La Guerra de los Clanes

Crónicas De La Compañía De La Garra Negra - Compañía 4 De Nurn

Escribiéndose...
Escrito el 06-01-2006 19:53 #1

Cronicas de la Compañia de La Garra Negra

Primera Batalla

La niebla espesa permitía una visión muy reducida del bosque. Cada escuadrón de la compañía avanzaba lentamente esquivando los grandes árboles que aparecían apenas a treinta o cuarenta pies de distancia.

Una reunión improvisada fue impuesta por Arattalion, pues las condiciones no eran las propicias para una batalla entre los ejércitos que se iban a enfrentar.

-Según nos informaron desde Narmelost aquí se hallaba una compañía de las tierras de Telpe, pero será prácticamente imposible poder guerrear bien-dijo Arattalion.

-Mmmm parece como si estas tierras quisieran detener la batalla-comentó la Ent-mujer Aldamorna mientras miraba con tranquilidad uno de los árboles rodeado de neblina en las ramas.

Tan grande era el ensimismamiento de la Ent-mujer que no vió corretear a su lado aquél pequeño orco que se dirigía presto hacia ellos.

-Mis Señores, la división tres del primer escuadrón ha entrado en contacto con el enemigo.

-¿Dónde se encuentra esa división? Dijo Arattalion con un tono tajante.

-Dir ... dirección noroeste de aquí señor- titubeó el orco que vio la ira reflejada a escasos palmos de su rostro.

Marcharon rápidos los soldados del primer escuadrón de Arattalion a cubrir a sus compañeros mientras los integrantes de los otros dos cambiaban su emplazamiento y lo orientaban donde indicaban los generales.

Con un movimiento táctico, los dos escuadrones restantes acudieron en ayuda de sus compañeros.

La segunda escuadra de Aldamorna avanzaba por el Norte mientras la tercera de Ilesse acortaba distancias por el Oeste.

Allí, mientras los elfos notaban la caída del Sol y la noche crecía con una oscuridad más intensa, el primer encuentro entre las compañías se estableció imprevisiblemente.

Una división de Nurn estaba descansando al pie de unos árboles cuando unos batidores de Telpe les encontraron. Volvieron y avisaron del avistamiento. El ejército avanzó sobre la división que fue diezmada. Por suerte el primer escuadrón actuó de inmediato defendiendo y la venida de los escuadrones segundo y tercero contuvo la retaguardia telpeniana. Al verse acorralados escaparon por el suroeste, uno de los pocos puntos sin soldados de Nurn, y aunque muchos fueron abatidos por los arqueros nurnitas la inmensa mayoría corrió a escapar. Menos mal, una batalla con esa niebla habría sido caótica.

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El amanecer del segundo día había llegado. La niebla persistía estancada en los matorrales, árboles y hierbajos que apenas se veían.

El radio de visión podría haber aumentado hasta los cincuenta pies, no más. Pocas oportunidades para manejar arcos a largas distancias, cosa que debilitaba el potencial de ataque élfico del que disponían. En cambio la potencia física de los noventa trolls que conformaban el ejército maligno creyeron sería de gran utilidad en las distancias cortas.

Ilesse intentó subirse a uno de los árboles mientras Arattalion observaba el filo de Mormithril y sonreía al verlo afilado como siempre.

-No es este un sitio en el que encararse joven Ilesse-dijo Aldamorna con semblante serio.

-No todos tenemos la suerte de observar las alturas Aldamorna, una mejor visión nos daría algo de ventaja.

-Nada hay en las alturas que no puedas ver, pues aunque la niebla no cubre todos los árboles sí cubre lo que bajo ellos habita.

-Oye Aldamorna, tú eres una Ent-mujer y según me contó Arattalion tenéis una extraña conexión con los bosques que aún no entiendo. ¿No podrías ayudarnos más en este bosque?

-Ya lo he intentado. Esta Ent-mujer es vieja pero no tonta. Mmmmm. Pero estos árboles están sombríos y tristes. No les importamos en absoluto y mucho me temo que no nos ayudarán. Y aún más diría yo. Si queréis pasar las noches sin percances no os aventuréis a coger leña en la espesura.

-Vaya, habría sido una oportunidad increíble.

-¡Damas! -exclamó Arattalion- lamento interrumpir ese coloquio pero tenemos trabajo. Una hueste nos atacó ayer y no saldrán impunes sin recibir una caricia de mi espada.

Acto seguido envainó a Mormithril y se adentró dentro de la cabaña en la que habían de reunirse los comandantes elfos con Arattalion e Ilesse, puesto que Aldamorna no cabía.

Cerca de una hora pensaron sobre la táctica a utilizar en el combate, pero si la niebla persistía sería imposible afrontar una batalla épica.

Esta vez sería un juego de incursiones en el campamento enemigo.

La primera decisión por tanto fue retirar el campamento, pues el enemigo podría haber pensado lo mismo. Las divisiones cinco y tres del segundo escuadrón comenzaron las incursiones hacia el sur. Un avance, esperar el regreso y si este no se producía en un tiempo prudencial empezar a tomar posiciones el resto del ejército. Era lo que se había previsto esa mañana.

La moral de los orcos flaqueaba y se quejaban. Rumores de entre los soldados orcos corrían sobre la caída de todos en esa batalla.

Los capitanes humanos se encargaban de infundir ánimo y coraje en los corazones orcos.

Sorprendidos se hayaron por el regreso de una de las batidas antes de hora.

-Un río, infranqueable. Por aquí no escaparon.

Esperaron a la vuelta de la otra batida y comieron un poco de los víveres. Aprovecharon el paso del río y la sabiduría de Aldamorna para llenar los odres pero poco a poco. Un ejército no pasa desapercibido ni siquiera en esas condiciones.

Un rato más de camino y la Ent-mujer se sobresaltó.

-La tierra está quemada. Aquí se ha hecho una hoguera.

Ilesse se quitó la capa y con dos ramas que supuso habían servido para atizar el fuego, tensó la tela y abanico la niebla. Una vez se hubo esfumado miró algún rastro de huellas.

-Se han ido al Este y no hace mucho de este fuego, apenas habrá pasado un tercio de la mañana.

-Bien –respondió Arattalion- empecemos con la ofensiva. Que todo comandante elfo reúna a sus capitanes y soldados. Quiero a todas las divisiones disponibles. La división tres de mi escuadrón que reponga sus efectivos de los orcos que acompañan a los trolls. Quiero treinta trolls en cada escuadrón por si las cosas se complican y es necesario un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Manos a la obra.

La persecución por el bosque duró mucho rato y al fin cuando consiguieron encontrar las rezagadas tropas de Telpe. Los arqueros de Nurn las masacraron, pero no eran tantas como se hubiera querido. El enfrentamiento cuerpo a cuerpo fue rehusado e incluso se incentivó a los trolls a que lanzaran rocas al aire por si conseguían darle a alguien.

Pero el enemigo era hábil en la estrategia y atacaron los flancos más desprotegidos del tercer escuadrón.

La cuarta división del tercer escuadrón estuvo a punto de ser diezmada por una veintena de humanos telpenianos. La rápida intervención de Ilesse, que acudió personalmente con la tercera división, contuvo el ataque pero no frenó a tiempo el avance telpeniano y acabó con el brazo izquierdo destrozado por el golpe de una espada.

La herida había penetrado oblicuamente pero no había alcanzado el hueso, no había fractura, pero el músculo quedó bastante dañado como para esgrimir un arma.

A pesar de perder pocas tropas para lo que fue el asalto Nurn se retiró esta vez. La herida de Ilesse había preocupado a Arattalion y prefirió esperar a saber cómo evolucionaba la mujer. Además ya más de cuatrocientos soldados había caído en la guerra y en total no pasaban de los tres mil.

Aquella noche tuvieron que hacer otra larga caminata para encontrar un sitio que les pareciera lo bastante alejado como para sentirse seguros.

Menos de seis horas en total habían dormido en las tiendas cuando un susurro continuo y lento despertó a algunos soldados.

La extraña Ent-mujer estaba de pie en medio del campamento mirando al cielo. Arattalion se le acercó.

-¿Qué notas? ¿Qué te impacienta? ¿Ha sido el ruido que nos ha despertado a todos?

-Mmmm incluso tú tienes dificultades para entender el disgusto de los árboles.

-¿Disgusto?

-Los telpenianos han encendido una hoguera. El bosque rumorea sobre los desconocidos que queman sus ramas. En el norte, a poco tiempo a vuelo de pájaro, quizá unas dos horas, se alza una pequeña columna negra. Como la nuestra.

-¡Perfecto!, nos lo sirven en bandeja. Que suerte que la niebla blanca haga destacar el humo negro ... ¡y más suerte tener una Ent tan alta que pueda verlo!

Al alba, las divisiones de Nurn habían establecido un perímetro de más de mil metros entorno a la hoguera.

Una lluvia de flechas y piedras despertó a los más rezagados telpenianos mientras el resto, ya preparados, se organizó en torno a sus líderes.

El escuadrón de Arattalion fue el primero en entrar por el sur para plantar cara a los enemigos y al poco rato cuando se creyó que el enemigo se habría organizado, Aldamorna irrumpió por el noreste obligando a los líderes enemigos a separar el ejército en dos flancos ... en los que el tercer escuadrón, con Ilesse más atrás, irrumpió para atacar a traición por la espalda.

El ejército de Telpe no tuvo otra elección más que la huida y los cánticos de Nurn resonaron en el bosque retomando la posición y avanzando hacia el noroeste donde habían huido los enemigos.

Un cuervo voló a Narmelost con la misiva siguiente:

“La Garra Negra ha vencido sobre las tropas telpenianas. Esperamos nuevas noticias. En breve comenzaremos a caminar un poco al este camino al linde de nuestras tierras.”

Escrito el 06-01-2006 19:56 #2

Segunda Batalla

Eramos pocos pero teníamos la moral intacta.

El ataque a traición de las fuerzas de Nurn había hecho muchas bajas pero nos repondríamos pronto. Ya habíamos enviado un mensaje a Kemina Anka y no tardarían mucho los refuerzos.

Ouroborus el Inteligente se ocupaba de vigilar en las noches húmedas y blanquecinas por aquella niebla que aún nos rodeaba.

Nuestros enemigos eran los que se denominaban “Señores de Nurn”, con quienes compartimos, por desgracia, nuestro hermoso Bosque del Susurro y en el que nos encontrábamos entonces.

Las charlas con los compañeros se notaban tensas. El silencio reinante nos acechaba durante la noche y por el día la sensación no era mucho más reconfortante. Ni un ruido de más allá de diez pies.

Incluso nuestro compañero Thedrun que alegremente cantaba en la taberna los días de permiso se atrevía a entonar un cántico en aquellas tierras. Sí era un bosque hermoso pero cargado de misterio y supersticiones.

Los días pasaban y la niebla se iba desvaneciendo dejando ver la basta naturaleza del bosque.

Algunas leyendas nos contaban nuestros ancianos sobre criaturas que los tan temidos Nurnianos, o como sea que se llamen, habían dejado en este lugar como guardianes de su frontera. Unos lobos temibles, pero ya sea por la falsedad del relato o por la protección de nuestro dragón, no vimos a ninguna de esas criaturas. Un mito más de esos ‘Señores’.

La convivencia se tornó bastante más pacífica. Aguardábamos la posición esperando unos refuerzos que sin duda estarían prestos a llegar. Iban a llegar. Eramos pocos pero con coraje.

Cada día que pasaba el viejo Brador, el más veterano de nuestro campamento, nos contaba las maravillas de los ejércitos de Telpe en las guerras pasadas. De cómo los escudos brillaban al sol retornando a la ciudad de una de las victorias de antaño. Siempre soñábamos con esa fama y esa gloria. Luchábamos por la grandeza de Telpe y por nuestras familias.

Pero en la guerra no todo es tan bonito como en las historias.

En aquella fatídica tarde que nunca olvidaré Ouroborus se mostró sombrío mirando al horizonte. La tensión se podía palpar en los compañeros, en sus comentarios y sus miradas.

El temor de una batalla era una verdad silenciada pero obvia. Y la amenaza parecía provenir del este. Aquellos que una vez vinieron por la espalda parecían tener un honor que la última vez dejaron atrás.

Y a la noche, como reunidos por una casualidad o quizás por el destino que nos estaba escrito avanzamos hacia una zona al este del campamento menos poblada por los árboles ... y allí estaba el enemigo.

Debíamos contener nuestra posición. Los refuerzos estaban en camino. Tenían que estarlo.

Nuestro ejército bastante mermado se mostró impertérrito al enemigo. Filas de humanos, elfos y trolls lucían el emblema de Telpe con orgullo y detrás nuestra se encontraba nuestro dragón, el temido y adorado dragón de Telpe.

Y la batalla comenzó.

El enemigo con unas tropas claramente superiores a las nuestras avanzaba al ritmo del repicar de tambores. Nuestras flechas alcanzaron a algunos pero muchas se perdieron entre los árboles que nos separaban.

Se dividieron en tres partes. A mi izquierda se alzaban los enormes trolls de Telpe que fueron acosados por la gran figura del Ent de Nurn. Enfrente mío la marabunta de orcos avanzaba como consumidos en un estado de ira y un poco más a la derecha los humanos iban capitaneados por una figura sombría encima de una montura negra.

La batalla fue encarnizada. Siempre quise estar preparado para una de estas batallas. Una batalla en la que la gloria me colmara y me enorgulleciera, pero debo admitir que el momento me superó y sentí miedo.

Cuando mis ánimos más decaían el rugido de Ouroborus sonó atronador en el campo de batalla y cargamos todos nosotros.

La primera acometida fue espantosa. Tanto para nosotros como para ellos. Centenares de espadas, lanzas y hachas se cruzaron unas con otras acabando con la vida de las primeras líneas de ambos bandos.

Los arqueros se apresuraron a dejar los arcos en el suelo y sacar un escudo y un arma de mano con los que poder defenderse mejor en la situación de cuerpo a cuerpo.

Uno, no. Dos orcos cayeron con el filo de mi espada pero pronto fui desviado por la multitud al bando de la derecha. Allí debíamos luchar contra otros hombres. Más diestros en el uso de las armas. Las peleas no se zanjaban sólo con dos mandobles sino que requerían más tiempo.

Se escuchaban gritos, chillidos y rechinar de metales. La sangre saltaba de un lado a otro tiñendo el escenario de un color rojo y negruzco por aquellas criaturas viles.

Los extremos estábamos siendo masacrados cuando un ruido nos sorprendió por la retaguardia. Sí. Habían llegado los tan ansiados refuerzos.

Todo el día caminando, llegaban en aquella noche estrellada y dejaron sus mochilas y equipajes en el suelo, empuñaron sus armas y dirigidos por el Señor Huor Calafalas a la izquierda y la Señora Liantiel a la izquierda conseguimos no sólo contener a las fuerzas invasoras sino cambiar las tornas en la guerra.

Los humanos que nos atacaban y los elfos del lado izquierdo eran habilidoso en combate pero pequeños en número y se vieron amedrentados por una fuerza nueva que se unía a la batalla.

En el centro la guerra la habíamos perdido. Pero ahora nuestro señor dragón podía moverse a sus anchas y los orcos de Nurn fueron aplastados y arrollados.

Cuando parecía que la fortuna nos sonreía ocurrió algo que nunca podré entender y que jamás pudo ser predecido ni por el más famoso oráculo que lleguéis a conocer.

Una mujer, capitana de Nurn por sus ropajes señoriales, dividió a los orcos en dos y los mandó a los flancos. Se quedó sola ante el dragón. Una loca sin duda.

Ouroborus incitado por la insolencia de una simple humana arremetió contra ella pero no se imaginó lo ñagil de la humana.

En verdad siento no haber podido presenciar aquello tanto como hubiera querido pero no estaba por la labor. Estaba en una guerra y un despiste podía significar mi muerte.

Seguí guerreando y acabé con dos enemigos más. Mi furia creció para con el enemigo y me acerqué al guerrero negro en la montura que destrozaba a mis otros compañeros. El movimiento de su espada era rápido y mortal así que dudé si acercarme o no. Hay momentos en los que pasan sólo unos segundos pero se hacen eternos y creedme que eso fue lo que me pasó.

Avancé. Aún hoy no me explico por qué lo hice, pero avancé.

Levanté mi espada y la baje con todas mis fuerzas pero mi golpe erró y el caballero que había lanzado una estocada contra uno de mis compañeros inmediatamente me empujó con le escudo y trastabillé con un cuerpo muerto cayendo al suelo.

La arremetida de los orcos no igualó las fuerzas. Al menos no numéricamente, pero nuestros refuerzos estaban cansados de la gran ruta que hubieron de recorrer días antes.

El frente de la izquierda no sabía cómo iba así que una vez en el suelo y sin enemigos que fueran a por mi, eché una ojeada.

Eran pocos en ambos bandos y ya no quedaban trolls de Telpe. Aquella figura del Ent se imponía en esa parte del campo de batalla pero no parecía tener un combate sencillo.

Miré al centro y ví como el dragón embistió a la humana que esquivó la arremetida con la cabeza pero no pudo esquivar el coletazo del dragón y acabó lanzada contra un árbol y en el suelo.

Me levanté de nuevo y estuve a punto de volver a arremeter contra el caballero negro. Pero mis ojos se desviaron al suelo.

Miles de cuerpos yacían ya sin vida o luchando su propia batalla contra la muerte. A izquierda y a derecha veía a compañeros de barracones en el suelo. Y sí, la desesperación me pudo.

Clavé mi espada en el suelo y caí sobre mis rodillas sin importarme que un enemigo me cortara la cabeza.

Brador ya no nos contaría sus historias y las canciones de Thedrun ya no sería escuchadas otra vez y ... tantas vidas. Todas destrozadas.

Y lloré. Sí, pero no como llora un cobarde sino como llora un desdichado.

Me levanté con lágrimas en los ojos sin miedo ya a la muerte, a la compañía de mis amigos, el descanso eterno. Pero extrañamente la guerra ya había acabado.

Los atacantes estaban retirándose, si es que la marcha de ocho seres puede llamarse retirada.

Quedábamos en el campo en pie los Grandes Señores de Telpe y un par más de compañeros.

En un momento me llegué a preguntar si habíamos ganado nosotros o ellos, pero estaba claro que esta vez habíamos perdido ambos.

Con los ánimos por los suelos miré a los demás que tenían un semblante tan sombrío como el mío y nos juntamos para hablar de la batalla.

Sí, esa noche cené con tres de los Grandes Señores ... pero en mi corazón me hubiera gustado cenar con mis compañeros de armas.

Creedme, en verdad creedme cuando os digo que hay pocas cosas peores que la guerra en este mundo en que vivimos y los Señores de Nurn se alientan con ella.

Ya no os puedo decir más en cuanto a mis vivencias en aquella guerra.

He obtenido algo de fama por regresar de la más sangrienta de nuestras batallas pero siempre pienso que me hubiera gustado más no participar.

Escrito el 06-01-2006 20:07 #3

Tercera Batalla

Las miradas penetrantes de los vigías de Nurn habían dado la señal de alarma hacía ya bastante tiempo. El ejército se había movilizado hacia la falda de la montaña pues veían casi imposible batallar en la cima helada del monte donde descansaban. Los trolls tuvieron que ser resguardados de nuevo en el templo. Si no fuera por esa especie de maldición que aguardaban desde los inicios de su creación el ejército de Nurn podría haber contado con seis de aquellas impresionantes criaturas ... pero era mejor resguardarlas que perderlas. Aldamorna les guió hacia el templo.

Batidores orcos volvieron. Los invasores se habían movido raudos en la noche. Todo parecía indicar que el bosque les ayudaba a avanzar hacia allí. Posiblemente contaban entre sus filas con unos cuantos Ents. La batalla prometía ser dura y difícil.

Cuando Dorêk, el último de los batidores enviados, volvió Arattalion montó a su pantera y paseándose por las primeras filas azuzaba a los orcos a combatir.

\"Muchos dirían de vosotros que sois escoria, maldición de elfos, aberraciones malignas o simplemente que sois inútiles. Algunos de ellos vienen de teirras lejanas para combatir hoy mismo con vosotros pero no es por odio ni por ideales utópicos no. Tienen miedo. Sois tropas del ejército de Nurn.

Habéis luchado con fiereza ante las tropas de Telpe. Habéis protagonizado muchos de vosotros una batalla épica que será recordada durante generaciones. Estábamos en su territorio, nos superaban en número y salimos victoriosos. Ahora vienen sus aliados de tierras del Sur ... ¿creéis que lograrán algo? ¡NADA!

¡Han chocado con las montañas de Nurn! Muchos de ellos viven bajo las tierras de Harad y no saben que es el frío ni el viento recio. Vosotros tenéis ventaja sobre esas tropas. Váis a destrozar a esas tropas.

He vivido muchos años y he visto a muchos de vosotros luchar en las huestes del gran Morgoth. Y no se amedrentaban ante los elfos de la estirpe de Fëanor ni mucho menos. No oiréis historias de orcos famosos líderes de batallas grandiosas, pero vosotros sois los que forjáis esas batallas valiosas.

Pronto el enemigo acechará tras esos bosques ... ¿les vamos a permitir que osen atacar nuestro templo, sede donde descansan las almas de vuestros antepasados gloriosos?\"

Los gritos de más de un centenar de orcos surgieron al unísono.

\"NO\".

\"¿Vamos a permitir que unos extranjeros manchen las gestas de la Compañía de La Garra Negra de Nurn?\"

\"¡NO!\"

\"Pues entonces cuando salgan de allí esas tropas quiero que les matéis y que desgarréis sus carnes, machaquéis sus cabezas y ¡destrocéis su orgullo!\"

Los orcos golpeaban sus escudos con sus armas de mano a modo de tambores. El ejército enemigo sabía sin duda que ya les estaban esperando.

Arattalion se reunió con Ilesse que intentaba alentar a los humanos.

Los orcos vivían en la oscuridad de las grutas y el frío no era tan problema, pero para aquellos humanos acostumbrados a vivir en una ciudad rodeada por un río de lava el frío resultaba muy intenso.

Arattalion se pronunció:

\"Será mejor que os pongáis en movimiento u os helaréis antes del mediodía.\"

\"Señor\" contestaba un humano \"el frío se nos cala en los huesos. Cogemos las espadas pero titiritamos de frío, resbalan y se caen. ¿Cómo luchar así?\"

Ilesse estalló en un arrebato de furia.

\"¡Pues lucháis con los dientes! ¿Dónde se ha visto que un orco tenga menos miedo que un humano?\"

Dicho esto Ilesse se quitó el manto de pieles bancas, se arremangó la camisa negra y desenfundó sus dos dagas.

\"Yo lucharé por Nurn. Yo lucharé para salvar mi casa de esos indeseables y jamás podrán decir que luché como una mujer, puesto que los hombres estaban sentados temblando de frío mientras los enemigos pronunciaban mi nombre con miedo. Si vosotros decís ser mis soldados ... ¡RENIEGO DE VOSOTROS!\"

Ilesse se adelantó hacia el campo de batalla y Arattalion siguiéndole y lejos del alcance de los oídos humanos le preguntó.

\"¿Pero cómo puede ser que no tiembles?\"

\"Shhht, no se lo digas a los humanos ... pero provengo del Forodwaith, el Norte Helado.\"

En ese instante las primeras tropas del enemigo despuntaban por el bosque cuando la risa de Arattalion, provocada por la cómica situación de los soldados de Ilesse, estallaba limpia y con la ayuda del eco de la montaña.

Arattalion empuñó su espada y con una sonrisa en la cara que pareció más macabra por la situación miró a los orcos.

\"Orcos ... ¡a la carga!\"

Durante más de diez meses los generales de Nurn de la cuarta compañía habían optado por enseñar a los orcos tácticas militares ordenadas a fin de mejorar al eficiencia de sus soldados. Los haradrim y sus escuadras bien montadas siempre habían sido un enemigo fuerte así como las tropas numenoreanas de avanzadillas.

Curiosamente en las últimas semanas se habían dado cuenta de su gran error.

La avalancha de las huestes orcas, ese confluir de enemigos de un modo caótico, sin sentido. La corriente de incontables armas, mordiscos, agarrones y empujones que provienen de todos los sitios a la vez. El miedo de estar rodeado por todas partes. Eso hacían los tragos cuando atacan en hordas.

Sí, el ejército ordenado tendría sus mejoras pero al fin y al cabo eran criaturas caóticas y cada uno es mejor en su propio ambiente.

Como ahora también era Ilesse más mortífera. Sus ropas adaptadas a las duras ventiscas del Forodwaith le protegían del viento helado. Su habitual estancia en la nieve y el hielo le venían en esta pelea como anillo al dedo.

La marea de Nurn y las primeras tropas de los enemigos se encontraban en el linde del bosque. Aparentemente elfos y humanos osaban atacar en aquellas sagradas tierras.

El conflicto comenzó con una devastadora bienvenida y no precisamente una cariñosa recepción. La fuerza de la marea orca arrasó a muchos en un primer golpe, pero esa misma fuerza llevó a muchos orcos a ser pisoteados y masacrados por los elfos. Una vez tomadas las posiciones realmente ahora empezaba la guerra.

El potencial bélico de Nurn en esta batalla se basaba en el número de soldados pero el atacante esta vez tenía unas tropas más poderosas: humanos, elfos ... y ents.

\"¡Arattalion!\" chilló Ilesse para atraer su atención. Ambos se reunieron en la retaguardia, cosa que le costó bastante a Ilesse que había cargado en primera línea.

\"¿Qué sucede?\"

\"Poseen ents, ¡diez! No podemos esperar que los orcos les combatan y toda la responsabilidad no puede caer en los hombros de los elfos ¡tenemos tantos elfos como elos ents!\"

\"Eso no juega a nuestro favor. Malditos humanos ¡y malditos trolls! Iré yo con los elfos. Mi poderosa espada les podrá herir mejor que tus dagas. Iremos uno a uno aunque eso nos costarán bastantes bajas pero es lo mejor que podemos hacer.\"

Arattalion se marchó rápido montado en su pantera. Esta vez Ilesse estaba al cargo de los orcos.

\'Si al menos Aldamorna, la Ent-mujer, estuviese en el campo de batalla las cosas cambiarían pero esos estúpidos trolls necesitan niñera\' pensó.

Echó la vista atrás y vió a los humanos quietos. Intentando aguantar el frío que arreciaba. Las tropas venían del Bosque del Susurro sin más vestidos que las ropas militares, no iban ataviados con ropajes de invierno.

\'Si quieren calentarse se tendrán que mover ... y si no se quieren mover ¡les obligaré a que lo hagan!\'

Ilesse organizó con los orcos de la retaguardia dos filas paralelas con las que improvisó un pasillo muy ancho. Los enemigos con la esperanza de poder moverse mejor y estar más resguardados del viento se adentraron en el pasillo cosa que potencialmente les daba ventaja pero el pasillo acababa en los humanos. No muy cerca de ellos, a unos doscientos pies, pero distancia suficiente para que el enemigo pique el anzuelo e intente hacer la mayor cantidad de bajas posibles.

Los huamnos tendrían que reaccionar o morir. En cualquier caso Nurn saldría ganando. No se podían permitir signos de flaqueza en la cuarta compañía.

Mientras un ent enemigo ya había caído a costa de dos elfos y algunas magulladuras en el cuerpo de Arattalion, Ilesse comenzaba su expedición hacia el enemigo.

Sus ropajes especializados le permitían unos movimientos rápidos. En sí no demasiado rápidos, pero las pieles que llebavan los invasores no les dejaban mucha destreza en sus golpes.

Una patada a una planta con rocío en sus hojas provocaba una salpicadura lo bastante engorrosa como para sorprender al enemigo y que bajara la guardia ... eso significaba su fin bajo el filo de las dagas de Ilesse.

Se acercaba a los enemigos en contra del viento para evitar ser oída y golpeaba con certeros golpes en la espalda. Realmente no hacía mcuha falta pues el ruido del acero chocando y el viento entre las ramas no dejaba mucho margen a los combatientes, pero así era ella.

\"¡Otro Ent!\" se escuchó en lengua orca.

Ilesse movida por la curiosidad se acercó a la zona comadada por Arattalion y aunque los ents iban cayendo les estaban costando demasiadas vidas.

Algunos orcos intentaron ayudar a los elfos a derribar aquellos inamovibles árboles andantes, pero el rpecio a pagar estaba siendo demasiado alto.

Sin conversar con Arattalion comenzó a anunciar la retirada.

Las tropas del enemigo habían mermado y estaban suficientemente cansados como para trepar la montaña y saquear el Templo.

Algunos elfos enemigos empuñaron el arco y mataron bastantes Nurnitas pero el cometido de la batalla había llegado a su fin satisfactoriamente.

Quizás por la noche, con los seis trolls a punto, podrían retomar la batalla y acabar la carnicería. Quizás el enemigo volvería a sus lejanas tierras del Sur en busca de provisiones o refuerzos.

Arattalion llegó bastante herido al campamento improvisado. Los dos generales se reunieron para comentar la batalla. Habían logrado el objetivo pero era necesario un refuerzo desde la capital.

Un cuervo sería enviado a Narmelost por la noche para hacer llegar la petición.

Otra victoria para la compañia cuatro ... otra victoria para la Garra Negra.

Escrito el 06-01-2006 20:13 #4

Cuarta Batalla

Abrí los ojos sobresaltada, con un grito ahogado. Las cortinas que tapaban la entrada a mi tienda se agitaban frenéticamente contra el viento huracanado que soplaba esta noche. El incesante replicar de la lluvia me había despertado de mi sueño y me percaté de que mis sábanas se hallaban empapadas. Todavía, temblando de la impresión, aflojé la mano con la que empuñaba mi daga; había clavado mis uñas en la piel a causa de la fuerza con la que la apretaba.

Miré a mi alrededor, cautelosa, buscando la causa de mi inquietud. En una de los extremos de la tienda estaba una humana, esbelta y no demasiado alta, de ojos claros hundidos en el rostro. Aún pese a la oscuridad del lugar, noté como su rostro pálido y orgulloso me observaba hoscamente.

- ¿Quieres algo..? – dije incorporándome ligeramente. No me gustó aquella mujer desde el momento en que Shulak, Rey de nuestro Clan, la asignó capitana de la compañía. A simple vista, parecía una humana normal y corriente; no poseía un físico muy propicio para la lucha, ni tampoco unos brazos fuertes. Sus maneras y modales eran hoscos y no era muy propensa al habla: observaba a todas las personas como si fueran seres inferiores...incluida a mi. Supongo que eso era lo que más hería mi orgullo y, pese a todo, debía responder ante ella como su subordinada. Tampoco estaba segura de que Ilesse resultara del agrado de Seron.

- Sí, Aranel...la tormenta ha arrancado varias tiendas. Ocúpate de arreglarlo. Y... nuestros espías han atisbado miembros de la Alianza de Eithel-Glîn. En breves horas, al amanecer, iniciaremos la ofensiva. Así que prepárate; avisa a Seron y encargaos de planear la estrategia a seguir.

- Pero - comencé, dispuesta a contrariarla- ..esta tormenta puede dificultar mucho las cosas. ¿No sería mejor esperar a que amainara...?

Cuando volví a mirar al frente, ella ya había desaparecida. Asombrada por su rapidez y su carácter imperativo, lancé un cojín, rabiosa, contra una de las paredes.

Salí de la tienda con un ánimo funesto; algunos soldados, ya en pie y ataviándose para la batalla, miraron con cierto temor mi rostro violento; odiaba que me menospreciaran y me infravaloraran, odiaba que me observaran con recelo, odiaba que me impartieran órdenes...pero lo que más odiaba de todo, era tener que cumplirlas. Por aquel entonces, yo era una Señora Noldo bajo el mandato de una vulgar humana.

Me reuní con los miembros de mi compañía y nos dispusimos para la batalla. Me cubrí con una sencilla túnica negra, recogí las flechas en el carcaj después de bañarlas en un dulce veneno y ensillé mi caballo. Después de eso partimos, la mayor parte del ejército a pie para evitar ser descubiertos por los vigías enemigos.

Sin lugar a dudas, pensé mientras caminaba, no eran esas las condiciones más propicias para librar una batalla. A nuestra derecha se alzaban las laderas de las Ered Skalnâ y el suelo que pisábamos se había convertido en un inmenso barrizal resbaladizo. Confiábamos ciegamente que el alboroto de la tempestad y el viento huracanado que soplaba del norte ayudara a ocultarnos. El cielo, pese a estar amaneciendo, seguía oscuro y gris, sin ningún atisbo de luz.

Cuando habíamos avanzado durante media hora hacia el lugar donde se encontraba la hueste enemiga y los caballos comenzaban a mostrar los primeros signos de fatiga, mis ojos vieron una neblina gris al frente que se iba aclarando a medida que pasaba el tiempo. Me di cuenta de que la suerte no nos favorecería por el momento; la Alianza de Eithel-Glîn nos esperaba prestos para la batalla. Comprendía la dificultad que entrañaba aquella escaramuza. Si no obteníamos la victoria, seguramente el enemigo avanzaría hacia Ainamar sin encontrar ninguna resistencia y saquearía la ciudad.

Ilesse ordenó que cesara el avance y que los soldados tomaran posiciones. A la vanguardia se apostaron los arqueros montados en caballos: todos ellos eran jinetes expertos y habían sido entrenados por mi misma con dianas humanas. Me sentía orgullosa de mi propio logro y de comandar aquella fracción del ejército. Monté en mi propio caballo y tensé una flecha en el arco, fabricado a partir de madera de tejo negro, mientras me mantenía a pie gracias a la fuerza ejercida por mis piernas en los flancos del caballo. Todos los arqueros me imitaron y se prepararon para el ataque. Lucíamos túnicas oscuras bordadas en hilo plateado y con el emblema de los Señores de Nurn, en rojo fuego y negro azabache, grabado en el hombro derecho.

A nuestras espaldas se hallaban la caballería y los espadachines de nuestro clan, guiados por Ilesse y Seron Lumnelda. La primera, dirigía el cuerpo montado a caballo. Todos ellos iban ataviados con las mismas insignias que los arqueros, a excepción de que el emblema de Nurn estaba grabado sobre el pecho. Aparte, lucían altos yelmos y una armadura pesada de un color tan negro como las plumas de los cuervos que presagian la muerte.

Seron Lumnelda, por su parte, capitaneaba la mayor hueste de orcos y impartía órdenes entre los trolls. Todos ellos estaban protegidos con gruesas piezas de cuero y metal, la mayoría de ellas deformadas y robadas de los cadáveres de sus víctimas, acabadas en punta e imitando formas grotescas.

A la orden de ambos capitanes, los ejércitos se lanzaron al ataque. Mandé a los arqueros soltar las flechas, pero comprobé horrorizada como las saetas eran desviadas de su objetivo a causa del viento huracanado.

- ¡Las espadas! ¡Desenvainad las espadas! –grité, pero mi voz quedó ahogada a causa del ruido del temporal. Sin embargo, no fue necesario repetirlo: los arqueros, todos ellos Elfos Oscuros dotados de una vista excelente, se habían dado cuenta de la in efectividad de sus arcos y desenvainaron las espadas que colgaban de su cintura, hojas ligeras y cortas. Mis subordinados estaban entrenados en la lucha cuerpo a cuerpo, como resulta lógico, pero sus armas no eran iguales que las que poseían los expertos espadachines, al igual que las finas túnicas que portaban. Temí durante un momento que se cometiera una masacre entre mis hombres.

Nos apartamos de la primera línea del frente, al igual que hicieron los arqueros del clan enemigo. A la vanguardia avanzaron los Trolls y los miembros de la Alianza de Eithel-Glîn retrocedieron, con la sombra del miedo grabada en sus rostros; no era de extrañar, aquellas bestias engendradas por el mal blandían mazas de púas con las que atacaban a todo aquel que se hallaba a menos de un metro. La hilera de púas prendían la carne de sus cuerpos, los cuáles eran lanzados varios metros hacia atrás.

Cuando la hueste enemiga se concentró en aplacar y derribar a los trolls, los jinetes espadachines, armados con poderosas espadas, avanzaron se lanzaron al ataque con el viento huracanado soplando contra sus rostros, raudos sobre el campo de batalla. Los soldados de la Alianza de Eithel-Glîn respondieron a la ofensiva, pese a que nuestro clan, para alegría mía, tomaba ventaja en la batalla. A la carnicería se unieron la compañía de orcos que, bajo las ordenes de Seron, corrieron implacables a cumplir su cometido: no dejar rastro de vida.

La lluvia seguía cayendo impertérrita sobre los cadáveres enemigos que comenzaban a amontonarse en el otro lado de la batalla. Debajo de ellos, manaban grandes flujos de sangre que teñían el barrizal de rojo oscuro. Mantuve a mi compañía apartada del campo de batalla hasta aquel momento, pues fue lo que juzgué correcto: mi infancia había transcurrido a la intemperie, criada entre lobos salvajes, por lo que estaba acostumbrada a pelear sin aquellas pesadas piezas de metal que considero tan molestas, valiéndome de armas rudimentarias y de la fuerza de mis brazos. Desafortunadamente, no pasaba lo mismo con mis arqueros y no pensaba llevarles a una muerte sin gloria mientras Nurn siguiera ventajoso en la batalla.

Fue entonces cuando le vi: Seron, antiguo capitán de mi compañía, había sido herido. Una estocada de un espadachín enemigo le había alcanzado y abierto la cabeza; su cuerpo, inconsciente, había caído al suelo.

Presa de una furia que hacia tiempo que no sentía correr por mis venas, espoleé mi caballo y me lancé a la batalla. Si ahora me preguntaran que me empujó a actuar de aquella manera, no sabría que responder. El resultado fue que los arqueros, creyéndose obligados a proteger a su Señora, corrieron en pos mía, con las espadas en alto y demostrando que, en la mayoría de ocasiones, el valor y la furia asesina sustituyen a la calidad de la armadura.

Corría montada sobre mi caballo con la mirada fija en el humano que había herido a Lumnelda, sin percatarme de lo que sucedía a mi alrededor. De repente, la intensidad de las ráfagas de viento aumentaron y fui lanzada de mi corcel cuando éste tropezó con una montonera de cadáveres. Me levanté asustada en medio del barro, desorientada y torpe; al intentar coger mi daga me percaté de que había sido lanzada a causa de la fuerza del impacto. Mientras tanteaba el terreno en busca de mi arma, oí un crujido de madera astillada a mi espalda y unos hombres gritaron con un terror capaz de estremecer al más valiente.

Giré la cabeza, justo para ver como uno de los abedules del terreno se derrumbaba doblegándose a la fuerte voluntad del viento y aplastando a su paso decenas de hombres agonizantes. La lluvia seguía cayendo sobre nuestras cabezas, entorpeciendo mi vista. Seguí buscando a mi alrededor, pero resbalé contra una de las rocas y caí de nuevo al suelo. La lluvia golpeaba implacable mi cabeza y, cuando quise incorporarme, oí un segundo crujido y, en el mismo momento que un relámpago atravesaba e iluminaba aquel cielo odioso, alcancé a ver una sombra verde pasando a mi lado.

Lo que sentí en los siguientes momentos supera cualquier sensación de sufrimiento o dolor que hubiera experimentado anteriormente. Mis piernas quedaron inmovilizadas bajo el peso del enorme abedul y reprimí un grito en mi garganta. Sentí como mi sangre cesaba de circular en la parte inferior de mis piernas y un hormigueo se apoderaba de ellas. Poco rato después intenté escapar de debajo el árbol, pero mis miembros no respondieron.

Presa de la desesperación, alcé la cabeza, mas lo que encontré me heló el corazón. El hombre que había golpeado a Seron alzó su espada que, en aquella espeluznante oscuridad, goteaba sangre oscura, sin brillo alguno. Me preparé para el golpe que me arrebataría la vida y mi único consuelo fue pensar que prefería la muerte a quedar inválida, postrada en una cama. Cerré los ojos y pensé en mi interior con toda la rabia contenida: ¡bastardo!

Abrí los ojos, extrañada porque la muerte se demorara tanto en llegar pero, ¿quién dijo que la muerte no hace esperar a sus víctimas? Delante mío vi como Ilesse, con la sangre fluyendo sobre su ojo derecho a causa de una herida, cercenaba la cabeza de quién iba a ser mi verdugo. El cuerpo se desmoronó sin vida sobre el barrizal y yo, sorprendida por el gesto de la humana y a sabiendas de que se merecía una palabra de agradecimiento, murmuré con la cabeza tan alta como me permitía la situación:

- Hantalë... I ninkwisse firima...

Ella se limitó a contemplarme en silencio. Sólo alcancé a ver como la victoria volvía a estar de nuestra parte cuando, asustados frente la acometida de los arqueros, la Alianza tocaba retirada; mas de pronto, el mundo se tornó nebuloso para mi y poco a poco, la cabeza comenzaba a darme vueltas y mis ojos se cerraban lentamente...

Con un grito ahogado, desperté de mi sueño. Tan sólo soñé con la batalla pasada, me dije. Mas algo me decía que el recuerdo de aquella batalla y el miedo a la invalidez no me abandonaría con facilidad; aquel horror lo reviviría cada noche.

Me incorporé y comprobé con satisfacción que había recuperado la movilidad de mis pies. Cogí la copa de vino que había sobre la mesa de las Casas de Curación y brindé por mi misma: ya tendría tiempo de saborear la dulce victoria.

[Editado por LordDark el 06-01-2006 20:15]

Escrito el 06-01-2006 20:17 #5

Quinta Batalla

Los primeros rayos mortecinos aparecieron en el este, más allá de los límites de las tierras desconocidas que ahora morábamos, bajo el velo de las nubes que cubría el horizonte. La guerra en Haldanori seguía activa y, a decir verdad, duraba demasiado y comenzaba a aburrirme. Bajo las órdenes del Rey de los Señores de Nurn, clan al que me uní por motivos demasiado lejanos para recordarlos, la compañía capitaneada por aquella humana llamada Ilesse, a la cual yo pertenecía, se trasladó a las tierras del Concilio de Nan-Tasarion.

Ella era una de las causas de mi actual malestar. El límite de mi paciencia se estaba agotando y sentía, ahora más que nunca, que necesitaba alejarme. El desprecio que adivinaba en sus hundidos ojos, cada vez que me observaba y el tono soberbio de su voz al impartir órdenes no dejaba lugar a dudas de que ella era la máxima mandataria de la compañía de Nurn. Después de arrebatarme un puesto que, desde mi lógica, me correspondía, contradijo toda aportación que hacía y restó valor a mis méritos realizados en batalla. Tal vez, si mi carácter fuera diferente, me habría alegrado la incorporación de la Eldar Lómine al clan; desde el primer momento que vi su cabellera oscura sospeché que era una hermana Noldo. Pero el hecho de que fuéramos dos elfas en la compañía no influyó en el comportamiento de la humana y seguía tratándonos como seres inútiles y débiles. Tal vez, me vengaré de Ilesse, aunque tenga que esperar a que la guerra termine para ver la llegada de ese día. Ahora las cosas eran muy difíciles y el último integrante incorporado, Arattalion, un maia de gran poder escuchaba también las órdenes de Ilesse. Inconcebible.

La orden recibida desde el consejo de Nurn fue clara: nuestra misión era viajar con los soldados pertenecientes a la compañía a tierras del Concilio y colaborar con el aliado en las defensas de su reino. Sin embargo, no me atraía la idea de batallar para ayudarles pues, la repugnancia que sentía por la mayoría de seres vivos se veía incrementada sobre los servidores del bien. Pese a esto, mi intuición me decía que una batalla debería librarse en breve; hacía días que los espías del Concilio de Nan-Tasarion habían avistado enemigos adentrándose en sus tierras.

Pocos días después de llegar a nuestro destino, observé como un mensajero ataviado con las insignias del Concilio de Nan-Tasarion entrega una misiva a Ilesse. Unos minutos más tarde, la humana reunió a los dirigentes de la Garra Negra: la elfa Lómine, el Maia Oscuro Arattalion y yo. Ilesse nos escrutó a todos hoscamente desde la silla en la cual estaba sentada; con movimientos lentos y despreocupados, abrió la carta sellada con el emblema del clan aliado y se la pasó al maia.

- En honor al pacto establecido entre la Orden de Telpe, el Concilio de Nan-Tasarion, Tercano Nuruva y los Señores de Nurn, solicitamos la ayuda de los últimos en la capital del Concilio, Süledaelessar, atacada por efectivos de Valle del Ingenio y cuyo asalto es capitaneado por Gaur y Aliena. Estimamos que el enemigo llegará mañana por la tarde, por lo tanto, ese es el plazo establecido para que la compañía de la Garra Negra se presente para defender nuestra capital.

Atentamente,

Hecil, Rey del Concilio de Nan-Tasarion.

Después de que Arattalion leyera la carta en voz alta y profunda, nos miramos unos a otros inquietados.

-¿Nada más? –exclamó Arattalion- ¿La carta no dice nada más? ¿Ni la cantidad de efectivos que se acercan a Süledaelessar, ni el tamaño del ejército..? ¿Nada?

- Al parecer no nos quieren dejar las cosas tan fáciles –contestó Ilesse al tiempo que Arattalion sonreía-. Sin embargo, tampoco es necesario. Contamos con un inmenso potencial de orcos y trolls, y no admitiré miedo o dudas frente a la batalla. Organizar a vuestros soldados, partiremos al atardecer.

- ¿Pretendes viajar de noche? – le pregunté, sorprendida de su temeridad.

- ¿Por qué no?

Miré a Ilesse pero no respondí; pocas veces había estado de acuerdo con ella y discutir una decisión suya era malgastar saliva. Me limité a observarla con rencor mientras salía de la tienda para dar la orden a los generales de la próxima partida.

Al día siguiente, después de un largo trayecto, llegamos a Süledaelessar al mediodía. Nos detuvimos cuando aún restaban un par de millas hasta llegar a la entrada de la ciudad. Una vasta extensión de campo se extendía ante nuestros ojos hasta más allá de nuestra vista; seguramente, aquel sería el lugar donde horas después se libraría una cruenta batalla.

A pesar de encontrarnos en el momento del día en que el astro gobernado por Arien incidía con más fuerza sobre nuestras cabezas, unas nubes grises tapaban el cielo en su totalidad. Mientras organizábamos nuestras tropas y planeábamos la estrategia a seguir, se desató un fuerte viento de poniente que dificultaba nuestras tareas.

Lómine se encargó de enviar unos espías pertenecientes al pueblo de los Primeros Nacidos para averiguar la proximidad de las tropas de Valle del Ingenio y el potencial de su ejército. Mientras permanecíamos a la espera de su regreso, Ilesse se encargó de organizar la formación a seguir.

A la vanguardia del cuerpo principal abrirían el ataque una unidad de ciencueta trolls. Todos ellos portaban armaduras pesadas, de color azabache, y en cada mano sujetaban una maza de hierro, cubierta de puntas desgastadas en anteriores batallas.

Detrás de ellos, cabalgarían los arqueros elfos y, posteriormente, los espadachines Edain. La misión de los arqueros, dirigidos y entrenados por mi, sería lanzar una lluvia de flechas que sobrevolando las cabezas de los trolls alcanzarían al ejército de Valle del Ingenio; la idea era que éstos, al verse sorprendidos por el ataque de la arquería y los golpes de los trolls se vieran divididos. Entonces los arqueros Eldar desenvainarían sus espadas y avanzarían junto la caballería de los Señores de Nurn que se unirían al combate cuerpo a cuerpo. La facción del ejército compuesta por Elfos irían ataviados con una túnica sobre una cota de malla ligera; en sus espaldas cargarían con los carcajs repletos de flechas envenenadas, elaboradas con madera de tejo y con insignias plateadas. La segunda facción del ejército, los espadachines, irían ataviados con una armadura ligera de tonalidad oscura.

Cerrando la formación, estarían Arattalion, Lómine e Ilesse comandando la compañía de orcos, los cuales portarían armaduras pesadas, de tosco aspecto.

Esperamos durante largas horas el regreso de los espías; la tarde fue cayendo y la ventisca aumento hasta el punto de dificultar la visibilidad. Fue entonces cuando comenzamos a inquietarnos por los acontecimientos y Lómine descabalgó de su montura. Estirándose en el suelo, apoyó la oreja contra el suelo y cerró los ojos. Durante unos minutos permaneció así y yo afiné la vista cuando me pareció ver una borrosa mancha que avanzaba hacia Süledaelessar y el sonido de unos cuernos.

Lómine finalmente se levantó y escrutó el horizonte. Nos dirigimos una mirada y tomamos aire: las dos habíamos advertido la llegada del Valle del Ingenio. Qué fue de los desafortunados espías enviados, nada se sabe hoy en día. Con un gesto, indicamos a Ilesse y Arattalion la llegada del enemigo pues, en medio de aquel viento, las palabras de poco servían.

Al cabo de unos minutos, las tropas de mi clan, los Señores de Nurn, hicieron sonar sus cuernos. Los trolls avanzaron, tal y como estaba previsto, iniciando el ataque. Las primeras filas del Valle del Ingenio retrocedieron, asustadas por la brutalidad de las bestias. Al mismo tiempo que impartían golpes con sus mazas, la lluvia de saetas cayó sobre el enemigo. Los enanos del Valle alzaron sus escudos, protegiéndose de las flechas, y atacaron con sus hachas a los trolls. Poco a poco, derribaron algunas de las bestias; ordené a mi formación de arqueros que desenvainara sus espadas y, junto con los espadachines, lanzamos el ataque. Detrás de nosotros corrían los orcos, con Ilesse en primera fila y Lómine y Arattalion que quedaron relegados en la retaguardia.

Las balanzas se equilibraron y, pese a nuestros esfuerzos, ninguno de los dos ejércitos era capaz de tomar una clara ventaja en la batalla. Lómine y Arattalion resultaron heridos por las estocadas de los espadachines del Valle, a la altura de los hombros. Descabalgaron y, empuñando la espada con la mano izquierda, se defendieron de la furia enemiga.

Fue entonces cuando uno de los enanos alcanzó con su hacha el muslo izquierdo de Ilesse. La humana se tambaleó sin llegar a caer al suelo. El enano reflejó una mirada de terror y retrocedió. Un troll había sido derribado justo delante de ellos, a espaldas de la humana. Cuando Ilesse lo vió ya era demasiado tarde. Su pierna como enclavada en el suelo no se inmutó y el cuerpo de aquel gigante se cernió sobre ella.

A pesar de la mala suerte corrida por los miembros de la compañía de la Garra Negra, nuestro ejército comenzó a tomar una ligera ventaja en lo que se estaba convirtiendo en una sangrienta batalla. Dos trolls levantaron al caído mientras unos orcos, enviados por Lómine, rescataron el cuerpo inconsciente de Ilesse. Frente a un nuevo ataque de los trolls, el Valle del Ingenio retrocedió; entonces Arattalion, asumiendo el mando, mandó retirada. Nuestra compañía comenzó a alejarse del campo de batalla de la misma manera que hicieron Valle del Ingenio, los cuales habían sufrido numerosas bajas entre sus filas.

El silbido de una saeta contra el viento llegó a mis oídos y, justo cuando giraba la cabeza, se clavó debajo de mi clavícula, cerca del pecho. Enseguida sentí el ardiente veneno penetrando en mi carne y mezclándose con mi sangre. Arranqué la flecha, pero mi vista comenzó a enturbiarse. Incapaz de mantener el equilibrio encima del corcel, caí al suelo. Lo último que puedo recordar de aquella batalla, antes de que mis párpados se cerraran, son unas suaves manos élficas, probablemente un subordinado arquero, alzándome del suelo y cargando con mi peso para sacarme del campo de batalla.

Süledaelessar.

Escrito el 12-01-2006 16:03 #6

Tras la retirada de la batalla en Süledaelessar contra los ejércitos de Valle, los heridos eran muchos. Entre ellos se encontraban los Capitanes de La Garra Negra, aunque las heridas recibidas por Lómine y la Garra de la Oscuridad no eran de mucha importancia, las de Aranel e Ilesse tenían una pinta muy desagradable. Las dos seguían inconscientes con fiebre alta y hablando cosas extrañas en sueños.

Un elfo de Süledaelessar, versado en artes curativas, vino con un grupo de mujeres y elfas para cuidar de los heridos, acompañado por dos centinelas de guardia de la compañía hacia la cabaña realizadas para los heridos. Un grupo de orcos miraban con desprecio al elfo pero no podían hacer nada al respecto, pues la ira de la Garra de la Oscuridad seria tremenda, los empalaría de extremo a extremo y los pondría a la vista del campamento para que vieran lo que son desatacar órdenes de los superiores.

En la entrada de la cabaña se encontraban Lómine y Arattalion dando órdenes a los sargentos y tenientes de las infanterías para que realizaran las tareas encomendadas. Lómine se dio cuenta de la llegada del grupo de mujeres y elfas comandados por elfo con el emblema de la ciudad de Süledaelessar y los dos centinelas, ella se volvió llamando la atención al Maia con la llegada de ayuda. Al llegar hasta ellos los centinelas se pararon, se echaron a un lado y se pusieron firme hasta recibir órdenes, mientras el elfo se acercaba hacia los Capitanes primero haciendo una reverencia.

Se quedaron mirándose a los ojos los dos Señores de Nurn y el elfo mirando haber que tenían cada uno en la mente, pero el elfo viendo esos dos grandes poderes que tenían retiró la mirada y……

Escrito el 17-01-2006 11:52 #7

...el elfo rompió esa batalla que no podía superar con su dulce voz, como le es propio a los de su raza:

- Saludos y alabanzas os traemos Señores de Nurn, ademas de un pergamino escrito por el propio Hecil, Rey del Concilio de Nan-Tasarion. Os trae señoras dóciles en la virtud de cuidar y sanar a los que han resultado heridos en la batalla, además de ofrecerme yo voluntario para cuidar a los Señores heridos en dicha batalla, por haber defendido tan bien nuestra querida ciudad Süledaelessar -le entrego el pergamino a Lómine pues ya no se atrevía mirar a ese Maia de tanto poder.

Lómine leyó detenidamente el pergamino, con voz para que Arattalion y el elfo escuchan las palabras escritas por Hecil, dando abalanzas a Nurn por su poderoso ejército y por la haber tenido cerca de su ciudad la compañía mas sonada de las tierras de las Haldarini. Una sonrisa irónica rompió el silencio de la Garra de la Oscuridad:

- Bien, bien, bien, pues si es así no perdáis el tiempo, pues esos Señores son de gran importancia en esta compañía, y no repararía en matarte si los pierdo por esta batalla. Entremos dentro de la tienda para verlos, pero antes he de advertirte que, Lómine aquí presente, les ha administrado de unas pocas raciones de Tarrabeth para evitar que saliera ese rió de sangre que salían de esos tremendos desgarros, que han sufrido en su carne. – Luego dirigiéndose a Lómine, le indicó amablemente la orden de dirigir a las mujeres hacia las otras tiendas de heridos.

Entraron en la tienda y se encontraban dos camachos preparados con soportes a los lados de la cama, con agua caliente y trapos limpios. A la derecha se encontraba la Edain Ilesse y a la izquierda elfa Aranel Elvanwa. El poderoso señor oscuro le comunicó al elfo que la Edain habia recibido un hachazo de gran envergadura en el muslo de la pierna izquierda, pero eso no era lo que mas le preocupaba, sino la caida sobre su cuerpo de un troll que habia sido derribado muy cerca de su posicion. Aranel habia corrido menos suerte, una flecha le traspaso desde la espalda hacia adentro, saliendo la punta de dicha saeta por el pecho. El elfo las observó a las dos, puso una mueca de mala pinta y dijo que debia ir a la ciudad a por plantas y brebajes de su Sala de Curación en Süledaelessar.

Arattalion escribio una lista de plantas y se lo dio a una de las elfas para que se los trajera de la ciudad. Una vez traido el recado, entró en la tienda, se encontró a la Edain despierta y tuvieron una conversación.

(PD: Para ver la conversacion realizada por Ilesse y Arattalion ir a este enlace:

http://v4.elanillounico.com/modules.php?name=Clanes&file=Historias/leer&historia=431&numpart=2

Copiadlo y pegadlo en la barra de direcciones para los mas inespertos xD xD)

[Editado por LordDark el 18-01-2006 19:49]

Escrito el 22-01-2006 20:53 #8

El Maia Renegado salió de la tienda pensando en la vida del la joven Edain, la esperanza de que ella volviese a caminar permanecía en la duda, sin embargo pensó en las batallas que había luchado junto a ella. Recordó la primera batalla, en la primera ofensiva ella se arriesgo a dirigir la tercera división hacia un grupo de caballeros hábiles que casi diezman a la el tercer escuadrón de la cuarta división. Pero tras esa reprimenda bien atajada por su valor, le corrió factura y un certero espadachín casi le arrebata el brazo de no ser por que le entro oblicuamente. Su recuperación fue dolorosa pero lo superó de buenas maneras. En su segunda batalla ella misma se enfrentó a un Mal de Belegurth, un Urulóki. Su habilidad era increíble, moviéndose con una rapidez similar a la de los elfos, pero su suerte otra vez le pasó una mala jugada cuando el Gran Gusano le arremetió duramente con la cola, con suerte de haber sido parada por un árbol en el desplazamiento hacia un pedrusco de gran tamaño. En ese momento se dio cuenta de que su recuperación sería fructuosa y saldría de esta.

Fue a su pabellón a descansar un rato, se sentó en su gran sitial y pidió que le trajeran vino y que le sirvieran la comida, unas magnificas frutas y carnes mandadas por Hecil en gratitud a la batalla. Una vez terminado el banquete cogió su pipa y se puso a fumar, pensando en sus tretas que tenía enlazadas por todo Nurn. Se acordó de algo que tenia entre manos antes de entrar en batalla, pero una vez concluida ésta no había tenido tiempo para volver a retomarla. Ahora era el momento, antes de que el elfo viniera a tratar las curas de las Señoras heridas. Hizo llamar a Lómine al pabellón y se puso a hablar con ella.

\"Si quereis saber que hablaron Arattalio y Lómine en su tienda Debeis de leer la historia de este enlace:

http://v4.elanillounico.com/modules.php?name=Clanes&file=Historias/leer&historia=442&numpart=2

ta luego\"

[Editado por LordDark el 01-02-2006 21:17]

Escrito el 01-02-2006 21:19 #9

La recogida del campamento varios dias despues de la batalla era inevitable, pues marcharian hacia las tierras de Alianza. Aranel se encontraba totalmente recuperada pero a Ilesse le costaba caminar. La raza de los edain era fuerte pero necesitaba más recuperación que la de los iluminados de los eldar.

Lómine miraba con furia y rabia a Ilesse, tenia muchas ganas de poder coger su blanco cuello y retorcerlo hasta que no le quedara una gota de blancura en él, avivando el color azulino que nace a partir de la presión ejercida en dicha zona. Miró hacia otro lado y cambio los pensamientos.

Mientras que las tres mujeres de la Garra Negra se mostraban activas, el Maia Oscuro estaba ausente, preocupado por algo que ocurria, algo que ocupaba su cabeza, no daba órdenes a los escuadrones de la compañía, ni dirigia la recogida del campamento ni nada por el estilo. El campamento estaba levantado y todo estaba dispuesto para la partida hacia el sur. Aranel se adelantó hacia el sitio donde se encotraba Arattalion.

- El campamento y los soldados estan listos para la partida hacia el sur, pero veo algo que me inquieta en ti, no has dado ninguna orden, no has hablado ni te visto activo, es como si el gran Señor de la Guerra no existiera.

- Lo sé.

- ¿qué te preocupa? ¿por qué ese silencio?

- Hay tantas cosas que pensar en esta guerra que hasta el mas poderoso necesita reposo, meditación y tiempo y eso es algo de lo que no disponemos. El viento ha cambiado y a traido malas nuevas, no iremos al sur sino a casa, de vuelta hacia nuestras tierras, algo me dice que las cosas no van muy bien por allí. Reune a Lómine e Ilesse, partiremos de inmediato hacia Orod Eresseä, alli montaremos el campamento pero creo que no nos demoraremos mucho.

- Orod Eresseä esta a dos dias de camino de aquí. Con una compañia tan grande como esta, hoy no llegaremos.

- Llegaremos, y más le vale a la compañia hacer el esfuerzo o verán el verdadero poder que puedo llegar a desatar.- dijo Arattalion yendo hacia la cuadra donde se encontraban las monturas de los Señores de la compañía y su querida pantera, la mónto y fue a ver los ultimos preparativos para la marcha.

El sol habia salido y se encontraban de camino hacia Orod Eresseä, llevaban ya mas de 5 horas de marcha y no habian parado. Un grupo de hombres se quejaban, pero los latigos de los superiores hacian mella, los orcos gruñian por el sol, todo parecia como si nunca sus superiores les hubieran instruido para la guerra, pero era normal hacia tres dias que habian tenido una cruenta batalla, habian estado curando las heridas pero no estaban en condiciones para un viaje tan largo y además tan precipitado. El Señor de la Guerra lo sabia, pero no tenia otro remedio, tenian que seguir. Lómine hablaba con Aranel en la cabeza de la compañía, sin embargo Ilesse iba detrás. Arattalion se atrasó hasta su posición, se retrasaron un poco y comenzaron a hablar.

- Por que has cambiado los planes que nos mandaron Arattalion, ahora en vez de ir hacia el norte tendriamos que estar camino al sur, hacia Taurënuva a destruir alguna de sus ciudades, a saquea....

- No pongas en duda mis decisiones Ilesse, hay una fuerza que esta en los mares que se dirige al norte, y en el norte está lo que hemos construido, nuestras tierras, y si no llegamos a tiempo la Ciudad de Fuego se convertirá en fuego puro y ni siquiera podrian salvarse los Ojos Nocturnos. Eso no hay que permitirlo, tu mejor que nadie debes de saberlo. Si quieres saber lo que pienso, por que no piensas un poco en las tierras insulares y en el gran poderio que esta teniendo, pero creo que poco te importa, siempre estas pensando en ti misma y en que puedes hacer para divertirte. Suerte tienes de tener el don de los edain que se va a donde Eru solo sabe.

- En parte tienes razón, pero sabes que sin mi estas algo perdido Hechicero.

- ¿Perdido? bueno solo me falta que una humana me dijera esto, aunque siempre me ha gustado tu estilo. Fria, calculadora y una gran asesina, sigilosa en sus movimientos, mas veloz que un hobbit en el arte de la desaparición, pero sabes que no siempre será así. En cambio yo mientras que no muera en una batalla o me maten fuerzas superiores, viviré hasta el dia del juicio final.

- Bueno, no seas así mi querido Maia. Asi que Valle puede que ataque nuestras tierras, bueno mas sangre me divertira un rato, tambien me enterare de todas las nuevas de Narmelost. ¿Iremos allí no?.

- No lo se Ilesse, no lo se, mañana lo sabremos. Sigamos adelante. Nos estamos retrasando.

La compañía se detuvo al mediodia fuera de los lindes de Taurë Nan-Tasariona, Orod Eresseä se encontraba alto y deslumbrante a lo lejos, los orcos cogieron y se agazaparon debajo de los arboles escondiendose de el navio de Arien, que surcaba los cielos alumbrando arda, o como ellos los orcos la comenzaron a llamar, la cara amarilla. Descansaron mas de una hora, comieron, se sentaron un rato hasta que los Comandantes de la Garra Negra comenzaron a dar gritos a los zanganos para partir. Arattalion dijo que llegarian dos horas despues del atardecer a la montaña y que alli montarian el campamento hasta la mañana siguiente que seria un nuevo dia.

[Editado por LordDark el 01-02-2006 21:25]

Escrito el 02-02-2006 21:22 #10

La nieve reinaba por toda la llanura de Lad Echor y el Río Rendir se encontraba helado en su juventud. Los glaciares de la zona eran algo fuera de lo normal, pues el frió invierno que reinaba en la tierras de las Haldánori era enloquecedor. Los vientos helados que surgían del norte de dichas tierras azotaban la zona y la nieve venia con él como si Yavanna llorara por las muertes que se producían entre los clanes de las Haldanóri, y Manwe convierta con sus vientos sus lágrimas en nieve. Eso era lo que tenía que sufrir La Garra Negra.

Arattalion era quien dirigía la compañía en este momento, Ilesse se había opuesto en un principio pero el Maia le hizo recapacitar, si no tenían noticias mañana al mediodía entonces retomaría el mando, pero eso no era lo que esperaba el Maia. La compañía se puso en el lado oeste de la colina por que era un sitio estratégico, desde allí podían controlar el norte, sur y oeste, el este poco le importaba pues no les cogería desprevenidos, además de estar respaldado por el río. El viento azotaba fuerte por esa zona, pero justo por esa parte tenia una ranura que les quitaba del helado frío que arrastraba los soplidos de Manwe. Acamparon en esa zona, la noche se encontraba en su juventud y la nieve había parado. Las tiendas y los pabellones de los Héroes de la Garra Negra se montaron rápido, Lómine mandó a sus elfos para que vigilaran desde lo alto de la colina lo que ocurría en la zona y si se acercaba alguna compañía, Amiga o Enemiga.

Las guardias estaban preparadas y todo estaba listo para la cena de los soldados. Habían venido previstos por la gentilidad del Rey Hecil de Nan Tasarion de víveres para el regreso a casa. Los orcos disfrutaban a su manera, armando escándalo pero fue cortado rápido por los señores y por los apabullamientos de los hombres que estaban cansados de la travesía cubierta en un solo día.

Arattalion se hallaba en su pabellón cenando con Lómine, pues el Hechicero la había mandado llamar para hablar de un asunto que tenia pendiente con ella.

- ¿Te acuerdas cuando tuve que partir a las tierras de Alianza después de la batalla de Aran Fortín?

- Si mi señor.

- Allí descubrí algo y quisiera que me lo explicaras detalladamente.

- No se de que me esta hablando Arattalion.

- Han ahora resulta que no pasa nada no, entonces que me dices del muchacho curandero con pelo rubio ¿te suena de algo?

- A mi, si me suena de que es el aprendiz a curandero de la segunda compañía.

- Era, habla en pasado, y el curandero de Tossub también. – Los ojos de Lómine parecieron cambiar sus pensamientos y sabia que todo lo había descubierto el Hechicero.- No me vas ha hablar ahora.

Lómine agacho la cabeza pero no dijo nada.- ¿Cuando mande yo esa orden, Lómine cuando? Explícamelo ¿Que es lo que te ocurre, Lómine? ¿Quieres la destrucción de Nurn? – Lómine se quedo callada, era mejor no tomar partida ahora se sus actos pero al fin habló.

-Es mejor dejar el tema por ahora Arattalion, los soldados están aquí alrededor y hay muchos oídos por aquí.- se refería a Ilesse que se encontraba a dos pabellones del pabellón del Maia.

- Si, si, será mejor así pero creo que necesito una explicación y me la darás tarde o temprano, me has entendido, ahora si quieres te puedes marchar, pero no comentes esto a nadie, me entiendes, a nadie.- Los ojos del Maia estaban echando fuego por la mirada.

El Maia se sentó en su sillón y se puso a fumar una pipa. Se sumergió en sus pensamientos.

La gran explanada se extendía varias millas hacia el horizonte, solo una pequeña colina sobresalía en aquel enorme llano cubierto de nieve, y sobre la colina dos figuras delgadas dibujaban su oscura silueta sobre el blanco paisaje. Lómine Anamoriel y Aranel Élvanwa, permanecían de pié, inmutables, con los ojos fijos en la inmensa lejanía, atentas ante cualquier inesperado movimiento; con sus estilizadas formas, la belleza de sus rostros, los cabellos recogidos en largas trenzas y su piel pálida y perfecta se asemejaban a majestuosas e imponentes estatuas talladas en el más puro mármol.

-Alguien se acerca –murmuró Lómine a su compañera –un jinete sin montura. La Llama Roja se distingue sobre su pecho. Malas nuevas trae con él, puedo verlo en su rostro. Di a los demás Señores que esperen mi llegada y la del mensajero, reunidos en el pabellón de Arattalion.

La elfa asintió con la cabeza y se dirigió presurosa, con la gracia y agilidad que solo su pueblo posee, hacia el grupo de toldos que componían el campamento nurnita.

El macilento crepúsculo de invierno cedía su lugar a la negrura de la noche cuando Lómine descorrió las pesadas telas que cubrían el umbral de la enorme tienda. El temeroso soldado entró tras ella. Una serie de pequeñas antorchas iluminaban el recinto adornado por elaborados tapices bordados con la solemne Llama Roja, a la vez que el suelo se hallaba cubierto por gruesas pieles de diversos animales; un magnífico sitial ubicado en uno de los extremos era ocupado por el Maia Oscuro, mientras que Aranel y la Edain Ilesse permanecían de pié a su lado, esta última entretenida atormentando a un pequeño conejo de pelaje castaño que sostenía entre sus manos.

-Una colosal flota del Valle del Ingenio ha arribado al puerto de Turelondë cargada con una cantidad considerable de soldados fuertemente armados. –Pronunció la Noldo sin perder su aplomo –La ciudad no ha sido atacada pero los informantes dan cuenta de las verdaderas intenciones del ejército extranjero: Elboron Meloronuillion y Volomir el Maia buscan saquear Narmelost.

Las miradas de los Señores nurnitas se cruzaron y un destello de maldad y furia pudo verse en sus ojos, más ningún sonido delató la tensión del momento; el soldado permanecía un par de pasos atrás de la elfa.

-Narmelost no ha sido ni será saqueada mientras la Garra Negra cabalgue sobre el suelo de las Haldanóri –dictó Arattalion con profunda voz. –La orden de partida será transmitida inmediatamente, marcharemos hacia la Ciudad del Poder de Fuego antes que despunte el día. Defenderemos la capital así dejemos nuestra vida en ello.

-Valle no pondrá pié en nuestra capital –Interrumpió Ilesse, luego dirigiéndose al azorado recluta –prepara tus armas y disponte a la batalla, si sobrevives Nurn sabrá recompensarte.

- Has visto Ilesse no estaba confundido, sabia que algo pasaba, si van a Narmelost tendré que dirigir yo a la compañía y no hay mas que hablar.- Eso dijo por ultimo Arattalion.