo de rodillas. Sin duda le habría infringido heridas de consideración porque el oponente no atinó a levantarse.
Se mostraba satisfecho aún de su logro, cuando llegó Narmoth Mirlith, el extraño sindar que estaba al mando del flanco al cual pertenecía el muchacho.
- Habéis torcido el brazo del destino soldado – dijo el caballero con voz desapasionada, - prestadle ahora al menos vuestra cabeza, y le señaló el mango de la espada del adversario herido. Nornorë dobló la rodilla y lo rozó con los labios, tras lo cual el elfo se inclinó, le hizo incorporarse, le susurró una orden al oído y lo besó en la boca. Dio media vuelta y desapareció.
El blusón de Gwyllion revelaba manchas marrones y secas, vestigio de su propia sangre derramada, y otras de borde oscuro delimitaban el carmín húmedo que manaba de sus entrañas. Respiraba entrecortadamente, pues la habían herido nuevamente, mas había visto la escena anterior desde lejos, y antes de desmayarse no pudo dejar de pensar en las intrigas que se tejían aún dentro de sus propias tropas.
Pronto la lucha cesó, aunque de modo extraño. Parecía casi acordado de antemano, pues los telpenianos se retiraron primeros, pero los de Tercano no siguieron hostigándolos.
Una vez en Nenîath, Gwyllion, que también se hallaba en las Casas de Curación, se acercó a comprobar el estado de Glarawen que había sido herida por dos estocadas certeras. Mas antes de entrar sintió un susurro del otro lado de la puerta.
-...pasó con él? – pudo oírla.
-Ha muerto...en...en batalla...lo sabes, ¿por qué me presionas? - tartamudeaba el elfo.
-Por nada, es solo que no fue necesario...¿los vi, sabes?
-Bah...-río con franqueza.- Aún tú entiendes de eso, eres muy ...inmadura a las sutilezas que gobiernan los actos de un caballero, me despedía de un amigo pues por su último acto pagaría con la vida, aunque él no lo supiese...está de más decir que le tendí una mano...en última instancia...¡creí que habías muerto, y fue un acceso de cólera el que me hizo reaccionar así! – ahora el timbre de voz parecía provenir de un lugar inhóspito de la conciencia, frecuentado solo por la Culpa.
-No contemplé la posibilidad de que uno de los capitanes no estuviese informado del ‘disfraz’...- comentó la elfa compungida y hundió el rostro en las mantas para ocultar un par de lágrimas que escaparon a su usual indolencia.
Gwyllion se armó de valor e ingresó a la estancia intentando disimular la impresión que le habían causado las palabras. Sus manos temblaban levemente y el corazón aún estaba agitado por el tono gandul con que trataban temas tan delicados.
Narmoth estaba sentado a un costado del lecho donde reposaba la Eldar, irritada por algo que la Atani conocía solo en parte.
Éste le palmeó la rodilla que abultaba bajo la manta y se alejó sin atreverse a cruzar miradas con la recién llegada.
-¿Todo bien? – preguntó la muchacha, aludiendo falsamente a la herida una vez estuvieron solas.
-Todo bien. – mintió la primera.”
Un hondo suspiro interrumpió la corriente de pensamientos de Narmoth, que se incorporó con agilidad.
La rubia Eldar seguía sentada y él le tendió una mano amable para ayudarla a levantarse.
- No se lo diremos. – susurró uno de los dos mientras caminaban por la orilla del río.
En el campamento todo era del color de la tierra. Salvo la sangre reciente que manchaba las lonas y las ropas, roja siempre de todos por igual. Hasta el ánimo parecía arenoso y seco como los desiertos en los que se refugiaban hace días; dispuesto a dejarse llevar por el viento que soplaba en rachas, y pisoteado por la marcha imparable y rotunda de la muerte. El silencio era grande cual la distancia que los separaba de su hogar, pero en medio de esa pesadumbre el ejército volvía a la ladera de las Montañas Grises sacando fuerzas de donde podían y Täreisha los veía partir con profunda desazón, callada como una tumba, triste por no poder acompañar a sus hombres.
Su imprudencia con el Ent le había costado caro y las consecuencias le ataban ahora a la cama de su tienda donde era atendida con prudencia pues muchas heridas fracturaban el interior de su cuerpo.
-No sufras. Es inútil. El daño es demasiado grande para que puedas venir -. Lahia se encontraba tras ella.
Täreisha cerró las cortinas que conformaban la entrada de su tienda y se volvió hasta su lecho.
-Lo se -, dijo abatida. - Si tan solo la fuerza de mi rabia fuese la fibra de mis músculos... -, calló. No tenía palabras para expresar su impotencia. -Marchaos, y tened cuenta de Inaldir. Aún no lo hemos visto en batalla. Veremos si es tan grande como cuentan las leyendas.
-Paciencia y ánimo, Täreisha -. Lahia se despidió y salió de la tienda.
<<Inaldir...>>. Pensó en él. No podía dejar de hacerlo. Era todo tan extraño para ella. Hacía ya varios meses de su aparición pero su historia y las imágenes de su venida a ellos aún le resultaban confusas e increíbles. Al igual que aquel extraño ser, que aun partiendo en mil pedazos su cintura le parecía irreal, el nuevo miembro de su compañía le resultaba extraordinario como un antiguo cuento de dioses despiadados y guerreros invencibles. A pesar de que había contemplado el proceso de su llamada con sus propios ojos.
Puso la mente en blanco tratando de descansar, pero no lograba conciliar el sueño. Entonces volvió a pensar en él... <<Inaldir, el nombre escogido para el que llamaban el campeón eterno, perpetuo guerrero, espíritu sempiterno>>.
Melancólico, como una noche estrellada. Enigmático como el fondo del mar de Nákrita, así le parecía a Täreisha aquel hombre que había despertado de lo que parecía una muerte lejana, más allá de toda conciencia. Uno tras otro los recuerdos de su invocación llenaron el tiempo arenoso que caía lentamente y la mañana transcurrió así para la mujer, hasta que la tarde apareció tras las montañas que circundaban el campamento tiñendo el pálido cielo azul con los matices rojos y naranjas de un cálido atardecer.
Täreisha estaba acostada de espaldas, la mirada perdida en el techo de la tienda, pero en sus pensamientos no dejaba de ver imágenes de batallas, sintiéndose impotente por no haber podido marchar a la Guerra.
El silencio de la tarde caía sobre las gentes que se encontraban ahí, pero de súbito se oyó un gran ruido, que quebró el aire sofocante y silencioso: habían llegado mensajeros del campo de batalla.
Täreisha se levantó apoyándose en la cama. De cuando en cuando sufría unos horribles dolores y comenzaba a sentir como la temperatura corporal subía lentamente pero igualmente se incorporó y salió de allí. No podía contener la curiosidad y la emoción de saber como marchaba todo. Quería noticias de su Compañía, saber de las hazañas de Lahia y del misterioso Inaldir. ¿Estaría ya luchando con sus hombres?, miles de preguntas desfilaban por su mente en aquel momento.
Se apresuró como pudo y encontró a uno de los mensajeros. Täreisha observó en silencio el rostro confundido y la mirada limpia de aquel hombre.
Täreisha quería averiguar lo más pronto posible lo que estaba sucediendo allá, a lo lejos, en el descampado.
-Soldado- dijo sentándose al lado del hombre. Le tomó de la mano y se la aferró con fuerza reconfortante- quisiera tener nuevas de la Batalla. ¿Podéis hablar?
El herido levantó su mirada, había ira en aquellos ojos, rabia y también dolor. Abrió lentamente la boca y le dijo entre grandes pausas:
-Las cosas van mal Señora, los enemigos atacan sin cesar por el frente y la retaguardia. También por los flancos, y ya casi no podemos controlarlos, quizá ya todo está perdido...
-¡No!- dijo seriamente Täreisha- Nunca digáis eso, soldado, pues es darse por vencido y desconocemos qué nos depara el destino. - Le echó una mirada al hombre-. Ignoro como ha sido vuestra vida, pero os aseguro que cuando todo parece perdido y creemos inútil cualquier esfuerzo aun quedan muchas cosas por hacer que pueden cambiar el rumbo del tiempo.
Otra vez se hizo el silencio. Una mujer atendía a los heridos y enfermos de las otras camas.
-¿Habéis visto a la Comandante Lahia o a Inaldir?- volvió a preguntar la mujer.
-Si, los he visto. Ambos luchaban valientemente por defender sus tropas, Inaldir ha dejado sembrado de pánico el campo de batalla. Se dice que es invencible y yo lo creo. Fueron muchos los hombres que cayeron ante sus pies. Pero el enemigo no se rinde fácilmente. Son muy numerosos, bien armados, fieros y con sed de muerte. En cuanto a la Comandante, luchaba cerca de Inaldir, pero aún parecía abatida por aquella herida que recibiera en el brazo. Pero ella también demostró ser una buena guerrera.
Täreisha no dijo nada. Sentía aquellas ganas insaciables de estar luchando junto a sus compañeros y hombres. Se levantó y se volvió a acostar en su tienda. Quería reponerse, juntar fuerzas, sabía que las cosas no andaban bien, sabía que por más valor que tuvieran necesitaban más hombres para poder romper las filas enemigas.
Esa noche no volvió a despertar. Por la madrugada se sintió sofocada, ardiente de fiebre. Casi no podía abrir los ojos y el dolor de las heridas que había recibido del Ent se hacía ahora más fuertes.
Una de las curanderas sintió ruidos en su tienda. Al entrar la encontró temblando y tiritando. Tocó con su mano su frente y sintió que estaba muy caliente. Las gotas de sudor caían sobre la almohada y le mojaban el cabello que se le pegaba a la cara. Rápidamente trajo agua fría y comenzó a colocarle trapos húmedos. Aquella tarde se hizo interminable, cada hora parecía más larga que nunca y los escalofríos no dejaban de aparecer. Al fin se durmió, pero aquel sueño no le dejó recuerdo alguno.
Amaneció nuevamente. El día se presentaba frío, la bruma y la niebla espesa cubrían la tierra. El ánimo de Täreisha no mejoraba, y su salud tampoco. La fiebre había vuelto a subir, la herida era profunda, más profundo aún el dolor causado por esta y la impotencia de estar en esas condiciones. Y así uno a uno fueron llegando los últimos heridos. No pudiéndose levantar la capitana del Ejército de los Lobos mandó llamar a uno de los hombres que habían llegado a duras penas hasta el campamento Telpeniano.
Unos minutos más tarde un hombre alto y de aspecto desalineado, manchado de sangre enemiga y con la cara herida se acercó al lecho de Täreisha.
-Mi Capitana, ¿me ha mandado llamar?
Täreisha asintió con un movimiento de cabeza. Le dolía incluso cuando hablaba y las palabras se deslizaban desde su garganta reseca y acalorada, rasgándola y quemándola.
-Sí, necesito nuevas de mis gentes.
El hombre se arrodilló junto a ella y comenzó a relatarle lo ocurrido en el campo.
\"Ayer la mañana amaneció gris, la bruma cubría el campo, evitando que los enemigos supieran aún nuestro paradero exacto. En esas montañas que se alzan a lo lejos y desde donde esperábamos atacar a los enemigos salía un camino bifurcado. Más arriba la nieve se apretaba contra las rocas. Lahia estaba al mando de una de las huestes y creyó una locura la idea de atacar desde arriba. En fin, tomamos uno de esos caminos, siempre ocultos a ojos enemigos y la espesa niebla nos jugaba, esta vez, un punto a favor, sumado al denso follaje de los árboles era un camuflaje perfecto.
El sol de la tarde no daba señales así que luego de haber esperado unos cuantos minutos la niebla y el rocío de las nubes bajas comenzaron a empaparnos las ropas. La tranquilidad de aquellos parajes se transformó en un silencio desesperante, sumado al sonido de la respiración nerviosa de nuestro ejército. La peor parte de cualquier batalla son esos momentos de tensión antes de que todo estalle en el bullicio, gritos de dolor y de victoria. Apretados unos contra otros esperando ver las huestes de los Tercos pasamos un buen rato. Aquellos minutos se hicieron interminables, pesados, densos como las gotas que parecían escondernos de ojos curiosos.
Al fin los vimos. No eran muchos, pero recién venían llegando, espiaban debajo de sus yelmos, prestaban atención a cada sonido fuera de los provocados por la naturaleza del entorno.
Lahia se encontraba junto a Inaldir. Las miradas dirigidas a los adversarios. Las espadas en mano. Las cuerdas de los arcos tensas. Al fin estalló. Lahia dio la orden con un movimiento y sus arqueros dispararon, tomando luego las espadas y saltando de entre la maleza del camino.
Al principio los Tercanos retrocedieron un poco, cediendo ante la fiereza de los Telpenianos. Atacaban por delante, y por ambos flancos. Inaldir corrió inflamado de ira hacia sus enemigos, asestando golpes certeros, dejando a su paso vidas en el suelo. Lahia, más prudente luego del accidente de Täreisha vigilaba con todos sus sentidos bien alerta. Su espada no dejaba de chocar contra la de los enemigos, que comenzaban a ir creciendo en número. Inaldir se precipitó entre los árboles y salió a defender la retaguardia. Sin embargo uno de los enemigos lanzó una flecha, que fue a dar justo en su hombro. Se había clavado en la carne, incrustándose y extendiendo su dolor a través de la espalda y el pecho. La retiró con ambas manos, arrojándola lejos y volvió a luchar, esta vez con más energía. Los gritos de guerra aumentaban, tanto así como el número de soldados Tercanos.
Ya casi no podíamos contenerlos, atacaban con furia por todas partes, ya sin plan ninguno, golpeando aquí y allá, dejando el campo regado de rojo a su paso.
Entonces Lahia gritó que nos retirásemos pues era una locura seguir perdiendo hombres sin esperanzas de victoria. A nadie le dolía más que a ella dejar las cosas así y marcharse sin nada en las manos, más aún sabiendo que Täreisha tenía la confianza en ella.
Lahia se acercó como pudo a Inaldir y le comunicó la idea de retirada.
-¿Retirarnos?, Lahia no estás bien, ¿verdad?, no podemos marcharnos, ahora que estamos a un paso de conquistar la ciudad.- dijo él.
-¿A un paso?, Inaldir, no ves que no podemos retenerlos?, vamos, retirémonos, ya perdimos más de lo que podíamos.
Pero Inaldir se abalanzó entre las filas enemigas y siguió moviendo su espada con mucha agilidad.
Sin importar la opinión de su compañero, en este momento desesperado Lahia llamó a la retirada tocando fuertemente a Moriorlindë. Así nos replegamos, huyendo de aquel desastre, de aquel campo en donde quedaron sembrados cuerpos de valientes guerreros. Pero Inaldir fue el último en irse, loco de rabia aún quiso seguir peleando y recibió una herida profunda en la pierna derecha por lo cual Lahia que no se había percatado de su ausencia hizo regresar por él a varios de los supervivientes. Así lo trajeron hasta aquí, y aún debe estar cerca, descansando sus heridas.\"- el hombre suspiró.
Täreisha entrecerró los ojos y le dio las gracias, acto seguido el hombre se retiró y ella se quedó en silencio.
La fiebre había subido, mucho. Sudaba y se sentía morir. En ese momento Lahia entró en la tienda con el rostro pálido, y cara de decepción.
-Fracasé Täreisha...
No alcanzó a decir más, pues Täreisha había caído en un sueño de fiebre. La Elfa llamó a las curadoras y se sentó junto a ella. Su estado no avanzaba para bien y entre los delirios de fiebre, Lahia llegó a comprender que había cosas más importantes y urgentes que una batalla perdida.
[Editado por Isilmeriele el 06-04-2005 23:07]
Resumen de la batalla:
Telpe ha perdido 19 armadas x35=665 puntos.
Recuperables: 222 puntos.
Valoracion: 8,60
Recupera: 191 puntos. En concepto de daños sufridos por los personajes, recupera los puntos que le otorgan el 70% de daños, es decir 245 puntos.
Total recuperacion: 191+245= 436 puntos.
Pierde: 229 puntos.
Tercano ha perdido 13 armadas x35= 455 puntos.
Recuperables: 303 puntos.
Valoracion: 7,80
Recupera: 236 puntos. En concepto de daños sufridos por los personajes, recupera los puntos que le otorgan el 80% de daños, es decir 280 puntos.
Total recuperacion: 236+280= 516 puntos.
No pierde punto alguno, puesto que recupera mas puntos que los perdidos en la batalla.
Tercano percibe 300 monedas en concepto de batalla ganada.
Telpe cede 100 monedas a Tercano por haber abandonado la batalla.
Compañias listas y actualizadas!
Historia finalizada.